La riqueza de la variedad inmensa del Universo – Capítulo 3 – REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA

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REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA

 Capítulo 3

La riqueza de la variedad inmensa del Universo.

Si antes decíamos que todos los recursos en su variedad  se suelen clasificar en tres grandes grupos concatenados siempre -Tierra, Trabajo y Capital- ahora debemos fijarnos en la variedad y en las grandes diferencias que existen en los recursos que englobamos en cada uno de esos tres grandes grupos. Pero al encorsetarlos en los tres tipos de conjuntos escondemos su variedad.

Lo singular precede y funda, en la realidad, a lo universal. Respecto al mundo que se nos muestra ante nosotros, la realidad verdadera no hay que buscarla «fuera» de él, sino dentro de él, en las sustancias singulares como las piedras, las plantas, los hombres… que cada uno encuentra en la vida cotidiana.[1]  .

Y en esa vida cotidiana todo es plural y variado. Pluralidad[2] y variedad en la Tierra, en el Trabajo, y variedad plural en los instrumentos de Capital y en el Capital financiero.

Fijemos la atención primero en la Tierra otra vez. El sentido común nos enseña a descubrir que toda la inmensidad de ese factor productivo Tierra  que acabamos de esbozar en el apartado anterior está integrado por multitud de realidades variadísimas.

La teoría de la ley natural descansa sobre la intuición fundamental de que ser necesariamente significa ser algo, esto es, una cosa o sustancia particular y concreta. No existe el Ser abstracto. Por tanto, todo lo que hay, existe, o es, todo ente, es siempre algo particular, ya sea una piedra, un gato o un árbol. Es un dato empírico, además, que en el universo existe más de una sola clase de cosas; de hecho, hay miles, millones de clases de cosas, cada cual con su particular conjunto de propiedades o atributos propios, su propia naturaleza, aquella que la distingue de otras clases de cosas. Una piedra, un gato, un olmo cada uno tiene su naturaleza particular, una naturaleza que el hombre puede descubrir, estudiar, identificar.[3]

La Tierra no es monocolor sino abiertamente multicolor y multifacética. Están allí integradas realidades  que son en sí y no en otras, es decir entidades que los clásicos llamaban substanciales[4]. Al ser ciencia práctica y realista es muy importante la lógica[5] y la metafísica en Economía. Esas entidades substanciales[6] a las que nos referíamos  son lo esencial subsistente[7] y sustrato de los accidentes[8]. Su variedad es enorme. Y también en ese Universo calidoscópico están presentes a su vez las entidades accidentales[9] que son en otros y no en sí. Es decir que necesitan siempre un sustrato en el que asentarse.  Esas realidades que están indefectiblemente unidas a otras sustanciales se dividen en los diversos tipos de accidentes[10]. En toda esa inmensidad universal se observan substancias individuales o partes de ellas  y también agregados de substancias. Asentados en ellas coexisten una amplia gama de accidentes con intensidades cambiantes.

Consiste esencialmente en examinar primero de modo aislado cada uno de los aspectos de los sucesos complejos, pero no para dejarlos aislados o para hacer pasar por toda la realidad del fragmento que ha sido aislado por el pensamiento, sino para recomponer a continuación la totalidad completa a partir de cada una de las partes claramente comprendidas. Se trata, en cierto modo, de un “marchar separadamente y vencer conjuntamente”.[11]

Todos y cada uno de los accidentes están integrados al unísono en cada una de las sustancias[12] siendo inseparables de ésta. Esa unidad integrada y matizada es única pero cambiante. Y que ello sea así implica que si nos fijamos sólo en uno de los accidentes, el tiempo por ejemplo, la misma sustancia que hoy es tal, mañana –ceteris paribus de los demás accidentes- será un algo distinto aunque sólo varíe el factor tiempo. Lo mismo ocurrirá si mantenemos constantes los demás accidentes y hacemos variar el espacio. No es lo mismo cualquier bien de producción o de consumo aquí o allí. De hecho son distintos –únicos- y por lo tanto serán valorados de forma diferente, incluso por la misma persona. Es por lo tanto un error metodológico grave –también y especialmente en Economía- tratar de pasar el rodillo de la uniformidad sobre esa inmensa y compleja variedad planetaria y universal.

Se suele hablar de nueve géneros de accidentes que determinan a la sustancia de un modo radicalmente original. Son los siguientes: cantidad[13] (que se manifiesta en su extensión, magnitud, volumen,…etc.), cualidad (que hacen ser a cada cosa de tal o cual modo como por ejemplo el color, la figura, determinada capacidad de actuar…etc.), relación (determina a un ser por referencia a otro: fraternidad, filiación, valor económico como referencia de algo a las preferencias de quien valora,…etc), ubi (es decir el dónde o la localización: ese estar algo o alguien aquí o allí), la posición o situs (modo de estar en ese lugar)[14], la posesión o habitus (tener o poseer algo contiguo o inmediato como por ejemplo estar vestido, llevar un anillo, usar una “pda” o un teléfono móvil… etc),  el cuándo (situación temporal), la acción (principio agente de un movimiento en otro sujeto), y la pasión (que surge en los cuerpos al ser sujetos pasivos de la actividad de otros).

Por ello, dos bienes nunca son iguales, la misma manzana no es igual a la misma manzana en otro momento y lugar. Toda realidad es individual, concreta[15] y singular.[16] Y en todo ello rige el principio de identidad, el de no contradicción  y el del tercio excluso.[17]

 Una característica de ese universo real –clave en este trabajo- es la analogía. Y ello en tanto en cuanto que las notas que caracterizan a la substancia y a los accidentes  se dan efectivamente en diversas realidades pero con graduaciones, intensidades y matizaciones diversas. Podemos significar en este contexto que el acto de valorar algo –material o inmaterial- dos o varias personas es una  forma de  analogía y de unir lo distinto a través del intercambio y de la analogía de la valoración. Y así después de realizado el intercambio aquella variedad distinta en cada uno pero analógica es una diferencia enriquecida y por lo tanto creadora de valor. De valor futuro porque el pasado ya no es y todo valor está orientado siempre al futuro desde el presente real.

 Todo ello hace que la originalidad y la singularidad[18] sea una nota clave y fundamental en la naturaleza y –por lo tanto- no se debe obviar ni ocultar en nuestras aproximaciones científicas a la hora de explicar los fenómenos y los procesos económicos. En todas las decisiones e interpretaciones económicas está presente ese misterio  del rostro original y de la sorprendente coexistencia en esa gran variedad de perfiles diferentes.

[1] Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 297.

[2] El Filósofo va derecho a la solución. Si de hecho lo real está plurificado; y la esencia por su parte, como ha demostrado Platón, no es plurificable sino que permanece única e indivisible, la plurificación, en que se actualiza la realidad, no es debida a la esencia y a la forma como tales, sino a un principio distinto de ellas y que a la vez puede permanecer con respeto a ellas en aquella relación que permite tal plurificación. Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 298.

[3] Rothbard, Murray N., Historia del pensamiento económico. Vol. I. El pensamiento económico hasta Adam Smith, (Madrid: Unión editorial, 1999), p. 32.

[4] Es verdad que el objeto propio y adecuado de nuestro entendimiento son las esencias de las cosas materiales: éste es un punto básico en la gnoseología tomista. Sin embargo se mantiene el hecho de que sabemos bien poco respecto a la profunda constitución de estas esencias; todo se reduce al conocimiento más o menos aproximativo de algunas propiedades, halladas en la experiencia sensible. Entonces el conocimiento de las cosas es adecuado cuando el entendimiento logra alcanzar, en el complejo de sus propiedades, aquel aspecto o contenido profundo a partir del cual se comprenden como derivadas y al que se subordina todas las propiedades y las manifestaciones reales del ser.  Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) pp. 356-357.

comenzó con los griegos, como de costumbre. Los antiguos griegos fueron el pueblo de los primeros filósofos (philo sophia: amor a la sabiduría), de la primera gente civilizada que empleó su razón para pensar de modo sistemático y con rigor sobre el mundo que le rodeaba y para preguntarse cómo obtener y verificar ese conocimiento. Otras tribus y pueblos habían tendido a atribuir los fenómenos naturales al caprichoso arbitrio de los dioses. Una tormenta violenta, por ejemplo, se atribuía fácilmente a algo que hubiera podido enojar al dios del trueno. La forma de provocar la lluvia, o de apaciguar la violencia de los temporales, pasaba, por tanto, por descubrir qué actos humanos agradaban al dios de la lluvia o apaciguaban al dios del trueno. A tales gentes se les hubiera antojado estúpido intentar descubrir las causas naturales de la lluvia o el trueno. Lo pertinente, en su lugar, era descubrir la voluntad de los dioses correspondientes, qué pudieran querer y cómo satisfacer sus deseos.

Los griegos, por contraste, ansiosos por usar su razón —las observaciones procedentes de sus sentidos y su dominio de la lógica— para indagar el mundo y aprender sobre él, gradualmente dejaron de preocuparse por los caprichos de los dioses para ocuparse en investigar las realidades que encontraban a su alrededor. Bajo la dirección, es especial , del gran filósofo ateniense Aristóteles (384-322 a.C.), magnífico y creativo sistematizador que en épocas posteriores sería conocido como El Filósofo, los griegos elaboraron una teoría —un modo de razonar y un método de hacer ciencia— que más tarde llegaría a denominarse la ley naturalRothbard, Murria N., Historia del pensamiento económico. Vol. I. El pensamiento económico hasta Adam Smith, (Madrid: Unión editorial, 1999), p. 31.

[6] La generación consiste en producir otra sustancia de la misma naturaleza que el que la engendra. La sustancia, como sujeto, subyace al cambio. O sea, un trozo de turmalina, un clavel, un delfín, un hombre «tienen» cada uno su propia naturaleza, su modo de ser propio mientras permanezcan así, y «tienen» también su modo propio de actuar.  Rodríguez Casado, Vicente,  Orígenes del capitalismo y del socialismo contemporáneo. Madrid: Espasa-Calpe, 1981; pp. 41-42.

[7] El intento más logrado de armonizar lo universal y lo individual, sin el apoyo de la revelación divina, lo consiguió, sin duda, Aristóteles. Para él, los universales están  en el orden lógico, no en el del ser o en el ontológico, ya que se forman por abstracción. Por el contrario, el individuo se afirma en la realidad ontológica. Pero esta distinción sólo significa que el universal se entrelaza de tal modo con lo concreto, que lo particular existe individualizando una esencia abstracta.

En otras palabras, la naturaleza consiste en lo universal insito en lo concreto. Es aquella realidad íntima que hace que las cosas sean lo que son; lo inmutable que actúa como principio intrínseco del movimiento y de las operaciones del ser. La naturaleza es la sustancia, o más bien la esencia de la sustancia, ya que los accidentes carecen propiamente de esencia. Rodríguez Casado, Vicente,  Orígenes del capitalismo y del socialismo contemporáneo. Madrid: Espasa-Calpe, 1981; pp. 41-42.

[8] La esencia no consta únicamente de forma, sino también de materia por la que la esencia puede decirse inmanente a lo real; y la esencia inteligible, inmanente a lo real, no puede siquiera concebirse como constituida por la simple naturaleza «común» de las cosas, o sea, como un universal, sino como conteniendo en sí, a la manera de determinaciones positivas, lo que la realidad presenta de particular e individuado. Se sigue que no sólo la forma no puede concebirse como real sin la materia, sino que ni siquiera la esencia tiene realidad alguna más que desde y por las actualizaciones accidentales que puede recibir en la realidad. Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 303.

[9] En conclusión: la esencia real no es toda, sino sólo parte de la realidad que corresponde al ente real subsistente por naturaleza. La dualidad de materia y forma en el orden esencial, tiene por correspondencia, en el orden real, la dualidad de sustancia y accidentes. En tanto constituyen materia y forma la sustancia de o concreto en cuanto también ellas son singulares e individuales. Los accidentes reales, por otra parte, son los indicios —no decimos los constitutivos— más manifiestos de aquella singularidad más profunda; pero no serían tales si no tuviesen una proporción real con los principios sustanciales.  Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 303.

[10] En cuanto los accidentes son aspectos del individuo y éste sólo es el ente real, también  los accidentes deben ser reconducidos al ser; lo son en cuanto son concebidos en una relación de inherencia a la sustancia. De hecho, Aristóteles, en la forma más madura de su pensamiento, atribuye expresamente a los accidentes una esencia propia, distinta de la de la sustancia, pero no separada o independiente de ella. Lo que se concibe como constitutivo de la realidad accidental es por lo tanto una esencialidad inteligible, que tiene como principio interno de la propia inteligibilidad una ulterior esencialidad inteligible por sí misma: en el orden del ser real la sustancia es la realidad primaria autosuficiente; el accidente, la secundaria y dependiente.  Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 02.

[11] Von Böhm-Bawerk, Eugen. Ensayos de Teoría Económica, Volumen I, La Teoría Económica. Unión Editorial – Madrid, 1999, pág. 150.

[12] Puesto que, como se ha visto, el itinerario  de nuestro pensamiento sigue un orden inverso al que tienen los seres de la naturaleza y conocemos los seres sensibles antes que los inmateriales que son subsistentes per se y causa de los sensibles y, más aún, éstos no nos serían conocidos si antes no tuviésemos conocimiento de aquéllos; así, primero conocemos los accidentes de la sustancia y de ésta no podemos tener ni formarnos idea alguna independientemente de aquéllos.  Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 302.

[13] Ese accidente cantidad es uno de los prioritarios y en él se basa la visión cuantitativa de la Economía. Pero como los accidentes siempre son inherentes a las substanciases un error considerar todo lo relativo a la cantidad como en abstracto como flotando de forma subsistente y como si se les diera entidad propia consecuencia del materialismo y positivismo.

[14] Es el modo de estar en el lugar: sentado, de pie, de rodillas, tumbado. Se distingue del ubi porque hace referencia a la disposición interna de las partes del cuerpo localizado; se puede estar en un mismo lugar en distintas posiciones. Tomás Alvira,… pp. 67-68

[15] «Nuestros bienes materiales y su utilidad, nuestros capitales-cosas y su acción productiva forman realmente parte de la esfera material, aun cuando no se hallen reducidos a ella; idealizarlos no es ayudar a comprenderlos, sino, por el contrario, falsearlos». BÓHM-BAWERK, op. cit., p. 510.

[16] Los Naturalistas y Demócrito reducían sin residuos la realidad a la materia (átomos) y a sus determinaciones exteriores (movimiento, número, figura, posición…); Platón se había quedado totalmente en la forma, cerrándose en un concepto de lo real no menos arbitrario y unilateral. La posición aristotélica, en cuanto que se opone a ambas, considera precisamente a la materia como fundamento real de la forma y la forma como inmanente a la materia; sostiene además, y en consecuencia, que la esencia resulta de la síntesis unitaria de materia y forma y es a esta síntesis a la que se refieren los elementos de la definición. Entonces pueden denominarse «sustancias» tanto la materia como la forma, así como el sínolo de ambas, y también lo universal expresado por la definición. Sin embargo no del mismo modo y con el mismo derecho, porque lo universal, como tal , sólo es real en cuanto se considera realizado, o sea, existente en lo singular, y tanto la materia como la forma no existen más que en el sínolo, siendo inconcebible para cada una un cierto grado de realidad fuera del mutuo darse de la una a la otra en la constitución de lo concreto que es lo único que existe verdaderamente.  Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 299.

 [17] Para los filósofos aristotélicos, la lógica no era una disciplina espada y aislada, sino parte integral de la ley natural. El proceso básico de identificar entidades condujo, en la lógica clásica o aristotélica, a la ley o principio de identidad: algo es lo que es, una cosa no puede ser a la vez algo distinto de lo que es: a es a.

Se sigue de esto que una entidad no puede ser la negación de sí misma. Dicho de otro modo, es lo que se enuncia en la ley o principio de no-contradicción: algo no puede ser ala vez y bajo el mismo aspecto a y no-a, a no es ni puede ser no-a.

Por último, en un mundo con numerosas clases de entidades como el nuestro, cualquier cosa ha de ser a o no-a; esto es, nada puede ser y no ser a la vez la misma cosa, ambas simultáneamente. Es lo que enuncia el conocido tercer principio de la lógica clásica, el principio de tercio excluso: todo lo que existe en el universo es a, y no es a, entonces es no-a, pero no cable un estatuto intermedio entre a y no-a.Rothbard, Murria N., Historia del pensamiento económico. Vol. I. El pensamiento económico hasta Adam Smith, (Madrid: Unión editorial, 1999), pp. 32-33.

[18] No habiendo llegado a concebir la posibilidad de que un principio diferente de la forma pudiese tener una función ontológica complementaria con ella, cual principio constitutivo de la singularidad y multiplicidad. El Platonismo no logró darse cuenta del valor que debía asumir, para el conocimiento de la esencia misma, la referencia al ser concreto actual; y la esencia platónica, porque sólo era forma, permaneció cerrada y extraña al ser: Aristóteles, bastante antes que Varisco, había observado que lo universal, como universal, puesto en el plano de la realidad, es un absurdo.

El absurdo desaparece cuando, aprehendido el carácter de realidad inmediata que compete a lo singular y el significado positivo que asume la singularidad respecto a la universalidad, se sostiene que el principio, que hace a la forma singular, no puede ser extraño a la constitución de la sustancia, sino que se dice no menos intrínseco a ella que la misma forma. Dado que la especie de los seres naturales no existe realmente más que en los individuos, la referencia al principio de plurificación no es menos necesaria que la referencia a aquel principio formal de unificación para la comprensión de la estructura de lo real. Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978)  pp. 298-299.

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REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA – CAPÍTULO 2.- La Tierra como factor productivo fundante del valor económico.

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REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA 

CAPÍTULO 2

La Tierra como factor productivo fundante del valor económico.

 

Es un lugar común –y no por ello deja de sorprender y resulta incluso enigmático- que toda la variedad de recursos económicos se clasifique en tres grandes grupos concatenados siempre: Tierra, Trabajo y Capital. La riqueza de la variedad está omnipresente en cada uno de los tres grandes grupos clásicos.[1] Al encorsetar todas esas variadísimos realidades en conjuntos homogéneos escondemos su fecunda variedad: la de la Tierra, la variedad del Trabajo y la de los instrumentos de Capital.

En esa clásica tríada de factores de producción quisiera resaltar ahora en primer lugar la importancia de todo aquello que los economistas englobamos en ese primer grupo y reflexionar sobre su contribución básica, peculiar y fundante en la creación y acrecentamiento del valor económico. En Economía es absolutamente primordial referirse siempre de alguna forma a la realidad del Universo como factor productivo fundamental. Es habitual referirse a él con el término Tierra. Conviene detenernos a reflexionar y estudiar qué es lo que englobamos en ese inmenso y poderoso factor productivo[2]. Vayamos a la experiencia.

… el método ‘exacto’ -que yo preferiría denominar ‘aislante’-, recomendado por Menger junto con el método ‘empírico-realista’, no es, en absoluto, puramente especulativo o aempírico, sino que busca y encuentra en la experiencia su sólido fundamento.[3]

Cuando hablamos de Tierra nos referimos a la tierra de superficie con toda la variedad de sus estribaciones y también al subsuelo[4] y al cielo;  a los ríos y a los  mares con toda su inmensidad aún desconocida en tantos aspectos; a las fuerzas naturales, a los vientos, lluvias y a los  demás fenómenos meteorológicos; a los animales y las plantas, a los minerales…etc. Hoy en día ya hay que hablar también de otros planetas a los que poco a poco se puede acceder o al menos conocer. Ya podemos sustituir el término Tierra por el de Universo. Nos referimos en definitiva a todo el reino mineral, vegetal y animal, a todo el reino material universal.  A todo aquello con lo que la humanidad se encuentra en la naturaleza generación tras generación y que no ha sido creado y producido por ella pero que está a su disposición y dominio. 

Prácticamente todas las definiciones de Economía hacen referencia de forma expresa o tácita, directa o indirecta a las realidades materiales[5], y siempre que hablamos de producción[6] de una u otra forma nos estamos refiriendo a bienes materiales o a bienes inmateriales o espirituales  que necesitan de una u otra forma de los materiales[7].

Este proceso, este método, necesario para la supervivencia y la prosperidad del hombre en la tierra, ha sido a menudo ridiculizado como excesiva o exclusivamente “materialista”. Pero debe quedar bien en claro que lo que acontece en esta actividad específicamente humana es una fusión de “espíritu” y materia: la mente humana, al utilizar las ideas que ha aprendido, dirige su energía transformadora y remodeladora de la materia por caminos que sustentan y elevan sus necesidades y su vida misma. Al fondo de todo bien “producido”, al fondo de toda transformación de los recursos naturales efectuada por el hombre, hay una idea que dirige el esfuerzo, hay una manifestación del espíritu[8].

 Y, así,  aunque la producción hace referencia al valor y se mide muchas veces en unidades monetarias, la interpretación materialista y cuantitativa  siempre está presente en todo lo que afecta a la producción, es decir al crecimiento económico, en tanto en cuanto aumento o disminución de la misma. La lógica decantación materialista también está presente en la interpretación primaria de los recursos. Cuando se hace referencia por ejemplo a la teoría de la producción[9] y a si se utilizan la totalidad de los recursos de un país o algunos permanecen ociosos; cuando hablamos de procesos productivos o de no desperdiciar recursos tan escasos; o cuando nos preguntamos qué producir o con qué métodos de producción se obtienen los distintos bienes; cuando hablamos de fuentes productivas o investigamos la oferta de bienes producidos y cómo se distribuye esa oferta entre los individuos que componen la sociedad siempre nos estamos remitiendo de una u otra forma a ese factor productivo Tierra tan diverso y tan rico en características fundantes del valor económico.

Se puede decir que la Tierra en tanto en cuanto potencia pasiva de los bienes materiales es la causa materio-formal[10] del valor porque la causa material es aquello de lo cual y en lo cual se hace algo. Sin la materia no cabría la posibilidad de producir ni de obtener nada. Las fuerzas de la naturaleza son las auténticamente producti­vas decían los fisiócratas. La humanidad, con su trabajo[11], tan sólo logra transformar la mate­ria, pero nunca puede producirla[12]. La falta de profundización en estos aspectos llevó a un simplismo erróneo de estos aspectos y así,  para algunos autores, la agricultura se constituía en el primordial sector de actividad productiva en todo el sistema económico[13].

Pese al reduccionismo de la teoría del valor fisiocrática, su insis­tencia en la productividad innata de los recursos naturales dejó cons­tancia de su importancia como causa material del valor en el resto del pensamiento económico. Aunque otras teorías resaltaron la rele­vancia del valor-trabajo o las teorías del uso la importancia de las finalidades subjetivas en la consideración del valor, siempre quedó latente[14] la verdad parcial de que el valor de las cosas tiene una refe­rencia imprescindible a los recursos naturales[15] como fuente gratuita originaria del valor económico[16].

El valor económico está de alguna forma inserto en el bien, necesita esos bienes para que las valoraciones  que se hacen sobre ellos no tengan una existencia meramente ficticia[17] sino que tengan una entidad capaz de surtir los efectos que pretendemos y que pensamos que nos servirán. Los valores  económicos de verdad – los que en la vida práctica nos interesan- no permanecen flotando en el ambiente[18] . Esos serían o son meramente virtuales e imaginarios. Locuras del momento. Las realidades materiales englobadas en el factor Tierra  tienen una potencia pasiva[19] en la que se apoya la relación real del valor.

 (La necesidad radical de los recursos naturales se fundamenta en que la materia, por ser posibilidad, es decir potencia, resulta ser algo inacabado e  indefinido y por lo tanto  abierto a distintas alternativas de nuevos productos. Esa indeterminación se acaba cuando el hombre, con su trabajo y en uso de su libertad y ejercitando su racionalidad actúa sobre una de esas posibles realizaciones. Quiere ello decir que a lo largo de todo el proceso de producción podemos transformar los productos pero no podemos crearlos. Necesitamos  produc­tos que ya sean. Hay una característica fundamental de los recursos naturales que no les ha sido dada por el hombre y que éste la necesita siempre para crear valor económico. Esa característica es su rea­lidad, esto es: su ser[20]. Esa realidad no se la puede dar el ser humano pero para él es absolutamente imprescindible.)

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(Por ser el valor una relación real, no imaginada, no solamente pensada, la materia es causa, aunque pasiva, del valor económico. Para producir un efecto material se necesita siempre contar con una materia en la que ese efecto preexista de algún modo. Es el sujeto que permanece a través de todos los cambios recibiendo en sí las formas que dan origen a las diversas realidades materiales. Es pura potencia pasiva, desprovista de toda actividad, incapaz de subsistir si no es actualizada. Es absolutamente indeterminada, y por eso pue­de entrar a formar parte de un sinfín de seres materiales en cada uno de los cuales obtiene una configuración diversa.

Pero ese principio o causa de todos los entes materiales siempre lo encontramos unido a alguna forma que lo configura. Esas formas son causas con respecto a su materia. El hombre se encuentra con sustancias materia-formales diversas que son a su vez causas materia­les de otras. El proceso de transformación de unas realidades materio-formales en otras, ordenado y coordinado sobre la base del acrecentamiento de su valor, de su utilidad, de su humanización, tiene como causa material[21] los recursos que el hombre se encuentra gratui­tamente en la naturaleza[22] sin su intervención. A este conjunto de recursos naturales es a lo que llamamos factor de producción Tierra. Su papel en la teoría del valor es importante, pero no exclusivo.)

[1] Suelo, trabajo y capital son bienes de producción complementarios. Su precio, o lo que es lo mismo, la cuantía de la renta, del salario y de los intereses del capital, resulta sencillamente de la combinación de las leyes que rigen el valor de los bienes de producción, por un lado, y de los bienes complementarios, por otro. Von Böhm-Bawerk, Eugen. Ensayos de Teoría Económica, Volumen I, La Teoría Económica. Unión Editorial – Madrid, 1999, pág. 222.

[2] El hombre estudia el mundo examinando cosas, identificando clases de cosas similares que clasifica en categorías según su naturaleza y propiedades características. Si vemos un gato que se acerca por la calle, podemos de inmediato incluirlo en el conjunto de cosas, o animales, llamado «gatos», cuya naturaleza ya ha sido descubierta y analizada previamente. Rothbard, Murray N., Historia del pensamiento económico. Vol. I. El pensamiento económico hasta Adam Smith, (Madrid: Unión editorial, 1999), p. 32

[3] Von Böhm-Bawerk, Eugen. Ensayos de Teoría Económica, Volumen I, La Teoría Económica. Unión Editorial – Madrid, 1999, pág. 209.

[4] El hombre ha podido acelerar el crecimiento material gracias a la conquista y explotación del subsuelo. La base de las actividades hu­manas, que anteriormente se limitaba al suelo como fuente de las fuerzas biológicas, se ha ampliado y potenciado. La insistencia fisio­crática en la tierra como único sector auténticamente productivo am­pliaba su campo de acción. La actividad agrícola era la única activi­dad productiva, porque era la única en que el producto obtenido era muy superior al equivalente del trabajo humano invertido gracias al concurso gratuito de las fuerzas naturales. En nuestra civilización, no sólo los agricultores, sino los obreros y artesanos de la industria y también el sector servicios, trabajan con la colaboración gratuita de fuerzas extraídas de  la  naturaleza,  del  subsuelo en vez del suelo, de la materia inerte, más que de la biológica, de la materia inanimada antes latente y desconocida y ahora activada. Gracias a la mayor contribución de la causa material, la productividad se ha ampliado notablemente. Las actividades industriales y de servicios se han he­cho productivas, en el sentido fisiocrático, gracias a la intervención de los dones gratuitos de la naturaleza. 52-53

[5] Lowe afirmaba en 1965 que La Economía atiende a la provisión de los medios materiales.Marshall  en sus Principios de Economía definía la Economía como el estudio de las actividades del hombre en los actos corrientes de la vida; examina aquella parte de la acción individual y social que está íntimamente relacionada con la consecución y uso de los requisitos materiales del bienestar. Así, pues, es, por una parte, un estudio de la riqueza, y, por otra -siendo ésta la más importante-, un aspecto del estudio del hombre. Robbins por su parte, en Un ensayo sobre la naturaleza y significación de  la ciencia económica la definió como la ciencia que estudia el comportamiento humano como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos.  Hoffner, insistiendo en el para qué, en los fines, la definía como el conjunto de instituciones y procedimientos para cubrir de modo ordenado, duradero y seguro las necesidades humanas de bienes y servicios escasos, que posibilitan al individuo y a las unidades sociales el desarrollo exigido por la naturaleza del hombre, en cuanto ser individual y social.

 [6] Crusoe debe producir antes de poder consumir. Sólo respetando esta secuencia le es posible el consumo. En este proceso de producción, de transformación, el hombre moldea y modifica el entorno natural para sus propios fines, en lugar de verse simplemente determinado, como los animales, por este entorno. Murray N. Rothbard, La ética de la libertad Pág. 61.

[7] Podemos decir que todo producto terminado tiene una depen­dencia de los semiterminados y éstos de los originarios no produci­dos. El factor tierra, los recursos naturales no producidos por el hombre, son la causa material de la aparición e incremento del valor económico. Por estar adherido al sujeto origen, el valor tiene una dependencia en cuanto a sus principios intrínsecos constitutivos.

Para alcanzar el producto acabado en términos de valor hay que partir de los recursos naturales, no producidos, pero dispuestos para ser utilizados por el hombre. La tierra es principio potencial pasivo de toda mercancía y por tanto de toda relación real de valor. La tierra contiene en sí los productos terminados como potencia pasiva, como posibilidad de ser, como mera capacidad. La tierra realiza la función de sujeto receptivo de las sucesivas formas de los productos intermedios hasta llegar al final.

[8] Murray N. Rothbard, La ética de la libertad, Pág. 62.

[9] «La ilusión de poderes ilimitados, alimentada por los asombrosos adelantos científicos y técnicos, ha producido como consecuencia la ilusión de haber resuelto el problema de la producción. Esta ilusión está basada en la incapacidad para distinguir lo que es renta y lo que es capital, justo donde esta distinción importa más…: allí donde se trata del capital irreemplazable que el hombre no ha creado sino simplemente descubierto y sin el cual nada puede hacer.» Y añade Schumacher: «Uno de los más funestos errores de nuestra época consiste en creer que el problema de la producción se ha resuelto» SCHUMACHER, Lo pequeño es hermoso, Hermann Blume, Madrid 1978, pp.13-14.

[10] Para todo este apartado se puede consultar el capítulo II de Franch, Fundamentos del valor económico, que lleva por título: “La Tierra como causa material del valor”.

[11] Las realidades materiales tienen en sí, en su misma estructura, determinadas capacidades de satisfacer objetivos humanos, determi­nadas idoneidades. La realidad material tiene «vocación» humana, está creada de tal forma que mantiene en su mismo ser una expecta­tiva de humanización, de servicio a los requerimientos de la naturale­za humana. El hombre, con su inteligencia, capta, descubre, esas expectativas y con su actividad, trabajo, las hace realidad.

[12] No es lógico tratar de crecimiento económico haciendo abstrac­ción, como muchas veces se hace, de las condiciones físicas. La con­tinua insistencia teórica sobre el trabajo como fuente del valor consi­gue crear la convicción de que el flujo de bienes depende únicamen­te del trabajo humano, con una perfecta independencia del medio natural. Como mucho, la naturaleza se presenta como terreno de conquista violenta, no de dominio inteligente. Hay que tener en cuenta la variable ecológica en ese dominio sobre lo natural.

[13] Los fisiócratas, con Quesnay y Mirabeau al frente, razonaron so­bre estas premisas afirmando la preponderancia del factor tierra: «De un grano salen varios granos y de una vaca varios terneros, pero de la tela de una camisa no se obtiene más que una camisa, y por lo tanto no hay produit net o excedente». 1

 Si se caía en la tentación de confundir creación física con crea­ción económica, era evidente que la agricultura se convirtiera en el único sector productivo. El  origen  y  la medida del valor de las cosas están en la tierra o en el grano como su producto más esencial. El valor de cualquier cosa se mediría por la cantidad de tierra necesaria para producirla. La agricultura se convierte en piedra angular del Tableau economique de los fisiócratas. A la tierra sólo se le devuelve parte de su producción, es explotada; el excedente sería su «plusva­lía». Sólo el tipo de cambio tecnológico que ahorrará tierra permiti­ría el aumento del excedente.

 La teoría del valor de los fisiócratas es una teoría del valor-tierra. Si aplicamos al Tableau economique las tablas input-output de Leon­tief, la agricultura aparece como el único sector que crea valor añadi­do. La fuente que alimenta y genera el flujo circular de riqueza es la fecundidad de la naturaleza. La industria y todos los procesos de manufacturación fueron considerados como estériles. El valor no era más que la expresión monetaria de la cantidad de materia prima englobada en un producto y cada trabajador no puede añadir al producto más que el valor de los medios de subsistencia por él con­sumidos. 2

 [15] Dice Bertrand de Jouvenel: «La gran mutación que me obsesiona es el tránsito de las fuerzas biológicas a las fuerzas físicas… La materia se consideraba pasiva; pero es esta nueva pasividad  la que se convierte en  nueva fuente de movimiento: una revo­lución en la idea humana de naturaleza.

Ni el ingenio chino ni, más próximo a nosotros, el ingenio italiano del siglo XVI fueron capaces de poner al servicio de su inventiva las fuerzas liberadas de la mate­ria,» (La civilización de la potencia, Editorial Magisterio Español, pp. 20-21).

«La especie humana, que ya poseía la soberanía del reino animal, franqueó los límites que la fuerza biológica ponía a sus proyectos y se lanzó a empresas inauditas para las que creía contar con posibili­dades ilimitadas. Esta desaparición de los límites ha modificado no sólo la existencia y las instituciones humanas,  sino el espíritu, la con­ciencia que la especie humana tiene de sí misma». DE ]OUVENEL, op. cit., p. 31.

[16] El uso inadecuado de los recursos naturales ha resucitado en los últimos tiempos la preponderancia, ya antigua, del factor de produc­ción tierra en la causación del valor. Pero su exacta dimensión pasa por la reflexión del significado que tiene como causa material de la producción.

Ni podemos caer en un desprecio subjetivista que olvida que no basta con meras intenciones, sino que hay que materializar el valor, ni tampoco caer en una exaltación exclusivista que olvide la necesaria contribución de las demás causas del valor.

[17] Algo tiene que poseer en sí el bien para poder ser llamado bien, algo no dado por el hombre cuya necesidad en último término tiende a satisfacer. La idoneidad, la utilidad, el servicio, tiene un fundamen­to en la misma realidad que consideramos. El hombre sólo las descu­bre. Si no fuera así, no cabría distinción entre bienes reales y bienes imaginarios que el mismo Menger define. En los bienes imaginarios sí que es el hombre el que atribuye a la cosa un valor que no tiene realmente. Le atribuye una propiedad que no es intrínseca a la cosa.

[18] En nuestro sofisticado sistema de intercambios, en el que el valor se expresa mediante el valor de cambio, el dinero, medio de cambio universal, se convierte en medida del valor. Esta tendencia habitual exigida para la mayor flexibilidad de los intercambios, tiene el peli­gro, si no se está sobre aviso, de fomentar el vicio mental de pensar tan sólo en términos de dinero y de abstraer, por lo tanto, el valor de las mismas realidades materiales. En lugar de mirar la realidad en términos concretos, se separa el valor de ella para juntado con otros valores abstraídos para expresado en términos de dinero. Resulta contraproducente que la propia ciencia económica, que tiene como objeto las realidades materiales y que debería destacar su contribu­ción al valor, contribuya a extender este error, que puede resultar grave en sus consecuencias. El peligro de reducir todo a común de­nominador monetario consiste en que puede hacer olvidar los obstá­culos naturales tanto de la tierra como del trabajo e incluso de los bienes de capital.

 [19] Esas expectativas de humanización que la materia posee han sido realzadas con la inventiva occidental europea a partir del descubri­miento de Watt, en 1769, de la máquina de vapor, que permitió la multiplicación de maquinaria, cada vez más sofisticada, que se nutría de la materia inanimada. Los recursos naturales no biológicos se presentaban como fuentes poderosísimas de energía al servicio de los objetivos humanos. Ese tránsito de las fuerzas biológicas a las físicas ha hecho descubrir el enorme poder encerrado en la nueva pasividad de la materia. Nunca antes se llegó tan lejos en el recono­cimiento y aprovechamiento de las fuerzas liberadas de la materia. La idea humana de la naturaleza experimentaba con ello una decisiva revolución

[20] Tengo sobre mi mesa un reloj digital marca japonesa, color plateado y esfera azul, con correa también plateada, de forma redonda y determinado peso. Pues bien, puedo pensar un reloj digital exactamente igual a éste que tengo sobre mi mesa, del mismo color plateado y esfera azul, con correa también plateada, de la misma forma redonda y del mismo peso, con exactamente los mismos materiales. La diferencia entre ese reloj pensado, exactamente igual, y el que tengo encima de mi mesa es su realidad, su ser. Esa realidad no se la puede dar el hombre. El hombre se encuentra con esa realidad en los recursos naturales. Éstos le son imprescindibles.

[21] Por la importancia que la tierra tiene como causa material pasiva del valor económico es por lo que abogamos por un cuidado especial de esa riqueza inconmensurable, gratuita y pasiva que alocadamente podemos desmejorar e incluso destruir haciendo un uso pernicioso de esa pasividad. 8

[22] Es conveniente plantearse, con serenidad lógica, los errores de enfoque en el tratamiento de la causa material del valor, de forma que pueda ser proyectada la continuidad a largo plazo del incremen­to humano de la riqueza material, sin incurrir en absurdos. Las solu­ciones apuntan, incluso, hacia un nuevo estilo de vida, con métodos renovados de producción y modelos diferentes de consumo orienta­dos hacia la permanencia, en lugar de estar en continua tensión bus­cando el espejismo de lo efímero.

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REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA – CAPÍTULO 1.- Sobre la naturaleza de la riqueza y de la pobreza.

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REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA

CAPÍTULO 1

Sobre la naturaleza de la riqueza y de la pobreza.

La economía es una ciencia radicalmente necesaria para todos. Y ello es así porque la actividad económica es una tozuda necesidad cotidiana[1] que encuentra su fundamento en otras muchas variadas exigencias concretas  -no inventadas, sino reales- que la naturaleza humana manifiesta diariamente y a lo largo de toda nuestra vida. Siempre estamos en tensión de mejora económica. Los apremios sentidos por cada uno nos mueven a actuar para eliminarlos. Y teniendo en cuenta las características peculiares de la persona –y que son[2] las que son[3]– la actuación humana generalizada se dirige hacia los bienes materiales[4], consciente de que allí se encuentra el material para solventar esos apremios y esas inquietudes.

Siempre hemos sabido y todos sabemos que necesitamos continuamente de bienes[5] diversos y proporcionados para conseguir mejorar en ese intento renovado de alcanzar una cierta plenitud de vida. Nos son imprescindibles para sobrevivir[6] en un primer nivel de urgencia y también son necesarios para vivir con cierta normalidad y estabilidad[7]. También aquellos que pretenden conseguir un mayor grado de sofisticación en ese vivir cotidiano saben que tienen que recurrir a ellos para poder conseguirlo.  Queramos o no dependemos de las realidades materiales –tal y como son[8] en la graduación de sus características- con las que la humanidad se encuentra generación tras generación en la naturaleza y que no han sido creadas por ella pero si transformadas y adaptadas aplicando su trabajo y su saber en orden a conseguir un más adecuado progreso en su caminar terreno. También dependemos de las realidades materiales para la consecución de bienes inmateriales[9] y espirituales como la música, el estudio o la misma actividad investigadora[10] por ejemplo. Toda la humanidad tiene una relación de dependencia con respecto a esa riqueza[11] inabarcable del universo de la naturaleza en toda su variedad del reino mineral, vegetal y animal[12].

 Como hecho natural, Crusoe es dueño y propietario de sí mismo y de la extensión de sí mismo dentro del mundo material. Nada más y nada menos[13].

El correlato de esa relación de dependencia es la relación[14] de conveniencia[15] idónea[16] que toda esa inmensa riqueza natural –que los economistas englobamos simplonamente en el concepto de factor productivo Tierra- tiene respecto a los apremios, preferencias y necesidades o aspiraciones humanas[17]. Esa relación de conveniencia no es una regla meramente cuantitativa, no es puramente matemática; no es exacto que 1 + 1 = 2.  Keynes comentaba sobre Marshall:

Marshall vivía todo eso con una vehemencia que no era compartida por todos sus alumnos. Las matemáticas preliminares eran para él un juego de niños. Su deseo era entrar en el vasto laboratorio del mundo, escuchar su estruendo y distinguir las diferentes notas, (…)[18]

En la economía real, no teórica, la norma es la norma que nos marcan los apremios de la naturaleza humana[19] y, por tanto, la única lógica es la lógica de la naturaleza humana. Esa norma y esa lógica marcan las dosis, combinaciones, formas, calidades y medidas de los distintos bienes y servicios; y a producir esos bienes y servicios últimos con esas dosis, combinaciones, formas, calidades, proporciones y medidas se adecuan los distintos medios de producción[20] en cada etapa productiva.

Una primera y más directa consecuencia de lo anterior es que el importante concepto de productividad económica tiene mucho que ver –en sí mismo considerado- con la proporción humana y por lo tanto con el crecimiento proporcionado[21]. Si la riqueza no es algo puramente material[22] sino que es una relación de conveniencia a los objetivos humanamente considerados por cada uno de los protagonistas de forma subjetiva la productividad tendrá que ser medida por ese incremento de relación proporcionada.

Luego el núcleo fundamental de la actividad económica práctica y teórica no es otro que tratar de incrementar y mejorar esa relación de conveniencia a la persona humana[23] de las realidades materiales[24] que están a nuestra disposición en cada momento. Eso entiendo que es la riqueza y eso entiendo que es –por lo tanto- el  valor[25] económico[26]: una relación real [27]de conveniencia última[28], complementaria, concreta y futura de los  bienes  valorados a los  objetivos –también complementarios, presentes y futuros-   de los  usuarios finales.

Así lo hemos definido otras veces y sobre ello entiendo que no se ha investigado aún lo suficiente. En concreto no se ha analizado con suficiente interés y profundidad esa característica de la realidad material natural y de la realidad de la persona humana que es su variedad complementaria siempre cambiante, interdependiente  e inabarcable. Ello implica un sin fin de consecuencias sobre las valoraciones que cotidianamente hacen miles de millones de personas distribuidas por toda la geografía. Luego todo ello afecta continuamente a ese lenguaje de la economía que es el sistema de precios en los distintos mercados libres cada vez más interdependientes. A través de ese sistema de precios todos estamos continuamente valorando[29] y estimando el futuro con el gran dinamismo que hace posible el cálculo económico.  Esa variedad complementaria en competencia dinámica genera una productividad creciente en valor y ha sido siempre, es y casi con toda certeza seguirá siendo –incluso aún con más relevancia- el motor del progreso y del desarrollo económico.

[1] Marshall  en sus Principios de Economía definía la Economía como el estudio de las actividades del hombre en los actos corrientes de la vida; examina aquella parte de la acción individual y social que està íntimamente relacionada con la consecución y uso de los requisitos materiales del bienestar. Así, pues, es, por una parte, un estudio de la riqueza, y, por otra -siendo ésta la màs importante-, un aspecto del estudio del hombre.

 [2] Si la concreción original de los distintos bienes reales es una característica predominante en la consideración del valor, mucho más lo es la concreción del sujeto término humano del valor. Se hace necesario profundizar en la riqueza original de esa concreción, sin hacer abstracciones simplistas de su naturaleza y sin establecer modelos de comportamiento humano generalizados y homogéneos que nos distancian de la concreta individualidad de cada ser humano.

[3] «en todos estos asuntos (los economistas) consideran al hombre tal cual es, no como un ente económico abstracto, sino como un ser de carne y hueso». MARSHALL, Principios de Economía, Aguilar, Madrid 1963, p.24.

[4] «Lo primordial, a nuestro entender, es la comprensión de la conexión causal entre los bienes y la satisfacción de las necesidades humanas y de la relación causal más o menos directa de los primeros respecto a las segundas». MENGER, op. cit., p. 53.

[5]  «Para que una cosa se convierta en bien, o, dicho con otras pala­bras, para que alcance la cualidad de bien, deben confluir las cuatro condiciones siguientes:

  1. Una necesidad humana.

  2. Que la cosa tenga tales cualidades que la capaciten para mantener una rela­ción o conexión causal con la satisfacción de dicha necesidad.

  3. Conocimiento, por parte del hombre, de esta relación causal.

  4. Poder de disposición sobre la cosa, de tal modo que pueda ser utilizada de hecho para la satisfacción de la mencionada necesidad» MENGER; (op. cit., p. 48).

[6] Daniel Defoe nos relata los pensamientos de Robinson Crusoe, único superviviente del naufragio de su barco, al llegar a «su» isla, y que tantas veces ha sido utilizado por los economistas para expresar sus ideas con sencillez en una situación de actividad humana aislada:

«Pensé que mi situación era horrorosa; porque estaba mojado y no tenía ropas para secarme; sentía apetito y no disponía de nada para comer; estaba sediento y no tenía nada que beber; me hallaba débil y no contaba con qué fortalecerme… La noche se echaba encima y empecé a meditar cuál sería mi suerte si aquella tierra cobijaba animales feroces… El único remedio a todo eso era encaramarse a un árbol de espeso ramaje semejante a: un abeto, pero espinoso, que se alzaba allí cerca y en el que decidí pasar toda la noche… Me alejé un cuarto de milla de la playa en busca de agua dulce para beber, y tuve la suerte de encontrada, lo cual me produjo gran contento». DEFOE, Robinson Crusoe, Orbis, Barcelona 1988, p. 40.

[7] La mejora primero se prevé, pero en la misma obra de Defoe se manifiesta su logro, alcanzando una situación más desahogada y su deseo de estabilizarla. Robinson comenta: «No empleaba ya el tiempo en cosas vanas y a veces pesarosas, sino que quise dedicarlo en adelante a introducir en aquel género de vida todas las mejoras posibles». DEFOE, op. cit., pp. 40-56

[8] «Los economistas somos muy aficionados a desligar nuestras categorías científicas de  la vulgar base material sobre la que se revelan en la realidad, para elevadas al rango de ideales libres y con existencia propia. El “valor” de los bienes, por ejemplo, se nos antoja algo demasiado noble para estar adherido siempre a bienes materiales, como encarnación suya. En vista de ello, libramos al valor de esa envoltura indigna y lo convertimos en un ser con existencia propia, que sigue sus propios caminos, independiente y hasta contrario a la suerte de su vil portador. Hacemos que el “valor” sea vendido sin el bien y que el bien se enajene sin su “valor”; hacemos que los bienes se destruyan y que su “valor” perviva y, por el contrario, que los “valores” perezcan sin que sus portadores sufran detrimento alguno. Y consideramos también algo demasiado simple aplicar la categoría de capital a un montón de bienes materiales. En vista de ello, desligamos esa categoría de estos bienes y convertimos el capital en algo que flota sobre los bienes y que sobrevive aunque las cosas que lo forman desaparezcan». BOHM-BAWERK, Capital e interés, FCE, México 1986, p. 509.

[9] En primer lugar y frente a Smith, Say apunta que todo trabajo es «productivo», no sólo el incorporado a los objetos materiales. En efecto, Say observa brillantemente que todos los servicios de los factores de producción, ya sea la tierra, el trabajo o el capital, son  inmateriales, aun cuando pudieran manifestarse en un objeto material. En suma, los factores aportan servicios inmateriales al proceso de producción. Dicho proceso, tal y como señaló Say por vez primera, no es la «creación» de productos materiales. El hombre no puede crear la materia; sólo puede transformarla en diferentes formas y moles con el fin de satisfacer más plenamente sus necesidades. La producción es este mismo proceso de transformación. De acuerdo con el sentido de dicha transformación, todo trabajo es productivo «porque concurre en la creación de un producto», o dicho de modo metafórico, en la creación de «utilidades». Si, como puede suceder, se ha consumido trabajo sin ningún beneficio final, entonces el resultado es un error: «capricho o despilfarro en la persona que aporta» el trabajo.  Murray N. Rothbard., Historia del Pensamiento Económico. Volumen II: La economía clásica. Madrid: Unión Editorial, 2000; p. 41.

[10] Como el ser humano es un compuesto intrínsecamente interdependiente de materia y espíritu resulta que, como escribía Millán Puelles en Economía y Libertad, para alcanzar objetivos inmateriales, como por ejemplo la investigación científica o el disfrute de la música, necesita de mediación de objetos materiales; y al revés, incluso en la satisfacción de sus necesidades más materiales se inmiscuye un cierto acento inmaterial, estético por ejemplo.

[11] Los bienes a valorar  están en un extremo y las necesidades y objetivos humanos en otro. En economía un extremo se estudia en cuanto referido al otro. El valor es, por tanto, una relación y, en concreto, una relación de conveniencia.

Es una relación entre sustancias, entre el resto de sustancias y los seres humanos. Si falla alguno de los extremos, la relación no existe y el valor económico desaparece. Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.

[12] «a aquellas cosas que tienen la virtud de poder entrar en relación causal con la satisfacción de las necesida­des humanas las llamamos utilidades, cosas útiles». MENGER, op. cit., p. 47.

[13] Murray N. Rothbard, La ética de la libertad Pág. 67.

[14] Jevons fija el modo de ser de la utilidad en una relación: «Quizá sea más exacto describirla como, tal vez, una circunstancia de las cosas que surge de su relación con las necesidades humanas». JEVONS, The Principies o/ Economics, Augustus M. Kelley, Nueva York 1965, p.53.

[15] Esa dependencia del hombre con respecto a las cosas materiales es la raíz del valor económico. Esa relación de dependencia del hombre da lugar a que surja, recíprocamente, una relación real de conveniencia de las cosas materiales al hombre: «Resulta ahora claro que la existencia de necesidades humanas insatisfechas es la condición de todas y cada una de las Güterqualitä­ten, de donde se deriva el principio de que los bienes pierden su Güterqualität tan pronto como desaparecen las necesidades para cuya satisfacción servían dichos bienes».  Menger. op. cit., p.18

[16] El concepto de idoneidad implica el concepto de lo mejor, lo más útil, lo más eficaz; mejoría y máximo que no tiene en sí el concepto de utilidad y que al referirse a términos económicos, de elección entre varias alternativas con maximización de outputs y minimización de inputs, es importante. Lo idóneo implica lo más útil si ultimamos el concepto de utilidad, lo más eficaz si ultimamos el concepto de eficacia, lo más bello si ultimamos la belleza.

[17] El valor económico es la utilidad o mejor idoneidad de los bienes, y por tanto, consustancial a ellos, pero a su vez es una relación. El valor económico, en cuanto relación, es una ordenación de una cosa a otra. Una orde­nación, en último término, de una cosa al hombre, a sus necesidades, a sus objetivos. No tiene otro ser que el de dirigirse a su término; es la mera orientación hacia el hombre, es un «hacia el hombre», una tensión.

[18] Keynes, John Maynard, Ensayos biográficos. Políticos y economistas. Barcelona: crítica, 1992; pp. 198-199.

[19] En síntesis, el valor de los factores viene determinado por el valor de sus productos, el cual es conferido a su vez por las valoraciones y demandas del consumidor. Para Say y para los austriacos tardíos la cadena causal discurre de las valoraciones del consumidor hacia los precios de los bienes de consumo, y de ahí hacia la formación de los precios de los factores de producción (es decir, hacia los costes de producción). Por el contrario, la cadena causal smithiana, y en particular la ricardiana, parte del coste de producción, en concreto del coste del trabajo, y discurre hacia los precios de los bienes de consumo.  Murray N. Rothbard., Historia del Pensamiento Económico. Volumen II: La economía clásica. Madrid: Unión Editorial, 2000; p. 42.

[20] Conduce a posible error por ejemplo el propio nombre de  Producto Nacional Bruto. En vez de hablar de valor del producto, simplificamos diciendo producto. Parece, entonces, que el P N B es una medida de la producción física de bienes, cuando, en realidad, hablamos del valor, expresado en valores de cambio de  los bienes producidos. Puede incluso aumentar la producción cuantitati­va, física, de bienes y no aumentar sino disminuir su valor de cambio o su utilidad subjetiva expresada por sus precios o viceversa. Lo importante es la proporción y no lo es tanto el crecer en términos de mercancías físicas, sino que  lo importante empieza a ser en muchas ocasiones la calidad, la adaptación mayor o menor a los fines de quienes valoran o de quienes ya poseen determinados bienes. No se trata tanto de producir más, sino de producir mejor y usarlo de forma más idónea.

[21] El crecimiento en términos de producción física no necesariamente lleva al crecimiento del valor económi­co como relación de conveniencia de las realidades materiales al hombre. El crecimiento es un rasgo esencial de la vida y, en este sentido, todo el mundo cree en él. Pero la cuestión principal es darle a la idea de crecimiento una determinación cualitativa en la que muchas cosas debieran crecer y muchas otras disminuir. El punto central, a la hora de hablar de progreso es determinar cualitativamente qué es lo que determina y significa el progreso.

[22] Martín Niño, con respecto a estas visiones de la economía, señala que “Las dos objeciones fundamentales son el hecho de que no sólo los bienes materiales contribuyen al bienestar de los hombres, y el que el concepto de riqueza es equívoco, puesto que no puede referirse a las mismas cosas en todos los tiempos y lugares, sino que únicamente tiene sentido en función de la valoraciones que establezcan los consumidores.” Sin una adecuada explicación del significado de riqueza o de bienestar material se cae, en todo este tipo de definiciones, en la limitación de la Ciencia Económica al estudio de las necesidades materiales cuando vemos que existen acciones humanas “económicas” que tienden a satisfacer necesidades inmateriales o cubren un aspecto no material de la riqueza, como pueden ser, por ejemplo, la actividad de un camarero o la de una empleada doméstica.

[23] Al ser una relación real, afecta intrínsecamente a la sustancia valorada determinándola por referencia a la persona humana. El valor económico posee una esencia propia que determina a la sustancia de un modo original.

Por ello se puede afirmar que el valor es a la vez una realidad y una noción. Es realidad en cuanto se identifica absolutamente con la realidad del objeto que valoramos (con respecto a una cualidad o propiedad del ser en cuestión). Su realidad coincide con el objeto a valorar; si dicho objeto se destruye, desaparecerá, a su vez, su valor. La valía de algo conviene al hombre que la valora, que la estima, y esa relación de conveniencia es captada por la inteligencia, pero no creada por ella. El valor económico que tiene su fundamento en la realidad de la cosa valorada no se ordena realmente a la inteligencia o a la voluntad del hombre, sino, al revés, son la inteligencia y la voluntad del hombre las que se ordenan al descubrimiento del auténtico valor económico. El valor no depende de nuestro conocimiento ni de nuestra voluntad, ya que las cosas valen en la medida en que tienen realidad, no en cuanto que son conocidas o apetecidas.

El valor económico, por lo tanto, no se crea, sino que se descubre. Descubriendo esa capacidad de relación humana que tienen las distintas cosas, el hombre trata de reconducir y extraer esas capacidades que se dirigen hacia el cumplimiento de las finalidades humanas.

[24] La dirección de la relación en que consiste el valor es desde los bienes materiales hacia el hombre, y no al revés. Los fines están en primer lugar. Si cambiamos el orden de prioridades en la relación en vez de revalorizar la realidad, nos desvalorizamos nosotros. En vez de aumentar el grado de humanización de las mercancías, aumenta el grado de materialización de los humanos.

[25] El valor económico no es ni el sujeto de la relación ni su término, sino algo por lo que aquél se orienta a éste. El valor de algo podemos decir que es su grado de humanidad. Su capacidad de servir al hom­bre, de serle útil.

De una mesa podemos decir que es alta, que es blanca, que pesa mucho, que está en el comedor, que está entera…; y también pode­mos decir que es útil, que tiene determinado valor, que es estimable. El valor económico es algo, en definitiva, que predicamos de las cosas con referencia, en relación, al hombre.

Las distintas cosas que componen el universo no constituyen pie­zas aisladas, sino que forman entre ellas una complicada red de inte­rrelaciones diversísimas: unas son semejantes a otras, unas son efecto de otras, unas dependen de otras, unas están más coordinadas entre sí que otras, etc. Cuanto más coordinadas con los objetivos humanos estén, más valor tienen; cuanto más posibilidades de coordinación, mayor relación tendrán.

El valor económico, al ser una relación, no afecta a la cosa que valoramos según lo que es en sí misma, sino que es simplemente una «referencia al» hombre. Es un ser hacia el hombre o un ser respecto al hombre. Es como un salir de sí hacia otro que en último término siempre es un ser humano. El valor económico es un puro «respecto al hombre», pero que no condiciona su ser en la actualidad. Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.

[26] Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.

[27] El valor económico es una relación real, no de razón. Está fundamentada en la realidad del objeto origen, de los objetos complementarios y en la del sujeto término. Si uno de los extremos no es real, sino imaginado, no existe valor. No es una relación de razón, no es una relación entre conceptos, ni una relación entre extremos irreales. Es una relación fáctica en cuanto se fundamenta en seres reales. Los entes reales se diferencian de los entes de razón en que aquéllos tienen verdadera entidad, mientras que los entes de razón son meros entes pensados, sin densidad óntica, como dirían los filósofos. En este sentido, el valor económico tiene una existencia comprobable por cuanto los sujetos inicial, complementario y final de la relación son entes materiales.

Por ello no se puede afirmar que los valores económicos sean simples formas subjetivas, mentales, meramente pensadas para enlazar fenómenos de experiencia, sino que, por el contrario, constituyen formas reales ligadas a la captación de objetos reales. El valor econó­mico va ligado necesariamente a las cosas reales. No es algo en sí,  sino  que  es  una  afección,  un  modo  de  ser de éstas y por tanto no existe sin ellas. Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.

[28] Esa relación real de conveniencia está insita en el sujeto origen, pero implica un «respecto» al sujeto término, y, por tanto, la utilidad de algo tiene siempre una referencia última a dicho sujeto. La valoración de los distintos medios de producción, por ejemplo, siempre tiene una referencia última a los bienes de consumo final.

Un producto terminado tiene un valor mayor que otro inacabado porque tiene un mayor grado de relación con el hombre. Los pro­ductos intermedios tienen un valor derivado del valor de los productos terminados que ayudan a producir. En el desarrollo del proceso ambos se encuentran supeditados entre sí ya que «la necesidad de bienes de orden elevado se halla condicionada por nuestras necesidades de bienes de primer orden». (MENGER, op. cit., p. 35). Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.

[29] En las respuestas a tres grandes preguntas sintetiza Enrique Fuentes Quintana la valoración práctica para intentar juzgar la efica­cia con que funcionan los diversos sistemas económicos: «1) ¿Cómo han valorado -con arreglo a qué criterios- los diversos economis­tas la administración de los recursos escasos de la sociedad humana? 2) ¿Puede contribuirse con estos criterios valorativos utilizados por los economistas al hallazgo de una mejor organización de la convi­vencia económica? 3) Finalmente, ¿son científicamente admisibles los criterios de valoración utilizados, y, si es así, cómo pueden con­trastarse?». FUENTES QUINTANA, E., Prólogo a Teorías de la Economía del Bienestar, de Myint, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1962, p. VIII.

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