4.1.- Población y ecología humana – Apartado 1 – Capítulo IV – SOBRE LA POBLACIÓN, LA ECOLOGÍA  Y LOS RECURSOS – CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES.

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CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES.

ÍNDICE

SOBRE LA POBLACIÓN, LA ECOLOGÍA  Y LOS RECURSOS 

Capítulo IV

Apartado 1 

 Población y ecología humana

          No es necesario calentarse la cabeza con intensidad para llegar  a la evidente conclusión de que cuanto ocurre sobre la superficie de una región, de un país o de la totalidad del planeta Tierra se refleja en el número, estructura y calidad diversa de su población. Si, además, miramos hacia el futuro, todo ese galimatías real de complejas circunstancias que concurren en los diversos grupos humanos que componen ese país se despliega en el porvenir repercutiendo de mil modos en la historia y las características de las generaciones sucesivas. No es nada sorprendente entonces que grandes pensadores afirmen que de todas las ciencias sociales la más importante es la Demografía. La Demografía trata y reflexiona sobre el acontecer de la vida humana, y la vida humana se gesta en la familia.

          Sin embargo, en las teorías macroeconómicas generalmente aceptadas, los procesos circulares input-output, donde el nuevo output se convierte en bien intermedio y en input para una nueva unidad económica, quedan truncados precisamente en la familia. Los consumos familiares, siguiendo a Carl Menger,[1] fundador de la cada vez más influyente Escuela Austríaca, se convierten en bienes de primer orden, es decir en bienes finales que transmiten derivadamente su valor a los bienes intermedios de segundo, tercer, cuarto orden…etc. Quedan ordenados así los distintos bienes según la relación causal respecto a los bienes de primer orden.

          Esa conexión entre los diversos bienes para dar el idóneo cumplimiento a las necesidades, aspiraciones y objetivos humanos, se convierte en la tarea económica primordial. Toda la ordenación productiva queda marcada y valorada en el último estadio de consumo donde los individuos, exclusivamente en cuanto consumidores, operan basándose en sus propias y originales escalas de preferencias, es decir, en sus apreciaciones y aspiraciones singulares. La utilidad marginal decreciente opera en estas demandas variables individuales y, también por la vía marginal, se establece el cómo valorar y justipreciar, a través de su productividad marginal, la contribución de cada uno de los factores productivos de órdenes superiores.

          La complementariedad entre los distintos bienes intermedios y su capacidad para ser transformados en otros de órdenes inferiores, resulta vital para crecer en la riqueza de opciones demandadas. Un bien de orden superior que esté integrado en el factor productivo Tierra sólo podrá denominarse con propiedad bien económico si se puede conjugar con un específico tipo de trabajo humano y con la ayuda de los instrumentos de capital idóneos para transformarse en un bien inferior más cercano a la satisfacción de necesidades consumidoras. Si, además de su capacidad para ser transformado, no hay disponible el trabajo humano necesario, desaparecerá su cualidad de bien económico. Al menos en esas determinadas circunstancias de lugar y tiempo.

          En todo este razonamiento el trabajo se suele considerar como un factor productivo más y se le aplican los mismos criterios y planteamientos economicistas, estáticos y materiales que al factor Tierra o al factor Capital. Con un reduccionismo inaceptable se supone dado de forma homogénea y cuantitativamente estable derivada del crecimiento o descenso de la población activa. Pero si de lo que se trata es de dar una mejor respuesta a las necesidades y aspiraciones humanas, el trabajo no se puede considerar un factor productivo más sino  que debe ser  el factor por antonomasia que necesariamente tiene que estar activamente presente en todos los estadios del proceso productivo. Y ello tanto si hablamos del sector primario agrícola como del sector secundario industrial como, especialmente, del sector servicios. El trabajo como afirmaba Von Mises es el factor radicalmente más escaso. Si de lo que trata el proceso económico es de la humanización de las condiciones de vida, el trabajo humano es el requisito radicalmente imprescindible.

          El trabajo además no es homogéneo, ni es estático, ni está dado en cantidad ni sobre todo en calidad. El trabajo se forja especialmente en la familia. No sólo en el amplio período educativo sino también en los cada vez más amplios períodos llamados de ocio y tiempo libre que existen en la vida normal profesional. Con la decisiva influencia de la informática y las comunicaciones es creciente además la posibilidad de realizar muchas tareas profesionales en el hogar sin desplazarse al lugar formal de trabajo. El diseño y organización idónea de actividades en el ámbito familiar resulta decisivo para la formación y mejor prestación de los servicios laborales.

          En esa tarea creativa “empresarial” que se realiza en  el ámbito doméstico pueden ponerse en acción muchos hábitos operativos éticamente positivos como por ejemplo: 1) el temple y el dominio personal y familiar que implica una cierta ordenación razonable en las diversas actividades hacia lo que se considera que es lo mejor; 2) la austeridad creadora que evita a las personas caer por completo en lo material fortaleciendo la voluntad y aumentando la libertad para conseguir su plenitud humana personal y profesional; 3) la firmeza y fortaleza de ánimo  para acometer proyectos de vida positivos manteniendo cotidianamente la constancia en el esfuerzo; 4) la mentalidad y actividad emprendedora que se la ha apropiado la empresa con carácter exclusivo y privativo cuando es el rasgo vital definitorio de todo sujeto económico que trata de hacer rendir al máximo sus recursos humanos; 5) la justicia en cuanto disposición cotidiana que inclina de modo firme y permanente a dar a cada uno lo suyo; o 6) en fin, el sentido común prudente que no deja de ser audaz y que consiste en ese hábito intelectual que nos indica la medida idónea del actuar en cada caso concreto.

          En los razonamientos habituales se considera que los bienes comprados por las economías domésticas en los mercados proporcionan satisfacción y utilidad por sí mismos y directamente. Pocas veces se investiga con más profundidad cómo circulan y son utilizados esos bienes en la familia una vez comprados. Puede resultar más realista y fructífero en ese ámbito “empresarial” del hogar suponer, al estilo en que lo hace Gary Becker,[2] pero sin utilizar su cuantificación en funciones de utilidad, que el tiempo, el medio ambiente humano relacional y los diferentes bienes de consumo adquiridos en los mercados son a su vez factores de producción, inputs, que son usados para la obtención de otras “mercancías” que a su vez acaban potenciando la mejor vivencia y la actividad del factor humano. Es decir que en el ecosistema multipersonal del hogar, los bienes de consumo y el tiempo, se convierten en materias primas necesarias para incorporar valor añadido al factor humano y repercutir positivamente en su despliegue posterior en las correspondientes actividades profesionales en el ámbito de la empresa. El mundo empresarial debería ser el primer interesado en ese idóneo aprovechamiento del tiempo y de los bienes escasos en el mundo familiar.

          Se cierra así el círculo productivo en espiral creciente de valor añadido entre los bienes y servicios producidos en el ámbito empresarial y los bienes y servicios producidos en el hogar que repercuten especialmente en la mejora en cantidad y calidad del capital humano de la sociedad. Todo bien de consumo será más o menos valioso en tanto en cuanto sea utilizado para conseguir capacidad de generar riqueza en el futuro a través del trabajo humano. Y todo trabajo, sea en horario empresarial o en horario familiar, será más o menos valioso también según su capacidad operativa de generar más o menos riqueza material y humana a su alrededor en el futuro.

          Desde estos puntos de vista queda patente, y adquiere plena vigencia, la moderna teoría de la población de Hayek que plantea nítidamente en su último libro La fatal arrogancia: A medida que se intensifican los procesos de intercambio y se perfeccionan los medios de comunicación y transporte, el aumento demográfico no puede sino resultar favorable a la evolución económica, ya que favorece una más acusada diversidad laboral y una aún más elaborada diferenciación y especialización, todo lo cual sitúa a la sociedad ante la posibilidad de aprovechar recursos económicos antes inexistentes y elevar así notablemente la productividad del sistema. La aparición de nuevas habilidades laborales, sean éstas de índole natural o adquirida, equivale, de hecho, al descubrimiento de nuevos recursos económicos, muchos de los cuales pueden gozar de carácter complementario en relación con otras líneas de producción, lo cual experimenta una ulterior potenciación debido a la natural tendencia de las gentes a aprender y practicar esas nuevas habilidades, puesto que ello les facilita el acceso a superiores niveles de vida. Cualquier zona más densamente poblada puede, por añadidura, recurrir a tecnologías que no hubieran sido aplicables de haber estado la región menos habitada.[3]

          La familia, en lógica consecuencia de la teoría de la población hayekiana, en cuanto que es generadora y conformadora de vidas futuras, se convierte en la célula básica y nuclear de todo el proceso de desarrollo económico en nuestra compleja civilización del conocimiento. La expansión demográfica puede así iniciar procesos de ininterrumpida aceleración hasta constituirse en el factor que fundamentalmente condicione cualquier ulterior avance de la civilización, en sus aspectos materiales o espirituales.[4]

[1] Menger, Carl, Principios de economía política (Madrid: Unión Editorial, 2.ª ed. 1997), cap. 1.

[2] Becker, Gary, Tratado sobre la familia (Madrid: Alianza Editorial, 1987).

[3] Hayek, F.A., La fatal arrogancia (Madrid: Unión Editorial, 2.ª ed. en Obras Completas de F.A. Hayek, 1997), p. 345-346.

[4] Hayek, F.A., La fatal arrogancia (Madrid: Unión Editorial, 2.ª ed. en Obras Completas de F.A. Hayek, 1997), p. 346.

CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES.

ÍNDICE

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Población, economía, aborto y anticonceptivos – CAPÍTULO 4 – Apartado 5 – CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES.

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CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES.

ÍNDICE

CAPÍTULO 4 – Apartado 5 

Población, economía, aborto y anticonceptivos

          Las consideraciones que se hacen a continuación no están hechas desde una perspectiva moral, ni ética, ni religiosa, ni desde luego médica, sino exclusivamente desde el punto de vista de mi conocimiento económico. Las verdades científicas además, no van de la mano de la opinión pública en muchas ocasiones. En este sentido conviene recordar que es peligroso identificar lo verdadero o conveniente con la opinión de la mayoría. Baste con recordar a Cristóbal Colón o a Galileo en el terreno técnico y científico que actuaron claramente a contra corriente de la inmensa mayoría. También se puede recordar, en el terreno político, que Hitler, con su nacional-socialismo, fue elegido democráticamente.

          Las premisas científicas respecto a la población,  la economía y los recursos anteriormente esbozadas ponen en tela de juicio,  desde el punto de vista económico, todas las políticas anticonceptivas y, no digamos ya, las políticas proabortistas por razones de angustias coyunturales o predominio del aparente bienestar personal sobre la original riqueza del futuro que ya se está gestando en el vientre materno. Me gustaría que fuese cierta la afirmación de algunos que indican que no existen partidarios de abortar. Pero las campañas proabortistas cada vez más extendidas en distintos medios, así como los niveles de abortos anuales en España y los millones a nivel internacional son pruebas empíricas incontestables que permiten poner en duda esa aseveración. El feminismo proabortista, por ejemplo, debería recapacitar. La disyuntiva no está entre la libre disposición del cuerpo de la mujer y las diferencias respecto a  las consecuencias de la  sexualidad del hombre, sino que en el aborto la disyuntiva está, con una probabilidad de al menos el 50%, entre la decisión de una mujer y la vida de otra futura mujer. Me asusta la idea (que cada vez se me presenta como más plausible pero que me gustaría que fuese un simple desvarío) según la cual, desde premisas autodenominadas “progresistas“, se  propague la ampliación del aborto y la píldora abortiva por motivos políticos electorales que puedan ocultar otros fracasos rotundos. Dirimir asuntos que tienen que ver directamente con la vida o la muerte de muchos por motivos electorales me parece sencillamente repugnante. Desarrollo económico y aborto son conceptos casi tan contradictorios como hablar de médico abortista o madre que aborta voluntariamente. Desde el mismo momento que se consuma ese acto deja de ser madre.

          Los tópicos extendidos durante décadas a nivel mundial, convergen hacia la simpleza de una interpretación de Malthus según la cual los alimentos crecerían en progresión aritmética mientras que la población, en situación económica desahogada, crecería siguiendo una progresión geométrica. Esta mentalidad malthusiana pesimista ya comentada, que reduce todo ser humano a un simple número que come, ha sido rebatida por la dinámica testaruda de los hechos: 1) El progreso tecnológico, los cultivos intensivos en capital, los descubrimientos biológicos y genéticos, la potenciación de los recursos marinos, y otros sucesivos, continuos y múltiples avances en todas las ramas científicas, han  hecho posible que los “alimentos” hayan podido crecer de forma exponencial. La falta de alimentos hoy es más problema del correcto funcionamiento del sistema económico mundial que de la falta de recursos naturales y técnicos. 2) La población en las sociedades más desarrolladas no ha crecido en progresión geométrica sino que se da el caso contrario: a mayor nivel de vida menor número de hijos.  Otros factores extraeconómicos, fundamentalmente de carácter ético y cultural, influyen mucho más decisivamente sobre las tasas de natalidad. Sigo pensando, con convicción intelectual y con datos, que la Naturaleza es generosa si sabemos dominarla y trabajarla respetando sus reglas.

          De hecho el auténtico problema demográfico para Europa, y especialmente para España, como he intentado explicar, surge de las consecuencias económico-sociales del drástico descenso de esas tasas. La población puede, si no ya extinguirse, sí envejecer y cambiar en buena parte de color. Por más reticencias que susciten los inmigrantes, hace tiempo que llegó el día en el que se hicieron imprescindibles y gracias a ellos muchas veces nos mantenemos.

          Frente a esos tópicos malthusianos, Hayek  afirma categóricamente que la generalizada opinión de que el crecimiento demográfico implica un progresivo empobrecimiento mundial es sencillamente un error.[1]  A medida que se intensifican los procesos de intercambio y se perfeccionan los medios de comunicación y de transporte, el aumento demográfico no puede resultar sino favorable a la evolución económica. La aparición de nuevas habilidades equivale al descubrimiento de nuevos recursos económicos. Se potencia así cualquier ulterior avance civilizador.

          Estas reflexiones hechas anteriormente con carácter general son aplicables a nivel familiar. Un nuevo ser humano no es únicamente una boca más para ser alimentada sino también unos brazos para poder trabajar y, sobre todo, una persona completamente original e irrepetible con capacidad de inteligencia y creatividad  novedosas que siempre compensan, tanto a nivel familiar como social, los costes y sacrificios de su cuidado material y educación posterior. Hay muchas otras formas de solucionar los problemas económicos. Incentivar estas conductas abortistas desde la legislación no tiene justificación. No la tiene desde luego desde el punto de vista de la lógica económica más moderna donde el factor más importante de desarrollo no es ni el  capital, ni la tecnología, ni los recursos materiales, sino la  realidad y capacidad siempre original y creativa del factor humano. De la misma forma que en Economía el sacrificio actual tiene sentido por el beneficio futuro esperado, el sacrificio que puede traer consigo un nuevo ser humano siempre tiene sentido por los múltiples y desconocidos beneficios futuros.

          Sobre una criatura en el vientre materno, sea de una semana, de tres o de nueve, podemos vislumbrar a tientas, con las técnicas modernas, ciertas características biológicas que se manifiestan en cada fase de la gestación. Pero lo que no podemos conocer en absoluto es lo que puede llegar a ser, lo que puede contribuir a mejorar, también económicamente, esa familia y esa sociedad. Interrumpir voluntariamente ese proceso vital, y justificar tal acción con motivos económicos, resulta ser una barbaridad intelectual, ética y económica radicalmente imposible de subsanar. La riqueza del futuro quedará para siempre incompleta. En Economía siempre se debe estar mirando a las necesidades futuras y uno de los actos más importantes es la Inversión porque, además de ser una donación libre a la sociedad sin contrapartida segura, permite estimular la producción actual y aumentar la capacidad de producción general futura. Toda Inversión en definitiva siempre consiste en un sacrificio actual que se orienta a la consecución de un beneficio futuro y que en sí mismo ya es un beneficio social. Insisto: un nuevo ser humano siempre tiene sentido por los múltiples y desconocidos beneficios futuros.

          Quisiera hacer una última reflexión en base al dato siguiente: si España tuviese la misma densidad que Bélgica podrían vivir en su patria unos 160 millones de españoles. No parece que la densidad de Bélgica sea óbice para encontrarse entre los países donde se vive más confortablemente. Pero muchos dirán ¡qué barbaridad!; con tanto paro y pobreza lo que nos faltaba. Pues sinceramente creo como Hayek y Adam Smith que ocurriría exactamente al revés. El aumento de la población aumenta las necesidades objetivas de bienes y sobre todo servicios. Crece consecuentemente su demanda y eso supone un incentivo a tratar de satisfacerlas. Toda demanda es en definitiva demanda de trabajo y el trabajo se orienta y estimula mejor si sus frutos van destinados a promocionar física e intelectualmente a quienes conocemos y vemos crecer. Las trastadas infantiles y la pureza del ingenuo vigor y alboroto juvenil producirían entonces, como por arte de encantamiento, la sacudida necesaria para la transformación del triste aburrimiento pasivo, comodón y rutinario en esperanzada alegría de vivir. No todo en economía son cifras frías y tediosas. La negación voluntaria de amor al clásico estilo multisecular de entrega, tan olvidado y despreciado, y el aborrecimiento y taponamiento consciente de la  descendencia, ayuda a que pasemos por el mundo sin más horizontes que mirar fijamente ensimismados al propio ombligo personal.        

Resumiendo: que el envejecimiento generalizado provoca depresión económica y la juventud continuada augura un nuevo y mejor renacimiento económico.

[1] Hayek, F.A., La fatal arrogancia (Madrid: Unión Editorial, 2ª. ed. en Obras Completas de F.A. Hayek, 1997), p. 345.

CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

ÍNDICE

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CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.   CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES – Índice

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 CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

Capítulo I

ECONOMÍA POLÍTICA ENLIBERTAD. PRINCIPIOS

1.1.-  Economía Política

1.2.- El retorno a las políticas microeconómicas

1.3.- Causas de las crisis económicas

1.4.- El estado del bienestar desorbitado como causa de crisis

1.5.- Huída de capitales y política económica regresiva

1,6.- Soluciones de futuro

1.7.- Del paro al trabajo bien hecho

1.8.- Peligros de la imposición progresiva

1.9.- Desinflación y empleo

1.10.- Inflación, expansión crediticia y ciclos económicos.

Capítulo II

EL EFECTO LAFFER Y OTRAS REFLEXIONES

2.1  La obviedad de Laffer

2.2  La teoría de las siete y media

2.3 Efecto Franch-Laffer legislativo

2.4  De la cultura del subsidio a la del préstamo social

2.5  Más competencia y menos subvención

2.6 Conviene gravar menos la renta

2.7.- Sistema de pensiones: Reparto o capitalización.

Capítulo III

ÉTICA EN LA LIBERTAD DE LOS MERCADOS

 3.1.- La dimensión ética de las instituciones y los mercados financieros

3.2.- Valoración ética y social de los mercados

3.3.- La armonía ética entre ahorradores, inversores e intermediarios

3.4.- Las reglas del juego y el beneficio que enriquece

3.5.- Lealtad, confianza, prioridad del cliente y profesionalidad

3.6.- La formación ética del precio en los mercados financieros

3.7.- Información veraz y transparencia ética

3.8.- Información privilegiada y uso de la información

3.9.- La especulación como vicio posible

3.10.-Teoría del desenvolvimiento ético schumpeteriano

Capítulo IV

SOBRE LA POBLACIÓN, LA ECOLOGÍA  Y LOS RECURSOS

4.1.- Población y ecología humana

4.2.-  El mito de la superpoblación         

4.3.- Envejecimiento empobrecedor

4.4.-  Población y economía crecientes

4.5.-  Población, economía, aborto y anticonceptivos

4.6.- Economía y ecología humana

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 Capítulo I –  ECONOMÍA POLÍTICA EN LIBERTAD. PRINCIPIOS – Apartado 1 – Economía Política – Del libro: CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

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         ECONOMÍA POLÍTICA EN LIBERTAD. PRINCIPIOS.

 Capítulo I

 INTRODUCCIÓN  

APARTADO 1 – APARTADO 2 –  APARTADO 3

 APARTADO 1 – Economía Política

  El nombre de Economía Política es empleado por primera vez en 1615 por Antoyne de Montchrétien para referirse a una ciencia eminentemente normativa encaminada a dar un criterio de actuación al hombre de Estado, y en el tomo V de la “Enciclopedia” (1755) aparecía el artículo “Economía Política” escrito por Rousseau y en él recordaba que Economía o bien Oeconomía significaba originariamente el sabio y legítimo gobierno de la casa, y que el sentido de este término se había extendido a continuación al gobierno de la gran familia que es el Estado. En estas definiciones la Economía Política no es una expresión restringida a la materia estrictamente económica sino que se amplía para designar todo un estilo de “gobierno” por parte del ejecutivo.   

          La conjunción entre economía y política perdura largo tiempo en el pensamiento y la práctica económica. La mezcla de recetas políticas con el análisis económico es muy estrecha,  y ello era así tanto en los inicios de la autonomía de la ciencia económica como así lo sigue siendo actualmente. Lionel Robbins, como otros, afirmaba que no podía haber duda de que, a lo largo de la historia, los economistas de todas las escuelas han tenido la concepción de que su trabajo tenía una gran influencia sobre la política. Y viceversa podíamos añadir: las distintas filosofías políticas tienen un decisivo influjo en la economía. No se puede separar la política de la economía como no se pueden separar las estrategias y políticas personales, familiares o empresariales de la consecución de los objetivos económicos. En las ciencias sociales -y la economía es una de ellas-, por ser ciencias del hombre, aparece toda la fuerza y la riqueza del subjetivismo y del mundo interior imaginativo y creativo de cada cual.

          Los objetivos económicos se consiguen no al margen de la política sino orientando ésta en la dirección de garantizar la convivencia pacífica y la consecución de los fines personales y familiares en el ámbito ciudadano. Como indicaba Stigler[1] quizás seamos los profesionales de la enseñanza de esta ciencia los culpables del intento de separar drásticamente la economía de la política convirtiendo aquella en mero arsenal de tecnicismos abstractos y deterministas. Así como al principio la economía fue una ciencia  creada, dirigida y orientada por no académicos cuyos principales objetivos de estudio estaban directamente relacionados con las implicaciones y relaciones políticas de esta ciencia, fue a partir de las últimas décadas del siglo XIX cuando la economía se convirtió en una disciplina académica.

A medida que la ciencia se convertía más exclusivamente en una profesión universitaria menguó la importancia vital de las cuestiones de política ya  que en el mundo académico predomina una cierta abstracción e independencia respecto a la escena contemporánea del momento  buscando el rigor formal un tanto obtuso y la elegancia aparente  que dan los instrumentos de trabajo distinguidos entre los que ejercen una poderosa influencia los sofisticados métodos matemáticos con su lógica pitagórica muchas veces engreída.

El cultivo de técnicas académicas especializadas se vio reforzado por los importantes triunfos de las ciencias físicas y biológicas del siglo XIX ya que las estructuras teóricas newtoniana y darwiniana obtuvieron una profunda unidad que influyó sobre la consideración de cualquier trabajo científico como correcto. La física y la astronomía especialmente sugerían que una ciencia verdaderamente avanzada debería sustentarse sobre una formalización matemática que permitiría deducciones y aplicaciones extensas y acertadas.

La crítica a esta visión cientifista y matemática se ha hecho notar desde diversos ángulos en nuestro siglo XX. Ramiro de Maeztu por ejemplo escribió: Nadie duda ya de que el plano de la vida se ordena con arreglo a principios fundamentalmente distintos de los físico-químicos. Es verdad que las leyes físicas valen también para los organismos, pero estos se desenvuelven con sus leyes propias. Lo mismo ocurre en la relación de lo psíquico a lo vital.[2] Una de esas críticas en  el ámbito económico hizo su aparición con la escuela de las expectativas racionales. La hipótesis de las expectativas racionales[3], en la que Robert Lucas[4] es uno de los pioneros más destacados, nos viene a decir que el hombre piensa y reacciona ante lo que subjetivamente descubre e imagina personalmente. Afirma que los individuos no cometemos errores sistemáticos al predecir el futuro. La formación de expectativas es un tema central tanto en macroeconomía como en microeconomía. El encasillamiento de varias suposiciones fijas sobre el proceso de formación de expectativas permitió en el pasado el desarrollo de modelos macroeconómicos un tanto toscos pero que hacían posible la utilización de las herramientas econométricas. Los econometristas empíricos se ofuscaron construyendo modelos matemáticos de las economías regionales, nacionales, e incluso internacionales, para utilizarlos tanto en la predicción como en la evaluación de políticas, y en los que la simulación informática de alternativas hipotéticas hacía caer a los políticos en el error de creer que podían comprender y controlar las probables consecuencias de tal o cual estrategia y planificación política.

          Pero si las expectativas son, como parece que son, racionales, es posible demostrar, como hace Lucas, que el uso ingenuo de tales modelos econométricos para evaluar políticas generará resultados por completo engañosos. Como nos dice Begg, un cambio en la política alteraría las expectativas de los individuos acerca del futuro y, a menos que las ecuaciones se corrijan para que reflejen esa modificación de las expectativas, es probable que la simulación de políticas sea bastante inútil. Para tomar decisiones inter-temporales sensatas y provechosas es esencial no mirar tanto al pasado y formarse opiniones acerca del futuro más o menos inmediato. Puesto que en la formación de cada expectativa individual confluye un calidoscopio prácticamente infinito de circunstancias, no pueden ser directamente observables, y mucho menos podemos predecir el comportamiento de agregados económicos que forman las piedras angulares de la macroeconomía. El futuro humano no es una continuación lineal del pasado y no se puede sostener, por mucho que se vista y esconda con un gran boato matemático, que las expectativas sean necesariamente invariantes en períodos un poco largos en el tiempo. Con la creciente variabilidad de nuestra compleja sociedad actual, ni siquiera podemos admitir esas previsiones rígidas para períodos cortos.

          La crítica de Lucas se dirige hacia el fracaso de la evaluación de políticas por no querer considerar la naturaleza de la extrapolación humana concreta en millones de decisiones tomadas por seres libres y con un conocimiento económico, ético y financiero cada vez mayor que responde con inteligencia lógica a las medidas tomadas por los gobiernos y las autoridades monetarias. La gran fuerza de la hipótesis de Lucas se basa en la importancia dada al principio de optimización según el cual los individuos hacen las cosas lo mejor que pueden y asumiendo los riesgos connaturales a toda decisión libre y responsable. Tanto el análisis macroeconómico de las políticas de estabilización, como incluso los análisis microeconómicos, deben reconocer que las expectativas del sector privado dependen de la percepción que tienen los ciudadanos de las políticas gubernamentales en vigor. Los agentes económicos últimos no permanecen satisfechos con reglas que generan errores perceptibles y los economistas tenemos que volver a reconsiderar el estudio de problemas más complejos como es el de la creación de pautas de comportamiento humano que tengan en cuenta la presencia del riesgo en toda decisión.

          Por ello, pese a la presión e insistencia en potenciar la economía positiva tratando de dejar de lado las expectativas y la parte más política y normativa de la ciencia, nunca se ha conseguido plenamente este objetivo. El resurgir de las preocupaciones éticas desde  los distintos ángulos del acontecer económico es una prueba más de la esterilidad de aquellos intentos de reducir el hombre económico a una vulgar, aunque complicada, tabla de logaritmos. Creo que no puede haber comprensión seria y plenaria, ni interpretación justa del problema económico, hasta tanto los aspectos económicos de las relaciones y objetivos humanos no sean  analizados en el marco político general del proceso social, ético, individual, empresarial, jurídico y global de toma de decisiones del que son parte integral; y hasta tanto no se expliciten ni se reflexione sobre las finalidades últimas de la naturaleza humana. La Economía estrictamente neutral que se queda simplemente en simple Economía no es ni siquiera eso que pretende ser. Se puede quedar en mero ejercicio de juegos malabares y podemos caer en la tentación de introducirnos en los vericuetos absurdos y cuantitativistas de los grafismos numéricos y en la problemática económica desnuda de ideas y de Política con mayúscula. Creo que esa actitud es un craso error inicial.  Hace falta un renacimiento de la Economía Política. No me extrañaría nada que sea esta visión “apolítica” de la Economía una de las causas importantes de las crisis económicas y una de las dificultades a superar para salir de ellas.

[1] Stigler, George J., El economista como predicador y otros ensayos (Barcelona, Ediciones Folio, 1987).

[2] Ramiro de Maeztu, Defensa del espíritu (Madrid, Rialp, 1958), p. 146

[3] Begg, David K.H., La revolución de las expectativas racionales en la macroeconomía (México: Fondo de Cultura Económica, 1989).

[4] Lucas, Robert E. Jr. Y Sargent, T.J., eds, Racional Expectations and Econometric Practice (University of Minnesota Press, 1980).

CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

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 CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

Capítulo I

ECONOMÍA POLÍTICA ENLIBERTAD. PRINCIPIOS

1.1.-  Economía Política

1.2.- El retorno a las políticas microeconómicas

1.3.- Causas de las crisis económicas

1.4.- El estado del bienestar desorbitado como causa de crisis

1.5.- Huída de capitales y política económica regresiva

1,6.- Soluciones de futuro

1.7.- Del paro al trabajo bien hecho

1.8.- Peligros de la imposición progresiva

1.9.- Desinflación y empleo

1.10.- Inflación, expansión crediticia y ciclos económicos.

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1.3.- Causas de las crisis económicas – Apartado 3 – Capítulo 1 – CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

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APARTADO 1 – APARTADO 2 –  APARTADO 3

1.3.- Causas de las crisis económicas

          Insistiendo y concretando más sobre todo lo anterior  puede ser un buen momento para reflexionar sobre las causas de las crisis económicas que hemos padecido, y sobre los remedios a poner en marcha, para que, si finalmente se va levantando el vuelo se haga de forma sólida y continuada.

          Como también se ha indicado antes, la actividad económica, como la conducta humana, es paradójica y está repleta de efectos secundarios y terciarios no   queridos e imprevistos que se revuelven contra quien los causó produciendo un efecto boomerang que deja boquiabiertos a quienes confiaban torpemente en soluciones fáciles que contentan a todos. Uno de esos efectos paradójicos, significativamente extendido y altamente perjudicial, es el efecto expulsión de la inversión productiva generadora de empleo. Cuando, sin esclarecer las causas profundas de una mala situación económica, unos pocos llamados expertos en este o aquel país, deslumbrados por el éxito político de sus ideas y con empalago de poder, creen saber cómo llevar al pueblo ignorante al nuevo paraíso terrenal económico, se puede caer en un embrollo y en un círculo vicioso de difícil reconversión.

          Un ejemplo típico es el laberinto sin casi salida de la política económica española de la anterior época socialista en la época de Felipe González. Con su pérdida del gobierno en Mayo de 1996 proliferaron los análisis que hacían balance de una época. Veamos a modo de resumen  una versión particular: Puesto que la producción nacional estaba atascada entonces respecto a sus pretensiones ambiciosas y el empleo se encontraba bajo mínimos, el Estado salvador venía  en nuestra ayuda y azuzaba el gasto público en bienes y servicios: se incrementaba el número de funcionarios para, “lógicamente”, disminuir el paro e incluso convendría subirles agradablemente el sueldo porque ello incentivaría el consumo; pero, sobre todo, se pusieron en marcha grandes proyectos públicos de inversión y de boato interesado que acelerarían el crecimiento del PIB público y disminuiría el paro estructural. El multiplicador aliado del Estado redentor haría el resto. Su soplo benefactor impulsaba el PIB por toda la geografía nacional multiplicando su valor dos o tres veces el valor de G (G es la letra mágica que representa el Gasto Público); y los nuevos contratos de trabajadores se sucederían con un frenesí desbordante. Pronto se alcanzaría a la locomotora alemana, nuestro nivel de vida interior se podría codear con los siete grandes e incluso les miraríamos por encima del hombro. La alegría fácil e ignorante se desbordaba. Así pensaban.

          Pero más tarde o más pronto llega el tío Paco con las rebajas. La economía humana tiene sus reglas naturales intertemporales y supranacionales que acaban por imponerse con cabezonería sin igual. Todos los juegos malabares de artificio que presuntuosamente pretendían construir nuestra ciudad encantada se fundamentaban en la trasgresión de una de esas reglas naturales cuyo respeto deberíamos rescatar: el mantenimiento básico del equilibrio presupuestario ya citado. Cuando esa igualdad de ingresos y gastos se rompe por el lado malo, por la vertiente del déficit, el círculo vicioso con sus efectos perversos empieza a actuar. El gasto forzado provoca inflación. El déficit incrementa la Deuda y esos desequilibrios negativos continuados aumentan esa deuda continuadamente. Hay que financiarla. El ahorro interior no puede sólo y se necesita atraer capitales, por lo que para conseguirlo necesitamos subir los tipos de interés tratando de evitar a su vez el galope de la inflación. Juan Velarde, divulgando una conferencia de José Barea en septiembre de 1993 a la que asistí, lo explicaba así: los altos tipos de interés aumentan, por un lado el gasto público y, por otro, encarecen de tal modo los costos financieros que disuaden la acción del sector privado, dentro del llamado “efecto expulsión. El tejido empresarial resulta destruido en buena parte. El paro se incrementa. Para no provocar un conflicto social gravísimo, se acude al gasto público como alivio. Se contratan más funcionarios; el PER se encarece; las jubilaciones crecen, y así sucesivamente. Se espera el alivio del Estado del Bienestar, pero como la crisis es fuerte las recaudaciones de cotizaciones e impuestos se derrumban. El déficit del sector público aumenta de nuevo. Como si fuese de cuchillos y navajas, la rueda diabólica continúa su girar incansable y destructor de nuestra economía[1]. El boomerang golpea repetidamente a quienes lo lanzaron con presunción desbordante. Se pretendía ayudar a los más débiles y son ellos los más perjudicados.

              Los comentarios críticos sobre los problemas que traen consigo esas tendencias de la política fiscal española volcadas sobre el gasto se han repetido hasta la saciedad desde distintos foros personales e institucionales, tanto  nacionales como internacionales. Los déficits públicos persistentes acaban por generar inflación y con ella toda la retahíla de perjuicios generalizados: en la competitividad de las exportaciones, en el ahorro, en los perceptores de rentas nominalmente fijas o con baja flexibilidad al alza, en la toma de decisiones económicas estables a medio y largo plazo, en la estabilidad del valor del dinero (requisito imprescindible en una economía moderna si quiere alcanzar mayores cotas de desarrollo), en la necesidad de mantener altos tipos de interés para financiar una Deuda cada vez más abultada,… etc. Esos déficits obligan al Estado a presionar sobre el ahorro privado. También el sector privado es demandante de este ahorro, pero la oferta más tentadora del Estado, siguiendo  los ratios de  seguridad-riesgo-rendimiento acaban por desplazar al sector privado, con lo que resulta difícil negar su influencia decisiva sobre el efecto expulsión de la inversión. El peso de la corrección de la inflación se hizo recaer exclusivamente sobre la política monetaria elevando los tipos de interés. Se intentó también acudir a la política de rentas pero con escaso éxito. En cualquier caso el recurso al ajuste de la política fiscal  fue renovadamente despreciado. Ello dio lugar a otra secuela de efectos: incremento de costes financieros para las empresas, con su negativa influencia sobre la inversión y, consecuentemente, sobre el nivel de ocupación (el gran drama ya entonces de la economía española).

          El elevado gasto público, por lo tanto, en clara sintonía con la ideología socialista que  gobernó entonces  y que desde marzo de 2004 sigue gobernando hoy aún con más  ceguera económica y con insistencia testaruda en el error, es la causa fundamental del mal trago económico que, durante lustros, se tuvo que pasar, y  ahora se sigue pasando con mucho más dramatismo. Para atender ese exagerado protagonismo público se precisaba, correlativamente, ingresar cantidades superiores en las arcas del Estado y tratar de recaudar al alza utilizando todo tipo de procedimientos al alcance de los ministros de turno. La presión fiscal sobre las empresas y los particulares creció hasta tasas no razonables ejerciendo un efecto expulsión de la actividad formal que se refugiaba en la economía informal o en las templadas aguas del ocio y la pasividad ramplona. Ese efecto expulsión de las actividades emprendedoras traía como consecuencia menor inversión creadora de riqueza futura y, a la postre, menor recaudación por la falta de dinamismo económico.

          Pese a la glotonería recaudatoria para atender las cada vez más amplias necesidades del dispendio público, los ingresos no nivelaban los gastos, y el déficit público reiteraba su aparición año tras año, y de forma creciente. La Deuda Pública se iba incrementando peligrosamente, así como su carga de intereses, hasta que se llegó a la triste situación en que era superior al 60% del PIB dejando de cumplir el único objetivo que cumplíamos unos años antes  para la convergencia hacia la Unión Monetaria Europea. La necesidad de financiación del déficit creaba problemas sobre los mercados financieros,  sobre los tipos de interés y sobre el tipo de cambio de la peseta entonces. La necesidad de mantener altos tipos de interés para atraer capital extranjero incrementaba las cargas financieras sobre los proyectos de inversión real y  desplazaba y agostaba la iniciativa privada. La obcecación en esta política hizo que se mantuviera artificialmente alto el tipo de cambio de la peseta perjudicando nuestro dinamismo exportador y facilitando las importaciones que sólo generaban empleo en el exterior. El déficit exterior empezaba a pesar como una losa. Consecuencia de todo ello, unido a la rigidez de nuestro mercado laboral, fue el triste record de paro y desempleo en nuestro país. Junto al paro laboral hay que tener en cuenta, ligado a él, el paro empresarial y la huída de capitales desde proyectos empresariales reales hacia las actividades especulativas o hacia los refugios de simple aseguramiento de rentabilidades financieras sin apenas riesgo. Las cuantías de las suspensiones de pago empresariales crecieron más del 1500% en 1992 y las quiebras más del 1200%. En 1993  y 1994 seguían aumentando. La política monetaria no tuvo más remedio que adoptar en los años posteriores un tono marcadamente restrictivo para compensar en parte la influencia expansiva de la política presupuestaria; la economía española había pasado de ser depositaria de la confianza de los principales inversores del mundo a suscitar toda clase de recelos dentro y fuera; la gravedad de la crisis era superior a lo que revelaban las estadísticas oficiales (se quedaron cortos) y, en fin, que el gran perdedor estaba siendo el empleo.

          En 1992, en Suecia por ejemplo, tras quince años de gobierno socialista en democracia, la situación con la que se encontraron los nuevos gobernantes tenía un gran paralelismo económico y social con la situación española después de trece años de socialismo. Los impuestos absorbían cerca de las dos terceras partes del PIB y un empleado medio o un obrero industrial cualificado entregaban más del 50 por ciento de su sueldo al fisco. El enorme acaparamiento por parte del Estado de la vida ciudadana era tal que ese ente de razón estatal intentaba organizar y velar por todos desde su nacimiento hasta su muerte tratando de construir, planificadamente, un nuevo paraíso terrenal artificial. Aunque los servicios sociales se habían universalizado, ello no se traducía en su mejora y eficacia. Las listas de espera semestrales en hospitales, por ejemplo, también empezaban a generalizarse. Como explicaba después la comisión Lindbeck, el Estado había asumido en la etapa anterior numerosas tareas que era incapaz de realizar convenientemente y había descuidado aquellas que deben ser el núcleo central de su actuación. Los grupos de interés ejercían un control sobre los mecanismos de decisión que se traducía en un crecimiento del Gasto Público en su favor, a costa de los intereses generales a los que decían servir. Tantas décadas intentando implantar el Estado Protector y el Estado del Bienestar habían desembocado en un hartazgo estatista en la ciudadanía y en la extensión de un “Estado de Malestar” generalizado. La pasividad subvencionada había llevado a importantes incrementos en la Deuda Nacional y sólo producía tipos de interés más altos, inflación y paro. Suecia se había situado, pese a su tradición de excelencia tecnológica, en la vía oscura y farragosa del declive económico. Más tarde renació con políticas de corte liberal.

           Mas que la necesidad de financiación urgente nos debía preocupar, también en España, el conformismo, pasotismo, pasividad y cierto atontamiento que se produce en los ciudadanos subvencionados; así como la frenética carrera de las empresas y los particulares hacia la búsqueda de esas financiaciones, subvenciones y prebendas de la Administración Central, Autonómica y Municipal. Cada vez eran más importantes también entonces los departamentos de las empresas encargados de buscar y rebuscar esos privilegios drenando recursos materiales y humanos hacia la creación de valor añadido en sus bienes y servicios. Cuando no se puede medrar por sí mismo se necesita acudir a servicios exteriores de empresas especializadas en esas tareas que proliferaban por doquier. Los más perjudicados en estos casos eran todos aquellos que pretendían y pretenden aún hoy a pesar de la dramática crisis actuar en competencia leal en los mercados y que les resultaba prácticamente imposible transitar por esos vericuetos legales. Las pequeñas y medianas empresas tienen una notable desventaja comparativa respecto a las grandes organizaciones produciéndose un efecto regresivo y barreras de entrada a los distintos mercados.

         Ese espíritu pasivo, que lleva a trabajar menos y peor, se manifestaba  y manifiesta hoy también en aspectos inmateriales de difícil cuantificación tales como 1) La falta de confianza y 2) el vacío de espíritu crítico en muchos estratos de la sociedad que dependen directamente de ese Estado Protector. El diccionario de la Real Academia define la palabra confianza como la esperanza firme que se tiene en una persona o cosa; y en su segunda acepción aparece como ánimo, aliento y vigor para obrar. Cuando por un motivo u otro se deteriora o imposibilita la confianza es muy difícil que se desarrollen con efectividad los negocios. El sistema económico en general y los mercados financieros en particular corren peligro si se extiende un sentimiento de desconfianza fruto de la corrupción. En este campo se juegan su supervivencia, estabilidad y crecimiento innovador de cara al futuro. De la misma forma que los altos tipos de interés dan lugar a un “efecto expulsión” de la inversión, las actuaciones moralmente reprobables producen un “efecto expulsión” de los negocios. La corrupción económica y financiera generan además un proceso de huida de la economía formal para refugiarse en la informal y en el motivo precaución. También puede estimularse, dada la libertad de capitales, el autoexilio de esos capitales buscando ecosistemas financieros y fiscales mas solventes y saludables. El mal comportamiento ético genera desconfianza y, si se convierte en norma, aparece como un elemento de disfunción de todo el sistema. Los hábitos operativos negativos generan una espiral negativa de ineficacia, desorden y caos. Para que la inversión española y extranjera no nos abandone aún más y aterrice de nuevo en nuestro territorio se precisa un “climax” ético, sociopolítico y económico favorable. Igual  que las instituciones y los colectivos no tienen ética en sentido estricto, tampoco la corrupción pertenece, estrictamente hablando, a siglas y colectivos sino que tienen su origen en el mal hacer personal de cada cual. Muchas veces las siglas, marcas y colectivos son como disfraces que hacen diluir responsabilidades que quedan escondidas en la institución. Además esas actitudes éticas personales se institucionalizan en dichos colectivos por lo que también se produce una corrupción institucional.

[1] Velarde, Juan, Los años perdidos (Madrid: Ediciones Eilea, 1996), p. 221

 

CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

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 INTRODUCCIÓN 

CAPÍTULO I 

APARTADO 1 Economía Política 

APARTADO 2 – El retorno a las políticas microeconómicas 

APARTADO 3 -Causas de las crisis económicas 

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1.2.-  El retorno a las políticas microeconómicas – Capítulo 1 – Apartado 2 – CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS. CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

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APARTADO 1 – APARTADO 2 –  APARTADO 3

1.2.-  El retorno a las políticas mIcroeconómicas

          El profesor Robert Lucas ya citado escribía en 1987 que el desarrollo reciente de mayor interés en la teoría macroeconómica parece ser la reincorporación de problemas agregados tales como la inflación y los ciclos económicos dentro del marco general de la teoría “microeconómica”. Si este desarrollo se corona con el éxito, el término “macroeconomía” caerá en desuso y el prefijo “micro” resultará superfluo. Hablaríamos entonces, tal y como hicieron Smith, Ricardo, Marshall y Walras, de teoría económica sin más.

          También el premio Nobel James Buchanan, en el capítulo 3 de un innovador y revolucionario libro entonces titulado La  economía como un orden constitucional llamaba la atención sobre sus rotundas afirmaciones diciendo que no había lugar para la macroeconomía, ni como parte de nuestra ciencia positiva ni como recurso para la acción política. Y añadía que las variables agregadas, tales como la renta o el producto nacionales, tasas de paro, capacidad de utilización o crecimiento, etc. no son variables sujetas a elección, ni directa ni indirectamente, por los participantes individuales en la economía ni por los agentes políticos[1].

          La vuelta al análisis personal y microeconómico es una de las tendencias  actuales más señaladas de la teoría económica. Se vuelve a ser consciente de que el proceso económico no es nada que se realice fuera de nosotros, a modo de algo objetivo y mecánico, sino que es un proceso al que todos contribuimos con la suma de nuestras deliberaciones y resoluciones. En el fondo son, pues, miles y miles de procesos subjetivos operados en todos y cada uno de nosotros lo que se esconde tras los fenómenos de la vida económica que aparecen objetivados en el precio, la cantidad, el dinero, el interés o la coyuntura. La importancia en definitiva de la microeconomía en general, y de la conducta del consumidor en particular queda resaltada en esta afirmación de Hicks en su libro Valor y Capital[2]: Lo primero que hay que hacer (en economía) es un estudio del comportamiento de la persona y de las empresas singulares. que se complementa y refuerza con esta otra: Durante este siglo se ha estudiado poco la teoría pura de la demanda del consumidor, asunto que había ocupado mucho la atención de Marshall y sus contemporáneos.

          Siguiendo los consejos de Lucas, Hicks y Buchanan que auguran un renacer de la microeconomía que ya se está produciendo recordemos el abc microeconómico. Las cosas más simples suelen ser las más importantes y por eso considero conveniente profundizar en un ejemplo sencillo de este planteamiento unificador de “macro” y “microeconomía”   que tenemos en la explicación simple de la Economía de la Oferta. Cualquier estudiante de primer curso sabe perfectamente que el sentido común cotidiano, la ley de la utilidad marginal decreciente, la competencia y la legítima búsqueda del máximo beneficio por parte de los empresarios, lleva a una representación 1) de la función de demanda de la mayoría de los bienes y servicios como una función más o menos elástica pero  con pendiente negativa, y 2) un grafismo de las funciones de oferta normalmente con pendiente positiva. A menores precios se demandarán mayores cantidades de un bien y los mayores precios atraen a los empresarios para producir más de esos bienes que se revalorizan en los mercados.

          Dado un nivel de precios concreto y estable que tiende a igualar y equilibrar cantidades demandadas y ofrecidas, se puede producir un incremento de esas cantidades compradas y vendidas, bien por desplazamiento de la oferta hacia la derecha, o bien por desplazamiento hacia arriba y a la derecha de la demanda. En ambos casos se conseguirá incrementar la producción de esos bienes y servicios. Pero con una diferencia fundamental: el desplazamiento de la demanda genera incrementos de precios mientras que los desplazamientos de la oferta producen descensos en los  precios de equilibrio estables que igualan oferta y demanda y vacían los mercados. De igual manera, y con una cierta similitud no exenta de errores, si consideramos a nivel macroeconómico la llamada oferta agregada y la demanda agregada, el incentivo de la actividad económica y de los niveles de empleo a ella ligados se puede producir también mediante aceleraciones forzadas de la demanda o mediante desplazamientos de la oferta. La diferencia fundamental vuelve a ser, entre otras cosas,  que los acelerones de demanda generan inflación mientras que  los de oferta la reducen y hacen a esa sociedad más competitiva, variada y justa.

          La época del Estado Keynesiano ha sido la época de la activación de la demanda agregada a corto plazo, del bienestar social donde quiere ser protagonista el Estado, del sistema de planificación cuyos expertos proponían políticas en las que el vocabulario macroeconómico invadía (e invade) las discusiones de política pública. Se trataba (y se trata) de manipular esas macrovariables para estabilizar la economía y lograr que exista demanda suficiente para absorber la gran cantidad de productos que necesitan vender las empresas dotadas de tecnologías de producción en masa. Los esfuerzos conjuntos de las técnicas econométricas y del propio análisis económico fracasaron a la hora de aclarar el caos de la inestabilidad monetaria y el drama de la recesión y el desempleo. El incremento simultáneo de los precios, los salarios y los demás costes de producción no resulta explicable mediante el modelo keynesiano. Las políticas keynesianas convencionales se traducen ahora en aumentos de costes y precios en lugar de incrementos en el nivel de actividad y empleo. Aparecen con fuerza el estancamiento y la inflación, el declive industrial, los problemas financieros internacionales, los desequilibrios de los presupuestos públicos y de las balanzas de pagos.

          Frente a este marasmo entrelazado surgió la economía de la oferta tratando de desplazar su curva agregada hacia la derecha. Se trata de abaratar los costes de producción (también los financieros) al objeto de contribuir a incentivar la producción, la capacidad productiva y la productividad del sistema. Se argumenta de nuevo en clave microeconómica sobre la importancia del comportamiento individual y de sus incentivos como fuerzas conductoras de la economía que, por otra parte, la puesta en práctica con obsesión de las políticas del lado de la demanda estaban agostando. Por el lado de la oferta la preocupación se centra en establecer las condiciones para que el sistema económico sea flexible de forma que los agentes puedan adaptarse con rapidez y eficacia a los cambios, cada vez más vivos, que se vayan produciendo. Se renuncia también a fijar orientaciones rígidas que se impongan a la voluntad de los individuos y se recomienda un mínimo de intervención al Sector Público limitada a mantener un marco estable donde fructifique la riqueza del despliegue de la libre y responsable iniciativa personal.

          Cabe recoger, a propósito de este despliegue necesario de la iniciativa personal responsable que trabajando puede ahorrar, algunas importantes ideas de Von Mises que son doctrina común en torno a la capacidad del  ahorro y del capital para generar empleo y riqueza futura. Para explicar esa capacidad nos dice que la singularidad y originalidad de toda persona humana estriba simplemente en que el hombre se esfuerza por mantener y vigorizar la propia vitalidad y la de sus descendientes y adyacentes de modo consciente y deliberado. Si denominamos capital a aquella cifra dineraria dedicada en un momento determinado a una actividad emprendedora específica, la distinción entre medios y fines nos lleva a diferenciar entre invertir y consumir, entre el negocio y el gasto familiar. La suma resultante de valorar el conjunto de bienes destinados a inversiones -el capital- constituye el punto de donde arranca todo el cálculo económico y la primordial herramienta mental a manejar en una economía. Hay que indicar también que cada paso que el hombre da hacia un mejor nivel de vida se halla invariablemente protegido por un ahorro previo. Es por ello por lo que cabe afirmar que el ahorro y la consiguiente acumulación de bienes de capital constituyen la base de todo progreso material y el fundamento, en definitiva, de la civilización humana. Sin ahorro y sin acumulación de capital resulta imposible según Mises apuntar incluso hacia objetivos de tipo espiritual.

          Las políticas de demanda en cambio, en contraste con las de oferta, han pivotado sobre la bondad económica de la ruptura drástica y voluntarista del equilibrio presupuestario estatal que era una norma y principio económico, moral y ético intocable para los economistas clásicos. José Luis Pérez de Ayala[3], señalaba en una de sus obras que, tradicionalmente, toda la política presupuestaria ha venido manifestándose en torno a dos principios contrarios: o equilibrio o desequilibrio del presupuesto. Si ojeamos los escritos clásicos en torno al problema se observa que el principio del equilibrio presupuestario se mantiene y defiende por entender que la política de Deuda Pública, aneja al déficit, restaría ahorro a la producción privada, y de aquí se deduce que el olvidado principio del equilibrio se apoya en la necesidad de respetar y no frenar la expansión de la oferta global.

          En la grave situación actual de las finanzas públicas de prácticamente todos los países (tanto del orbe occidental como del  no occidental) con problemas de Deuda Soberana realmente muy graves, es fácil que surja espontáneo un hondo sentimiento racional de nostalgia hacia el modelo presupuestario clásico donde, lejos de la ideologización gubernamental, el Estado es políticamente neutral, en el sentido de que, en cuanto a sus fines, sólo gasta para producir los bienes y servicios necesarios para su existencia y funcionamiento así como para la organización y orden públicos de la sociedad. Es también neutral frente a la multisecular economía de mercado. Esta neutralidad está inspirada en el supuesto de la eficaz actuación de la empresa privada y fundamentada en que la determinación de los productos que hay que fabricar, de los servicios que se prestan, y de los precios y las rentas que han de pagarse, se determinan por el libre juego enriquecedor para todos de la oferta y la demanda. Supone que la economía de mercado garantiza un crecimiento equilibrado de la producción nacional, a plazo medio, en condiciones aproximadas a las de una situación de pleno empleo de los recursos productivos que posee la economía. La “ley de Say” aporta la demostración teórica de estas tesis donde la oferta crea su propia demanda. Los gastos que las empresas hacen para producir todos y cada uno de sus productos garantiza las ventas de esas mismas empresas en el conjunto  global debido a que los gastos de producción que hicieron son rentas para los trabajadores y propietarios de los capitales empleados. Esas rentas se utilizan, bien para adquirir bienes directamente de las mismas empresas, bien para aportarlos a estas empresas para que compren, a su vez, bienes a otras. Puesto que este proceso lleva tiempo, se pueden producir “fallos” momentáneos, pero serán corregidos automáticamente por el propio juego de la oferta y la demanda. Todo el mecanismo equilibrador supone plena movilidad de factores y de productos, y corregir con premura estructuras anticuadas, lastres, ineficacias, rutinas, burocracias e incompetencias.

          Derivados de estas condiciones, los principios básicos económicos de ordenación del Presupuesto del Estado serán: 1) que el Estado debe gastar sólo para los fines propiamente políticos de carácter ordinario, y 2) que estos gastos han de ser pagados por el Gobierno con la recaudación de impuestos. La “regla de oro” clásica que une estos dos principios es la del equilibrio del presupuesto donde los impuestos deben cubrir todos los gastos ordinarios del Gobierno, y éste deberá gastar sólo para atender las necesidades normales de estructura y funcionamiento de las instituciones políticas y jurídicas consustanciales con la existencia del Estado y de la sociedad. Cualquier gasto extraordinario de inversión pública debe ser excepcional, y cuidadosamente calculado antes de realizarse, por la sencilla razón de que sólo podría cubrirse: o con impuestos muy altos, que desanimarían la actividad económica privada -que se estima más eficaz que la pública-, o a través de Deuda Pública, que absorbería un ahorro necesario a la inversión privada y que nos hipoteca el futuro. Si el gasto público extraordinario de inversión se realiza, debe “autofinanciarse” y  debe ser rentable proporcionando una renta suficiente al Estado para que éste pueda pagar los intereses y amortizar la deuda que contrajo para pagar la inversión. Hay que evitar por lo tanto los delirios de grandeza caudillista de quienes gobiernan porque al final los pagamos todos nosotros; o lo pagarán, con intereses, nuestros hijos y nietos.

          Debido a ese peso económico agobiante que se cierne sobre las generaciones futuras, ya presentes -fruto de ese desequilibrio presupuestario propiciado por el incremento desorbitado del gasto- es por lo que se han abierto grandes interrogantes desde hace unos cuantos lustros en todo el mundo occidental, y por simpatía en el resto del mundo, respecto al papel del Estado y la eficacia de la política económica basada en una versión excesivamente simplificada del modelo keynesiano que mira con muy buenos ojos el gasto público estatal como motor económico. Pero sobre todo ha quedado muy en entredicho la legitimación de la planificación económica tanto en el ámbito estatal como en el empresarial. El espíritu empresarial abierto ha quedado oscurecido también en ocasiones por la mentalidad y promoción burocrática de algunos ejecutivos públicos y privados con aspiraciones incontenibles de seguridad laboral y ostentación consumista, que se anquilosan en planteamientos rígidos y homogéneos. Ante la tentación política, especialmente intensa en época de dura crisis económica, de implementar y decantarse hacia posibles pactos y amaños que pretendan poner en marcha políticas planificadoras o keynesianas estatales o empresariales, pivotando sobre el gasto público, es bueno recordar algunas ideas de Shackle y algunas críticas, ya esbozadas antes, de la escuela de las expectativas racionales.

          En el modelo económico de decisión de Shackle la preocupación única es el estudio de cómo los hombres explotan esa libertad que la incertidumbre confiere sobre el pensamiento y la imaginación. La inversión, que a fin de cuentas es la que crea empleo, es una acción en busca de utilidad. Pero esa utilidad que estimula la inversión es un mero producto de la inteligencia y la imaginación y no tiene nada que ver con la utilidad del contador que ha sido realizada y registrada y que es algo que pertenece al pasado. La inversión no se emprende para buscar una utilidad pasada, sino una utilidad futura y esto es, en último análisis, mera conjetura y esperanza, no obstante lo cuidadosamente que se reúna y tamice toda evidencia disponible.  En las técnicas más habituales de predicción se extrapola de forma más o menos determinista presuponiendo que el futuro será en gran medida una continuación lineal del pasado. Muchos modelos estructurales que incorporan esas premisas –y que olvidan el hecho fundamental de la incertidumbre y variabilidad originales de millones de decisiones libres imaginativas que se toman diariamente- no pueden formular predicciones futuras distintas del pasado. Ese tipo de métodos es válido sólo para aquellas variables que presenten una relación fija (astronómica) entre sus valores pasados y futuros, por lo que su aplicación al entramado económico humano es irracional en cuanto que contradice el hecho real de que los agentes son optimizadores natos en cada momento, buscando lo mejor para el futuro utilizando lo mínimo. Es irracional reducir la inteligencia, pensamiento, información, aspiraciones e imaginación del  ser humano a una métrica rígida de álgebra bidimensional o tridimensional.

          Estos enfoques pseudokeynesianos y burocráticos tienen también un problema de inconsistencia en cuanto que dan una preponderancia y relevancia especial a las relaciones agregadas, dándoles incluso existencia independiente de las decisiones individuales. Puesto que los agregados son grandes sumatorios de decisiones individuales variopintas, es muy peligroso para las predicciones encarnar en índices macroeconómicos abstractos ese incierto comportamiento individual. La inconsistencia se puede generalizar en el conjunto de una sociedad cuando se introduce en su escala de valores la medición del éxito de determinadas políticas o de algunas personas relevantes en base a los valores de esos agregados que, según la escuela, ya citada,  de las expectativas racionales, son ambiguos y engañosos, ya que no dicen nada respecto al individuo y a la utilidad particular y concreta.

Frente a ciertos efectos positivos que la Teoría General de Keynes, históricamente, produjo sobre la riqueza económica, hay que afirmar, así mismo, la creación y extensión generalizada -transmitida por el keynesianismo de la posguerra- de un prejuicio psicológico de pensar que las variables económicas son totalmente controlables; que la política económica tiene un marcado tinte automático que permite establecer un recetario fijo de actuaciones según las condiciones que se presentan; que se puede utilizar el variado instrumental macroeconómico especializado para conducir la economía como quien pilota un sofisticado reactor ultramoderno y  que ésta reacciona con patrones informáticos programados navegando entre las variables condiciones meteoro­lógicas y geográficas. Es por todo ello por lo que debemos matizar mucho en economía las predicciones fáciles y unilaterales y poner en tela de juicio las extendidas extrapolaciones deterministas. Muchos pensamos que el gobierno no puede mejorar el funcionamiento del mecanismo multisecular y equilibrador del mercado, lo cual no implica la eliminación de su intervención, sino limitarla a la creación y defensa del marco previsible, ético y estable para el sector privado.

[1] Buchanan, James M., The Economics and the Ethics of Constitutional Order, Cap. 3: “The Economy as a Constitutional Order” (The University of Michigan Press, 1991), pp. 29 a 41)

[2] Hicks, Valor y capital (México: Fondo de Cultura Económica., 1974), pp. 23

[3] Pérez de Ayala, José Luis, La economía financiera pública. (Un enfoque institucional sobre la economía política de la Hacienda Pública) (Madrid:Edersa, 1988), Cap. VIII

CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

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 INTRODUCCIÓN 

CAPÍTULO I 

APARTADO 1 Economía Política 

APARTADO 2 – El retorno a las políticas microeconómicas 

APARTADO 3 -Causas de las crisis económicas 

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CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES – INTRODUCCIÓN

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CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.   CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

 INTRODUCCIÓN

Miguel de Unamuno, haciendo gala de su talante investigador -que captaba tantas veces las realidades más nucleares e importantes-, distinguía entre la Historia y la Intrahistoria. La Historia era lo superficial, lo anecdótico, el oleaje espumoso y ondeante más o menos significativo, colorista y con desigual atractivo en los altibajos de la superficie del mar. La Intrahistoria en cambio son las corrientes profundas de los mares -calladas y sin apariencias- que actúan constantemente con fuerza imparable, ocultas a los ojos superficiales pero arrastrando consigo en sus inercias -lentas a veces, pero siempre irrefrenables- todo lo demás.

De igual forma podríamos distinguir nosotros entre Economía e Intraeconomía. La Economía sería lo superficial y aparente que es en lo que se fijan la mayoría de los ciudadanos, también, muchas veces, los llamados expertos. Le damos vueltas y vueltas a los índices coyunturales, a las variaciones estadísticas de miles de índices que se proyectan por doquier a lo largo y ancho de las distintas regiones planetarias -de países emergentes o desarrollados o en vías de serlo-, tratando de atisbar proféticamente el futuro. Damos muchas veces importancia vital a lo anecdótico, a lo superficial, a las ocurrencias de este o aquél político o responsable económico y financiero, a los comentarios urgentes a vuelapluma de aquel o este comentarista o columnista, a las proclamas interesadas de este o aquel candidato en período electoral, o damos carta de naturaleza sustancial al rumor, al titular económico oportunista y al chisme ocurrente.

Se reflexiona en cambio mucho menos sobre la Intraeconomía. Ésta a veces no nos interesa, o más bien ni siquiera la consideramos porque la desconocemos ya que permanece oculta. Otras veces  no nos la planteamos ni profundizamos en ella por otra razón: porque choca contra nuestras inercias y nuestros tics ideológicos que damos por sentados y que en ningún momento pretendemos cambiar. Estudiamos mucho menos si nuestros grandes principios y reglas sobre los que actuamos son los idóneos y nos llevan por el camino acertado, o si, por el contrario, son erróneos y nos arrastran irrefrenablemente hacia el abismo.

En este libro se pretende hablar de la Intraeconomía. Sin dejar de comentar tantas cosas de la Economía,  se intenta investigar en esas causas profundas de las crisis y en esas fuentes del error o del acierto que se pueden atisbar en lo fundamental, y que muchas veces están enraizadas en la legalidad de  las mismas instituciones durante décadas y décadas, siglos incluso. 

En el capítulo primero Economía Política en Libertad. Principios estudiando en primer lugar los orígenes y definiciones de Economía Política, se explica nuestra opinión sobre la política económica general, y se indican algunas de las causas y soluciones a las crisis donde el  Estado, en tanto en cuanto que coordinador general a través de sus políticas monetaria, fiscal, exterior o la de rentas puede crear el marco adecuado (o inadecuado) donde se desarrollen positiva (o negativamente) las fuerzas económicas y financieras. Tratamos en ese capítulo del  retorno a las políticas microeconómicas; de algunas causas más convencionales de las crisis económicas; de los problemas causados por el estado del bienestar desorbitado como causa de crisis; de la huída de capitales y la política económica regresiva; de algunas soluciones de futuro; de la urgente necesidad  de hacer una rápida transición del paro al trabajo bien hecho; de los peligros de la imposición progresiva; de la desinflación y el empleo explicando por último brevemente la teoría del ciclo austriaca en un apartado titulado Inflación, expansión crediticia y ciclos económicos.

En el capítulo segundo, El efecto Laffer y otras reflexiones se explica la importancia de la evidencia que planteó Laffer y que otros autores anteriores habían ya esbozado. También, esa misma idea que subyace en tal evidencia se aplica de forma novedosa a otras actitudes humanas generalizadas en la que llamamos teoría de las siete y media o en el que llamamos efecto Franch-Laffer legislativo. Se trata también en ese capítulo de la conveniencia del tránsito desde la cultura del subsidio a la del préstamo social o de la importancia de potenciar la competencia en todos los ámbitos de la vida económica y restringir notablemente la cultura de la subvención tan extendida, discriminatoria y perjudicial. Se dedica un apartado  a explicar por qué conviene gravar menos la renta y se acaba el capítulo comparando ventajas e inconvenientes de los dos grandes sistemas de pensiones: el de reparto y el de capitalización.  

En el capítulo tercero Ética en la libertad de los mercados se desarrolla la inexcusable relación entre economía y ética desde el momento que resaltamos las consecuencias y conveniencia de acometer el estudio de la economía como acción humana y, por lo tanto, libre. Allí se trata de La dimensión ética de las instituciones y los mercados financieros; de la valoración ética y social de los mercados; de la armonía ética entre ahorradores, inversores e intermediarios o de las reglas del juego y el beneficio que enriquece. También se resalta la importancia de la lealtad, confianza, prioridad del cliente y profesionalidad a la hora de enfocar las cuestiones éticas en el ámbito económico y La formación ética del precio en los mercados financieros, la necesidad de Información veraz y transparencia ética, y la Información privilegiada y uso de la información en los negocios o La especulación como vicio posible. Finaliza el capítulo con un importante apartado titulado Teoría del desenvolvimiento ético schumpeteriano que es el esbozo de una teoría seminal y personal de la dinámica ética en todo el amplio espectro de la actividad económica y financiera.

La libertad responsable tiene mucho que ver con la auto-restricción y con el autodominio personal en todos los ámbitos y especialmente en el ético y económico, donde la proporción, el sentido común audaz y la justicia de dar a cada uno lo suyo, encuentran su campo apropiado en la acción humana. Escoger, decidirse y auto-determinarse por las alternativas y los caminos idóneos exige una seriedad personal y una responsabilidad que sabe poner en juego sobre el tapete los clásicos principios éticos de prudencia, justicia, fortaleza y templanza en todo el actuar económico. El bien hacer de las mejoras éticas en el ámbito económico y financiero producen siempre sinergias continuas y altamente multiplicadoras.

Y en el capítulo cuarto, por último,  Sobre la población, la ecología y los recursos, tratamos la importantísima cuestión demográfica en relación con la economía, y las interdependencias ecológicas vitales. Los distintos apartados de ese capítulo  son: Población y ecología humana; El mito de la superpoblación; Envejecimiento empobrecedor; Población y economía crecientes, y también Población, economía, aborto y anticonceptivos; para terminar con el apartado titulado  Economía y ecología humana.

En un ensayo que trata de las causas profundas y soluciones de las crisis económicas y financieras no podíamos dejar por último de insistir y recordar que la libertad está encarnada en cada ser humano nacido. En cada uno concreto, peculiar y original, por lo que las cuestiones demográficas tienen que ocupar un lugar preferente en el despliegue económico de esa libertad personal. El acontecer de la vida humana repercute de forma preponderante sobre un sin fin de circunstancias sociológicas y económicas que no es posible obviar. Especial importancia tiene la repercusión del acontecer y talante de la vida humana sobre las cuestiones ecológicas. Junto al estudio de la compatibilidad externa de la economía humana con el resto del ecosistema conviene ser conscientes de la importancia que tiene la compatibilidad ética interna del ecosistema humano, muchas veces gravemente deteriorado. Es cuando se deteriora éste cuando se acaba distorsionando y destruyendo el medio ambiente natural. Unida indisolublemente a la fuerza económica de la libertad se encuentra siempre la demografía y la fuerza económica de la vida.

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Aunque ampliadas, rectificadas y actualizadas, la mayor parte de las reflexiones que incluyo en estas páginas están publicadas de forma parcial, inconexa y deslavazada en otras publicaciones anteriores. He querido estructurarlas y completarlas personalmente de nuevo con una secuencia lógica que haga más comprensible su hilazón interna y facilite su lectura y sus interconexiones mutuas. Además, al releerlas para volver a publicarlas organizadas  me he dado cuenta que muchas de ellas son incluso más actuales que cuando se escribieron hace ya muchos años. Las consecuencias de los errores pertinaces han hecho que sean ahora más atractivas y necesarias de poner en práctica. Esta Gran Crisis que comenzó el 9 de agosto de 2007 las ha puesto de nuevo de moda y de actualidad.

CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

https://jfranch.blog/2016/09/17/trailer-presentacion-libros-crisis/?fbclid=IwAR364i9yOVegVdUK7DIpfmG2qDKthd0Onqdv9K3WamxTlWqZNpi6Q47l4o4

 

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CRISIS ECONÓMICAS Y FINANCIERAS.  CAUSAS PROFUNDAS Y SOLUCIONES

 INTRODUCCIÓN 

CAPÍTULO I 

APARTADO 1 Economía Política 

APARTADO 2 – El retorno a las políticas microeconómicas 

APARTADO 3 -Causas de las crisis económicas 

  

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