Productividad tecnológica creciente. – Apartado 4 – Trabajo en red y productividad tecnológica creciente

TRABAJO EN RED Y PRODUCTIVIDAD TECNOLÓGICA CRECIENTE

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Apartado 4

Productividad tecnológica creciente.

Al final del capítulo I señalábamos que -independientemente de la acción humana- esa inmensa variedad de la Naturaleza con sus potencialidades complementarias genera tanto en el mundo inerte como en el viviente una productividad física y biológica sobreabundante. Y decíamos a la vez que en esas redes naturales entrelazadas de seres inertes y de vivientes cada uno tenía la semilla de nuevos seres, siendo el mestizaje y la interacción de las fuerzas y energías básicas y primarias -que el Universo encierra- lo que da lugar a transformaciones naturales en el mundo mineral, vegetal y animal de un poderío prácticamente ilimitado. Ese mestizaje potencia su multiplicación y diversificación concatenada en redes naturales con nodos vivos interactuantes de una riqueza de la variedad difícil de describir.

Pues bien, como hemos visto en este capítulo, el hombre trata de dominar toda esa inmensa potencia de la Naturaleza para reorientarla hacia sus preferencias y, por lo tanto, humanizarla. Trata de domeñarla con su trabajo diferenciado pero complementario y con los medios e instrumentos tecnológicos de capital  que va teniendo a su alcance según las circunstancias y la concatenación de descubrimientos innovadores a lo largo de cada tiempo histórico.  Y si decíamos que el factor productivo Tierra en sí mismo era altamente productivo desde el punto de vista meramente material -ya que se multiplicaba de forma exponencial en redes físico-químicas y biológicas- qué no decir de esa riqueza inigualable a nuestra disposición cuando es trabajada y reorientada con la potencia tecnológica cada vez más sofisticada fruto de la inteligencia humana combinada con su laborar manual.

Ese fruto de la diversidad complementaria de las fuerzas naturales que hacen cambiar sustancias y accidentes que es la productividad –ahora ya no sólo material sino también en valor de uso- se incrementa entonces de forma  aceleradamente exponencial. El trabajo armonizado con los instrumentos de capital hace realidad todas esas capacidades de amejoramiento que están en potencia.  La productividad se nos presenta entonces  como el mayor fruto de la diversidad complementaria del factor productivo Tierra en combinación con la creatividad de un mayor conocimiento de la naturaleza y de sus leyes, así como  del alargamiento de los procesos productivos y la diversificación acelerada.

Aunque bien se podría aplicar un razonamiento parecido a cada uno de los avances tecnológicos que se han ido produciendo a lo largo de la historia en los diferentes sectores, es obligada una referencia actual -a modo de ejemplo paradigmático para lo que aquí se viene investigando- a la nueva realidad tecnoeconómica basada en un conjunto interconectado de innovaciones tecnológicas, que han reducido drásticamente el coste de almacenaje, procesamiento, transmisión y difusión de la información y que  afectan al diseño, la gestión y el control de la producción. Con la microinformática de los ordenadores personales -cada vez más capaces- los ciudadanos del mundo ven elevadas -como decíamos- sus facultades de creación y de intercomunicación hasta cotas aún no imaginadas. La convergencia de una concatenación de descubrimientos científicos a lo largo de la historia tales como el ábaco, el cálculo matemático con el sistema binario, la electricidad, el silicio, la  fibra óptica,…etc., han hecho posible ese despliegue global desde la persona individual a través de la microinformática personal influyendo sobre  el lenguaje, las ciencias, el arte y, desde luego, la economía. Todas las actividades industriales y de servicios, también las agrícolas y especialmente el mundo financiero, junto al estilo de vida de nuestras sociedades, se encuentran aceleradamente afectadas y ello implica cambios importantes institucionales, jurídicos y sociales, en algunos casos ciertamente complejos.

La productividad personal y de las empresas, así como los ritmos de crecimiento de los PIB nacionales se ven incentivados cuando el gasto en tecnologías de la información y telecomunicación se incrementa, corroborando así que las tecnologías de la información conforman un sector dinámico que tiene enormes efectos de arrastre sobre el sistema económico. Por el lado de la oferta incrementan la productividad, el número de empleos y el de empresas, mientras que, desde el punto de vista de la demanda, los consumidores pueden hacer frente más  fácilmente a su necesidad de comunicarse a distancia mejorando su nivel de utilidad. El imparable proceso de globalización -que obliga a las empresas a competir a nivel mundial y permite a los consumidores ampliar su capacidad de elección- no sería posible en la actualidad sin el vertiginoso avance de las telecomunicaciones y la irreversible modificación del medio ambiente económico. Las redes de la microinformática personal hacen posible que cada producto o servicio que se ofrece y se demanda en los diferentes mercados y submercados lleve incorporado un haz de caracteres, valorados conjunta  y subjetivamente por cada usuario, que lo hace original e irreemplazable. En esos procesos en red intervienen, conjunta y necesariamente, una concatenación de submercados, todos ellos complementarios entre sí, que podemos diferenciar en otros segmentos y microsegmentos entrelazados, cada uno de ellos matizable a su vez en otros más reducidos de  características diferenciables aunque en cierta medida similares.

Todo ello hace que mientras el valor de uso de los bienes aumenta aceleradamente, su precio se mantenga o decrezca por esa mayor productividad cuyo crecimiento acelera la diferenciación concatenada en microrredes. Los rendimientos dejan de ser decrecientes y se imponen con generalidad los rendimientos crecientes totales, medios y marginales. Los costes -por el contrario y lógicamente- decrecen con lo que los excedentes en valores de uso de los compradores se incrementan si los mercados no son perturbados por intervencionismos monopolistas públicos o privados. Y en consecuencia –como seguiremos analizando- se trastocan en gran medida los principios de las leyes económicas básicas que desde el clasicismo recorren todo el panorama teórico del pensamiento económico.

El autor, José Juan Franch Meneu, es Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Autónoma de Madrid y Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU en Madrid. Ha sido  Profesor de Economía durante más de 30 años en la Universidad Autónoma de Madrid impartiendo las asignaturas de Principios de Economía Política, Análisis Económico del Derecho, Competencia y Progreso Económico,  así como Regulación y Desregulación óptima en Economía en el Máster  de postgrado sobre Desarrollo Económico y Políticas Públicas. Estuvo desde el 6 de marzo de 1999 hasta el 6 de marzo de 2004, como Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia del Reino de España. De su obra científica cabe resaltar los libros Fundamentos del Valor Económico, Justicia y Economía (Hayek y la Escuela de Salamanca) y La Fuerza Económica de la Libertad. Ha colaborado así mismo con un capítulo en los libros colectivos La Dimensión Ética de las Instituciones y los Mercados Financieros y en El Nuevo Derecho Comunitario y Español de la Competencia. Es miembro de la European Business Ethics Network (EBEN). Excelente divulgador y comentarista de temas económicos, ha escrito cientos de artículos y comentarios en la Prensa diaria especializada. También en la prensa internacional.

TRABAJO EN RED Y PRODUCTIVIDAD TECNOLÓGICA CRECIENTE

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1.- El trabajo humano como acción e interacción complementaria.

2.- Los instrumentos de capital que potencian la capacidad transformadora del trabajo humano.

3.- Variedad complementaria del trabajo y de los bienes de capital.

4.- Productividad tecnológica creciente.

Citas en imágenes

Variedad complementaria del trabajo y de los bienes de capital. Apartado 3 – Trabajo en red y productividad tecnológica creciente.

TRABAJO EN RED Y PRODUCTIVIDAD TECNOLÓGICA CRECIENTE

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Apartado 3

Variedad complementaria del trabajo y de los bienes de capital.

Esa variedad inmensa del Universo que está concatenada hasta en sus aspectos más nimios, así como, consecuentemente, la conveniencia e imprescindible variedad en las formas, procedimientos y aplicación del trabajo de cada una de las personas de distintas razas[1] y culturas a ese universo material para conducirlo y reconducirlo hacia la consecución de las necesidades y aspiraciones humanas, hace que necesariamente también  los instrumentos de capital y la tecnología[2] que los acompaña –en sintonía con la diferenciación complementada del Trabajo y de la Tierra-  sean muy variados y cambiantes según las épocas, los descubrimientos, las cualidades de las personas y la realidad material sobre la que se aplican ayudando al trabajo humano en cada circunstancia singular y cambiante.  

“Los primeros inventos para dominar la naturaleza fueron herramientas movidas por músculos humanos. Revolucionaron la situación de nuestros antepasados, pero adolecían de la limitación de requerir atención y esfuerzos humanos constantes durante cada momento de su utilización. La tecnología subsiguiente superó esa limitación. Los seres humanos consiguieron domesticar algunos animales y cultivar ciertas plantas, y dirigieron las adaptaciones biológicas de estos organismos para sus fines.[3]

Esa diversidad y esas diferencias de matiz y percepción de las circunstancias en la naturaleza humana  así como  esa inmensa variedad del factor productivo Tierra hacen necesaria y muy conveniente la especialización y la división de tareas. Ello da lugar a que un siglo tras otro –lógicamente- se produzcan cosas diferentes y cada vez más diferenciadas según las épocas[4]. La especialización y la posibilidad del intercambio hacen más posible el poder concentrarse cada cual en la actividad que más capacitado está alcanzándose una mayor riqueza y eficiencia general.

No deja de asombrar que, con ocasión de organizar su clásica apología del totalitarismo, Platón contribuyera a la genuina ciencia económica, siendo el primero en exponer y analizar la importancia de la división del trabajo en la sociedad. Al estar su filosofía social fundada sobre la necesaria separación entre clases, Platón procedió a demostrar cómo tal especialización se funda en la naturaleza humana, en particular en su diversidad y desigualdad. Platón hace decir a Sócrates en La República que la especialización hace que «no somos todos iguales, sino que hay una gran diversidad de naturalezas entre nosotros que se adapta a las diferentes ocupaciones».

Como los hombres producen cosas diferentes, se intercambian de modo natural unos bienes por otros, con lo que la especialización necesariamente da paso al intercambio. Platón también señala que esta división del trabajo incrementa la producción de todos los bienes.[5] 

Fruto de la especialización y de la necesaria aceleración del intercambio, tanto el trabajo manual como el intelectual y el artístico en todos los órdenes de la vida económica evolucionan[6] abriéndose hacia la producción de bienes y servicios con mayor riqueza de matices y con cualidades cada vez más singulares y adecuadas a cada quien que las demandaba.  La variedad concatenada de preferencias humanas se iba trasladando a las finalidades de los distintos trabajos y al ser estos causas activas eficientes en la producción de valor su fuerza transformadora -aplicada generación tras generación sobre la Naturaleza- iba enriqueciendo evolutivamente  los productos finales de primer orden a disposición de los usuarios últimos.  La industrialización[7] fue sustituyendo a los sistemas intensivamente agrarios. También en España[8], como en cualquier otro lugar en distintos momentos históricos, se produjeron estos procesos cambiantes.

Esa realidad transformadora del trabajo humano con instrumentos de capital cada vez más poderosos, cambiantes y diferenciados al adecuarse más cabalmente a las leyes de la materia en orden a cumplimentar de forma más certera las necesidades y proyectos de personas concretas de carne y hueso, ha inventado y materializado la producción de más y más productos diferenciados pero complementarios. Cada nuevo invento acababa remitiendo sucesivamente a otros nuevos en oleadas cambiantes en la terminología de Alvin Toffler.  La creatividad y la invención se han ido también  concatenando y lo seguirán  haciendo hasta  el futuro más remoto. Y así unos hallazgos remiten a otros y estos a otros nuevos en cascadas innovadoras cambiantes y muchas veces sorpresivas. 

Cuanto más diversa o diferenciada se hace cualquier sociedad, más se modifican las condiciones locales, más rápidos se hacen los cambios y más variación existe de un momento a otro. Y la Tercera Ola nos brinda ambos procesos: diversificación y aceleración. [9]

Esa variedad interactiva y armónica ha sido provocada por el proceso de especialización intenso desde distintos puntos del orbe según las épocas históricas que iba ligado a los distintos enfoques y materialización de los descubrimientos tecnológicos –lo que Toffler denominó tecnosfera[10]-. En los primeros estadios lo importante era aumentar la cantidad. No sólo no importaba que todas las unidades de cada mercancía fuesen  iguales unas a otras, sino que era conveniente para abastecer a una mayor población. Pero las pautas de homogeneización que se dieron anteriormente para aprovechar las economías de escala en las grandes producciones estandarizadas en los procesos de industrialización fueron decayendo e iban surgiendo nuevos bienes y servicios más diferenciados.  En estadios superiores de desarrollo económico la variedad de la riqueza original y distinta de cada persona humana se convierte en protagonista de las nuevas producciones cada vez más singulares.  La persona, lo micro y  lo pequeño interconexionado asimétricamente toma cuerpo en esta nueva ola[11] del cosmos de la microeconomía. El entrelazamiento multicolor de lo pequeño adquiere una fuerza nueva que es difícil de manejar por la política y por las distintas instancias de poder. Las grandes corporaciones incluso pueden desaparecer  o menguar notablemente su influencia.

 El sistema actual, aún basado en las sociedades de producción en masa de la Segunda Ola, descansa sobre un puñado de recursos empleados en vastas cantidades. A medida que se extiendan los métodos de fabricación desmasificados de la Tercera Ola, y la producción en sí se descentralice, comenzaremos a emplear unos recursos diferentes y más diversificados, probablemente en cantidades más pequeñas. Esto significa una ulterior redistribución radical del poder económico sobre la Tierra.[12]

Y ya en este siglo XXI, con los ordenadores[13] personales[14] cada vez más capaces los ciudadanos del mundo ven elevadas sus facultades de creación y de comunicación[15] hasta cotas aún no sospechadas[16]. Distintos descubrimientos encadenados partiendo del sistema binario hacen posible las primeras computadoras. Con el antecedente de Babbage, Alan Turing, Claude Shannon y John Von Neumann[17] fueron los pioneros principales en este desarrollo vanguardista.  Los sistemas y la propia cultura del trabajo están cambiando de forma insospechada hace sólo unas décadas humanizándose[18] más y empezando a girar todo mucho más que antes en torno a las preferencias personales y familiares de los trabajadores[19]. La sociedad de la información[20] y del conocimiento[21] está en marcha y su crecimiento exponencial en su difusión abre perspectivas nunca conocidas en todos los ámbitos de la vida económica[22] y social de los ciudadanos. También en el importante campo de la educación[23] donde la humanidad se juega su futuro.  En tanto en cuanto nos vamos conectando a redes de mayores anchos de banda, y las plataformas de software cada vez más complejas hagan, sin embargo, aplicaciones más sencillas casi todos tendrán acceso a la mayor parte de la información práctica y teórica[24] que hay en el mundo.

En una sociedad de la Tercera Ola, seguimos necesitando tierra y máquinas, pero la propiedad esencial se convierte en la información y esto, como ya se señalaba, es un cambio revolucionario porque es la primera forma de propiedad que no es material, ni tangible y, potencialmente, resulta familiar.[25]

Somos así conscientes ahora con mayor nitidez que aquella heterogeneidad armónica fundante que es intrínseca a la Naturaleza -y que analizamos en el capítulo anterior- ha ido apareciendo y se ha ido desplegando a lo largo de la historia -con altibajos asimétricos pero constantemente- en la variedad de profesiones o habilidades y en la heterogeneidad de las herramientas que la humanidad ha utilizado en su trabajo diario siempre único y novedoso.

[1] Según la terminología diaria, la gente tiende aún a pensar del mundo como formado principalmente por blancos, negros, amarillos, cobrizos, como si la raza fuese, ante todo, un asunto de color, y un grupo de categorías fuese suficiente para agotar el alcance de las posibilidades humanas. En la actualidad, una raza puede describirse mejor como una población en la que aparece una serie de características biológicas, con mayor frecuencia de lo que lo hace fuera del grupo: color de la piel, estructura ósea o textura del cabello, por ejemplo. Pero todo depende de los que uno ande buscando y de los criterios que apliquen. Un científico ha clasificado a los humanos en nueve razas diferentes, y aún encontró 32 grupos que no podían incluirse con claridad en este esquema. Otra clasificación nos da hasta 200 categorías. Y sospecho que, a medida que avancen nuestros conocimientos genéticos, diferenciaremos aún más las cosas, y sobre la base de unos rasgos del todo invisibles, como susceptibilidad hacia una u otra enfermedad, como ya hacemos con la anemia por células falciformes.  Toffler, Alvin, Avances y premisas, (Barcelona: Plaza & Janes, 1983) p. 158.

[2] El proceso económico está empíricamente condicionado por la tecnología. La adaptación a los cambios tecnológicos aconseja la renovación generacional de los empresarios, porque los que, en virtud de la división del trabajo, están especializados en un modelo tecnológico, no comprenden el siguiente y hay que dar entrada a otros. Incluso si la tecnología permaneciera constante, sería conveniente dicha renovación para evitar la decadencia peculiar de las estirpes dirigentes. Además, el éxito prolongado de un tipo de oferta económica consolida una demanda estereotipada. A mi modo de ver, la renovación de las empresas es lo más aprovechable de la competencia. La competencia dentro de un sistema establecido o estático es una pugna en torno al mercado. Pero si la competencia significa el ser sustituido por la generación siguiente, por gente más joven con mayor capacidad de lucha y más entusiasmo, el mercado se renueva.  Llano.C, Pérez López J.A., Gilder G., Polo L., La vertiente humana del trabajo en la empresa (Madrid: Ediciones Rialp, 1990), p. 104.

[3] Y sigue diciendo David Deutsch: Las cosechas crecían y los perros guardianes vigilaban mientras sus dueños dormían. Se introdujo una nueva clase de tecnología cuando los seres humanos fueron más allá de la mera explotación de las adaptaciones de que disponían (y de los fenómenos no biológicos de que disponían, tales como el fuego) y crearon adaptaciones completamente nuevas en el mundo, tales como cerámica, ladrillos, ruedas, artefactos metálicos y máquinas. Para ello tenían que reflexionar sobre las leyes naturales que gobiernan el mundo y comprenderlas, lo que incluía, como he dicho, no tan sólo sus aspectos superficiales, sino la estructura de la realidad en que se basaban. Siguieron miles de años de progreso en esta clase de tecnología, en la utilización de algunos de los materiales, fuerzas y energías de la física.” David Deutsch, La estructura de la realidad, Editorial Anagrama, 1999, pág.201

[4] En la mayor parte de las sociedades de la Primera Ola, o agrícolas, la familia era numerosa, con varias generaciones trabajando juntas como una unidad de producción y conviviendo bajo el mismo techo. El hogar, con sus campos adyacentes, era el escenario del trabajo, el centro de la vida. El hogar era asimismo la escuela. Incluso el hospital. Era el lugar en donde se cuidaba a los ancianos.

La revolución industrial extrajo todas esas funciones del marco hogareño. El trabajo pagado para el mercado derivó hacia la fábrica y la oficina, convirtiéndose en ámbito primario del hombre. La escuela asumió la responsabilidad de la educación. El médico y el hospital se encargaron de los enfermos. El Estado aceptó la responsabilidad respecto de los ancianos. La importancia del hogar quedó, drásticamente, disminuida.  Toffler, Alvin, Avances y premisas, (Barcelona: Plaza & Janes, 1983) p. 146.

[5] Rothbard, Murray N., Historia del pensamiento económico. Vol. I. El pensamiento económico hasta Adam Smith, (Madrid: Unión editorial, 1999), p. 41.

[6] En la Segunda Ola, hubo una cultura de masas y se suponía que cabía adecuarse a la misma. En el periodo de la Tercera Ola no hay una sola cultura, sino una continuamente cambiante diversificación de nuevas culturas. Esto resulta muy duro para cualquiera de captar, se sea o no miembro de un grupo minoritario.

Y en cuanto más avanzamos hacia una economía de la Tercera Ola, más importa la cultura. Muchas de las nuevas ocupaciones en esas industrias dependen de la cultura de una forma que no era cierta en el pasado. La nueva economía premia las habilidades en manejar símbolos, imágenes y abstracciones, la habilidad para hablar y articular de una forma lógica, y por otras aptitudes que, hasta ahora, habían sido las menos necesarias y las menos recompensadas en las poblaciones minoritarias, muchas personas de las cuales están aún muy próximas a sus raíces agrícolas y preindustriales.  Toffler, Alvin, Avances y premisas, (Barcelona: Plaza & Janes, 1983) p. 174.

[7] Pero la industrialización también significa –como ya se anticipó en las páginas preliminares de la obra-desagrarización, con todas sus connotaciones: pérdida de peso relativo del sector primario en las magnitudes que miden el conjunto de la actividad económica, y  honda transformación productiva de las explotaciones agrarias, con un salto enorme en los niveles de productividad. Lo cual, no se ignore, al tiempo que aleja para siempre el espectro del «problema de alimentos», cuando el campo pugnaba por alcanzar unos niveles mínimos de suficiencia en el abastecimiento de productos, adentra a una agricultura cada vez más subsidiaria –los fondos provienen ahora del presupuesto de la Política Agraria Común europea, pero subsidios son- en los problemas del despoblamiento y el deterioro del medio rural, otorgando con ello nuevas responsabilidades a los campesinos, en tanto que conservadores y garantes de ese patrimonio colectivo que es el territorio y el paisaje natural. No es sino una consecuencia derivada de la industrialización tal como aquí se está entendiendo, que implica, asimismo, creciente terciarización de la estructura productiva, con actividades de servicios cada vez más abocadas a la competencia internacional, comenzando por las finanzas y las telecomunicaciones, sujetas, de un modo si cabe más particular, ala creciente globalización de sus mercados. García, J. Luís. Jiménez J. Carlos, Un siglo de España. La economía (Madrid: Marcial Pons, 1999), pp. 201-202.

[8] Industrialización entendida como adecuación y modernización de la estructura productiva española, eliminando la «Subordinación» de todo el sistema económico –por decirlo en los mismos términos que Vicens- a las fluctuaciones de la agricultura. En una palabra, el estímulo de lo fabril como símbolo del progreso, de lo nuevo, de lo urbano, como así ha sido. Pese a todas las insuficiencias, España termina el siglo con un tejido industrial tupido y articulado, y con creciente capacidad competitiva, como prueba el aumento gradual de la cuota en los mercados mundiales de las exportaciones industriales españolas, una novedad histórica en el panorama nacional del comercio exterior. García, J. Luís. Jiménez J. Carlos, Un siglo de España. La economía (Madrid: Marcial Pons, 1999), p. 201

[9] Toffler, Alvin, Avances y premisas, (Barcelona: Plaza & Janes, 1983) p. 113.

[10] Todas las civilizaciones tienen alguna clase de sistema energético. Todas tienen algún método para producir bienes y servicios necesarios para la supervivencia. Poseen algún sistema para distribuir esos bienes y servicios. El sistema de energía, el sistema de producción y el sistema de distribución están todos ellos muy íntimamente ligados, y juntos puede decirse que forman una «tecnosfera».

Todas las civilizaciones tienen también una ecología de instituciones sociales, una «sociosfera». Dentro de diferentes civilizaciones, esas organizaciones o instituciones están relacionadas unas con otras de diversas formas. Toffler, Alvin, Avances y premisas, (Barcelona: Plaza & Janes, 1983) p. 218.

 [11] Si estoy en lo cierto respecto del deslizamiento hacia una sociedad más heterogénea y diferenciada, deberemos esperar ver una mucha mayor variedad en la identificación y en los agrupamientos. Y esto es precisamente lo que está sucediendo.

En Estados Unidos, y otras naciones con elevada tecnología, no es sólo el cuerpo político el que se está rompiendo en fragmentos, el mercado del consumidor refleja más diversas necesidades individuales y de grupo, y más subculturas se separan de los valores dominantes de la mayoría, sino que los mismos procesos centrífugos se hallan en marcha dentro  de los mismos grupos minoritarios.

Los subgrupos raciales, étnicos y religiosos en cada sociedad, se hallan asimismo segmentándose en otros mini grupos más pequeños, más autodefinidos, más variados. Ya no es, simplemente, apropiado hablar de los negros norteamericanos como un grupo homogéneo, o agrupar juntos a los hispanos.  Toffler, Alvin, Avances y premisas, (Barcelona: Plaza & Janes, 1983) p. 169.

[12] Toffler, Alvin, Avances y premisas, (Barcelona: Plaza & Janes, 1983) p. 162.

[13] La computadora, originariamente, fue prevista por las élites como una máquina que reduciría su carga decisional y las ayudaría a hacerse cargo de la misma. Lo consideraron un medio de centralizar su control y su toma de  decisiones rutinarias de una forma automática y, con ello, poderse liberar de todo lo demás para adoptar decisiones a un nivel mucho más elevado y mantener su dominio. También preveían que continuarían en sus oficios sin tener que reclutar un amplio número de adicionales individuos que adoptaran decisiones.

Lo que ha sucedido hasta ahora no se ha mostrado conforme con sus esperanzas. La carga decisional, por encima de todo, ha continuado aumentando con rapidez desde la introducción de la computadora. En realidad, su crecimiento ha sido tan rápido que han debido descentralizarse al tener que adoptarse cada vez más decisiones, con el resultado de que ahora las computadoras controladas han aflorado en lugares en que las viejas élites nunca pudieron llegar a imaginar. En vez de unas pocas y grandes computadoras controladas desde la cumbre, estamos consiguiendo centenares de millares, llegado el caso millones, de computadoras, que se extienden a través de la sociedad, en los hogares, las escuelas, las iglesias, los garajes, unidas con redes transitorias, alejadas del control de cualquier computadora central.    Toffler, Alvin, Avances y premisas, (Barcelona: Plaza & Janes, 1983) p. 139.

[14] Hay que remontarse para explicarlo a Claude Shannon, el matemático que descubrió en los años treinta de este siglo el modo de expresar la información en forma binaria. Durante la Segunda Guerra Mundial comenzó a desarrollar una descripción matemática de la información y fundó un campo de conocimiento que después ha llegado a conocerse como teoría de la información. Shannon definió la información como la reducción de la incertidumbre.  Bill Gates, Camino al fututo, Madrid: McGRAW-HILL, 1995; pp. 28-29.

[15] Desde, aproximadamente, mediados de los años cincuenta, estamos experimentando el derrumbamiento de la vieja sociedad industrial de masas. En varios campos, desde la tecnología hasta la etnicidad, vemos una diversidad cada vez mayor. A medida que llega la Tercera Ola al escenario histórico, va creando una nueva civilización que está compuesta de unas partes más diferenciadas y más especializadas.

Imaginemos un simple organismo biológico; una lombriz, por ejemplo. Tiene unas partes diferenciadas. Éstas contrastan con las de un ser humano: nosotros tenemos pulmones, riñones, córneas, corteza cerebral y millares de partes interrelacionadas y funcionalmente especializadas. Mientras todas esas partes interactúan apropiadamente, una vasta cantidad de información fluye a través del cuerpo en forma de impulsos eléctricos, explosiones químicas, secreciones hormonales, cada una de las cuales representa un «mensaje»; por ejemplo, determinado impulso neuronal nos dice que el músculo se contrae o que la pupila del ojo se dilata. Estos «mensajes» contienen «información», y cantidades enromes de información es necesario que circulen a través de todo el organismo, si queremos que sus partes se hallen coordinadas y sincronizadas unas con otras.

Y cuanto más partes especializadas o diversas del cuerpo existen, más información se necesita. Existe más información fluyendo a través de nuestros cuerpos que a través del de una lombriz.

Ahora apliquemos el mismo principio a la sociedad.

Si tengo razón, nos estamos moviendo más allá del estadio de la producción, distribución y comunicación en masa; si la división del trabajo se está haciendo cada vez más refinada; si la variedad de la estructura organizativa está aumentando; si avanzamos hacia unidades más pequeñas, más numerosas, más descentralizadas ( a veces organizadas en el interior de  unas estructuras organizativas más amplias); si nuestras leyes se están multiplicando, y nuestros productos, valores y actitudes se están volviendo más heterogéneos: si todo esto está sucediendo, en ese caso se necesitará mayor información, simplemente, para mantener todo el sistema en equilibrio.

En resumen, la heterogeneidad de la sociedad de la Tercera Ola exige niveles más elevados de intercambio de información que la homogeneidad de la sociedad de la Segunda Ola. Toffler, Alvin, Avances y premisas, (Barcelona: Plaza & Janes, 1983) pp. 124-125.

[16] La nueva economía de la Tercera Ola también recompensa ciertas características, como ya he sugerido, pero no son, necesariamente las mismas. De una forma clara, concede grandes recompensas por las capacidades cognitivas y por la educación. Pero existen muchas otras habilidades personales de las que existirá carencia. La economía de la Tercera Ola también recompensará a las personas que sean rápidas en adaptarse al cambio; que sean flexibles, capaces de trabajar por algo más que por un jefe, y tal vez incluso, al mismo tiempo, sirvan efectivamente a un jefe. Yo recompensaría a las personas que sean curiosas, inquisitivas, deseosas de averiguar lo que está sucediendo e influir en ello; gente que pueda conservar la mente clara en medio del desorden y de la ambigüedad. Le compensará a las personas que tal vez no tengan la pericia de un especialista de toda la vida, sino que posean más experiencia en campos diferentes y la habilidad para transferir ideas de uno a otro. Recompensará la individualidad y el ser emprendedores. Toffler, Alvin, Avances y premisas, (Barcelona: Plaza & Janes, 1983) p. 175.

[17] El lenguaje se diseñó de forma que Babbage pudiera programar la máquina analítica con una larga serie de instrucciones condicionales que permitirían a la máquina modificar sus acciones en respuesta a situaciones cambiantes. Fue el primero en darse cuenta de que una sola máquina podía servir para un cierto número de propósitos diferentes.

A lo largo de los 100 años siguientes, los matemáticos trabajaron con las ideas que había trazado Babbage y, finalmente, hacia mediados de los años cuarenta de este siglo, se construyó una computadora electrónica basada en los principios de su máquina analítica. Es difícil especificar la paternidad de la computadora moderna, porque mucha de la labor de confección y de construcción se hizo en los Estados Unidos y en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, bajo el manto de secreto de guerra. Los tres principales contribuyentes a ella fueron Alan Turing, Claude Shannon y John Von Neumann.

A mediados de los años treinta de este siglo, Alan Turing que, al igual que Babbage, era un gran matemático británico formado en Cambridge, propuso lo que se conoce hoy como máquina de Turing. Fue su versión de una máquina de calcular totalmente de propósito general, a la que se podría instruir para trabajar con casi todo tipo de información. Al final de los años treinta, cuando Claude Shannon era todavía estudiante, demostró que una máquina que ejecutase instrucciones lógicas podía manipular información. Su proposición, que fue el tema de sus tesis para el master, versaba sobre el modo en que los  circuitos de la computadora —cerrados para verdadero y abiertos para falso— podían realizar operaciones lógicas utilizando el número uno para representar «verdadero» y el cero para representar «falso».

Esto es un sistema binario. Un código. El binario es el alfabeto de las computadoras electrónicas, la base del lenguaje al que se traduce toda la información en una computadora y en el que se almacena y utiliza dentro de la misma. Bill Gates, Camino al fututo, Madrid: McGRAW-HILL, 1995; pp. 21-22.

[18] A causa de las nuevas formas de trabajo propias de la Revolución Industrial, la vida cotidiana de la mayoría de la población se escindirá de una forma paulatina  entre un «tiempo de trabajo» en «el lugar de trabajo» y un «tiempo libre», particular, privado, de ocio tal vez, fuera de él. Es cierto que en el hogar, como señala Javier Echevarría, siempre se ha trabajado nunca ha dejado de haber labores domésticas por hacer y cualquier miembro de la familia ha tenido que trabajar en casa una y otra vez. Pero esas tareas no entran, ya lo hemos dicho, en el concepto de trabajo que prevalece en nuestro tiempo. El trabajo productivo, hecho para otros y remunerado, se realiza prácticamente siempre en los lugares dispuestos para ello y al margen del domicilio particular, es decir, del espacio privado y familiar. Alvin Tofler en su libro «La tercera ola», fue el primero en avisarnos del previsible cambio de esa situación, que, aunque nueva en la historia, parecía entonces inalterable. Años después, la difusión y el perfeccionamiento de las nuevas tecnologías, ponían en evidencia que el cambio era posible, que era ya una realidad. El desarrollo de nuevas tecnologías como la informática o la robótica, por poner dos ejemplos fácilmente perceptibles para la mayoría, nos indican que ese cambio está servido. Como dice Echevarría,  «ya no es posible trabajar en la telepolis sin salir de casa».  Gray M., Hodson N., Gordon G., El teletrabajo, Madrid: Fundación Universidad Empresa, 1995; p. 14.

[19] El teletrabajo es una forma flexible de organización del trabajo que consiste en el desempeño de la actividad profesional sin la presencia física del trabajador en la empresa durante una parte importante de su horario laboral. Engloba una amplia gama de actividades y puede realizarse a tiempo completo o parcial. La actividad profesional en el teletrabajo implica el uso frecuente de métodos de procesamiento electrónico de información, y el uso permanente de algún medio de telecomunicación para el contacto entre el teletrabajador y la empresa.  Gray M., Hodson N., Gordon G., El teletrabajo, Madrid: Fundación Universidad Empresa, 1995; p. 63.

[20] Quiero insistir en las ventajas de principio que una sociedad del conocimiento supone respecto de otras formas sociales. A mi modo de ver, esa ventaja estriba fundamentalmente en la dignificación del trabajo humano. Cuanto más tenga que ver el trabajo humano con el saber, cuantos más elementos cognoscitivos se inserten y configuren las actividades productivas, más se humaniza y se libera de su carga materialista, y mejor se desarrolla la esencia de la economía y su carácter progresivo, ya que la economía avanza en la medida en que se aproxima y se adecua a la naturaleza del hombre.  Llano, Pérez López J.A., Gilder G., Polo L., La vertiente humana del trabajo en la empresa (Madrid: Ediciones Rialp, 1990), p. 117.

[21] Si se acepta que le conocimiento es la más alta dimensión del ser humano, la suprema forma de vida, y ésta es  una tesis clásica, la sociedad del conocimiento sería una sociedad sumamente perfecta. En rigor, la sociedad es promovida por las energías humanas y constituye, por tanto, un ámbito en que los frutos de esas energías se condensan, refluyen sobre los seres humanos y acogen a las nuevas generaciones. Se trata de un flujo de doble dirección según el cual los hombres hacen la sociedad y la sociedad enmarca a sus miembros.  Llano, Pérez López J.A., Gilder G., Polo L., La vertiente humana del trabajo en la empresa (Madrid: Ediciones Rialp, 1990), pp. 116-117.

[22] La confianza en los negocios del ciberespacio puede verse potenciada con los sistemas de encriptación mediante claves públicas y privadas que permitirán realizar contratos y confirmar documentos jurídicos y económicos con mayor seguridad que los que se realizan con el papel como soporte. Con el desarrollo de la criptología, un mensaje lo puede verificar cada uno porque nadie más tiene la clave privada que podría haberlo encriptado de determinada manera. Si se cambia un solo bit de información el mensaje no se codificaría adecuadamente y se pondría de manifiesto el posible error.

[23] H.G. Wells, que fue tan imaginativo y anticipatorio como cualquier futurista, lo resumió muy bien en 1920: «la historia de la humanidad», dijo, «es, cada vez más una carrera entre la educación y la catástrofe». La educación es la gran palanca de la sociedad y toda mejora que se produzca en ella significa un gran paso adelante en la igualdad de oportunidades. Parte de la belleza del mundo electrónico reside en el hecho de que el coste adicional de permitir que utilicen el material educativo otras personas es básicamente nulo.  Bill Gates, Camino al fututo, Madrid: McGRAW-HILL, 1995; pp. 251-252.

[24] Desde hace varios años, los expertos afirman que estamos entrando en un período de cambios profundos, englobados en la denominada “Revolución de la Información”, “Revolución Digital” o más genéricamente «Sociedad de la Información» y que esta va a modificar las formas actuales de organización del trabajo al igual que la Revolución Industrial lo hizo en los siglos XVIII y XIX. No solamente va a cambiar la forma en la que vamos a realizar el trabajo, sino igualmente cuál va a ser ese trabajo y dónde vamos a hacerlo. De hecho, todo hace pensar que la «Sociedad de la Información» va a invertir las tendencias de la Revolución Industrial en lo que se refiere a la localización del trabajo.  Gray M., Hodson N., Gordon G., El teletrabajo, Madrid: Fundación Universidad Empresa, 1995; p. 61.

[25] Toffler, Alvin, Avances y premisas, (Barcelona: Plaza & Janes, 1983) p. 120.

El autor, José Juan Franch Meneu, es Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Autónoma de Madrid y Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU en Madrid. Ha sido  Profesor de Economía durante más de 30 años en la Universidad Autónoma de Madrid impartiendo las asignaturas de Principios de Economía Política, Análisis Económico del Derecho, Competencia y Progreso Económico,  así como Regulación y Desregulación óptima en Economía en el Máster  de postgrado sobre Desarrollo Económico y Políticas Públicas. Estuvo desde el 6 de marzo de 1999 hasta el 6 de marzo de 2004, como Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia del Reino de España. De su obra científica cabe resaltar los libros Fundamentos del Valor Económico, Justicia y Economía (Hayek y la Escuela de Salamanca) y La Fuerza Económica de la Libertad. Ha colaborado así mismo con un capítulo en los libros colectivos La Dimensión Ética de las Instituciones y los Mercados Financieros y en El Nuevo Derecho Comunitario y Español de la Competencia. Es miembro de la European Business Ethics Network (EBEN). Excelente divulgador y comentarista de temas económicos, ha escrito cientos de artículos y comentarios en la Prensa diaria especializada. También en la prensa internacional.

TRABAJO EN RED Y PRODUCTIVIDAD TECNOLÓGICA CRECIENTE

Índice

1.- El trabajo humano como acción e interacción complementaria.

2.- Los instrumentos de capital que potencian la capacidad transformadora del trabajo humano.

3.- Variedad complementaria del trabajo y de los bienes de capital.

4.- Productividad tecnológica creciente.

Citas en imágenes

Los instrumentos de capital que potencian la capacidad transformadora del trabajo humano – Apartado 2 – Trabajo en red y productividad tecnológica creciente.

TRABAJO EN RED PRODUCTIVIDAD TECNOLÓGICA CRECIENTE

Índice

Apartado 2

Los instrumentos de capital que potencian la capacidad transformadora del trabajo humano

Los bienes de capital se consti­tuyen en una fuerza instrumental en la creación e incremento del valor económico ya que son instrumentos que utiliza el trabajo humano para una me­jor producción. Si bien en el ámbito económico todos los bienes son fruto y consecuencia de la acción coordinada del trabajo con la naturaleza, hay un determinado tipo de bienes producidos por el hombre cuya función final no es el consumo sino la de coadyuvar –potenciando el trabajo humano- a la producción de otros bienes. Estos bienes producidos con el concurso del trabajo y que ayudan a producir multiplicadamente[1] más bienes finales en el futuro son los bienes o instrumentos de  capital[2].

El trabajo se ocupa de «agentes naturales» para crear capital que luego se utiliza para multiplicar la productividad en colaboración con la tierra y el trabajo. Aunque el capital es creación previa del trabajo, una vez que existe es empleado por el trabajo para incrementar la producción[3]

La variedad y complementariedad –tanto horizontal como vertical- aparecen de nuevo con especial notoriedad cuando observamos que los bienes de capital realizan una función de mediación complementaria entre el trabajo especializado que los utiliza y la corriente de mercancías de cada proceso de producción en orden a la consecución de mayor cantidad de bienes y servicios[4] más cercanos a las necesidades y preferencias humanas. Por ello la cualidad de bien de los bienes de orden superior –con la terminología de Menger- está condicionada por la actuación mediadora eficiente de los instrumentos de capital que son necesarios para conseguir la transformación de un bien de un orden superior en otro del primer orden. Por la mediación de los instrumentos dirigidos por el trabajo humano[5] -que no es otra cosa que acción humana[6]– los bienes de orden superior, siguiendo las leyes de la cau­salidad, se transforman en bienes del orden inmediatamente inferior, y éstos en el siguiente, hasta llegar a convertirse en bienes del primer orden[7], para, finalmente, alcanzar el cumplimiento de los objetivos hu­manos. Sin tener la capacidad de satisfacer de forma inmediata, por sí mismos, las necesidades humanas, sirven para la producción de bie­nes de primer orden y para insertarse en una relación causal mediata respecto de la satisfacción de tales necesidades.

«La cualidad de bien de los bienes de un orden superior está condicionada ante todo por el hecho de que el hombre disponga también de los bienes complementarios del mismo orden, al menos respecto de la producción de un bien cualquiera del orden inmediatamente inferior»[8]

«Lo mismo sucede con millares de otras cosas, que sin tener la cualidad de proporcionar la satisfacción inmediata de las necesidades humanas, sir­ven para la producción de bienes de primer orden y para insertarse, por tanto, en una relación causal mediata respecto de la satisfacción de tales necesidades»[9]

 Los factores de capital son estadios intermedios en el camino productivo desde los recursos naturales hasta la meta de los bienes de consumo. Quien produce ayudado por los bienes de capital llega antes a la meta. Son intermediarios entre el trabajo humano y la corriente de bienes intermedios hasta llegar a los finales[10]. Los instrumentos de capital permiten recorrer antes y mejor el camino.

Los bienes de capital permiten potenciar[11] el modo de ser, la índo­le, cantidad y cualidad de los productos del trabajo humano. Me­diante el progreso tecnológico tratamos de simplificar y hacer más cómodas nuestras actividades y, a su vez, tratar de obtener un mayor dominio de la naturaleza, haciendo realidad posibilidades efectivas hasta entonces inéditas. En el desarrollo efectivo de esa tendencia radical interior que lleva al hombre de una forma libre, y por tanto indefinida, a humanizar su mundo, los instrumentos de capital[12] le acompañan siempre. Son los medios instrumentales también materiales de que se sirve para «hacer su ser» con los demás bienes materiales.

Dado que es el tema central de nuestro trabajo investigaremos en los apartados siguientes su enorme variedad –también complementaria entre sí, con el trabajo humano y con los bienes de la Naturaleza y a continuación su productividad creciente fruto de ella. La estudiaremos de forma concomitante con la variedad del trabajo humano a lo largo de la historia.

[1] Podemos advertir esta consideración en la reiterada cita de De­foe: «Faltábanme aún muchas cosas, entre ellas, agujas, alfileres e hilo, así como una azada, un pico y una pala para cavar y transportar tierra.»

«La falta de tales herramientas me obligaba a trabajar con gran lentitud, y así, tardé cerca de un año en terminar totalmente la empa­lizada. Las estacas de que se componía pesaban mucho y harto traba­jo me costaba moverlas; necesité tanto tiempo para cortarlas en el bosque, darles forma, y sobre todo, para conducirlas hasta mi mora­da, que una sola me costaba a veces dos días, tanto el cortarla como el transportarla, y un tercer día el hincarla en el suelo». DEFOE, Robinson  Crusoe, Orbis, Barcelona 1988, p. 55.

[2] La revolución industrial fue transformando la base productiva de la sociedad desde un sistema en el que predominaba la tierra a otro en el que prevalecían los instrumentos de la industria.

La importancia de los bienes naturales en la causación del valor quedó de manifiesto a partir de la escuela Fisiocrática y, sin patentes de exclusividad, su influencia se hizo notar en determinados estudios críticos, como las teorías de la fructificación de Turgot en las que la clave de todo era la posibilidad de cambiar el capital por tierras, como fuente de rentas, o bien las teorías que Böhm-Bawerk denomi­na de la productividad del capital, que ven la razón última y decisiva del interés en la capacidad productiva del capital físico.

Estas teorías, que partiendo de Say y Lauderdale recorren un amplio espacio del pensamiento económico, aunque consideran tam­bién la importancia del factor trabajo, no dejan de resaltar la preponderancia del capital físico, en el que incluyen, en muchas ocasiones, la tierra como fuente primaria de la producción de bienes de capital (bienes producidos por la combinación de la tierra y el trabajo hu­mano, pero que sirven para producir otros bienes). Son instrumentos en manos del trabajador para una más eficiente labor ejercida sobre otros bienes no terminados. La virtualidad de causa material de la tierra se va transmitiendo a través de los distintos productos interme­dios y bienes de capital hasta los terminados. De ahí que en muchas ocasiones se tienda a considerar como capital a todos los bienes físicos (tierra e instrumentos de capital) que, en combinación con el trabajo, causan los productos terminados; que llevan adheridos unos ciertos valores.

Además de Say y Lauderdale, autores; como Malthus, Carey, Pes­hine, Thünen, Storch, De Nehenius, Marlo, Hermann, Mangold, Glaser, Roesler, Strasburger y Schäffle o los más modernos como Henry George, Marshall e incluso Sraffa destacan el papel casi deci­sivo, aunque no exclusivo, de la eficacia innata del capital en la consecución de un incremento del valor económico. BÖHM-BAWERK,  Capital e interés, Fondo de Cultura Económico, México 1986.

[3] . Murray N .Rothbard, Historia del Pensamiento Económico. Volumen II: La economía clásica. Madrid: Unión Editorial, 2000; pp. 42

[4] Say realiza un excelente análisis del capital, en el sentido de bienes de capital, así como de su papel crucial en la producción y en el aumento de la riqueza económica. El hombre, observa, transforma los agentes naturales en capital para trabajar más con la naturaleza hasta llegar a los bienes de consumo. Cuantos más bienes de capital haya acumulado —cuentas más herramientas y maquinaria— más puede el hombre dominar la naturaleza para hacer el trabajo cada vez más productivo. Más maquinaria significa un incremento en la productividad del trabajo y una caída en el coste de producción. Ese incremento de capital es especialmente beneficioso para la masa de consumidores, ya que la competencia rebaja tanto el precio del producto como el coste de producción. Además, el aumento de maquinaria permite una calidad mayor en el producto y la creación de nuevos productos de los que no se hubiese podido disponer con una producción artesanal. El enorme incremento en la producción y elevación de la calidad de vida libera las energías humanas de la lucha por la subsistencia  permite el cultivo de las artes, incluso de la frivolidad, y, lo que es más importante, «el cultivo de las facultades intelectuales».  Murray N. Rothbard, Historia del Pensamiento Económico. Volumen II: La economía clásica. Madrid: Unión Editorial, 2000; pp. 43-44.

[5] Si el capital pierde la función de medio para convertirse en fin, se desvirtúa. El fin es el crecimiento del valor para el hombre de las realidades materiales. Los bienes de capital, incluso el capital genéricamente considerado, son causas instrumentales en la consecución de aquel efecto. El predominio de la causa eficiente sobre la material y la instrumental es una constante en cada reflexión sobre las causas del crecimiento económico del valor.

[6] Para los teóricos austriacos, la  Ciencia Económica se concibe como una teoría de la acción más que de la decisión, y ésta es una de las características que más les diferencian de sus colegas neoclásicos. En efecto, el concepto de acción humana engloba y supera con mucho al concepto de decisión individual. En primer lugar, para los austriacos el concepto relevante de acción incluye, no sólo el hipotético proceso de decisión en un entorno de conocimiento “dado” sobre los fines y los medios, sino, sobre todo, y esto es lo más importante, “la percepción misma del sistema de fines y medios” en el seno del cual tiene lugar la asignación económica que, con carácter excluyente, estudian los neoclásicos. Jesús Huerta de Soto,  Nuevos Estudios de Economía Política, Nueva Biblioteca de la Libertad, 30, (Unión Editorial, S.A., Madrid, 2002)  pp. 25-26

[7] Otro punto de gran importancia para lo que sigue, y que es bastante obvio si miramos nuestro diagrama, aunque con frecuencia ha sido ignorado en las discusiones actuales, es el hecho de que lo que generalmente se denomina el equipo capital de la sociedad   —el total de productos intermedios en nuestro gráfico— no es una magnitud que una vez que surge necesariamente perdura para siempre, independientemente de las decisiones humanas. Más bien al contrario: el que la estructura de la producción permanezca sin cambios depende completamente de si los empresarios comprueban que es rentable reinvertir la proporción habitual del rendimiento de la venta del producto de sus etapas productivas respectivas en la producción de los mismos bienes intermedios. Y el que esto sea o no rentable depende de los precios obtenidos por el producto de esa etapa productiva en particular, por un lado, y los precios pagados por los medios originales de producción y por los productos intermedios tomados de etapas productivas anteriores, por esotro. La continuación del nivel de organización capitalista existente depende, en consecuencia, de los precios pagados y obtenidos por el producto de cada etapa de la producción, con lo que estos precios son un factor muy importante en la determinación de la dirección de la producción. Hayek, F.A., precios y producción. Una explicación de las crisis de las economías capitalistas (Madrid: Unión Editorial, 1996) p. 57.

[8] MENGER: Principios de economía política, cit., p.55).

[9] MENGER: op. cit., p. 52.

[10] Las verdades parciales de los fisiócratas y de las teorías del valor­-trabajo van configurando la versión cooperativa de los tres factores de producción de Say: la naturaleza, el capital y el trabajo; o la versión, más sintética, de trabajo y capital.

El trabajo del hombre productivo y la acción de las fuerzas natu­rales (tierra, aire, sol, etc.) son las fuerzas originarias del valor de los bienes.

La separación del capital y de los bienes naturales nunca ha que­dado clara en la literatura económica, ya que los recursos naturales se pueden considerar como instrumentos, en cuyo caso se incluirían como capital o, en otra perspectiva, los bienes de capital físico, por proceder de los recursos naturales, se consideran, a su vez, conse­cuencia de ellos. En ambos casos se tiende a simplificar distinguien­do entre capital físico (tierra y bienes de capital) y capital humano (trabajo).

[11] Adam Smith explicaba ya cómo la productividad del trabajo, mo­tor de desarrollo fundamental, se aumenta a consecuencia de un incremento o mejora de las máquinas o herramientas que les facilitan y abrevian el trabajo. También para una división y distribución más apropiadas de las actividades se precisa un capital adicional. SMITH, A., Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, FCE, México 1982, p. 310

[12] Los teóricos de la fructificación y de la productividad resaltan la capacidad productiva inherente al capital, independientemente del trabajo. Tienden a diseccionar los valores entre los producidos por el capital y los producidos por el trabajo. En cualquier caso, convie­ne distinguir las teorías de la productividad más toscas, que atribu­yen al capital una virtud directamente creadora del valor, como si estuviese dotado de una capacidad mágica de insuflar valor a sus productos, de aquellas otras más reflexivas que conciben la produc­tividad del capital como una productividad de tipo físico.

Entre los autores más reflexivos y consecuentes nos encontramos con la lista indicada anteriormente. Entre los que mantienen unas teorías más toscas de la productividad del capital podemos citar, además de Say, a los alemanes Schön, Riedel, Roscher y Kleinmächter, a los franceses Rossi, Molinari, Garnier y Leroy-Beaulieu y al italiano Scialoja. Para mayores precisiones sobre las teorías de la productividad del capital, recomendamos las obras de Schön, Riedel, Roscher, Kleinmächter, Rossi, Molinari, etc., tratados ampliamente por Böhm-Bawerk.

A estas teorías más simples se les puede aplicar la crítica de Böhm-Bawerk de que no puede hablarse, razonando estrictamente, de producción de valor. El valor ni se produce ni puede producirse, según estas apreciaciones, porque lo que se produce no son más que formas, estructuras de materia, cosas concretas y determinadas, mer­cancías. Estas mercancías tienen valor, pero el capital sólo produce las cosas, no los valores.

Las teorías de la productividad del capital afirman con naturali­dad en ocasiones que éste, gracias a su capacidad innata, crea el valor, con lo que vuelven a tomar el todo por la parte. El capital se puede considerar como una causa del valor pero no la causa.

Al capital se le asigna la virtud de ser fuerza sustitutiva del traba­jo y justificar con ello la capacidad innata y maravillosa de crear valor, de crear plusvalía, pero por muchos circunloquios que se pre­tendan, se vuelve a caer en el reduccionismo de querer encontrar una única causa de la creación de valor.

El autor, José Juan Franch Meneu, es Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Autónoma de Madrid y Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU en Madrid. Ha sido  Profesor de Economía durante más de 30 años en la Universidad Autónoma de Madrid impartiendo las asignaturas de Principios de Economía Política, Análisis Económico del Derecho, Competencia y Progreso Económico,  así como Regulación y Desregulación óptima en Economía en el Máster  de postgrado sobre Desarrollo Económico y Políticas Públicas. Estuvo desde el 6 de marzo de 1999 hasta el 6 de marzo de 2004, como Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia del Reino de España. De su obra científica cabe resaltar los libros Fundamentos del Valor Económico, Justicia y Economía (Hayek y la Escuela de Salamanca) y La Fuerza Económica de la Libertad. Ha colaborado así mismo con un capítulo en los libros colectivos La Dimensión Ética de las Instituciones y los Mercados Financieros y en El Nuevo Derecho Comunitario y Español de la Competencia. Es miembro de la European Business Ethics Network (EBEN). Excelente divulgador y comentarista de temas económicos, ha escrito cientos de artículos y comentarios en la Prensa diaria especializada. También en la prensa internacional.

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Índice

1.- El trabajo humano como acción e interacción complementaria.

2.- Los instrumentos de capital que potencian la capacidad transformadora del trabajo humano.

3.- Variedad complementaria del trabajo y de los bienes de capital.

4.- Productividad tecnológica creciente.

Citas en imágenes

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TRABAJO EN RED Y PRODUCTIVIDAD TECNOLÓGICA CRECIENTE

Índice

1.- El trabajo humano como acción e interacción complementaria.

2.- Los instrumentos de capital que potencian la capacidad transformadora del trabajo humano.

3.- Variedad complementaria del trabajo y de los bienes de capital.

4.- Productividad tecnológica creciente.

Citas en imágenes

[1] Este ensayo breve forma parte del capítulo II del libro Expansión microeconómica en red pendiente de publicar. 

El autor, José Juan Franch Meneu, es Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Autónoma de Madrid y Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU en Madrid. Ha sido  Profesor de Economía durante más de 30 años en la Universidad Autónoma de Madrid impartiendo las asignaturas de Principios de Economía Política, Análisis Económico del Derecho, Competencia y Progreso Económico,  así como Regulación y Desregulación óptima en Economía en el Máster  de postgrado sobre Desarrollo Económico y Políticas Públicas. Estuvo desde el 6 de marzo de 1999 hasta el 6 de marzo de 2004, como Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia del Reino de España. De su obra científica cabe resaltar los libros Fundamentos del Valor Económico, Justicia y Economía (Hayek y la Escuela de Salamanca) y La Fuerza Económica de la Libertad. Ha colaborado así mismo con un capítulo en los libros colectivos La Dimensión Ética de las Instituciones y los Mercados Financieros y en El Nuevo Derecho Comunitario y Español de la Competencia. Es miembro de la European Business Ethics Network (EBEN). Excelente divulgador y comentarista de temas económicos, ha escrito cientos de artículos y comentarios en la Prensa diaria especializada. También en la prensa internacional.

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1.- El trabajo humano como acción e interacción complementaria.

2.- Los instrumentos de capital que potencian la capacidad transformadora del trabajo humano.

3.- Variedad complementaria del trabajo y de los bienes de capital.

4.- Productividad tecnológica creciente.

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