TRABAJO EN RED Y PRODUCTIVIDAD TECNOLÓGICA CRECIENTE – Índice

TRABAJO EN RED Y PRODUCTIVIDAD TECNOLÓGICA CRECIENTE

Índice

1.- El trabajo humano como acción e interacción complementaria.

2.- Los instrumentos de capital que potencian la capacidad transformadora del trabajo humano.

3.- Variedad complementaria del trabajo y de los bienes de capital.

4.- Productividad tecnológica creciente.

Citas en imágenes

[1] Este ensayo breve forma parte del capítulo II del libro Expansión microeconómica en red pendiente de publicar. 

El autor, José Juan Franch Meneu, es Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Autónoma de Madrid y Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU en Madrid. Ha sido  Profesor de Economía durante más de 30 años en la Universidad Autónoma de Madrid impartiendo las asignaturas de Principios de Economía Política, Análisis Económico del Derecho, Competencia y Progreso Económico,  así como Regulación y Desregulación óptima en Economía en el Máster  de postgrado sobre Desarrollo Económico y Políticas Públicas. Estuvo desde el 6 de marzo de 1999 hasta el 6 de marzo de 2004, como Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia del Reino de España. De su obra científica cabe resaltar los libros Fundamentos del Valor Económico, Justicia y Economía (Hayek y la Escuela de Salamanca) y La Fuerza Económica de la Libertad. Ha colaborado así mismo con un capítulo en los libros colectivos La Dimensión Ética de las Instituciones y los Mercados Financieros y en El Nuevo Derecho Comunitario y Español de la Competencia. Es miembro de la European Business Ethics Network (EBEN). Excelente divulgador y comentarista de temas económicos, ha escrito cientos de artículos y comentarios en la Prensa diaria especializada. También en la prensa internacional.

TRABAJO EN RED Y PRODUCTIVIDAD TECNOLÓGICA CRECIENTE

Índice

1.- El trabajo humano como acción e interacción complementaria.

2.- Los instrumentos de capital que potencian la capacidad transformadora del trabajo humano.

3.- Variedad complementaria del trabajo y de los bienes de capital.

4.- Productividad tecnológica creciente.

Citas en imágenes

Justicia y Economía en Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Tomás de Mercado. Proyecciones y paralelismos actuales en Friedrich  A.  Hayek. Una interpretación y aproximación.- ÍNDICE – Tesis doctoral en Derecho – Universidad san Pablo CEU

Justicia y Economía en Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Tomás de Mercado. Proyecciones y paralelismos actuales en Friedrich  A.  Hayek. Una interpretación y aproximación.

 José Juan Franch Meneu

17.09.2004

 ÍNDICE GENERAL

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO  I   

CONTEXTOS   HISTÓRICO   E   INTELECTUAL   DEL  SIGLO   XVI   Y DEL SIGLO  XX  EN  LA  ÓRBITA  ESPAÑOLA   Y  EUROAMERICANA MUNDIAL

1.- Breves rasgos descriptivos del contexto histórico de la España del siglo XVI

2.- Algunas referencias biográficas y contexto intelectual del siglo XVI

          2.1  Francisco de Vitoria
          2.2  Domingo de Soto
          2.3  Tomás de Mercado
          2.4  Contexto intelectual del siglo de Oro español

3.- Hayek. Rasgos biográficos y características del contexto histórico e intelectual

CAPITULO  II

LEY, JUSTICIA, LEY NATURAL

1.- Sobre la ley, la justicia, el derecho y el bien común.

2.- El imperio –libre y voluntario en el hombre- de la ley eterna.

3.- La fundamentación de la justicia y el derecho en la ley natural.

4.- El intento de ocultación y destrucción de los cimientos universales de la ley natural y la derivación matemático-cientifista de la economía.

5.- La reconstrucción laica actualizada de los principios que subyacen en el reconocimiento de la ley y el derecho natural en Hayek.

CAPÍTULO  III

LA  FUERZA  ESTIMULANTE   Y  CREATIVA  DE  LA  PROPIEDAD PLURAL  CLARIFICADA.  EL  ORIGEN.

1.- Sobre el origen del principio nuclear de la propiedad privada.

2.- El despliegue patente y constante de la propiedad plural en los pueblos a lo largo de la historia.

3.- El estímulo creativo del cuidado y acrecentamiento de la propiedad.

4.- Necesidad de clarificación de la propiedad para poder intercambiarla y mejorarla. Propiedad de bienes inmateriales.

5.- De la empresarialidad como tensión innovadora que descubre cómo prestar un mejor servicio.

6.- La clarificación de la propiedad hace posible la contratación para intercambiar.

CAPÍTULO  IV

EL   DESPLIEGUE   ENRIQUECEDOR   DE   LA   ECONOMÍA LIBRE   DE   MERCADO

1.- Desde la propiedad a la necesidad del intercambio dada la indigencia personal individual. La perenne vigencia de la actividad comercial.

2.- Los efectos multiplicadores del intercambio libre sobre los participantes.

3.- Sobre cómo se advierte la conveniencia de la especialización y la diversificación plural.

4.- De cómo los precios facilitan y aceleran los intercambios y hacen posible una mayor especialización y alargamiento y diferenciación de los procesos productivos.       

5.- Los precios y el dinero como guías para la acción económica personal y colectiva. 

 CAPÍTULO  V

 ECONOMÍA   Y   DERECHO   DE   LA   COMPETENCIA   COMO MANIFESTACIÓN DEL PRECIO JUSTO 

1.- Sobre el derecho de la competencia a la luz de Tomás de Mercado.

2.- La defensa y promoción actual de la competencia en la Unión Europea y en España.

3.- La visión hayekiana estimulante de la competencia como descubrimiento innovador incesante.

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

 1.- La armonía de dar a cada uno lo suyo desde la libertad.

2.- La continuidad en la práctica de la justicia en todo el conjunto moral de las acciones humanas. 

3.- La sinergia armónica de los hábitos morales en la evolución del desarrollo económico de la civilización.

4.- El ahorro y la inflación.

5.- Sobre el juicio moral de la especulación.

6.- La teoría del ciclo hayekiana.

7.- Teoría del desenvolvimiento ético y moral   buscando la excelencia. Una interpretación.

 CAPÍTULO  VII

 LIMITACIONES  AL  GOBIERNO  Y  AL  ESTADO DESDE  LA LEY NATURAL  

1.-  La ley natural orienta y limita la actuación de gobernantes y legisladores.

2.- Imposibilidad del control eficaz gubernamental en la sociedad plural.

3.-  La ley natural y la coacción desde los colectivos y las  mayorías idolatradas. Los límites de la democracia.

4.-  Libertad desde la ley natural versus coacción estatal. Impuestos.

CAPITULO  VIII

SOBRE  LA  EFICACIA  COORDINADORA  UNIVERSAL DE LA  LEY  NATURAL

 1.- La ley natural se despliega desde la conciencia presente en el mundo interior de la persona humana.

2.- La teoría hayekiana de la  información diseminada. Especial relevancia en nuestra era de la informática y las telecomunicaciones.

3.- Teoría del conocimiento. El motor humilde de la economía libre que desde el reconocimiento de la ignorancia busca la  verdad  siempre   nueva.

4.- La verdad de la ciencia.

5.- La Ley Natural transmite unidad en la diversidad coordinando el sistema y haciéndolo estable y predecible. Mestizaje. La coordinación          espontánea de las subjetividades personales actuantes. La Ley Natural como base de esa coordinación unificadora.

6.- ECONOMÍA NATURAL A modo de conclusión  del capítulo VIII.

CONCLUSIONES

 BIBLIOGRAFÍA

NOTA DEL AUTOR

Sólo unas breves líneas iniciales para señalar que esta obra es el trabajo  de investigación que presenté como tesis doctoral en el Departamento de Derecho Público I de la Facultad de Ciencias Jurídicas y de la Administración en la Universidad San Pablo Ceu y que llevaba por título el de Justicia y Economía en Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Tomás de Mercado. Proyecciones y paralelismos actuales en Friedrich  A.  Hayek. Una interpretación y aproximación.

Dicha tesis –en la que actuó como tutor el profesor Dr. D. José Ignacio Gorospe- fue dirigida por el profesor Dr. D. José Luis Pérez de Ayala y López de Ayala y se defendió en septiembre de 2004. El Tribunal encargado de juzgarla estuvo presidido por el profesor Dr. D. Ernesto Lejeune Valcárcel -Catedrático de Derecho Financiero y Tributario de la Universidad San Pablo Ceu- y compuesto por los  profesores Dr. D. Eugenio Domingo Soláns –Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid-,  Dr. D. Carlos Rodríguez Braun –Catedrático de Historia del Pensamiento Económico de la Universidad Complutense de Madrid-, Dr. D. Jesús Huerta de Soto –Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Rey Juan Carlos- y  Dr. D. Enrique Fernández Herrero –Profesor Agregado de Derecho Financiero y Tributario de la Universidad San Pablo Ceu- que actuó como Secretario. Obtuvo la calificación de Apto cum laude. Y más tarde fue Premio Extraordinario.

Lo único que he corregido del texto son las erratas que descubrí y que me fueron sugeridas así como algunos pequeños cambios puntuales de estilo y redacción. El resto en lo fundamental lo he incorporado en su integridad, incluidos los agradecimientos y la Introducción. Sólo he reducido muchas de las citas de otros autores, tanto en el texto como a pie de página. Lo que sí que se incorpora como novedad es el Prólogo del Académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación Excmo. Sr. Dr. D. José Luis Pérez de Ayala y López de Ayala, director de la tesis. Además de estar en deuda con él por tantas otras razones, le estoy muy agradecido también por haber aceptado prologar este trabajo de investigación.

La tardanza en la entrega del original a la imprenta ha hecho posible y obligado que con gran dolor y emoción tenga que hacer mención aquí del fallecimiento en este último año de tres personas muy queridas y admiradas por mí –también por su altura intelectual y humana- y las tres protagonistas de alguna forma en su  relación con este trabajo de investigación : Eugenio Domingo Soláns,  Juan Pérez de Tudela y Bueso, y Rafael Termes  Carreró. Agradecido por tantas  enseñanzas recibidas, descansen en paz.

Justicia y Economía en Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Tomás de Mercado. Proyecciones y paralelismos actuales en Friedrich  A.  Hayek. Una interpretación y aproximación.

 ÍNDICE GENERAL

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO  I   

CAPITULO  II

CAPÍTULO  III

CAPÍTULO  IV

 CAPÍTULO  V

CAPÍTULO  VI

 CAPÍTULO  VII

CAPITULO  VIII

CONCLUSIONES

 BIBLIOGRAFÍA

B I B L I O G R A F Í A – Justicia y Economía … – Tesis doctoral en Derecho – Universidad San Pablo CEU

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

B I B L I O G R A F Í A

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NOTA  BIBLIOGRÁFICA

A.- Respecto a la Escuela de Salamanca:

 Es importante reseñar en este apartado bibliográfico el detallado compendio y trabajo de muy reciente actualización que incluye León Gómez Rivas en su tesis doctoral ya citada: La Escuela de Salamanca, Hugo Grocio, y el liberalismo económico en Gran Bretaña. Director: Victoriano Martín. Dpto de Historia e Instituciones Económicas I Universidad Complutense de Madrid. 2004. pp. 180 a 264

Allí se incluye primero una revisión bibliográfica síntesis de los principales estudios sobre la Escuela de Salamanca en la historia del pensamiento económico y se dice:

 Como hemos venido comprobando a lo largo de nuestro estudio, es cada vez más abundante el número de trabajos de investigación que se aproximan al pensamiento de los doctores escolásticos, desde la Edad Media hasta los epígonos de la Escuela de Salamanca. Esto nos confirma dos hipótesis propuestas: la importancia del análisis económico que esbozaron aquellos teólogos y juristas: y también la influencia que ejercieron sobre las generaciones siguientes de filósofos y pensadores.

 Y así, León Gómez aporta un  repaso bibliográfico exhaustivo sobre las obras editadas en España (en primer término) que aceptan esta proposición sobre la influencia de la Escuela de Salamanca en la génesis de la ciencia económica. Posteriormente hace lo mismo con una selección de los autores extranjeros que han estudiado el mismo tema.

 Clasifica sus aportaciones en varios apartados:

  1.  Catálogos y repertorios sobre economistas españoles.

  2.  Primeras monografías españolas sobre moral y economía, reseñando también los trabajos del siglo XX anteriores a 1960.

  3. La aportación de Marjorie Grice-Hutchinson, donde se extiende en sus obras quiriendo destacar en un apartado distinto la gran tarea que desarrolló Grice-Hutchinson en la historia del pensamiento económico español. Comparto y hago mías también las palabras que allí se contienen: Su reciente fallecimiento me brinda la oportunidad de expresar con estas líneas mi admiración por su obra, como contribución seminal en la definición y difusión del concepto de Escuela de Salamanca. Comenta León Gómez una por una sus trabajos: A- The School of Salamanca, Oxford Clarendon Press, 1952; B) El pensamiento económico en España (1177-1740), Crítica, Barcelona, 1982 (edición inglesa 1978); C.- “La Escuela de Salamanca”. Revista del Instituto de Estudios Económicos 2, Madrid, 1980, pp. 45-52. Corresponde a una ponencia en el encuentro de la Mont Pelerin Society, celebrado en Madrid en 1979 (al que asistió su maestro Hayek).; D.- “Los Escolásticos españoles y la Historia del Análisis Económico de Schumpeter, Papeles de Economía Española 17, Madrid, 1983, pp. 172-184; E.- “El Discurso acerca de la Moneda de Vellón, de Pedro Valencia”, Aportaciones del Pensamiento Económico Iberoamericano, siglos XVI-XX, Madrid, 1986, pp. 55-66; F.- “El concepto de Escuela de Salamanca: sus orígenes y desarrollo”, Revista de Historia Económica 1989/2, pp. 21-26; y G.- Ensayos sobre el pensamiento económico en España, Alianza, Madrid, 1995.

  4. Publicaciones españolas posteriores, donde se da un repaso sumario a la literatura en castellano a partir de 1960.

  5. Bibliografía más reciente de autores extranjeros.

También incluye León Gómez un interesante APÉNDICE DE AUTORES ESCOLÁSTICOS donde  presenta una enumeración bastante exhaustiva de los escritores españoles (comprendiendo a España y Portugal, junto con los territorios americanos) que podrían considerarse incluidos entre los que colaboraron en esa temprana fundamentación de una ciencia económica a partir de presupuestos morales, que elaboró la Escuela de Salamanca o Escolástica Tardía.

B.- Respecto a Hayek:

 Además de sus Obras Completas en castellano que Unión Editorial viene editando y que son las que he utilizado para este trabajo, es muy conveniente consultar la amplísima bibliografía recogida por Paloma de la Nuez en su libro ya citado La Política de la Libertad.  Estudios del pensamiento político de F.A. Hayek. Nueva Biblioteca de la Libertad  7, Madrid, Unión Editorial, S.A., 1994.    

 En lo que se refiere a Hayek está dividida en cuatro amplios apartados:

 1.    Obras completas. Donde se indica que la Universidad de Chicago ha emprendido la tarea de editar en los Estados Unidos, en un plazo aproximado de doce años, las obras completas de F.A. Hayek. La edición fue preparada por el profesor W.W. Bartley III, de la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Aunque el plan es todavía provisional, las Obras Completas constarían de los siguientes diecinueve volúmenes (el criterio de clasificación de lo mismos es temático, no cronológico): volumen I: The Fatal Conceit: The Errors of Socialism; volumen II: The Uses and Abuses of Reason: The Counter-Revolution of Science and Other Essays; volumen III: The Trend of Economic Thinking: Essays on Political Economists and Economic History; volumen IV: The Fortunes of Liberalism. Essays on Austrian Esconomics and the Ideal of Freedom; volumen V: Nations and Gold¸volumen VI: Money and Nations¸volumen VII; Investigations in Economics; volumen XI: Essays on Liberty; volumen XII  Essays, Debates and Reviews; volumen XIII:  The Pure Theory of Capital¸ volumen XIV: The Road to Serfdom; volumen XV: The Constitution of Liberty; volumen XVIII: The Sensory Order and other Essays in Psychology; volumen XIX: John Stuart Mill ant Harriet Taylot: Their Friendschip and Subsequent Marriage.

2.    Ediciones de las obras principales.

  1. Artículos y ensayos.

  2. Clasificados en Entrevistas y grabaciones, Conferencias, Libros introducidos por F.A. Hayek, Inéditos y Antologías

 ———oOo———

Asimismo puede consultarse, disponible en soporte informático, la abundante y actualizada bibliografía de Hayek de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de  América.

También resulta de gran interés el amplio artículo accesible en internet de Jorge Corrales Quezada A cien años del nacimiento de Hayek www.uaca.ac.cr/acta/1999may/corrales.htm

 Allí se señala a su vez la existencia de una red en INTERNET dedicada al intercambio de opiniones, crítica y presentación de muy diversos temas relacionados con el pensamiento y vida de Friedrich A. Hayek, dirigida por Greg Ransom, del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad MiraCosta, en California (“gbransom@aol.com). La información que dicha red transmite llega en la actualidad a casi 400 académicos (entre ellos tres costarricenses) en 45 países diferentes y su acceso y participación son gratuitos. Para ser miembro de ella (recibir información y participar en la red), puede hacerlo por medio de The Friedrich Hayek Scholar’s Page, http://members.aol.com/gregransom/hayekpage.htm, en Hayek-L Email Forum Guidelines & Commands.

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

B I B L I O G R A F Í A

Teoría del desenvolvimiento ético y moral buscando la excelencia.  Una interpretación. – Apartado 7 – Capítulo VI – Justicia y Economía

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

Apartado 7

Teoría del desenvolvimiento ético y moral buscando la excelencia.  Una interpretación.   

Esta teoría está fundamentada en principios hayekianos evolutivos y es especialmente apropiada para ser aplicada a la interconexión de los mercados de bienes y servicios, así como al de los activos financieros y a la interdependencia de las virtudes morales[1] que tan bien explicaron nuestros filósofos morales del siglo de oro. Interdependencia y armonía moral estimulada continuamente  por la aspiración a la excelencia en el actuar. Téngase en primer lugar en cuenta que siempre ha ocurrido que la competencia ética y moral no es otra cosa que competencia en calidad humana. Si ello ha ocurrido siempre, debe también señalarse que hoy en día, en los numerosísimos intercambios diarios –cada vez mayores en cuanto que estamos en una era mucho más poblada de personas físicas y también de personas jurídicas- prevalecen en la actualidad más los intercambios de ideas, actitudes e información que los intercambios de mercancías. En unas sociedades con altos índices de productividad, y saturadas las más desarrolladas de bienes materiales, se hace cada vez más imprescindible el intercambio civilizado de actitudes, hábitos positivos y conocimientos: las relaciones humanas interpersonales.

Si el intercambio  real y monetario es un fenómeno de suma multiplicadamente positiva, con mucha mayor razón y fundamento la comunicación, transparencia y contraste de las conductas morales ejemplares. Con indudables ventajas añadidas: un hábito positivo, aunque se  transmita de forma ejemplar y gratuita a los demás, sigue perteneciendo también al patrimonio personal de quien lo posee y practica. Aunque enriquece a los demás no  empobrece a quien lo practica y lo pone habitualmente por obra. Al contrario, enriquece aún más a quien repetidamente lo transmite con su actuar. Por lo tanto, quien lo da a los demás, paradójicamente, no necesita nada a cambio. Es también, y quizás es ésta su mejor virtualidad, un aprendizaje personal.

El libre y responsable intercambio de actitudes, a través de ese instrumento valiosísimo de coordinación e información que es la ciencia moral de las virtudes clásicas –tan hayekiana y que desarrollaremos aún más en el último capítulo- , va guiando a los sujetos mostrándoles cómo podrán alcanzar mejor sus propios objetivos en libre cooperación. Se convierte así  esa ciencia práctica en una institución que ordena espontáneamente el sistema en su conjunto dotándolo de razón y sentido. Cada hábito de conducta, así como los actos pertinentes que van conformando esos hábitos operativos -al igual que vimos que ocurría con cada precio en la economía monetaria- es irrepetible y contiene información privilegiada para todo el que lo sepa comprender y practicar porque es fruto de la actuación y experiencia original de las personas concretas de carne y hueso.

Bien podría aplicarse la que podemos llamar teoría hayekiana –en algunos aspectos similar a la schumpeteriana del desenvolvimiento económico- donde los factores diferenciadores con respecto a la competencia fuesen precisamente las innovaciones morales y ejemplarizantes en el actuar. Conviene tener en cuenta que desde el punto de vista de la lógica económica más moderna el factor más importante de desarrollo no es ni el  capital, ni la tecnología, ni los recursos materiales, sino la  realidad y capacidad siempre original y creativa del factor humano.

Partiendo de una hipótesis de trabajo con beneficio cero generalizado, o lo que es lo mismo, una situación estancada o estática en un cierto nivel moral del conjunto, quien fuese capaz de incorporar con presteza una innovación mejor en la conducta moral de sus directivos y subordinados, generaría un grado de solvencia y confianza entre sus clientes, proveedores (también de capital), asesores, accionistas, prestamistas y prestatarios… etc, que provocaría un valor añadido en calidad humana y reportaría beneficios diferenciales. Desde luego aportaría beneficios en cuanto a confianza en su persona o en su empresa o en su proyecto o institución, pero lo que se nos viene a decir es que esos beneficios morales acabarían transformándose también en beneficios económicos y monetarios. Esas innovaciones en calidad humana -implantados en una sociedad abierta con competencia armónica y libre concurrencia- se extenderían por todo el entramado financiero y empresarial eliminando aquellos beneficios extraordinarios que se produjeron entonces y se volvería a una nueva situación estática o conformista en estabilidad que Schumpeter denominaría de  beneficio cero pero en un nivel más alto de perfección moral generalizada. La búsqueda de nuevas rentabilidades morales y económicas estimulará nuevas y originales mejoras ejemplarizantes en la conducta. Desde el protagonismo del sentido ético y moral  en el ámbito de los intercambios en los mercados y en las relaciones interpersonales se consigue la propia mejora y se ejercita y estimula la dinámica de la responsabilidad moral en todo el conjunto de la sociedad. .

No hace falta insistir en las sinergias continuas y altamente multiplicadoras en el bien hacer de este proceso hayekiano y schumpeteriano de las mejoras de aquellos hábitos que se potencian unos a otros en el ámbito económico y social. El arte de la conducta moral sincronizada buscando la excelencia por parte de todas las personas e instituciones que intervienen de una u otra forma en los mercados de bienes y servicios -así como  en los mercados financieros- no es un valor añadido supletorio fruto de la bonomía y para embellecer artificialmente el proceso, sino que es condición intrínseca necesaria para su buen funcionamiento técnico y para que pueda cumplir eficazmente su importante misión de colaborar al crecimiento económico y al crecimiento del empleo. Al hilo de nuestros autores de hace cuatro siglos, bien podemos decir que aunque la moral individual e institucional puede perjudicar aparentemente a corto plazo a sus actores, la moral generalizada de todos beneficia multiplicadamente a todos. Las conductas morales,  además, se autoalimentan y retroalimentan  mutuamente tanto al nivel personal como al social. Si -como decían  también los clásicos- el bien es difusivo y atrae hacia sí a lo demás, bien podemos concluir que hay un mundo nuevo por descubrir desde la rentabilidad segura, también económica y monetaria, de la moral que deriva de los principios universales que todos conocen de la ley natural.

En sintonía con todo lo anterior no me resisto a citar una parte importante de la conferencia que Rafael Termes pronunció precisamente en Salamanca en la reunión anual de la asociación española de Ética, Economía y Dirección:

Mi preferencia por el sistema liberal viene impulsado por la moral porque, si bien la moral, que no tiene competencias técnicas, no dice al médico qué terapias debe elegir, sí le insta para que aplique aquella que, a su juicio, ha de ser mejor para el paciente; como tampoco dice al arquitecto cómo debe construir la casa, pero le responsabiliza del empleo de técnicas que garanticen la seguridad del edificio. De la misma forma, la moral, ni la natural ni la de la Iglesia Católica, a la que me siento vinculado, me dicen qué sistema económico-social debo elegir, pero me instan para que elija aquel que, a mi juicio, de acuerdo con la experiencia, produzca los mejores resultados o, si se quiere, aquel que se aproxime más a la realización del “bien común “, entendido como la realización de “todo el hombre”, es decir, su realización integral, y la realización de “todos los hombres” que constituye la sociedad; porque el “bien común” de la sociedad sólo subsiste en la vida de las personas. Y el sistema que, dentro de las imperfecciones propias de toda obra humana, cumple mejor, o, si se quiere, menos mal el objetivo descrito, es, a mi entender, el sistema liberal.

 Y es aquí donde vienen en mi ayuda aquellos colosos que, entre 1520 y 1617, en esta Salamanca que hoy nos acoge, como también en Alcalá de Henares y en Lisboa, enseñaron Teología Moral, desde un profundo conocimiento de la economía, estableciendo, por primera vez, la teoría cuantitativa del dinero; descubriendo la teoría del tipo de cambio basada en la paridad del poder de compra; y asentando la teoría del valor basada en la utilidad, anticipándose tres siglos a las aportaciones de los marginalistas, uno de los cuales, Carl Menger, con sus discípulos Böhm-Bawerk y Wieser, puede considerarse como el fundador de la escuela austriaca, renovada años más tarde por Mises y Hayek, y cuyos actuales seguidores no se recatan de proclamarse en la línea del pensamiento de nuestros escolásticos de Salamanca.

 Todos estos maestros, Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Luis de Molina, Tomás de Mercado, Martín de Azpilcueta, Juan de Medina, Juan de Mariana, por citar tan sólo los más ilustres, tenían ante todo preocupaciones pastorales y en sus “Manuales de Confesores” pretendían resolver los problemas de conciencia de los negociantes –la naciente clase burguesa- a la luz de la Teología Moral. Pero lo hacían no, como desgraciadamente después demasiadas veces ha sucedido, mediante presuntuosas declaraciones producto del más profundo desconocimiento de la realidad económica; sino con el fundamento que les proporcionaba el haber desentrañado el sentido de las leyes económicas y su núcleo invariante.[2]

Y nada mejor para concluir el capítulo que este clarividente texto de Hayek sobre el proceso evolutivo que atisba el misterio y que está escrito desde la humildad de quien trata de entender y de explicar lo que en modo pleno es inexplicable e inexpresable: 

 Una primera respuesta podemos encontrarla en la idea de la que parte esta obra, es decir la evolución del orden moral a través de la selección de los grupos: sólo los grupos que se comportan conforme a ese orden logran sobrevivir y prosperar. Pero hay algo más. Si estas normas de conducta no surgieron de la comprensión de los beneficiosos efectos producidos por el establecimiento de un extenso orden de cooperación hasta entonces inimaginable, ¿de dónde pudieron surgir? Y, más importante aún: ¿cómo pudieron vencer la fuerte oposición del instinto y, más recientemente, de los ataques de la razón? Aquí es, precisamente, donde interviene la religión.[3]

 Esto significa que, nos guste o no, debemos en parte la persistencia de ciertas prácticas, y la civilización que de ellas resulta, al apoyo de ciertas creencias de las que no podemos decir que sean verdaderas –o verificables, o constatables- en el sentido en que lo son las afirmaciones científicas, y que ciertamente no son fruto de una argumentación racional. Pienso a veces que, por lo menos a algunas de ellas y como señal de aprecio, deberíamos llamarlas “verdades simbólicas”, ya que ayudaron a quienes las asumieron a “fructificar, a multiplicarse y llenar la tierra y dominarla” (Génesis,  1:28).[4]

[1]   La mayor o menor libertad de los mercados depende la mayor o menor calidad de los sistemas de comunicación que son los mercados. Un mercado es una forma de relación social establecida libremente, puesto que el intercambio es libre. Esa libre comunicación dirigida al intercambio exige cooperación entre quienes participan. Y requieren además una estabilidad suficiente para que se pueda quedar iniciar, desarrollar y finalizar los intercambios en periodos más o menos largos. Es decir, los mercados, para que sean eficaces, han de ser  estables. Por consiguiente, la calidad de los mercados estriba en la libertad, cooperación y estabilidad de sus miembros. Si fallan estos aspectos, el mercado se deteriora. Si por ejemplo, los engaños son frecuentes, la libertad se recorta y la cooperación se debilita. Y por supuesto, los mercados se corrompen. Jesús de Garay, Economía y neutralidad ética, Sociedad y Utopía, en Revista de Ciencias Sociales, nº 5, Marzo de 1995, p. 133

[2]       Rafael Termes Carreró,  “Humanismo y ética para el mercado europeo”,en  Europa, ¿mercado o comunidad? De la Escuela de Salamanca a la Europa del futuro. Publicaciones Universidad Pontificia, Salamanca, 1999, p. 32

[3]   F.A. Hayek, La Fatal Arrogancia. Los errores del Socialismo,  Obras Completas, vol. I, Madrid, Unión  Editorial, S.A., 1990, pp. 211-212.

[4]   F.A. Hayek, Ibid., p. 213.

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

 1.- La armonía de dar a cada uno lo suyo desde la libertad.

2.- La continuidad en la práctica de la justicia en todo el conjunto moral de las acciones humanas. 

3.- La sinergia armónica de los hábitos morales en la evolución del desarrollo económico de la civilización.

4.- El ahorro y la inflación.

5.- Sobre el juicio moral de la especulación.

6.- La teoría del ciclo hayekiana.

7.- Teoría del desenvolvimiento ético y moral   buscando la excelencia. Una interpretación.

La teoría del ciclo hayekiana. – Apartado 6 – Capítulo VI – Justicia y Economía

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

Apartado 6

La teoría del ciclo hayekiana.

Para enmarcar este importante apartado son significativas las siguientes afirmaciones de Hayek:

los perjuicios derivados de la desconfianza hacia lo misterioso alcanzan sus más altas cotas cuando se abordan las más abstractas instituciones de una civilización desarrollada en las que hoy se basa la actividad comercial. Se trata de un conjunto de comportamientos que se distinguen por su carácter general, remoto, sutil e indirecto, y que, aun cuando resultan de todo punto imprescindibles para la buena marcha del orden extenso, han comportado siempre una inveterada tendencia a ocultar sus métodos operativos. Nos referimos al mundo del dinero y restantes instituciones financieras.(…) El mundo del dinero y del crédito (junto con el lenguaje y la moral) es uno de los órdenes espontáneos que más se resisten al análisis investigador.[1]

Resalta así Hayek  la especial dificultad, abstracción y complejidad que se concentran en el mundo del dinero y en  el campo financiero. Sin embargo, él fue capaz de explicarlo y hacerlo accesible a una gran mayoría a pesar de su complejidad. Y lo que es más importante, formuló un diagnóstico novedoso y dinámico de la teoría de los ciclos que es y será de una actualidad sorprendente en nuestro siglo XXI. Algunas de sus propuestas tienen un cierto sustento en las apreciaciones de los maestros del siglo XVI español.

 En ese sentido y respecto a la teoría del ciclo hayekiana son lúcidas -tanto respecto al pasado como al porvenir- esas palabras de Jesús Huerta de Soto en la nota introductoria a la edición española del Volumen IX de la Obras Completas de Hayek:

Han sido precisos casi cuarenta años para que las doctrinas keynesianas perdieran su dominio en el mundo académico, especialmente como resultado de la grave recesión inflacionaria (“stagflación”) que se produjo tras la llamada “crisis del petróleo” de los años setenta, y que puso de manifiesto que las prescripciones keynesianas no servían, como se creía, para evitar las depresiones económicas, sino que más bien, como indicaba Hayek, las causaban. La concesión del Premio Nobel de Economía a Hayek en 1974, precisamente por sus aportaciones en contra de Keynes en el campo de la teoría de los ciclos económicos, no ha sido suficiente, sin embargo, para que el análisis austríaco del capital, del dinero, del crédito y de las recesiones económicas vuelva a ser retomado como punto focal de estudio, investigación y enseñanza por parte de la generalidad de los economistas. Esperamos que de cara al comienzo del siglo que ya tan próximo está, y por el propio bien y prestigio de nuestra profesión en el futuro, este incomprensible “gap” en la evolución del pensamiento económico sea cubierto cuanto antes.

Ya se ha comentado en el apartado 4 de este capítulo que aquella moderación y fortaleza activa en la inversión empresarial aconsejada por nuestros filósofos morales era muy adecuada para el fomento del ahorro que a su vez ayudaba a controlar y hacer descender la inflación creando una atmósfera de crecimiento estable volcada hacia el futuro. Se señaló también que entre las causas de la inflación, además de la inflación fiscal, la de costes y la importada, tenía una relevancia especial en nuestros días y en relación con la teoría de los ciclos de Hayek la que podemos llamar inflación de la inversión.

 En su obra Prices and Production, de 1931, Hayek analiza las consecuencias de las variaciones relativas de los precios de los bienes de capital respecto a los bienes de consumo para explicar la desorganización de la estructura de la producción que provoca el proceso de “ahorro forzoso” ocasionado por la expansión del crédito a los empresarios. Muchos años después (años sesenta y setenta) insistiría de nuevo en esa línea, atribuyendo a la inflación de aquellos años no sólo la desorganización de la estructura capitalista de la producción, sino efectos más amplios derivados de las nuevas formas que había ido tomando la inyección de las expansiones del crédito en las economías de mercado.[2]

Puesto que tal y como ya plantearon los escolásticos con los primeros esbozos de la teoría cuantitativa, la inflación es un fenómeno monetario (cantidad de dinero que circula en el sistema), el papel de las entidades financieras es decisivo y relevante respecto al control de la inflación en general pero más especialmente en la que denominamos inflación de la inversión. Este tipo de inflación, efectivamente, está  ligada directamente a la política crediticia de bancos y cajas y es aquella en la que una hipertensión de las fuerzas privadas de la economía -alentadas por la facilidad y relajación en la concesión de créditos[3]– acaba provocando un sobreaumento de las inversiones muy por encima del ritmo más pausado y aconsejable del ahorro voluntario. Hipertensión de fuerzas privadas que se entrelazan y concatenan entre sí:

 Lo más importante de todo es que el cambio en las rentas y en los precios dependerá de la medida en que el precio de un factor o servicio en concreto sea afectado –directa o indirectamente- por el cambio en la demanda que inició el proceso y no de si esto sucede dentro o fuera de la misma “área monetaria”. Lo veremos con más claridad si describimos la serie de cambios sucesivos en las rentas monetarias que se deducen del desplazamiento inicial de la demanda como si se tratara de una serie de cadenas singulares, dejando a un lado, por el momento, la serie de ramificaciones que tendrán lugar en cada uno de los eslabones de ella. Una cadena de sucesos de esta clase puede afectar muy pronto a uno y otro a través de una gran cantidad de eslabones internos y el que un individuo en concreto resulte afectado dependerá de si se encuentra en alguno de esos eslabones; es decir, de si está mas o menos al servicio inmediato de aquellos que se han visto afectados en primer lugar y no simplemente de si se encuentran o no en el mismo país.[4]

En un sistema de libre mercado los cambios en las condiciones subyacentes de la oferta y la demanda comportan ajustes en los precios relativos como ya se vió con anterioridad. Estos ajustes sólo cesarían en el hipotético caso               –prácticamente imposible de alcanzar en la realidad-  de que las ofertas y demandas se equilibraran en todos y cada uno de los mercados. Pues bien, uno de esos mercados, especialmente relevante puesto que su influencia se deja sentir sobre todo el conjunto, es el de los fondos prestables, donde se encuentran los intereses de prestamistas y demandantes de fondos. Para analizarlo se suele hablar del tipo de interés natural que es el tipo al que se igualan ahorro e inversión. La causa principal de los problemas económicos y monetarios modernos se encuentra en esos desajustes temporales entre ahorro e inversión ya que, puesto que los ahorradores e inversores son gente diferente y con motivaciones diferentes, el ahorro y la inversión no tienen por qué coincidir:

Pone de manifiesto hasta qué punto son superficiales y desorientadores los argumentos que se hacen en términos de precios y rentas de cada país a un nivel agregado, como si fuera necesario que ante un cambio de esa clase se movieran todos al unísono y en la misma dirección. Serán los precios y las rentas de individuos particulares y de empresas particulares los que se verán afectados y estos efectos no serán distintos de los que se producen a consecuencia de cambios en las condiciones de la demanda entre diferentes industrias o entre distintas localidades.[5]

Además, en la explicación y comprensión del proceso hay que olvidarse de planteamientos estáticos que son irreales y considerarlo dinámicamente inmerso en el tiempo, porque es en el tiempo donde esos millones de inversores y ahorradores toman sus decisiones.

 Tan pronto como estos supuestos, tan supersimplificados y tan alejados de la realidad, se sustituyen por otros más cercanos a los hechos, nos damos cuenta de que es tal el grado de violencia ejercido sobre la realidad de las cosas al hacer abstracción del elemento tiempo, que cabe poner en duda seriamente la utilidad de los resultados alcanzados mediante este procedimiento de análisis. Desde el momento en que el análisis económico deja de ocuparse de unos precios que se supone están determinados de manera simultánea, como sucede con las proposiciones elementales de la teoría económica pura y procedemos a considerar el caso de una economía monetaria en la que los precios necesariamente se establecen y forman en momentos sucesivos del tiempo, hacen aparición una serie de problemas cuya solución no cabe ir a buscar en lo que constituye hoy el cuerpo central de la teoría.[6]

Frente al tipo de interés natural existe otro tipo de interés, el tipo de interés del mercado, el cual depende de las actividades crediticias de las entidades financieras[7] y puede diferir del tipo natural. El tipo de mercado caerá por debajo del natural al aumentar los bancos su crédito. Si esto ocurre se incrementará el gasto de las empresas en nuevos proyectos de inversión lo que dará lugar a que el gasto de inversión sea superior al ahorro apareciendo beneficios inesperados, se puede hablar entonces de inflación de beneficios. Las empresas en ese contexto compiten entre sí por expandir la producción y esto da lugar a un incremento de los precios de los factores entre los que cabe resaltar los energéticos y el de los salarios. Se producirá entonces una inflación de ingresos a la que también se añade el efecto riqueza. El resultado final es que un incremento en la oferta de dinero acaba por elevar el nivel de precios de modo proporcional.

Si los bancos expanden el crédito disminuyen el tipo de interés de mercado para inducir a las empresas a solicitar préstamos, y éstas emplean su nuevo poder adquisitivo en ir poco a poco alargando el proceso productivo, como si de hecho hubiese ocurrido un descenso del tipo de interés natural. Posteriormente, la demanda parcialmente insatisfecha de bienes de consumo presentes empieza a presionar al alza los precios de tales bienes en relación a los futuros, lo que equivale a decir que el tipo de interés de mercado comienza a elevarse. Esto indica a las empresas que sus anteriores decisiones de emprender proyectos de inversión en procesos productivos más largos habían sido incorrectas, es decir, que la demanda de bienes futuros no se había elevado realmente. Por consiguiente, tales proyectos dejan de ser rentables y deben ser abandonados antes de completarse, lo que inicia la crisis o fase recesiva del ciclo.[8]

El único modo de evitar el ciclo es neutralizar los efectos de la creación de crédito haciendo que el tipo de interés del mercado coincida con el natural. El punto de partida para el análisis teórico de las influencias monetarias en la producción no debe ser un dinero cuyo valor es estable, sino un dinero neutral. Hayek pensaba que si las autoridades monetarias intentaban mantener el nivel de precios estable cuando la economía se encontraba en expansión (Hayek consideraba que en la expansión crecería la productividad y los precios deberían descender), acabarían en realidad inyectando demasiado crédito y así abortando el despegue[9]. (Es muy importante tener en cuenta -más en la actualidad con la difusión de todos los avances tecnológicos en los diferentes sectores y trabajos- que en la expansión crece la productividad y que los precios deberían descender.)

Todos estos razonamientos nos llevan a la importancia de la superación y dominio de la codicia y ambición especulativa malsana que en épocas inflacionistas tiende a manifestarse en incrementos desproporcionados e incluso insensatos de la actividad crediticia. Si aquel vicio que denunciaban los escolásticos se desbocaba, la solvencia y la proporcionalidad en las inversiones para todos los agentes económicos quedaba seriamente dañada quedando también distorsionado el sentido común necesario en todo proyecto de inversión. Por eso es especialmente relevante reconsiderar la importancia del control de la expansión crediticia de las instituciones financieras por parte de los Bancos Centrales a la hora de encauzar y ordenar esta inflación de la inversión. La inflación, como se ha dicho anteriormente, más que una simple elevación de los precios, es un fenómeno monetario directamente relacionado con la cantidad de dinero que circula por el sistema. Las empresas, cuanto más crédito utilizan, menos independencia de comportamiento.

Con la conciencia clara por parte de las futuras autoridades económicas y monetarias mundiales de que la inflación y la inestabilidad monetarias son el mayor mal para el bienestar social y económico de las gentes, estos planteamientos -que tienen su origen también de alguna forma en nuestros escolásticos- deben ser difundidos y puestos en práctica en todas las decisiones de política económica y monetaria. Se conseguiría así un colchón de estabilidad donde el comercio en el interior de las  áreas monetaria comunes obedecería a factores de rentabilidad real y donde la seguridad de la propiedad, no sujeta a fluctuaciones inesperadas, facilitaría los intercambios voluntarios de suma positiva y posibilitaría que los agentes económicos se especializaran en aquellas tareas para las que mejor dotados estuviesen, absoluta o comparativamente. Y el pleno empleo sería mucho más factible.

 [1]   Hayek F.A., La fatal arrogancia, Los errores del Socialismo, Obras Completas, V. I, Madrid, Unión Editorial, 1990. pp. 319-320

 [2]   Friedrich. A. Hayek.  El Nacionalismo Monetario y la Estabilidad Internacional, Nueva Biblioteca de   la Libertad, 15.  Madrid, Unión Editorial, S.A., 1996,  p. 30.

 [3]   Cabe preguntarse, por ejemplo, qué puede ocurrir por ejemplo, si las Sociedades de valores relajan su política y amplían las operaciones de crédito al mercado que pueden generar efecto adicción en compradores y vendedores para jugar con las variaciones de las cotizaciones. Es preciso resaltar en este punto la notable bancarización de las Bolsas de Valores, también a través de la gestión bancaria de fondos de inversión y fondos de pensiones que tanto se ha ampliado en los últimos años. La expansión crediticia para invertir en Bolsa o adquirir otras empresas puede resultar especialmente peligrosa cuando el ciclo pueda cambiar y cuando los tipos de interés reales (diferencia entre el de mercado y la inflación), el precio del crédito, esté cercano al cero. Si gran parte de esa inversión está mediada por las grandes instituciones financieras, la colusión y los peligros de inflación bursátil pueden ser muy relevantes. Cfr. Voto particular de Jose Juan Franch Menéu en la concentración BBV/Argentaria.

 [4]   Friedrich. A. Hayek.  El Nacionalismo Monetario y la Estabilidad Internacional, Nueva Biblioteca de la   Libertad, 15, Madrid,  Unión Editorial, S.A., Madrid, 1996,  p. 54.

[5]   Friedrich. A. Hayek.  El Nacionalismo Monetario y la Estabilidad Internacional, Nueva Biblioteca de la  Libertad, 15, Madrid, Unión Editorial, S.A.,  1996,  p. 55.

[6]   Friedrich  A. Hayek. Ibid.,  pp. 126-127

[7]  Los responsables de la política monetaria tienen una tarea primordial en este aspecto con directa repercusión sobre la marcha de todo el sistema financiero y los mercados. También las instituciones financieras tienen una responsabilidad importante en la inflación. Por el proceso de creación y destrucción de dinero bancario con reserva fraccionaria reducida, el margen de maniobra es muy amplio. Se puede trabajar a favor de los ciclos de inflación y de recesión agravando sus efectos. En la expansión se levantan a veces muchas cautelas y se facilita el crédito activando la inflación. Es posible que esos créditos fáciles se destinen de forma irresponsable a la especulación financiera. En  el ciclo bajo se cierran drásticamente esas facilidades agravando de nuevo la recesión. Para evitar la inflación y fomentar el ahorro el papel del sistema financiero resulta otra vez crucial. Cfr. Jose Juan Franch. La fuerza económica de la libertad, Madrid, Unión Editorial, 1998, Cap. IX: Ética en la liberad de los mercados, pp. 289-327 Ver también jfranchmeneu.com

[8] Bruce Caldwell, Introducción a Contra Keynes y Cambridge, Obras completas de Hayek volumen IX, Madrid, Unión Editorial, 1996, pp. 16 a 21

 [9]   Es en la Introducción al Volumen IX de la obras completas de Hayek donde Bruce Caldwell V. IX,  p. 19. sintetiza aquellos complejos razonamientos que nuestro autor tan actual aporta sobre la teoría monetaria y la teoría del ciclo económico.

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

 1.- La armonía de dar a cada uno lo suyo desde la libertad.

2.- La continuidad en la práctica de la justicia en todo el conjunto moral de las acciones humanas. 

3.- La sinergia armónica de los hábitos morales en la evolución del desarrollo económico de la civilización.

4.- El ahorro y la inflación.

5.- Sobre el juicio moral de la especulación.

6.- La teoría del ciclo hayekiana.

7.- Teoría del desenvolvimiento ético y moral   buscando la excelencia. Una interpretación.

Sobre el juicio moral de la especulación. – Apartado 5 – Capítulo VI – Justicia y Economía

 

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

Apartado 5

Sobre el juicio moral de la especulación.

Si nuestros autores nos dicen, como hemos visto, que mercar cualquier género y negociar sin que en él haya mudanza  tornándolo a vender porque se aumenta el valor o muda de lugar, es arte y modo de vivir justo y político que el ingenio o juicio humano ha inventado, y que así, también el mercader y negociante servirá a Dios, agradará a los hombres y gozará de su arte con quietud y sosiego, [1] están afirmando la bondad del comercio, lo razonable de obtener un beneficio  y, en definitiva, la bondad técnica e incluso moral  de la especulación.

Las pérdidas o ganancias dependerán de la certeza de expectativas subjetivas donde el riesgo siempre estaba presente[2]. La aspiración  al beneficio éticamente bien conseguido era recomendable. Incrementar los beneficios no era reprobable. Lo inmoral puede aparecer en el modo como se consigue ese beneficio, en los medios utilizados para conseguirlo que pueden no respetar las reglas del juego que para ellos estaban bien explicitadas y con capacidad de ser conocidas por todos en la ley natural grabada en las conciencias personales. Quien roba también consigue beneficio pero desde luego éste así conseguido no es lícito. Por encima del objetivo del máximo beneficio se encuentra el bien del hombre directamente relacionado con las conductas éticamente correctas. La aspiración al beneficio estimula la iniciativa y creatividad. El problema estriba en el cómo se pueden conseguir esos beneficios. Porque como ellos recalcaban: El fin nunca justifica los medios.

Y respecto a la especulación estrictamente considerada, tal y como señala Eduardo Camino en su tesis doctoral 

Elementos para una reflexión moral sobre la especulación económica  se entiende por especulación propiamente dicha la operación económica realizada preferentemente en un plazo breve de tiempo, de quien compra un bien para posteriormente venderlo, buscando obtener un beneficio sobre la base de una previsible oscilación de precios y prestando con tal operación, un servicio o función social.[3] La esencia de este tipo de operaciones[4], sigue diciendo Camino, radica en realizar una previsión acertada sobre los futuros movimientos de los precios. Esta idea de previsión del futuro está ya presente en el origen etimológico del término especulación.[5]

Las reticencias multiseculares al comercio, la intermediación y el pago de intereses –con la mayor o menor beligerancia contra la usura- que caracterizó a las religiones islámica, judía y cristiana, fueron  poco a poco quedando deshechas por varios autores entre los que destacaron  los trabajos de los teólogos de la Escuela de Salamanca[6],  comenzando una nueva era en el juicio ético de los mercados en general y de los mercados financieros en particular[7]. Y como el aspecto financiero de la economía tiene mucho que ver con el tiempo y ocupa un protagonismo cada vez más importante en nuestras sociedades, ya que son progresivamente más abiertas, complejas y con intercambios indirectos crecientes, todas estas cuestiones -que ahora estamos analizando a propósito de la bondad de la actividad financiera y especulativa a través de su función de  intermediación y que nuestros autores de entonces empiezan a vislumbrar y enderezar- resultan especialmente apropiadas para nuestra época. Época en la que Hayek tuvo mucho que decir –y dijo- a este respecto.

La llamada especulación es también una forma importante -y que tiene  gran versatibilidad- de  crear valor añadido y, por lo tanto, produce en términos económicos. Su actividad debe por tanto ser también retribuida adecuadamente. Su actuación revaloriza cada título al acercar inteligentemente a quien lo demanda y quien lo ofrece aumentando su relación de conveniencia en que consiste el valor de cualquier cosa material o inmaterial. Si la inversión es financiada por el ahorro,  los intermediarios financieros están situados  en el lugar central y estratégico del proceso para solventar disparidades y carencias.

Como el ahorro y la inversión se realizan habitualmente por personas diferentes y por motivos de actuación también distintos -salvo en la reinversión de beneficios-, los niveles de ahorro e inversión no son automáticamente iguales. La disparidad se agrava cuando los mercados financieros no coordinan rápidamente ambos tipos de decisiones ya que son los encargados de canalizar y casar lo más  rápida y flexiblemente posible lo deseado por ahorradores e inversores. Un amplio capital financiero buscando distintas combinaciones de rentabilidad, liquidez y riesgo en los mercados, no sólo permite canalizar ágilmente las pretensiones de ahorradores e inversores, sino que exige cada vez más que se diseñen valores y operaciones financieras más acordes con las cambiantes necesidades de sus clientes y que los intermediarios financieros asesoren a sus clientes con su profesionalidad en un mundo excesivamente abstracto y complejo para muchos.

En las conclusiones de su tesis doctoral, Eduardo Camino afirma –después de razonarlo exhaustivamente y certeramente a lo largo de todo su trabajo- que

la especulación es una actividad humana, un verdadero trabajo profesional que se sitúa dentro de la economía. Dicha actividad económica es vista por nosotros como un elemento o aspecto de la vida social que tiende al bien común. En este sentido, el mundo financiero, como ámbito concreto de dicha economía, con su específica labor de intermediación lleva también a cabo una actividad que tiende al bien común.

 Los especuladores desarrollan dentro del sistema económico una función social positiva. Del análisis realizado sobre todos los efectos de la especulación, dos son, a nuestro parecer, los más característicos. En primer lugar la especulación contribuye a la distribución de riesgos: el especulador, al vender seguridad y asumir incertidumbre, está prestando un servicio a la otra parte. En segundo lugar, la especulación reduce las posibles diferencias entre el “valor real” y el valor de mercado: los especuladores llevan a cabo una constante función de control sobre los precios ya que, con su trabajo, ayudan a corregir las excesivas diferencias entre el precio de mercado y el precio que teóricamente responde a los bienes o al futuro (expectativas) de la empresa en cuestión (análisis fundamental). Las previsiones de los distintos especuladores basados en sus propios análisis de la realidad económica subyacente, ajustarían los precios del mercado a lo que la realidad justifica.[8]

 Aunque con lenguaje más actual y especializado Eduardo Camino nos viene a decir lo mismo que los escolásticos que estamos considerando y así, distingue perfectamente entre especulación como algo moralmente bueno y otras actividades moralmente reprobables. El vulgo y la opinión débilmente formada e ideológicamente viciada ¾también entre algunos que deberían ser expertos en estas materias¾ confunden estas actividades atribuyendo a la actividad especulativa correctamente ejercitada y socialmente enriquecedora la maldad de actividades colindante y que a menudo tienden a confundirse.[9].

En este mismo sentido se expresa Rafael Termes refiriéndose al Aquinate:

Tomás de Aquino, superando la concepción aristotélica del comercio, dice expresamente que el comerciante “puede proponerse lícitamente el lucro mismo, no como fin último, sino en orden a otro fin necesario u honesto, como antes se ha dicho”.  Y entre los fines  honestos que antes señaló está el “servicio del interés público; esto es, para que no falten a la vida de la patria las cosas necesarias, pues entonces no busca el lucro como un fin, sino como remuneración de su trabajo”. Con lo cual, de paso, pone de manifiesto la función social del comercio y del beneficio del comerciante. Y, a mayor abundamiento, volviendo al caso del que compró una cosa para conservarla y después, por cualquier motivo decide venderla, enumera alguna de las razones por las cuales se justifica el beneficio obtenido como diferencia entre el precio de compra y el precio de venta: “Esto puede hacerse lícitamente –dice- ya porque hubiere mejorado la cosa en algo, ya porque el precio de ésta haya variado según la diferencia de lugar o de tiempo, ya por exponerse a algún peligro al trasladarla de un lugar a otro o al hacer que sea transportada. En estos supuestos, ni la compra ni la venta son injustas”.[10]

En sí misma y técnicamente la especulación[11] es buena y conveniente. Lo que trastoca y pervierte su bondad enriquecedora es fundamentalmente, según nuestros moralistas, la codicia que nubla el bien hacer y que incita a actuar desproporcionadamente en las inversiones y en los negocios: (…),

 los mercaderes y otros muchos (a quien también ciega su codicia) cortan esta parte[12]. O también, por ejemplo: Do según son muchos a comprar y se interesa en la compra, se adelantan algunos a concertarlo y pagarlo. Do nadie le es causa, ni impide hacer en el ínterin otro empleo con el dinero, sino sólo su provecho y codicia, que tiene y pretende, en lo que paga adelantado[13]. No condenan nuestros escolásticos la especulación sino el vicio de la codicia. Siendo la verdad que ellos mismos se convidan a mercar adelantado, porque no les quite otro el lance (como sucede en el trato de las lanas, y en el de la cochinilla, y en otros muchos tratos)[14].

Y también más ampliamente: (…) conciben grandes pretensiones de mayores haberes, y entonces se arrojan a mayores cargazones y se engolfan entrando en ese laberinto de cambios, usuras, censos y tributos, donde viven más desasosegados que cuando pobres. Dice Aristóteles, que ningún término tiene el mercader en atesorar dineros y ajuntar posesiones, porque con el peso de su codicia ha caído en el lazo y tentación del Demonio, do dice el Apóstol, que suelen caer los que quieren enriquecer. Por tanto deben desistir de lo comenzado volviendo atrás en su codicia (…)[15]

Codicia, que en ocasiones, si no hay autodominio personal acaba en vulneración de otras muchas normas legales y morales.  Cierta ignorancia inexperta en amplias capas de la sociedad hacen más fácil incurrir en aprovechamientos si no existe el correspondiente autodominio ético de los que más conocen los mercados donde se actúa o el mundo financiero.

El decir, como dijeron nuestros autores del siglo de Oro, que las ganancias son un fin inmediato legítimo para aquellos que se dedican a negociar, no contradice la condena escolástica a aquellos que persiguen las ganancias como fin último. (…) Y sólo miran si dejan de ganar o pierden[16] . Hace su aparición el dinero ciego. La ambición, la avaricia y la codicia desmedida pueden acabar convirtiendo la sana tensión por el beneficio en vicio que esclaviza y degrada decisiones futuras.

  Surge en este punto la eterna discusión entre medios y fines, y la conversión de lo que, por definición es puro medio -el más universal y abstracto, el dinero- en fin. Ese grave error práctico y moral, especialmente cuando se generaliza en la mayor parte del entramado socioeconómico, arrastra tras de sí una incontable cadena de decisiones humanamente perniciosas. Si denominamos valor a la apreciación subjetiva más o menos intensa que un agente da a su fin, medio a todo aquello que el actor subjetivamente cree que es adecuado para lograr ese fin y utilidad a la apreciación subjetiva que el actor da al medio en función del valor del fin, cuando ese medio de intercambio universal lo transformamos en objetivo y fin último, estamos viciando todas las fuentes humanas de creación y generación de auténtica riqueza. Ese valor subjetivo de última medida que muchos dan al dinero que persiguen, se proyecta a los medios que creen útiles para lograrlo precisamente a través del concepto de utilidad. Establecida una jerarquía de valores en la que el dinero es el fin último se puede idolatrar el principio del “vale todo”. Una vez convertido el dinero en fin se puede caer en un error más grave aún si aceptamos en la práctica cotidiana el principio antiético según el cual “el fin justifica los medios“. Si el dinero es el fin, y el fin justifica los medios, se pueden cometer graves atentados contra la moral y el derecho más esencial.[17]  No se trata, en definitiva, de condenar la fuerza financiera por sí misma sino de contribuir al aprovechamiento de esa fuerza para el desarrollo social y humano integral.

 

[1]   Tomás de Mercado, Suma de Tratos y contratos, Madrid, Editora Nacional. 1975, [114] p. 143.

[2]  Nuestros autores condenaron incluso como antinatural la idea de obtener ganancias sin riesgo censurando a los empresarios que buscaban cubrir sus pérdidas con ayuda estatal.

 [3]   Eduardo Camino en su tesis doctoral  Elementos para una reflexión moral sobre la especulación económica, p. 314. También en un resumen publicado como libro con el título Ética de la especulación financiera, Unión Editorial, Madrid, 2004, p. 67

[4] Si bien en el origen del monopolio y del acaparamiento late la idea de realizar un beneficio en base a una acertada predicción del futuro y, en este sentido, parecen encontrar una misma raíz inicial que la especulación, el puro especulador rechaza por definición cualquier intervención artificial sobre el resultado de la operación. Por tanto, a tenor de lo dicho en el punto anterior, tampoco se puede identificar la especulación con el monopolio en sus diversas vertientes o formas. Y, en idéntico sentido, se puede afirmar que la especulación no es ni cártel ni acaparamiento. Lo que ocurre es que, a veces, por la influencia del especulador en el mercado (influencia medida en términos de prestigio y, sobre todo, de medios económicos) su toma de posición puede crear una tendencia; pero, mientras se respeten las (justas) reglas del mercado, a nuestro parecer dichas intervenciones forman parte del libre juego de la oferta y la demanda. Eduardo Camino, Ibid., pp. 317-318. Ver también un resumen publicado como libro con el título Ética de la especulación financiera, Unión Editorial, Madrid, 2004.

[5]   Eduardo Camino, Op. Cit.,  p. 315. Ver también un resumen publicado como libro con el título Ética de la especulación financiera, Unión Editorial, Madrid, 2004.

[6]   La Escolástica salmantina, exceptuando a Mercado, desconoció el gran comercio, pero considera el pequeño comercio útil y necesario a la sociedad. El lucro es también lícito como estímulo y retribución del propio trabajo. “Buen zelo seria –dice Mercado- exercitar la mercancía llevando un moderado interés por estipendio, siquiera de su trabajo, y aun por golosina” que incite al comerciante a trabajar. En cualquier caso, las fronteras del lucro no se extienden más allá de los límites impuestos por el tenor de la vida del propio estamento social, aunque, según Vitoria y Mercado, la ganancia no debe cerrar la puerta a un posible ascenso social. Abelardo del Vigo Gutiérrez, Ética  y mercados en la Escuela de Salamanca,  pp. 3-4

 [7]   Entiendo que esa tendencia abierta por ellos no se acabó de asentar  definitivamente hasta que  Bhöm Bawerk tratara ampliamente todas estas cuestiones en su libro Capital e interés, Fondo de Cultura Económica, 1947.   

 [8]  Eduardo Camino, tesis doctoral: Elementos para una reflexión moral sobre la especulación económica, pp.319-320. Ver también un resumen publicado como libro con el título Ética de la especulación financiera, Unión Editorial, Madrid, 2004.

[9]    Eduardo Camino, Op. Cit, pp.317-318. Ver también un resumen publicado como libro con el título Ética de la especulación financiera, Unión Editorial, Madrid, 2004.

Así dice en sus conclusiones que la especulación propiamente dicha es distinta a cualquier maniobra encaminada, directa o indirectamente, a alterar la libre fijación de precios según la ley de la oferta y la demanda. El posible equívoco de estas conductas con la especulación parece encontrarse en que muchas veces le es difícil al especulador el evitar la tentación de intervenir sobre el mercado para que la fluctuación le resulte favorable.

Tal y como  nosotros la entendemos, la especulación se mueve dentro de las (justas) reglas del mercado; quizás en ciertas ocasiones se pueda hablar de que el especulador aprovecha su ineficiencia, sus lagunas o defectos; pero, lo que nos parece claro es que, en ningún caso, quien lleve a cabo este tipo de operaciones, tal y como han sido descritas, está forzando o manipulando el mercado. Por tanto, todo tipo de manipulaciones, maquinaciones, distorsiones, etc., caracterizadas por un elemento de artificiosidad y normalmente englobadas por las distintas legislaciones bajo el amplio concepto de agiotaje, son en sí mismas fraudulentas y nada tiene que ver con el concepto de especulación que ha sido expuesto

 [10]     Rafael Termes,  Antropología del capitalismo. Un debate abierto (Actualidad y Libros, S.A.,       Plaza & Janes Editores, 1992) p. 62.

[11]   Hablando del beneficio, los salmantinos dicen que si ha sido logrado sin fraude o coacción, en un mercado libre, es totalmente legítimo, cualquiera que sea su importe, pero su bondad queda dañada si ha sido obtenido con actividades moralmente malas, contrarias al bien común, o ha sido perseguido, con intencionalidad torcida, a toda costa, a cualquier precio, empleando procedimientos que repugnan a la dignidad de la persona humana. Rafael Termes Carreró, Humanismo y ética para el mercado europeo”,en  Europa, ¿mercado o comunidad? De la Escuela de Salamanca a la Europa del futuro. Publicaciones Universidad Pontificia, Salamanca, 1999, p. 36

[12]    Tomás de Mercado, Ibid., p.269. Ver también un resumen de su tesis publicado como libro con el título Ética de la especulación financiera, Unión Editorial, Madrid, 2004.

[13]    Tomás de Mercado, Ibid., p.269. Ver también un resumen publicado como libro con el título Ética de la especulación financiera, Unión Editorial, Madrid, 2004.

[14]  Tomás de Mercado, tesis doctoral: Elementos para una reflexión moral sobre la especulación económica, p 269. Ver también un resumen publicado como libro con el título Ética de la especulación financiera, Unión Editorial, Madrid, 2004.

[15]    El texto de Tomás de Mercado que completa lo dicho es: Y en esto se ve claramente que ningún buen fin de los tres ni aun mantenerse tienen por principal el día de hoy los tratantes, si no éste, que es enriquecer (cosa que jamás podrán cumplidamente alcanzar) en que dado tengan ya con que puedan bien pasar, no se recogen ni se ponen en orden, antes con la posibilidad en que se ven,(…) Y los que tuvieren puesto su corazón en adquirir riquezas (y tienenlo casi todos según parece) a ningunas escuelas irán aunque sean las de Atenas de gentiles, do no salgan condenados: cuanto más a las católicas de Cristianos.(…) si quieren ir adelante en el camino del cielo, y pretendan con su arte conservar su caudal, si lo tienen, o ganar si no lo tienen, de qué se puedan mantener y poner en estado sus hijos y hijas según su estado y condición. Intención que como dice se conoce, y percibe en el contento y quietud, o en la solicitud y congoja de la vida y trato. Suma de Tratos y Contratos, Madrid, Editora Nacional, 1975, [118], p. 144.

[16]   Tomás de Mercado, Op. Cit., [269], p. 220.

 [17]   Cfr. José Juan Franch. La fuerza económica de la libertad, Madrid, Unión Editorial, 1998. Cap. IX.

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

 1.- La armonía de dar a cada uno lo suyo desde la libertad.

2.- La continuidad en la práctica de la justicia en todo el conjunto moral de las acciones humanas. 

3.- La sinergia armónica de los hábitos morales en la evolución del desarrollo económico de la civilización.

4.- El ahorro y la inflación.

5.- Sobre el juicio moral de la especulación.

6.- La teoría del ciclo hayekiana.

7.- Teoría del desenvolvimiento ético y moral   buscando la excelencia. Una interpretación.

El ahorro y la inflación – Apartado 4 – Capítulo VI – Justicia y Economía

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

Apartado 4

El ahorro y la inflación.

Si, por definición y como se ha dicho, el consumo improductivo sin moderación produce un efecto reductor del ahorro, el proceso más altamente pernicioso  para el ahorro es el proceso inflacionario. La inflación perjudica gravemente el ahorro y estimula el incremento sin mesura y proporción del consumo. Con la inflación, los tipos de interés reales pueden quedar muy mermados o ser incluso negativos, depreciándose  el valor del dinero. Los operadores económicos que son conscientes de la situación tienden a endeudarse porque en situación inflacionista es rentable hacerlo. Todos huyen del dinero  y la inestabilidad produce efectos altamente perniciosos en todo el entramado económico-social y financiero. Al contrario, cuando los empresarios y las familias disponen de una moneda estable y de unas instituciones que casan ahorro e inversión con premura y flexibilidad, toman las distintas decisiones desde la reflexión, la serenidad y con perspectiva de futuro. El objetivo básico, tanto económico como financiero, y también laboral porque ello acaba afectando al empleo –incluso a veces de manera dramática-, es, por lo tanto, controlar y hacer que la inflación disminuya. Los grandes desastres históricos han estado habitualmente precedidos de distorsiones y crisis económicas consecuencia de los procesos inflacionistas. La peor enfermedad monetaria y económica es la inflación. Y la inflación –en el fondo- es una grave enfermedad moral.

Y así, Wilhelm Röpke sitúa el origen de la inflación en un desorden de la sociedad y en una enfermedad moral y no sólo en un mero error monetario cuya solución pueda encomendarse sin más a los especialistas de las finanzas. Desde los primeros esbozos de la teoría cuantitativa del dinero con los escolásticos tardíos, se era consciente de que la degradación de la moneda era debida a conductas amorales por devaluaciones gubernamentales y por empobrecimiento fraudulento de las piezas monetarias por los particulares. Y añadía Röpke algo que estaba en plena consonancia con Hayek en su polémica con Keynes:

El profundo desorden económico y social con el que nos enfrenta la inflación actual ha sido precedido por otro de índole espiritual. De no haber existido un Keynes, o, por hablar con mayor exactitud, de no haber existido el autor de un libro titulado The General Theory of Employment, Interest and Money, entonces la ciencia de la economía sería, tal vez algo más pobre en algunos puntos, pero los pueblos serían mucho más ricos, porque la salud de su economía y de sus monedas estaría menos amenazada por la inflación.[1]

 Esta es la llamada  inflación fiscal[2] que se controla a través de la política presupuestaria exigente de los gobiernos y que si bien su control requiere fortaleza por parte de quien la debe aplicar tratando de equilibrar primero las cuentas públicas e incluso alcanzando un superavit después, acaba cosechando satisfacciones a medio y largo plazo, tanto en crecimiento de la producción y del empleo como en estabilidad y también en una recaudación más elevada para el fisco que podrá sustentar unos gastos públicos más sólidos e incluso hará posible un cierto Estado del Bienestar. Esta inflación fiscal, como también las que señalaremos a continuación, también se daba con mayor o menor presión según las circunstancias y las decisiones políticas en el siglo XVI en España y se puede dar en cualquier época o lugar.

Para tratar de gastar más desde el ámbito público al estilo keynesiano                -confiando en que así se aumentaba el empleo dando por cierta la curva de Phillips[3]– y ampliar más y más el Estado del Bienestar, se tiende a incrementar la presión fiscal queriéndola hacer más y más progresiva. Junto con esas  tasas impositivas elevadas[4] -que perjudican esa fuente de energía económica que es el ahorro- las extensas mallas de seguridad estatal creadas en el proceso de crecimiento del Estado de Bienestar también acaban siendo perjudiciales para el ahorro. Si se extiende la sensación de que el futuro está asegurado por el Estado, que la educación y sanidad es gratuita y que el Estado Benefactor cuidará de cualquier necesidad vital, se está fomentando el consumo irresponsable y perjudicando el trabajo productivo y la fuente del ahorro y la inversión. Despreocupados del futuro, los ciudadanos se instalarán en el disfrute del presente. Como la ética y la economía tienen sus leyes, el proceso no podrá resistir sus contradicciones internas[5] y, más tarde o más temprano, ante las necesidades de financiación, se estará obligado a rectificar traumáticamente. Con un fraude añadido: quienes confiados en el Estado no ahorraron en su momento no pueden rectificar las decisiones tomadas en el pasado.

Además de la inflación fiscal surte efectos sobre el ahorro, a la vez, la que hoy se suele denominar inflación importada. Esta es aquella que  depende de la ortodoxia general macroeconómica propia y de los países con los que se mantienen relaciones comerciales y financieras más intensas[6]. Esta inflación tiene mucho que ver con lo que podíamos denominar competir en competencia  desinflacionista con otras áreas. Los países y regiones que más éxito obtengan en la aplicación de las políticas antiinflacionistas, mejor desarrollo económico conseguirán extendiendo además al exterior su ortodoxia, estabilidad y reducción de esa grave enfermedad moral.

Junto a las anteriores no se puede dejar de citar la inflación de costes. El control de ésta depende en forma decisiva de la introducción persistente e inteligente –como ya se ha señalado en el capítulo anterior- de mayor competencia en todos los mercados de bienes y servicios, así como en los laborales, con especial influencia en los que son necesarios para el desarrollo de la actividad en todos los sectores y que siempre se presentan insertados en las cuentas de resultados de todas las empresas y de todas las familias (los costos energéticos por ejemplo). El papel decisivo para el control de la inflación de costes lo juega la aplicación amplia y profunda de las leyes y políticas de promoción y  defensa de la competencia.

Por otra parte, en esta desinflación de costes juega un papel primordial la innovación e inversión en nuevas tecnologías. Y la creatividad y la innovacion son también deflacionistas en cuanto incrementan la productividad. La nueva realidad tecnoeconómica ha reducido drásticamente el coste de almacenaje, procesamiento, transmisión y difusión de la información, y afecta al diseño, la gestión y el control de la producción y de los servicios del sistema económico en general[7]. Todas las actividades comerciales, financieras, industriales y de servicios, incluso las agrícolas, están siendo transformadas. Los ritmos de crecimiento de la productividad real (quizás no tanto la oficial calculada sobre el PIB) se ven incentivados cuando el gasto en tecnologías de la información y telecomunicación se incrementa.

En estas tres causas de la inflación las entidades financieras juegan algún papel, pero de carácter secundario, ahora bien, teniendo en cuenta que la inflación es un fenómeno monetario (cantidad de dinero que circula en el sistema), el papel de las entidades financieras es decisivo y relevante respecto al control de la inflación en el ámbito nacional en la que podemos llamar inflación de la inversión  que desarrollaré más ampliamente poco después ya que es una de las más importantes aportaciones de Hayek con su teoría de los ciclos y que también tiene causas de carácter moral.

Por último, y como ya se ha señalado en capítulo anterior, toda la normativa liberalizadora que abre el camino a  todas aquellas  medidas que permiten potenciar la flexibilidad, competencia, innovación y productividad reducen la inflación, y, además, no sólo hacen posible la estabilización, sino que, a través de ellas, pueden ejercer un considerable influjo positivo sobre la creación de empleo con efectos económicos altamente beneficiosos para todos.

Bien podemos concluir, para finalizar este apartado que cuanto más extendida esté la costumbre –hecha hábito- de moderar los gastos –especialmente los de consumo improductivo- incrementándose los ahorros por mejoras también en el empleo y en la productividad,  más tranquilidad social y menos se necesita la intervención ni de los gobiernos desde el presupuesto público, ni de los bancos centrales elevando los tipos de interés o exigiendo restricciones crediticias para mantener a raya la inflación. El ahorro, en definitiva, produce desinflación, y la desinflación autogenera e incentiva a su vez fortaleza en la inversión, el trabajo innovador y el ahorro. Cuando los agentes económicos se acostumbran a vivir en un entorno económico donde observan el afianzamiento de los mercados libres, y donde observan seriedad en las políticas fiscales y monetarias de carácter macroeconómico, esforzándose en las actuaciones antiinflacionistas, los costes de reducir la inflación son prácticamente inexistentes. A favor de la cultura antiinflacionista juegan entonces las expectativas de los ciudadanos. Si la situación que se atisba en el horizonte macroeconómico es un contexto donde las políticas gozan de poca credibilidad y donde las rigideces permanecen aquí y allá en los diferentes sectores, la desinflación resulta entonces una tarea ardua y casi imposible.  Las sinergias son continuas, pudiendo evolucionar en espiral negativa decreciente o por el contrario en espiral  positiva creciente[8]:

 Cuanto más descansen las inversiones en el ahorro, tanto más elevado será el punto crítico del aumento de las inversiones y durante más tiempo podrá mantenerse la alta coyuntura sin alcanzar un nivel peligroso. Cuanto mayor sea la suma total de los ahorros y más amplio el círculo de ahorradores, más amplia será también la capa de personas y de instituciones que formarán un bloque interesado en que se mantenga un dinero honrado y bien fundamentado, tal como corresponde tanto a la mentalidad del acto ahorrador como a los intereses creados por el ahorro. Y en esta misma medida aumentará el frente antiinflacionista, sin cuya presión no cabe esperar una auténtica y eficaz política opuesta a la inflación[9].

El ahorro es lo más desinflacionista y lo que aporta mayor estabilidad y solvencia al conjunto del sistema económico. Aspectos morales que muchos expertos han pretendido dejar al margen de la economía resulta que están ejerciendo una continua presión sobre el sistema degradándolo o enriqueciéndolo espontáneamente. Ello quiere decir, que aquellos hábitos morales no sólo no son un mero añadido para cubrir de apariencia bondadosa la actividad económica, sino que -tal y como la realidad testaruda de los hechos humanos reacciona- resultan ser la piedra angular de la riqueza o de la pobreza de las personas y de las  familias, de las empresas y de las naciones.

 [1]   Röpke Willhelm, Más allá de la oferta y la demanda, T.O. Jenseis von angbot und Nachfrage, 2ª ed.,. Madrid, Unión Editorial, 1996, pp. 230-231.

[2]   Carlos I de España y V del Sacramento Imperio Romano-Germánico era esencialmente un guerrero. Su destino imperial le reclamaba todos sus pensamientos y energías,  y compartía “los rasgos que, un buen día, habría de incorporar otro patético caballero, la imagen sublime del idealismo español”.

 

Frugal, incluso parsimonioso en sus gastos personales, el Emperador gastó sin cuidado alguno en sus empresas militares. La lucha contra Francia, contra los turcos y contra el protestantismo y la revuelta en Alemania le dejaron permanentemente endeudado. Al principio Holanda e Italia soportaron las cargas más pesadas. Posteriormente, el Emperador se apoyó cada vez más en España. Dado que la contribución de la corona de Aragón continuó siendo relativamente pequeña a lo largo de su reinado, la práctica equivalía a decir Castilla. Marjorie Grice-Hutchinson, El pensamiento económico en España (1177-1740), Barcelona, Editorial Crítica, S.A. 1982, pp. 167-168

[3]   Conviene recordar por ello algunas nociones de teoría y política económica respecto a la relación entre paro e inflación ya que -desde hace seis lustros al menos- se vienen planteando serias dudas sobre la eficacia de las políticas de demanda inspiradas en los modelos keynesianos que sustentaban la aparente evidencia empírica de la curva de Phillips. Es ampliamente conocido que, en 1958, Phillips publica un artículo que, como ejemplo típico de los efectos desconocidos que se producen en el mundo de las ideas y en el ámbito económico, tendrá una influencia decisiva, tanto para la teoría como para la política económica. En ese artículo, establece una relación de intercambio de carácter decreciente entre la tasa de variación de los salarios monetarios y la tasa de desempleo. A más inflación menos paro, es decir: Políticas de demanda. No pasa nada que haya un poco de inflación porque con ello se consigue más empleo.

El análisis empírico lo realiza inicialmente para la economía inglesa y se proyecta también a otros países. El análisis teórico lo llevó a cabo Lipsey encajándolo en el modelo keynesiano dando a entender que la tasa de inflación salarial es el resultado del exceso de demanda en el mercado de trabajo. Samuelson y Solow reformulan el modelo modificando la curva de Phillips estableciendo una relación, también decreciente, entre inflación y desempleo. Esa relación inversa se convertirá pronto en dogma por las vicisitudes incomprensibles de las opiniones científicas, y ejercerá una influencia y atracción decisivas sobre los representantes políticos de todas las tendencias. Los responsables políticos creían haber encontrado la piedra filosofal que les permitía elegir las combinaciones de inflación y paro deseadas en cada coyuntura. Ello les producía una seguridad y satisfacción envidiables. Cfr. Jose Juan Franch, La fuerza económica de la libertad. Madrid, Unión Editorial, 1998, pp. 98-104. Capítulo III: Intercambio libre que gener valor, pp. 71-109. Ver también www.josejuanfranch.com

[4]   El fraude fiscal es una conducta lógica cuando la presión tributaria aumenta a un ritmo acentuado mientras que el gasto público resulta visiblemente deslegitimado por la hipertrofia, el despilfarro, el favoritismo político, la ineficacia y la corrupción.Carlos Rodríguez Braun, A pesar del gobierno. 100 críticas al intervencionismo con nombres y apellidos, Madrid, Unión Editorial, S.A. 1999, p. 180

[5]   El castillo de naipes que sostenía la macroeconomía de aquella ciudad encantada empezó a derrumbarse con la pérdida de estabilidad empírica de la relación y, a través de las aportaciones de Friedman y Phelps, con los problemas que surgen de la falta de fundamentación microeconómica, especialmente, en el mercado de trabajo. Pronto los trabajadores empiezan a negociar sobre los salarios reales con ausencia de ilusión monetaria teniendo en cuenta, al firmar sus contratos, la tasa de inflación esperada. Aparece entonces la llamada tasa natural de desempleo que es aquel nivel de equilibrio del mercado de trabajo donde la tasa esperada de inflación coincide con la tasa efectiva. Según la teoría aceleracionista, al incorporar las expectativas tanto los trabajadores como los empresarios, las políticas expansivas no son capaces a medio y largo plazo de reducir el desempleo por debajo de la tasa natural, y la curva de Phillips tiende a ser vertical a largo plazo situándose en el entorno de la tasa natural de desempleo.

Se vuelve con ello a ser consciente que la inflación es un fenómeno monetario; que no hay trade-off entre inflación y desempleo a largo plazo; que cuando existen son transitorios y no estables; que las políticas de demanda no pueden afectar al crecimiento y al empleo a largo plazo; que cualquier intento artificial de mantener la tasa de paro por debajo de la natural acelerará la inflación y que, como colofón importante para nuestros argumentos, la tasa natural de desempleo sólo puede cambiar mejorando por las políticas microeconómicas de oferta.

Con las aportaciones de las Expectativas Racionales y los modelos de los nuevos clásicos se concluye teóricamente, y se observa también empíricamente, que las políticas de demanda, además de generar incertidumbres e inestabilidad, no tienen efectos sobre la renta y el empleo a no ser que sorprendan a los agentes económicos ya que estos aprenden de los engaños sistemáticos. Se concluye entonces que las tasas de inflación se pueden reducir sin costes en términos de desempleo y que las políticas deben ser creíbles por parte de los ciudadanos. Cfr. Jose Juan Franch. La fuerza económica de la  libertad, Madrid, Unión Editorial, 1998, pp. 98- 104. Capítulo III: Intercambio libre que gener valor. pp. 71-109 Ver también www.josejuanfranch.com

[6]    Hacia mediados del siglo XVI, el nivel de precios en España se había alejado del vigente en el resto de Europa. Hacia la misma época empezaron a elevarse protestas contra la importación de manufacturas extranjeras, que, atraídas por el alto nivel de los precios españoles, competían con éxito los productos fabricados en el interior. La balanza comercial se estaba volviendo contra Castilla, y el tesoro americano, que tanto había costado obtener, empezaba a esfumarse. La gente se quejaba de que España era “las Indias del extranjero”. Y era bastante cierto. Las colonias habían pagado precios altos por los productos españoles y habían enviado cantidades considerables de metales preciosos a cambio de los mismos. Ahora bien, en respuesta al aumento de los precios españoles, los extranjeros estaban inundando el mercado español con productos relativamente baratos y estaban drenando el oro y la plata fuera de España. Estaban conquistando asimismo una parte cada vez mayor del comercio con las colonias. Marjorie Grice-Hutchinson, El pensamiento económico en España (1177-1740), Barcelona, Editorial Crítica, S.A. 1982, pp. 166-167

[7]   Es un error pensar que la inflación de un 1, 2, 3 ó 4% en los países desarrollados actualmente carece de importancia ya que el crecimiento del PIB también es significativo. Creo que esto es un error precisamente por el factor innovación tecnológica. Lo normal sería, en estas circunstancias, que estuviésemos en inflación negativa de varios puntos porcentuales anualmente. Quizás tales variables macroeconómicas no parezcan preocupantes, pero desde luego son susceptibles de mejorar notablemente.

Quizás sí que estemos en un brote inflacionista respecto a lo que debería ser. Dado el incremento exponencial de la productividad, la inflación podría estar en valores de dos dígitos. Basta recordar que sólo la liberalización de las telecomunicaciones ha hecho disminuir precios en más de un 25%. Todo ello indica que, si hubiese auténtica competencia en los distintos mercados, sin rentas de monopolio u oligopolio, mientras los valores de uso de todos los bienes y servicios estarían creciendo notablemente, los valores de cambio, los precios, estarían disminuyendo de forma continuada en todos los sectores. Si se producen incrementos, algo no acaba de funcionar.

[8]   El núcleo de la tesis keynesiana ha sido desmentido por los hechos al observarse que los déficits fiscales no sólo no son expansivos sino que pueden ser los causantes de la depresión. Altos niveles de endeudamiento provocan consecuencias depresivas. “Los países de la Unión Europea son un claro ejemplo de las consecuencias depresivas provocadas por los abultados niveles de endeudamiento. Si los déficits públicos estimulasen la economía, Europa continental viviría desde hace años una intensa recuperación. Recortar los desequilibrios fiscales tiene efectos expansivos porque recorta los tipos de interés, lo que estimula la inversión. Si además ese recorte es percibido como permanente, los agentes sociales y económicos anticipan futuras rebajas impositivas, lo que estimula el gasto privado. Esto es en buena medida lo que sucede ahora en España”. Bernaldo de Quirós, L., Proceso al Estado,  Barcelona, Ediciones del Drac, 1988.

Se está llegando entonces a la conclusión de que la relación entre inflación y paro no sólo no es decreciente, sino que los efectos de las expectativas de los agentes, las políticas de oferta, la liberalización de los mercados, la globalización y la libertad internacional de capitales hacen que dicha relación sea de carácter positivo. Es decir que a menos inflación menos paro y más empleo. A más inflación: inestabilidad, huida de capitales, y más paro y desempleo.

Si este razonamiento es correcto, todo lo que favorece la cultura de la estabilidad, el ahorro y la desinflación daría lugar a que, además de los empleos directos, voluntarios o formales a corto plazo, se plante la semilla y el germen del incremento del empleo en la sociedad por la vía indirecta de la disminución de la inflación y sin miedos a la deflación por el incremento de la productividad innovadora.

[9]   Röpke, op. cit., p. 238.

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

 1.- La armonía de dar a cada uno lo suyo desde la libertad.

2.- La continuidad en la práctica de la justicia en todo el conjunto moral de las acciones humanas. 

3.- La sinergia armónica de los hábitos morales en la evolución del desarrollo económico de la civilización.

4.- El ahorro y la inflación.

5.- Sobre el juicio moral de la especulación.

6.- La teoría del ciclo hayekiana.

7.- Teoría del desenvolvimiento ético y moral   buscando la excelencia. Una interpretación.

La sinergia armónica de los hábitos morales en la evolución del desarrollo económico de la civilización. Apartado 3 – Capítulo VI

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

Apartado 3

La sinergia armónica de los hábitos morales en la evolución del desarrollo económico de la civilización.

El complejo mundo económico actual –aunque en lo fundamental no es muy distinto del de hace cuatro siglos (especialmente el tamaño de la población y el desarrollo tecnológico lo hacen distinto en ciertos aspectos)- está integrado fundamentalmente por multitud de unidades  económicas de decisión libres, autónomas e independientes, propietarias cada  una de ellas de una combinación completamente original de recursos  físicos y humanos sobre los que cada uno puede y debe actuar con libre y responsable poder de disposición y asignación en orden al incremento del  valor de sus bienes. Aunque teóricamente independientes, esas unidades, que tienen en el actuar personal responsable de sus propietarios el punto básico de referencia, son en realidad interdependientes entre sí ejerciendo influjos positivos o negativos de carácter multilateral en todas las direcciones. Una actitud y una decisión en un punto del sistema ejercen cada vez más rápidamente un efecto sobre parte del resto, y esa parte –a su vez- influencia con matices ya propios de cada cual al otro resto, y éste a otro y así sucesivamente. El sistema está siempre vivo haciéndose y reconstruyéndose dinámicamente con nuevas aportaciones. 

Pues bien, en ese continuo nacer y renacer, construir y rehacer de miles y miles de esas unidades tomando decisiones de inversión, consumo y ahorro, la escuela austriaca en general -y en especial Hayek- dieron una preponderancia notable a los hábitos que potencian el ahorro, que a su vez será la fuente de la inversión. Y como ahora veremos, el ahorro y la inversión son consecuencia de muchos de esos actos morales positivos que los católicos del siglo de Oro español insistían por activa y por pasiva en promover. Hayek mantuvo una polémica constante, especialmente con Keynes, a propósito de esta cuestión ya  que la teoría keynesiana fomenta e incentiva el consumo[1] desmesurado forzando incluso cierto consumo estéril e improductivo. Ello significaba que –en sentido inverso- desincentiva el ahorro así como la proporción, la moderación, la austeridad y la sensatez previsora. Además, téngase en cuenta que el fomento forzado de la demanda consumista crea engaño y fuerza la equivocación entre los potenciales consumidores.

Así, Ludwig von Mises –a quien tanto admiraba Hayek- dejó escrito:

Se denomina renta aquella suma que, sin merma de capital originario, puede ser consumida en un cierto período de tiempo. Si lo consumido supera a la renta, la correspondiente diferencia constituye lo que se denomina consumo de capital. Por el contrario, si la renta es superior al consumo, la diferencia es ahorro. (…) Cada paso que el hombre da hacia un mejor nivel de vida se halla invariablemente amparado en previo ahorro (…) Es por ello por lo que cabe afirmar que el ahorro y la consiguiente acumulación de bienes de capital constituyen la base de todo progreso material y el fundamento, en definitiva, de la civilización humana. Sin ahorro y sin acumulación de capital imposible resulta apuntar hacia objetivos de tipo espiritual.[2]

Se resalta magistralmente en esa cita la interdependencia temporal de  consumo, ahorro e inversión y la virtualidad económica de la ética del ahorro. Queda claro y patente que el ahorro es a la vez fruto del trabajo productivo anterior y de la abstención inteligente en parte del consumo actual con miras  a potenciar la capacidad de crear riqueza en el futuro. La importancia para el desarrollo económico de esos hábitos adquiridos –que nuestros autores, filósofos morales, recomendaban sin entonces saber muy bien por qué desde el punto de vista de la dinámica económica-  queda patente cuando nos damos cuenta que para conseguir ahorrar se necesita conjugar muchas virtudes como la laboriosidad y el bien hacer empresarial y personal, la austeridad inteligente, la prudencia no timorata, la sensatez, el temple de no depender de los demás, la visión de futuro, … etc. Y como lo ahorrado permite acometer por nosotros mismos, o financiar para que acometan otros, nuevos proyectos empresariales creadores de empleo y riqueza su influjo directo sobre el crecimiento económico resulta clave. El ahorro se convierte en la fuente del desarrollo económico. Por eso es lógico que todo aquello que lo estimule sea positivo y lo que lo entorpezca negativo.

Mercado por ejemplo, recomendaba sobriedad y austeridad[3] en los gastos, incluso a los más pudientes, añadiendo también al por qué hacerlo el evitar la envidia ajena. Todo ello demuestra el profundo conocimiento que de la naturaleza humana caída tenían a efectos prácticos:

Antes que entremos en los medios que se han de tomar, quiero dar a estos señores algunos buenos consejos, tales, que si los tomaren y siguieren, ya que no ganen gran hacienda, ganarán con ellos (a mi parecer) una gran reputación y buena opinión en el pueblo y excusarán muchos gastos dañosos a la bolsa y no muy honrosos a la persona. El primero es que no tengan gran casa, ni costosa así en edificios, como en criados, alhajas, piezas, joyas, atento a que como todo lo ganan vendiendo a los ciudadanos si les ven gastar mucho, sospechan luego que les han engañado en mucho. En lo cual tienen los mercaderes gran culpa, porque gastan su hacienda en vanidades, y caen en gran odio del pueblo, cosa que les cae muy a cuestas. Porque no puede sufrir la gente con buen ánimo el ver triunfar a otros con sus haciendas.[4]

 Y también, dejando claro de nuevo ese gran sentido común que les llevaba a reconocer que las grandezas y miserias humanas eran entonces las mismas que en la época romana por ejemplo:

A Publicola capitán romano tan provechoso a su patria, que la había librado de una fundamental perdición, no pudieron los romanos (con tenerle en suma reputación) déjar de murmurar en público y secreto, de verle aumentar en el servicio y administración de su casa un poco de más aparato y resplandor, pensando falsamente no haber sido bien adquirido. Cuanto más blasfemarán con despecho y rabia del mercader, cuyo aparato saben de cierto, que salió de sus bolsas: y haciendas. Así que en vivir modesto, excusa costa, ahorra dinero, y hácese bienquisto y acreditado.[5]

Recuerda todo esto aquella lucha constante de Hayek contra la teoría del subconsumo y la importancia que daba al ahorro como fruto también de la responsabilidad madura que se adelanta al futuro:

 Coincidían en unos planteamientos morales respaldadores de la actitud del hombre prudente que, motivado más por el deseo de mejorar en la estima de sus congéneres que por el de vivir en el futuro con mayor holgura, adoptaba la actitud de un buen padre de familia que, a través del ahorro, en todo momento se preocupa de mejorar la suerte de su negocio y familia[6].

Si el ahorro es, además de riqueza fruto del trabajo anterior, ausencia de consumo, todo lo que sea fomentar el consumo improductivo[7] que se dilapida en una mera ilusión efímera y hedonista, perjudica al ahorro. Para ahorrar se necesita ejercer un dominio personal y empresarial que implica una cierta moderación y ordenación en las diversas actividades humanas. El desorden aparece cuando se usan los bienes terrenales con exceso[8] o fuera de la medida necesaria para la consecución de los fines:

La justicia es una virtud que ordena al que la tiene a otro; pero las demás le ordenan a él a sí mismo. Por ejemplo. La templanza versa acerca del recto uso de lo deleitable al tacto; y así pone modo entre dos afecciones del mismo templado, a saber: que no sobrepase la razón en el uso de los manjares y de las funciones venéreas, y que  no tome más que lo que pide la sustentación de la vida.[9]

 Nos vienen a decir que una cierta austeridad creadora evita que el hombre se sumerja por completo en lo material, y ese autodominio, guiado por la inteligencia, fortalece y enriquece la voluntad y aumenta la libertad para conseguir su plenitud humana en el orden profesional y personal. En una sociedad donde la comodidad y el consumo[10], muchas veces improductivo, es ensalzada hasta cotas estridentes, se confunde la cima de la vida y el prestigio social con la ostentación material, y es difícil entonces difícil que el ahorro prospere en esos ambientes sociales. Su declive arrastra tras de sí el descenso de la inversión y la falta de vitalidad del mundo financiero que como hemos dicho se asienta en la confianza de los agentes.  Agentes que muchos de ellos -sin saber muy bien el proceso- se dan cuenta en su fuero interno que el consumo desmesurado por encima de lo  ahorrado acaba siendo perjudicial para las economías. Destacar por último que como el ahorro es la fuente del sistema financiero, si el ahorro falla el sistema se empobrece. Los mercados financieros, por definición, acuden y se desarrollan allí donde la vitalidad económica y el ahorro se expanden. Fomentar el ahorro no es sólo una actitud ética sino que tiene repercusiones importantes en el mundo económico y financiero.

La inversión necesita efectivamente del ahorro, pero también el ahorro precisa de la inversión inteligente, prudente y audaz para no quedarse estéril. La actitud diligente de los ahorradores les lleva a tratar de sacar el máximo partido a sus ahorros[11]. En la composición de sus inversiones, combinando riesgos, liquidez y rentabilidad también se pondrán de manifiesto muchas actitudes éticas personales. Sin mentalidad empresarial desplegada en todos los ámbitos de la actividad social dispuesta a invertir para poner en marcha proyectos productivos creadores de riqueza y empleo, el ahorro queda sin eficacia y se pone en peligro el ahorro futuro. Invertir significa emprender algo nuevo. Toda nueva inversión es apostar a que los ingresos actuales y futuros serán mayores que los costos. Si en una economía la actividad inversora se desmorona, la sociedad se anquilosa. Y esto ha ocurrido en todas las épocas según sus características diferenciadoras. Ocurría ya en siglo XVI o en la época griega o romana y sigue ocurriendo hoy en día.

Porque la actividad empresarial está íntimamente ligada a la inversión para materializar esos proyectos emprendedores creadores de riqueza y en busca de beneficio que, eso sí, debería obtenerse respetando las reglas, es decir, las  leyes humanas inspiradas en la ley natural. Esa es la piedra de toque, según ellos, para dictaminar si la consecución de beneficios era moralmente recomendable y promocionable o si  era, por el contrario, ilícita: el respeto a la ley natural. Respetando la ley natural, la actividad del mercader, del empresario como hemos visto -o incluso como luego veremos del especulador- resultan ser un arte laudable y beneficioso para el conjunto de la ciudadanía. Así, el empresario inventa y proyecta el modelo de producto o servicio que debe guiar al trabajo subordinado en la realización de su obra determinando su especie y características. El resto de la organización tiende a plasmar, en una materia concreta y ayudada de instrumentos adecuados, el modelo antes concebido. El trabajo empresarial se convierte en fuerza ejemplar en la creación e incremento del valor económico y tratará de hacer productivo el trabajo buscando la capacidad de servicio a los futuros usuarios finales  y  aumentar así el valor de las mercancías o servicios producidos.

Pues bien, uno de los rasgos éticos más característicos de la actividad inversora empresarial es la proporcionalidad entre los medios y el fin que se pretende conseguir. Si en el caso del ahorro las actitudes éticas  a destacar eran el temple y la austeridad en el uso y disfrute de los bienes materiales, en el caso de la inversión real hay que hablar de la fortaleza en cuanto fuerza y energía de ánimo, estabilidad y firmeza, que soporta y repele las grandes dificultades que se presentan y se oponen a la realización de proyectos positivos. Impide que el temor, retraimiento ante el mal que amenaza, por defecto, y la temeridad, inconsciencia de la magnitud de los riesgos, por exceso, impidan la realización de la inversión de acuerdo con los dictados de la recta razón. Y del mismo modo, la fortaleza pone modo entre el temor y la audacia[12].

La fortaleza no adultera la realidad, sino que la acepta tal como es. Con la fortaleza se puede hablar de grandeza para acometer grandes empresas; del mantenimiento constante en el esfuerzo; de perseverancia que requiere esfuerzos continuados en el tiempo hasta la finalización del proyecto; o de la confianza que puede apoyarse en las posibilidades personales o en la fuerza de los demás. La verdadera fortaleza evita la presunción en cuanto confianza desmedida en las propias fuerzas y falsa autosuficiencia, consecuencia de una apreciación subjetiva y equivocada de las verdaderas posibilidades.

Todo ese conjunto armónico del ejercicio de esos distintos  hábitos operativos  –y teniendo siempre como punto de referencia la justicia conmutativa que los engloba a todos y se manifiesta en todos ellos- se ponen en práctica en el proceso dinámico y humano de carácter económico. La justicia implica la referencia a la cooperación y coexistencia de cada uno con los demás e implica arreglo, ensamblaje, encaje y armonía. Es, por eso, especialmente relevante para el funcionamiento idóneo de los mercados. La justicia conmutativa no se agota en sí misma sino que se proyecta hacia fuera contribuyendo al desarrollo de la justicia social, de la legal y del bien común. Y ese conjunto armónico enriquecedor es el que -inspirándose también en los clásicos- supieron desarrollar con maestría los escolásticos españoles del siglo XVI español que estamos estudiando, así como todos los demás que se puedan englobar en la llamada Escuela de Salamanca. En estos aspectos hay una coincidencia general ya que coincidencia había en el ámbito católico en los principios de la ley natural accesibles por la simple inteligencia natural, y universalmente.

Por todo ello, y sólo con lo dicho hasta aquí se puede concluir fácilmente la falta de fundamentación de la teoría de Max Weber sobre el espíritu del capitalismo que radicaba según él en el protestantismo –especialmente el calvinista- y en el que el catolicismo no habría hecho más que retrasar y ahogar su despertar. Ya Lucas Beltrán ponía en entredicho esta teoría:

Con el paso del tiempo, las críticas a la idea de Weber se han multiplicado. Por un lado, se han formulado argumentos contra sus razonamientos. Por otro lado, los hechos posteriores no los han confirmado; después de la Segunda Guerra Mundial, las naciones en que la libertad económica y el desarrollo han sido mayores no han sido aquellas en que el calvinismo domina; han sido, en primer lugar, las del Mercado Común Europeo (en su mayoría católicas) y el Japón (budista y shintoísta); algunos países subdesarrollados han aplicado enérgicamente medidas económicas liberales y han tenido un crecimiento que ha sorprendido a todos; son, por ejemplo, Puerto Rico, Corea del Sur, Formosa, Hong Kong, Tailandia, Malasia, Singapur; la heterogeneidad religiosa de los mismos hace ver a la teoría de Weber como arbitraria y desfasada[13].

 [1]   Muchos autores han creído que la causa de los ciclos depresivos está en la insuficiencia del consumo por un exceso de ahorro dando credibilidad a la llamada paradoja del ahorro. El exceso de ahorro fluye hacia la inversión. Esta afluencia de ahorro hacia las empresas hace que éstas incrementen su producción de bienes de consumo. Pero entonces las empresas incurren en un exceso de producción porque la capacidad adquisitiva de los consumidores no alcanza a comprar tantos bienes como se producen en la nueva situación. La fase depresiva del ciclo se establece al aparecer en el mercado una superproducción general de bienes de consumo. Es esta una teoría simplista que se mueve en un ámbito mas bien estático y atemporal. Se debe comparar con la dinámica de la teoría de los ciclos de Hayek donde se considera la mayor complejidad de la estructura del capital y de los cambios en los precios relativos de los distintos bienes.

[2]    Mises, Ludwig Von, La acción humana, 5 ª ed., Madrid, Unión Editorial,  1995, pp. 317-18.

[3]    Esa templanza física y ese moderarse lo llevaban también al ámbito de la templanza espiritual y así la  recomendaban incluso en el hablar con razonamientos significativos: Item deben ser en su hablar reportados y de pocas palabras, atentos, que si hablan mucho: como siempre hablan en derecho de su dedo, pensarse ha dellos, que en todo engañan. En cualquier negocio (dado sea ajeno, que es menos sospechoso) jamás muchas palabras (según dice el Sabio) fueron libres de culpa, cuanto más en los propios: do aun las pocas no carecen de sospecha. Item deben aborrecer el jurar, y acostumbrarse a nunca hacerlo. Atento, a que si no lo tienen muy aborrecido, como siempre les mueve su propio interés: jurarán por momentos. Y como las más veces lo que tratan es incierto y dudoso: pensarán que dicen la verdad, y mentirán. Así de cien juramentos que hagan sin exageración alguna, los ciento y uno serán perjuros. Tomás de Mercado, Suma de Tratos y contratos, Madrid, Editora Nacional. 1975, [121], p.148.

[4]    Tomás de Mercado, Suma de Tratos y contratos, Madrid, Editora Nacional. 1975, [119], p. 147.

[5]    Tomás de Mercado, Ibid, [120], p.147.

[6]    Friedrich A. Hayek. Derecho, Legislación y LibertadEl orden político de una sociedad libre, V. III, Madrid, Unión Editorial, 1982. p. 285.

[7]    Conviene en cualquier caso hacer una matización respecto a los gastos de consumo. Los economistas clásicos dejaron ya bien clara la distinción entre consumo productivo e improductivo. Diferenciar consumo productivo e improductivo es importante.  Su diferenciación y elección en cada caso concreto es

una decisión ética y económica personal. Hay que evitar anatematizar por principio todo gasto de consumo grande, pequeño o nimio.

Digo esto porque a veces se lanzan mensajes asustadizos que pueden ser contraproducentes por el “efecto reductor” que pueden provocar en épocas de crisis. Lo que nos dirían nuestros autores es que no hay que gastar en lo superfluo ni  en lo estéril e improductivo ni  en lo que genera un efecto de adicción negativa que deshumaniza. Pero  ese autodominio hay que realizarlo tanto en épocas de crisis como en épocas de euforia y expansión. Pero ¿por qué los particulares no vamos a gastar de lo nuestro en lo que cada uno, libre y responsablemente, consideramos más conveniente y enriquecedor? No hay que reducir el gasto sino reconvertirlo y purificarlo de impurezas. El gasto en un punto impulsa en otro la producción de lo que se demanda. Cfr. Jose Juan Franch. La fuerza económica de la libertad, Madrid, Unión Editorial, 1998, Cap. IX: Ética en la liberad de los mercados, pp. 289-327 Ver también www.josejuanfranch.com

[8]   Al igual que la información excesiva y abrumadora se convierte en perplejidad, desinformación e ignorancia de hecho, de igual forma el consumismo, la abundancia excesiva de bienes, deseos y nuevos bienes se acaba convirtiendo en hastío y, a la postre, en pobreza y escasez de lo auténticamente valioso.

[9]   Domingo  de Soto, Tratado de la justicia y el derecho, T. II, Madrid, Editorial Reus, 1922,      pp.188-189.

[10]  La inercia de las costumbres humanas, deslumbrada por el espejismo del “homo aeconomicus”, disfrutador a cada vez más corto plazo, continuamente se autoalimenta y regenera en su carrera cuasi mecánica hacia un consumo material cada vez más efímero, variable e instantáneo. La economía de mercado por sí misma es neutral respecto a los fines. Las orientaciones son marcadas por los actores con libertad personal. Tal sistema multisecular de libre intercambio orienta automáticamente los recursos productivos hacia el incremento de los flujos de bienes y servicios de mayor demanda. En el propio mecanismo de mercado no hay sin embargo un sistema impersonal y automático que provoque la disminución de los flujos indeseables. Son las personas que toman las decisiones en ese entramado las que deben matizar por el sentido común tales flujos y su reordenación. Cfr. Jose Juan Franch. La fuerza económica de la libertad, Madrid, Unión Editorial, 1998, Cap. IX: Ética en la liberad de los mercados, pp. 289-327. Ver también www.josejuanfranch.com

[11]   Ya vimos que la doctrina de Locke sobre la propiedad tiene en algunos aspectos un cierto paralelismo con la de los escolásticos considerados. Pues bien, siguiendo la doctrina de Locke según la cual cada uno  tiene un derecho de libre y exclusiva disposición sobre los frutos de su trabajo, la responsabilidad última del uso que se dé a cada capital acumulado es del propietario. En los mercados nacionales e internacionales el protagonismo inversor corresponde, cada vez con mayor intensidad, a las sociedades colectivas de inversión: fondos de pensiones, de ahorro, de inversión inmobiliaria etc. Se mueven por criterios técnicos generalmente y son los nuevos árbitros de los mercados de valores en todo el mundo. En un entramado financiero sofisticado como el actual es lógica cierta cesión de responsabilidades a sociedades especializadas pero siempre conviene ser conscientes que la responsabilidad última es de cada agente particular que ahorra e invierte sus ahorros. Cfr. Jose Juan Franch. La fuerza económica de la libertad, Madrid, Unión Editorial, 1998, Cap. IX: Ética en la liberad de los mercados, pp. 289-327 Ver también www.josejuanfranch.com

[12]   Domingo  de Soto, Tratado de la justicia y el derecho, T. II, Madrid, Editorial Reus, 1922,      pp.188- 189.

[13]

Las ideas de Max Weber en general, y esta idea sobre el origen de la economía de mercado en particular, encontraron amplia acogida. Pero ya desde el principio no faltaron objetores. Lujo Brentano afirmó que

Weber exageraba la importancia de los factores religiosos en el origen del capitalismo; dijo que descuidaba los movimientos intelectuales favorables al espíritu de empresa pero alejados de la religión: tan poderoso disolvente de la ética medieval fue Maquiavelo como Calvino; por otra parte, el capitalismo no se desarrolló exclusivamente en las regiones calvinistas: Italia, país sólidamente católico en los años de la Reforma, fue uno de los focos del desarrollo económico bajo el signo de la libertad de mercado. Lucas Beltrán, Ensayos de Economía Política, nº 14, Madrid, Unión Editorial, S.A., 1996, capítulo XIX.

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

 1.- La armonía de dar a cada uno lo suyo desde la libertad.

2.- La continuidad en la práctica de la justicia en todo el conjunto moral de las acciones humanas. 

3.- La sinergia armónica de los hábitos morales en la evolución del desarrollo económico de la civilización.

4.- El ahorro y la inflación.

5.- Sobre el juicio moral de la especulación.

6.- La teoría del ciclo hayekiana.

7.- Teoría del desenvolvimiento ético y moral   buscando la excelencia. Una interpretación.

La continuidad en la práctica de la justicia en todo el conjunto moral de las acciones humanas. – Apartado 2 – Capítulo VI – Justicia y Economía

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

Apartado 2

La continuidad en la práctica de la justicia en todo el conjunto moral de las acciones humanas.

El ámbito económico y comercial no era ajeno a esa ordenación a los principios de la ley natural captada por la razón natural y que muchas veces se expresa en ese sentido común de las gentes. Para nuestros autores de hace cuatro siglos, el arte de mercar -y con él todo lo desarrollado en los dos capítulos anteriores respecto a la economía libre de mercado y sus beneficiosos efectos sobre las gentes y la economía en general- es bueno en sí mismo. Es la trasgresión moral personal la que pervierte tal ejercicio del mercar y todo el sistema de libre mercado:

(…) mercar cualquier género de ropa, o bastimento, y sin que en el haya mudanza: tornar a venderlo, porque se aumenta el valor o muda lugar: esto es mercadear y negociar.[1] Si miento y juro: vicios y pecados son míos: no del arte, que muy bien se podría ejercitar si yo quisiese sin mentir, ni jurar. Esto me amonesta y persuade: no que deje de ser mercader, sino que deje de ser mentiroso y perjuro[2].

 Y también, abundando en la bondad del negociar –aunque aún con cierta prevención y resquemor hacia el mismo-  dicen también que es una forma de servir a Dios y agradar a los demás gozando personalmente a su vez en el ejercicio de esa profesión:

 Sólo resta que pues no quieren justificarse tanto, pretendan sustentarse con la ganancia conforme a su estado. Que en fin arte y modo de vivir es la mercancía, como la medicina, y abogacía, aunque no tan ahidalgada, porque no trata en cosa de tanto entendimiento. Este fin es justo y político, a que el hombre está obligado: y el ingenio o juicio humano ha inventado este trato entre otros medios para conseguirlo. Y quien pretendiese aún mejorarse algo por esta vía en su casa y suerte, como no sea de repente (porque muy mala señal entre sabios son, las prestas y aceleradas riquezas) servirá a Dios: agradará a los hombres, y gozará de su arte con quietud y sosiego.[3]

Lo que en definitiva  nos vienen a decir los autores del XVI español es lo mismo que Séneca decía en Sobre la felicidad: os aconsejo por vuestro propio interés: admirad la virtud; creed a los que la han seguido mucho tiempo y proclaman seguir algo grande y que cada día manifiestan más su grandeza[4].

Y así, Soto afirma con claridad:

 La justicia es virtud moral.

 Pruébase: La virtud, según  Aristóteles (2 Ethic.), es lo que hace bueno al que la tiene y su obra buena; y la justicia es tal; luego es virtud.

 Pruébase la menor: El bien del hombre es obrar según la regla de la razón, pues siendo el hombre, por su naturaleza, racional, nuestras acciones son juzgadas buenas según razón; y a la justicia le corresponde, que constituya equidad entre dos, según la línea de la razón; sucede, pues, que es virtud, y ella, como dice Aristóteles, no cualquiera, sino tanto más brillante que las demás, cuanto el Hespero sobrepuja en esplendor a los demás astros del firmamento.

Lo cual repite Cicerón (1 de Offic.), el cual dice, que en el hábito de la justicia hay el máximo esplendor de la virtud, del cual son llamados buenos los hombres.[5]

Porque para nuestros pensadores del Siglo de Oro era imprescindible y no mera demagogia la virtud de la justicia: (…) tiene la justicia razón de virtud [6].

 La justicia es una virtud que ordena al que la tiene a otro; pero las demás le ordenan a él a sí mismo.[7]Al decir que la justicia es toda virtud, muestra este sentido, que cualquier virtud, imperada por la justicia legal, es en cierto modo, justicia legal[8].  Mas cada una de las virtudes por su propio instinto llaman al hombre a obrar virtuosamente, no sólo por fines particulares, sino también por el bien común y para obedecer a las leyes; luego, vana es otra virtud especial, a la cual se atribuya este oficio[9]. Toda virtud perfecciona al que la tiene, para que obre perpetuamente, cuándo, dónde y cómo sea necesario; pero frecuentemente ocurre que se ha de obrar por el bien común y para obedecer a la ley; luego entonces cualquier virtud, si es virtud, podrá hacer esto por sí misma.[10]

Al hilo de esas reflexiones es fácil advertir que también hoy como ayer los requerimientos morales desde el interior de las conciencias crean incentivos o desincentivos en un amplio abanico de direcciones induciendo o moderando a las gentes a comportarse de distintas maneras según las circunstancias   en su quehacer humano y, por lo tanto, en el económico. Por eso es  muy importante para la vitalidad económica de un país o de cualquier empresa o institución el diseño de un sistema normativo acorde con esos principios generales de ley natural que todos entienden, y que al estar  basado en la libertad responsable como piedra angular responderá mejor a los deseos y objetivos de los ciudadanos armonizando conductas que se entrelazarán entre sí. En este sentido nos dirá de nuevo Dalmacio Negro:

 No hay verdadera Política sin virtudes[11], que en su proyección pública son exigibles como deberes. Pues, cuando el gobierno no expresa o representa la comunidad moral de los ciudadanos, sino sólo una serie de arreglos institucionales para imponer una unidad burocrática a una sociedad sin auténtico consenso ético, se torna incierta la naturaleza de la obligación política.[12]

 El pensamiento antiguo era inelectualista. Los estoicos interpretaban el derecho natural en sentido ideal, como ordenamiento jurídico de una cosmópolis o ciudad universal imaginaria, habitada exlusivamente por sabios virtuosos, conforme a la idea socrática y platónica de que la virtud depende del conocimiento. Pero, con el cristianismo, fortalecido por la fe, a la que corresponde ahora la auctoritas, la idea de virtud natural (hábito), se consideró aplicable a todos los humanos el Derecho universal fundado directamente en la naturaleza, al que se puede apelar como verdadero Derecho, en cuanto expresa el verdadero orden del mundo, incluso para resistir al poder injusto o ilegítimo aunque sea legal.[13]

Y Tomás de Mercado, citando también a Ulpiano nos habla de esa capacidad de la justicia de entrelazar objetivos generando confianza y paz en la ciudad:

De aquí es, que como el hombre ama entrañablemente, estar en congregación política: así la justicia que ordena, y conserva esta política, es y ha de ser una constante y firme voluntad, de dar a cada uno lo que le pertenece[14]. Desta manera a nadie agraviará y con todos podrá quietamente vivir.[15]

 Ulpiano en el Digesto, diciendo. Tres son los preceptos o partes del derecho. El primero vivir honestamente. El segundo, no agraviar a nadie. El tercero, dar lo suyo a su dueño. Y nosotros los podemos en menos palabras resolver (conviene a saber) los preceptos del derecho son, ser el hombre en sí justo, y a nadie injusto. Para lo primero sirve la prudencia, templanza, y fortaleza. Para lo segundo la justicia con sus virtudes anejas, y consiguientes[16].

 Y de nuevo Hayek destacando la importancia de dominar los instintos[17] mediante las tradiciones de la moral personal:

El conflicto planteado entre nuestros instintos (aquellos sobre los que, desde Rousseau, se ha intentado basar la “moral”) y las tradiciones morales que han sobrevivido a la evolución cultural y sirven para mantener dentro de ciertos límites aquellos instintos se recrudece hoy sobre la base del desprecio sentido por ciertas escuelas de pensamiento político y moral por los avances del pensamiento económico. [18]

 Esas tradiciones morales que señala Hayek no debían estar muy alejadas de los hábitos positivos y negativos que por ejemplo nos dice también Soto:

Si consideramos la dignidad y excelencia del hombre, entenderemos cuán torpe es ser uno lascivo, o vivir blanda, regalada, y delicadamente, y cuán honesto guardar continencia y moderación. Y en fin no hay vicio, que en particular no abominen, ni virtud que no encomienden y ensalcen. Porque la razón  natural (que estudiaban, y seguían) reprueba las primeras, e instiga a las segundas[19].

En el entramado armónico de las virtudes morales donde la justicia lo llena todo, unas remiten a otras y estas a aquellas construyendo dinámicamente la excelencia en el obrar. Porque efectivamente, lo que nos enseñan desde la atalaya del siglo de Oro es que, en el actuar idóneo cotidiano, todas las actitudes están entrelazadas y la excelencia en una de ellas requiere sintonía con las demás[20]. La disposición habitual de dar a cada uno lo que le pertenece, por ejemplo, requiere a su vez firmeza, fortaleza, temple, autodominio y perseverancia. Para vivir con cierta austeridad se requiere también exigir lo justo en cada caso, la fortaleza para moderar la tendencia a exagerar la propia excelencia,… etc. Todas están concatenadas y ordenadas por el sentido común prudente que es un hábito intelectual que nos indica la medida idónea en cada caso concreto. Es la armonía del justo medio en el obrar ya que la misma realidad se encuentra en un cierto medio proporcional de sensatez que no implica linealidad, simpleza o funcionalidad sino riqueza variable o ficción imaginativa real donde no cabe ni la alegría histriónica ni la tristeza depresiva o la desesperación fatal. La inteligencia práctica nos marca el punto adecuado para no caer ni en la brusquedad ni en la adulación al tratar a una persona determinada en unas precisas  circunstancias; o nos indica lo justo para que la fortaleza no pase a ser terquedad e intransigencia cerril, o para que la justicia no degenere en manía exagerada por el cumplimiento de detalles sin importancia,… etc. La prudencia inteligente y no miedosa ni asustadiza es ayudada por la memoria para sacar experiencia del pasado, por el arte de saber aconsejarse o por la rapidez para aplicar al obrar el conocimiento adquirido.[21]

Nuestros salmantinos, en este sentido, varias veces hacen referencia al símil   –tan propio del Renacimiento- del cuerpo humano y a la armonía entrelazada, conveniente e imprescindible de sus miembros en beneficio de la unidad y de todos y cada uno de ellos:

las acciones, como dice el Filósofo, es el libro segundo de Anima, no convienen a la naturaleza, a las partes, sino solamente al supuesto; pues la humanidad, dice, no hila, ni tampoco los dedos o las manos, sino la mujer; ni la mano hiere propiamente por la injuria o paga la deuda por la justicia, sino el hombre, a no ser tal vez por semejanza o como instrumentos unidos. Por consiguiente, sucede, que la justicia ejerce su oficio no sólo  entre dos cosas cualesquiera distintas, sino entre dos supuestos.

 Nada impide que exista justicia metafóricamente dicha entre las partes del mismo supuesto.

 Y esta conclusión añade en el mismo lugar el Filósofo. Y hay ejemplo manifiesto entre las dos partes del hombre. Pues primero, hay justicia entre los  miembros, a saber, cuando los ojos guían con su luz a los pies y a su vez los pies con su andar los llevan a ellos. Además, la parte sensitiva, es decir, la irascible y la concupiscible, mientras obedecen con obsequio despótico a la razón, dícese que guardan la justicia, y, cuando se rebelan, que perturban la justicia[22].

Como todos los miembros activos de una sociedad tienen que practicar cotidianamente esa virtud de dar a cada uno lo suyo en sus relaciones profesionales, la justicia precisa convertirse en hábito continuado:

La voluntad inclínase muchas veces hacia el apetito, y sin dificultad no puede seguir a la razón; luego necesita de hábito que la induzca hacia la razón. El entendimiento inclínase de suyo a la verdad, y, sin embargo, necesita de los hábitos de las ciencias[23].

 Y también:

La justicia, como se dijo, dice orden a otro, y ordenar es obra de la razón.

La justicia está en la voluntad como en sujeto.

 Esta conclusión la insinúa  Aristóteles (5 Ethic.), donde dice que la justicia es hábito por el cual los hombres hacen cosas justas y quieren lo justo. Y el jurisconsulto, como dijimos, cuando dice que la justicia es voluntad, designó el hábito por el propio sujeto.[24]

Es curioso y significativo cómo Hayek, en ese ir al detalle, capta la importancia de esos hábitos cotidianos y que siempre merecen el esfuerzo personal            –incluso en aspectos sencillos como el vestir o la forma cortés de hablar- para las relaciones de intercambio humano:

 De entre todos estos aspectos e instituciones relativos al intercambio humano se pasan por alto, a veces, los modales; sin embargo, estos hábitos adquiridos —modos de dirigirse unos a otros, estilos de vestir, los límites de lo privado y por tanto de la propiedad— quizás sean los más importantes a la hora de permitir que la gente viva y trabaje junta. Hayek ofrece un ejemplo perfecto de esto cuando explica por qué se sentía tan a gusto en Inglaterra: «El modo de interrumpir una conversación, por ejemplo. No se dice: ‘Lo siento, pero tengo prisa’, sino que se distrae uno un poco dando a entender que se está pendiente de alguna otra cosa; no hay necesidad de palabras» (véase p. 98). Los modales son inseparables del lenguaje —los gestos, el tono de voz— e imperceptiblemente se confunden con la moral, que a su vez se entremezcla de modo bien visible con la ley[25].

 Lo que se nos dice por uno y por los otros es que a medida que transcurre nuestro itinerario vital, se van incorporando -mediante la costumbre- hábitos, reglas y principios que acaban asentándose firmemente convirtiéndose en patrones de conducta casi inconscientes que actúan de forma casi automática ante los distintos estímulos y las diferentes situaciones. No se razona metódicamente ante cada posible decisión y ante la necesidad de elegir una u otra alternativa haciendo un cálculo matemático y utilitarista de coste-beneficio, sino que muchas veces el actor desconoce el significado último de aquellas pautas de conducta que habitualmente sigue, pero actúa casi automáticamente siguiendo sus recomendaciones porque ha experimentado con anterioridad o ha reflexionado en otros momentos concluyendo entonces que aquellas conductas adquiridas aumentan la capacidad de acierto y éxito[26].

Bien se puede aplicar aquí con carácter general lo que Balmes explicaba en concreto para conseguir la flexibilidad e intensidad en el estudio educando la atención:

(…)  importa sobremanera esforzarse en adquirir esa flexibilidad de atención que puede muy bien aliarse con su intensidad. En esto, como en todas las cosas, puede mucho el trabajo, la repetición de actos, que llegan a engendrar un hábito que no se pierde en toda la vida. Acostumbrándose a pensar sobre cuantos objetos se ofrezcan y a dar constantemente al espíritu una dirección seria, se consigue lentamente y sin esfuerzo la conveniente disposición de ánimo, ya sea para fijarse largas horas sobre un punto, ya para hacer suavemente la transición de unas ocupaciones a otras. Cuando no se posee esta flexibilidad el espíritu se fatiga y enerva con la concentración excesiva o se desvanece con cualquier distracción; lo primero, a más de ser nocivo a la salud, tampoco suele servir mucho para progresar en la ciencia, y lo segundo inutiliza el entendimiento para los estudios serios. El espíritu, como el cuerpo, ha de menester un buen régimen, y en este régimen hay una condición indispensable: la templanza.[27]

Esas cualidades estables casi inconscientes que dotan de regularidad y estabilidad nuestro actuar son esos hábitos operativos que explicaban nuestros filósofos morales y que pueden ser buenos (virtudes) o malos (vicios)[28]. Así por ejemplo, cuando se dice que un hombre es leal queremos significar que en ese hombre hay una cualidad estable que le permite realizar con prontitud, sin gran esfuerzo y sin apenas deliberación, actos de lealtad. También referido a la fidelidad y lealtad de los trabajadores en el ejercicio de sus tareas nos dirá Mercado:

También, pues he injerido el trato de aquellas partes, será bueno advertirles con toda brevedad, de algunos abusos ilícitos en conciencia, que con toda su injusticia, no los advierten por la costumbre antigua que ellos tienen. Lo primero, la ropa que reciben en su poder es siempre ajena, o de su compañía, o de encomienda, y pues toda, o la mayor parte, es de otros, deben ser fieles factores, vendiendo a las mejores ditas, y por los más justos precios que pudieren, y no ser francos, y liberales de hacienda ajena fiando a las veces a ditas no muy saneadas, de quien probablemente se sospecha que faltarán o serán tramposos, por ser sus amigos. Y aun si a Dios place, les bajan por su amistad, cinco y seis por ciento, a costa del pobre mercader, que está aguardando en gradas su retorno la soga a la garganta. Todos estos son cargos de restitución, que se echan a cuestas, y lo tienen ya algunos tan de uso, que no lo sienten, y ellos buscan confesores, que tengan menos sentido. Así va todo a río vuelto. Deben entender, que pues llevan su interés, o de compañía, o de encomienda, están obligados a ser fielísimos, y a sanear la dita, y ropa todo lo posible. Y también cumplidos los plazos, no ser remisos en cobrar, ni menos disimular por ser sus amigos, especialmente, cuando insta la flota, donde puede ser proveído su dueño.[29]

La adhesión firme a lo  pactado, a pesar de la prueba del tiempo y de los obstáculos interiores o exteriores que inclinan a cambiar de propósito, elimina importantes costes subjetivos de transacción[30] y amplía la libertad para centrar la atención del pensamiento en otros trabajos creadores a su vez de valor económico. Todo ello conlleva la tarea continua de ir adquiriendo aquellos hábitos que se consideran adecuados con la repetición de actos en esa dirección.

Y para actuar rectamente alcanzando esos hábitos positivos no basta con conocer el camino idóneo sino que se necesita educar y dominar la voluntad para que esté pronta al bien hacer en cada circunstancia: Siendo la obra propia de la voluntad, hacer recta elección acerca del fin, como enseña Aristóteles (2 Ethic., cap.4), debe asentarse en aquella potencia de la cual es propio elegir: y esta es la voluntad, de la cual parte la alabanza y vituperio de la obra; luego ella es asiento de todas las virtudes.[31]

También en este sentido Soto insiste en otro lugar:

La virtud moral está en el sujeto que es racional por participación; más, esto no sólo conviene a la parte irascible y a la concupiscible, en las cuales están la fortaleza y la templanza, sino también a la voluntad, en cuanto obedece a la razón, a lo cual inclina la justicia en orden a otro, del modo expuesto; aun cuando la voluntad participe más de la razón, porque se le une más próximamente[32].

 Y así mismo:

Siendo la voluntad el apetito más propio del hombre, y siendo el apetito de cualquier cosa de suyo propenso al bien de la misma cosa, si no es impedido por otro lado; y como obrar rectamente según fortaleza y según templanza sea bien propio del mismo hombre, no necesita para esto ningún hábito de virtud, sino que, siendo la virtud acerca de lo difícil, es necesaria a aquella potencia, de la que nacen las perturbaciones del alma que se oponen a la elección de la virtud; las cuales perturbaciones no basta a contener  por sí la misma potencia; pues para esto necesita de hábito que la ayude. Y también la concupiscible para reprimir los placeres, apaciguados los cuales afectos, la voluntad hace elección recta.[33]

 Ese esfuerzo generalizado de adquirir y practicar hábitos positivos crea un clima de confianza y seguridad en la sociedad. La coacción se puede reducir a la mínima expresión sólo cuando los individuos se conforman voluntariamente  a esos  principios naturales. Téngase en cuenta, además, que el nivel de inversión en una sociedad depende de muchos factores tales como los costes, el nivel de capacidad utilizada, la presión fiscal y burocrática, el grado de competitividad con el exterior, … etc. Pero de nuestros autores también se puede fácilmente concluir que el factor más importante, ante el que los demás pasan a un segundo plano, es algo tan inexpresable y cuantificable como son las expectativas de los empresarios sobre las perspectivas de crecimiento de esta o aquella economía. Y el aspecto clave para estimar la pujanza de ese crecimiento es el asentamiento creíble de  un “climax” institucional de confianza claro y estable, y sin trabas que puedan sofocar el espíritu emprendedor. Y se es consciente que  la libertad nunca fructifica sin la existencia de profundos principios morales[34] que se despliegan en multitud de hábitos prácticos en el quehacer cotidiano. Y esos frutos son especialmente patentes en el ámbito del progreso económico y en el acrecentamiento del proceso civilizador espontáneo integral.

 Y así, citando también a Balmes, al final de su libro, Rodríguez Casado nos dirá:

 El verdadero progreso de la sociedad se obtiene, no por el choque, pretendido por la revolución socialista y mal logrado por la utilitarista, sino por la evolución con un norte bien claro: la combinación y generalización de la inteligencia, la moralidad y el bienestar. El objetivo social puede formularse así: “Habrá el máximum de civilización, cuando coexistan y se combinen en el más alto grado la mayor inteligencia posible en el mayor número posible, la mayor moralidad posible en el mayor número posible, el mayor bienestar posible en el mayor número posible”.[35]

Posible en ese tiempo y en ese lugar -habría que añadir-, en esas circunstancias tan variadas y tan singulares siempre.

Y ya de nuevo Hayek, cambiando la oración por pasiva y planteando los perniciosos efectos de las actitudes inmorales que provocarían el colapso:

 Dicha ciencia (se refiere a la ciencia económica) intenta meramente destacar que a través de sus leyes se puede, en general, evidenciar las ventajas aportadas por prácticas antaño consideradas “buenas” y que deberán recibir una positiva valoración por parte de cualquier filosofía que considere moralmente indeseable que sobre la humanidad caiga ese cúmulo de sufrimientos y muertes que implicaría el colapso de la civilización. [36]

 [1]   Tomás de Mercado, Suma de Tratos y Contratos .Madrid, Editora Nacional. 1975, [96], pp. 131-132.

[2]   Tomás de Mercado, Ibid., [108], p. 138. En este mismo apartado dice justo antes: Hinchase mi boca, dice el Soberano Rey David, de tus divinas alabanzas. Exclama sobre esto el glorioso doctor, oigan esto los mercaderes cuya codicia es tan desordenada que si alguna pérdida les sucede, o por mar o por tierra: dicen muchas veces palabras, aun blasfemas. Como alaba a Dios en su boca, quien por despachar, y vender su ropa, no solo miente, sino confirma aun con juramento su mentira, cuya vida es tal, que siendo cristianos, dan ocasión a que blasfemen el nombre del Señor los gentiles e infieles. Porque como escarneciendo de la ley evangélica y su perfección se dicen los gentiles unos a otros: mirad las costumbres destos católicos. Así que enmiéndense y corríjanse los cristianos, y no sean mercaderes. Mas dirasme que provees la republica de muchos bastimentos, en que si algo ganas vendiendo mas caro que compraste: es como estipendio y salario de lo trabajo, según esta escrito en el evangelio, digno es el obrero de su jornal.

 [3]   Tomás de Mercado,  Suma de  Tratos y Contratos .Madrid, Editora Nacional. 1975, [114] p. 143.

 [4]   Séneca. Sobre la felicidad, Epistolas Morales a Lucilio I (libros I-X, Epistolas 1-80), Traducción y notas de Ismael Roca Meliá, Madrid, Editorial Gredos, 1984. p 103.

 [5]   Domingo  de Soto, Tratado de la justicia y el derecho, T. II, Madrid, Editorial Reus, 1922,  p. 226.

[6]   Del derecho, que es objeto de la justicia, tiene la justicia razón de virtud, y la ley razón de regla. Domingo de Soto, Ibid, T. II, p. 196.

[7]   Y sigue diciendo aquí Soto: Por ejemplo. La templanza versa acerca del recto uso de lo deleitable al tacto; y así pone modo entre dos afecciones del mismo templado, a saber: que no sobrepase la razón en el uso de los manjares y de las funciones venéreas, y que  no tome más que lo que pide la sustentación de la vida. Y del mismo modo, la fortaleza pone modo entre el temor y la audacia. Soto, Ibid.  T. II.           pp. 188-189

[8]   Domingo de Soto, Ibid, T. II, pp. 238-239.

[9]   Domingo de Soto, Ibid. T. II, p. 241.

[10]   Soto, Ibid. T. II p. 241 Y también: Y de este lugar emerge contra éstos manifiesta razón. Pues sucede que alguno está bien dotado de virtud para obrar por un fin particular, mas no por el común, y viceversa; más, donde hay diversas dificultades de obrar, son necesarias diversas virtudes; luego la justicia legal es distinta de la particular. Domingo de Soto, Ibid. T. II, p. 242.

 [11]   Los príncipes, que claramente conocen la verdadera felicidad, a ella deben enderezar todas las leyes. Dice Aristóteles (Ethicor. 9): Las leyes justas son causa productora de la felicidad. Y no pueden los ciudadanos conservar decoroso el estado de la república con las acciones externas, si no están robustecidas con los hábitos internos de las virtudes. Domingo de Soto, Tratado de la Justicia y el Derecho. Madrid, Editorial Reus, S.A., 1922. Tomo I, p. 48.

[12]   Dalmacio Negro, La tradición Liberal y el Estado, Madrid, Unión Editorial, S.A., 1995, pp. 275-276

 [13]    Damalcio Negro, Ibid. p 61.

[14]   Ya Tomás de Aquino había explicado claramente que hay dos especies de justicia. La una consiste en dar y recibir recíprocamente, cual se verifica en la compra y venta y demás contratos o transacciones de esta naturaleza: esta, que es la llamada por ARISTÓTELES Eth. l. 5,c. 4 conmutativa o directiva de los cambios o negociaciones, (…) La otra consiste en distribuir, por cuya razón se llama distributiva, según la cual un rector o administrador da a cada uno conforme a su dignidad. Suma Theológica,  I, q. 21 a. 1 co.

[15]   Tomás de Mercado, Suma de  Tratos y Contratos. Madrid, Editora Nacional, 1975, [56], p. 111.

[16]   Tomás de Mercado, Ibid., [56], p. 111.

[17]  ¿Cómo puede la religión contribuir a preservar las costumbres benéficas? Aquellas costumbres cuyos beneficiosos efectos escapaban a la percepción de quienes las practicaban sólo pudieron conservarse durante el tiempo suficiente para demostrar su positiva labor selectiva en la medida en que pudieron contar con el respaldo de fuertes creencias en poderes sobrenaturales o mágicos que contribuyeron eficazmente a desarrollar esta función. Cuando el orden de la interacción humana se hizo más extenso, cercenando de este modo las exigencias de los instintos, dicho orden pudo mantenerse durante algún tiempo debido a su completa y continua dependencia de ciertas creencias religiosas, falsas razones que influyeron sobre los hombres para que éstos realizaran lo que exigía el mantenimiento de una estructura capaz de alimentar a una población más numerosa.

 Ahora bien, así como la creación del orden extenso no fue fruto de previa intencionalidad, así tampoco existe razón alguna para suponer que el apoyo derivado de la religión haya sido deliberadamente fomentado, o que hay existido a este respecto una especie de “conspiración”. Es ingenuo suponer            –especialmente si tenemos presente cuanto hemos dicho sobre la imposibilidad de prever los efectos de nuestros esquemas morales- que unas élites ilustradas calcularan fríamente los efectos de los distintos sistemas morales, eligieran entre ellos el más adecuado y trataran de persuadir a las masas, recurriendo para ello a la “noble mentira” platónica, y, bajo los efectos de una especie de “opio del pueblo”, doblegarla a los calculados intereses de sus propias reglas.[17]  F.A. Hayek, La Fatal Arrogancia. Los errores del Socialismo,  Obras Completas, vol. I., Madrid, Unión Editorial, S.A., 1990, p. 215.

[18]   F.A. Hayek, La Fatal Arrogancia. Los errores del socialismo,  Obras Completas, vol. I. Madrid. Unión Editorial, S.A. Madrid, 1990, p. 144.

[19]    Tomás de Mercado, Suma de  Tratos y Contratos .Madrid, Editora Nacional, 1975.  [36], p. 101.

[20]    Huerta de Soto nos dice también -en clara sintonía con lo que venimos diciendo en este capítulo-  en un apartado titulado Los principios de la moral personal y la eficiencia dinámica:

Hasta ahora nos hemos referido a los principios más importantes de la ética social que constituyen el marco que hace posible la eficiencia dinámica. Fuera de este marco se encuentran los principios de la moral personal más íntima cuya influencia sobre la eficiencia dinámica hasta ahora ha sido raramente estudiada y que, en todo caso, se considera que forman parte de un ámbito distinto y separado del que constituyen los principios de la ética social. Sin embargo, no creemos que esta separación esté, en forma alguna, justificada. De hecho, existen una serie de principios éticos y morales de gran importancia cara a la eficiencia dinámica de los procesos sociales en relación con los cuales se da la siguiente paradójica situación: su falta de cumplimiento a nivel individual tiene un altísimo coste en términos de eficiencia dinámica pero, por otro lado, tratar de imponerlos utilizando la fuerza coactiva de los poderes públicos, genera también graves ineficiencias desde el punto de vista dinámico

[21]   Cfr. Jose Juan Franch. La fuerza económica de la libertad, Madrid, Unión Editorial, 1998, Capítulo IX: Ética en la liberad de los mercados, pp. 289-327 Ver también www.josejuanfranch.com

 [22]    Domingo  de Soto, Tratado de la justicia y el derecho, T. II, Madrid, Editorial Reus,  S.A. 1922,   pp. 223-224.

 [23]   Domingo  de Soto, Ibid, T. II, p. 233.

[24]   Domingo de Soto, Ibid., T. II, p.23.

 [25]    Hayek sobre Hayek. Un diálogo autobiográfico, Obras Completas, V.I, Madrid, Unión Editorial, 1997,  p. 27.

[26]   La inobservancia individual de los principios morales siempre, por una u otra vía, termina generando altísimos costes en términos humanos que afectan no sólo personalmente al incumplidor, sino también a un grupo numeroso de terceras personas, relacionadas directa o indirectamente con él, pudiendo incluso llegar a bloquear en gran medida la propia eficiencia dinámica de todo el sistema social. Mucho más grave es la generalización de los comportamientos inmorales a través de procesos sistemáticos de corrupción moral que pueden llegar a paralizar completamente el proceso social sano y eficiente. El estudio, por tanto, en la perspectiva de la teoría económica de la eficiencia dinámica, del papel que cumplen los principios de la moral personal y las diferentes instituciones sociales que a nivel social hacen posible e impulsan su cumplimiento y mantenimiento, abre un importantísimo campo de investigación para los estudiosos que esperamos tenga una importancia determinante en el futuro. Huerta de Soto, Los principios de la moral personal y la eficiencia dinámica, http://www.jesushuertadesoto.com

 [27]   Balmes. El Criterio, 14ª edición, nº17, Madrid, Espasa-Calpe, 1983. p 23.

[28]   Ninguna empresa que use la mentira como norma puede sobrevivir. Ningún empresario que engañe a sus proveedores puede durar. Ningún individuo que entre en el mercado con la intención de no cumplir el contrato permanecerá en aquél mucho tiempo. Y el tiempo, que es un inseparable compañero de la verdad, así lo atestigua.

 En un sistema de libre empresa la mentira se suele pagar muy cara a largo plazo. No sólo porque la ley castiga el fraude o el incumplimiento del contrato, sino porque la verdad es parte del entramado ético que se teje a diario en la vida del sistema.

 Sin embargo, muchas personas sospechan que el mundo de los negocios es un fraude permanente. Pocos llegan a percibir que si los productos no cumplen con lo que ofrecen o la publicidad es engañosa o la calidad es inferior a la prometida o la medida se cuartea, la empresa está cavando, infaliblemente, su propia fosa. Francisco Pérez de Antón, La libre empresa. Una introducción a sus fundamentos morales, jurídicos y económicos. Madrid, Unión Editorial, S.A. 2004, p. 47

 [29]    Tomás de Mercado, Suma de Tratos y Contratos .Madrid, Editora Nacional. 1975, [349], p. 260.

[30]   El cumplir lo pactado genera confianza  y estabilidad al sistema y reduce los costes de transacción, asunto sobre el que Ronald Coase trató como pionero: He sugerido que los economistas necesitan adoptar un nuevo planteamiento al considerar la política económica. Pero ese cambio no es suficiente. Sin ningún conocimiento sobre lo que se obtendría con arreglos institucionales alternativos es imposible elegir inteligentemente entre los mismos. Lo que necesitamos es, por lo tanto, un sistema teórico capaz de analizar los efectos de las modificaciones en dichos arreglos. Para hacerlo no es imprescindible abandonar la teoría económica estándar, pero hay que incorporar los costes de transacción al análisis; dado que mucho de lo que sucede en el sistema económico está diseñado para reducirlos o para hacer posible aquello que su existencia impide. El no incluir estos empobrece la teoría. Coase, R. H., La Empresa,  El Mercado y la Ley, T.O. ( The Firm, the Market and the Law), Madrid, Alianza Editorial, 1994, p. 31.

 [31]   Domingo  de Soto, Tratado de la justicia y el derecho, T. II, Madrid, Editorial Reus, 1922, p. 231.

 [32]   Domingo de Soto, Ibid, T. II, p. 234.

[33]   Domingo de Soto, Ibid. T. II, p. 232.

 [34]   Las anteriores consideraciones evidencian la importancia de que se desarrollen procedimientos alternativos y no coactivos de control social que permitan el conocimiento, internalización y cumplimiento de las normas más íntimas de la moral personal. Entre ellos los sentimientos y principios religiosos, a su vez también adquiridos desde la primera edad en el ámbito familiar, cumplen un papel esencial (junto con la propia presión social de los otros miembros de la comunidad y la familia). Estos principios religiosos orientan la acción de los seres humanos, los ayudan a controlar sus impulsos más atávicos y, en suma, sirven también de guía que ayuda a decidir a la hora de seleccionar aquellas personas con las cuales decidamos tener una relación más íntima e, incluso, pasar juntos el resto de nuestra vida constituyendo una familia. Personas que, a igualdad de circunstancias, habrán de ser tanto más valoradas conforme sus principios morales parezcan ser más robustos y duraderos. Huerta de Soto. La moral personal y la eficiencia dinámica. http://www.jesushuertadesoto.com

 [35]   Vicente Rodríguez Casado, Orígenes del Capitalismo y del Socialismo contemporáneo, Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1981, p. 493.

[36]    F.A. Hayek, La Fatal Arrogancia. Los errores del socialismo,  Obras Completas, vol. I,  Madrid, Unión Editorial, S.A., 1990, p. 144.

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

 1.- La armonía de dar a cada uno lo suyo desde la libertad.

2.- La continuidad en la práctica de la justicia en todo el conjunto moral de las acciones humanas. 

3.- La sinergia armónica de los hábitos morales en la evolución del desarrollo económico de la civilización.

4.- El ahorro y la inflación.

5.- Sobre el juicio moral de la especulación.

6.- La teoría del ciclo hayekiana.

7.- Teoría del desenvolvimiento ético y moral   buscando la excelencia. Una interpretación.

La armonía de dar a cada uno lo suyo desde la libertad. – Apartado 1 – Capítulo VI – Justicia y Economía

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

Apartado 1

La armonía de dar a cada uno lo suyo desde la libertad.

 No quiero comenzar este capítulo con alguna cita de los escolásticos españoles del XVI, sino al revés, con una cita de Hayek que en mi opinión está en plena consonancia con las enseñanzas de aquellos:

La libertad de que ahora nos ocupamos se refiere a la medida en que una persona se guía en sus acciones por su propia y deliberada voluntad, por su razón y permanente convicción más bien que por impulsos y circunstancias momentáneas. Sin embargo, lo opuesto a “libertad interior” no es la coacción ajena, sino la influencia de emociones temporales, la debilidad moral o la debilidad intelectual. Si una persona no acierta a hacer lo que después de sobrias reflexiones ha decidido, si sus intenciones o fortaleza le fallan en el momento decisivo y no lleva a cabo lo que en cierta medida todavía desea hacer, debemos afirmar que no es libre, que es “esclava de sus pasiones.”[1]

La esencia de la libertad de acción y -por lo tanto- de la de emprender consiste en la posibilidad de que los agentes económicos puedan adoptar sus decisiones por sí mismos. Y desde la libertad[2]  plantean también nuestros moralistas todas las exigencias de la ley natural:

 Como el hombre es de libre albedrío, convino cierto la razón le enseñase lo que debía hacer, o dejar: mas dejándolo libre conforme a su natural, para que lo haga si quisiere. Esto llamamos obligar y obligación (conviene a saber) cuando uno debe hacer algo siendo libre para hacerlo. Que a no serlo no sería ya obligación, sino fuerza o cautiverio[3].

Y puede ser un buen momento éste, al principio del capítulo, para  llamar la atención sobre una forma de liberalismo meramente técnico o neutral desconectado de la moral personal que critica tan acertadamente Dalmacio Negro:

El liberalismo, cuya política es inseparable del Derecho, coimplica un modo de vida en cuanto expresión de esa tradición, sin confundir la Política con la Moral, que es, en definitiva, la doctrina de las virtudes. Pero tampoco puede prescindir de ella, puesto que de su relación dialéctica con la Política brota el Derecho, que expresa simbólicamente la visión que tiene de sí misma una sociedad y su sentimiento de la justicia. El deber más acuciante de los auténticos liberales de este tiempo finisecular, en que apenas se perciben las sombras del mañana, consiste, por consiguiente, en combatir la perversión del liberalismo que sostiene “que el fin simple pero supremo del hombre es solamente vivir seguro, feliz y protegido, pero sin ninguna otra reglamentación”, y relega la capacidad, la excelencia o la virtud.[4]

 Las exigencias éticas o morales -que son exigencias que el tratar de ser justos nos plantea- no consiste en dar o cumplir obligaciones, o tomar decisiones de ahorro o de inversión o de consumo considerando únicamente los fríos datos impersonales que nos transmiten los índices, ratios  o los innumerables conjuntos funcionales. La responsabilidad ética, por ejemplo, de quienes toman determinadas decisiones en el ámbito empresarial tiene que considerar las consecuencias concretas sobre los accionistas, sobre los trabajadores específicos, y sobre los clientes y proveedores con  sus originales peculiaridades. Para considerar el comportamiento ético en los mercados el capital, por ejemplo, debe ser tratado no como algo neutral y abstracto, sino como algo cuya concreción depende de la decisión responsable de determinadas personas que lo aportan al logro de distintos objetivos empresariales, familiares o personales. Detrás de todo índice y detrás de cada activo o pasivo lo que se nos viene a decir es que hay que descubrir y estudiar a las personas. Ninguna decisión en el mercado es neutra. Será más o menos negativa o más o menos positiva, pero nunca neutra en cada caso concreto. Conviene olvidarnos del mito de la neutralidad[5] funcional[6] porque hay una  radical y profunda presencia de la moralidad hasta en las acciones más nimias.

Y en este sentido, Huerta de Soto, tan gran conocedor de Hayek, nos dirá: 

(… )  El paradigma de la teoría económica hasta ahora dominante se basaba, en mayor o menor medida, en considerar que la información es algo objetivo y se encuentra dada (bien en términos ciertos o probabilísticos), por lo que se consideraba posible efectuar análisis de coste-beneficio sobre la misma. Siendo esto así, parecía lógico que las consideraciones de maximización de la utilidad fueran totalmente independientes de los aspectos morales y que unos y otras pudieran combinarse en diferentes proporciones.[7]

Y si Dalmacio Negro critica una forma aséptica, funcional  y amoral de liberalismo, Vicente Rodríguez Casado, citando a Balmes, descalifica por principio el socialismo aunque sólo sea por la falta de libertad que conlleva la ausencia de virtud moral porque ésta siempre actúa y se presenta únicamente desde el presupuesto previo de la libertad:

 Mas el camino para llegar a la máxima perfección posible de la sociedad y del hombre, tampoco puede ser el socialismo que significa la destrucción de las ideas de virtud y de vicio, inconcebibles al faltar la libertad; la desaparición de las nociones del bien y del mal moral, que no se pueden aplicar a la materia por organizada que esté; el hundimiento de la esperanza, tanto a medio plazo –el trabajar con la ilusión de construir un mundo mejor- como a largo –la confianza en una vida feliz después de la muerte. [8]

Desde la libertad, la ley natural nos interpela a través del santuario de la conciencia personal e intransferible abarcando todo el ámbito de las acciones humanas que tienen en el Decálogo -según Vitoria, Soto y Mercado- el principal punto de referencia y contraste:

 (…)  En dos maneras son los preceptos que promulgó así por boca de Moisés, como por la suya propia. Uno son (aunque divinos) también naturales. Tales son todos los del Decálogo, que nosotros llamamos diez mandamientos de la ley. El primero, amar a Dios. El segundo, no jurar su santo nombre en vano. Y así hasta el cabo. Todos éstos, dado que Dios nos los manda, son también de ley natural, y los dicta la razón.

 (…)

 Responde el apóstol, que estas gentes, que no habían oído la predicación de la ley escrita, o evangélica, no carecían de ley. Porque si no la tenían escrita toda en tablas de piedras, teníanla cuanto a lo principal (que son los diez mandamientos) escrita en sus corazones. La cual les enseñaba lo que habían de hacer: y les reprehendía cuando no lo hacían (que es pecado de omisión) o cuando hacían lo contrario (que es el de comisión) el reprehender a uno su conciencia es argumento evidente que conoce su error. Dice San Agustín. No hay alma por perversa que sea, en cuya conciencia Dios no hable. ¿Quién escribió en nuestros corazones la ley natural, sino Dios? Y mandó que no hiciésemos a otros el mal que no queríamos para nos. Para entender esto, no es menester deprenderlo en los libros: en la misma naturaleza lo leemos[9].

Y para nuestros pensadores del siglo XVI la justicia lo abarcaba todo y así todos los preceptos del Decálogo eran manifestación de la justicia:

Solamente la virtud de la justicia, o la enlazada con ella, es la que ordena el uno para el otro[10]: es así que los preceptos del  Decálogo, si se los considera, todos tienen relación los unos con los otros: luego todos pertenecen a la justicia[11].

 El Decálogo debía contener únicamente los primeros principios de la ley: porque es tan innumerable la multitud de las conclusiones, que no se pueden enumerar: mas los principios deben tener tan clara razón de obligación (pues el precepto dice obligación), que cualquiera lo ha de advertir sin dificultad alguna. Los preceptos de la primera tabla versan sobre el culto de Dios, que es la parte principalísima de la justicia: y el cuarto a la piedad, que es muy parecida a ella; pero los siguientes a la justicia que se da entre iguales[12].

 Aunque la justicia sea formalmente un bien del que la tiene, sin embargo, su objeto es bien ajeno. Pues versa acerca de dar a cada uno lo que es suyo: Por causa de que la voluntad sigue el orden de la razón, quiere algo en orden a otro; por lo cual no obsta que ordenar sea el más propio acto de la razón, y, sin embargo, competa a la justicia, que está en la voluntad[13].

Y cuando esa justicia conmutativa que consiste en la armonía que surge al  dar a cada uno lo suyo se desborda deja de ser justicia para llamarse liberalidad, misericordia[14] o magnificencia. Bondad, es decir, fertilidad, no es dar de cualquier modo; sino dar de lo no debido, lo cual conviene a la liberalidad y a la magnificencia. Antes, Aristóteles, aun al pródigo, lo cual es nombre de vicio, no se recata de llamar bueno, es decir, benigno y espléndido, porque derrama lo suyo[15].

Recalcan también los salmantinos al estilo clásico[16]  que la justicia lo abarca todo[17]:

Dos son las partes de la justicia, hacer el bien y apartarse del mal.

El primero no se debe a todos promiscuamente, sino a personas determinadas; y a quien principalmente se debe es Dios y a los padres según Dios; sin embargo, no injuriar y no herir es cosa debida a todos; y por eso, después de la primera tabla y del cuarto mandamiento con los cuales mándanse aquellas cosas que se deben a Dios y a los padres, prohíbense muy acertadamente en general los males de todos[18]. La justicia es a otro; mas la fortaleza y la templanza componen al hombre en orden a sí mismo[19].

Respecto a esas exigencias globales de la ley natural y en las que la justicia se encuentra siempre presente de alguna forma, Santo Tomás[20] ya había explicado:

A los argumentos a favor de que hay solamente un precepto se responde:

 1.Que todos estos preceptos de la ley natural constituyen una ley natural única en cuanto se reducen a un único primer precepto.
 2. Que todas las inclinaciones de cualquiera de las partes de la naturaleza humana, como la concupiscible y la irascible, en la medida en que se someten al orden de la razón, pertenecen a la ley natural y se reducen a un único primer precepto, como acabamos de decir (respuesta anterior). Y así, los preceptos de la ley natural, considerados en sí mismos, son muchos, pero todos ellos coinciden en la misma raíz.  

3. Que aunque es una en sí misma, la razón ha de poner orden en todos los asuntos que atañen al hombre. Y en este sentido caen bajo la ley de la razón todas las cosas que son susceptibles de una ordenación racional.[21]

Lo que en definitiva se nos viene a decir es que el orden natural del mercado necesita los cimientos de un orden jurídico y ético que defina las reglas universales del juego, reglas morales  de suma exponencialmente positiva que puede beneficiar a todos y en las que la justicia aparece como piedra angular de todas ellas. 

[1]    F.A. Hayek. Los Fundamentos de la Libertad, Madrid, Unión Editorial, S. A., 1998,   pp. 37-38.

[2]   Aquélla prometía y amenazaba cosas temporales, por lo cual se dice Ley de temor y de siervos; mas la nuestra promete herencia sempiterna, por lo cual se dice Ley de hijos y de libertad. Domingo  de Soto, Tratado de la justicia y el derecho, T. II, Madrid, Editorial Reus, 1922,  p. 40 p. 160.

[3]   Tomás de Mercado, Suma de Tratos y Contratos. Madrid, Editora Nacional. 1975, [29], p.98.

[4]   Dalmacio Negro, La tradición liberal y el Estado, Madrid, Unión Editorial, S.A., Madrid, 1995, p 275.

[5]   Si se acepta que la economía estudia la acción o la elección humana, entonces hay que asumir también que la economía se ocupa de los bienes y de los males. No es una conclusión en absoluto forzada, sino completamente obvia. La acción humana consciente, esto es, la acción humana dirigida por una elección hace referencia constante a lo preferible y a lo rechazable. Cuando el hombre actúa o elige lo hace entre aquello que le parece bueno (y lo elige) y aquello que le parece malo (y lo rechaza).  Jesús de Garay, Economía y neutralidad ética, Sociedad y Utopía, en Revista de Ciencias Sociales, nº 5, Marzo de 1995, p. 122

[6]   Últimamente y  desde hace más de  un siglo, la autonomía de la ciencia que fundara quien fué profesor de Filosofía Moral, ha llevado a que la Ética y la Economía como ciencias, parezca que no tengan nada que ver entre sí. Se supone incluso que sus conclusiones son contradictorias y contraproducentes en ambos sentidos. Tal falta de comunicación choca contra el más elemental sentido común ya que, al ser única la realidad, la Etica y la Economía tienen muchos espacios de coincidencia y de dependencia mutua. Cfr. Jose Juan Franch. La fuerza económica de la libertad, Madrid, Unión Editorial, 1998, p. 289 y Capítulo IX: Ética en la libertad de los mercados, pp. 289-326 Ver también www.josejuanfranch.com

[7]    Jesús Huerta de Soto. La libertad de empresa como imperativo moral. http://www.jesushuertadesoto.com

[8]  Vicente Rodríguez Casado, Orígenes del Capitalismo y del Socialismo contemporáneo, Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1981, pp. 492-493.

[9]   Tomás de Mercado, Ibid. [38], p.101.

[10]   La justicia no se refiere a las cosas exteriores en cuanto al mismo hacerlas, lo cual pertenece al arte; sino en cuanto a su uso, que es debido al otro. La justicia, digo, no es arte de lo factible, porque su función no es acuñar moneda o construir una casa, sino usar del dinero, pagándolo al deudor. De donde, cuando el arquitecto edifica casas, recibido el precio, aunque las construya como las debe construir, según las reglas del arte, sin embargo, es la justicia la que se aplica a la edificación para pagar la deuda. Domingo  de Soto, Tratado de la justicia y el derecho, T. II, Madrid, Editorial Reus, 1922,  p. 229.

[11]   Los preceptos morales en general contenían lo que era justo de suyo, a saber: el amor a Dios y al prójimo, que es la justicia general, que abarca toda virtud según Aristóteles (5. Ethicor.) Domingo de Soto, Tratado de la Justicia y el Derecho. Madrid, Editorial Reus, S.A., 1922. Tomo I, p. 405

[12]   Domingo  de Soto, Ibid. T. II,  p 2-3. Y Soto en su obra principal va enumerando y desarrollando todos  y cada uno de dichos preceptos de ley natural.

[13]   Domingo  de Soto, Tratado de la justicia y el derecho, T. II, Madrid, Editorial Reus, 1922, p. 234.

[14]  Aquellas virtudes justifican al hombre para sí, de tal manera que dado viviera solitario, le eran necesarias. Mas de la justicia y misericordia tiene suma necesidad, sólo por la compañía, sin la cual le sería tristísima la misma vida. Y morar en compañía nadie puede con alegría, agraviando a los compañeros. Porque del agravio no resulta al actor  sino tristeza, o temor. Tomás de Mercado, Op. Cit, [56], p. 111.

[15]   Domingo de Soto. Op Cit. T. II. p. 227.

[16]   (…) cuando se aproxima el hombre al término de la vida tiene temores e inquietudes sobre cosas que antes no le daban ningún cuidado; (…) Se recuerdan todas las acciones de la vida, para ver si se ha causado daño a alguien. El que, al examinar su conducta, la encuentra llena de injusticia, tiembla y se deja llevar de la desesperación, y algunas veces, durante la noche, el terror le despierta despavorido como a los niños. Pero el que no tiene ningún remordimiento ve sin cesar en pos de sí una dulce esperanza, que sirve de nodriza a su ancianidad, como dice Píndaro, que se vale de esta graciosa imagen, Sócrates, al hablar del hombre que ha vivido justa y santamente:

La esperanza le acompaña, meciendo dulcemente su corazón

 y amamantando su ancianidad;    

la esperanza, que gobierna a su gusto

el espíritu fluctuante de los mortales.                     

Platón,  La República o el Estado, Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1995, p. 64.

[17]   Cualquier género de detrimento que a otro infieras, o lo haces a la persona, y este género se reduce al homicidio; o a la persona unida por  modo de sensualidad, y estos se refieren al adulterio. Y los daños hechos en las cosas, ya por la usura, ya por otra falacia todos propenden al hurto. Así como también todas las injurias con las cuales pécase bajo palabras, como son mentiras, detracciones verbales, contumelias, redúcense a falso testimonio. Domingo  de Soto, Tratado de la justicia y el derecho, T. II, Madrid, Editorial Reus, 1922,  p. 51.

[18]  Domingo de Soto, Ibid. T. II, p. 50.

[19]  Domingo de Soto, Ibid. T. II, p. 23.

[20]    Tal y como ya se ha dicho: La doctrina económica de santo Tomás se encuentra desparramada entre sus comentarios a la Ética a Nicómaco y a la Política, y en su Summa theologica, Summa contra Gentiles y otras obras. La Summa theologica, que desbancó las Sentencias de Pedro Lombardo como manual universitario de teología más importante, incluye un tratado sobre la justicia. Una larga serie de teólogos escolásticos escribió comentarios sobre este tratado, generalmente  bajo los títulos de De justitia et jure, De secunda secundae (debido al hecho de que el tratado de santo Tomás se encuentra en la parte 2, 2 de su Summa theologica), o, cuando examinan de una forma más específica problemas económicos, De contractibus o De justitia conmutativa. Considerados globalmente, estos comentarios sobre santo Tomás constituyen probablemente el cuerpo más interesante de literatura económica elaborado antes del fin del siglo XVII. Marjorie Grice-Hutchinson, El pensamiento económico en España (1177-1740), Barcelona, Editorial Crítica, S.A. 1982, p. 113

[21]    Tomás de Aquino, Suma teológica, parte 1ª de la 2ª parte, cuest. 94, art. 2

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPÍTULO  VI

 LA  EXIGENCIA  CONTINUA  DE  LA  MORAL  PERSONAL  EN  LA ECONOMÍA  LIBRE  DE  MERCADO.

 1.- La armonía de dar a cada uno lo suyo desde la libertad.

2.- La continuidad en la práctica de la justicia en todo el conjunto moral de las acciones humanas. 

3.- La sinergia armónica de los hábitos morales en la evolución del desarrollo económico de la civilización.

4.- El ahorro y la inflación.

5.- Sobre el juicio moral de la especulación.

6.- La teoría del ciclo hayekiana.

7.- Teoría del desenvolvimiento ético y moral   buscando la excelencia. Una interpretación.