4.1.- Población y ecología humana – Apartado 1 – Capítulo IV – SOBRE LA POBLACIÓN, LA ECOLOGÍA  Y LOS RECURSOS – CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES.

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CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES.

ÍNDICE

SOBRE LA POBLACIÓN, LA ECOLOGÍA  Y LOS RECURSOS 

Capítulo IV

Apartado 1 

 Población y ecología humana

          No es necesario calentarse la cabeza con intensidad para llegar  a la evidente conclusión de que cuanto ocurre sobre la superficie de una región, de un país o de la totalidad del planeta Tierra se refleja en el número, estructura y calidad diversa de su población. Si, además, miramos hacia el futuro, todo ese galimatías real de complejas circunstancias que concurren en los diversos grupos humanos que componen ese país se despliega en el porvenir repercutiendo de mil modos en la historia y las características de las generaciones sucesivas. No es nada sorprendente entonces que grandes pensadores afirmen que de todas las ciencias sociales la más importante es la Demografía. La Demografía trata y reflexiona sobre el acontecer de la vida humana, y la vida humana se gesta en la familia.

          Sin embargo, en las teorías macroeconómicas generalmente aceptadas, los procesos circulares input-output, donde el nuevo output se convierte en bien intermedio y en input para una nueva unidad económica, quedan truncados precisamente en la familia. Los consumos familiares, siguiendo a Carl Menger,[1] fundador de la cada vez más influyente Escuela Austríaca, se convierten en bienes de primer orden, es decir en bienes finales que transmiten derivadamente su valor a los bienes intermedios de segundo, tercer, cuarto orden…etc. Quedan ordenados así los distintos bienes según la relación causal respecto a los bienes de primer orden.

          Esa conexión entre los diversos bienes para dar el idóneo cumplimiento a las necesidades, aspiraciones y objetivos humanos, se convierte en la tarea económica primordial. Toda la ordenación productiva queda marcada y valorada en el último estadio de consumo donde los individuos, exclusivamente en cuanto consumidores, operan basándose en sus propias y originales escalas de preferencias, es decir, en sus apreciaciones y aspiraciones singulares. La utilidad marginal decreciente opera en estas demandas variables individuales y, también por la vía marginal, se establece el cómo valorar y justipreciar, a través de su productividad marginal, la contribución de cada uno de los factores productivos de órdenes superiores.

          La complementariedad entre los distintos bienes intermedios y su capacidad para ser transformados en otros de órdenes inferiores, resulta vital para crecer en la riqueza de opciones demandadas. Un bien de orden superior que esté integrado en el factor productivo Tierra sólo podrá denominarse con propiedad bien económico si se puede conjugar con un específico tipo de trabajo humano y con la ayuda de los instrumentos de capital idóneos para transformarse en un bien inferior más cercano a la satisfacción de necesidades consumidoras. Si, además de su capacidad para ser transformado, no hay disponible el trabajo humano necesario, desaparecerá su cualidad de bien económico. Al menos en esas determinadas circunstancias de lugar y tiempo.

          En todo este razonamiento el trabajo se suele considerar como un factor productivo más y se le aplican los mismos criterios y planteamientos economicistas, estáticos y materiales que al factor Tierra o al factor Capital. Con un reduccionismo inaceptable se supone dado de forma homogénea y cuantitativamente estable derivada del crecimiento o descenso de la población activa. Pero si de lo que se trata es de dar una mejor respuesta a las necesidades y aspiraciones humanas, el trabajo no se puede considerar un factor productivo más sino  que debe ser  el factor por antonomasia que necesariamente tiene que estar activamente presente en todos los estadios del proceso productivo. Y ello tanto si hablamos del sector primario agrícola como del sector secundario industrial como, especialmente, del sector servicios. El trabajo como afirmaba Von Mises es el factor radicalmente más escaso. Si de lo que trata el proceso económico es de la humanización de las condiciones de vida, el trabajo humano es el requisito radicalmente imprescindible.

          El trabajo además no es homogéneo, ni es estático, ni está dado en cantidad ni sobre todo en calidad. El trabajo se forja especialmente en la familia. No sólo en el amplio período educativo sino también en los cada vez más amplios períodos llamados de ocio y tiempo libre que existen en la vida normal profesional. Con la decisiva influencia de la informática y las comunicaciones es creciente además la posibilidad de realizar muchas tareas profesionales en el hogar sin desplazarse al lugar formal de trabajo. El diseño y organización idónea de actividades en el ámbito familiar resulta decisivo para la formación y mejor prestación de los servicios laborales.

          En esa tarea creativa “empresarial” que se realiza en  el ámbito doméstico pueden ponerse en acción muchos hábitos operativos éticamente positivos como por ejemplo: 1) el temple y el dominio personal y familiar que implica una cierta ordenación razonable en las diversas actividades hacia lo que se considera que es lo mejor; 2) la austeridad creadora que evita a las personas caer por completo en lo material fortaleciendo la voluntad y aumentando la libertad para conseguir su plenitud humana personal y profesional; 3) la firmeza y fortaleza de ánimo  para acometer proyectos de vida positivos manteniendo cotidianamente la constancia en el esfuerzo; 4) la mentalidad y actividad emprendedora que se la ha apropiado la empresa con carácter exclusivo y privativo cuando es el rasgo vital definitorio de todo sujeto económico que trata de hacer rendir al máximo sus recursos humanos; 5) la justicia en cuanto disposición cotidiana que inclina de modo firme y permanente a dar a cada uno lo suyo; o 6) en fin, el sentido común prudente que no deja de ser audaz y que consiste en ese hábito intelectual que nos indica la medida idónea del actuar en cada caso concreto.

          En los razonamientos habituales se considera que los bienes comprados por las economías domésticas en los mercados proporcionan satisfacción y utilidad por sí mismos y directamente. Pocas veces se investiga con más profundidad cómo circulan y son utilizados esos bienes en la familia una vez comprados. Puede resultar más realista y fructífero en ese ámbito “empresarial” del hogar suponer, al estilo en que lo hace Gary Becker,[2] pero sin utilizar su cuantificación en funciones de utilidad, que el tiempo, el medio ambiente humano relacional y los diferentes bienes de consumo adquiridos en los mercados son a su vez factores de producción, inputs, que son usados para la obtención de otras “mercancías” que a su vez acaban potenciando la mejor vivencia y la actividad del factor humano. Es decir que en el ecosistema multipersonal del hogar, los bienes de consumo y el tiempo, se convierten en materias primas necesarias para incorporar valor añadido al factor humano y repercutir positivamente en su despliegue posterior en las correspondientes actividades profesionales en el ámbito de la empresa. El mundo empresarial debería ser el primer interesado en ese idóneo aprovechamiento del tiempo y de los bienes escasos en el mundo familiar.

          Se cierra así el círculo productivo en espiral creciente de valor añadido entre los bienes y servicios producidos en el ámbito empresarial y los bienes y servicios producidos en el hogar que repercuten especialmente en la mejora en cantidad y calidad del capital humano de la sociedad. Todo bien de consumo será más o menos valioso en tanto en cuanto sea utilizado para conseguir capacidad de generar riqueza en el futuro a través del trabajo humano. Y todo trabajo, sea en horario empresarial o en horario familiar, será más o menos valioso también según su capacidad operativa de generar más o menos riqueza material y humana a su alrededor en el futuro.

          Desde estos puntos de vista queda patente, y adquiere plena vigencia, la moderna teoría de la población de Hayek que plantea nítidamente en su último libro La fatal arrogancia: A medida que se intensifican los procesos de intercambio y se perfeccionan los medios de comunicación y transporte, el aumento demográfico no puede sino resultar favorable a la evolución económica, ya que favorece una más acusada diversidad laboral y una aún más elaborada diferenciación y especialización, todo lo cual sitúa a la sociedad ante la posibilidad de aprovechar recursos económicos antes inexistentes y elevar así notablemente la productividad del sistema. La aparición de nuevas habilidades laborales, sean éstas de índole natural o adquirida, equivale, de hecho, al descubrimiento de nuevos recursos económicos, muchos de los cuales pueden gozar de carácter complementario en relación con otras líneas de producción, lo cual experimenta una ulterior potenciación debido a la natural tendencia de las gentes a aprender y practicar esas nuevas habilidades, puesto que ello les facilita el acceso a superiores niveles de vida. Cualquier zona más densamente poblada puede, por añadidura, recurrir a tecnologías que no hubieran sido aplicables de haber estado la región menos habitada.[3]

          La familia, en lógica consecuencia de la teoría de la población hayekiana, en cuanto que es generadora y conformadora de vidas futuras, se convierte en la célula básica y nuclear de todo el proceso de desarrollo económico en nuestra compleja civilización del conocimiento. La expansión demográfica puede así iniciar procesos de ininterrumpida aceleración hasta constituirse en el factor que fundamentalmente condicione cualquier ulterior avance de la civilización, en sus aspectos materiales o espirituales.[4]

[1] Menger, Carl, Principios de economía política (Madrid: Unión Editorial, 2.ª ed. 1997), cap. 1.

[2] Becker, Gary, Tratado sobre la familia (Madrid: Alianza Editorial, 1987).

[3] Hayek, F.A., La fatal arrogancia (Madrid: Unión Editorial, 2.ª ed. en Obras Completas de F.A. Hayek, 1997), p. 345-346.

[4] Hayek, F.A., La fatal arrogancia (Madrid: Unión Editorial, 2.ª ed. en Obras Completas de F.A. Hayek, 1997), p. 346.

CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES.

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La riqueza de la variedad inmensa del Universo – Capítulo 3 – REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA

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REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA

 Capítulo 3

La riqueza de la variedad inmensa del Universo.

Si antes decíamos que todos los recursos en su variedad  se suelen clasificar en tres grandes grupos concatenados siempre -Tierra, Trabajo y Capital- ahora debemos fijarnos en la variedad y en las grandes diferencias que existen en los recursos que englobamos en cada uno de esos tres grandes grupos. Pero al encorsetarlos en los tres tipos de conjuntos escondemos su variedad.

Lo singular precede y funda, en la realidad, a lo universal. Respecto al mundo que se nos muestra ante nosotros, la realidad verdadera no hay que buscarla «fuera» de él, sino dentro de él, en las sustancias singulares como las piedras, las plantas, los hombres… que cada uno encuentra en la vida cotidiana.[1]  .

Y en esa vida cotidiana todo es plural y variado. Pluralidad[2] y variedad en la Tierra, en el Trabajo, y variedad plural en los instrumentos de Capital y en el Capital financiero.

Fijemos la atención primero en la Tierra otra vez. El sentido común nos enseña a descubrir que toda la inmensidad de ese factor productivo Tierra  que acabamos de esbozar en el apartado anterior está integrado por multitud de realidades variadísimas.

La teoría de la ley natural descansa sobre la intuición fundamental de que ser necesariamente significa ser algo, esto es, una cosa o sustancia particular y concreta. No existe el Ser abstracto. Por tanto, todo lo que hay, existe, o es, todo ente, es siempre algo particular, ya sea una piedra, un gato o un árbol. Es un dato empírico, además, que en el universo existe más de una sola clase de cosas; de hecho, hay miles, millones de clases de cosas, cada cual con su particular conjunto de propiedades o atributos propios, su propia naturaleza, aquella que la distingue de otras clases de cosas. Una piedra, un gato, un olmo cada uno tiene su naturaleza particular, una naturaleza que el hombre puede descubrir, estudiar, identificar.[3]

La Tierra no es monocolor sino abiertamente multicolor y multifacética. Están allí integradas realidades  que son en sí y no en otras, es decir entidades que los clásicos llamaban substanciales[4]. Al ser ciencia práctica y realista es muy importante la lógica[5] y la metafísica en Economía. Esas entidades substanciales[6] a las que nos referíamos  son lo esencial subsistente[7] y sustrato de los accidentes[8]. Su variedad es enorme. Y también en ese Universo calidoscópico están presentes a su vez las entidades accidentales[9] que son en otros y no en sí. Es decir que necesitan siempre un sustrato en el que asentarse.  Esas realidades que están indefectiblemente unidas a otras sustanciales se dividen en los diversos tipos de accidentes[10]. En toda esa inmensidad universal se observan substancias individuales o partes de ellas  y también agregados de substancias. Asentados en ellas coexisten una amplia gama de accidentes con intensidades cambiantes.

Consiste esencialmente en examinar primero de modo aislado cada uno de los aspectos de los sucesos complejos, pero no para dejarlos aislados o para hacer pasar por toda la realidad del fragmento que ha sido aislado por el pensamiento, sino para recomponer a continuación la totalidad completa a partir de cada una de las partes claramente comprendidas. Se trata, en cierto modo, de un “marchar separadamente y vencer conjuntamente”.[11]

Todos y cada uno de los accidentes están integrados al unísono en cada una de las sustancias[12] siendo inseparables de ésta. Esa unidad integrada y matizada es única pero cambiante. Y que ello sea así implica que si nos fijamos sólo en uno de los accidentes, el tiempo por ejemplo, la misma sustancia que hoy es tal, mañana –ceteris paribus de los demás accidentes- será un algo distinto aunque sólo varíe el factor tiempo. Lo mismo ocurrirá si mantenemos constantes los demás accidentes y hacemos variar el espacio. No es lo mismo cualquier bien de producción o de consumo aquí o allí. De hecho son distintos –únicos- y por lo tanto serán valorados de forma diferente, incluso por la misma persona. Es por lo tanto un error metodológico grave –también y especialmente en Economía- tratar de pasar el rodillo de la uniformidad sobre esa inmensa y compleja variedad planetaria y universal.

Se suele hablar de nueve géneros de accidentes que determinan a la sustancia de un modo radicalmente original. Son los siguientes: cantidad[13] (que se manifiesta en su extensión, magnitud, volumen,…etc.), cualidad (que hacen ser a cada cosa de tal o cual modo como por ejemplo el color, la figura, determinada capacidad de actuar…etc.), relación (determina a un ser por referencia a otro: fraternidad, filiación, valor económico como referencia de algo a las preferencias de quien valora,…etc), ubi (es decir el dónde o la localización: ese estar algo o alguien aquí o allí), la posición o situs (modo de estar en ese lugar)[14], la posesión o habitus (tener o poseer algo contiguo o inmediato como por ejemplo estar vestido, llevar un anillo, usar una “pda” o un teléfono móvil… etc),  el cuándo (situación temporal), la acción (principio agente de un movimiento en otro sujeto), y la pasión (que surge en los cuerpos al ser sujetos pasivos de la actividad de otros).

Por ello, dos bienes nunca son iguales, la misma manzana no es igual a la misma manzana en otro momento y lugar. Toda realidad es individual, concreta[15] y singular.[16] Y en todo ello rige el principio de identidad, el de no contradicción  y el del tercio excluso.[17]

 Una característica de ese universo real –clave en este trabajo- es la analogía. Y ello en tanto en cuanto que las notas que caracterizan a la substancia y a los accidentes  se dan efectivamente en diversas realidades pero con graduaciones, intensidades y matizaciones diversas. Podemos significar en este contexto que el acto de valorar algo –material o inmaterial- dos o varias personas es una  forma de  analogía y de unir lo distinto a través del intercambio y de la analogía de la valoración. Y así después de realizado el intercambio aquella variedad distinta en cada uno pero analógica es una diferencia enriquecida y por lo tanto creadora de valor. De valor futuro porque el pasado ya no es y todo valor está orientado siempre al futuro desde el presente real.

 Todo ello hace que la originalidad y la singularidad[18] sea una nota clave y fundamental en la naturaleza y –por lo tanto- no se debe obviar ni ocultar en nuestras aproximaciones científicas a la hora de explicar los fenómenos y los procesos económicos. En todas las decisiones e interpretaciones económicas está presente ese misterio  del rostro original y de la sorprendente coexistencia en esa gran variedad de perfiles diferentes.

[1] Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 297.

[2] El Filósofo va derecho a la solución. Si de hecho lo real está plurificado; y la esencia por su parte, como ha demostrado Platón, no es plurificable sino que permanece única e indivisible, la plurificación, en que se actualiza la realidad, no es debida a la esencia y a la forma como tales, sino a un principio distinto de ellas y que a la vez puede permanecer con respeto a ellas en aquella relación que permite tal plurificación. Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 298.

[3] Rothbard, Murray N., Historia del pensamiento económico. Vol. I. El pensamiento económico hasta Adam Smith, (Madrid: Unión editorial, 1999), p. 32.

[4] Es verdad que el objeto propio y adecuado de nuestro entendimiento son las esencias de las cosas materiales: éste es un punto básico en la gnoseología tomista. Sin embargo se mantiene el hecho de que sabemos bien poco respecto a la profunda constitución de estas esencias; todo se reduce al conocimiento más o menos aproximativo de algunas propiedades, halladas en la experiencia sensible. Entonces el conocimiento de las cosas es adecuado cuando el entendimiento logra alcanzar, en el complejo de sus propiedades, aquel aspecto o contenido profundo a partir del cual se comprenden como derivadas y al que se subordina todas las propiedades y las manifestaciones reales del ser.  Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) pp. 356-357.

comenzó con los griegos, como de costumbre. Los antiguos griegos fueron el pueblo de los primeros filósofos (philo sophia: amor a la sabiduría), de la primera gente civilizada que empleó su razón para pensar de modo sistemático y con rigor sobre el mundo que le rodeaba y para preguntarse cómo obtener y verificar ese conocimiento. Otras tribus y pueblos habían tendido a atribuir los fenómenos naturales al caprichoso arbitrio de los dioses. Una tormenta violenta, por ejemplo, se atribuía fácilmente a algo que hubiera podido enojar al dios del trueno. La forma de provocar la lluvia, o de apaciguar la violencia de los temporales, pasaba, por tanto, por descubrir qué actos humanos agradaban al dios de la lluvia o apaciguaban al dios del trueno. A tales gentes se les hubiera antojado estúpido intentar descubrir las causas naturales de la lluvia o el trueno. Lo pertinente, en su lugar, era descubrir la voluntad de los dioses correspondientes, qué pudieran querer y cómo satisfacer sus deseos.

Los griegos, por contraste, ansiosos por usar su razón —las observaciones procedentes de sus sentidos y su dominio de la lógica— para indagar el mundo y aprender sobre él, gradualmente dejaron de preocuparse por los caprichos de los dioses para ocuparse en investigar las realidades que encontraban a su alrededor. Bajo la dirección, es especial , del gran filósofo ateniense Aristóteles (384-322 a.C.), magnífico y creativo sistematizador que en épocas posteriores sería conocido como El Filósofo, los griegos elaboraron una teoría —un modo de razonar y un método de hacer ciencia— que más tarde llegaría a denominarse la ley naturalRothbard, Murria N., Historia del pensamiento económico. Vol. I. El pensamiento económico hasta Adam Smith, (Madrid: Unión editorial, 1999), p. 31.

[6] La generación consiste en producir otra sustancia de la misma naturaleza que el que la engendra. La sustancia, como sujeto, subyace al cambio. O sea, un trozo de turmalina, un clavel, un delfín, un hombre «tienen» cada uno su propia naturaleza, su modo de ser propio mientras permanezcan así, y «tienen» también su modo propio de actuar.  Rodríguez Casado, Vicente,  Orígenes del capitalismo y del socialismo contemporáneo. Madrid: Espasa-Calpe, 1981; pp. 41-42.

[7] El intento más logrado de armonizar lo universal y lo individual, sin el apoyo de la revelación divina, lo consiguió, sin duda, Aristóteles. Para él, los universales están  en el orden lógico, no en el del ser o en el ontológico, ya que se forman por abstracción. Por el contrario, el individuo se afirma en la realidad ontológica. Pero esta distinción sólo significa que el universal se entrelaza de tal modo con lo concreto, que lo particular existe individualizando una esencia abstracta.

En otras palabras, la naturaleza consiste en lo universal insito en lo concreto. Es aquella realidad íntima que hace que las cosas sean lo que son; lo inmutable que actúa como principio intrínseco del movimiento y de las operaciones del ser. La naturaleza es la sustancia, o más bien la esencia de la sustancia, ya que los accidentes carecen propiamente de esencia. Rodríguez Casado, Vicente,  Orígenes del capitalismo y del socialismo contemporáneo. Madrid: Espasa-Calpe, 1981; pp. 41-42.

[8] La esencia no consta únicamente de forma, sino también de materia por la que la esencia puede decirse inmanente a lo real; y la esencia inteligible, inmanente a lo real, no puede siquiera concebirse como constituida por la simple naturaleza «común» de las cosas, o sea, como un universal, sino como conteniendo en sí, a la manera de determinaciones positivas, lo que la realidad presenta de particular e individuado. Se sigue que no sólo la forma no puede concebirse como real sin la materia, sino que ni siquiera la esencia tiene realidad alguna más que desde y por las actualizaciones accidentales que puede recibir en la realidad. Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 303.

[9] En conclusión: la esencia real no es toda, sino sólo parte de la realidad que corresponde al ente real subsistente por naturaleza. La dualidad de materia y forma en el orden esencial, tiene por correspondencia, en el orden real, la dualidad de sustancia y accidentes. En tanto constituyen materia y forma la sustancia de o concreto en cuanto también ellas son singulares e individuales. Los accidentes reales, por otra parte, son los indicios —no decimos los constitutivos— más manifiestos de aquella singularidad más profunda; pero no serían tales si no tuviesen una proporción real con los principios sustanciales.  Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 303.

[10] En cuanto los accidentes son aspectos del individuo y éste sólo es el ente real, también  los accidentes deben ser reconducidos al ser; lo son en cuanto son concebidos en una relación de inherencia a la sustancia. De hecho, Aristóteles, en la forma más madura de su pensamiento, atribuye expresamente a los accidentes una esencia propia, distinta de la de la sustancia, pero no separada o independiente de ella. Lo que se concibe como constitutivo de la realidad accidental es por lo tanto una esencialidad inteligible, que tiene como principio interno de la propia inteligibilidad una ulterior esencialidad inteligible por sí misma: en el orden del ser real la sustancia es la realidad primaria autosuficiente; el accidente, la secundaria y dependiente.  Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 02.

[11] Von Böhm-Bawerk, Eugen. Ensayos de Teoría Económica, Volumen I, La Teoría Económica. Unión Editorial – Madrid, 1999, pág. 150.

[12] Puesto que, como se ha visto, el itinerario  de nuestro pensamiento sigue un orden inverso al que tienen los seres de la naturaleza y conocemos los seres sensibles antes que los inmateriales que son subsistentes per se y causa de los sensibles y, más aún, éstos no nos serían conocidos si antes no tuviésemos conocimiento de aquéllos; así, primero conocemos los accidentes de la sustancia y de ésta no podemos tener ni formarnos idea alguna independientemente de aquéllos.  Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 302.

[13] Ese accidente cantidad es uno de los prioritarios y en él se basa la visión cuantitativa de la Economía. Pero como los accidentes siempre son inherentes a las substanciases un error considerar todo lo relativo a la cantidad como en abstracto como flotando de forma subsistente y como si se les diera entidad propia consecuencia del materialismo y positivismo.

[14] Es el modo de estar en el lugar: sentado, de pie, de rodillas, tumbado. Se distingue del ubi porque hace referencia a la disposición interna de las partes del cuerpo localizado; se puede estar en un mismo lugar en distintas posiciones. Tomás Alvira,… pp. 67-68

[15] «Nuestros bienes materiales y su utilidad, nuestros capitales-cosas y su acción productiva forman realmente parte de la esfera material, aun cuando no se hallen reducidos a ella; idealizarlos no es ayudar a comprenderlos, sino, por el contrario, falsearlos». BÓHM-BAWERK, op. cit., p. 510.

[16] Los Naturalistas y Demócrito reducían sin residuos la realidad a la materia (átomos) y a sus determinaciones exteriores (movimiento, número, figura, posición…); Platón se había quedado totalmente en la forma, cerrándose en un concepto de lo real no menos arbitrario y unilateral. La posición aristotélica, en cuanto que se opone a ambas, considera precisamente a la materia como fundamento real de la forma y la forma como inmanente a la materia; sostiene además, y en consecuencia, que la esencia resulta de la síntesis unitaria de materia y forma y es a esta síntesis a la que se refieren los elementos de la definición. Entonces pueden denominarse «sustancias» tanto la materia como la forma, así como el sínolo de ambas, y también lo universal expresado por la definición. Sin embargo no del mismo modo y con el mismo derecho, porque lo universal, como tal , sólo es real en cuanto se considera realizado, o sea, existente en lo singular, y tanto la materia como la forma no existen más que en el sínolo, siendo inconcebible para cada una un cierto grado de realidad fuera del mutuo darse de la una a la otra en la constitución de lo concreto que es lo único que existe verdaderamente.  Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 299.

 [17] Para los filósofos aristotélicos, la lógica no era una disciplina espada y aislada, sino parte integral de la ley natural. El proceso básico de identificar entidades condujo, en la lógica clásica o aristotélica, a la ley o principio de identidad: algo es lo que es, una cosa no puede ser a la vez algo distinto de lo que es: a es a.

Se sigue de esto que una entidad no puede ser la negación de sí misma. Dicho de otro modo, es lo que se enuncia en la ley o principio de no-contradicción: algo no puede ser ala vez y bajo el mismo aspecto a y no-a, a no es ni puede ser no-a.

Por último, en un mundo con numerosas clases de entidades como el nuestro, cualquier cosa ha de ser a o no-a; esto es, nada puede ser y no ser a la vez la misma cosa, ambas simultáneamente. Es lo que enuncia el conocido tercer principio de la lógica clásica, el principio de tercio excluso: todo lo que existe en el universo es a, y no es a, entonces es no-a, pero no cable un estatuto intermedio entre a y no-a.Rothbard, Murria N., Historia del pensamiento económico. Vol. I. El pensamiento económico hasta Adam Smith, (Madrid: Unión editorial, 1999), pp. 32-33.

[18] No habiendo llegado a concebir la posibilidad de que un principio diferente de la forma pudiese tener una función ontológica complementaria con ella, cual principio constitutivo de la singularidad y multiplicidad. El Platonismo no logró darse cuenta del valor que debía asumir, para el conocimiento de la esencia misma, la referencia al ser concreto actual; y la esencia platónica, porque sólo era forma, permaneció cerrada y extraña al ser: Aristóteles, bastante antes que Varisco, había observado que lo universal, como universal, puesto en el plano de la realidad, es un absurdo.

El absurdo desaparece cuando, aprehendido el carácter de realidad inmediata que compete a lo singular y el significado positivo que asume la singularidad respecto a la universalidad, se sostiene que el principio, que hace a la forma singular, no puede ser extraño a la constitución de la sustancia, sino que se dice no menos intrínseco a ella que la misma forma. Dado que la especie de los seres naturales no existe realmente más que en los individuos, la referencia al principio de plurificación no es menos necesaria que la referencia a aquel principio formal de unificación para la comprensión de la estructura de lo real. Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978)  pp. 298-299.

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Población, economía, aborto y anticonceptivos – CAPÍTULO 4 – Apartado 5 – CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES.

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CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES.

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CAPÍTULO 4 – Apartado 5 

Población, economía, aborto y anticonceptivos

          Las consideraciones que se hacen a continuación no están hechas desde una perspectiva moral, ni ética, ni religiosa, ni desde luego médica, sino exclusivamente desde el punto de vista de mi conocimiento económico. Las verdades científicas además, no van de la mano de la opinión pública en muchas ocasiones. En este sentido conviene recordar que es peligroso identificar lo verdadero o conveniente con la opinión de la mayoría. Baste con recordar a Cristóbal Colón o a Galileo en el terreno técnico y científico que actuaron claramente a contra corriente de la inmensa mayoría. También se puede recordar, en el terreno político, que Hitler, con su nacional-socialismo, fue elegido democráticamente.

          Las premisas científicas respecto a la población,  la economía y los recursos anteriormente esbozadas ponen en tela de juicio,  desde el punto de vista económico, todas las políticas anticonceptivas y, no digamos ya, las políticas proabortistas por razones de angustias coyunturales o predominio del aparente bienestar personal sobre la original riqueza del futuro que ya se está gestando en el vientre materno. Me gustaría que fuese cierta la afirmación de algunos que indican que no existen partidarios de abortar. Pero las campañas proabortistas cada vez más extendidas en distintos medios, así como los niveles de abortos anuales en España y los millones a nivel internacional son pruebas empíricas incontestables que permiten poner en duda esa aseveración. El feminismo proabortista, por ejemplo, debería recapacitar. La disyuntiva no está entre la libre disposición del cuerpo de la mujer y las diferencias respecto a  las consecuencias de la  sexualidad del hombre, sino que en el aborto la disyuntiva está, con una probabilidad de al menos el 50%, entre la decisión de una mujer y la vida de otra futura mujer. Me asusta la idea (que cada vez se me presenta como más plausible pero que me gustaría que fuese un simple desvarío) según la cual, desde premisas autodenominadas “progresistas“, se  propague la ampliación del aborto y la píldora abortiva por motivos políticos electorales que puedan ocultar otros fracasos rotundos. Dirimir asuntos que tienen que ver directamente con la vida o la muerte de muchos por motivos electorales me parece sencillamente repugnante. Desarrollo económico y aborto son conceptos casi tan contradictorios como hablar de médico abortista o madre que aborta voluntariamente. Desde el mismo momento que se consuma ese acto deja de ser madre.

          Los tópicos extendidos durante décadas a nivel mundial, convergen hacia la simpleza de una interpretación de Malthus según la cual los alimentos crecerían en progresión aritmética mientras que la población, en situación económica desahogada, crecería siguiendo una progresión geométrica. Esta mentalidad malthusiana pesimista ya comentada, que reduce todo ser humano a un simple número que come, ha sido rebatida por la dinámica testaruda de los hechos: 1) El progreso tecnológico, los cultivos intensivos en capital, los descubrimientos biológicos y genéticos, la potenciación de los recursos marinos, y otros sucesivos, continuos y múltiples avances en todas las ramas científicas, han  hecho posible que los “alimentos” hayan podido crecer de forma exponencial. La falta de alimentos hoy es más problema del correcto funcionamiento del sistema económico mundial que de la falta de recursos naturales y técnicos. 2) La población en las sociedades más desarrolladas no ha crecido en progresión geométrica sino que se da el caso contrario: a mayor nivel de vida menor número de hijos.  Otros factores extraeconómicos, fundamentalmente de carácter ético y cultural, influyen mucho más decisivamente sobre las tasas de natalidad. Sigo pensando, con convicción intelectual y con datos, que la Naturaleza es generosa si sabemos dominarla y trabajarla respetando sus reglas.

          De hecho el auténtico problema demográfico para Europa, y especialmente para España, como he intentado explicar, surge de las consecuencias económico-sociales del drástico descenso de esas tasas. La población puede, si no ya extinguirse, sí envejecer y cambiar en buena parte de color. Por más reticencias que susciten los inmigrantes, hace tiempo que llegó el día en el que se hicieron imprescindibles y gracias a ellos muchas veces nos mantenemos.

          Frente a esos tópicos malthusianos, Hayek  afirma categóricamente que la generalizada opinión de que el crecimiento demográfico implica un progresivo empobrecimiento mundial es sencillamente un error.[1]  A medida que se intensifican los procesos de intercambio y se perfeccionan los medios de comunicación y de transporte, el aumento demográfico no puede resultar sino favorable a la evolución económica. La aparición de nuevas habilidades equivale al descubrimiento de nuevos recursos económicos. Se potencia así cualquier ulterior avance civilizador.

          Estas reflexiones hechas anteriormente con carácter general son aplicables a nivel familiar. Un nuevo ser humano no es únicamente una boca más para ser alimentada sino también unos brazos para poder trabajar y, sobre todo, una persona completamente original e irrepetible con capacidad de inteligencia y creatividad  novedosas que siempre compensan, tanto a nivel familiar como social, los costes y sacrificios de su cuidado material y educación posterior. Hay muchas otras formas de solucionar los problemas económicos. Incentivar estas conductas abortistas desde la legislación no tiene justificación. No la tiene desde luego desde el punto de vista de la lógica económica más moderna donde el factor más importante de desarrollo no es ni el  capital, ni la tecnología, ni los recursos materiales, sino la  realidad y capacidad siempre original y creativa del factor humano. De la misma forma que en Economía el sacrificio actual tiene sentido por el beneficio futuro esperado, el sacrificio que puede traer consigo un nuevo ser humano siempre tiene sentido por los múltiples y desconocidos beneficios futuros.

          Sobre una criatura en el vientre materno, sea de una semana, de tres o de nueve, podemos vislumbrar a tientas, con las técnicas modernas, ciertas características biológicas que se manifiestan en cada fase de la gestación. Pero lo que no podemos conocer en absoluto es lo que puede llegar a ser, lo que puede contribuir a mejorar, también económicamente, esa familia y esa sociedad. Interrumpir voluntariamente ese proceso vital, y justificar tal acción con motivos económicos, resulta ser una barbaridad intelectual, ética y económica radicalmente imposible de subsanar. La riqueza del futuro quedará para siempre incompleta. En Economía siempre se debe estar mirando a las necesidades futuras y uno de los actos más importantes es la Inversión porque, además de ser una donación libre a la sociedad sin contrapartida segura, permite estimular la producción actual y aumentar la capacidad de producción general futura. Toda Inversión en definitiva siempre consiste en un sacrificio actual que se orienta a la consecución de un beneficio futuro y que en sí mismo ya es un beneficio social. Insisto: un nuevo ser humano siempre tiene sentido por los múltiples y desconocidos beneficios futuros.

          Quisiera hacer una última reflexión en base al dato siguiente: si España tuviese la misma densidad que Bélgica podrían vivir en su patria unos 160 millones de españoles. No parece que la densidad de Bélgica sea óbice para encontrarse entre los países donde se vive más confortablemente. Pero muchos dirán ¡qué barbaridad!; con tanto paro y pobreza lo que nos faltaba. Pues sinceramente creo como Hayek y Adam Smith que ocurriría exactamente al revés. El aumento de la población aumenta las necesidades objetivas de bienes y sobre todo servicios. Crece consecuentemente su demanda y eso supone un incentivo a tratar de satisfacerlas. Toda demanda es en definitiva demanda de trabajo y el trabajo se orienta y estimula mejor si sus frutos van destinados a promocionar física e intelectualmente a quienes conocemos y vemos crecer. Las trastadas infantiles y la pureza del ingenuo vigor y alboroto juvenil producirían entonces, como por arte de encantamiento, la sacudida necesaria para la transformación del triste aburrimiento pasivo, comodón y rutinario en esperanzada alegría de vivir. No todo en economía son cifras frías y tediosas. La negación voluntaria de amor al clásico estilo multisecular de entrega, tan olvidado y despreciado, y el aborrecimiento y taponamiento consciente de la  descendencia, ayuda a que pasemos por el mundo sin más horizontes que mirar fijamente ensimismados al propio ombligo personal.        

Resumiendo: que el envejecimiento generalizado provoca depresión económica y la juventud continuada augura un nuevo y mejor renacimiento económico.

[1] Hayek, F.A., La fatal arrogancia (Madrid: Unión Editorial, 2ª. ed. en Obras Completas de F.A. Hayek, 1997), p. 345.

CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

ÍNDICE

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REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA – CAPÍTULO 2.- La Tierra como factor productivo fundante del valor económico.

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REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA 

CAPÍTULO 2

La Tierra como factor productivo fundante del valor económico.

 

Es un lugar común –y no por ello deja de sorprender y resulta incluso enigmático- que toda la variedad de recursos económicos se clasifique en tres grandes grupos concatenados siempre: Tierra, Trabajo y Capital. La riqueza de la variedad está omnipresente en cada uno de los tres grandes grupos clásicos.[1] Al encorsetar todas esas variadísimos realidades en conjuntos homogéneos escondemos su fecunda variedad: la de la Tierra, la variedad del Trabajo y la de los instrumentos de Capital.

En esa clásica tríada de factores de producción quisiera resaltar ahora en primer lugar la importancia de todo aquello que los economistas englobamos en ese primer grupo y reflexionar sobre su contribución básica, peculiar y fundante en la creación y acrecentamiento del valor económico. En Economía es absolutamente primordial referirse siempre de alguna forma a la realidad del Universo como factor productivo fundamental. Es habitual referirse a él con el término Tierra. Conviene detenernos a reflexionar y estudiar qué es lo que englobamos en ese inmenso y poderoso factor productivo[2]. Vayamos a la experiencia.

… el método ‘exacto’ -que yo preferiría denominar ‘aislante’-, recomendado por Menger junto con el método ‘empírico-realista’, no es, en absoluto, puramente especulativo o aempírico, sino que busca y encuentra en la experiencia su sólido fundamento.[3]

Cuando hablamos de Tierra nos referimos a la tierra de superficie con toda la variedad de sus estribaciones y también al subsuelo[4] y al cielo;  a los ríos y a los  mares con toda su inmensidad aún desconocida en tantos aspectos; a las fuerzas naturales, a los vientos, lluvias y a los  demás fenómenos meteorológicos; a los animales y las plantas, a los minerales…etc. Hoy en día ya hay que hablar también de otros planetas a los que poco a poco se puede acceder o al menos conocer. Ya podemos sustituir el término Tierra por el de Universo. Nos referimos en definitiva a todo el reino mineral, vegetal y animal, a todo el reino material universal.  A todo aquello con lo que la humanidad se encuentra en la naturaleza generación tras generación y que no ha sido creado y producido por ella pero que está a su disposición y dominio. 

Prácticamente todas las definiciones de Economía hacen referencia de forma expresa o tácita, directa o indirecta a las realidades materiales[5], y siempre que hablamos de producción[6] de una u otra forma nos estamos refiriendo a bienes materiales o a bienes inmateriales o espirituales  que necesitan de una u otra forma de los materiales[7].

Este proceso, este método, necesario para la supervivencia y la prosperidad del hombre en la tierra, ha sido a menudo ridiculizado como excesiva o exclusivamente “materialista”. Pero debe quedar bien en claro que lo que acontece en esta actividad específicamente humana es una fusión de “espíritu” y materia: la mente humana, al utilizar las ideas que ha aprendido, dirige su energía transformadora y remodeladora de la materia por caminos que sustentan y elevan sus necesidades y su vida misma. Al fondo de todo bien “producido”, al fondo de toda transformación de los recursos naturales efectuada por el hombre, hay una idea que dirige el esfuerzo, hay una manifestación del espíritu[8].

 Y, así,  aunque la producción hace referencia al valor y se mide muchas veces en unidades monetarias, la interpretación materialista y cuantitativa  siempre está presente en todo lo que afecta a la producción, es decir al crecimiento económico, en tanto en cuanto aumento o disminución de la misma. La lógica decantación materialista también está presente en la interpretación primaria de los recursos. Cuando se hace referencia por ejemplo a la teoría de la producción[9] y a si se utilizan la totalidad de los recursos de un país o algunos permanecen ociosos; cuando hablamos de procesos productivos o de no desperdiciar recursos tan escasos; o cuando nos preguntamos qué producir o con qué métodos de producción se obtienen los distintos bienes; cuando hablamos de fuentes productivas o investigamos la oferta de bienes producidos y cómo se distribuye esa oferta entre los individuos que componen la sociedad siempre nos estamos remitiendo de una u otra forma a ese factor productivo Tierra tan diverso y tan rico en características fundantes del valor económico.

Se puede decir que la Tierra en tanto en cuanto potencia pasiva de los bienes materiales es la causa materio-formal[10] del valor porque la causa material es aquello de lo cual y en lo cual se hace algo. Sin la materia no cabría la posibilidad de producir ni de obtener nada. Las fuerzas de la naturaleza son las auténticamente producti­vas decían los fisiócratas. La humanidad, con su trabajo[11], tan sólo logra transformar la mate­ria, pero nunca puede producirla[12]. La falta de profundización en estos aspectos llevó a un simplismo erróneo de estos aspectos y así,  para algunos autores, la agricultura se constituía en el primordial sector de actividad productiva en todo el sistema económico[13].

Pese al reduccionismo de la teoría del valor fisiocrática, su insis­tencia en la productividad innata de los recursos naturales dejó cons­tancia de su importancia como causa material del valor en el resto del pensamiento económico. Aunque otras teorías resaltaron la rele­vancia del valor-trabajo o las teorías del uso la importancia de las finalidades subjetivas en la consideración del valor, siempre quedó latente[14] la verdad parcial de que el valor de las cosas tiene una refe­rencia imprescindible a los recursos naturales[15] como fuente gratuita originaria del valor económico[16].

El valor económico está de alguna forma inserto en el bien, necesita esos bienes para que las valoraciones  que se hacen sobre ellos no tengan una existencia meramente ficticia[17] sino que tengan una entidad capaz de surtir los efectos que pretendemos y que pensamos que nos servirán. Los valores  económicos de verdad – los que en la vida práctica nos interesan- no permanecen flotando en el ambiente[18] . Esos serían o son meramente virtuales e imaginarios. Locuras del momento. Las realidades materiales englobadas en el factor Tierra  tienen una potencia pasiva[19] en la que se apoya la relación real del valor.

 (La necesidad radical de los recursos naturales se fundamenta en que la materia, por ser posibilidad, es decir potencia, resulta ser algo inacabado e  indefinido y por lo tanto  abierto a distintas alternativas de nuevos productos. Esa indeterminación se acaba cuando el hombre, con su trabajo y en uso de su libertad y ejercitando su racionalidad actúa sobre una de esas posibles realizaciones. Quiere ello decir que a lo largo de todo el proceso de producción podemos transformar los productos pero no podemos crearlos. Necesitamos  produc­tos que ya sean. Hay una característica fundamental de los recursos naturales que no les ha sido dada por el hombre y que éste la necesita siempre para crear valor económico. Esa característica es su rea­lidad, esto es: su ser[20]. Esa realidad no se la puede dar el ser humano pero para él es absolutamente imprescindible.)

­

(Por ser el valor una relación real, no imaginada, no solamente pensada, la materia es causa, aunque pasiva, del valor económico. Para producir un efecto material se necesita siempre contar con una materia en la que ese efecto preexista de algún modo. Es el sujeto que permanece a través de todos los cambios recibiendo en sí las formas que dan origen a las diversas realidades materiales. Es pura potencia pasiva, desprovista de toda actividad, incapaz de subsistir si no es actualizada. Es absolutamente indeterminada, y por eso pue­de entrar a formar parte de un sinfín de seres materiales en cada uno de los cuales obtiene una configuración diversa.

Pero ese principio o causa de todos los entes materiales siempre lo encontramos unido a alguna forma que lo configura. Esas formas son causas con respecto a su materia. El hombre se encuentra con sustancias materia-formales diversas que son a su vez causas materia­les de otras. El proceso de transformación de unas realidades materio-formales en otras, ordenado y coordinado sobre la base del acrecentamiento de su valor, de su utilidad, de su humanización, tiene como causa material[21] los recursos que el hombre se encuentra gratui­tamente en la naturaleza[22] sin su intervención. A este conjunto de recursos naturales es a lo que llamamos factor de producción Tierra. Su papel en la teoría del valor es importante, pero no exclusivo.)

[1] Suelo, trabajo y capital son bienes de producción complementarios. Su precio, o lo que es lo mismo, la cuantía de la renta, del salario y de los intereses del capital, resulta sencillamente de la combinación de las leyes que rigen el valor de los bienes de producción, por un lado, y de los bienes complementarios, por otro. Von Böhm-Bawerk, Eugen. Ensayos de Teoría Económica, Volumen I, La Teoría Económica. Unión Editorial – Madrid, 1999, pág. 222.

[2] El hombre estudia el mundo examinando cosas, identificando clases de cosas similares que clasifica en categorías según su naturaleza y propiedades características. Si vemos un gato que se acerca por la calle, podemos de inmediato incluirlo en el conjunto de cosas, o animales, llamado «gatos», cuya naturaleza ya ha sido descubierta y analizada previamente. Rothbard, Murray N., Historia del pensamiento económico. Vol. I. El pensamiento económico hasta Adam Smith, (Madrid: Unión editorial, 1999), p. 32

[3] Von Böhm-Bawerk, Eugen. Ensayos de Teoría Económica, Volumen I, La Teoría Económica. Unión Editorial – Madrid, 1999, pág. 209.

[4] El hombre ha podido acelerar el crecimiento material gracias a la conquista y explotación del subsuelo. La base de las actividades hu­manas, que anteriormente se limitaba al suelo como fuente de las fuerzas biológicas, se ha ampliado y potenciado. La insistencia fisio­crática en la tierra como único sector auténticamente productivo am­pliaba su campo de acción. La actividad agrícola era la única activi­dad productiva, porque era la única en que el producto obtenido era muy superior al equivalente del trabajo humano invertido gracias al concurso gratuito de las fuerzas naturales. En nuestra civilización, no sólo los agricultores, sino los obreros y artesanos de la industria y también el sector servicios, trabajan con la colaboración gratuita de fuerzas extraídas de  la  naturaleza,  del  subsuelo en vez del suelo, de la materia inerte, más que de la biológica, de la materia inanimada antes latente y desconocida y ahora activada. Gracias a la mayor contribución de la causa material, la productividad se ha ampliado notablemente. Las actividades industriales y de servicios se han he­cho productivas, en el sentido fisiocrático, gracias a la intervención de los dones gratuitos de la naturaleza. 52-53

[5] Lowe afirmaba en 1965 que La Economía atiende a la provisión de los medios materiales.Marshall  en sus Principios de Economía definía la Economía como el estudio de las actividades del hombre en los actos corrientes de la vida; examina aquella parte de la acción individual y social que está íntimamente relacionada con la consecución y uso de los requisitos materiales del bienestar. Así, pues, es, por una parte, un estudio de la riqueza, y, por otra -siendo ésta la más importante-, un aspecto del estudio del hombre. Robbins por su parte, en Un ensayo sobre la naturaleza y significación de  la ciencia económica la definió como la ciencia que estudia el comportamiento humano como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos.  Hoffner, insistiendo en el para qué, en los fines, la definía como el conjunto de instituciones y procedimientos para cubrir de modo ordenado, duradero y seguro las necesidades humanas de bienes y servicios escasos, que posibilitan al individuo y a las unidades sociales el desarrollo exigido por la naturaleza del hombre, en cuanto ser individual y social.

 [6] Crusoe debe producir antes de poder consumir. Sólo respetando esta secuencia le es posible el consumo. En este proceso de producción, de transformación, el hombre moldea y modifica el entorno natural para sus propios fines, en lugar de verse simplemente determinado, como los animales, por este entorno. Murray N. Rothbard, La ética de la libertad Pág. 61.

[7] Podemos decir que todo producto terminado tiene una depen­dencia de los semiterminados y éstos de los originarios no produci­dos. El factor tierra, los recursos naturales no producidos por el hombre, son la causa material de la aparición e incremento del valor económico. Por estar adherido al sujeto origen, el valor tiene una dependencia en cuanto a sus principios intrínsecos constitutivos.

Para alcanzar el producto acabado en términos de valor hay que partir de los recursos naturales, no producidos, pero dispuestos para ser utilizados por el hombre. La tierra es principio potencial pasivo de toda mercancía y por tanto de toda relación real de valor. La tierra contiene en sí los productos terminados como potencia pasiva, como posibilidad de ser, como mera capacidad. La tierra realiza la función de sujeto receptivo de las sucesivas formas de los productos intermedios hasta llegar al final.

[8] Murray N. Rothbard, La ética de la libertad, Pág. 62.

[9] «La ilusión de poderes ilimitados, alimentada por los asombrosos adelantos científicos y técnicos, ha producido como consecuencia la ilusión de haber resuelto el problema de la producción. Esta ilusión está basada en la incapacidad para distinguir lo que es renta y lo que es capital, justo donde esta distinción importa más…: allí donde se trata del capital irreemplazable que el hombre no ha creado sino simplemente descubierto y sin el cual nada puede hacer.» Y añade Schumacher: «Uno de los más funestos errores de nuestra época consiste en creer que el problema de la producción se ha resuelto» SCHUMACHER, Lo pequeño es hermoso, Hermann Blume, Madrid 1978, pp.13-14.

[10] Para todo este apartado se puede consultar el capítulo II de Franch, Fundamentos del valor económico, que lleva por título: “La Tierra como causa material del valor”.

[11] Las realidades materiales tienen en sí, en su misma estructura, determinadas capacidades de satisfacer objetivos humanos, determi­nadas idoneidades. La realidad material tiene «vocación» humana, está creada de tal forma que mantiene en su mismo ser una expecta­tiva de humanización, de servicio a los requerimientos de la naturale­za humana. El hombre, con su inteligencia, capta, descubre, esas expectativas y con su actividad, trabajo, las hace realidad.

[12] No es lógico tratar de crecimiento económico haciendo abstrac­ción, como muchas veces se hace, de las condiciones físicas. La con­tinua insistencia teórica sobre el trabajo como fuente del valor consi­gue crear la convicción de que el flujo de bienes depende únicamen­te del trabajo humano, con una perfecta independencia del medio natural. Como mucho, la naturaleza se presenta como terreno de conquista violenta, no de dominio inteligente. Hay que tener en cuenta la variable ecológica en ese dominio sobre lo natural.

[13] Los fisiócratas, con Quesnay y Mirabeau al frente, razonaron so­bre estas premisas afirmando la preponderancia del factor tierra: «De un grano salen varios granos y de una vaca varios terneros, pero de la tela de una camisa no se obtiene más que una camisa, y por lo tanto no hay produit net o excedente». 1

 Si se caía en la tentación de confundir creación física con crea­ción económica, era evidente que la agricultura se convirtiera en el único sector productivo. El  origen  y  la medida del valor de las cosas están en la tierra o en el grano como su producto más esencial. El valor de cualquier cosa se mediría por la cantidad de tierra necesaria para producirla. La agricultura se convierte en piedra angular del Tableau economique de los fisiócratas. A la tierra sólo se le devuelve parte de su producción, es explotada; el excedente sería su «plusva­lía». Sólo el tipo de cambio tecnológico que ahorrará tierra permiti­ría el aumento del excedente.

 La teoría del valor de los fisiócratas es una teoría del valor-tierra. Si aplicamos al Tableau economique las tablas input-output de Leon­tief, la agricultura aparece como el único sector que crea valor añadi­do. La fuente que alimenta y genera el flujo circular de riqueza es la fecundidad de la naturaleza. La industria y todos los procesos de manufacturación fueron considerados como estériles. El valor no era más que la expresión monetaria de la cantidad de materia prima englobada en un producto y cada trabajador no puede añadir al producto más que el valor de los medios de subsistencia por él con­sumidos. 2

 [15] Dice Bertrand de Jouvenel: «La gran mutación que me obsesiona es el tránsito de las fuerzas biológicas a las fuerzas físicas… La materia se consideraba pasiva; pero es esta nueva pasividad  la que se convierte en  nueva fuente de movimiento: una revo­lución en la idea humana de naturaleza.

Ni el ingenio chino ni, más próximo a nosotros, el ingenio italiano del siglo XVI fueron capaces de poner al servicio de su inventiva las fuerzas liberadas de la mate­ria,» (La civilización de la potencia, Editorial Magisterio Español, pp. 20-21).

«La especie humana, que ya poseía la soberanía del reino animal, franqueó los límites que la fuerza biológica ponía a sus proyectos y se lanzó a empresas inauditas para las que creía contar con posibili­dades ilimitadas. Esta desaparición de los límites ha modificado no sólo la existencia y las instituciones humanas,  sino el espíritu, la con­ciencia que la especie humana tiene de sí misma». DE ]OUVENEL, op. cit., p. 31.

[16] El uso inadecuado de los recursos naturales ha resucitado en los últimos tiempos la preponderancia, ya antigua, del factor de produc­ción tierra en la causación del valor. Pero su exacta dimensión pasa por la reflexión del significado que tiene como causa material de la producción.

Ni podemos caer en un desprecio subjetivista que olvida que no basta con meras intenciones, sino que hay que materializar el valor, ni tampoco caer en una exaltación exclusivista que olvide la necesaria contribución de las demás causas del valor.

[17] Algo tiene que poseer en sí el bien para poder ser llamado bien, algo no dado por el hombre cuya necesidad en último término tiende a satisfacer. La idoneidad, la utilidad, el servicio, tiene un fundamen­to en la misma realidad que consideramos. El hombre sólo las descu­bre. Si no fuera así, no cabría distinción entre bienes reales y bienes imaginarios que el mismo Menger define. En los bienes imaginarios sí que es el hombre el que atribuye a la cosa un valor que no tiene realmente. Le atribuye una propiedad que no es intrínseca a la cosa.

[18] En nuestro sofisticado sistema de intercambios, en el que el valor se expresa mediante el valor de cambio, el dinero, medio de cambio universal, se convierte en medida del valor. Esta tendencia habitual exigida para la mayor flexibilidad de los intercambios, tiene el peli­gro, si no se está sobre aviso, de fomentar el vicio mental de pensar tan sólo en términos de dinero y de abstraer, por lo tanto, el valor de las mismas realidades materiales. En lugar de mirar la realidad en términos concretos, se separa el valor de ella para juntado con otros valores abstraídos para expresado en términos de dinero. Resulta contraproducente que la propia ciencia económica, que tiene como objeto las realidades materiales y que debería destacar su contribu­ción al valor, contribuya a extender este error, que puede resultar grave en sus consecuencias. El peligro de reducir todo a común de­nominador monetario consiste en que puede hacer olvidar los obstá­culos naturales tanto de la tierra como del trabajo e incluso de los bienes de capital.

 [19] Esas expectativas de humanización que la materia posee han sido realzadas con la inventiva occidental europea a partir del descubri­miento de Watt, en 1769, de la máquina de vapor, que permitió la multiplicación de maquinaria, cada vez más sofisticada, que se nutría de la materia inanimada. Los recursos naturales no biológicos se presentaban como fuentes poderosísimas de energía al servicio de los objetivos humanos. Ese tránsito de las fuerzas biológicas a las físicas ha hecho descubrir el enorme poder encerrado en la nueva pasividad de la materia. Nunca antes se llegó tan lejos en el recono­cimiento y aprovechamiento de las fuerzas liberadas de la materia. La idea humana de la naturaleza experimentaba con ello una decisiva revolución

[20] Tengo sobre mi mesa un reloj digital marca japonesa, color plateado y esfera azul, con correa también plateada, de forma redonda y determinado peso. Pues bien, puedo pensar un reloj digital exactamente igual a éste que tengo sobre mi mesa, del mismo color plateado y esfera azul, con correa también plateada, de la misma forma redonda y del mismo peso, con exactamente los mismos materiales. La diferencia entre ese reloj pensado, exactamente igual, y el que tengo encima de mi mesa es su realidad, su ser. Esa realidad no se la puede dar el hombre. El hombre se encuentra con esa realidad en los recursos naturales. Éstos le son imprescindibles.

[21] Por la importancia que la tierra tiene como causa material pasiva del valor económico es por lo que abogamos por un cuidado especial de esa riqueza inconmensurable, gratuita y pasiva que alocadamente podemos desmejorar e incluso destruir haciendo un uso pernicioso de esa pasividad. 8

[22] Es conveniente plantearse, con serenidad lógica, los errores de enfoque en el tratamiento de la causa material del valor, de forma que pueda ser proyectada la continuidad a largo plazo del incremen­to humano de la riqueza material, sin incurrir en absurdos. Las solu­ciones apuntan, incluso, hacia un nuevo estilo de vida, con métodos renovados de producción y modelos diferentes de consumo orienta­dos hacia la permanencia, en lugar de estar en continua tensión bus­cando el espejismo de lo efímero.

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REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA – CAPÍTULO 1.- Sobre la naturaleza de la riqueza y de la pobreza.

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REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA

CAPÍTULO 1

Sobre la naturaleza de la riqueza y de la pobreza.

La economía es una ciencia radicalmente necesaria para todos. Y ello es así porque la actividad económica es una tozuda necesidad cotidiana[1] que encuentra su fundamento en otras muchas variadas exigencias concretas  -no inventadas, sino reales- que la naturaleza humana manifiesta diariamente y a lo largo de toda nuestra vida. Siempre estamos en tensión de mejora económica. Los apremios sentidos por cada uno nos mueven a actuar para eliminarlos. Y teniendo en cuenta las características peculiares de la persona –y que son[2] las que son[3]– la actuación humana generalizada se dirige hacia los bienes materiales[4], consciente de que allí se encuentra el material para solventar esos apremios y esas inquietudes.

Siempre hemos sabido y todos sabemos que necesitamos continuamente de bienes[5] diversos y proporcionados para conseguir mejorar en ese intento renovado de alcanzar una cierta plenitud de vida. Nos son imprescindibles para sobrevivir[6] en un primer nivel de urgencia y también son necesarios para vivir con cierta normalidad y estabilidad[7]. También aquellos que pretenden conseguir un mayor grado de sofisticación en ese vivir cotidiano saben que tienen que recurrir a ellos para poder conseguirlo.  Queramos o no dependemos de las realidades materiales –tal y como son[8] en la graduación de sus características- con las que la humanidad se encuentra generación tras generación en la naturaleza y que no han sido creadas por ella pero si transformadas y adaptadas aplicando su trabajo y su saber en orden a conseguir un más adecuado progreso en su caminar terreno. También dependemos de las realidades materiales para la consecución de bienes inmateriales[9] y espirituales como la música, el estudio o la misma actividad investigadora[10] por ejemplo. Toda la humanidad tiene una relación de dependencia con respecto a esa riqueza[11] inabarcable del universo de la naturaleza en toda su variedad del reino mineral, vegetal y animal[12].

 Como hecho natural, Crusoe es dueño y propietario de sí mismo y de la extensión de sí mismo dentro del mundo material. Nada más y nada menos[13].

El correlato de esa relación de dependencia es la relación[14] de conveniencia[15] idónea[16] que toda esa inmensa riqueza natural –que los economistas englobamos simplonamente en el concepto de factor productivo Tierra- tiene respecto a los apremios, preferencias y necesidades o aspiraciones humanas[17]. Esa relación de conveniencia no es una regla meramente cuantitativa, no es puramente matemática; no es exacto que 1 + 1 = 2.  Keynes comentaba sobre Marshall:

Marshall vivía todo eso con una vehemencia que no era compartida por todos sus alumnos. Las matemáticas preliminares eran para él un juego de niños. Su deseo era entrar en el vasto laboratorio del mundo, escuchar su estruendo y distinguir las diferentes notas, (…)[18]

En la economía real, no teórica, la norma es la norma que nos marcan los apremios de la naturaleza humana[19] y, por tanto, la única lógica es la lógica de la naturaleza humana. Esa norma y esa lógica marcan las dosis, combinaciones, formas, calidades y medidas de los distintos bienes y servicios; y a producir esos bienes y servicios últimos con esas dosis, combinaciones, formas, calidades, proporciones y medidas se adecuan los distintos medios de producción[20] en cada etapa productiva.

Una primera y más directa consecuencia de lo anterior es que el importante concepto de productividad económica tiene mucho que ver –en sí mismo considerado- con la proporción humana y por lo tanto con el crecimiento proporcionado[21]. Si la riqueza no es algo puramente material[22] sino que es una relación de conveniencia a los objetivos humanamente considerados por cada uno de los protagonistas de forma subjetiva la productividad tendrá que ser medida por ese incremento de relación proporcionada.

Luego el núcleo fundamental de la actividad económica práctica y teórica no es otro que tratar de incrementar y mejorar esa relación de conveniencia a la persona humana[23] de las realidades materiales[24] que están a nuestra disposición en cada momento. Eso entiendo que es la riqueza y eso entiendo que es –por lo tanto- el  valor[25] económico[26]: una relación real [27]de conveniencia última[28], complementaria, concreta y futura de los  bienes  valorados a los  objetivos –también complementarios, presentes y futuros-   de los  usuarios finales.

Así lo hemos definido otras veces y sobre ello entiendo que no se ha investigado aún lo suficiente. En concreto no se ha analizado con suficiente interés y profundidad esa característica de la realidad material natural y de la realidad de la persona humana que es su variedad complementaria siempre cambiante, interdependiente  e inabarcable. Ello implica un sin fin de consecuencias sobre las valoraciones que cotidianamente hacen miles de millones de personas distribuidas por toda la geografía. Luego todo ello afecta continuamente a ese lenguaje de la economía que es el sistema de precios en los distintos mercados libres cada vez más interdependientes. A través de ese sistema de precios todos estamos continuamente valorando[29] y estimando el futuro con el gran dinamismo que hace posible el cálculo económico.  Esa variedad complementaria en competencia dinámica genera una productividad creciente en valor y ha sido siempre, es y casi con toda certeza seguirá siendo –incluso aún con más relevancia- el motor del progreso y del desarrollo económico.

[1] Marshall  en sus Principios de Economía definía la Economía como el estudio de las actividades del hombre en los actos corrientes de la vida; examina aquella parte de la acción individual y social que està íntimamente relacionada con la consecución y uso de los requisitos materiales del bienestar. Así, pues, es, por una parte, un estudio de la riqueza, y, por otra -siendo ésta la màs importante-, un aspecto del estudio del hombre.

 [2] Si la concreción original de los distintos bienes reales es una característica predominante en la consideración del valor, mucho más lo es la concreción del sujeto término humano del valor. Se hace necesario profundizar en la riqueza original de esa concreción, sin hacer abstracciones simplistas de su naturaleza y sin establecer modelos de comportamiento humano generalizados y homogéneos que nos distancian de la concreta individualidad de cada ser humano.

[3] «en todos estos asuntos (los economistas) consideran al hombre tal cual es, no como un ente económico abstracto, sino como un ser de carne y hueso». MARSHALL, Principios de Economía, Aguilar, Madrid 1963, p.24.

[4] «Lo primordial, a nuestro entender, es la comprensión de la conexión causal entre los bienes y la satisfacción de las necesidades humanas y de la relación causal más o menos directa de los primeros respecto a las segundas». MENGER, op. cit., p. 53.

[5]  «Para que una cosa se convierta en bien, o, dicho con otras pala­bras, para que alcance la cualidad de bien, deben confluir las cuatro condiciones siguientes:

  1. Una necesidad humana.

  2. Que la cosa tenga tales cualidades que la capaciten para mantener una rela­ción o conexión causal con la satisfacción de dicha necesidad.

  3. Conocimiento, por parte del hombre, de esta relación causal.

  4. Poder de disposición sobre la cosa, de tal modo que pueda ser utilizada de hecho para la satisfacción de la mencionada necesidad» MENGER; (op. cit., p. 48).

[6] Daniel Defoe nos relata los pensamientos de Robinson Crusoe, único superviviente del naufragio de su barco, al llegar a «su» isla, y que tantas veces ha sido utilizado por los economistas para expresar sus ideas con sencillez en una situación de actividad humana aislada:

«Pensé que mi situación era horrorosa; porque estaba mojado y no tenía ropas para secarme; sentía apetito y no disponía de nada para comer; estaba sediento y no tenía nada que beber; me hallaba débil y no contaba con qué fortalecerme… La noche se echaba encima y empecé a meditar cuál sería mi suerte si aquella tierra cobijaba animales feroces… El único remedio a todo eso era encaramarse a un árbol de espeso ramaje semejante a: un abeto, pero espinoso, que se alzaba allí cerca y en el que decidí pasar toda la noche… Me alejé un cuarto de milla de la playa en busca de agua dulce para beber, y tuve la suerte de encontrada, lo cual me produjo gran contento». DEFOE, Robinson Crusoe, Orbis, Barcelona 1988, p. 40.

[7] La mejora primero se prevé, pero en la misma obra de Defoe se manifiesta su logro, alcanzando una situación más desahogada y su deseo de estabilizarla. Robinson comenta: «No empleaba ya el tiempo en cosas vanas y a veces pesarosas, sino que quise dedicarlo en adelante a introducir en aquel género de vida todas las mejoras posibles». DEFOE, op. cit., pp. 40-56

[8] «Los economistas somos muy aficionados a desligar nuestras categorías científicas de  la vulgar base material sobre la que se revelan en la realidad, para elevadas al rango de ideales libres y con existencia propia. El “valor” de los bienes, por ejemplo, se nos antoja algo demasiado noble para estar adherido siempre a bienes materiales, como encarnación suya. En vista de ello, libramos al valor de esa envoltura indigna y lo convertimos en un ser con existencia propia, que sigue sus propios caminos, independiente y hasta contrario a la suerte de su vil portador. Hacemos que el “valor” sea vendido sin el bien y que el bien se enajene sin su “valor”; hacemos que los bienes se destruyan y que su “valor” perviva y, por el contrario, que los “valores” perezcan sin que sus portadores sufran detrimento alguno. Y consideramos también algo demasiado simple aplicar la categoría de capital a un montón de bienes materiales. En vista de ello, desligamos esa categoría de estos bienes y convertimos el capital en algo que flota sobre los bienes y que sobrevive aunque las cosas que lo forman desaparezcan». BOHM-BAWERK, Capital e interés, FCE, México 1986, p. 509.

[9] En primer lugar y frente a Smith, Say apunta que todo trabajo es «productivo», no sólo el incorporado a los objetos materiales. En efecto, Say observa brillantemente que todos los servicios de los factores de producción, ya sea la tierra, el trabajo o el capital, son  inmateriales, aun cuando pudieran manifestarse en un objeto material. En suma, los factores aportan servicios inmateriales al proceso de producción. Dicho proceso, tal y como señaló Say por vez primera, no es la «creación» de productos materiales. El hombre no puede crear la materia; sólo puede transformarla en diferentes formas y moles con el fin de satisfacer más plenamente sus necesidades. La producción es este mismo proceso de transformación. De acuerdo con el sentido de dicha transformación, todo trabajo es productivo «porque concurre en la creación de un producto», o dicho de modo metafórico, en la creación de «utilidades». Si, como puede suceder, se ha consumido trabajo sin ningún beneficio final, entonces el resultado es un error: «capricho o despilfarro en la persona que aporta» el trabajo.  Murray N. Rothbard., Historia del Pensamiento Económico. Volumen II: La economía clásica. Madrid: Unión Editorial, 2000; p. 41.

[10] Como el ser humano es un compuesto intrínsecamente interdependiente de materia y espíritu resulta que, como escribía Millán Puelles en Economía y Libertad, para alcanzar objetivos inmateriales, como por ejemplo la investigación científica o el disfrute de la música, necesita de mediación de objetos materiales; y al revés, incluso en la satisfacción de sus necesidades más materiales se inmiscuye un cierto acento inmaterial, estético por ejemplo.

[11] Los bienes a valorar  están en un extremo y las necesidades y objetivos humanos en otro. En economía un extremo se estudia en cuanto referido al otro. El valor es, por tanto, una relación y, en concreto, una relación de conveniencia.

Es una relación entre sustancias, entre el resto de sustancias y los seres humanos. Si falla alguno de los extremos, la relación no existe y el valor económico desaparece. Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.

[12] «a aquellas cosas que tienen la virtud de poder entrar en relación causal con la satisfacción de las necesida­des humanas las llamamos utilidades, cosas útiles». MENGER, op. cit., p. 47.

[13] Murray N. Rothbard, La ética de la libertad Pág. 67.

[14] Jevons fija el modo de ser de la utilidad en una relación: «Quizá sea más exacto describirla como, tal vez, una circunstancia de las cosas que surge de su relación con las necesidades humanas». JEVONS, The Principies o/ Economics, Augustus M. Kelley, Nueva York 1965, p.53.

[15] Esa dependencia del hombre con respecto a las cosas materiales es la raíz del valor económico. Esa relación de dependencia del hombre da lugar a que surja, recíprocamente, una relación real de conveniencia de las cosas materiales al hombre: «Resulta ahora claro que la existencia de necesidades humanas insatisfechas es la condición de todas y cada una de las Güterqualitä­ten, de donde se deriva el principio de que los bienes pierden su Güterqualität tan pronto como desaparecen las necesidades para cuya satisfacción servían dichos bienes».  Menger. op. cit., p.18

[16] El concepto de idoneidad implica el concepto de lo mejor, lo más útil, lo más eficaz; mejoría y máximo que no tiene en sí el concepto de utilidad y que al referirse a términos económicos, de elección entre varias alternativas con maximización de outputs y minimización de inputs, es importante. Lo idóneo implica lo más útil si ultimamos el concepto de utilidad, lo más eficaz si ultimamos el concepto de eficacia, lo más bello si ultimamos la belleza.

[17] El valor económico es la utilidad o mejor idoneidad de los bienes, y por tanto, consustancial a ellos, pero a su vez es una relación. El valor económico, en cuanto relación, es una ordenación de una cosa a otra. Una orde­nación, en último término, de una cosa al hombre, a sus necesidades, a sus objetivos. No tiene otro ser que el de dirigirse a su término; es la mera orientación hacia el hombre, es un «hacia el hombre», una tensión.

[18] Keynes, John Maynard, Ensayos biográficos. Políticos y economistas. Barcelona: crítica, 1992; pp. 198-199.

[19] En síntesis, el valor de los factores viene determinado por el valor de sus productos, el cual es conferido a su vez por las valoraciones y demandas del consumidor. Para Say y para los austriacos tardíos la cadena causal discurre de las valoraciones del consumidor hacia los precios de los bienes de consumo, y de ahí hacia la formación de los precios de los factores de producción (es decir, hacia los costes de producción). Por el contrario, la cadena causal smithiana, y en particular la ricardiana, parte del coste de producción, en concreto del coste del trabajo, y discurre hacia los precios de los bienes de consumo.  Murray N. Rothbard., Historia del Pensamiento Económico. Volumen II: La economía clásica. Madrid: Unión Editorial, 2000; p. 42.

[20] Conduce a posible error por ejemplo el propio nombre de  Producto Nacional Bruto. En vez de hablar de valor del producto, simplificamos diciendo producto. Parece, entonces, que el P N B es una medida de la producción física de bienes, cuando, en realidad, hablamos del valor, expresado en valores de cambio de  los bienes producidos. Puede incluso aumentar la producción cuantitati­va, física, de bienes y no aumentar sino disminuir su valor de cambio o su utilidad subjetiva expresada por sus precios o viceversa. Lo importante es la proporción y no lo es tanto el crecer en términos de mercancías físicas, sino que  lo importante empieza a ser en muchas ocasiones la calidad, la adaptación mayor o menor a los fines de quienes valoran o de quienes ya poseen determinados bienes. No se trata tanto de producir más, sino de producir mejor y usarlo de forma más idónea.

[21] El crecimiento en términos de producción física no necesariamente lleva al crecimiento del valor económi­co como relación de conveniencia de las realidades materiales al hombre. El crecimiento es un rasgo esencial de la vida y, en este sentido, todo el mundo cree en él. Pero la cuestión principal es darle a la idea de crecimiento una determinación cualitativa en la que muchas cosas debieran crecer y muchas otras disminuir. El punto central, a la hora de hablar de progreso es determinar cualitativamente qué es lo que determina y significa el progreso.

[22] Martín Niño, con respecto a estas visiones de la economía, señala que “Las dos objeciones fundamentales son el hecho de que no sólo los bienes materiales contribuyen al bienestar de los hombres, y el que el concepto de riqueza es equívoco, puesto que no puede referirse a las mismas cosas en todos los tiempos y lugares, sino que únicamente tiene sentido en función de la valoraciones que establezcan los consumidores.” Sin una adecuada explicación del significado de riqueza o de bienestar material se cae, en todo este tipo de definiciones, en la limitación de la Ciencia Económica al estudio de las necesidades materiales cuando vemos que existen acciones humanas “económicas” que tienden a satisfacer necesidades inmateriales o cubren un aspecto no material de la riqueza, como pueden ser, por ejemplo, la actividad de un camarero o la de una empleada doméstica.

[23] Al ser una relación real, afecta intrínsecamente a la sustancia valorada determinándola por referencia a la persona humana. El valor económico posee una esencia propia que determina a la sustancia de un modo original.

Por ello se puede afirmar que el valor es a la vez una realidad y una noción. Es realidad en cuanto se identifica absolutamente con la realidad del objeto que valoramos (con respecto a una cualidad o propiedad del ser en cuestión). Su realidad coincide con el objeto a valorar; si dicho objeto se destruye, desaparecerá, a su vez, su valor. La valía de algo conviene al hombre que la valora, que la estima, y esa relación de conveniencia es captada por la inteligencia, pero no creada por ella. El valor económico que tiene su fundamento en la realidad de la cosa valorada no se ordena realmente a la inteligencia o a la voluntad del hombre, sino, al revés, son la inteligencia y la voluntad del hombre las que se ordenan al descubrimiento del auténtico valor económico. El valor no depende de nuestro conocimiento ni de nuestra voluntad, ya que las cosas valen en la medida en que tienen realidad, no en cuanto que son conocidas o apetecidas.

El valor económico, por lo tanto, no se crea, sino que se descubre. Descubriendo esa capacidad de relación humana que tienen las distintas cosas, el hombre trata de reconducir y extraer esas capacidades que se dirigen hacia el cumplimiento de las finalidades humanas.

[24] La dirección de la relación en que consiste el valor es desde los bienes materiales hacia el hombre, y no al revés. Los fines están en primer lugar. Si cambiamos el orden de prioridades en la relación en vez de revalorizar la realidad, nos desvalorizamos nosotros. En vez de aumentar el grado de humanización de las mercancías, aumenta el grado de materialización de los humanos.

[25] El valor económico no es ni el sujeto de la relación ni su término, sino algo por lo que aquél se orienta a éste. El valor de algo podemos decir que es su grado de humanidad. Su capacidad de servir al hom­bre, de serle útil.

De una mesa podemos decir que es alta, que es blanca, que pesa mucho, que está en el comedor, que está entera…; y también pode­mos decir que es útil, que tiene determinado valor, que es estimable. El valor económico es algo, en definitiva, que predicamos de las cosas con referencia, en relación, al hombre.

Las distintas cosas que componen el universo no constituyen pie­zas aisladas, sino que forman entre ellas una complicada red de inte­rrelaciones diversísimas: unas son semejantes a otras, unas son efecto de otras, unas dependen de otras, unas están más coordinadas entre sí que otras, etc. Cuanto más coordinadas con los objetivos humanos estén, más valor tienen; cuanto más posibilidades de coordinación, mayor relación tendrán.

El valor económico, al ser una relación, no afecta a la cosa que valoramos según lo que es en sí misma, sino que es simplemente una «referencia al» hombre. Es un ser hacia el hombre o un ser respecto al hombre. Es como un salir de sí hacia otro que en último término siempre es un ser humano. El valor económico es un puro «respecto al hombre», pero que no condiciona su ser en la actualidad. Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.

[26] Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.

[27] El valor económico es una relación real, no de razón. Está fundamentada en la realidad del objeto origen, de los objetos complementarios y en la del sujeto término. Si uno de los extremos no es real, sino imaginado, no existe valor. No es una relación de razón, no es una relación entre conceptos, ni una relación entre extremos irreales. Es una relación fáctica en cuanto se fundamenta en seres reales. Los entes reales se diferencian de los entes de razón en que aquéllos tienen verdadera entidad, mientras que los entes de razón son meros entes pensados, sin densidad óntica, como dirían los filósofos. En este sentido, el valor económico tiene una existencia comprobable por cuanto los sujetos inicial, complementario y final de la relación son entes materiales.

Por ello no se puede afirmar que los valores económicos sean simples formas subjetivas, mentales, meramente pensadas para enlazar fenómenos de experiencia, sino que, por el contrario, constituyen formas reales ligadas a la captación de objetos reales. El valor econó­mico va ligado necesariamente a las cosas reales. No es algo en sí,  sino  que  es  una  afección,  un  modo  de  ser de éstas y por tanto no existe sin ellas. Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.

[28] Esa relación real de conveniencia está insita en el sujeto origen, pero implica un «respecto» al sujeto término, y, por tanto, la utilidad de algo tiene siempre una referencia última a dicho sujeto. La valoración de los distintos medios de producción, por ejemplo, siempre tiene una referencia última a los bienes de consumo final.

Un producto terminado tiene un valor mayor que otro inacabado porque tiene un mayor grado de relación con el hombre. Los pro­ductos intermedios tienen un valor derivado del valor de los productos terminados que ayudan a producir. En el desarrollo del proceso ambos se encuentran supeditados entre sí ya que «la necesidad de bienes de orden elevado se halla condicionada por nuestras necesidades de bienes de primer orden». (MENGER, op. cit., p. 35). Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.

[29] En las respuestas a tres grandes preguntas sintetiza Enrique Fuentes Quintana la valoración práctica para intentar juzgar la efica­cia con que funcionan los diversos sistemas económicos: «1) ¿Cómo han valorado -con arreglo a qué criterios- los diversos economis­tas la administración de los recursos escasos de la sociedad humana? 2) ¿Puede contribuirse con estos criterios valorativos utilizados por los economistas al hallazgo de una mejor organización de la convi­vencia económica? 3) Finalmente, ¿son científicamente admisibles los criterios de valoración utilizados, y, si es así, cómo pueden con­trastarse?». FUENTES QUINTANA, E., Prólogo a Teorías de la Economía del Bienestar, de Myint, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1962, p. VIII.

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CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.   CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES – Índice

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 CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

Capítulo I

ECONOMÍA POLÍTICA ENLIBERTAD. PRINCIPIOS

1.1.-  Economía Política

1.2.- El retorno a las políticas microeconómicas

1.3.- Causas de las crisis económicas

1.4.- El estado del bienestar desorbitado como causa de crisis

1.5.- Huída de capitales y política económica regresiva

1,6.- Soluciones de futuro

1.7.- Del paro al trabajo bien hecho

1.8.- Peligros de la imposición progresiva

1.9.- Desinflación y empleo

1.10.- Inflación, expansión crediticia y ciclos económicos.

Capítulo II

EL EFECTO LAFFER Y OTRAS REFLEXIONES

2.1  La obviedad de Laffer

2.2  La teoría de las siete y media

2.3 Efecto Franch-Laffer legislativo

2.4  De la cultura del subsidio a la del préstamo social

2.5  Más competencia y menos subvención

2.6 Conviene gravar menos la renta

2.7.- Sistema de pensiones: Reparto o capitalización.

Capítulo III

ÉTICA EN LA LIBERTAD DE LOS MERCADOS

 3.1.- La dimensión ética de las instituciones y los mercados financieros

3.2.- Valoración ética y social de los mercados

3.3.- La armonía ética entre ahorradores, inversores e intermediarios

3.4.- Las reglas del juego y el beneficio que enriquece

3.5.- Lealtad, confianza, prioridad del cliente y profesionalidad

3.6.- La formación ética del precio en los mercados financieros

3.7.- Información veraz y transparencia ética

3.8.- Información privilegiada y uso de la información

3.9.- La especulación como vicio posible

3.10.-Teoría del desenvolvimiento ético schumpeteriano

Capítulo IV

SOBRE LA POBLACIÓN, LA ECOLOGÍA  Y LOS RECURSOS

4.1.- Población y ecología humana

4.2.-  El mito de la superpoblación         

4.3.- Envejecimiento empobrecedor

4.4.-  Población y economía crecientes

4.5.-  Población, economía, aborto y anticonceptivos

4.6.- Economía y ecología humana

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 Capítulo I –  ECONOMÍA POLÍTICA EN LIBERTAD. PRINCIPIOS – Apartado 1 – Economía Política – Del libro: CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

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         ECONOMÍA POLÍTICA EN LIBERTAD. PRINCIPIOS.

 Capítulo I

 INTRODUCCIÓN  

APARTADO 1 – APARTADO 2 –  APARTADO 3

 APARTADO 1 – Economía Política

  El nombre de Economía Política es empleado por primera vez en 1615 por Antoyne de Montchrétien para referirse a una ciencia eminentemente normativa encaminada a dar un criterio de actuación al hombre de Estado, y en el tomo V de la “Enciclopedia” (1755) aparecía el artículo “Economía Política” escrito por Rousseau y en él recordaba que Economía o bien Oeconomía significaba originariamente el sabio y legítimo gobierno de la casa, y que el sentido de este término se había extendido a continuación al gobierno de la gran familia que es el Estado. En estas definiciones la Economía Política no es una expresión restringida a la materia estrictamente económica sino que se amplía para designar todo un estilo de “gobierno” por parte del ejecutivo.   

          La conjunción entre economía y política perdura largo tiempo en el pensamiento y la práctica económica. La mezcla de recetas políticas con el análisis económico es muy estrecha,  y ello era así tanto en los inicios de la autonomía de la ciencia económica como así lo sigue siendo actualmente. Lionel Robbins, como otros, afirmaba que no podía haber duda de que, a lo largo de la historia, los economistas de todas las escuelas han tenido la concepción de que su trabajo tenía una gran influencia sobre la política. Y viceversa podíamos añadir: las distintas filosofías políticas tienen un decisivo influjo en la economía. No se puede separar la política de la economía como no se pueden separar las estrategias y políticas personales, familiares o empresariales de la consecución de los objetivos económicos. En las ciencias sociales -y la economía es una de ellas-, por ser ciencias del hombre, aparece toda la fuerza y la riqueza del subjetivismo y del mundo interior imaginativo y creativo de cada cual.

          Los objetivos económicos se consiguen no al margen de la política sino orientando ésta en la dirección de garantizar la convivencia pacífica y la consecución de los fines personales y familiares en el ámbito ciudadano. Como indicaba Stigler[1] quizás seamos los profesionales de la enseñanza de esta ciencia los culpables del intento de separar drásticamente la economía de la política convirtiendo aquella en mero arsenal de tecnicismos abstractos y deterministas. Así como al principio la economía fue una ciencia  creada, dirigida y orientada por no académicos cuyos principales objetivos de estudio estaban directamente relacionados con las implicaciones y relaciones políticas de esta ciencia, fue a partir de las últimas décadas del siglo XIX cuando la economía se convirtió en una disciplina académica.

A medida que la ciencia se convertía más exclusivamente en una profesión universitaria menguó la importancia vital de las cuestiones de política ya  que en el mundo académico predomina una cierta abstracción e independencia respecto a la escena contemporánea del momento  buscando el rigor formal un tanto obtuso y la elegancia aparente  que dan los instrumentos de trabajo distinguidos entre los que ejercen una poderosa influencia los sofisticados métodos matemáticos con su lógica pitagórica muchas veces engreída.

El cultivo de técnicas académicas especializadas se vio reforzado por los importantes triunfos de las ciencias físicas y biológicas del siglo XIX ya que las estructuras teóricas newtoniana y darwiniana obtuvieron una profunda unidad que influyó sobre la consideración de cualquier trabajo científico como correcto. La física y la astronomía especialmente sugerían que una ciencia verdaderamente avanzada debería sustentarse sobre una formalización matemática que permitiría deducciones y aplicaciones extensas y acertadas.

La crítica a esta visión cientifista y matemática se ha hecho notar desde diversos ángulos en nuestro siglo XX. Ramiro de Maeztu por ejemplo escribió: Nadie duda ya de que el plano de la vida se ordena con arreglo a principios fundamentalmente distintos de los físico-químicos. Es verdad que las leyes físicas valen también para los organismos, pero estos se desenvuelven con sus leyes propias. Lo mismo ocurre en la relación de lo psíquico a lo vital.[2] Una de esas críticas en  el ámbito económico hizo su aparición con la escuela de las expectativas racionales. La hipótesis de las expectativas racionales[3], en la que Robert Lucas[4] es uno de los pioneros más destacados, nos viene a decir que el hombre piensa y reacciona ante lo que subjetivamente descubre e imagina personalmente. Afirma que los individuos no cometemos errores sistemáticos al predecir el futuro. La formación de expectativas es un tema central tanto en macroeconomía como en microeconomía. El encasillamiento de varias suposiciones fijas sobre el proceso de formación de expectativas permitió en el pasado el desarrollo de modelos macroeconómicos un tanto toscos pero que hacían posible la utilización de las herramientas econométricas. Los econometristas empíricos se ofuscaron construyendo modelos matemáticos de las economías regionales, nacionales, e incluso internacionales, para utilizarlos tanto en la predicción como en la evaluación de políticas, y en los que la simulación informática de alternativas hipotéticas hacía caer a los políticos en el error de creer que podían comprender y controlar las probables consecuencias de tal o cual estrategia y planificación política.

          Pero si las expectativas son, como parece que son, racionales, es posible demostrar, como hace Lucas, que el uso ingenuo de tales modelos econométricos para evaluar políticas generará resultados por completo engañosos. Como nos dice Begg, un cambio en la política alteraría las expectativas de los individuos acerca del futuro y, a menos que las ecuaciones se corrijan para que reflejen esa modificación de las expectativas, es probable que la simulación de políticas sea bastante inútil. Para tomar decisiones inter-temporales sensatas y provechosas es esencial no mirar tanto al pasado y formarse opiniones acerca del futuro más o menos inmediato. Puesto que en la formación de cada expectativa individual confluye un calidoscopio prácticamente infinito de circunstancias, no pueden ser directamente observables, y mucho menos podemos predecir el comportamiento de agregados económicos que forman las piedras angulares de la macroeconomía. El futuro humano no es una continuación lineal del pasado y no se puede sostener, por mucho que se vista y esconda con un gran boato matemático, que las expectativas sean necesariamente invariantes en períodos un poco largos en el tiempo. Con la creciente variabilidad de nuestra compleja sociedad actual, ni siquiera podemos admitir esas previsiones rígidas para períodos cortos.

          La crítica de Lucas se dirige hacia el fracaso de la evaluación de políticas por no querer considerar la naturaleza de la extrapolación humana concreta en millones de decisiones tomadas por seres libres y con un conocimiento económico, ético y financiero cada vez mayor que responde con inteligencia lógica a las medidas tomadas por los gobiernos y las autoridades monetarias. La gran fuerza de la hipótesis de Lucas se basa en la importancia dada al principio de optimización según el cual los individuos hacen las cosas lo mejor que pueden y asumiendo los riesgos connaturales a toda decisión libre y responsable. Tanto el análisis macroeconómico de las políticas de estabilización, como incluso los análisis microeconómicos, deben reconocer que las expectativas del sector privado dependen de la percepción que tienen los ciudadanos de las políticas gubernamentales en vigor. Los agentes económicos últimos no permanecen satisfechos con reglas que generan errores perceptibles y los economistas tenemos que volver a reconsiderar el estudio de problemas más complejos como es el de la creación de pautas de comportamiento humano que tengan en cuenta la presencia del riesgo en toda decisión.

          Por ello, pese a la presión e insistencia en potenciar la economía positiva tratando de dejar de lado las expectativas y la parte más política y normativa de la ciencia, nunca se ha conseguido plenamente este objetivo. El resurgir de las preocupaciones éticas desde  los distintos ángulos del acontecer económico es una prueba más de la esterilidad de aquellos intentos de reducir el hombre económico a una vulgar, aunque complicada, tabla de logaritmos. Creo que no puede haber comprensión seria y plenaria, ni interpretación justa del problema económico, hasta tanto los aspectos económicos de las relaciones y objetivos humanos no sean  analizados en el marco político general del proceso social, ético, individual, empresarial, jurídico y global de toma de decisiones del que son parte integral; y hasta tanto no se expliciten ni se reflexione sobre las finalidades últimas de la naturaleza humana. La Economía estrictamente neutral que se queda simplemente en simple Economía no es ni siquiera eso que pretende ser. Se puede quedar en mero ejercicio de juegos malabares y podemos caer en la tentación de introducirnos en los vericuetos absurdos y cuantitativistas de los grafismos numéricos y en la problemática económica desnuda de ideas y de Política con mayúscula. Creo que esa actitud es un craso error inicial.  Hace falta un renacimiento de la Economía Política. No me extrañaría nada que sea esta visión “apolítica” de la Economía una de las causas importantes de las crisis económicas y una de las dificultades a superar para salir de ellas.

[1] Stigler, George J., El economista como predicador y otros ensayos (Barcelona, Ediciones Folio, 1987).

[2] Ramiro de Maeztu, Defensa del espíritu (Madrid, Rialp, 1958), p. 146

[3] Begg, David K.H., La revolución de las expectativas racionales en la macroeconomía (México: Fondo de Cultura Económica, 1989).

[4] Lucas, Robert E. Jr. Y Sargent, T.J., eds, Racional Expectations and Econometric Practice (University of Minnesota Press, 1980).

CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

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 CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

Capítulo I

ECONOMÍA POLÍTICA ENLIBERTAD. PRINCIPIOS

1.1.-  Economía Política

1.2.- El retorno a las políticas microeconómicas

1.3.- Causas de las crisis económicas

1.4.- El estado del bienestar desorbitado como causa de crisis

1.5.- Huída de capitales y política económica regresiva

1,6.- Soluciones de futuro

1.7.- Del paro al trabajo bien hecho

1.8.- Peligros de la imposición progresiva

1.9.- Desinflación y empleo

1.10.- Inflación, expansión crediticia y ciclos económicos.

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1.3.- Causas de las crisis económicas – Apartado 3 – Capítulo 1 – CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

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APARTADO 1 – APARTADO 2 –  APARTADO 3

1.3.- Causas de las crisis económicas

          Insistiendo y concretando más sobre todo lo anterior  puede ser un buen momento para reflexionar sobre las causas de las crisis económicas que hemos padecido, y sobre los remedios a poner en marcha, para que, si finalmente se va levantando el vuelo se haga de forma sólida y continuada.

          Como también se ha indicado antes, la actividad económica, como la conducta humana, es paradójica y está repleta de efectos secundarios y terciarios no   queridos e imprevistos que se revuelven contra quien los causó produciendo un efecto boomerang que deja boquiabiertos a quienes confiaban torpemente en soluciones fáciles que contentan a todos. Uno de esos efectos paradójicos, significativamente extendido y altamente perjudicial, es el efecto expulsión de la inversión productiva generadora de empleo. Cuando, sin esclarecer las causas profundas de una mala situación económica, unos pocos llamados expertos en este o aquel país, deslumbrados por el éxito político de sus ideas y con empalago de poder, creen saber cómo llevar al pueblo ignorante al nuevo paraíso terrenal económico, se puede caer en un embrollo y en un círculo vicioso de difícil reconversión.

          Un ejemplo típico es el laberinto sin casi salida de la política económica española de la anterior época socialista en la época de Felipe González. Con su pérdida del gobierno en Mayo de 1996 proliferaron los análisis que hacían balance de una época. Veamos a modo de resumen  una versión particular: Puesto que la producción nacional estaba atascada entonces respecto a sus pretensiones ambiciosas y el empleo se encontraba bajo mínimos, el Estado salvador venía  en nuestra ayuda y azuzaba el gasto público en bienes y servicios: se incrementaba el número de funcionarios para, “lógicamente”, disminuir el paro e incluso convendría subirles agradablemente el sueldo porque ello incentivaría el consumo; pero, sobre todo, se pusieron en marcha grandes proyectos públicos de inversión y de boato interesado que acelerarían el crecimiento del PIB público y disminuiría el paro estructural. El multiplicador aliado del Estado redentor haría el resto. Su soplo benefactor impulsaba el PIB por toda la geografía nacional multiplicando su valor dos o tres veces el valor de G (G es la letra mágica que representa el Gasto Público); y los nuevos contratos de trabajadores se sucederían con un frenesí desbordante. Pronto se alcanzaría a la locomotora alemana, nuestro nivel de vida interior se podría codear con los siete grandes e incluso les miraríamos por encima del hombro. La alegría fácil e ignorante se desbordaba. Así pensaban.

          Pero más tarde o más pronto llega el tío Paco con las rebajas. La economía humana tiene sus reglas naturales intertemporales y supranacionales que acaban por imponerse con cabezonería sin igual. Todos los juegos malabares de artificio que presuntuosamente pretendían construir nuestra ciudad encantada se fundamentaban en la trasgresión de una de esas reglas naturales cuyo respeto deberíamos rescatar: el mantenimiento básico del equilibrio presupuestario ya citado. Cuando esa igualdad de ingresos y gastos se rompe por el lado malo, por la vertiente del déficit, el círculo vicioso con sus efectos perversos empieza a actuar. El gasto forzado provoca inflación. El déficit incrementa la Deuda y esos desequilibrios negativos continuados aumentan esa deuda continuadamente. Hay que financiarla. El ahorro interior no puede sólo y se necesita atraer capitales, por lo que para conseguirlo necesitamos subir los tipos de interés tratando de evitar a su vez el galope de la inflación. Juan Velarde, divulgando una conferencia de José Barea en septiembre de 1993 a la que asistí, lo explicaba así: los altos tipos de interés aumentan, por un lado el gasto público y, por otro, encarecen de tal modo los costos financieros que disuaden la acción del sector privado, dentro del llamado “efecto expulsión. El tejido empresarial resulta destruido en buena parte. El paro se incrementa. Para no provocar un conflicto social gravísimo, se acude al gasto público como alivio. Se contratan más funcionarios; el PER se encarece; las jubilaciones crecen, y así sucesivamente. Se espera el alivio del Estado del Bienestar, pero como la crisis es fuerte las recaudaciones de cotizaciones e impuestos se derrumban. El déficit del sector público aumenta de nuevo. Como si fuese de cuchillos y navajas, la rueda diabólica continúa su girar incansable y destructor de nuestra economía[1]. El boomerang golpea repetidamente a quienes lo lanzaron con presunción desbordante. Se pretendía ayudar a los más débiles y son ellos los más perjudicados.

              Los comentarios críticos sobre los problemas que traen consigo esas tendencias de la política fiscal española volcadas sobre el gasto se han repetido hasta la saciedad desde distintos foros personales e institucionales, tanto  nacionales como internacionales. Los déficits públicos persistentes acaban por generar inflación y con ella toda la retahíla de perjuicios generalizados: en la competitividad de las exportaciones, en el ahorro, en los perceptores de rentas nominalmente fijas o con baja flexibilidad al alza, en la toma de decisiones económicas estables a medio y largo plazo, en la estabilidad del valor del dinero (requisito imprescindible en una economía moderna si quiere alcanzar mayores cotas de desarrollo), en la necesidad de mantener altos tipos de interés para financiar una Deuda cada vez más abultada,… etc. Esos déficits obligan al Estado a presionar sobre el ahorro privado. También el sector privado es demandante de este ahorro, pero la oferta más tentadora del Estado, siguiendo  los ratios de  seguridad-riesgo-rendimiento acaban por desplazar al sector privado, con lo que resulta difícil negar su influencia decisiva sobre el efecto expulsión de la inversión. El peso de la corrección de la inflación se hizo recaer exclusivamente sobre la política monetaria elevando los tipos de interés. Se intentó también acudir a la política de rentas pero con escaso éxito. En cualquier caso el recurso al ajuste de la política fiscal  fue renovadamente despreciado. Ello dio lugar a otra secuela de efectos: incremento de costes financieros para las empresas, con su negativa influencia sobre la inversión y, consecuentemente, sobre el nivel de ocupación (el gran drama ya entonces de la economía española).

          El elevado gasto público, por lo tanto, en clara sintonía con la ideología socialista que  gobernó entonces  y que desde marzo de 2004 sigue gobernando hoy aún con más  ceguera económica y con insistencia testaruda en el error, es la causa fundamental del mal trago económico que, durante lustros, se tuvo que pasar, y  ahora se sigue pasando con mucho más dramatismo. Para atender ese exagerado protagonismo público se precisaba, correlativamente, ingresar cantidades superiores en las arcas del Estado y tratar de recaudar al alza utilizando todo tipo de procedimientos al alcance de los ministros de turno. La presión fiscal sobre las empresas y los particulares creció hasta tasas no razonables ejerciendo un efecto expulsión de la actividad formal que se refugiaba en la economía informal o en las templadas aguas del ocio y la pasividad ramplona. Ese efecto expulsión de las actividades emprendedoras traía como consecuencia menor inversión creadora de riqueza futura y, a la postre, menor recaudación por la falta de dinamismo económico.

          Pese a la glotonería recaudatoria para atender las cada vez más amplias necesidades del dispendio público, los ingresos no nivelaban los gastos, y el déficit público reiteraba su aparición año tras año, y de forma creciente. La Deuda Pública se iba incrementando peligrosamente, así como su carga de intereses, hasta que se llegó a la triste situación en que era superior al 60% del PIB dejando de cumplir el único objetivo que cumplíamos unos años antes  para la convergencia hacia la Unión Monetaria Europea. La necesidad de financiación del déficit creaba problemas sobre los mercados financieros,  sobre los tipos de interés y sobre el tipo de cambio de la peseta entonces. La necesidad de mantener altos tipos de interés para atraer capital extranjero incrementaba las cargas financieras sobre los proyectos de inversión real y  desplazaba y agostaba la iniciativa privada. La obcecación en esta política hizo que se mantuviera artificialmente alto el tipo de cambio de la peseta perjudicando nuestro dinamismo exportador y facilitando las importaciones que sólo generaban empleo en el exterior. El déficit exterior empezaba a pesar como una losa. Consecuencia de todo ello, unido a la rigidez de nuestro mercado laboral, fue el triste record de paro y desempleo en nuestro país. Junto al paro laboral hay que tener en cuenta, ligado a él, el paro empresarial y la huída de capitales desde proyectos empresariales reales hacia las actividades especulativas o hacia los refugios de simple aseguramiento de rentabilidades financieras sin apenas riesgo. Las cuantías de las suspensiones de pago empresariales crecieron más del 1500% en 1992 y las quiebras más del 1200%. En 1993  y 1994 seguían aumentando. La política monetaria no tuvo más remedio que adoptar en los años posteriores un tono marcadamente restrictivo para compensar en parte la influencia expansiva de la política presupuestaria; la economía española había pasado de ser depositaria de la confianza de los principales inversores del mundo a suscitar toda clase de recelos dentro y fuera; la gravedad de la crisis era superior a lo que revelaban las estadísticas oficiales (se quedaron cortos) y, en fin, que el gran perdedor estaba siendo el empleo.

          En 1992, en Suecia por ejemplo, tras quince años de gobierno socialista en democracia, la situación con la que se encontraron los nuevos gobernantes tenía un gran paralelismo económico y social con la situación española después de trece años de socialismo. Los impuestos absorbían cerca de las dos terceras partes del PIB y un empleado medio o un obrero industrial cualificado entregaban más del 50 por ciento de su sueldo al fisco. El enorme acaparamiento por parte del Estado de la vida ciudadana era tal que ese ente de razón estatal intentaba organizar y velar por todos desde su nacimiento hasta su muerte tratando de construir, planificadamente, un nuevo paraíso terrenal artificial. Aunque los servicios sociales se habían universalizado, ello no se traducía en su mejora y eficacia. Las listas de espera semestrales en hospitales, por ejemplo, también empezaban a generalizarse. Como explicaba después la comisión Lindbeck, el Estado había asumido en la etapa anterior numerosas tareas que era incapaz de realizar convenientemente y había descuidado aquellas que deben ser el núcleo central de su actuación. Los grupos de interés ejercían un control sobre los mecanismos de decisión que se traducía en un crecimiento del Gasto Público en su favor, a costa de los intereses generales a los que decían servir. Tantas décadas intentando implantar el Estado Protector y el Estado del Bienestar habían desembocado en un hartazgo estatista en la ciudadanía y en la extensión de un “Estado de Malestar” generalizado. La pasividad subvencionada había llevado a importantes incrementos en la Deuda Nacional y sólo producía tipos de interés más altos, inflación y paro. Suecia se había situado, pese a su tradición de excelencia tecnológica, en la vía oscura y farragosa del declive económico. Más tarde renació con políticas de corte liberal.

           Mas que la necesidad de financiación urgente nos debía preocupar, también en España, el conformismo, pasotismo, pasividad y cierto atontamiento que se produce en los ciudadanos subvencionados; así como la frenética carrera de las empresas y los particulares hacia la búsqueda de esas financiaciones, subvenciones y prebendas de la Administración Central, Autonómica y Municipal. Cada vez eran más importantes también entonces los departamentos de las empresas encargados de buscar y rebuscar esos privilegios drenando recursos materiales y humanos hacia la creación de valor añadido en sus bienes y servicios. Cuando no se puede medrar por sí mismo se necesita acudir a servicios exteriores de empresas especializadas en esas tareas que proliferaban por doquier. Los más perjudicados en estos casos eran todos aquellos que pretendían y pretenden aún hoy a pesar de la dramática crisis actuar en competencia leal en los mercados y que les resultaba prácticamente imposible transitar por esos vericuetos legales. Las pequeñas y medianas empresas tienen una notable desventaja comparativa respecto a las grandes organizaciones produciéndose un efecto regresivo y barreras de entrada a los distintos mercados.

         Ese espíritu pasivo, que lleva a trabajar menos y peor, se manifestaba  y manifiesta hoy también en aspectos inmateriales de difícil cuantificación tales como 1) La falta de confianza y 2) el vacío de espíritu crítico en muchos estratos de la sociedad que dependen directamente de ese Estado Protector. El diccionario de la Real Academia define la palabra confianza como la esperanza firme que se tiene en una persona o cosa; y en su segunda acepción aparece como ánimo, aliento y vigor para obrar. Cuando por un motivo u otro se deteriora o imposibilita la confianza es muy difícil que se desarrollen con efectividad los negocios. El sistema económico en general y los mercados financieros en particular corren peligro si se extiende un sentimiento de desconfianza fruto de la corrupción. En este campo se juegan su supervivencia, estabilidad y crecimiento innovador de cara al futuro. De la misma forma que los altos tipos de interés dan lugar a un “efecto expulsión” de la inversión, las actuaciones moralmente reprobables producen un “efecto expulsión” de los negocios. La corrupción económica y financiera generan además un proceso de huida de la economía formal para refugiarse en la informal y en el motivo precaución. También puede estimularse, dada la libertad de capitales, el autoexilio de esos capitales buscando ecosistemas financieros y fiscales mas solventes y saludables. El mal comportamiento ético genera desconfianza y, si se convierte en norma, aparece como un elemento de disfunción de todo el sistema. Los hábitos operativos negativos generan una espiral negativa de ineficacia, desorden y caos. Para que la inversión española y extranjera no nos abandone aún más y aterrice de nuevo en nuestro territorio se precisa un “climax” ético, sociopolítico y económico favorable. Igual  que las instituciones y los colectivos no tienen ética en sentido estricto, tampoco la corrupción pertenece, estrictamente hablando, a siglas y colectivos sino que tienen su origen en el mal hacer personal de cada cual. Muchas veces las siglas, marcas y colectivos son como disfraces que hacen diluir responsabilidades que quedan escondidas en la institución. Además esas actitudes éticas personales se institucionalizan en dichos colectivos por lo que también se produce una corrupción institucional.

[1] Velarde, Juan, Los años perdidos (Madrid: Ediciones Eilea, 1996), p. 221

 

CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

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 INTRODUCCIÓN 

CAPÍTULO I 

APARTADO 1 Economía Política 

APARTADO 2 – El retorno a las políticas microeconómicas 

APARTADO 3 -Causas de las crisis económicas 

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1.2.-  El retorno a las políticas microeconómicas – Capítulo 1 – Apartado 2 – CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

[:es]

APARTADO 1 – APARTADO 2 –  APARTADO 3

1.2.-  El retorno a las políticas mIcroeconómicas

          El profesor Robert Lucas ya citado escribía en 1987 que el desarrollo reciente de mayor interés en la teoría macroeconómica parece ser la reincorporación de problemas agregados tales como la inflación y los ciclos económicos dentro del marco general de la teoría “microeconómica”. Si este desarrollo se corona con el éxito, el término “macroeconomía” caerá en desuso y el prefijo “micro” resultará superfluo. Hablaríamos entonces, tal y como hicieron Smith, Ricardo, Marshall y Walras, de teoría económica sin más.

          También el premio Nobel James Buchanan, en el capítulo 3 de un innovador y revolucionario libro entonces titulado La  economía como un orden constitucional llamaba la atención sobre sus rotundas afirmaciones diciendo que no había lugar para la macroeconomía, ni como parte de nuestra ciencia positiva ni como recurso para la acción política. Y añadía que las variables agregadas, tales como la renta o el producto nacionales, tasas de paro, capacidad de utilización o crecimiento, etc. no son variables sujetas a elección, ni directa ni indirectamente, por los participantes individuales en la economía ni por los agentes políticos[1].

          La vuelta al análisis personal y microeconómico es una de las tendencias  actuales más señaladas de la teoría económica. Se vuelve a ser consciente de que el proceso económico no es nada que se realice fuera de nosotros, a modo de algo objetivo y mecánico, sino que es un proceso al que todos contribuimos con la suma de nuestras deliberaciones y resoluciones. En el fondo son, pues, miles y miles de procesos subjetivos operados en todos y cada uno de nosotros lo que se esconde tras los fenómenos de la vida económica que aparecen objetivados en el precio, la cantidad, el dinero, el interés o la coyuntura. La importancia en definitiva de la microeconomía en general, y de la conducta del consumidor en particular queda resaltada en esta afirmación de Hicks en su libro Valor y Capital[2]: Lo primero que hay que hacer (en economía) es un estudio del comportamiento de la persona y de las empresas singulares. que se complementa y refuerza con esta otra: Durante este siglo se ha estudiado poco la teoría pura de la demanda del consumidor, asunto que había ocupado mucho la atención de Marshall y sus contemporáneos.

          Siguiendo los consejos de Lucas, Hicks y Buchanan que auguran un renacer de la microeconomía que ya se está produciendo recordemos el abc microeconómico. Las cosas más simples suelen ser las más importantes y por eso considero conveniente profundizar en un ejemplo sencillo de este planteamiento unificador de “macro” y “microeconomía”   que tenemos en la explicación simple de la Economía de la Oferta. Cualquier estudiante de primer curso sabe perfectamente que el sentido común cotidiano, la ley de la utilidad marginal decreciente, la competencia y la legítima búsqueda del máximo beneficio por parte de los empresarios, lleva a una representación 1) de la función de demanda de la mayoría de los bienes y servicios como una función más o menos elástica pero  con pendiente negativa, y 2) un grafismo de las funciones de oferta normalmente con pendiente positiva. A menores precios se demandarán mayores cantidades de un bien y los mayores precios atraen a los empresarios para producir más de esos bienes que se revalorizan en los mercados.

          Dado un nivel de precios concreto y estable que tiende a igualar y equilibrar cantidades demandadas y ofrecidas, se puede producir un incremento de esas cantidades compradas y vendidas, bien por desplazamiento de la oferta hacia la derecha, o bien por desplazamiento hacia arriba y a la derecha de la demanda. En ambos casos se conseguirá incrementar la producción de esos bienes y servicios. Pero con una diferencia fundamental: el desplazamiento de la demanda genera incrementos de precios mientras que los desplazamientos de la oferta producen descensos en los  precios de equilibrio estables que igualan oferta y demanda y vacían los mercados. De igual manera, y con una cierta similitud no exenta de errores, si consideramos a nivel macroeconómico la llamada oferta agregada y la demanda agregada, el incentivo de la actividad económica y de los niveles de empleo a ella ligados se puede producir también mediante aceleraciones forzadas de la demanda o mediante desplazamientos de la oferta. La diferencia fundamental vuelve a ser, entre otras cosas,  que los acelerones de demanda generan inflación mientras que  los de oferta la reducen y hacen a esa sociedad más competitiva, variada y justa.

          La época del Estado Keynesiano ha sido la época de la activación de la demanda agregada a corto plazo, del bienestar social donde quiere ser protagonista el Estado, del sistema de planificación cuyos expertos proponían políticas en las que el vocabulario macroeconómico invadía (e invade) las discusiones de política pública. Se trataba (y se trata) de manipular esas macrovariables para estabilizar la economía y lograr que exista demanda suficiente para absorber la gran cantidad de productos que necesitan vender las empresas dotadas de tecnologías de producción en masa. Los esfuerzos conjuntos de las técnicas econométricas y del propio análisis económico fracasaron a la hora de aclarar el caos de la inestabilidad monetaria y el drama de la recesión y el desempleo. El incremento simultáneo de los precios, los salarios y los demás costes de producción no resulta explicable mediante el modelo keynesiano. Las políticas keynesianas convencionales se traducen ahora en aumentos de costes y precios en lugar de incrementos en el nivel de actividad y empleo. Aparecen con fuerza el estancamiento y la inflación, el declive industrial, los problemas financieros internacionales, los desequilibrios de los presupuestos públicos y de las balanzas de pagos.

          Frente a este marasmo entrelazado surgió la economía de la oferta tratando de desplazar su curva agregada hacia la derecha. Se trata de abaratar los costes de producción (también los financieros) al objeto de contribuir a incentivar la producción, la capacidad productiva y la productividad del sistema. Se argumenta de nuevo en clave microeconómica sobre la importancia del comportamiento individual y de sus incentivos como fuerzas conductoras de la economía que, por otra parte, la puesta en práctica con obsesión de las políticas del lado de la demanda estaban agostando. Por el lado de la oferta la preocupación se centra en establecer las condiciones para que el sistema económico sea flexible de forma que los agentes puedan adaptarse con rapidez y eficacia a los cambios, cada vez más vivos, que se vayan produciendo. Se renuncia también a fijar orientaciones rígidas que se impongan a la voluntad de los individuos y se recomienda un mínimo de intervención al Sector Público limitada a mantener un marco estable donde fructifique la riqueza del despliegue de la libre y responsable iniciativa personal.

          Cabe recoger, a propósito de este despliegue necesario de la iniciativa personal responsable que trabajando puede ahorrar, algunas importantes ideas de Von Mises que son doctrina común en torno a la capacidad del  ahorro y del capital para generar empleo y riqueza futura. Para explicar esa capacidad nos dice que la singularidad y originalidad de toda persona humana estriba simplemente en que el hombre se esfuerza por mantener y vigorizar la propia vitalidad y la de sus descendientes y adyacentes de modo consciente y deliberado. Si denominamos capital a aquella cifra dineraria dedicada en un momento determinado a una actividad emprendedora específica, la distinción entre medios y fines nos lleva a diferenciar entre invertir y consumir, entre el negocio y el gasto familiar. La suma resultante de valorar el conjunto de bienes destinados a inversiones -el capital- constituye el punto de donde arranca todo el cálculo económico y la primordial herramienta mental a manejar en una economía. Hay que indicar también que cada paso que el hombre da hacia un mejor nivel de vida se halla invariablemente protegido por un ahorro previo. Es por ello por lo que cabe afirmar que el ahorro y la consiguiente acumulación de bienes de capital constituyen la base de todo progreso material y el fundamento, en definitiva, de la civilización humana. Sin ahorro y sin acumulación de capital resulta imposible según Mises apuntar incluso hacia objetivos de tipo espiritual.

          Las políticas de demanda en cambio, en contraste con las de oferta, han pivotado sobre la bondad económica de la ruptura drástica y voluntarista del equilibrio presupuestario estatal que era una norma y principio económico, moral y ético intocable para los economistas clásicos. José Luis Pérez de Ayala[3], señalaba en una de sus obras que, tradicionalmente, toda la política presupuestaria ha venido manifestándose en torno a dos principios contrarios: o equilibrio o desequilibrio del presupuesto. Si ojeamos los escritos clásicos en torno al problema se observa que el principio del equilibrio presupuestario se mantiene y defiende por entender que la política de Deuda Pública, aneja al déficit, restaría ahorro a la producción privada, y de aquí se deduce que el olvidado principio del equilibrio se apoya en la necesidad de respetar y no frenar la expansión de la oferta global.

          En la grave situación actual de las finanzas públicas de prácticamente todos los países (tanto del orbe occidental como del  no occidental) con problemas de Deuda Soberana realmente muy graves, es fácil que surja espontáneo un hondo sentimiento racional de nostalgia hacia el modelo presupuestario clásico donde, lejos de la ideologización gubernamental, el Estado es políticamente neutral, en el sentido de que, en cuanto a sus fines, sólo gasta para producir los bienes y servicios necesarios para su existencia y funcionamiento así como para la organización y orden públicos de la sociedad. Es también neutral frente a la multisecular economía de mercado. Esta neutralidad está inspirada en el supuesto de la eficaz actuación de la empresa privada y fundamentada en que la determinación de los productos que hay que fabricar, de los servicios que se prestan, y de los precios y las rentas que han de pagarse, se determinan por el libre juego enriquecedor para todos de la oferta y la demanda. Supone que la economía de mercado garantiza un crecimiento equilibrado de la producción nacional, a plazo medio, en condiciones aproximadas a las de una situación de pleno empleo de los recursos productivos que posee la economía. La “ley de Say” aporta la demostración teórica de estas tesis donde la oferta crea su propia demanda. Los gastos que las empresas hacen para producir todos y cada uno de sus productos garantiza las ventas de esas mismas empresas en el conjunto  global debido a que los gastos de producción que hicieron son rentas para los trabajadores y propietarios de los capitales empleados. Esas rentas se utilizan, bien para adquirir bienes directamente de las mismas empresas, bien para aportarlos a estas empresas para que compren, a su vez, bienes a otras. Puesto que este proceso lleva tiempo, se pueden producir “fallos” momentáneos, pero serán corregidos automáticamente por el propio juego de la oferta y la demanda. Todo el mecanismo equilibrador supone plena movilidad de factores y de productos, y corregir con premura estructuras anticuadas, lastres, ineficacias, rutinas, burocracias e incompetencias.

          Derivados de estas condiciones, los principios básicos económicos de ordenación del Presupuesto del Estado serán: 1) que el Estado debe gastar sólo para los fines propiamente políticos de carácter ordinario, y 2) que estos gastos han de ser pagados por el Gobierno con la recaudación de impuestos. La “regla de oro” clásica que une estos dos principios es la del equilibrio del presupuesto donde los impuestos deben cubrir todos los gastos ordinarios del Gobierno, y éste deberá gastar sólo para atender las necesidades normales de estructura y funcionamiento de las instituciones políticas y jurídicas consustanciales con la existencia del Estado y de la sociedad. Cualquier gasto extraordinario de inversión pública debe ser excepcional, y cuidadosamente calculado antes de realizarse, por la sencilla razón de que sólo podría cubrirse: o con impuestos muy altos, que desanimarían la actividad económica privada -que se estima más eficaz que la pública-, o a través de Deuda Pública, que absorbería un ahorro necesario a la inversión privada y que nos hipoteca el futuro. Si el gasto público extraordinario de inversión se realiza, debe “autofinanciarse” y  debe ser rentable proporcionando una renta suficiente al Estado para que éste pueda pagar los intereses y amortizar la deuda que contrajo para pagar la inversión. Hay que evitar por lo tanto los delirios de grandeza caudillista de quienes gobiernan porque al final los pagamos todos nosotros; o lo pagarán, con intereses, nuestros hijos y nietos.

          Debido a ese peso económico agobiante que se cierne sobre las generaciones futuras, ya presentes -fruto de ese desequilibrio presupuestario propiciado por el incremento desorbitado del gasto- es por lo que se han abierto grandes interrogantes desde hace unos cuantos lustros en todo el mundo occidental, y por simpatía en el resto del mundo, respecto al papel del Estado y la eficacia de la política económica basada en una versión excesivamente simplificada del modelo keynesiano que mira con muy buenos ojos el gasto público estatal como motor económico. Pero sobre todo ha quedado muy en entredicho la legitimación de la planificación económica tanto en el ámbito estatal como en el empresarial. El espíritu empresarial abierto ha quedado oscurecido también en ocasiones por la mentalidad y promoción burocrática de algunos ejecutivos públicos y privados con aspiraciones incontenibles de seguridad laboral y ostentación consumista, que se anquilosan en planteamientos rígidos y homogéneos. Ante la tentación política, especialmente intensa en época de dura crisis económica, de implementar y decantarse hacia posibles pactos y amaños que pretendan poner en marcha políticas planificadoras o keynesianas estatales o empresariales, pivotando sobre el gasto público, es bueno recordar algunas ideas de Shackle y algunas críticas, ya esbozadas antes, de la escuela de las expectativas racionales.

          En el modelo económico de decisión de Shackle la preocupación única es el estudio de cómo los hombres explotan esa libertad que la incertidumbre confiere sobre el pensamiento y la imaginación. La inversión, que a fin de cuentas es la que crea empleo, es una acción en busca de utilidad. Pero esa utilidad que estimula la inversión es un mero producto de la inteligencia y la imaginación y no tiene nada que ver con la utilidad del contador que ha sido realizada y registrada y que es algo que pertenece al pasado. La inversión no se emprende para buscar una utilidad pasada, sino una utilidad futura y esto es, en último análisis, mera conjetura y esperanza, no obstante lo cuidadosamente que se reúna y tamice toda evidencia disponible.  En las técnicas más habituales de predicción se extrapola de forma más o menos determinista presuponiendo que el futuro será en gran medida una continuación lineal del pasado. Muchos modelos estructurales que incorporan esas premisas –y que olvidan el hecho fundamental de la incertidumbre y variabilidad originales de millones de decisiones libres imaginativas que se toman diariamente- no pueden formular predicciones futuras distintas del pasado. Ese tipo de métodos es válido sólo para aquellas variables que presenten una relación fija (astronómica) entre sus valores pasados y futuros, por lo que su aplicación al entramado económico humano es irracional en cuanto que contradice el hecho real de que los agentes son optimizadores natos en cada momento, buscando lo mejor para el futuro utilizando lo mínimo. Es irracional reducir la inteligencia, pensamiento, información, aspiraciones e imaginación del  ser humano a una métrica rígida de álgebra bidimensional o tridimensional.

          Estos enfoques pseudokeynesianos y burocráticos tienen también un problema de inconsistencia en cuanto que dan una preponderancia y relevancia especial a las relaciones agregadas, dándoles incluso existencia independiente de las decisiones individuales. Puesto que los agregados son grandes sumatorios de decisiones individuales variopintas, es muy peligroso para las predicciones encarnar en índices macroeconómicos abstractos ese incierto comportamiento individual. La inconsistencia se puede generalizar en el conjunto de una sociedad cuando se introduce en su escala de valores la medición del éxito de determinadas políticas o de algunas personas relevantes en base a los valores de esos agregados que, según la escuela, ya citada,  de las expectativas racionales, son ambiguos y engañosos, ya que no dicen nada respecto al individuo y a la utilidad particular y concreta.

Frente a ciertos efectos positivos que la Teoría General de Keynes, históricamente, produjo sobre la riqueza económica, hay que afirmar, así mismo, la creación y extensión generalizada -transmitida por el keynesianismo de la posguerra- de un prejuicio psicológico de pensar que las variables económicas son totalmente controlables; que la política económica tiene un marcado tinte automático que permite establecer un recetario fijo de actuaciones según las condiciones que se presentan; que se puede utilizar el variado instrumental macroeconómico especializado para conducir la economía como quien pilota un sofisticado reactor ultramoderno y  que ésta reacciona con patrones informáticos programados navegando entre las variables condiciones meteoro­lógicas y geográficas. Es por todo ello por lo que debemos matizar mucho en economía las predicciones fáciles y unilaterales y poner en tela de juicio las extendidas extrapolaciones deterministas. Muchos pensamos que el gobierno no puede mejorar el funcionamiento del mecanismo multisecular y equilibrador del mercado, lo cual no implica la eliminación de su intervención, sino limitarla a la creación y defensa del marco previsible, ético y estable para el sector privado.

[1] Buchanan, James M., The Economics and the Ethics of Constitutional Order, Cap. 3: “The Economy as a Constitutional Order” (The University of Michigan Press, 1991), pp. 29 a 41)

[2] Hicks, Valor y capital (México: Fondo de Cultura Económica., 1974), pp. 23

[3] Pérez de Ayala, José Luis, La economía financiera pública. (Un enfoque institucional sobre la economía política de la Hacienda Pública) (Madrid:Edersa, 1988), Cap. VIII

CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

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 INTRODUCCIÓN 

CAPÍTULO I 

APARTADO 1 Economía Política 

APARTADO 2 – El retorno a las políticas microeconómicas 

APARTADO 3 -Causas de las crisis económicas 

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BILL GATES Y LA INFORMÁTICA

BILL GATES Y LA INFORMÁTICA

Una noticia sin apenas importancia sobre Bill Gates me trajo a la memoria hace ya un tiempo muchos aspectos y nuevos matices de las aportaciones del gran economista de la Escuela Austriaca Von Mises. La potencialidad de las sugerencias austriacas en la nueva sociedad cultural, del conocimiento y la telemática, son enormes.

Al poner Von Mises la persona humana en el centro de la actividad económica no sólo contribuyó a diseñar los cimientos intelectuales para poner de manifiesto los graves errores económicos del socialismo y el malthusianismo que empobrecen, sino que, además, se adelantó casi un siglo a la explosión de esa sociedad cultural y del conocimiento que desde hace años estamos viendo amanecer. En las primeras páginas de La acción humana nos dice: “La experiencia cotidiana no sólo patentiza que el único método idóneo para estudiar las circunstancias de nuestro alrededor no humano es aquel que se ampara en la categoría de causalidad, sino que, además, acredita, y de modo no menos convincente, que nuestros semejantes son seres que actúan como nosotros mismos. Para la comprensión de la acción, a un sólo método de interpretación y análisis cabe recurrir: a aquel que parte del conocimiento y el examen de nuestra propia conducta consciente.” Lo que viene a decir la metodología misiana es que para saber algo de economía hay que mirarse por dentro e introducirse en el universo prácticamente infinito de la propia intimidad donde reina la libertad personal siempre nueva, misteriosa y sorprendente. La economía no se puede entender si la situamos en una órbita puramente física y matemática donde las complejas y tediosas ecuaciones nos describen otro mundo estático, intemporal y fantasmagórico donde todo gira uniformemente según leyes fijas y extrañas a la naturaleza humana.

Es precisamente por todo ello por lo que es absurdo pensar que si bien fue imposible conocer y controlar la sociedad en el pasado mediante múltiples coacciones, con el avance de la informática y las comunicaciones, sería posible hoy ejercer ese control desde alguna cúspide de poder humano apoyándose en espionajes sin cuento y utilizando esos artilugios electrónicos aparentemente inteligentes. Se ha intentado, y se sigue intentando, hacer funcionar el sistema socialista de coacción, aparentemente bien intencionada, recurriendo a grandes sistemas de ordenadores macrotécnicos y ultrarrápidos dirigidos por un ejército de burócratas al servicio de no se sabe qué causa.

La inutilidad de tales intentos de control y omnisciencia queda más patente aún si cabe al considerar el famoso principio de indeterminación de Heisenberg según el cual es imposible determinar con toda precisión, y simultáneamente, la posición y el momento de una partícula. Los propios instrumentos de medición y observación de la realidad distorsionan esa realidad, incluso física, que pretendemos conocer y, además, el tiempo transcurrido entre la medición y el conocimiento del resultado por el observador hacen imposible toda adecuación exacta. A lo anterior podemos añadir el desconocimiento que todos tenemos de nosotros mismos, la ignorancia radical respecto a los demás o lo demás, y la dificultad de transmitir esas intuiciones e informaciones concretas personales a los órganos directores. Podemos concluir que el afán socialista, o de cualquier otro colectivo, de conocer lo que ocurre en realidad para orientar la sociedad hacia donde creen es lo mejor, es un imposible integral.

Citando al profesor Huerta de Soto, experto conocedor de la escuela austriaca, diremos que “lo que no cabe admitir es que el órgano director esté dotado de capacidades sobrehumanas ni, en concreto, que tenga el don de la omnisciencia, es decir, que sea capaz de asimilar, conocer e interpretar simultáneamente toda la información diseminada y privativa que se encuentra dispersa en la mente de todos los seres humanos que actúan en la sociedad y que se va generando y creando ex novo continuamente por éstos.” La realidad es que el órgano director, a veces también llamado el órgano de planificación o intervención central o parcial, en su mayor parte desconoce, o tan sólo tendrá una muy vaga idea en torno a cuál sea el conocimiento que se encuentra disponible en forma dispersa en la mente de todos los actores que puedan llegar a estar sometidos a sus órdenes. Existe, por tanto, una pequeña o nula posibilidad de que el planificador pueda llegar a saber qué o cómo buscar y dónde encontrar los elementos de información dispersa que se van generando en el proceso social y que tanto necesita para controlarlo y coordinarlo.

Podemos añadir aún más. No sólo el avance en la informática y las comunicaciones no facilitan la intervención y el control, sino que lo hacen mucho más difícil, complejo e imposible. Todos los instrumentos técnicos potencian el trabajo o la acción física e intelectual y lo hacen más rico y variado. Potencian y amplían en definitiva la personalidad individual de todos los usuarios haciendo mucho más compleja la sociedad humana. La tendencia imparable de la informática se ha decantado definitivamente hacia los ordenadores personales y la informática de consumo lo que hace que se incremente aun más el grado de complejidad del problema para el órgano director sea cual fuere. Veinte años después de la muerte de Mises su embrión intelectual adquiere una relevancia magistral en esta sociedad del conocimiento.

JJ Franch