COMPETENCIA ARMÓNICA

COMPETENCIA ARMÓNICA

          Creo que conviene escuchar y aprender de los filósofos. Hasta los economistas tenemos que atender sus reflexiones sin caer en la tentación de pensar que estamos  perdiendo nuestro escaso y preciado tiempo al tratar de entender sus discursos. De forma preconcebida los arrojamos a las tinieblas del mundo especulativo que creemos alejado de la realidad empírica, pitagórica e interesada que nos rodea. Los situamos en las nubes metafísicas cuando quizás sea al revés.

          En dos ocasiones distintas escuché a un Catedrático de Filosofía, Rafael Alvira, explicar que la verdadera economía y la actividad de los distintos agentes económicos no era un asunto deportivo, agresivamente competitivo, sino que era más bien una cuestión de musicalidad, de armonía creadora. Es decir que filosofaba sobre la cuestión aparentemente nimia y bizantina de si la Economía debía ser una cuestión musical o deportiva.

          No cabe la menor duda que nos encontramos en una sociedad donde predomina lo deportivo, la competitividad, la lucha, la agresividad, la velocidad, el triunfo rápido y avasallador. El fin de la estricta competencia es el ganar, la ganancia. La forma pura de la competencia es la fuerza. En ese sistema abierto y desequilibrado destaca esa concepción guerrera que lucha para abrirse un espacio en favor propio, para adquirirlo. Aunque en el mercado existan reglas y árbitro, si la filosofía de fondo de los participantes es radicalmente egoísta hay una tendencia innata a saltarse las reglas y a corromper al árbitro. Si la filosofía predominante es salvajemente competitiva la corrupción es inevitable y se amplia desde el momento en que los particulares y las empresas no se ocupan de las demás personas, de lo social. Alguien tendrá que hacerlo por ellas. En tanto en cuanto el mundo empresarial se ocupe sólo de la competencia, acumula trabajos sociales cada vez mayores sobre el Estado que se convierte en gran empresario monopolizante de lo social, legislador y árbitro al mismo tiempo. Pero como el Estado tiene que saber que vive del esfuerzo de las empresas privadas y de los trabajadores que trabajan, es fácil que aparezca el chantaje de los grupos o grupúsculos de presión. Puesto que pagan, tanto la empresa privada como los distintos grupos de contribuyentes por ejemplo, procuran que les traten lo mejor posible y, como el político triunfador tiene muchas cartas en la mano, es prácticamente imposible evitar la corrupción creciente.

          Frente a la pura competencia aparece la colaboración y la cooperación. La forma pura de la cooperación es la armonía, que tiene mucho que ver con la música. La armonía se da siempre en un sistema donde no hay estridencias ni desequilibrios drásticos sino que todos los actores realizan su peculiar función de forma coordinada en orden a la perfección del resultado conjunto. Frente a los caracteres agresivos la cooperación precisa caracteres pacientes. Lo que es necesario hacer y ensayar es que cada elemento mejore en su función propia y con respecto a los otros. Es necesario organizar libre y coordinadamente. Unir lo diverso armónicamente. El mercado tiene mucho también de coordinación, de cooperación, de armonía. La división del trabajo por ejemplo es imposible sin cooperación. Muchas veces las notas disonantes y más estridentes provienen de la intervención desmesurada, homogénea y monopolizante del Estado.

          La salida viable está en la responsabilidad social de la iniciativa privada, en que los empresarios piensen en términos cooperativos y competitivos a todos los niveles. Para competir adecuadamente en un nivel más elevado se necesita mayor cooperación en el nivel anterior y para poder competir de verdad hay primero que ser competente.

          Para el profesor Alvira tiene que surgir un nuevo management y un nuevo manager, que sintetice la prudencia política clásica (más bien volcada hacia la cooperación) con la habilidad para manejar los procesos de cambio, y que tenga una visión global de la sociedad. La cooperación se da ya y necesariamente en la economía en general y en el mercado en particular. Todo el problema está en la filosofía, el espíritu, con que ella se realiza. La clave está en que los empresarios sean más cooperativos hacia dentro para ser más competitivos hacia afuera y para que no les tenga que forzar a ello el Estado. Quién diría que para ser buenos empresarios hay que convertirse en doctos expertos en dirigir la Sinfónica de Viena. Vivir para ver, oír y aprender.

          Gaceta de los negocios, viernes 16 de julio de 1993

BILL GATES Y LA INFORMÁTICA

BILL GATES Y LA INFORMÁTICA

Una noticia sin apenas importancia sobre Bill Gates me trajo a la memoria hace ya un tiempo muchos aspectos y nuevos matices de las aportaciones del gran economista de la Escuela Austriaca Von Mises. La potencialidad de las sugerencias austriacas en la nueva sociedad cultural, del conocimiento y la telemática, son enormes.

Al poner Von Mises la persona humana en el centro de la actividad económica no sólo contribuyó a diseñar los cimientos intelectuales para poner de manifiesto los graves errores económicos del socialismo y el malthusianismo que empobrecen, sino que, además, se adelantó casi un siglo a la explosión de esa sociedad cultural y del conocimiento que desde hace años estamos viendo amanecer. En las primeras páginas de La acción humana nos dice: “La experiencia cotidiana no sólo patentiza que el único método idóneo para estudiar las circunstancias de nuestro alrededor no humano es aquel que se ampara en la categoría de causalidad, sino que, además, acredita, y de modo no menos convincente, que nuestros semejantes son seres que actúan como nosotros mismos. Para la comprensión de la acción, a un sólo método de interpretación y análisis cabe recurrir: a aquel que parte del conocimiento y el examen de nuestra propia conducta consciente.” Lo que viene a decir la metodología misiana es que para saber algo de economía hay que mirarse por dentro e introducirse en el universo prácticamente infinito de la propia intimidad donde reina la libertad personal siempre nueva, misteriosa y sorprendente. La economía no se puede entender si la situamos en una órbita puramente física y matemática donde las complejas y tediosas ecuaciones nos describen otro mundo estático, intemporal y fantasmagórico donde todo gira uniformemente según leyes fijas y extrañas a la naturaleza humana.

Es precisamente por todo ello por lo que es absurdo pensar que si bien fue imposible conocer y controlar la sociedad en el pasado mediante múltiples coacciones, con el avance de la informática y las comunicaciones, sería posible hoy ejercer ese control desde alguna cúspide de poder humano apoyándose en espionajes sin cuento y utilizando esos artilugios electrónicos aparentemente inteligentes. Se ha intentado, y se sigue intentando, hacer funcionar el sistema socialista de coacción, aparentemente bien intencionada, recurriendo a grandes sistemas de ordenadores macrotécnicos y ultrarrápidos dirigidos por un ejército de burócratas al servicio de no se sabe qué causa.

La inutilidad de tales intentos de control y omnisciencia queda más patente aún si cabe al considerar el famoso principio de indeterminación de Heisenberg según el cual es imposible determinar con toda precisión, y simultáneamente, la posición y el momento de una partícula. Los propios instrumentos de medición y observación de la realidad distorsionan esa realidad, incluso física, que pretendemos conocer y, además, el tiempo transcurrido entre la medición y el conocimiento del resultado por el observador hacen imposible toda adecuación exacta. A lo anterior podemos añadir el desconocimiento que todos tenemos de nosotros mismos, la ignorancia radical respecto a los demás o lo demás, y la dificultad de transmitir esas intuiciones e informaciones concretas personales a los órganos directores. Podemos concluir que el afán socialista, o de cualquier otro colectivo, de conocer lo que ocurre en realidad para orientar la sociedad hacia donde creen es lo mejor, es un imposible integral.

Citando al profesor Huerta de Soto, experto conocedor de la escuela austriaca, diremos que “lo que no cabe admitir es que el órgano director esté dotado de capacidades sobrehumanas ni, en concreto, que tenga el don de la omnisciencia, es decir, que sea capaz de asimilar, conocer e interpretar simultáneamente toda la información diseminada y privativa que se encuentra dispersa en la mente de todos los seres humanos que actúan en la sociedad y que se va generando y creando ex novo continuamente por éstos.” La realidad es que el órgano director, a veces también llamado el órgano de planificación o intervención central o parcial, en su mayor parte desconoce, o tan sólo tendrá una muy vaga idea en torno a cuál sea el conocimiento que se encuentra disponible en forma dispersa en la mente de todos los actores que puedan llegar a estar sometidos a sus órdenes. Existe, por tanto, una pequeña o nula posibilidad de que el planificador pueda llegar a saber qué o cómo buscar y dónde encontrar los elementos de información dispersa que se van generando en el proceso social y que tanto necesita para controlarlo y coordinarlo.

Podemos añadir aún más. No sólo el avance en la informática y las comunicaciones no facilitan la intervención y el control, sino que lo hacen mucho más difícil, complejo e imposible. Todos los instrumentos técnicos potencian el trabajo o la acción física e intelectual y lo hacen más rico y variado. Potencian y amplían en definitiva la personalidad individual de todos los usuarios haciendo mucho más compleja la sociedad humana. La tendencia imparable de la informática se ha decantado definitivamente hacia los ordenadores personales y la informática de consumo lo que hace que se incremente aun más el grado de complejidad del problema para el órgano director sea cual fuere. Veinte años después de la muerte de Mises su embrión intelectual adquiere una relevancia magistral en esta sociedad del conocimiento.

JJ Franch

ECONOMÍA Y DOMINIO PERSONAL

[:es]

ECONOMÍA Y DOMINIO PERSONAL

Aunque parezca una redundancia conviene señalar desde el principio que la economía es economía humana. La economía o es humana o no es economía, y su primer requisito es que tiene que tratar de relaciones donde las personas, con su inteligencia, voluntad y libertad originales, están en el eje central de su comprensión. En la “economía” puramente animal no hay ningún problema en la ordenación de los condicionamientos e instintos ya que, simplemente, están ahí apareciendo, manifestándose y ejerciendo su influencia determinista sin más. No existe ninguna duda ni indecisión para la que se necesite plantear la cuestión económica. Simplemente las fuerzas ciegas manifiestan su atracción fatal o exitosa.

Mientras el mundo irracional se organiza y se sustenta en un juego real de fuerzas físicas, biológicas e instintivas, el mundo humano de la libertad y la inteligencia se fundan en el dominio de sí mismo propio de la persona. Sólo quien es persona, que por lo tanto se pertenece, domina su propio ser dejando de ser pieza de un conjunto para convertirse en motor con energía vital propia, y protagonista de la historia por medio de decisiones libres. La sociedad interpersonal humana no es otra cosa que la armónica conjunción de libertades en tanto en cuanto cada hombre es señor y patrón de sí mismo. Mientras lo que rige el universo irracional es la fuerza, el determinismo y el instinto; en el cosmos humano el derecho, la razón y la libertad sustituyen a esa fuerza y a ese instinto. Sólo el que domina su ser por ser libre es capaz de orientar su acción en una u otra dirección eligiendo entre alternativas que proyectan distintos medios a diferentes fines. Sólo él es realmente capaz de decir con plenitud un sí o un no plenamente responsables, dominadores y consecuentes dando lugar, además, a la acción.

Si consideramos libre al hombre cuando puede optar entre actuar de un modo o de otro, es decir, cuando puede personalmente determinar sus objetivos y elegir los medios que, al efecto, estime mejores, tenemos que recalcar que cuando en ese cosmos humano no prevalecen el derecho, la razón y la libertad, sino la fuerza, el instinto y la pasión desbocada, terminamos en un cierto caos irracional donde todos salimos perdiendo, incluso los más fuertes.

JJ FRANCH MENEU

[:en]

Aunque parezca una redundancia conviene señalar desde el principio que la economía es economía humana. La economía o es humana o no es economía, y su primer requisito es que tiene que tratar de relaciones donde las personas, con su inteligencia, voluntad y libertad originales, están en el eje central de su comprensión. En la “economía” puramente animal no hay ningún problema en la ordenación de los condicionamientos e instintos ya que, simplemente, están ahí apareciendo, manifestándose y ejerciendo su influencia determinista sin más. No existe ninguna duda ni indecisión para la que se necesite plantear la cuestión económica. Simplemente las fuerzas ciegas manifiestan su atracción fatal o exitosa.

Mientras el mundo irracional se organiza y se sustenta en un juego real de fuerzas físicas, biológicas e instintivas, el mundo humano de la libertad y la inteligencia se fundan en el dominio de sí mismo propio de la persona. Sólo quien es persona, que por lo tanto se pertenece, domina su propio ser dejando de ser pieza de un conjunto para convertirse en motor con energía vital propia, y protagonista de la historia por medio de decisiones libres. La sociedad interpersonal humana no es otra cosa que la armónica conjunción de libertades en tanto en cuanto cada hombre es señor y patrón de sí mismo. Mientras lo que rige el universo irracional es la fuerza, el determinismo y el instinto; en el cosmos humano el derecho, la razón y la libertad sustituyen a esa fuerza y a ese instinto. Sólo el que domina su ser por ser libre es capaz de orientar su acción en una u otra dirección eligiendo entre alternativas que proyectan distintos medios a diferentes fines. Sólo él es realmente capaz de decir con plenitud un sí o un no plenamente responsables, dominadores y consecuentes dando lugar, además, a la acción.

Si consideramos libre al hombre cuando puede optar entre actuar de un modo o de otro, es decir, cuando puede personalmente determinar sus objetivos y elegir los medios que, al efecto, estime mejores, tenemos que recalcar que cuando en ese cosmos humano no prevalecen el derecho, la razón y la libertad, sino la fuerza, el instinto y la pasión desbocada, terminamos en un cierto caos irracional donde todos salimos perdiendo, incluso los más fuertes.

JJ FRANCH MENEU

[:ru]

Aunque parezca una redundancia conviene señalar desde el principio que la economía es economía humana. La economía o es humana o no es economía, y su primer requisito es que tiene que tratar de relaciones donde las personas, con su inteligencia, voluntad y libertad originales, están en el eje central de su comprensión. En la “economía” puramente animal no hay ningún problema en la ordenación de los condicionamientos e instintos ya que, simplemente, están ahí apareciendo, manifestándose y ejerciendo su influencia determinista sin más. No existe ninguna duda ni indecisión para la que se necesite plantear la cuestión económica. Simplemente las fuerzas ciegas manifiestan su atracción fatal o exitosa.

Mientras el mundo irracional se organiza y se sustenta en un juego real de fuerzas físicas, biológicas e instintivas, el mundo humano de la libertad y la inteligencia se fundan en el dominio de sí mismo propio de la persona. Sólo quien es persona, que por lo tanto se pertenece, domina su propio ser dejando de ser pieza de un conjunto para convertirse en motor con energía vital propia, y protagonista de la historia por medio de decisiones libres. La sociedad interpersonal humana no es otra cosa que la armónica conjunción de libertades en tanto en cuanto cada hombre es señor y patrón de sí mismo. Mientras lo que rige el universo irracional es la fuerza, el determinismo y el instinto; en el cosmos humano el derecho, la razón y la libertad sustituyen a esa fuerza y a ese instinto. Sólo el que domina su ser por ser libre es capaz de orientar su acción en una u otra dirección eligiendo entre alternativas que proyectan distintos medios a diferentes fines. Sólo él es realmente capaz de decir con plenitud un sí o un no plenamente responsables, dominadores y consecuentes dando lugar, además, a la acción.

Si consideramos libre al hombre cuando puede optar entre actuar de un modo o de otro, es decir, cuando puede personalmente determinar sus objetivos y elegir los medios que, al efecto, estime mejores, tenemos que recalcar que cuando en ese cosmos humano no prevalecen el derecho, la razón y la libertad, sino la fuerza, el instinto y la pasión desbocada, terminamos en un cierto caos irracional donde todos salimos perdiendo, incluso los más fuertes.

JJ FRANCH MENEU

[:zh]

Aunque parezca una redundancia conviene señalar desde el principio que la economía es economía humana. La economía o es humana o no es economía, y su primer requisito es que tiene que tratar de relaciones donde las personas, con su inteligencia, voluntad y libertad originales, están en el eje central de su comprensión. En la “economía” puramente animal no hay ningún problema en la ordenación de los condicionamientos e instintos ya que, simplemente, están ahí apareciendo, manifestándose y ejerciendo su influencia determinista sin más. No existe ninguna duda ni indecisión para la que se necesite plantear la cuestión económica. Simplemente las fuerzas ciegas manifiestan su atracción fatal o exitosa.

Mientras el mundo irracional se organiza y se sustenta en un juego real de fuerzas físicas, biológicas e instintivas, el mundo humano de la libertad y la inteligencia se fundan en el dominio de sí mismo propio de la persona. Sólo quien es persona, que por lo tanto se pertenece, domina su propio ser dejando de ser pieza de un conjunto para convertirse en motor con energía vital propia, y protagonista de la historia por medio de decisiones libres. La sociedad interpersonal humana no es otra cosa que la armónica conjunción de libertades en tanto en cuanto cada hombre es señor y patrón de sí mismo. Mientras lo que rige el universo irracional es la fuerza, el determinismo y el instinto; en el cosmos humano el derecho, la razón y la libertad sustituyen a esa fuerza y a ese instinto. Sólo el que domina su ser por ser libre es capaz de orientar su acción en una u otra dirección eligiendo entre alternativas que proyectan distintos medios a diferentes fines. Sólo él es realmente capaz de decir con plenitud un sí o un no plenamente responsables, dominadores y consecuentes dando lugar, además, a la acción.

Si consideramos libre al hombre cuando puede optar entre actuar de un modo o de otro, es decir, cuando puede personalmente determinar sus objetivos y elegir los medios que, al efecto, estime mejores, tenemos que recalcar que cuando en ese cosmos humano no prevalecen el derecho, la razón y la libertad, sino la fuerza, el instinto y la pasión desbocada, terminamos en un cierto caos irracional donde todos salimos perdiendo, incluso los más fuertes.

JJ FRANCH MENEU

[:ar]

Aunque parezca una redundancia conviene señalar desde el principio que la economía es economía humana. La economía o es humana o no es economía, y su primer requisito es que tiene que tratar de relaciones donde las personas, con su inteligencia, voluntad y libertad originales, están en el eje central de su comprensión. En la “economía” puramente animal no hay ningún problema en la ordenación de los condicionamientos e instintos ya que, simplemente, están ahí apareciendo, manifestándose y ejerciendo su influencia determinista sin más. No existe ninguna duda ni indecisión para la que se necesite plantear la cuestión económica. Simplemente las fuerzas ciegas manifiestan su atracción fatal o exitosa.

Mientras el mundo irracional se organiza y se sustenta en un juego real de fuerzas físicas, biológicas e instintivas, el mundo humano de la libertad y la inteligencia se fundan en el dominio de sí mismo propio de la persona. Sólo quien es persona, que por lo tanto se pertenece, domina su propio ser dejando de ser pieza de un conjunto para convertirse en motor con energía vital propia, y protagonista de la historia por medio de decisiones libres. La sociedad interpersonal humana no es otra cosa que la armónica conjunción de libertades en tanto en cuanto cada hombre es señor y patrón de sí mismo. Mientras lo que rige el universo irracional es la fuerza, el determinismo y el instinto; en el cosmos humano el derecho, la razón y la libertad sustituyen a esa fuerza y a ese instinto. Sólo el que domina su ser por ser libre es capaz de orientar su acción en una u otra dirección eligiendo entre alternativas que proyectan distintos medios a diferentes fines. Sólo él es realmente capaz de decir con plenitud un sí o un no plenamente responsables, dominadores y consecuentes dando lugar, además, a la acción.

Si consideramos libre al hombre cuando puede optar entre actuar de un modo o de otro, es decir, cuando puede personalmente determinar sus objetivos y elegir los medios que, al efecto, estime mejores, tenemos que recalcar que cuando en ese cosmos humano no prevalecen el derecho, la razón y la libertad, sino la fuerza, el instinto y la pasión desbocada, terminamos en un cierto caos irracional donde todos salimos perdiendo, incluso los más fuertes.

JJ FRANCH MENEU

[:pt]

Aunque parezca una redundancia conviene señalar desde el principio que la economía es economía humana. La economía o es humana o no es economía, y su primer requisito es que tiene que tratar de relaciones donde las personas, con su inteligencia, voluntad y libertad originales, están en el eje central de su comprensión. En la “economía” puramente animal no hay ningún problema en la ordenación de los condicionamientos e instintos ya que, simplemente, están ahí apareciendo, manifestándose y ejerciendo su influencia determinista sin más. No existe ninguna duda ni indecisión para la que se necesite plantear la cuestión económica. Simplemente las fuerzas ciegas manifiestan su atracción fatal o exitosa.

Mientras el mundo irracional se organiza y se sustenta en un juego real de fuerzas físicas, biológicas e instintivas, el mundo humano de la libertad y la inteligencia se fundan en el dominio de sí mismo propio de la persona. Sólo quien es persona, que por lo tanto se pertenece, domina su propio ser dejando de ser pieza de un conjunto para convertirse en motor con energía vital propia, y protagonista de la historia por medio de decisiones libres. La sociedad interpersonal humana no es otra cosa que la armónica conjunción de libertades en tanto en cuanto cada hombre es señor y patrón de sí mismo. Mientras lo que rige el universo irracional es la fuerza, el determinismo y el instinto; en el cosmos humano el derecho, la razón y la libertad sustituyen a esa fuerza y a ese instinto. Sólo el que domina su ser por ser libre es capaz de orientar su acción en una u otra dirección eligiendo entre alternativas que proyectan distintos medios a diferentes fines. Sólo él es realmente capaz de decir con plenitud un sí o un no plenamente responsables, dominadores y consecuentes dando lugar, además, a la acción.

Si consideramos libre al hombre cuando puede optar entre actuar de un modo o de otro, es decir, cuando puede personalmente determinar sus objetivos y elegir los medios que, al efecto, estime mejores, tenemos que recalcar que cuando en ese cosmos humano no prevalecen el derecho, la razón y la libertad, sino la fuerza, el instinto y la pasión desbocada, terminamos en un cierto caos irracional donde todos salimos perdiendo, incluso los más fuertes.

JJ FRANCH MENEU

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OBSESIÓN MACROECONÓMICA

[:es]

Al explicar la semana pasada la fuerza económica de la propiedad a propósito del Nobel de 1993, insinuaba de pasada que los derechos de propiedad están siendo gravemente amenazados debido 1) al crecimiento desorbitado y desproporcionado del Estado y 2) por las tendencias macroeconómicas a diseccionar los componentes de las propiedades individuales para agregarlas a continuación por separado al objeto de crear modelos de análisis económico de crecimiento y desarrollo controlables por el aparato estatal. Conviene seguir profundizando en estas ideas que sintonizan con la Escuela Austriaca de Economía.

Toda ampliación del dominio estatal tiene un componente coactivo que elimina en parte al individuo como ser pensante y con valor intrínseco y propio, haciendo de él un mero instrumento en la consecución de los fines de otro. En virtud de los derechos de libre y exclusiva disposición, una persona persigue sus propios objetivos utilizando los medios que le indican sus conocimientos personales basándose en datos que nunca pueden moldearse a voluntad de otros. Las corrientes que defienden el racionalismo social, tanto los socialistas como los ingenieros de la economía, tienden a pasar por alto esta significación fundamental de la propiedad privada y cargan todo el acento de sus políticas sobre los agregados macroeconómicos, sobre las corrientes financieras de la economía nacional, perdiendo el sentido de unidad creativa consustancial a los patrimonios. Con estas actuaciones se oscurece la aparición en el mercado de precios acordes con los auténticos valores económicos. Los precios ya no son manifestación de las preferencias subjetivas de los distintos agentes económicos, sino construcciones planificadas con un racionalismo impuesto desde arriba y por lo tanto los cimientos, sobre los que se apoya todo el sencillo mecanismo del mercado, se agrietan.

El respeto y potenciación de la propiedad privada es tan constitutivo de un orden económico de libertad y cooperación voluntaria, que el resquebrajamiento de esta institución está en la raiz de los temidos procesos inflacionistas según Röpke. El debilitamiento de la propiedad produce también un debilitamiento del dinero, una pérdida de su poder adquisitivo. La solidez y perdurabilidad de lo adquirido y asegurado, de la propiedad, deja paso a lo quebradizo, huidizo e inseguro, de la situación inflacionista. Todo se orienta al fugitivo instante actual sin pensar en generaciones futuras. Se disminuyen las posibilidades de formar una propiedad adecuada y suficiente y las gentes se sienten cada vez más interesadas en una corriente de ingresos garantizada por el Estado de Bienestar, por el Estado-Providencia.

Pese a las voces científicas que advierten de este peligro vivimos en una sociedad en la que este derecho comienza a ser un derecho delegado por ese poder tutelar que es el Estado. En vez de ser la propiedad del Estado una delegación de la privada parece que es al revés: que la privada es una delegación de la estatal. Incluso en los intercambios internacionales se tiende a razonar en términos de la bautizada y criticada por Von Mises “Volkswirtschaft” palabra con la que entendemos el complejo que forman todas las actividades económicas de una nación soberana, en tanto en cuanto el gobernante las dirige y controla. Esta tendencia a pensar en términos de América, Francia, España… en el intercambio internacional, olvida que es cierta persona francesa la que compra o vende a otra española y no es “Francia” y “España” los que comercian realmente.

La agregación de variables, problema constante en la literatura económica olvida y distorsiona la compenetración entre los distintos componentes de la riqueza rompiendo su unidad consustancial. Un microscopio electrónico en manos de un albañil vale mucho menos que el mismo microscopio en manos de un investigador en ciencias biológicas. Una hectárea de tierra en manos de un agricultor vale mucho más que en las solas manos de un abogado. Si agregamos sus precios monetarios no nos enteramos y caemos en un despiste monumental. Al agregar hacemos abstracción de la propiedad, de a qué patrimonio pertenece lo que agregamos, e imposibilitamos la valoración efectiva de esos conjuntos.

Decía Von Mises: “Los empresarios, capitalistas, terratenientes, trabajadores o consumidores de la teoría económica no son seres reales y vivientes como los que pueblan el mundo y aparecen en la historia. Constituyen, por el contrario, meras personificaciones de las distintas funciones que en el mercado se aprecian.” Esta ruptura funcional de la unidad de actuación y la tendencia a diseccionar la unidad de la riqueza en varios componentes es la causante de numerosos errores en el desarrollo de la economía política pura y fundamentalmente en su concreción en la economía aplicada. La complementariedad es consustancial a la riqueza económica. Si se rompe, se desvirtúa.

No se puede diseccionar ningún recurso del resto de bienes con los que más fácilmente se puede complementar por pertenecer a un mismo patrimonio. La propiedad transmite unidad integradora a todos los bienes sobre los que se ejerce ese derecho de libre disposición. Toda esa variada gama de recursos, que configuran la originalidad irrepetible de cada patrimonio, se unifica por la orientación a unos mismos fines marcados por el propietario. Cualquier bien material y palpable se convierte, por su pertenencia a determinado patrimonio, además del lugar y del tiempo, en un bien inconfundible, no exactamente sustitutivo de otro. Bienes supuestamente idénticos se convierten en totalmente distintos a efectos valorativos por su inclusión en uno u otro patrimonio. Un bien tiene valores diferentes dependiendo quién sea el comprador y quién el vendedor puesto que representan conjuntos patrimoniales a complementar distintos. Si se invirtieran los términos de comprador y vendedor no existiría intercambio. La homogeneidad de los bienes se da solo por abstracción de la propiedad. El valor económico, que tiene una referencia definitiva a lo real y concreto, no puede hacer abstracción de la propiedad a la que pertenece el objeto valorado. Todo el cálculo económico arranca de esta realidad.

Conviene hacer un esfuerzo para tratar de reconducir hacia la cordura las obsesiones macroeconómicas de nuestros políticos y de muchos de mis colegas economistas.

JJ FRANCH

[:en]

Al explicar la semana pasada la fuerza económica de la propiedad a propósito del Nobel de 1993, insinuaba de pasada que los derechos de propiedad están siendo gravemente amenazados debido 1) al crecimiento desorbitado y desproporcionado del Estado y 2) por las tendencias macroeconómicas a diseccionar los componentes de las propiedades individuales para agregarlas a continuación por separado al objeto de crear modelos de análisis económico de crecimiento y desarrollo controlables por el aparato estatal. Conviene seguir profundizando en estas ideas que sintonizan con la Escuela Austriaca de Economía.

Toda ampliación del dominio estatal tiene un componente coactivo que elimina en parte al individuo como ser pensante y con valor intrínseco y propio, haciendo de él un mero instrumento en la consecución de los fines de otro. En virtud de los derechos de libre y exclusiva disposición, una persona persigue sus propios objetivos utilizando los medios que le indican sus conocimientos personales basándose en datos que nunca pueden moldearse a voluntad de otros. Las corrientes que defienden el racionalismo social, tanto los socialistas como los ingenieros de la economía, tienden a pasar por alto esta significación fundamental de la propiedad privada y cargan todo el acento de sus políticas sobre los agregados macroeconómicos, sobre las corrientes financieras de la economía nacional, perdiendo el sentido de unidad creativa consustancial a los patrimonios. Con estas actuaciones se oscurece la aparición en el mercado de precios acordes con los auténticos valores económicos. Los precios ya no son manifestación de las preferencias subjetivas de los distintos agentes económicos, sino construcciones planificadas con un racionalismo impuesto desde arriba y por lo tanto los cimientos, sobre los que se apoya todo el sencillo mecanismo del mercado, se agrietan.

El respeto y potenciación de la propiedad privada es tan constitutivo de un orden económico de libertad y cooperación voluntaria, que el resquebrajamiento de esta institución está en la raiz de los temidos procesos inflacionistas según Röpke. El debilitamiento de la propiedad produce también un debilitamiento del dinero, una pérdida de su poder adquisitivo. La solidez y perdurabilidad de lo adquirido y asegurado, de la propiedad, deja paso a lo quebradizo, huidizo e inseguro, de la situación inflacionista. Todo se orienta al fugitivo instante actual sin pensar en generaciones futuras. Se disminuyen las posibilidades de formar una propiedad adecuada y suficiente y las gentes se sienten cada vez más interesadas en una corriente de ingresos garantizada por el Estado de Bienestar, por el Estado-Providencia.

Pese a las voces científicas que advierten de este peligro vivimos en una sociedad en la que este derecho comienza a ser un derecho delegado por ese poder tutelar que es el Estado. En vez de ser la propiedad del Estado una delegación de la privada parece que es al revés: que la privada es una delegación de la estatal. Incluso en los intercambios internacionales se tiende a razonar en términos de la bautizada y criticada por Von Mises “Volkswirtschaft” palabra con la que entendemos el complejo que forman todas las actividades económicas de una nación soberana, en tanto en cuanto el gobernante las dirige y controla. Esta tendencia a pensar en términos de América, Francia, España… en el intercambio internacional, olvida que es cierta persona francesa la que compra o vende a otra española y no es “Francia” y “España” los que comercian realmente.

La agregación de variables, problema constante en la literatura económica olvida y distorsiona la compenetración entre los distintos componentes de la riqueza rompiendo su unidad consustancial. Un microscopio electrónico en manos de un albañil vale mucho menos que el mismo microscopio en manos de un investigador en ciencias biológicas. Una hectárea de tierra en manos de un agricultor vale mucho más que en las solas manos de un abogado. Si agregamos sus precios monetarios no nos enteramos y caemos en un despiste monumental. Al agregar hacemos abstracción de la propiedad, de a qué patrimonio pertenece lo que agregamos, e imposibilitamos la valoración efectiva de esos conjuntos.

Decía Von Mises: “Los empresarios, capitalistas, terratenientes, trabajadores o consumidores de la teoría económica no son seres reales y vivientes como los que pueblan el mundo y aparecen en la historia. Constituyen, por el contrario, meras personificaciones de las distintas funciones que en el mercado se aprecian.” Esta ruptura funcional de la unidad de actuación y la tendencia a diseccionar la unidad de la riqueza en varios componentes es la causante de numerosos errores en el desarrollo de la economía política pura y fundamentalmente en su concreción en la economía aplicada. La complementariedad es consustancial a la riqueza económica. Si se rompe, se desvirtúa.

No se puede diseccionar ningún recurso del resto de bienes con los que más fácilmente se puede complementar por pertenecer a un mismo patrimonio. La propiedad transmite unidad integradora a todos los bienes sobre los que se ejerce ese derecho de libre disposición. Toda esa variada gama de recursos, que configuran la originalidad irrepetible de cada patrimonio, se unifica por la orientación a unos mismos fines marcados por el propietario. Cualquier bien material y palpable se convierte, por su pertenencia a determinado patrimonio, además del lugar y del tiempo, en un bien inconfundible, no exactamente sustitutivo de otro. Bienes supuestamente idénticos se convierten en totalmente distintos a efectos valorativos por su inclusión en uno u otro patrimonio. Un bien tiene valores diferentes dependiendo quién sea el comprador y quién el vendedor puesto que representan conjuntos patrimoniales a complementar distintos. Si se invirtieran los términos de comprador y vendedor no existiría intercambio. La homogeneidad de los bienes se da solo por abstracción de la propiedad. El valor económico, que tiene una referencia definitiva a lo real y concreto, no puede hacer abstracción de la propiedad a la que pertenece el objeto valorado. Todo el cálculo económico arranca de esta realidad.

Conviene hacer un esfuerzo para tratar de reconducir hacia la cordura las obsesiones macroeconómicas de nuestros políticos y de muchos de mis colegas economistas.

JJ FRANCH

[:ru]

Al explicar la semana pasada la fuerza económica de la propiedad a propósito del Nobel de 1993, insinuaba de pasada que los derechos de propiedad están siendo gravemente amenazados debido 1) al crecimiento desorbitado y desproporcionado del Estado y 2) por las tendencias macroeconómicas a diseccionar los componentes de las propiedades individuales para agregarlas a continuación por separado al objeto de crear modelos de análisis económico de crecimiento y desarrollo controlables por el aparato estatal. Conviene seguir profundizando en estas ideas que sintonizan con la Escuela Austriaca de Economía.

Toda ampliación del dominio estatal tiene un componente coactivo que elimina en parte al individuo como ser pensante y con valor intrínseco y propio, haciendo de él un mero instrumento en la consecución de los fines de otro. En virtud de los derechos de libre y exclusiva disposición, una persona persigue sus propios objetivos utilizando los medios que le indican sus conocimientos personales basándose en datos que nunca pueden moldearse a voluntad de otros. Las corrientes que defienden el racionalismo social, tanto los socialistas como los ingenieros de la economía, tienden a pasar por alto esta significación fundamental de la propiedad privada y cargan todo el acento de sus políticas sobre los agregados macroeconómicos, sobre las corrientes financieras de la economía nacional, perdiendo el sentido de unidad creativa consustancial a los patrimonios. Con estas actuaciones se oscurece la aparición en el mercado de precios acordes con los auténticos valores económicos. Los precios ya no son manifestación de las preferencias subjetivas de los distintos agentes económicos, sino construcciones planificadas con un racionalismo impuesto desde arriba y por lo tanto los cimientos, sobre los que se apoya todo el sencillo mecanismo del mercado, se agrietan.

El respeto y potenciación de la propiedad privada es tan constitutivo de un orden económico de libertad y cooperación voluntaria, que el resquebrajamiento de esta institución está en la raiz de los temidos procesos inflacionistas según Röpke. El debilitamiento de la propiedad produce también un debilitamiento del dinero, una pérdida de su poder adquisitivo. La solidez y perdurabilidad de lo adquirido y asegurado, de la propiedad, deja paso a lo quebradizo, huidizo e inseguro, de la situación inflacionista. Todo se orienta al fugitivo instante actual sin pensar en generaciones futuras. Se disminuyen las posibilidades de formar una propiedad adecuada y suficiente y las gentes se sienten cada vez más interesadas en una corriente de ingresos garantizada por el Estado de Bienestar, por el Estado-Providencia.

Pese a las voces científicas que advierten de este peligro vivimos en una sociedad en la que este derecho comienza a ser un derecho delegado por ese poder tutelar que es el Estado. En vez de ser la propiedad del Estado una delegación de la privada parece que es al revés: que la privada es una delegación de la estatal. Incluso en los intercambios internacionales se tiende a razonar en términos de la bautizada y criticada por Von Mises “Volkswirtschaft” palabra con la que entendemos el complejo que forman todas las actividades económicas de una nación soberana, en tanto en cuanto el gobernante las dirige y controla. Esta tendencia a pensar en términos de América, Francia, España… en el intercambio internacional, olvida que es cierta persona francesa la que compra o vende a otra española y no es “Francia” y “España” los que comercian realmente.

La agregación de variables, problema constante en la literatura económica olvida y distorsiona la compenetración entre los distintos componentes de la riqueza rompiendo su unidad consustancial. Un microscopio electrónico en manos de un albañil vale mucho menos que el mismo microscopio en manos de un investigador en ciencias biológicas. Una hectárea de tierra en manos de un agricultor vale mucho más que en las solas manos de un abogado. Si agregamos sus precios monetarios no nos enteramos y caemos en un despiste monumental. Al agregar hacemos abstracción de la propiedad, de a qué patrimonio pertenece lo que agregamos, e imposibilitamos la valoración efectiva de esos conjuntos.

Decía Von Mises: “Los empresarios, capitalistas, terratenientes, trabajadores o consumidores de la teoría económica no son seres reales y vivientes como los que pueblan el mundo y aparecen en la historia. Constituyen, por el contrario, meras personificaciones de las distintas funciones que en el mercado se aprecian.” Esta ruptura funcional de la unidad de actuación y la tendencia a diseccionar la unidad de la riqueza en varios componentes es la causante de numerosos errores en el desarrollo de la economía política pura y fundamentalmente en su concreción en la economía aplicada. La complementariedad es consustancial a la riqueza económica. Si se rompe, se desvirtúa.

No se puede diseccionar ningún recurso del resto de bienes con los que más fácilmente se puede complementar por pertenecer a un mismo patrimonio. La propiedad transmite unidad integradora a todos los bienes sobre los que se ejerce ese derecho de libre disposición. Toda esa variada gama de recursos, que configuran la originalidad irrepetible de cada patrimonio, se unifica por la orientación a unos mismos fines marcados por el propietario. Cualquier bien material y palpable se convierte, por su pertenencia a determinado patrimonio, además del lugar y del tiempo, en un bien inconfundible, no exactamente sustitutivo de otro. Bienes supuestamente idénticos se convierten en totalmente distintos a efectos valorativos por su inclusión en uno u otro patrimonio. Un bien tiene valores diferentes dependiendo quién sea el comprador y quién el vendedor puesto que representan conjuntos patrimoniales a complementar distintos. Si se invirtieran los términos de comprador y vendedor no existiría intercambio. La homogeneidad de los bienes se da solo por abstracción de la propiedad. El valor económico, que tiene una referencia definitiva a lo real y concreto, no puede hacer abstracción de la propiedad a la que pertenece el objeto valorado. Todo el cálculo económico arranca de esta realidad.

Conviene hacer un esfuerzo para tratar de reconducir hacia la cordura las obsesiones macroeconómicas de nuestros políticos y de muchos de mis colegas economistas.

JJ FRANCH

[:zh]

Al explicar la semana pasada la fuerza económica de la propiedad a propósito del Nobel de 1993, insinuaba de pasada que los derechos de propiedad están siendo gravemente amenazados debido 1) al crecimiento desorbitado y desproporcionado del Estado y 2) por las tendencias macroeconómicas a diseccionar los componentes de las propiedades individuales para agregarlas a continuación por separado al objeto de crear modelos de análisis económico de crecimiento y desarrollo controlables por el aparato estatal. Conviene seguir profundizando en estas ideas que sintonizan con la Escuela Austriaca de Economía.

Toda ampliación del dominio estatal tiene un componente coactivo que elimina en parte al individuo como ser pensante y con valor intrínseco y propio, haciendo de él un mero instrumento en la consecución de los fines de otro. En virtud de los derechos de libre y exclusiva disposición, una persona persigue sus propios objetivos utilizando los medios que le indican sus conocimientos personales basándose en datos que nunca pueden moldearse a voluntad de otros. Las corrientes que defienden el racionalismo social, tanto los socialistas como los ingenieros de la economía, tienden a pasar por alto esta significación fundamental de la propiedad privada y cargan todo el acento de sus políticas sobre los agregados macroeconómicos, sobre las corrientes financieras de la economía nacional, perdiendo el sentido de unidad creativa consustancial a los patrimonios. Con estas actuaciones se oscurece la aparición en el mercado de precios acordes con los auténticos valores económicos. Los precios ya no son manifestación de las preferencias subjetivas de los distintos agentes económicos, sino construcciones planificadas con un racionalismo impuesto desde arriba y por lo tanto los cimientos, sobre los que se apoya todo el sencillo mecanismo del mercado, se agrietan.

El respeto y potenciación de la propiedad privada es tan constitutivo de un orden económico de libertad y cooperación voluntaria, que el resquebrajamiento de esta institución está en la raiz de los temidos procesos inflacionistas según Röpke. El debilitamiento de la propiedad produce también un debilitamiento del dinero, una pérdida de su poder adquisitivo. La solidez y perdurabilidad de lo adquirido y asegurado, de la propiedad, deja paso a lo quebradizo, huidizo e inseguro, de la situación inflacionista. Todo se orienta al fugitivo instante actual sin pensar en generaciones futuras. Se disminuyen las posibilidades de formar una propiedad adecuada y suficiente y las gentes se sienten cada vez más interesadas en una corriente de ingresos garantizada por el Estado de Bienestar, por el Estado-Providencia.

Pese a las voces científicas que advierten de este peligro vivimos en una sociedad en la que este derecho comienza a ser un derecho delegado por ese poder tutelar que es el Estado. En vez de ser la propiedad del Estado una delegación de la privada parece que es al revés: que la privada es una delegación de la estatal. Incluso en los intercambios internacionales se tiende a razonar en términos de la bautizada y criticada por Von Mises “Volkswirtschaft” palabra con la que entendemos el complejo que forman todas las actividades económicas de una nación soberana, en tanto en cuanto el gobernante las dirige y controla. Esta tendencia a pensar en términos de América, Francia, España… en el intercambio internacional, olvida que es cierta persona francesa la que compra o vende a otra española y no es “Francia” y “España” los que comercian realmente.

La agregación de variables, problema constante en la literatura económica olvida y distorsiona la compenetración entre los distintos componentes de la riqueza rompiendo su unidad consustancial. Un microscopio electrónico en manos de un albañil vale mucho menos que el mismo microscopio en manos de un investigador en ciencias biológicas. Una hectárea de tierra en manos de un agricultor vale mucho más que en las solas manos de un abogado. Si agregamos sus precios monetarios no nos enteramos y caemos en un despiste monumental. Al agregar hacemos abstracción de la propiedad, de a qué patrimonio pertenece lo que agregamos, e imposibilitamos la valoración efectiva de esos conjuntos.

Decía Von Mises: “Los empresarios, capitalistas, terratenientes, trabajadores o consumidores de la teoría económica no son seres reales y vivientes como los que pueblan el mundo y aparecen en la historia. Constituyen, por el contrario, meras personificaciones de las distintas funciones que en el mercado se aprecian.” Esta ruptura funcional de la unidad de actuación y la tendencia a diseccionar la unidad de la riqueza en varios componentes es la causante de numerosos errores en el desarrollo de la economía política pura y fundamentalmente en su concreción en la economía aplicada. La complementariedad es consustancial a la riqueza económica. Si se rompe, se desvirtúa.

No se puede diseccionar ningún recurso del resto de bienes con los que más fácilmente se puede complementar por pertenecer a un mismo patrimonio. La propiedad transmite unidad integradora a todos los bienes sobre los que se ejerce ese derecho de libre disposición. Toda esa variada gama de recursos, que configuran la originalidad irrepetible de cada patrimonio, se unifica por la orientación a unos mismos fines marcados por el propietario. Cualquier bien material y palpable se convierte, por su pertenencia a determinado patrimonio, además del lugar y del tiempo, en un bien inconfundible, no exactamente sustitutivo de otro. Bienes supuestamente idénticos se convierten en totalmente distintos a efectos valorativos por su inclusión en uno u otro patrimonio. Un bien tiene valores diferentes dependiendo quién sea el comprador y quién el vendedor puesto que representan conjuntos patrimoniales a complementar distintos. Si se invirtieran los términos de comprador y vendedor no existiría intercambio. La homogeneidad de los bienes se da solo por abstracción de la propiedad. El valor económico, que tiene una referencia definitiva a lo real y concreto, no puede hacer abstracción de la propiedad a la que pertenece el objeto valorado. Todo el cálculo económico arranca de esta realidad.

Conviene hacer un esfuerzo para tratar de reconducir hacia la cordura las obsesiones macroeconómicas de nuestros políticos y de muchos de mis colegas economistas.

JJ FRANCH

[:ar]

Al explicar la semana pasada la fuerza económica de la propiedad a propósito del Nobel de 1993, insinuaba de pasada que los derechos de propiedad están siendo gravemente amenazados debido 1) al crecimiento desorbitado y desproporcionado del Estado y 2) por las tendencias macroeconómicas a diseccionar los componentes de las propiedades individuales para agregarlas a continuación por separado al objeto de crear modelos de análisis económico de crecimiento y desarrollo controlables por el aparato estatal. Conviene seguir profundizando en estas ideas que sintonizan con la Escuela Austriaca de Economía.

Toda ampliación del dominio estatal tiene un componente coactivo que elimina en parte al individuo como ser pensante y con valor intrínseco y propio, haciendo de él un mero instrumento en la consecución de los fines de otro. En virtud de los derechos de libre y exclusiva disposición, una persona persigue sus propios objetivos utilizando los medios que le indican sus conocimientos personales basándose en datos que nunca pueden moldearse a voluntad de otros. Las corrientes que defienden el racionalismo social, tanto los socialistas como los ingenieros de la economía, tienden a pasar por alto esta significación fundamental de la propiedad privada y cargan todo el acento de sus políticas sobre los agregados macroeconómicos, sobre las corrientes financieras de la economía nacional, perdiendo el sentido de unidad creativa consustancial a los patrimonios. Con estas actuaciones se oscurece la aparición en el mercado de precios acordes con los auténticos valores económicos. Los precios ya no son manifestación de las preferencias subjetivas de los distintos agentes económicos, sino construcciones planificadas con un racionalismo impuesto desde arriba y por lo tanto los cimientos, sobre los que se apoya todo el sencillo mecanismo del mercado, se agrietan.

El respeto y potenciación de la propiedad privada es tan constitutivo de un orden económico de libertad y cooperación voluntaria, que el resquebrajamiento de esta institución está en la raiz de los temidos procesos inflacionistas según Röpke. El debilitamiento de la propiedad produce también un debilitamiento del dinero, una pérdida de su poder adquisitivo. La solidez y perdurabilidad de lo adquirido y asegurado, de la propiedad, deja paso a lo quebradizo, huidizo e inseguro, de la situación inflacionista. Todo se orienta al fugitivo instante actual sin pensar en generaciones futuras. Se disminuyen las posibilidades de formar una propiedad adecuada y suficiente y las gentes se sienten cada vez más interesadas en una corriente de ingresos garantizada por el Estado de Bienestar, por el Estado-Providencia.

Pese a las voces científicas que advierten de este peligro vivimos en una sociedad en la que este derecho comienza a ser un derecho delegado por ese poder tutelar que es el Estado. En vez de ser la propiedad del Estado una delegación de la privada parece que es al revés: que la privada es una delegación de la estatal. Incluso en los intercambios internacionales se tiende a razonar en términos de la bautizada y criticada por Von Mises “Volkswirtschaft” palabra con la que entendemos el complejo que forman todas las actividades económicas de una nación soberana, en tanto en cuanto el gobernante las dirige y controla. Esta tendencia a pensar en términos de América, Francia, España… en el intercambio internacional, olvida que es cierta persona francesa la que compra o vende a otra española y no es “Francia” y “España” los que comercian realmente.

La agregación de variables, problema constante en la literatura económica olvida y distorsiona la compenetración entre los distintos componentes de la riqueza rompiendo su unidad consustancial. Un microscopio electrónico en manos de un albañil vale mucho menos que el mismo microscopio en manos de un investigador en ciencias biológicas. Una hectárea de tierra en manos de un agricultor vale mucho más que en las solas manos de un abogado. Si agregamos sus precios monetarios no nos enteramos y caemos en un despiste monumental. Al agregar hacemos abstracción de la propiedad, de a qué patrimonio pertenece lo que agregamos, e imposibilitamos la valoración efectiva de esos conjuntos.

Decía Von Mises: “Los empresarios, capitalistas, terratenientes, trabajadores o consumidores de la teoría económica no son seres reales y vivientes como los que pueblan el mundo y aparecen en la historia. Constituyen, por el contrario, meras personificaciones de las distintas funciones que en el mercado se aprecian.” Esta ruptura funcional de la unidad de actuación y la tendencia a diseccionar la unidad de la riqueza en varios componentes es la causante de numerosos errores en el desarrollo de la economía política pura y fundamentalmente en su concreción en la economía aplicada. La complementariedad es consustancial a la riqueza económica. Si se rompe, se desvirtúa.

No se puede diseccionar ningún recurso del resto de bienes con los que más fácilmente se puede complementar por pertenecer a un mismo patrimonio. La propiedad transmite unidad integradora a todos los bienes sobre los que se ejerce ese derecho de libre disposición. Toda esa variada gama de recursos, que configuran la originalidad irrepetible de cada patrimonio, se unifica por la orientación a unos mismos fines marcados por el propietario. Cualquier bien material y palpable se convierte, por su pertenencia a determinado patrimonio, además del lugar y del tiempo, en un bien inconfundible, no exactamente sustitutivo de otro. Bienes supuestamente idénticos se convierten en totalmente distintos a efectos valorativos por su inclusión en uno u otro patrimonio. Un bien tiene valores diferentes dependiendo quién sea el comprador y quién el vendedor puesto que representan conjuntos patrimoniales a complementar distintos. Si se invirtieran los términos de comprador y vendedor no existiría intercambio. La homogeneidad de los bienes se da solo por abstracción de la propiedad. El valor económico, que tiene una referencia definitiva a lo real y concreto, no puede hacer abstracción de la propiedad a la que pertenece el objeto valorado. Todo el cálculo económico arranca de esta realidad.

Conviene hacer un esfuerzo para tratar de reconducir hacia la cordura las obsesiones macroeconómicas de nuestros políticos y de muchos de mis colegas economistas.

JJ FRANCH

[:pt]

Al explicar la semana pasada la fuerza económica de la propiedad a propósito del Nobel de 1993, insinuaba de pasada que los derechos de propiedad están siendo gravemente amenazados debido 1) al crecimiento desorbitado y desproporcionado del Estado y 2) por las tendencias macroeconómicas a diseccionar los componentes de las propiedades individuales para agregarlas a continuación por separado al objeto de crear modelos de análisis económico de crecimiento y desarrollo controlables por el aparato estatal. Conviene seguir profundizando en estas ideas que sintonizan con la Escuela Austriaca de Economía.

Toda ampliación del dominio estatal tiene un componente coactivo que elimina en parte al individuo como ser pensante y con valor intrínseco y propio, haciendo de él un mero instrumento en la consecución de los fines de otro. En virtud de los derechos de libre y exclusiva disposición, una persona persigue sus propios objetivos utilizando los medios que le indican sus conocimientos personales basándose en datos que nunca pueden moldearse a voluntad de otros. Las corrientes que defienden el racionalismo social, tanto los socialistas como los ingenieros de la economía, tienden a pasar por alto esta significación fundamental de la propiedad privada y cargan todo el acento de sus políticas sobre los agregados macroeconómicos, sobre las corrientes financieras de la economía nacional, perdiendo el sentido de unidad creativa consustancial a los patrimonios. Con estas actuaciones se oscurece la aparición en el mercado de precios acordes con los auténticos valores económicos. Los precios ya no son manifestación de las preferencias subjetivas de los distintos agentes económicos, sino construcciones planificadas con un racionalismo impuesto desde arriba y por lo tanto los cimientos, sobre los que se apoya todo el sencillo mecanismo del mercado, se agrietan.

El respeto y potenciación de la propiedad privada es tan constitutivo de un orden económico de libertad y cooperación voluntaria, que el resquebrajamiento de esta institución está en la raiz de los temidos procesos inflacionistas según Röpke. El debilitamiento de la propiedad produce también un debilitamiento del dinero, una pérdida de su poder adquisitivo. La solidez y perdurabilidad de lo adquirido y asegurado, de la propiedad, deja paso a lo quebradizo, huidizo e inseguro, de la situación inflacionista. Todo se orienta al fugitivo instante actual sin pensar en generaciones futuras. Se disminuyen las posibilidades de formar una propiedad adecuada y suficiente y las gentes se sienten cada vez más interesadas en una corriente de ingresos garantizada por el Estado de Bienestar, por el Estado-Providencia.

Pese a las voces científicas que advierten de este peligro vivimos en una sociedad en la que este derecho comienza a ser un derecho delegado por ese poder tutelar que es el Estado. En vez de ser la propiedad del Estado una delegación de la privada parece que es al revés: que la privada es una delegación de la estatal. Incluso en los intercambios internacionales se tiende a razonar en términos de la bautizada y criticada por Von Mises “Volkswirtschaft” palabra con la que entendemos el complejo que forman todas las actividades económicas de una nación soberana, en tanto en cuanto el gobernante las dirige y controla. Esta tendencia a pensar en términos de América, Francia, España… en el intercambio internacional, olvida que es cierta persona francesa la que compra o vende a otra española y no es “Francia” y “España” los que comercian realmente.

La agregación de variables, problema constante en la literatura económica olvida y distorsiona la compenetración entre los distintos componentes de la riqueza rompiendo su unidad consustancial. Un microscopio electrónico en manos de un albañil vale mucho menos que el mismo microscopio en manos de un investigador en ciencias biológicas. Una hectárea de tierra en manos de un agricultor vale mucho más que en las solas manos de un abogado. Si agregamos sus precios monetarios no nos enteramos y caemos en un despiste monumental. Al agregar hacemos abstracción de la propiedad, de a qué patrimonio pertenece lo que agregamos, e imposibilitamos la valoración efectiva de esos conjuntos.

Decía Von Mises: “Los empresarios, capitalistas, terratenientes, trabajadores o consumidores de la teoría económica no son seres reales y vivientes como los que pueblan el mundo y aparecen en la historia. Constituyen, por el contrario, meras personificaciones de las distintas funciones que en el mercado se aprecian.” Esta ruptura funcional de la unidad de actuación y la tendencia a diseccionar la unidad de la riqueza en varios componentes es la causante de numerosos errores en el desarrollo de la economía política pura y fundamentalmente en su concreción en la economía aplicada. La complementariedad es consustancial a la riqueza económica. Si se rompe, se desvirtúa.

No se puede diseccionar ningún recurso del resto de bienes con los que más fácilmente se puede complementar por pertenecer a un mismo patrimonio. La propiedad transmite unidad integradora a todos los bienes sobre los que se ejerce ese derecho de libre disposición. Toda esa variada gama de recursos, que configuran la originalidad irrepetible de cada patrimonio, se unifica por la orientación a unos mismos fines marcados por el propietario. Cualquier bien material y palpable se convierte, por su pertenencia a determinado patrimonio, además del lugar y del tiempo, en un bien inconfundible, no exactamente sustitutivo de otro. Bienes supuestamente idénticos se convierten en totalmente distintos a efectos valorativos por su inclusión en uno u otro patrimonio. Un bien tiene valores diferentes dependiendo quién sea el comprador y quién el vendedor puesto que representan conjuntos patrimoniales a complementar distintos. Si se invirtieran los términos de comprador y vendedor no existiría intercambio. La homogeneidad de los bienes se da solo por abstracción de la propiedad. El valor económico, que tiene una referencia definitiva a lo real y concreto, no puede hacer abstracción de la propiedad a la que pertenece el objeto valorado. Todo el cálculo económico arranca de esta realidad.

Conviene hacer un esfuerzo para tratar de reconducir hacia la cordura las obsesiones macroeconómicas de nuestros políticos y de muchos de mis colegas economistas.

JJ FRANCH

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LA “MANO INVISIBLE” SIEMPRE NUEVA

[:es]

LA “MANO INVISIBLE” SIEMPRE NUEVA

Enclaustrada en el capítulo II de La riqueza de las naciones, dedicado a las motivaciones de la división del trabajo -y en relación con ella- se encuentra explícitamente formulada la teoría de la mano invisible que, según la interpretación más extendida y que considero errónea, a través de la búsqueda del interés propio se consigue el interés general.

El hombre no consigue la ayuda de sus semejantes, que le es necesaria, de la benevolencia ajena sino interesando en su favor el egoísmo de los otros: “No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo.” y añade A. Smith: “En una tribu de cazadores o pastores, quien hace las flechas o los arcos con mayor presteza y habilidad los cambia por ganado o por caza (…) Siguiendo su propio interés se dedica casi exclusivamente, a hacer arcos y flechas.”

La vulgarización de estos pasajes ha llevado a generalizar la afirmación de que buscando el propio interés se consigue el interés del otro. El mercado produce eficiencia como efecto secundario positivo pese a no incluir como objetivo del proceso el bien general, sino tan sólo el bien egoísta particular.

Los sujetos económicos buscando sus intereses propios y su beneficio son llevados por la mano invisible del mercado y la competencia a producir de un modo eficiente y vender a un precio equilibrado. A través de las fuerzas del mercado el aumento de beneficio propio se convierte en un bien social.

Siguiendo a Koslowski en esta descripción podemos decir que la versión más radicalizada de este hecho por Mandeville llevó incluso a la afirmación de que los vicios particulares son ventajas públicas. Motivos incluso inmorales y viciosos se transforman en bienes, en efectos secundarios positivos. Por la mano invisible del mercado un comportamiento egoísta, éticamente rechazable, se convierte en comportamiento socialmente ventajoso. Mefistófeles en el Fausto de Goethe plantea afirmaciones que se asemejan al principio de Mandeville: “Forma parte de aquel poder que siempre pretende urdir el mal y termina creando el bien”. No es necesario querer hacer el bien, porque surge de todas formas como efecto del motivo egoísta. Esta búsqueda del propio interés en el intercambio daría lugar, por misteriosas combinaciones, a la consecución del interés generalizado. La astucia de la razón en la historia, proclamada por Hegel, que al final consigue realizar sus objetivos tras un proceso efectuado a escondidas, y a pesar de los hombres, también manifestaría esta paradoja.

Estas reflexiones en voz alta en “Gaceta de los negocios” pretenden introducir un matiz, en mi opinión decisivo, en esta paradoja. Un matiz que, en realidad, produce el efecto de girar exactamente ciento ochenta grados el argumento principal.

La naturaleza del fenómeno del intercambio y del mercado es tal que la auténtica mano invisible se cumple precisamente al revés: no es que la búsqueda del interés egoísta particular produzca el interés positivo general sino exactamente al contrario: Los componentes del valor económico son tales y se manifiestan de tal forma en los intercambios convencionales, que la búsqueda del interés positivo ajeno trae, como consecuencia, un incremento de mi propio valor particular.

En una economía crusoniana, sin intercambio, el proceso es claro ya que en esta situación la mano invisible funciona a la perfección en ambas direcciones. El interés social coincide con el interés individual. Cabe sólo discrepancia entre los fines objetivos y los subjetivos, pero, al existir un sólo individuo, la búsqueda de su propio interés coincide con la búsqueda del interés de la comunidad.

Examinemos ahora, detenidamente, la situación cuando existen múltiples propietarios y numerosos intercambios comerciales. Se empieza a diferenciar el valor de uso del valor de cambio y comienza la posibilidad de la especialización de los agentes. Cada uno tenderá a especializarse en aquello en que tenga ventaja, incluso ventaja comparativa. Aumentará así la capacidad productiva de cada uno y, por tanto, podrán disponer ambos de mayores cantidades. Aunque el valor de cambio permanezca invariable aumentará el valor de uso de ambos.

Pero con la especialización y el intercambio las finalidades de mi trabajo ya no son marcadas por mí, sino por el cliente potencial. Si me especializo en hacer arcos o flechas, esos arcos o flechas los fabrico con intención de venderlos a otros, no de utilizarlos yo. La calidad, peso, textura, tamaño y demás características del arco y las flechas me las indican los otros. Sería absurdo no fabricar lo que el otro prefiere porque es para él. Cuanto más y mejor se busque el servicio del comprador potencial más incrementaré mi propio patrimonio. Buscando el beneficio del comprador consigo mejorar mi propio beneficio. Un cazador y un pescador especializados, y trabajando para el intercambio, tratarán de cazar y pescar, una vez cubiertas sus propias necesidades de caza y pesca, las piezas preferidas por el otro. Interesándose por las preferencias del otro, conseguirá obtener mejor las suyas. Si cambiamos el orden, el efecto positivo se desvirtúa. Si el cazador busca las piezas que él prefiere en lugar de las que prefiere el pescador, su valor de cambio y, a la postre, su valor de uso, se degrada.

En una economía moderna, con alta especialización y elevado grado de intercambios comerciales, la adaptación a las finalidades subjetivas de los clientes potenciales da lugar, en consecuencia, a la más fácil consecución de las propias. Si en mi actuación productiva prima la búsqueda egoísta de mis propias preferencias se devalúa mi patrimo-nio. Podemos decir, entonces, que la mano invisible consiste en descubrir que mi interés resulta favorecido como efecto de la búsqueda del interés ajeno.

No cabe duda que, conocidos estos presupuestos del organismo económico, podemos también señalar que buscando mi propio interés busco el interés general. Pero considero más apropiada la formulación contra¬ria, porque si, habitualmente, mis esfuerzos se concentran en la búsqueda del beneficio ajeno, resulta automático el incremento del beneficio propio. No hace falta pensar en él. Si habitualmente me concentro en la búsqueda de intereses propios acabo por adjudicar erróneamente a los demás, los propios.

Formulando terminológicamente el proceso de una u otra forma, el hecho cierto es que: dada la propiedad, intercambio y especialización y dado, por lo tanto, un grado apreciable de libertad, el valor de un patrimonio físico y humano se incrementa notablemente según su grado de servicio, según su capacidad de servicio a los objetivos subjetivos ajenos en primer lugar, y a las finalidades objetivas ajenas a más largo plazo. La capacidad de servicio se constituye en la característica definitiva de las realidades económicas en orden a su valor en sistemas con alta especialización y ele¬vado intercambio voluntario. Y la Ética aparece como un requisito no sólo aconsejable sino sustancialmente imprescindible para adecuar nuestras aspiraciones últimas personales a las verdaderamente adecuadas.

JJ Franch

[:en]

Enclaustrada en el capítulo II de La riqueza de las naciones, dedicado a las motivaciones de la división del trabajo -y en relación con ella- se encuentra explícitamente formulada la teoría de la mano invisible que, según la interpretación más extendida y que considero errónea, a través de la búsqueda del interés propio se consigue el interés general.

El hombre no consigue la ayuda de sus semejantes, que le es necesaria, de la benevolencia ajena sino interesando en su favor el egoísmo de los otros: “No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo.” y añade A. Smith: “En una tribu de cazadores o pastores, quien hace las flechas o los arcos con mayor presteza y habilidad los cambia por ganado o por caza (…) Siguiendo su propio interés se dedica casi exclusivamente, a hacer arcos y flechas.”

La vulgarización de estos pasajes ha llevado a generalizar la afirmación de que buscando el propio interés se consigue el interés del otro. El mercado produce eficiencia como efecto secundario positivo pese a no incluir como objetivo del proceso el bien general, sino tan sólo el bien egoísta particular.

Los sujetos económicos buscando sus intereses propios y su beneficio son llevados por la mano invisible del mercado y la competencia a producir de un modo eficiente y vender a un precio equilibrado. A través de las fuerzas del mercado el aumento de beneficio propio se convierte en un bien social.

Siguiendo a Koslowski en esta descripción podemos decir que la versión más radicalizada de este hecho por Mandeville llevó incluso a la afirmación de que los vicios particulares son ventajas públicas. Motivos incluso inmorales y viciosos se transforman en bienes, en efectos secundarios positivos. Por la mano invisible del mercado un comportamiento egoísta, éticamente rechazable, se convierte en comportamiento socialmente ventajoso. Mefistófeles en el Fausto de Goethe plantea afirmaciones que se asemejan al principio de Mandeville: “Forma parte de aquel poder que siempre pretende urdir el mal y termina creando el bien”. No es necesario querer hacer el bien, porque surge de todas formas como efecto del motivo egoísta. Esta búsqueda del propio interés en el intercambio daría lugar, por misteriosas combinaciones, a la consecución del interés generalizado. La astucia de la razón en la historia, proclamada por Hegel, que al final consigue realizar sus objetivos tras un proceso efectuado a escondidas, y a pesar de los hombres, también manifestaría esta paradoja.

Estas reflexiones en voz alta en “Gaceta de los negocios” pretenden introducir un matiz, en mi opinión decisivo, en esta paradoja. Un matiz que, en realidad, produce el efecto de girar exactamente ciento ochenta grados el argumento principal.

La naturaleza del fenómeno del intercambio y del mercado es tal que la auténtica mano invisible se cumple precisamente al revés: no es que la búsqueda del interés egoísta particular produzca el interés positivo general sino exactamente al contrario: Los componentes del valor económico son tales y se manifiestan de tal forma en los intercambios convencionales, que la búsqueda del interés positivo ajeno trae, como consecuencia, un incremento de mi propio valor particular.

En una economía crusoniana, sin intercambio, el proceso es claro ya que en esta situación la mano invisible funciona a la perfección en ambas direcciones. El interés social coincide con el interés individual. Cabe sólo discrepancia entre los fines objetivos y los subjetivos, pero, al existir un sólo individuo, la búsqueda de su propio interés coincide con la búsqueda del interés de la comunidad.

Examinemos ahora, detenidamente, la situación cuando existen múltiples propietarios y numerosos intercambios comerciales. Se empieza a diferenciar el valor de uso del valor de cambio y comienza la posibilidad de la especialización de los agentes. Cada uno tenderá a especializarse en aquello en que tenga ventaja, incluso ventaja comparativa. Aumentará así la capacidad productiva de cada uno y, por tanto, podrán disponer ambos de mayores cantidades. Aunque el valor de cambio permanezca invariable aumentará el valor de uso de ambos.

Pero con la especialización y el intercambio las finalidades de mi trabajo ya no son marcadas por mí, sino por el cliente potencial. Si me especializo en hacer arcos o flechas, esos arcos o flechas los fabrico con intención de venderlos a otros, no de utilizarlos yo. La calidad, peso, textura, tamaño y demás características del arco y las flechas me las indican los otros. Sería absurdo no fabricar lo que el otro prefiere porque es para él. Cuanto más y mejor se busque el servicio del comprador potencial más incrementaré mi propio patrimonio. Buscando el beneficio del comprador consigo mejorar mi propio beneficio. Un cazador y un pescador especializados, y trabajando para el intercambio, tratarán de cazar y pescar, una vez cubiertas sus propias necesidades de caza y pesca, las piezas preferidas por el otro. Interesándose por las preferencias del otro, conseguirá obtener mejor las suyas. Si cambiamos el orden, el efecto positivo se desvirtúa. Si el cazador busca las piezas que él prefiere en lugar de las que prefiere el pescador, su valor de cambio y, a la postre, su valor de uso, se degrada.

En una economía moderna, con alta especialización y elevado grado de intercambios comerciales, la adaptación a las finalidades subjetivas de los clientes potenciales da lugar, en consecuencia, a la más fácil consecución de las propias. Si en mi actuación productiva prima la búsqueda egoísta de mis propias preferencias se devalúa mi patrimo-nio. Podemos decir, entonces, que la mano invisible consiste en descubrir que mi interés resulta favorecido como efecto de la búsqueda del interés ajeno.

No cabe duda que, conocidos estos presupuestos del organismo económico, podemos también señalar que buscando mi propio interés busco el interés general. Pero considero más apropiada la formulación contra¬ria, porque si, habitualmente, mis esfuerzos se concentran en la búsqueda del beneficio ajeno, resulta automático el incremento del beneficio propio. No hace falta pensar en él. Si habitualmente me concentro en la búsqueda de intereses propios acabo por adjudicar erróneamente a los demás, los propios.

Formulando terminológicamente el proceso de una u otra forma, el hecho cierto es que: dada la propiedad, intercambio y especialización y dado, por lo tanto, un grado apreciable de libertad, el valor de un patrimonio físico y humano se incrementa notablemente según su grado de servicio, según su capacidad de servicio a los objetivos subjetivos ajenos en primer lugar, y a las finalidades objetivas ajenas a más largo plazo. La capacidad de servicio se constituye en la característica definitiva de las realidades económicas en orden a su valor en sistemas con alta especialización y ele¬vado intercambio voluntario. Y la Ética aparece como un requisito no sólo aconsejable sino sustancialmente imprescindible para adecuar nuestras aspiraciones últimas personales a las verdaderamente adecuadas.

JJ Franch

[:ru]

Enclaustrada en el capítulo II de La riqueza de las naciones, dedicado a las motivaciones de la división del trabajo -y en relación con ella- se encuentra explícitamente formulada la teoría de la mano invisible que, según la interpretación más extendida y que considero errónea, a través de la búsqueda del interés propio se consigue el interés general.

El hombre no consigue la ayuda de sus semejantes, que le es necesaria, de la benevolencia ajena sino interesando en su favor el egoísmo de los otros: “No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo.” y añade A. Smith: “En una tribu de cazadores o pastores, quien hace las flechas o los arcos con mayor presteza y habilidad los cambia por ganado o por caza (…) Siguiendo su propio interés se dedica casi exclusivamente, a hacer arcos y flechas.”

La vulgarización de estos pasajes ha llevado a generalizar la afirmación de que buscando el propio interés se consigue el interés del otro. El mercado produce eficiencia como efecto secundario positivo pese a no incluir como objetivo del proceso el bien general, sino tan sólo el bien egoísta particular.

Los sujetos económicos buscando sus intereses propios y su beneficio son llevados por la mano invisible del mercado y la competencia a producir de un modo eficiente y vender a un precio equilibrado. A través de las fuerzas del mercado el aumento de beneficio propio se convierte en un bien social.

Siguiendo a Koslowski en esta descripción podemos decir que la versión más radicalizada de este hecho por Mandeville llevó incluso a la afirmación de que los vicios particulares son ventajas públicas. Motivos incluso inmorales y viciosos se transforman en bienes, en efectos secundarios positivos. Por la mano invisible del mercado un comportamiento egoísta, éticamente rechazable, se convierte en comportamiento socialmente ventajoso. Mefistófeles en el Fausto de Goethe plantea afirmaciones que se asemejan al principio de Mandeville: “Forma parte de aquel poder que siempre pretende urdir el mal y termina creando el bien”. No es necesario querer hacer el bien, porque surge de todas formas como efecto del motivo egoísta. Esta búsqueda del propio interés en el intercambio daría lugar, por misteriosas combinaciones, a la consecución del interés generalizado. La astucia de la razón en la historia, proclamada por Hegel, que al final consigue realizar sus objetivos tras un proceso efectuado a escondidas, y a pesar de los hombres, también manifestaría esta paradoja.

Estas reflexiones en voz alta en “Gaceta de los negocios” pretenden introducir un matiz, en mi opinión decisivo, en esta paradoja. Un matiz que, en realidad, produce el efecto de girar exactamente ciento ochenta grados el argumento principal.

La naturaleza del fenómeno del intercambio y del mercado es tal que la auténtica mano invisible se cumple precisamente al revés: no es que la búsqueda del interés egoísta particular produzca el interés positivo general sino exactamente al contrario: Los componentes del valor económico son tales y se manifiestan de tal forma en los intercambios convencionales, que la búsqueda del interés positivo ajeno trae, como consecuencia, un incremento de mi propio valor particular.

En una economía crusoniana, sin intercambio, el proceso es claro ya que en esta situación la mano invisible funciona a la perfección en ambas direcciones. El interés social coincide con el interés individual. Cabe sólo discrepancia entre los fines objetivos y los subjetivos, pero, al existir un sólo individuo, la búsqueda de su propio interés coincide con la búsqueda del interés de la comunidad.

Examinemos ahora, detenidamente, la situación cuando existen múltiples propietarios y numerosos intercambios comerciales. Se empieza a diferenciar el valor de uso del valor de cambio y comienza la posibilidad de la especialización de los agentes. Cada uno tenderá a especializarse en aquello en que tenga ventaja, incluso ventaja comparativa. Aumentará así la capacidad productiva de cada uno y, por tanto, podrán disponer ambos de mayores cantidades. Aunque el valor de cambio permanezca invariable aumentará el valor de uso de ambos.

Pero con la especialización y el intercambio las finalidades de mi trabajo ya no son marcadas por mí, sino por el cliente potencial. Si me especializo en hacer arcos o flechas, esos arcos o flechas los fabrico con intención de venderlos a otros, no de utilizarlos yo. La calidad, peso, textura, tamaño y demás características del arco y las flechas me las indican los otros. Sería absurdo no fabricar lo que el otro prefiere porque es para él. Cuanto más y mejor se busque el servicio del comprador potencial más incrementaré mi propio patrimonio. Buscando el beneficio del comprador consigo mejorar mi propio beneficio. Un cazador y un pescador especializados, y trabajando para el intercambio, tratarán de cazar y pescar, una vez cubiertas sus propias necesidades de caza y pesca, las piezas preferidas por el otro. Interesándose por las preferencias del otro, conseguirá obtener mejor las suyas. Si cambiamos el orden, el efecto positivo se desvirtúa. Si el cazador busca las piezas que él prefiere en lugar de las que prefiere el pescador, su valor de cambio y, a la postre, su valor de uso, se degrada.

En una economía moderna, con alta especialización y elevado grado de intercambios comerciales, la adaptación a las finalidades subjetivas de los clientes potenciales da lugar, en consecuencia, a la más fácil consecución de las propias. Si en mi actuación productiva prima la búsqueda egoísta de mis propias preferencias se devalúa mi patrimo-nio. Podemos decir, entonces, que la mano invisible consiste en descubrir que mi interés resulta favorecido como efecto de la búsqueda del interés ajeno.

No cabe duda que, conocidos estos presupuestos del organismo económico, podemos también señalar que buscando mi propio interés busco el interés general. Pero considero más apropiada la formulación contra¬ria, porque si, habitualmente, mis esfuerzos se concentran en la búsqueda del beneficio ajeno, resulta automático el incremento del beneficio propio. No hace falta pensar en él. Si habitualmente me concentro en la búsqueda de intereses propios acabo por adjudicar erróneamente a los demás, los propios.

Formulando terminológicamente el proceso de una u otra forma, el hecho cierto es que: dada la propiedad, intercambio y especialización y dado, por lo tanto, un grado apreciable de libertad, el valor de un patrimonio físico y humano se incrementa notablemente según su grado de servicio, según su capacidad de servicio a los objetivos subjetivos ajenos en primer lugar, y a las finalidades objetivas ajenas a más largo plazo. La capacidad de servicio se constituye en la característica definitiva de las realidades económicas en orden a su valor en sistemas con alta especialización y ele¬vado intercambio voluntario. Y la Ética aparece como un requisito no sólo aconsejable sino sustancialmente imprescindible para adecuar nuestras aspiraciones últimas personales a las verdaderamente adecuadas.

JJ Franch

[:zh]

Enclaustrada en el capítulo II de La riqueza de las naciones, dedicado a las motivaciones de la división del trabajo -y en relación con ella- se encuentra explícitamente formulada la teoría de la mano invisible que, según la interpretación más extendida y que considero errónea, a través de la búsqueda del interés propio se consigue el interés general.

El hombre no consigue la ayuda de sus semejantes, que le es necesaria, de la benevolencia ajena sino interesando en su favor el egoísmo de los otros: “No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo.” y añade A. Smith: “En una tribu de cazadores o pastores, quien hace las flechas o los arcos con mayor presteza y habilidad los cambia por ganado o por caza (…) Siguiendo su propio interés se dedica casi exclusivamente, a hacer arcos y flechas.”

La vulgarización de estos pasajes ha llevado a generalizar la afirmación de que buscando el propio interés se consigue el interés del otro. El mercado produce eficiencia como efecto secundario positivo pese a no incluir como objetivo del proceso el bien general, sino tan sólo el bien egoísta particular.

Los sujetos económicos buscando sus intereses propios y su beneficio son llevados por la mano invisible del mercado y la competencia a producir de un modo eficiente y vender a un precio equilibrado. A través de las fuerzas del mercado el aumento de beneficio propio se convierte en un bien social.

Siguiendo a Koslowski en esta descripción podemos decir que la versión más radicalizada de este hecho por Mandeville llevó incluso a la afirmación de que los vicios particulares son ventajas públicas. Motivos incluso inmorales y viciosos se transforman en bienes, en efectos secundarios positivos. Por la mano invisible del mercado un comportamiento egoísta, éticamente rechazable, se convierte en comportamiento socialmente ventajoso. Mefistófeles en el Fausto de Goethe plantea afirmaciones que se asemejan al principio de Mandeville: “Forma parte de aquel poder que siempre pretende urdir el mal y termina creando el bien”. No es necesario querer hacer el bien, porque surge de todas formas como efecto del motivo egoísta. Esta búsqueda del propio interés en el intercambio daría lugar, por misteriosas combinaciones, a la consecución del interés generalizado. La astucia de la razón en la historia, proclamada por Hegel, que al final consigue realizar sus objetivos tras un proceso efectuado a escondidas, y a pesar de los hombres, también manifestaría esta paradoja.

Estas reflexiones en voz alta en “Gaceta de los negocios” pretenden introducir un matiz, en mi opinión decisivo, en esta paradoja. Un matiz que, en realidad, produce el efecto de girar exactamente ciento ochenta grados el argumento principal.

La naturaleza del fenómeno del intercambio y del mercado es tal que la auténtica mano invisible se cumple precisamente al revés: no es que la búsqueda del interés egoísta particular produzca el interés positivo general sino exactamente al contrario: Los componentes del valor económico son tales y se manifiestan de tal forma en los intercambios convencionales, que la búsqueda del interés positivo ajeno trae, como consecuencia, un incremento de mi propio valor particular.

En una economía crusoniana, sin intercambio, el proceso es claro ya que en esta situación la mano invisible funciona a la perfección en ambas direcciones. El interés social coincide con el interés individual. Cabe sólo discrepancia entre los fines objetivos y los subjetivos, pero, al existir un sólo individuo, la búsqueda de su propio interés coincide con la búsqueda del interés de la comunidad.

Examinemos ahora, detenidamente, la situación cuando existen múltiples propietarios y numerosos intercambios comerciales. Se empieza a diferenciar el valor de uso del valor de cambio y comienza la posibilidad de la especialización de los agentes. Cada uno tenderá a especializarse en aquello en que tenga ventaja, incluso ventaja comparativa. Aumentará así la capacidad productiva de cada uno y, por tanto, podrán disponer ambos de mayores cantidades. Aunque el valor de cambio permanezca invariable aumentará el valor de uso de ambos.

Pero con la especialización y el intercambio las finalidades de mi trabajo ya no son marcadas por mí, sino por el cliente potencial. Si me especializo en hacer arcos o flechas, esos arcos o flechas los fabrico con intención de venderlos a otros, no de utilizarlos yo. La calidad, peso, textura, tamaño y demás características del arco y las flechas me las indican los otros. Sería absurdo no fabricar lo que el otro prefiere porque es para él. Cuanto más y mejor se busque el servicio del comprador potencial más incrementaré mi propio patrimonio. Buscando el beneficio del comprador consigo mejorar mi propio beneficio. Un cazador y un pescador especializados, y trabajando para el intercambio, tratarán de cazar y pescar, una vez cubiertas sus propias necesidades de caza y pesca, las piezas preferidas por el otro. Interesándose por las preferencias del otro, conseguirá obtener mejor las suyas. Si cambiamos el orden, el efecto positivo se desvirtúa. Si el cazador busca las piezas que él prefiere en lugar de las que prefiere el pescador, su valor de cambio y, a la postre, su valor de uso, se degrada.

En una economía moderna, con alta especialización y elevado grado de intercambios comerciales, la adaptación a las finalidades subjetivas de los clientes potenciales da lugar, en consecuencia, a la más fácil consecución de las propias. Si en mi actuación productiva prima la búsqueda egoísta de mis propias preferencias se devalúa mi patrimo-nio. Podemos decir, entonces, que la mano invisible consiste en descubrir que mi interés resulta favorecido como efecto de la búsqueda del interés ajeno.

No cabe duda que, conocidos estos presupuestos del organismo económico, podemos también señalar que buscando mi propio interés busco el interés general. Pero considero más apropiada la formulación contra¬ria, porque si, habitualmente, mis esfuerzos se concentran en la búsqueda del beneficio ajeno, resulta automático el incremento del beneficio propio. No hace falta pensar en él. Si habitualmente me concentro en la búsqueda de intereses propios acabo por adjudicar erróneamente a los demás, los propios.

Formulando terminológicamente el proceso de una u otra forma, el hecho cierto es que: dada la propiedad, intercambio y especialización y dado, por lo tanto, un grado apreciable de libertad, el valor de un patrimonio físico y humano se incrementa notablemente según su grado de servicio, según su capacidad de servicio a los objetivos subjetivos ajenos en primer lugar, y a las finalidades objetivas ajenas a más largo plazo. La capacidad de servicio se constituye en la característica definitiva de las realidades económicas en orden a su valor en sistemas con alta especialización y ele¬vado intercambio voluntario. Y la Ética aparece como un requisito no sólo aconsejable sino sustancialmente imprescindible para adecuar nuestras aspiraciones últimas personales a las verdaderamente adecuadas.

JJ Franch

[:ar]

Enclaustrada en el capítulo II de La riqueza de las naciones, dedicado a las motivaciones de la división del trabajo -y en relación con ella- se encuentra explícitamente formulada la teoría de la mano invisible que, según la interpretación más extendida y que considero errónea, a través de la búsqueda del interés propio se consigue el interés general.

El hombre no consigue la ayuda de sus semejantes, que le es necesaria, de la benevolencia ajena sino interesando en su favor el egoísmo de los otros: “No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo.” y añade A. Smith: “En una tribu de cazadores o pastores, quien hace las flechas o los arcos con mayor presteza y habilidad los cambia por ganado o por caza (…) Siguiendo su propio interés se dedica casi exclusivamente, a hacer arcos y flechas.”

La vulgarización de estos pasajes ha llevado a generalizar la afirmación de que buscando el propio interés se consigue el interés del otro. El mercado produce eficiencia como efecto secundario positivo pese a no incluir como objetivo del proceso el bien general, sino tan sólo el bien egoísta particular.

Los sujetos económicos buscando sus intereses propios y su beneficio son llevados por la mano invisible del mercado y la competencia a producir de un modo eficiente y vender a un precio equilibrado. A través de las fuerzas del mercado el aumento de beneficio propio se convierte en un bien social.

Siguiendo a Koslowski en esta descripción podemos decir que la versión más radicalizada de este hecho por Mandeville llevó incluso a la afirmación de que los vicios particulares son ventajas públicas. Motivos incluso inmorales y viciosos se transforman en bienes, en efectos secundarios positivos. Por la mano invisible del mercado un comportamiento egoísta, éticamente rechazable, se convierte en comportamiento socialmente ventajoso. Mefistófeles en el Fausto de Goethe plantea afirmaciones que se asemejan al principio de Mandeville: “Forma parte de aquel poder que siempre pretende urdir el mal y termina creando el bien”. No es necesario querer hacer el bien, porque surge de todas formas como efecto del motivo egoísta. Esta búsqueda del propio interés en el intercambio daría lugar, por misteriosas combinaciones, a la consecución del interés generalizado. La astucia de la razón en la historia, proclamada por Hegel, que al final consigue realizar sus objetivos tras un proceso efectuado a escondidas, y a pesar de los hombres, también manifestaría esta paradoja.

Estas reflexiones en voz alta en “Gaceta de los negocios” pretenden introducir un matiz, en mi opinión decisivo, en esta paradoja. Un matiz que, en realidad, produce el efecto de girar exactamente ciento ochenta grados el argumento principal.

La naturaleza del fenómeno del intercambio y del mercado es tal que la auténtica mano invisible se cumple precisamente al revés: no es que la búsqueda del interés egoísta particular produzca el interés positivo general sino exactamente al contrario: Los componentes del valor económico son tales y se manifiestan de tal forma en los intercambios convencionales, que la búsqueda del interés positivo ajeno trae, como consecuencia, un incremento de mi propio valor particular.

En una economía crusoniana, sin intercambio, el proceso es claro ya que en esta situación la mano invisible funciona a la perfección en ambas direcciones. El interés social coincide con el interés individual. Cabe sólo discrepancia entre los fines objetivos y los subjetivos, pero, al existir un sólo individuo, la búsqueda de su propio interés coincide con la búsqueda del interés de la comunidad.

Examinemos ahora, detenidamente, la situación cuando existen múltiples propietarios y numerosos intercambios comerciales. Se empieza a diferenciar el valor de uso del valor de cambio y comienza la posibilidad de la especialización de los agentes. Cada uno tenderá a especializarse en aquello en que tenga ventaja, incluso ventaja comparativa. Aumentará así la capacidad productiva de cada uno y, por tanto, podrán disponer ambos de mayores cantidades. Aunque el valor de cambio permanezca invariable aumentará el valor de uso de ambos.

Pero con la especialización y el intercambio las finalidades de mi trabajo ya no son marcadas por mí, sino por el cliente potencial. Si me especializo en hacer arcos o flechas, esos arcos o flechas los fabrico con intención de venderlos a otros, no de utilizarlos yo. La calidad, peso, textura, tamaño y demás características del arco y las flechas me las indican los otros. Sería absurdo no fabricar lo que el otro prefiere porque es para él. Cuanto más y mejor se busque el servicio del comprador potencial más incrementaré mi propio patrimonio. Buscando el beneficio del comprador consigo mejorar mi propio beneficio. Un cazador y un pescador especializados, y trabajando para el intercambio, tratarán de cazar y pescar, una vez cubiertas sus propias necesidades de caza y pesca, las piezas preferidas por el otro. Interesándose por las preferencias del otro, conseguirá obtener mejor las suyas. Si cambiamos el orden, el efecto positivo se desvirtúa. Si el cazador busca las piezas que él prefiere en lugar de las que prefiere el pescador, su valor de cambio y, a la postre, su valor de uso, se degrada.

En una economía moderna, con alta especialización y elevado grado de intercambios comerciales, la adaptación a las finalidades subjetivas de los clientes potenciales da lugar, en consecuencia, a la más fácil consecución de las propias. Si en mi actuación productiva prima la búsqueda egoísta de mis propias preferencias se devalúa mi patrimo-nio. Podemos decir, entonces, que la mano invisible consiste en descubrir que mi interés resulta favorecido como efecto de la búsqueda del interés ajeno.

No cabe duda que, conocidos estos presupuestos del organismo económico, podemos también señalar que buscando mi propio interés busco el interés general. Pero considero más apropiada la formulación contra¬ria, porque si, habitualmente, mis esfuerzos se concentran en la búsqueda del beneficio ajeno, resulta automático el incremento del beneficio propio. No hace falta pensar en él. Si habitualmente me concentro en la búsqueda de intereses propios acabo por adjudicar erróneamente a los demás, los propios.

Formulando terminológicamente el proceso de una u otra forma, el hecho cierto es que: dada la propiedad, intercambio y especialización y dado, por lo tanto, un grado apreciable de libertad, el valor de un patrimonio físico y humano se incrementa notablemente según su grado de servicio, según su capacidad de servicio a los objetivos subjetivos ajenos en primer lugar, y a las finalidades objetivas ajenas a más largo plazo. La capacidad de servicio se constituye en la característica definitiva de las realidades económicas en orden a su valor en sistemas con alta especialización y ele¬vado intercambio voluntario. Y la Ética aparece como un requisito no sólo aconsejable sino sustancialmente imprescindible para adecuar nuestras aspiraciones últimas personales a las verdaderamente adecuadas.

JJ Franch

[:pt]

Enclaustrada en el capítulo II de La riqueza de las naciones, dedicado a las motivaciones de la división del trabajo -y en relación con ella- se encuentra explícitamente formulada la teoría de la mano invisible que, según la interpretación más extendida y que considero errónea, a través de la búsqueda del interés propio se consigue el interés general.

El hombre no consigue la ayuda de sus semejantes, que le es necesaria, de la benevolencia ajena sino interesando en su favor el egoísmo de los otros: “No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo.” y añade A. Smith: “En una tribu de cazadores o pastores, quien hace las flechas o los arcos con mayor presteza y habilidad los cambia por ganado o por caza (…) Siguiendo su propio interés se dedica casi exclusivamente, a hacer arcos y flechas.”

La vulgarización de estos pasajes ha llevado a generalizar la afirmación de que buscando el propio interés se consigue el interés del otro. El mercado produce eficiencia como efecto secundario positivo pese a no incluir como objetivo del proceso el bien general, sino tan sólo el bien egoísta particular.

Los sujetos económicos buscando sus intereses propios y su beneficio son llevados por la mano invisible del mercado y la competencia a producir de un modo eficiente y vender a un precio equilibrado. A través de las fuerzas del mercado el aumento de beneficio propio se convierte en un bien social.

Siguiendo a Koslowski en esta descripción podemos decir que la versión más radicalizada de este hecho por Mandeville llevó incluso a la afirmación de que los vicios particulares son ventajas públicas. Motivos incluso inmorales y viciosos se transforman en bienes, en efectos secundarios positivos. Por la mano invisible del mercado un comportamiento egoísta, éticamente rechazable, se convierte en comportamiento socialmente ventajoso. Mefistófeles en el Fausto de Goethe plantea afirmaciones que se asemejan al principio de Mandeville: “Forma parte de aquel poder que siempre pretende urdir el mal y termina creando el bien”. No es necesario querer hacer el bien, porque surge de todas formas como efecto del motivo egoísta. Esta búsqueda del propio interés en el intercambio daría lugar, por misteriosas combinaciones, a la consecución del interés generalizado. La astucia de la razón en la historia, proclamada por Hegel, que al final consigue realizar sus objetivos tras un proceso efectuado a escondidas, y a pesar de los hombres, también manifestaría esta paradoja.

Estas reflexiones en voz alta en “Gaceta de los negocios” pretenden introducir un matiz, en mi opinión decisivo, en esta paradoja. Un matiz que, en realidad, produce el efecto de girar exactamente ciento ochenta grados el argumento principal.

La naturaleza del fenómeno del intercambio y del mercado es tal que la auténtica mano invisible se cumple precisamente al revés: no es que la búsqueda del interés egoísta particular produzca el interés positivo general sino exactamente al contrario: Los componentes del valor económico son tales y se manifiestan de tal forma en los intercambios convencionales, que la búsqueda del interés positivo ajeno trae, como consecuencia, un incremento de mi propio valor particular.

En una economía crusoniana, sin intercambio, el proceso es claro ya que en esta situación la mano invisible funciona a la perfección en ambas direcciones. El interés social coincide con el interés individual. Cabe sólo discrepancia entre los fines objetivos y los subjetivos, pero, al existir un sólo individuo, la búsqueda de su propio interés coincide con la búsqueda del interés de la comunidad.

Examinemos ahora, detenidamente, la situación cuando existen múltiples propietarios y numerosos intercambios comerciales. Se empieza a diferenciar el valor de uso del valor de cambio y comienza la posibilidad de la especialización de los agentes. Cada uno tenderá a especializarse en aquello en que tenga ventaja, incluso ventaja comparativa. Aumentará así la capacidad productiva de cada uno y, por tanto, podrán disponer ambos de mayores cantidades. Aunque el valor de cambio permanezca invariable aumentará el valor de uso de ambos.

Pero con la especialización y el intercambio las finalidades de mi trabajo ya no son marcadas por mí, sino por el cliente potencial. Si me especializo en hacer arcos o flechas, esos arcos o flechas los fabrico con intención de venderlos a otros, no de utilizarlos yo. La calidad, peso, textura, tamaño y demás características del arco y las flechas me las indican los otros. Sería absurdo no fabricar lo que el otro prefiere porque es para él. Cuanto más y mejor se busque el servicio del comprador potencial más incrementaré mi propio patrimonio. Buscando el beneficio del comprador consigo mejorar mi propio beneficio. Un cazador y un pescador especializados, y trabajando para el intercambio, tratarán de cazar y pescar, una vez cubiertas sus propias necesidades de caza y pesca, las piezas preferidas por el otro. Interesándose por las preferencias del otro, conseguirá obtener mejor las suyas. Si cambiamos el orden, el efecto positivo se desvirtúa. Si el cazador busca las piezas que él prefiere en lugar de las que prefiere el pescador, su valor de cambio y, a la postre, su valor de uso, se degrada.

En una economía moderna, con alta especialización y elevado grado de intercambios comerciales, la adaptación a las finalidades subjetivas de los clientes potenciales da lugar, en consecuencia, a la más fácil consecución de las propias. Si en mi actuación productiva prima la búsqueda egoísta de mis propias preferencias se devalúa mi patrimo-nio. Podemos decir, entonces, que la mano invisible consiste en descubrir que mi interés resulta favorecido como efecto de la búsqueda del interés ajeno.

No cabe duda que, conocidos estos presupuestos del organismo económico, podemos también señalar que buscando mi propio interés busco el interés general. Pero considero más apropiada la formulación contra¬ria, porque si, habitualmente, mis esfuerzos se concentran en la búsqueda del beneficio ajeno, resulta automático el incremento del beneficio propio. No hace falta pensar en él. Si habitualmente me concentro en la búsqueda de intereses propios acabo por adjudicar erróneamente a los demás, los propios.

Formulando terminológicamente el proceso de una u otra forma, el hecho cierto es que: dada la propiedad, intercambio y especialización y dado, por lo tanto, un grado apreciable de libertad, el valor de un patrimonio físico y humano se incrementa notablemente según su grado de servicio, según su capacidad de servicio a los objetivos subjetivos ajenos en primer lugar, y a las finalidades objetivas ajenas a más largo plazo. La capacidad de servicio se constituye en la característica definitiva de las realidades económicas en orden a su valor en sistemas con alta especialización y ele¬vado intercambio voluntario. Y la Ética aparece como un requisito no sólo aconsejable sino sustancialmente imprescindible para adecuar nuestras aspiraciones últimas personales a las verdaderamente adecuadas.

JJ Franch

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LA SABIDURÍA DE LA IGNORANCIA

[:es] 

LA SABIDURÍA DE LA IGNORANCIA

Nunca es mal momento para recordar la conveniencia, para el directivo empresarial, de una actitud humilde y de respeto hacia sus clientes, subordinados y proveedores, aprendiendo y sugiriendo, tratando más que de que se haga lo que uno prefiere, que se ponga todo el interés en el hacer hacer sin aspavientos y desde un cierto anonimato no protagonista. Las aportaciones de Hayek en Los fundamentos de la libertad y en La fatal arrogancia, por ejemplo, tienen un indudable valor para las cuestiones del managment contemporáneo ya que abren un abanico de variopintas posibilidades de futuro si queremos adentrarnos en la novedad de la auténtica Economía Moderna. Demuestran también que el socialismo es antieconómico, y el centro del argumento resumido se encuentra posiblemente en lo escrito por Huerta de Soto en Socialismo, cálculo económico y función empresarial: “Quizás en la raíz o el fundamento mismo del socialismo, se oculte el atávico deseo del hombre por querer ser como Dios, o mejor, de creerse que es Dios, y por tanto, que puede disponer de un conocimiento o información mucho mayor de lo que es humanamente posible.”

Hayek parte de la ignorancia de cada sujeto actor de la trama económica en nuestra sociedad compleja cada vez más especializada. La lección para las acciones directivas es la misma: partir del reconocimiento de nuestra ignorancia. También en el pensamiento griego se encuentran estas actitudes razonables. Nos lo recuerda Emilio LLedó en Memoria de la ética (Santillana s.a., 1994, pag. 289 y 291): “No es extraño que el tema de la identidad consigo mismo por medio de la felicidad y de la serenidad, tuviese en el helenismo una versión intelectual. Nada puede afirmarse dogmáticamente. La mente del hombre es ambigua y en ello consiste su riqueza. Su territorio no es el de la realidad, sino el de la posibilidad. Ser humano es aceptar en cada conocimiento el inquietante estímulo de la duda. (…) En un mundo en el que la filosofía se congela en terminologías para pitagóricos iniciados, que sólo miran las formas de la realidad y no el contenido creador y modulador de esas formas, ¿no era el ataque al dogmatismo, al mito de que sólo unos pocos tienen la verdad, la mejor esperanza para el pensamiento y la vida?”

Si en otras ocasiones recurríamos a Sócrates para resaltar la importancia de reconocer la existencia de la verdad, ahora nos corresponde recordar la importancia que daba a la actitud humilde de partir de la ignorancia. Su lema se resumía en el “sólo sé que no sé nada”. El método socrático toma la forma de un diálogo. Mediante una serie de preguntas hace ver a sus interlocutores los errores y contradicciones de sus discursos hasta que se ven forzados a reconocer que no saben lo que creían saber. Es a partir del reconocimiento de la propia ignorancia cuando estamos en condiciones de atisbar a tientas la verdad.

El directivo empresarial tiene que ser consciente de su ignorancia en tantos campos, y de que todos sus subordinados, en las diferentes funciones que ejercen, conocen mejor que él los entresijos y posibles mejoras de sus trabajos. El sentido común y la experiencia enseñaron a los antiguos que en la práctica de los artesanos quien mejor conocía la técnica de su oficio producía las obras mejores y era un buen artesano. Quizás esto explique el éxito de los “Keiretsu” que explicaba Kuri Gaytan. Los “keiretsu” son organizaciones de gran flexibilidad en donde predominan, más que las relaciones verticales y jerárquicas de mando como en EE UU, los fuertes nexos horizontales que han probado ampliamente una mayor capacidad y eficiencia. La flexibilidad es fundamental en las personas, las empresas y las sociedades en general. Estas organizaciones, dotadas de gran flexibilidad, se coordinan también a nivel social formando conglomerados abiertos que relacionan empresas de distintos sectores con grupos financieros y centros de investigación y desarrollo, con el fin de intercambiar información y cooperar en todos los terrenos: mercadotecnia, investigación, producción, formación … etc.

Por otra parte, los análisis citados de Hayek y también los de Kirzner Creatividad, capitalismo y justicia distributiva y Perception, Opportunity and profit o Competition and Entrereneurship, por ejemplo, no se limitan a criticar el socialismo que ya es pasado, sino que sus aportaciones miran sin complejos y con alegría al futuro, abriendo un abanico de opciones intelectuales y prácticas altamente aleccionador. La función empresarial humilde, y esperanzada, a pesar de reconocer la propia ignorancia, no está limitada y necesariamente conectada al aspecto monetario y mercantil, sino que se extiende a la acción consciente de toda persona por el mero hecho de serlo ya que, aunque no tenga nada, tiene siempre al menos la propiedad de su propia humanidad: la libertad.

JJ FRANCH[:en]

Nunca es mal momento para recordar la conveniencia, para el directivo empresarial, de una actitud humilde y de respeto hacia sus clientes, subordinados y proveedores, aprendiendo y sugiriendo, tratando más que de que se haga lo que uno prefiere, que se ponga todo el interés en el hacer hacer sin aspavientos y desde un cierto anonimato no protagonista. Las aportaciones de Hayek en Los fundamentos de la libertad y en La fatal arrogancia, por ejemplo, tienen un indudable valor para las cuestiones del managment contemporáneo ya que abren un abanico de variopintas posibilidades de futuro si queremos adentrarnos en la novedad de la auténtica Economía Moderna. Demuestran también que el socialismo es antieconómico, y el centro del argumento resumido se encuentra posiblemente en lo escrito por Huerta de Soto en Socialismo, cálculo económico y función empresarial: “Quizás en la raíz o el fundamento mismo del socialismo, se oculte el atávico deseo del hombre por querer ser como Dios, o mejor, de creerse que es Dios, y por tanto, que puede disponer de un conocimiento o información mucho mayor de lo que es humanamente posible.”

Hayek parte de la ignorancia de cada sujeto actor de la trama económica en nuestra sociedad compleja cada vez más especializada. La lección para las acciones directivas es la misma: partir del reconocimiento de nuestra ignorancia. También en el pensamiento griego se encuentran estas actitudes razonables. Nos lo recuerda Emilio LLedó en Memoria de la ética (Santillana s.a., 1994, pag. 289 y 291): “No es extraño que el tema de la identidad consigo mismo por medio de la felicidad y de la serenidad, tuviese en el helenismo una versión intelectual. Nada puede afirmarse dogmáticamente. La mente del hombre es ambigua y en ello consiste su riqueza. Su territorio no es el de la realidad, sino el de la posibilidad. Ser humano es aceptar en cada conocimiento el inquietante estímulo de la duda. (…) En un mundo en el que la filosofía se congela en terminologías para pitagóricos iniciados, que sólo miran las formas de la realidad y no el contenido creador y modulador de esas formas, ¿no era el ataque al dogmatismo, al mito de que sólo unos pocos tienen la verdad, la mejor esperanza para el pensamiento y la vida?”

Si en otras ocasiones recurríamos a Sócrates para resaltar la importancia de reconocer la existencia de la verdad, ahora nos corresponde recordar la importancia que daba a la actitud humilde de partir de la ignorancia. Su lema se resumía en el “sólo sé que no sé nada”. El método socrático toma la forma de un diálogo. Mediante una serie de preguntas hace ver a sus interlocutores los errores y contradicciones de sus discursos hasta que se ven forzados a reconocer que no saben lo que creían saber. Es a partir del reconocimiento de la propia ignorancia cuando estamos en condiciones de atisbar a tientas la verdad.

El directivo empresarial tiene que ser consciente de su ignorancia en tantos campos, y de que todos sus subordinados, en las diferentes funciones que ejercen, conocen mejor que él los entresijos y posibles mejoras de sus trabajos. El sentido común y la experiencia enseñaron a los antiguos que en la práctica de los artesanos quien mejor conocía la técnica de su oficio producía las obras mejores y era un buen artesano. Quizás esto explique el éxito de los “Keiretsu” que explicaba Kuri Gaytan. Los “keiretsu” son organizaciones de gran flexibilidad en donde predominan, más que las relaciones verticales y jerárquicas de mando como en EE UU, los fuertes nexos horizontales que han probado ampliamente una mayor capacidad y eficiencia. La flexibilidad es fundamental en las personas, las empresas y las sociedades en general. Estas organizaciones, dotadas de gran flexibilidad, se coordinan también a nivel social formando conglomerados abiertos que relacionan empresas de distintos sectores con grupos financieros y centros de investigación y desarrollo, con el fin de intercambiar información y cooperar en todos los terrenos: mercadotecnia, investigación, producción, formación … etc.

Por otra parte, los análisis citados de Hayek y también los de Kirzner Creatividad, capitalismo y justicia distributiva y Perception, Opportunity and profit o Competition and Entrereneurship, por ejemplo, no se limitan a criticar el socialismo que ya es pasado, sino que sus aportaciones miran sin complejos y con alegría al futuro, abriendo un abanico de opciones intelectuales y prácticas altamente aleccionador. La función empresarial humilde, y esperanzada, a pesar de reconocer la propia ignorancia, no está limitada y necesariamente conectada al aspecto monetario y mercantil, sino que se extiende a la acción consciente de toda persona por el mero hecho de serlo ya que, aunque no tenga nada, tiene siempre al menos la propiedad de su propia humanidad: la libertad.

JJ FRANCH [:ru]

Nunca es mal momento para recordar la conveniencia, para el directivo empresarial, de una actitud humilde y de respeto hacia sus clientes, subordinados y proveedores, aprendiendo y sugiriendo, tratando más que de que se haga lo que uno prefiere, que se ponga todo el interés en el hacer hacer sin aspavientos y desde un cierto anonimato no protagonista. Las aportaciones de Hayek en Los fundamentos de la libertad y en La fatal arrogancia, por ejemplo, tienen un indudable valor para las cuestiones del managment contemporáneo ya que abren un abanico de variopintas posibilidades de futuro si queremos adentrarnos en la novedad de la auténtica Economía Moderna. Demuestran también que el socialismo es antieconómico, y el centro del argumento resumido se encuentra posiblemente en lo escrito por Huerta de Soto en Socialismo, cálculo económico y función empresarial: “Quizás en la raíz o el fundamento mismo del socialismo, se oculte el atávico deseo del hombre por querer ser como Dios, o mejor, de creerse que es Dios, y por tanto, que puede disponer de un conocimiento o información mucho mayor de lo que es humanamente posible.”

Hayek parte de la ignorancia de cada sujeto actor de la trama económica en nuestra sociedad compleja cada vez más especializada. La lección para las acciones directivas es la misma: partir del reconocimiento de nuestra ignorancia. También en el pensamiento griego se encuentran estas actitudes razonables. Nos lo recuerda Emilio LLedó en Memoria de la ética (Santillana s.a., 1994, pag. 289 y 291): “No es extraño que el tema de la identidad consigo mismo por medio de la felicidad y de la serenidad, tuviese en el helenismo una versión intelectual. Nada puede afirmarse dogmáticamente. La mente del hombre es ambigua y en ello consiste su riqueza. Su territorio no es el de la realidad, sino el de la posibilidad. Ser humano es aceptar en cada conocimiento el inquietante estímulo de la duda. (…) En un mundo en el que la filosofía se congela en terminologías para pitagóricos iniciados, que sólo miran las formas de la realidad y no el contenido creador y modulador de esas formas, ¿no era el ataque al dogmatismo, al mito de que sólo unos pocos tienen la verdad, la mejor esperanza para el pensamiento y la vida?”

Si en otras ocasiones recurríamos a Sócrates para resaltar la importancia de reconocer la existencia de la verdad, ahora nos corresponde recordar la importancia que daba a la actitud humilde de partir de la ignorancia. Su lema se resumía en el “sólo sé que no sé nada”. El método socrático toma la forma de un diálogo. Mediante una serie de preguntas hace ver a sus interlocutores los errores y contradicciones de sus discursos hasta que se ven forzados a reconocer que no saben lo que creían saber. Es a partir del reconocimiento de la propia ignorancia cuando estamos en condiciones de atisbar a tientas la verdad.

El directivo empresarial tiene que ser consciente de su ignorancia en tantos campos, y de que todos sus subordinados, en las diferentes funciones que ejercen, conocen mejor que él los entresijos y posibles mejoras de sus trabajos. El sentido común y la experiencia enseñaron a los antiguos que en la práctica de los artesanos quien mejor conocía la técnica de su oficio producía las obras mejores y era un buen artesano. Quizás esto explique el éxito de los “Keiretsu” que explicaba Kuri Gaytan. Los “keiretsu” son organizaciones de gran flexibilidad en donde predominan, más que las relaciones verticales y jerárquicas de mando como en EE UU, los fuertes nexos horizontales que han probado ampliamente una mayor capacidad y eficiencia. La flexibilidad es fundamental en las personas, las empresas y las sociedades en general. Estas organizaciones, dotadas de gran flexibilidad, se coordinan también a nivel social formando conglomerados abiertos que relacionan empresas de distintos sectores con grupos financieros y centros de investigación y desarrollo, con el fin de intercambiar información y cooperar en todos los terrenos: mercadotecnia, investigación, producción, formación … etc.

Por otra parte, los análisis citados de Hayek y también los de Kirzner Creatividad, capitalismo y justicia distributiva y Perception, Opportunity and profit o Competition and Entrereneurship, por ejemplo, no se limitan a criticar el socialismo que ya es pasado, sino que sus aportaciones miran sin complejos y con alegría al futuro, abriendo un abanico de opciones intelectuales y prácticas altamente aleccionador. La función empresarial humilde, y esperanzada, a pesar de reconocer la propia ignorancia, no está limitada y necesariamente conectada al aspecto monetario y mercantil, sino que se extiende a la acción consciente de toda persona por el mero hecho de serlo ya que, aunque no tenga nada, tiene siempre al menos la propiedad de su propia humanidad: la libertad.

JJ FRANCH [:zh]

Nunca es mal momento para recordar la conveniencia, para el directivo empresarial, de una actitud humilde y de respeto hacia sus clientes, subordinados y proveedores, aprendiendo y sugiriendo, tratando más que de que se haga lo que uno prefiere, que se ponga todo el interés en el hacer hacer sin aspavientos y desde un cierto anonimato no protagonista. Las aportaciones de Hayek en Los fundamentos de la libertad y en La fatal arrogancia, por ejemplo, tienen un indudable valor para las cuestiones del managment contemporáneo ya que abren un abanico de variopintas posibilidades de futuro si queremos adentrarnos en la novedad de la auténtica Economía Moderna. Demuestran también que el socialismo es antieconómico, y el centro del argumento resumido se encuentra posiblemente en lo escrito por Huerta de Soto en Socialismo, cálculo económico y función empresarial: “Quizás en la raíz o el fundamento mismo del socialismo, se oculte el atávico deseo del hombre por querer ser como Dios, o mejor, de creerse que es Dios, y por tanto, que puede disponer de un conocimiento o información mucho mayor de lo que es humanamente posible.”

Hayek parte de la ignorancia de cada sujeto actor de la trama económica en nuestra sociedad compleja cada vez más especializada. La lección para las acciones directivas es la misma: partir del reconocimiento de nuestra ignorancia. También en el pensamiento griego se encuentran estas actitudes razonables. Nos lo recuerda Emilio LLedó en Memoria de la ética (Santillana s.a., 1994, pag. 289 y 291): “No es extraño que el tema de la identidad consigo mismo por medio de la felicidad y de la serenidad, tuviese en el helenismo una versión intelectual. Nada puede afirmarse dogmáticamente. La mente del hombre es ambigua y en ello consiste su riqueza. Su territorio no es el de la realidad, sino el de la posibilidad. Ser humano es aceptar en cada conocimiento el inquietante estímulo de la duda. (…) En un mundo en el que la filosofía se congela en terminologías para pitagóricos iniciados, que sólo miran las formas de la realidad y no el contenido creador y modulador de esas formas, ¿no era el ataque al dogmatismo, al mito de que sólo unos pocos tienen la verdad, la mejor esperanza para el pensamiento y la vida?”

Si en otras ocasiones recurríamos a Sócrates para resaltar la importancia de reconocer la existencia de la verdad, ahora nos corresponde recordar la importancia que daba a la actitud humilde de partir de la ignorancia. Su lema se resumía en el “sólo sé que no sé nada”. El método socrático toma la forma de un diálogo. Mediante una serie de preguntas hace ver a sus interlocutores los errores y contradicciones de sus discursos hasta que se ven forzados a reconocer que no saben lo que creían saber. Es a partir del reconocimiento de la propia ignorancia cuando estamos en condiciones de atisbar a tientas la verdad.

El directivo empresarial tiene que ser consciente de su ignorancia en tantos campos, y de que todos sus subordinados, en las diferentes funciones que ejercen, conocen mejor que él los entresijos y posibles mejoras de sus trabajos. El sentido común y la experiencia enseñaron a los antiguos que en la práctica de los artesanos quien mejor conocía la técnica de su oficio producía las obras mejores y era un buen artesano. Quizás esto explique el éxito de los “Keiretsu” que explicaba Kuri Gaytan. Los “keiretsu” son organizaciones de gran flexibilidad en donde predominan, más que las relaciones verticales y jerárquicas de mando como en EE UU, los fuertes nexos horizontales que han probado ampliamente una mayor capacidad y eficiencia. La flexibilidad es fundamental en las personas, las empresas y las sociedades en general. Estas organizaciones, dotadas de gran flexibilidad, se coordinan también a nivel social formando conglomerados abiertos que relacionan empresas de distintos sectores con grupos financieros y centros de investigación y desarrollo, con el fin de intercambiar información y cooperar en todos los terrenos: mercadotecnia, investigación, producción, formación … etc.

Por otra parte, los análisis citados de Hayek y también los de Kirzner Creatividad, capitalismo y justicia distributiva y Perception, Opportunity and profit o Competition and Entrereneurship, por ejemplo, no se limitan a criticar el socialismo que ya es pasado, sino que sus aportaciones miran sin complejos y con alegría al futuro, abriendo un abanico de opciones intelectuales y prácticas altamente aleccionador. La función empresarial humilde, y esperanzada, a pesar de reconocer la propia ignorancia, no está limitada y necesariamente conectada al aspecto monetario y mercantil, sino que se extiende a la acción consciente de toda persona por el mero hecho de serlo ya que, aunque no tenga nada, tiene siempre al menos la propiedad de su propia humanidad: la libertad.

JJ FRANCH [:ar]

Nunca es mal momento para recordar la conveniencia, para el directivo empresarial, de una actitud humilde y de respeto hacia sus clientes, subordinados y proveedores, aprendiendo y sugiriendo, tratando más que de que se haga lo que uno prefiere, que se ponga todo el interés en el hacer hacer sin aspavientos y desde un cierto anonimato no protagonista. Las aportaciones de Hayek en Los fundamentos de la libertad y en La fatal arrogancia, por ejemplo, tienen un indudable valor para las cuestiones del managment contemporáneo ya que abren un abanico de variopintas posibilidades de futuro si queremos adentrarnos en la novedad de la auténtica Economía Moderna. Demuestran también que el socialismo es antieconómico, y el centro del argumento resumido se encuentra posiblemente en lo escrito por Huerta de Soto en Socialismo, cálculo económico y función empresarial: “Quizás en la raíz o el fundamento mismo del socialismo, se oculte el atávico deseo del hombre por querer ser como Dios, o mejor, de creerse que es Dios, y por tanto, que puede disponer de un conocimiento o información mucho mayor de lo que es humanamente posible.”

Hayek parte de la ignorancia de cada sujeto actor de la trama económica en nuestra sociedad compleja cada vez más especializada. La lección para las acciones directivas es la misma: partir del reconocimiento de nuestra ignorancia. También en el pensamiento griego se encuentran estas actitudes razonables. Nos lo recuerda Emilio LLedó en Memoria de la ética (Santillana s.a., 1994, pag. 289 y 291): “No es extraño que el tema de la identidad consigo mismo por medio de la felicidad y de la serenidad, tuviese en el helenismo una versión intelectual. Nada puede afirmarse dogmáticamente. La mente del hombre es ambigua y en ello consiste su riqueza. Su territorio no es el de la realidad, sino el de la posibilidad. Ser humano es aceptar en cada conocimiento el inquietante estímulo de la duda. (…) En un mundo en el que la filosofía se congela en terminologías para pitagóricos iniciados, que sólo miran las formas de la realidad y no el contenido creador y modulador de esas formas, ¿no era el ataque al dogmatismo, al mito de que sólo unos pocos tienen la verdad, la mejor esperanza para el pensamiento y la vida?”

Si en otras ocasiones recurríamos a Sócrates para resaltar la importancia de reconocer la existencia de la verdad, ahora nos corresponde recordar la importancia que daba a la actitud humilde de partir de la ignorancia. Su lema se resumía en el “sólo sé que no sé nada”. El método socrático toma la forma de un diálogo. Mediante una serie de preguntas hace ver a sus interlocutores los errores y contradicciones de sus discursos hasta que se ven forzados a reconocer que no saben lo que creían saber. Es a partir del reconocimiento de la propia ignorancia cuando estamos en condiciones de atisbar a tientas la verdad.

El directivo empresarial tiene que ser consciente de su ignorancia en tantos campos, y de que todos sus subordinados, en las diferentes funciones que ejercen, conocen mejor que él los entresijos y posibles mejoras de sus trabajos. El sentido común y la experiencia enseñaron a los antiguos que en la práctica de los artesanos quien mejor conocía la técnica de su oficio producía las obras mejores y era un buen artesano. Quizás esto explique el éxito de los “Keiretsu” que explicaba Kuri Gaytan. Los “keiretsu” son organizaciones de gran flexibilidad en donde predominan, más que las relaciones verticales y jerárquicas de mando como en EE UU, los fuertes nexos horizontales que han probado ampliamente una mayor capacidad y eficiencia. La flexibilidad es fundamental en las personas, las empresas y las sociedades en general. Estas organizaciones, dotadas de gran flexibilidad, se coordinan también a nivel social formando conglomerados abiertos que relacionan empresas de distintos sectores con grupos financieros y centros de investigación y desarrollo, con el fin de intercambiar información y cooperar en todos los terrenos: mercadotecnia, investigación, producción, formación … etc.

Por otra parte, los análisis citados de Hayek y también los de Kirzner Creatividad, capitalismo y justicia distributiva y Perception, Opportunity and profit o Competition and Entrereneurship, por ejemplo, no se limitan a criticar el socialismo que ya es pasado, sino que sus aportaciones miran sin complejos y con alegría al futuro, abriendo un abanico de opciones intelectuales y prácticas altamente aleccionador. La función empresarial humilde, y esperanzada, a pesar de reconocer la propia ignorancia, no está limitada y necesariamente conectada al aspecto monetario y mercantil, sino que se extiende a la acción consciente de toda persona por el mero hecho de serlo ya que, aunque no tenga nada, tiene siempre al menos la propiedad de su propia humanidad: la libertad.

JJ FRANCH [:pt]

Nunca es mal momento para recordar la conveniencia, para el directivo empresarial, de una actitud humilde y de respeto hacia sus clientes, subordinados y proveedores, aprendiendo y sugiriendo, tratando más que de que se haga lo que uno prefiere, que se ponga todo el interés en el hacer hacer sin aspavientos y desde un cierto anonimato no protagonista. Las aportaciones de Hayek en Los fundamentos de la libertad y en La fatal arrogancia, por ejemplo, tienen un indudable valor para las cuestiones del managment contemporáneo ya que abren un abanico de variopintas posibilidades de futuro si queremos adentrarnos en la novedad de la auténtica Economía Moderna. Demuestran también que el socialismo es antieconómico, y el centro del argumento resumido se encuentra posiblemente en lo escrito por Huerta de Soto en Socialismo, cálculo económico y función empresarial: “Quizás en la raíz o el fundamento mismo del socialismo, se oculte el atávico deseo del hombre por querer ser como Dios, o mejor, de creerse que es Dios, y por tanto, que puede disponer de un conocimiento o información mucho mayor de lo que es humanamente posible.”

Hayek parte de la ignorancia de cada sujeto actor de la trama económica en nuestra sociedad compleja cada vez más especializada. La lección para las acciones directivas es la misma: partir del reconocimiento de nuestra ignorancia. También en el pensamiento griego se encuentran estas actitudes razonables. Nos lo recuerda Emilio LLedó en Memoria de la ética (Santillana s.a., 1994, pag. 289 y 291): “No es extraño que el tema de la identidad consigo mismo por medio de la felicidad y de la serenidad, tuviese en el helenismo una versión intelectual. Nada puede afirmarse dogmáticamente. La mente del hombre es ambigua y en ello consiste su riqueza. Su territorio no es el de la realidad, sino el de la posibilidad. Ser humano es aceptar en cada conocimiento el inquietante estímulo de la duda. (…) En un mundo en el que la filosofía se congela en terminologías para pitagóricos iniciados, que sólo miran las formas de la realidad y no el contenido creador y modulador de esas formas, ¿no era el ataque al dogmatismo, al mito de que sólo unos pocos tienen la verdad, la mejor esperanza para el pensamiento y la vida?”

Si en otras ocasiones recurríamos a Sócrates para resaltar la importancia de reconocer la existencia de la verdad, ahora nos corresponde recordar la importancia que daba a la actitud humilde de partir de la ignorancia. Su lema se resumía en el “sólo sé que no sé nada”. El método socrático toma la forma de un diálogo. Mediante una serie de preguntas hace ver a sus interlocutores los errores y contradicciones de sus discursos hasta que se ven forzados a reconocer que no saben lo que creían saber. Es a partir del reconocimiento de la propia ignorancia cuando estamos en condiciones de atisbar a tientas la verdad.

El directivo empresarial tiene que ser consciente de su ignorancia en tantos campos, y de que todos sus subordinados, en las diferentes funciones que ejercen, conocen mejor que él los entresijos y posibles mejoras de sus trabajos. El sentido común y la experiencia enseñaron a los antiguos que en la práctica de los artesanos quien mejor conocía la técnica de su oficio producía las obras mejores y era un buen artesano. Quizás esto explique el éxito de los “Keiretsu” que explicaba Kuri Gaytan. Los “keiretsu” son organizaciones de gran flexibilidad en donde predominan, más que las relaciones verticales y jerárquicas de mando como en EE UU, los fuertes nexos horizontales que han probado ampliamente una mayor capacidad y eficiencia. La flexibilidad es fundamental en las personas, las empresas y las sociedades en general. Estas organizaciones, dotadas de gran flexibilidad, se coordinan también a nivel social formando conglomerados abiertos que relacionan empresas de distintos sectores con grupos financieros y centros de investigación y desarrollo, con el fin de intercambiar información y cooperar en todos los terrenos: mercadotecnia, investigación, producción, formación … etc.

Por otra parte, los análisis citados de Hayek y también los de Kirzner Creatividad, capitalismo y justicia distributiva y Perception, Opportunity and profit o Competition and Entrereneurship, por ejemplo, no se limitan a criticar el socialismo que ya es pasado, sino que sus aportaciones miran sin complejos y con alegría al futuro, abriendo un abanico de opciones intelectuales y prácticas altamente aleccionador. La función empresarial humilde, y esperanzada, a pesar de reconocer la propia ignorancia, no está limitada y necesariamente conectada al aspecto monetario y mercantil, sino que se extiende a la acción consciente de toda persona por el mero hecho de serlo ya que, aunque no tenga nada, tiene siempre al menos la propiedad de su propia humanidad: la libertad.

JJ FRANCH [:]

PARA SOLUCIONAR EL PARO

[:es]

Según los informes de la OCDE la Unión Europea en su conjunto tiene una alta tasa de paro, en concreto el 11.1 por ciento de la población activa. Pero la situación en España es gravísima ya que ese porcentaje se sitúa en el 24%. Siendo la población activa de algo más de 15 millones y medio el número de parados supera los tres millones y medio.

Ante esta situación dramática es desesperante ver cómo se trata de solucionar el grave problema del paro almacenando y mareando números y más números en las múltiples cuadrículas de los despachos de nuestros tecnócratas gobernantes. Creen que la economía es otra ciencia físicomatemática donde mediante las estadísticas, los datos históricos ya acontecidos y la inducción, se descubren leyes cuantitativas y ecuaciones desconocidas que solucionarán indefectiblemente de modo regular, determinista e inmutable los problemas macroeconómicos. Queriendo predecir “científicamente” el futuro económico nos tratan como si fuésemos átomos que ni sienten, ni gozan, ni padecen y que tampoco piensan, ni se esfuerzan, ni se equivocan.

La inutilidad de tales planteamientos metodológicos queda patente cuando nos damos cuenta que la economía es una ciencia humana donde juega un papel crucial y preponderante la disparidad valorativa individual, casi siempre sorprendente, que cierra el camino a toda regularidad y a toda uniformidad o constancia. Diariamente se toman billones de decisiones humanas cuya dirección es marcada e insinuada por el deseo personal consciente o inconsciente de convertir determinadas situaciones dadas en otras más beneficiosas y acordes con los objetivos y preferencias propios y de los nuestros. Es imposible predecirlas.

Precisamente por todo ello, si alguien me preguntara cuál es la raíz del drama social a que da lugar el pavoroso desempleo en España contestaría con dos actitudes humanas generalizadas e interdependientes entre sí: el vacío de mentalidad empresarial y la falta de espíritu de trabajo continuado y cualitativamente bien hecho. Fíjense que hablo de mentalidad no de vacío de empresarios. Hay mucho empresario teórico, que busca subvenciones, prebendas, privilegios o fortunas especulativas, carentes de esa mentalidad.

En sentido estricto el empresario inventa el modelo de producto o servicio que debe guiar al trabajo subordinado en la realización de su obra, y lo proyecta determinando la especie y características del efecto futuro en que se materializará. El resto de la organización tiende a plasmar en una matera concreta y ayudada de instrumentos adecuados, el modelo antes concebido. En el empresario se gestan los paradigmas de las diversas producciones. Esa tarea directiva complementaria asume siempre los riesgos de su propia libertad, y por lo tanto su responsabilidad, tanto en los éxitos como en los fracasos. En el empresario quedan soldadas la tarea de dotar con capacidad de servicio sus bienes para hacerlos más apetecibles a los clientes potenciales y la consecución del máximo beneficio o la aspiración a lo mejor consecuencia de lo anterior. Cuanto más y mejor sirva lo que produce más firmemente se asentará una empresa en un mercado competitivo carente de privilegios, monopolios, rigideces y oligopolios.

Pero este proceso empresarial es perfectamente aplicable y generalizable a cualquier trabajador, a cualquier propietario de bienes físicos intelectuales y humanos, a cualquier persona por el mero hecho de serlo. Todo trabajador es en este sentido un empresario por cuenta ajena. Esa mentalidad empresarial, que busca realizar innovaciones en el servicio ajeno resultando un incremento en el propio beneficio, y que mejora profesionalmente en el ejercicio de esa actividad, puede y debe ser asumida, si se quiere actuar económicamente de forma racional y humana, por todo agente económico. Incluso en situación de paro oficial o siendo pobres de solemnidad. Aunque no fuésemos propietarios de ningún bien material en los que ejercer el libre poder de asignación sobre ellos, siempre seremos propietarios, por nuestra libertad, de la propia persona y, por lo tanto, de los propios talentos y virtualidades. Siempre podremos trabajar ejerciendo esa mentalidad empresarial que actúa en la sociedad en orden al fin legítimo de incrementar su patrimonio material y humano.

No me pregunten cómo concretar lo anterior porque es fácil de deducir. Toda la variada gama de medidas concretas que estimulen la mentalidad empresarial y el espíritu de trabajo son buenas. Las que dificulten su actividad buscando y fomentando la pasividad, la subvención, el privilegio o la teórica seguridad fiándolo todo al Estado, son contraproducentes.

No nos engañemos. De la misma forma que hay una tensión hacia el infinito de lo mejor y que todo es mejorable, también hay una tendencia hacia el cuasi-infinito de lo peor y todo puede empeorar. En la libre competición armónica de la vida el que no avanza retrocede. Tocamos fondo y lo rastreamos: luego retrocedemos.

JJ Franch

[:en]

Según los informes de la OCDE la Unión Europea en su conjunto tiene una alta tasa de paro, en concreto el 11.1 por ciento de la población activa. Pero la situación en España es gravísima ya que ese porcentaje se sitúa en el 24%. Siendo la población activa de algo más de 15 millones y medio el número de parados supera los tres millones y medio.

Ante esta situación dramática es desesperante ver cómo se trata de solucionar el grave problema del paro almacenando y mareando números y más números en las múltiples cuadrículas de los despachos de nuestros tecnócratas gobernantes. Creen que la economía es otra ciencia físicomatemática donde mediante las estadísticas, los datos históricos ya acontecidos y la inducción, se descubren leyes cuantitativas y ecuaciones desconocidas que solucionarán indefectiblemente de modo regular, determinista e inmutable los problemas macroeconómicos. Queriendo predecir “científicamente” el futuro económico nos tratan como si fuésemos átomos que ni sienten, ni gozan, ni padecen y que tampoco piensan, ni se esfuerzan, ni se equivocan.

La inutilidad de tales planteamientos metodológicos queda patente cuando nos damos cuenta que la economía es una ciencia humana donde juega un papel crucial y preponderante la disparidad valorativa individual, casi siempre sorprendente, que cierra el camino a toda regularidad y a toda uniformidad o constancia. Diariamente se toman billones de decisiones humanas cuya dirección es marcada e insinuada por el deseo personal consciente o inconsciente de convertir determinadas situaciones dadas en otras más beneficiosas y acordes con los objetivos y preferencias propios y de los nuestros. Es imposible predecirlas.

Precisamente por todo ello, si alguien me preguntara cuál es la raíz del drama social a que da lugar el pavoroso desempleo en España contestaría con dos actitudes humanas generalizadas e interdependientes entre sí: el vacío de mentalidad empresarial y la falta de espíritu de trabajo continuado y cualitativamente bien hecho. Fíjense que hablo de mentalidad no de vacío de empresarios. Hay mucho empresario teórico, que busca subvenciones, prebendas, privilegios o fortunas especulativas, carentes de esa mentalidad.

En sentido estricto el empresario inventa el modelo de producto o servicio que debe guiar al trabajo subordinado en la realización de su obra, y lo proyecta determinando la especie y características del efecto futuro en que se materializará. El resto de la organización tiende a plasmar en una matera concreta y ayudada de instrumentos adecuados, el modelo antes concebido. En el empresario se gestan los paradigmas de las diversas producciones. Esa tarea directiva complementaria asume siempre los riesgos de su propia libertad, y por lo tanto su responsabilidad, tanto en los éxitos como en los fracasos. En el empresario quedan soldadas la tarea de dotar con capacidad de servicio sus bienes para hacerlos más apetecibles a los clientes potenciales y la consecución del máximo beneficio o la aspiración a lo mejor consecuencia de lo anterior. Cuanto más y mejor sirva lo que produce más firmemente se asentará una empresa en un mercado competitivo carente de privilegios, monopolios, rigideces y oligopolios.

Pero este proceso empresarial es perfectamente aplicable y generalizable a cualquier trabajador, a cualquier propietario de bienes físicos intelectuales y humanos, a cualquier persona por el mero hecho de serlo. Todo trabajador es en este sentido un empresario por cuenta ajena. Esa mentalidad empresarial, que busca realizar innovaciones en el servicio ajeno resultando un incremento en el propio beneficio, y que mejora profesionalmente en el ejercicio de esa actividad, puede y debe ser asumida, si se quiere actuar económicamente de forma racional y humana, por todo agente económico. Incluso en situación de paro oficial o siendo pobres de solemnidad. Aunque no fuésemos propietarios de ningún bien material en los que ejercer el libre poder de asignación sobre ellos, siempre seremos propietarios, por nuestra libertad, de la propia persona y, por lo tanto, de los propios talentos y virtualidades. Siempre podremos trabajar ejerciendo esa mentalidad empresarial que actúa en la sociedad en orden al fin legítimo de incrementar su patrimonio material y humano.

No me pregunten cómo concretar lo anterior porque es fácil de deducir. Toda la variada gama de medidas concretas que estimulen la mentalidad empresarial y el espíritu de trabajo son buenas. Las que dificulten su actividad buscando y fomentando la pasividad, la subvención, el privilegio o la teórica seguridad fiándolo todo al Estado, son contraproducentes.

No nos engañemos. De la misma forma que hay una tensión hacia el infinito de lo mejor y que todo es mejorable, también hay una tendencia hacia el cuasi-infinito de lo peor y todo puede empeorar. En la libre competición armónica de la vida el que no avanza retrocede. Tocamos fondo y lo rastreamos: luego retrocedemos.

JJ Franch

[:ru]

Según los informes de la OCDE la Unión Europea en su conjunto tiene una alta tasa de paro, en concreto el 11.1 por ciento de la población activa. Pero la situación en España es gravísima ya que ese porcentaje se sitúa en el 24%. Siendo la población activa de algo más de 15 millones y medio el número de parados supera los tres millones y medio.

Ante esta situación dramática es desesperante ver cómo se trata de solucionar el grave problema del paro almacenando y mareando números y más números en las múltiples cuadrículas de los despachos de nuestros tecnócratas gobernantes. Creen que la economía es otra ciencia físicomatemática donde mediante las estadísticas, los datos históricos ya acontecidos y la inducción, se descubren leyes cuantitativas y ecuaciones desconocidas que solucionarán indefectiblemente de modo regular, determinista e inmutable los problemas macroeconómicos. Queriendo predecir “científicamente” el futuro económico nos tratan como si fuésemos átomos que ni sienten, ni gozan, ni padecen y que tampoco piensan, ni se esfuerzan, ni se equivocan.

La inutilidad de tales planteamientos metodológicos queda patente cuando nos damos cuenta que la economía es una ciencia humana donde juega un papel crucial y preponderante la disparidad valorativa individual, casi siempre sorprendente, que cierra el camino a toda regularidad y a toda uniformidad o constancia. Diariamente se toman billones de decisiones humanas cuya dirección es marcada e insinuada por el deseo personal consciente o inconsciente de convertir determinadas situaciones dadas en otras más beneficiosas y acordes con los objetivos y preferencias propios y de los nuestros. Es imposible predecirlas.

Precisamente por todo ello, si alguien me preguntara cuál es la raíz del drama social a que da lugar el pavoroso desempleo en España contestaría con dos actitudes humanas generalizadas e interdependientes entre sí: el vacío de mentalidad empresarial y la falta de espíritu de trabajo continuado y cualitativamente bien hecho. Fíjense que hablo de mentalidad no de vacío de empresarios. Hay mucho empresario teórico, que busca subvenciones, prebendas, privilegios o fortunas especulativas, carentes de esa mentalidad.

En sentido estricto el empresario inventa el modelo de producto o servicio que debe guiar al trabajo subordinado en la realización de su obra, y lo proyecta determinando la especie y características del efecto futuro en que se materializará. El resto de la organización tiende a plasmar en una matera concreta y ayudada de instrumentos adecuados, el modelo antes concebido. En el empresario se gestan los paradigmas de las diversas producciones. Esa tarea directiva complementaria asume siempre los riesgos de su propia libertad, y por lo tanto su responsabilidad, tanto en los éxitos como en los fracasos. En el empresario quedan soldadas la tarea de dotar con capacidad de servicio sus bienes para hacerlos más apetecibles a los clientes potenciales y la consecución del máximo beneficio o la aspiración a lo mejor consecuencia de lo anterior. Cuanto más y mejor sirva lo que produce más firmemente se asentará una empresa en un mercado competitivo carente de privilegios, monopolios, rigideces y oligopolios.

Pero este proceso empresarial es perfectamente aplicable y generalizable a cualquier trabajador, a cualquier propietario de bienes físicos intelectuales y humanos, a cualquier persona por el mero hecho de serlo. Todo trabajador es en este sentido un empresario por cuenta ajena. Esa mentalidad empresarial, que busca realizar innovaciones en el servicio ajeno resultando un incremento en el propio beneficio, y que mejora profesionalmente en el ejercicio de esa actividad, puede y debe ser asumida, si se quiere actuar económicamente de forma racional y humana, por todo agente económico. Incluso en situación de paro oficial o siendo pobres de solemnidad. Aunque no fuésemos propietarios de ningún bien material en los que ejercer el libre poder de asignación sobre ellos, siempre seremos propietarios, por nuestra libertad, de la propia persona y, por lo tanto, de los propios talentos y virtualidades. Siempre podremos trabajar ejerciendo esa mentalidad empresarial que actúa en la sociedad en orden al fin legítimo de incrementar su patrimonio material y humano.

No me pregunten cómo concretar lo anterior porque es fácil de deducir. Toda la variada gama de medidas concretas que estimulen la mentalidad empresarial y el espíritu de trabajo son buenas. Las que dificulten su actividad buscando y fomentando la pasividad, la subvención, el privilegio o la teórica seguridad fiándolo todo al Estado, son contraproducentes.

No nos engañemos. De la misma forma que hay una tensión hacia el infinito de lo mejor y que todo es mejorable, también hay una tendencia hacia el cuasi-infinito de lo peor y todo puede empeorar. En la libre competición armónica de la vida el que no avanza retrocede. Tocamos fondo y lo rastreamos: luego retrocedemos.

JJ Franch

[:zh]

Según los informes de la OCDE la Unión Europea en su conjunto tiene una alta tasa de paro, en concreto el 11.1 por ciento de la población activa. Pero la situación en España es gravísima ya que ese porcentaje se sitúa en el 24%. Siendo la población activa de algo más de 15 millones y medio el número de parados supera los tres millones y medio.

Ante esta situación dramática es desesperante ver cómo se trata de solucionar el grave problema del paro almacenando y mareando números y más números en las múltiples cuadrículas de los despachos de nuestros tecnócratas gobernantes. Creen que la economía es otra ciencia físicomatemática donde mediante las estadísticas, los datos históricos ya acontecidos y la inducción, se descubren leyes cuantitativas y ecuaciones desconocidas que solucionarán indefectiblemente de modo regular, determinista e inmutable los problemas macroeconómicos. Queriendo predecir “científicamente” el futuro económico nos tratan como si fuésemos átomos que ni sienten, ni gozan, ni padecen y que tampoco piensan, ni se esfuerzan, ni se equivocan.

La inutilidad de tales planteamientos metodológicos queda patente cuando nos damos cuenta que la economía es una ciencia humana donde juega un papel crucial y preponderante la disparidad valorativa individual, casi siempre sorprendente, que cierra el camino a toda regularidad y a toda uniformidad o constancia. Diariamente se toman billones de decisiones humanas cuya dirección es marcada e insinuada por el deseo personal consciente o inconsciente de convertir determinadas situaciones dadas en otras más beneficiosas y acordes con los objetivos y preferencias propios y de los nuestros. Es imposible predecirlas.

Precisamente por todo ello, si alguien me preguntara cuál es la raíz del drama social a que da lugar el pavoroso desempleo en España contestaría con dos actitudes humanas generalizadas e interdependientes entre sí: el vacío de mentalidad empresarial y la falta de espíritu de trabajo continuado y cualitativamente bien hecho. Fíjense que hablo de mentalidad no de vacío de empresarios. Hay mucho empresario teórico, que busca subvenciones, prebendas, privilegios o fortunas especulativas, carentes de esa mentalidad.

En sentido estricto el empresario inventa el modelo de producto o servicio que debe guiar al trabajo subordinado en la realización de su obra, y lo proyecta determinando la especie y características del efecto futuro en que se materializará. El resto de la organización tiende a plasmar en una matera concreta y ayudada de instrumentos adecuados, el modelo antes concebido. En el empresario se gestan los paradigmas de las diversas producciones. Esa tarea directiva complementaria asume siempre los riesgos de su propia libertad, y por lo tanto su responsabilidad, tanto en los éxitos como en los fracasos. En el empresario quedan soldadas la tarea de dotar con capacidad de servicio sus bienes para hacerlos más apetecibles a los clientes potenciales y la consecución del máximo beneficio o la aspiración a lo mejor consecuencia de lo anterior. Cuanto más y mejor sirva lo que produce más firmemente se asentará una empresa en un mercado competitivo carente de privilegios, monopolios, rigideces y oligopolios.

Pero este proceso empresarial es perfectamente aplicable y generalizable a cualquier trabajador, a cualquier propietario de bienes físicos intelectuales y humanos, a cualquier persona por el mero hecho de serlo. Todo trabajador es en este sentido un empresario por cuenta ajena. Esa mentalidad empresarial, que busca realizar innovaciones en el servicio ajeno resultando un incremento en el propio beneficio, y que mejora profesionalmente en el ejercicio de esa actividad, puede y debe ser asumida, si se quiere actuar económicamente de forma racional y humana, por todo agente económico. Incluso en situación de paro oficial o siendo pobres de solemnidad. Aunque no fuésemos propietarios de ningún bien material en los que ejercer el libre poder de asignación sobre ellos, siempre seremos propietarios, por nuestra libertad, de la propia persona y, por lo tanto, de los propios talentos y virtualidades. Siempre podremos trabajar ejerciendo esa mentalidad empresarial que actúa en la sociedad en orden al fin legítimo de incrementar su patrimonio material y humano.

No me pregunten cómo concretar lo anterior porque es fácil de deducir. Toda la variada gama de medidas concretas que estimulen la mentalidad empresarial y el espíritu de trabajo son buenas. Las que dificulten su actividad buscando y fomentando la pasividad, la subvención, el privilegio o la teórica seguridad fiándolo todo al Estado, son contraproducentes.

No nos engañemos. De la misma forma que hay una tensión hacia el infinito de lo mejor y que todo es mejorable, también hay una tendencia hacia el cuasi-infinito de lo peor y todo puede empeorar. En la libre competición armónica de la vida el que no avanza retrocede. Tocamos fondo y lo rastreamos: luego retrocedemos.

JJ Franch

[:ar]

Según los informes de la OCDE la Unión Europea en su conjunto tiene una alta tasa de paro, en concreto el 11.1 por ciento de la población activa. Pero la situación en España es gravísima ya que ese porcentaje se sitúa en el 24%. Siendo la población activa de algo más de 15 millones y medio el número de parados supera los tres millones y medio.

Ante esta situación dramática es desesperante ver cómo se trata de solucionar el grave problema del paro almacenando y mareando números y más números en las múltiples cuadrículas de los despachos de nuestros tecnócratas gobernantes. Creen que la economía es otra ciencia físicomatemática donde mediante las estadísticas, los datos históricos ya acontecidos y la inducción, se descubren leyes cuantitativas y ecuaciones desconocidas que solucionarán indefectiblemente de modo regular, determinista e inmutable los problemas macroeconómicos. Queriendo predecir “científicamente” el futuro económico nos tratan como si fuésemos átomos que ni sienten, ni gozan, ni padecen y que tampoco piensan, ni se esfuerzan, ni se equivocan.

La inutilidad de tales planteamientos metodológicos queda patente cuando nos damos cuenta que la economía es una ciencia humana donde juega un papel crucial y preponderante la disparidad valorativa individual, casi siempre sorprendente, que cierra el camino a toda regularidad y a toda uniformidad o constancia. Diariamente se toman billones de decisiones humanas cuya dirección es marcada e insinuada por el deseo personal consciente o inconsciente de convertir determinadas situaciones dadas en otras más beneficiosas y acordes con los objetivos y preferencias propios y de los nuestros. Es imposible predecirlas.

Precisamente por todo ello, si alguien me preguntara cuál es la raíz del drama social a que da lugar el pavoroso desempleo en España contestaría con dos actitudes humanas generalizadas e interdependientes entre sí: el vacío de mentalidad empresarial y la falta de espíritu de trabajo continuado y cualitativamente bien hecho. Fíjense que hablo de mentalidad no de vacío de empresarios. Hay mucho empresario teórico, que busca subvenciones, prebendas, privilegios o fortunas especulativas, carentes de esa mentalidad.

En sentido estricto el empresario inventa el modelo de producto o servicio que debe guiar al trabajo subordinado en la realización de su obra, y lo proyecta determinando la especie y características del efecto futuro en que se materializará. El resto de la organización tiende a plasmar en una matera concreta y ayudada de instrumentos adecuados, el modelo antes concebido. En el empresario se gestan los paradigmas de las diversas producciones. Esa tarea directiva complementaria asume siempre los riesgos de su propia libertad, y por lo tanto su responsabilidad, tanto en los éxitos como en los fracasos. En el empresario quedan soldadas la tarea de dotar con capacidad de servicio sus bienes para hacerlos más apetecibles a los clientes potenciales y la consecución del máximo beneficio o la aspiración a lo mejor consecuencia de lo anterior. Cuanto más y mejor sirva lo que produce más firmemente se asentará una empresa en un mercado competitivo carente de privilegios, monopolios, rigideces y oligopolios.

Pero este proceso empresarial es perfectamente aplicable y generalizable a cualquier trabajador, a cualquier propietario de bienes físicos intelectuales y humanos, a cualquier persona por el mero hecho de serlo. Todo trabajador es en este sentido un empresario por cuenta ajena. Esa mentalidad empresarial, que busca realizar innovaciones en el servicio ajeno resultando un incremento en el propio beneficio, y que mejora profesionalmente en el ejercicio de esa actividad, puede y debe ser asumida, si se quiere actuar económicamente de forma racional y humana, por todo agente económico. Incluso en situación de paro oficial o siendo pobres de solemnidad. Aunque no fuésemos propietarios de ningún bien material en los que ejercer el libre poder de asignación sobre ellos, siempre seremos propietarios, por nuestra libertad, de la propia persona y, por lo tanto, de los propios talentos y virtualidades. Siempre podremos trabajar ejerciendo esa mentalidad empresarial que actúa en la sociedad en orden al fin legítimo de incrementar su patrimonio material y humano.

No me pregunten cómo concretar lo anterior porque es fácil de deducir. Toda la variada gama de medidas concretas que estimulen la mentalidad empresarial y el espíritu de trabajo son buenas. Las que dificulten su actividad buscando y fomentando la pasividad, la subvención, el privilegio o la teórica seguridad fiándolo todo al Estado, son contraproducentes.

No nos engañemos. De la misma forma que hay una tensión hacia el infinito de lo mejor y que todo es mejorable, también hay una tendencia hacia el cuasi-infinito de lo peor y todo puede empeorar. En la libre competición armónica de la vida el que no avanza retrocede. Tocamos fondo y lo rastreamos: luego retrocedemos.

JJ Franch

[:pt]

Según los informes de la OCDE la Unión Europea en su conjunto tiene una alta tasa de paro, en concreto el 11.1 por ciento de la población activa. Pero la situación en España es gravísima ya que ese porcentaje se sitúa en el 24%. Siendo la población activa de algo más de 15 millones y medio el número de parados supera los tres millones y medio.

Ante esta situación dramática es desesperante ver cómo se trata de solucionar el grave problema del paro almacenando y mareando números y más números en las múltiples cuadrículas de los despachos de nuestros tecnócratas gobernantes. Creen que la economía es otra ciencia físicomatemática donde mediante las estadísticas, los datos históricos ya acontecidos y la inducción, se descubren leyes cuantitativas y ecuaciones desconocidas que solucionarán indefectiblemente de modo regular, determinista e inmutable los problemas macroeconómicos. Queriendo predecir “científicamente” el futuro económico nos tratan como si fuésemos átomos que ni sienten, ni gozan, ni padecen y que tampoco piensan, ni se esfuerzan, ni se equivocan.

La inutilidad de tales planteamientos metodológicos queda patente cuando nos damos cuenta que la economía es una ciencia humana donde juega un papel crucial y preponderante la disparidad valorativa individual, casi siempre sorprendente, que cierra el camino a toda regularidad y a toda uniformidad o constancia. Diariamente se toman billones de decisiones humanas cuya dirección es marcada e insinuada por el deseo personal consciente o inconsciente de convertir determinadas situaciones dadas en otras más beneficiosas y acordes con los objetivos y preferencias propios y de los nuestros. Es imposible predecirlas.

Precisamente por todo ello, si alguien me preguntara cuál es la raíz del drama social a que da lugar el pavoroso desempleo en España contestaría con dos actitudes humanas generalizadas e interdependientes entre sí: el vacío de mentalidad empresarial y la falta de espíritu de trabajo continuado y cualitativamente bien hecho. Fíjense que hablo de mentalidad no de vacío de empresarios. Hay mucho empresario teórico, que busca subvenciones, prebendas, privilegios o fortunas especulativas, carentes de esa mentalidad.

En sentido estricto el empresario inventa el modelo de producto o servicio que debe guiar al trabajo subordinado en la realización de su obra, y lo proyecta determinando la especie y características del efecto futuro en que se materializará. El resto de la organización tiende a plasmar en una matera concreta y ayudada de instrumentos adecuados, el modelo antes concebido. En el empresario se gestan los paradigmas de las diversas producciones. Esa tarea directiva complementaria asume siempre los riesgos de su propia libertad, y por lo tanto su responsabilidad, tanto en los éxitos como en los fracasos. En el empresario quedan soldadas la tarea de dotar con capacidad de servicio sus bienes para hacerlos más apetecibles a los clientes potenciales y la consecución del máximo beneficio o la aspiración a lo mejor consecuencia de lo anterior. Cuanto más y mejor sirva lo que produce más firmemente se asentará una empresa en un mercado competitivo carente de privilegios, monopolios, rigideces y oligopolios.

Pero este proceso empresarial es perfectamente aplicable y generalizable a cualquier trabajador, a cualquier propietario de bienes físicos intelectuales y humanos, a cualquier persona por el mero hecho de serlo. Todo trabajador es en este sentido un empresario por cuenta ajena. Esa mentalidad empresarial, que busca realizar innovaciones en el servicio ajeno resultando un incremento en el propio beneficio, y que mejora profesionalmente en el ejercicio de esa actividad, puede y debe ser asumida, si se quiere actuar económicamente de forma racional y humana, por todo agente económico. Incluso en situación de paro oficial o siendo pobres de solemnidad. Aunque no fuésemos propietarios de ningún bien material en los que ejercer el libre poder de asignación sobre ellos, siempre seremos propietarios, por nuestra libertad, de la propia persona y, por lo tanto, de los propios talentos y virtualidades. Siempre podremos trabajar ejerciendo esa mentalidad empresarial que actúa en la sociedad en orden al fin legítimo de incrementar su patrimonio material y humano.

No me pregunten cómo concretar lo anterior porque es fácil de deducir. Toda la variada gama de medidas concretas que estimulen la mentalidad empresarial y el espíritu de trabajo son buenas. Las que dificulten su actividad buscando y fomentando la pasividad, la subvención, el privilegio o la teórica seguridad fiándolo todo al Estado, son contraproducentes.

No nos engañemos. De la misma forma que hay una tensión hacia el infinito de lo mejor y que todo es mejorable, también hay una tendencia hacia el cuasi-infinito de lo peor y todo puede empeorar. En la libre competición armónica de la vida el que no avanza retrocede. Tocamos fondo y lo rastreamos: luego retrocedemos.

JJ Franch

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IGNORANCIA HUMANA RADICAL

[:es]

                                            

Es absurdo pensar que si bien fue imposible conocer y controlar la sociedad en el pasado mediante múltiples coacciones, con el avance de la informática y las comunicaciones, sería posible hoy ejercer ese control desde alguna cúspide de poder humano apoyándose en espionajes sin cuento y utilizando esos artilugios electrónicos aparentemente inteligentes. Se ha intentado, y se sigue intentando, hacer funcionar el sistema socialista de coacción, aparentemente bien intencionada, recurriendo a grandes sistemas de ordenadores macrotécnicos y ultrarrápidos dirigidos por un ejército de burócratas al servicio de no se sabe qué causa.

    La inutilidad de tales intentos de control y omnisciencia queda más patente aún si cabe al considerar el famoso principio de indeterminación de Heisenberg según el cual es imposible determinar con toda precisión, y simultáneamente, la posición y el momento de una partícula. Los propios instrumentos de medición y observación de la realidad distorsionan esa realidad, incluso física, que pretendemos conocer y, además, el tiempo transcurrido entre la medición y el conocimiento del resultado por el observador hacen imposible toda adecuación exacta. A lo anterior podemos añadir el desconocimiento que todos tenemos de nosotros mismos, la ignorancia radical respecto a los demás o lo demás, y la dificultad de transmitir esas intuiciones e informaciones concretas personales a los órganos directores. Podemos concluir que el afán socialista, o de cualquier otro colectivo, de conocer lo que ocurre en realidad para orientar la sociedad hacia donde creen es lo mejor, es un imposible integral.

[:en]

                                            

Es absurdo pensar que si bien fue imposible conocer y controlar la sociedad en el pasado mediante múltiples coacciones, con el avance de la informática y las comunicaciones, sería posible hoy ejercer ese control desde alguna cúspide de poder humano apoyándose en espionajes sin cuento y utilizando esos artilugios electrónicos aparentemente inteligentes. Se ha intentado, y se sigue intentando, hacer funcionar el sistema socialista de coacción, aparentemente bien intencionada, recurriendo a grandes sistemas de ordenadores macrotécnicos y ultrarrápidos dirigidos por un ejército de burócratas al servicio de no se sabe qué causa.

    La inutilidad de tales intentos de control y omnisciencia queda más patente aún si cabe al considerar el famoso principio de indeterminación de Heisenberg según el cual es imposible determinar con toda precisión, y simultáneamente, la posición y el momento de una partícula. Los propios instrumentos de medición y observación de la realidad distorsionan esa realidad, incluso física, que pretendemos conocer y, además, el tiempo transcurrido entre la medición y el conocimiento del resultado por el observador hacen imposible toda adecuación exacta. A lo anterior podemos añadir el desconocimiento que todos tenemos de nosotros mismos, la ignorancia radical respecto a los demás o lo demás, y la dificultad de transmitir esas intuiciones e informaciones concretas personales a los órganos directores. Podemos concluir que el afán socialista, o de cualquier otro colectivo, de conocer lo que ocurre en realidad para orientar la sociedad hacia donde creen es lo mejor, es un imposible integral.

[:ru]

                                            

Es absurdo pensar que si bien fue imposible conocer y controlar la sociedad en el pasado mediante múltiples coacciones, con el avance de la informática y las comunicaciones, sería posible hoy ejercer ese control desde alguna cúspide de poder humano apoyándose en espionajes sin cuento y utilizando esos artilugios electrónicos aparentemente inteligentes. Se ha intentado, y se sigue intentando, hacer funcionar el sistema socialista de coacción, aparentemente bien intencionada, recurriendo a grandes sistemas de ordenadores macrotécnicos y ultrarrápidos dirigidos por un ejército de burócratas al servicio de no se sabe qué causa.

    La inutilidad de tales intentos de control y omnisciencia queda más patente aún si cabe al considerar el famoso principio de indeterminación de Heisenberg según el cual es imposible determinar con toda precisión, y simultáneamente, la posición y el momento de una partícula. Los propios instrumentos de medición y observación de la realidad distorsionan esa realidad, incluso física, que pretendemos conocer y, además, el tiempo transcurrido entre la medición y el conocimiento del resultado por el observador hacen imposible toda adecuación exacta. A lo anterior podemos añadir el desconocimiento que todos tenemos de nosotros mismos, la ignorancia radical respecto a los demás o lo demás, y la dificultad de transmitir esas intuiciones e informaciones concretas personales a los órganos directores. Podemos concluir que el afán socialista, o de cualquier otro colectivo, de conocer lo que ocurre en realidad para orientar la sociedad hacia donde creen es lo mejor, es un imposible integral.

[:zh]

                                            

Es absurdo pensar que si bien fue imposible conocer y controlar la sociedad en el pasado mediante múltiples coacciones, con el avance de la informática y las comunicaciones, sería posible hoy ejercer ese control desde alguna cúspide de poder humano apoyándose en espionajes sin cuento y utilizando esos artilugios electrónicos aparentemente inteligentes. Se ha intentado, y se sigue intentando, hacer funcionar el sistema socialista de coacción, aparentemente bien intencionada, recurriendo a grandes sistemas de ordenadores macrotécnicos y ultrarrápidos dirigidos por un ejército de burócratas al servicio de no se sabe qué causa.

    La inutilidad de tales intentos de control y omnisciencia queda más patente aún si cabe al considerar el famoso principio de indeterminación de Heisenberg según el cual es imposible determinar con toda precisión, y simultáneamente, la posición y el momento de una partícula. Los propios instrumentos de medición y observación de la realidad distorsionan esa realidad, incluso física, que pretendemos conocer y, además, el tiempo transcurrido entre la medición y el conocimiento del resultado por el observador hacen imposible toda adecuación exacta. A lo anterior podemos añadir el desconocimiento que todos tenemos de nosotros mismos, la ignorancia radical respecto a los demás o lo demás, y la dificultad de transmitir esas intuiciones e informaciones concretas personales a los órganos directores. Podemos concluir que el afán socialista, o de cualquier otro colectivo, de conocer lo que ocurre en realidad para orientar la sociedad hacia donde creen es lo mejor, es un imposible integral.

[:ar]

                                            

Es absurdo pensar que si bien fue imposible conocer y controlar la sociedad en el pasado mediante múltiples coacciones, con el avance de la informática y las comunicaciones, sería posible hoy ejercer ese control desde alguna cúspide de poder humano apoyándose en espionajes sin cuento y utilizando esos artilugios electrónicos aparentemente inteligentes. Se ha intentado, y se sigue intentando, hacer funcionar el sistema socialista de coacción, aparentemente bien intencionada, recurriendo a grandes sistemas de ordenadores macrotécnicos y ultrarrápidos dirigidos por un ejército de burócratas al servicio de no se sabe qué causa.

    La inutilidad de tales intentos de control y omnisciencia queda más patente aún si cabe al considerar el famoso principio de indeterminación de Heisenberg según el cual es imposible determinar con toda precisión, y simultáneamente, la posición y el momento de una partícula. Los propios instrumentos de medición y observación de la realidad distorsionan esa realidad, incluso física, que pretendemos conocer y, además, el tiempo transcurrido entre la medición y el conocimiento del resultado por el observador hacen imposible toda adecuación exacta. A lo anterior podemos añadir el desconocimiento que todos tenemos de nosotros mismos, la ignorancia radical respecto a los demás o lo demás, y la dificultad de transmitir esas intuiciones e informaciones concretas personales a los órganos directores. Podemos concluir que el afán socialista, o de cualquier otro colectivo, de conocer lo que ocurre en realidad para orientar la sociedad hacia donde creen es lo mejor, es un imposible integral.

[:pt]

                                            

Es absurdo pensar que si bien fue imposible conocer y controlar la sociedad en el pasado mediante múltiples coacciones, con el avance de la informática y las comunicaciones, sería posible hoy ejercer ese control desde alguna cúspide de poder humano apoyándose en espionajes sin cuento y utilizando esos artilugios electrónicos aparentemente inteligentes. Se ha intentado, y se sigue intentando, hacer funcionar el sistema socialista de coacción, aparentemente bien intencionada, recurriendo a grandes sistemas de ordenadores macrotécnicos y ultrarrápidos dirigidos por un ejército de burócratas al servicio de no se sabe qué causa.

    La inutilidad de tales intentos de control y omnisciencia queda más patente aún si cabe al considerar el famoso principio de indeterminación de Heisenberg según el cual es imposible determinar con toda precisión, y simultáneamente, la posición y el momento de una partícula. Los propios instrumentos de medición y observación de la realidad distorsionan esa realidad, incluso física, que pretendemos conocer y, además, el tiempo transcurrido entre la medición y el conocimiento del resultado por el observador hacen imposible toda adecuación exacta. A lo anterior podemos añadir el desconocimiento que todos tenemos de nosotros mismos, la ignorancia radical respecto a los demás o lo demás, y la dificultad de transmitir esas intuiciones e informaciones concretas personales a los órganos directores. Podemos concluir que el afán socialista, o de cualquier otro colectivo, de conocer lo que ocurre en realidad para orientar la sociedad hacia donde creen es lo mejor, es un imposible integral.

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LA TEORÍA DE LAS SIETE Y MEDIA

[:es]

AUDIO DEL AUTOR

LA TEORÍA DE LAS SIETE Y MEDIA

La economía personal e interpersonal y, por lo tanto, también los mercados, tienen una gran similitud con los juegos de mesa o al aire libre y con los juegos deportivos. Jesús de Garay ha escrito incluso un libro sobre El juego del mercado publicado por Díaz de Santos donde hace reflexiones altamente interesantes: el mercado es un sistema en el cual todos los participantes lo son porque les da la gana y en donde si no hay beneficio para los jugadores y el público, no se juega; promueve también de manera especial que todos se enriquezcan; es fundamental que las reglas estén claras para todos los jugadores y que todos se comprometan a aceptarlas; si la publicidad de las reglas falta, o si falla la igualdad en su aplicación, entonces no hay libertad para realizar los intercambios, sino violencia por parte de algunas personas que monopolizan el juego… etc. Del entramado de reglas de cada juego distinto se pueden sacar enseñanzas de hondo calado. Veamos el caso del juego de las siete y media.

Como bien saben ustedes, en ese juego de cartas gana quien más se aproxime a esa cifra mágica teniendo en cuenta que la sota, el caballo y el rey tienen el valor de medio punto. Repartida una primera carta a todos los participantes, cada uno va pidiendo más cartas hasta que se queda o se pasa, de tal forma que con un as se puede incluso ganar, puesto que los demás, aun estando en mejor posición de partida, no es difícil que se pasen. La ambición excesiva puede perdernos queriendo alcanzar el óptimo de las siete y media. Las posibilidades de triunfar son ascendentes a medida que nos acercamos a la cima, pero con un traspiés imprudente nos precipitamos en el abismo del fracaso.

No pocos procesos económicos y decisiones de la conducta humana tienen un parecido altamente llamativo. Pensemos, por ejemplo, en el grado de implantación del Estado del Bienestar. Un pequeño colchón para amortiguar las desgracias de la vida, nadie, ni siquiera el mas ultraliberal de los liberales, lo pone en duda. Un poco más puede ser también conveniente y se puede exigir una contribución tributaria coactiva razonable y proporcionada en base a lo que viene llamándose, falsamente, paz social. Podemos seguir acrecentando, pero, en este caso, no sabemos a ciencia cierta dónde está el óptimo y es fácil que nos pasemos porque la inercia nos arrastra una vez iniciado el proceso. Es más, seguro que en Europa y en España nos hemos pasado y por eso es fácil que perdamos en el juego internacional global. Si nos pasamos de la raya, aumentan los parados, los inválidos, los desfavorecidos, los pobres, los marginados, los analfabetos, los agricultores desvalidos, los jornaleros del PER antiguo y nuevo; los pensionistas piden cada vez más; los subvencionados también exigen más porque sus razones, sean las que fuesen, siempre son las más importantes y urgentes; todos piden más sanidad y educación gratuitas, más parques públicos, más infraestructuras sin pagar aparentemente un duro… etc. Las fuentes de financiación se estremecen; la deuda aumenta y hay que pagarla compitiendo en los mercados de capitales con tipos de interés más atractivos para los rentistas de aquí, de acullá y de allende los mares; la iniciativa personal y empresarial se marchita y se pasa al otro bando, a los que cobran de los demás. Nadie arrima el hombro. Nos hemos pasado de las siete y media. En la revancha, que quizás se nos dé, hay que tener la lección bien aprendida y quedarnos un poco alejados del abismo para triunfar.

La utilidad que nos reporta el uso y consumo de bienes y servicios tiene un comportamiento parecido: un poco de vino en las comidas es muy saludable, un vaso también, un poco más empieza a ser peligroso; si nos pasamos, la borrachera trastorna toda nuestra actividad y perdemos con seguridad meridiana. Comprar un paraguas por si llueve, bien; dos, también, tal vez tres; pero si no somos coleccionistas ¿para qué más?; la utilidad marginal puede llegar a ser negativa; podemos pasarnos. Un poco de sal en las comidas o un rato de descanso en la televisión, bien, un poco más, quizás también, pero conviene moderar y diversificar. Invertir en tal o cual valor en la Bolsa o en este o aquel plan de pensiones, bien; invertir más ahí porque confiamos, mejor; pero, ¡cuidado!, no pasarse. Conviene apostar sólo con lo prescindible y, además, mas bien poco a varios posibles ganadores que obsesionarnos con uno. Conducir atortugados con nuestro coche, malo, hay que avivar la marcha, también para no molestar; incluso, si el asunto lo requiere podemos acelerar, pero, ¡atención!, no pasarse, los excesos se pagan y la teoría de las siete y media nos lo vuelve a recordar. Un poco de orden, vale; un poco más puede valer; pero la enfermedad monomaniática y perfeccionista nos amenaza. Escribir en Word, usar una base de datos, una hoja electrónica sofisticada, conectarse a internet vía infovía, conviene. Pasarse nos puede convertir en mecanos de silicio que hablan en bits, engullen kbytes, ven chiribitas electrónicas y, en el fondo, no saben de la vida ni hacer la “o” con un canuto.

“In medio virtus” decía el clásico. Tengo entendido que Aristóteles escribió la Ética a Nicómaco jugando a las siete y media en el Aerópago griego. Aprendamos.

JJ FRANCH

[:en]

AUDIO DEL AUTOR

LA TEORÍA DE LAS SIETE Y MEDIA

La economía personal e interpersonal y, por lo tanto, también los mercados, tienen una gran similitud con los juegos de mesa o al aire libre y con los juegos deportivos. Jesús de Garay ha escrito incluso un libro sobre El juego del mercado publicado por Díaz de Santos donde hace reflexiones altamente interesantes: el mercado es un sistema en el cual todos los participantes lo son porque les da la gana y en donde si no hay beneficio para los jugadores y el público, no se juega; promueve también de manera especial que todos se enriquezcan; es fundamental que las reglas estén claras para todos los jugadores y que todos se comprometan a aceptarlas; si la publicidad de las reglas falta, o si falla la igualdad en su aplicación, entonces no hay libertad para realizar los intercambios, sino violencia por parte de algunas personas que monopolizan el juego… etc. Del entramado de reglas de cada juego distinto se pueden sacar enseñanzas de hondo calado. Veamos el caso del juego de las siete y media.

Como bien saben ustedes, en ese juego de cartas gana quien más se aproxime a esa cifra mágica teniendo en cuenta que la sota, el caballo y el rey tienen el valor de medio punto. Repartida una primera carta a todos los participantes, cada uno va pidiendo más cartas hasta que se queda o se pasa, de tal forma que con un as se puede incluso ganar, puesto que los demás, aun estando en mejor posición de partida, no es difícil que se pasen. La ambición excesiva puede perdernos queriendo alcanzar el óptimo de las siete y media. Las posibilidades de triunfar son ascendentes a medida que nos acercamos a la cima, pero con un traspiés imprudente nos precipitamos en el abismo del fracaso.

No pocos procesos económicos y decisiones de la conducta humana tienen un parecido altamente llamativo. Pensemos, por ejemplo, en el grado de implantación del Estado del Bienestar. Un pequeño colchón para amortiguar las desgracias de la vida, nadie, ni siquiera el mas ultraliberal de los liberales, lo pone en duda. Un poco más puede ser también conveniente y se puede exigir una contribución tributaria coactiva razonable y proporcionada en base a lo que viene llamándose, falsamente, paz social. Podemos seguir acrecentando, pero, en este caso, no sabemos a ciencia cierta dónde está el óptimo y es fácil que nos pasemos porque la inercia nos arrastra una vez iniciado el proceso. Es más, seguro que en Europa y en España nos hemos pasado y por eso es fácil que perdamos en el juego internacional global. Si nos pasamos de la raya, aumentan los parados, los inválidos, los desfavorecidos, los pobres, los marginados, los analfabetos, los agricultores desvalidos, los jornaleros del PER antiguo y nuevo; los pensionistas piden cada vez más; los subvencionados también exigen más porque sus razones, sean las que fuesen, siempre son las más importantes y urgentes; todos piden más sanidad y educación gratuitas, más parques públicos, más infraestructuras sin pagar aparentemente un duro… etc. Las fuentes de financiación se estremecen; la deuda aumenta y hay que pagarla compitiendo en los mercados de capitales con tipos de interés más atractivos para los rentistas de aquí, de acullá y de allende los mares; la iniciativa personal y empresarial se marchita y se pasa al otro bando, a los que cobran de los demás. Nadie arrima el hombro. Nos hemos pasado de las siete y media. En la revancha, que quizás se nos dé, hay que tener la lección bien aprendida y quedarnos un poco alejados del abismo para triunfar.

La utilidad que nos reporta el uso y consumo de bienes y servicios tiene un comportamiento parecido: un poco de vino en las comidas es muy saludable, un vaso también, un poco más empieza a ser peligroso; si nos pasamos, la borrachera trastorna toda nuestra actividad y perdemos con seguridad meridiana. Comprar un paraguas por si llueve, bien; dos, también, tal vez tres; pero si no somos coleccionistas ¿para qué más?; la utilidad marginal puede llegar a ser negativa; podemos pasarnos. Un poco de sal en las comidas o un rato de descanso en la televisión, bien, un poco más, quizás también, pero conviene moderar y diversificar. Invertir en tal o cual valor en la Bolsa o en este o aquel plan de pensiones, bien; invertir más ahí porque confiamos, mejor; pero, ¡cuidado!, no pasarse. Conviene apostar sólo con lo prescindible y, además, mas bien poco a varios posibles ganadores que obsesionarnos con uno. Conducir atortugados con nuestro coche, malo, hay que avivar la marcha, también para no molestar; incluso, si el asunto lo requiere podemos acelerar, pero, ¡atención!, no pasarse, los excesos se pagan y la teoría de las siete y media nos lo vuelve a recordar. Un poco de orden, vale; un poco más puede valer; pero la enfermedad monomaniática y perfeccionista nos amenaza. Escribir en Word, usar una base de datos, una hoja electrónica sofisticada, conectarse a internet vía infovía, conviene. Pasarse nos puede convertir en mecanos de silicio que hablan en bits, engullen kbytes, ven chiribitas electrónicas y, en el fondo, no saben de la vida ni hacer la “o” con un canuto.

“In medio virtus” decía el clásico. Tengo entendido que Aristóteles escribió la Ética a Nicómaco jugando a las siete y media en el Aerópago griego. Aprendamos.

JJ FRANCH

[:ru]

AUDIO DEL AUTOR

LA TEORÍA DE LAS SIETE Y MEDIA

La economía personal e interpersonal y, por lo tanto, también los mercados, tienen una gran similitud con los juegos de mesa o al aire libre y con los juegos deportivos. Jesús de Garay ha escrito incluso un libro sobre El juego del mercado publicado por Díaz de Santos donde hace reflexiones altamente interesantes: el mercado es un sistema en el cual todos los participantes lo son porque les da la gana y en donde si no hay beneficio para los jugadores y el público, no se juega; promueve también de manera especial que todos se enriquezcan; es fundamental que las reglas estén claras para todos los jugadores y que todos se comprometan a aceptarlas; si la publicidad de las reglas falta, o si falla la igualdad en su aplicación, entonces no hay libertad para realizar los intercambios, sino violencia por parte de algunas personas que monopolizan el juego… etc. Del entramado de reglas de cada juego distinto se pueden sacar enseñanzas de hondo calado. Veamos el caso del juego de las siete y media.

Como bien saben ustedes, en ese juego de cartas gana quien más se aproxime a esa cifra mágica teniendo en cuenta que la sota, el caballo y el rey tienen el valor de medio punto. Repartida una primera carta a todos los participantes, cada uno va pidiendo más cartas hasta que se queda o se pasa, de tal forma que con un as se puede incluso ganar, puesto que los demás, aun estando en mejor posición de partida, no es difícil que se pasen. La ambición excesiva puede perdernos queriendo alcanzar el óptimo de las siete y media. Las posibilidades de triunfar son ascendentes a medida que nos acercamos a la cima, pero con un traspiés imprudente nos precipitamos en el abismo del fracaso.

No pocos procesos económicos y decisiones de la conducta humana tienen un parecido altamente llamativo. Pensemos, por ejemplo, en el grado de implantación del Estado del Bienestar. Un pequeño colchón para amortiguar las desgracias de la vida, nadie, ni siquiera el mas ultraliberal de los liberales, lo pone en duda. Un poco más puede ser también conveniente y se puede exigir una contribución tributaria coactiva razonable y proporcionada en base a lo que viene llamándose, falsamente, paz social. Podemos seguir acrecentando, pero, en este caso, no sabemos a ciencia cierta dónde está el óptimo y es fácil que nos pasemos porque la inercia nos arrastra una vez iniciado el proceso. Es más, seguro que en Europa y en España nos hemos pasado y por eso es fácil que perdamos en el juego internacional global. Si nos pasamos de la raya, aumentan los parados, los inválidos, los desfavorecidos, los pobres, los marginados, los analfabetos, los agricultores desvalidos, los jornaleros del PER antiguo y nuevo; los pensionistas piden cada vez más; los subvencionados también exigen más porque sus razones, sean las que fuesen, siempre son las más importantes y urgentes; todos piden más sanidad y educación gratuitas, más parques públicos, más infraestructuras sin pagar aparentemente un duro… etc. Las fuentes de financiación se estremecen; la deuda aumenta y hay que pagarla compitiendo en los mercados de capitales con tipos de interés más atractivos para los rentistas de aquí, de acullá y de allende los mares; la iniciativa personal y empresarial se marchita y se pasa al otro bando, a los que cobran de los demás. Nadie arrima el hombro. Nos hemos pasado de las siete y media. En la revancha, que quizás se nos dé, hay que tener la lección bien aprendida y quedarnos un poco alejados del abismo para triunfar.

La utilidad que nos reporta el uso y consumo de bienes y servicios tiene un comportamiento parecido: un poco de vino en las comidas es muy saludable, un vaso también, un poco más empieza a ser peligroso; si nos pasamos, la borrachera trastorna toda nuestra actividad y perdemos con seguridad meridiana. Comprar un paraguas por si llueve, bien; dos, también, tal vez tres; pero si no somos coleccionistas ¿para qué más?; la utilidad marginal puede llegar a ser negativa; podemos pasarnos. Un poco de sal en las comidas o un rato de descanso en la televisión, bien, un poco más, quizás también, pero conviene moderar y diversificar. Invertir en tal o cual valor en la Bolsa o en este o aquel plan de pensiones, bien; invertir más ahí porque confiamos, mejor; pero, ¡cuidado!, no pasarse. Conviene apostar sólo con lo prescindible y, además, mas bien poco a varios posibles ganadores que obsesionarnos con uno. Conducir atortugados con nuestro coche, malo, hay que avivar la marcha, también para no molestar; incluso, si el asunto lo requiere podemos acelerar, pero, ¡atención!, no pasarse, los excesos se pagan y la teoría de las siete y media nos lo vuelve a recordar. Un poco de orden, vale; un poco más puede valer; pero la enfermedad monomaniática y perfeccionista nos amenaza. Escribir en Word, usar una base de datos, una hoja electrónica sofisticada, conectarse a internet vía infovía, conviene. Pasarse nos puede convertir en mecanos de silicio que hablan en bits, engullen kbytes, ven chiribitas electrónicas y, en el fondo, no saben de la vida ni hacer la “o” con un canuto.

“In medio virtus” decía el clásico. Tengo entendido que Aristóteles escribió la Ética a Nicómaco jugando a las siete y media en el Aerópago griego. Aprendamos.

JJ FRANCH

[:zh]

AUDIO DEL AUTOR

LA TEORÍA DE LAS SIETE Y MEDIA

La economía personal e interpersonal y, por lo tanto, también los mercados, tienen una gran similitud con los juegos de mesa o al aire libre y con los juegos deportivos. Jesús de Garay ha escrito incluso un libro sobre El juego del mercado publicado por Díaz de Santos donde hace reflexiones altamente interesantes: el mercado es un sistema en el cual todos los participantes lo son porque les da la gana y en donde si no hay beneficio para los jugadores y el público, no se juega; promueve también de manera especial que todos se enriquezcan; es fundamental que las reglas estén claras para todos los jugadores y que todos se comprometan a aceptarlas; si la publicidad de las reglas falta, o si falla la igualdad en su aplicación, entonces no hay libertad para realizar los intercambios, sino violencia por parte de algunas personas que monopolizan el juego… etc. Del entramado de reglas de cada juego distinto se pueden sacar enseñanzas de hondo calado. Veamos el caso del juego de las siete y media.

Como bien saben ustedes, en ese juego de cartas gana quien más se aproxime a esa cifra mágica teniendo en cuenta que la sota, el caballo y el rey tienen el valor de medio punto. Repartida una primera carta a todos los participantes, cada uno va pidiendo más cartas hasta que se queda o se pasa, de tal forma que con un as se puede incluso ganar, puesto que los demás, aun estando en mejor posición de partida, no es difícil que se pasen. La ambición excesiva puede perdernos queriendo alcanzar el óptimo de las siete y media. Las posibilidades de triunfar son ascendentes a medida que nos acercamos a la cima, pero con un traspiés imprudente nos precipitamos en el abismo del fracaso.

No pocos procesos económicos y decisiones de la conducta humana tienen un parecido altamente llamativo. Pensemos, por ejemplo, en el grado de implantación del Estado del Bienestar. Un pequeño colchón para amortiguar las desgracias de la vida, nadie, ni siquiera el mas ultraliberal de los liberales, lo pone en duda. Un poco más puede ser también conveniente y se puede exigir una contribución tributaria coactiva razonable y proporcionada en base a lo que viene llamándose, falsamente, paz social. Podemos seguir acrecentando, pero, en este caso, no sabemos a ciencia cierta dónde está el óptimo y es fácil que nos pasemos porque la inercia nos arrastra una vez iniciado el proceso. Es más, seguro que en Europa y en España nos hemos pasado y por eso es fácil que perdamos en el juego internacional global. Si nos pasamos de la raya, aumentan los parados, los inválidos, los desfavorecidos, los pobres, los marginados, los analfabetos, los agricultores desvalidos, los jornaleros del PER antiguo y nuevo; los pensionistas piden cada vez más; los subvencionados también exigen más porque sus razones, sean las que fuesen, siempre son las más importantes y urgentes; todos piden más sanidad y educación gratuitas, más parques públicos, más infraestructuras sin pagar aparentemente un duro… etc. Las fuentes de financiación se estremecen; la deuda aumenta y hay que pagarla compitiendo en los mercados de capitales con tipos de interés más atractivos para los rentistas de aquí, de acullá y de allende los mares; la iniciativa personal y empresarial se marchita y se pasa al otro bando, a los que cobran de los demás. Nadie arrima el hombro. Nos hemos pasado de las siete y media. En la revancha, que quizás se nos dé, hay que tener la lección bien aprendida y quedarnos un poco alejados del abismo para triunfar.

La utilidad que nos reporta el uso y consumo de bienes y servicios tiene un comportamiento parecido: un poco de vino en las comidas es muy saludable, un vaso también, un poco más empieza a ser peligroso; si nos pasamos, la borrachera trastorna toda nuestra actividad y perdemos con seguridad meridiana. Comprar un paraguas por si llueve, bien; dos, también, tal vez tres; pero si no somos coleccionistas ¿para qué más?; la utilidad marginal puede llegar a ser negativa; podemos pasarnos. Un poco de sal en las comidas o un rato de descanso en la televisión, bien, un poco más, quizás también, pero conviene moderar y diversificar. Invertir en tal o cual valor en la Bolsa o en este o aquel plan de pensiones, bien; invertir más ahí porque confiamos, mejor; pero, ¡cuidado!, no pasarse. Conviene apostar sólo con lo prescindible y, además, mas bien poco a varios posibles ganadores que obsesionarnos con uno. Conducir atortugados con nuestro coche, malo, hay que avivar la marcha, también para no molestar; incluso, si el asunto lo requiere podemos acelerar, pero, ¡atención!, no pasarse, los excesos se pagan y la teoría de las siete y media nos lo vuelve a recordar. Un poco de orden, vale; un poco más puede valer; pero la enfermedad monomaniática y perfeccionista nos amenaza. Escribir en Word, usar una base de datos, una hoja electrónica sofisticada, conectarse a internet vía infovía, conviene. Pasarse nos puede convertir en mecanos de silicio que hablan en bits, engullen kbytes, ven chiribitas electrónicas y, en el fondo, no saben de la vida ni hacer la “o” con un canuto.

“In medio virtus” decía el clásico. Tengo entendido que Aristóteles escribió la Ética a Nicómaco jugando a las siete y media en el Aerópago griego. Aprendamos.

JJ FRANCH

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La economía personal e interpersonal y, por lo tanto, también los mercados, tienen una gran similitud con los juegos de mesa o al aire libre y con los juegos deportivos. Jesús de Garay ha escrito incluso un libro sobre El juego del mercado publicado por Díaz de Santos donde hace reflexiones altamente interesantes: el mercado es un sistema en el cual todos los participantes lo son porque les da la gana y en donde si no hay beneficio para los jugadores y el público, no se juega; promueve también de manera especial que todos se enriquezcan; es fundamental que las reglas estén claras para todos los jugadores y que todos se comprometan a aceptarlas; si la publicidad de las reglas falta, o si falla la igualdad en su aplicación, entonces no hay libertad para realizar los intercambios, sino violencia por parte de algunas personas que monopolizan el juego… etc. Del entramado de reglas de cada juego distinto se pueden sacar enseñanzas de hondo calado. Veamos el caso del juego de las siete y media.

Como bien saben ustedes, en ese juego de cartas gana quien más se aproxime a esa cifra mágica teniendo en cuenta que la sota, el caballo y el rey tienen el valor de medio punto. Repartida una primera carta a todos los participantes, cada uno va pidiendo más cartas hasta que se queda o se pasa, de tal forma que con un as se puede incluso ganar, puesto que los demás, aun estando en mejor posición de partida, no es difícil que se pasen. La ambición excesiva puede perdernos queriendo alcanzar el óptimo de las siete y media. Las posibilidades de triunfar son ascendentes a medida que nos acercamos a la cima, pero con un traspiés imprudente nos precipitamos en el abismo del fracaso.

No pocos procesos económicos y decisiones de la conducta humana tienen un parecido altamente llamativo. Pensemos, por ejemplo, en el grado de implantación del Estado del Bienestar. Un pequeño colchón para amortiguar las desgracias de la vida, nadie, ni siquiera el mas ultraliberal de los liberales, lo pone en duda. Un poco más puede ser también conveniente y se puede exigir una contribución tributaria coactiva razonable y proporcionada en base a lo que viene llamándose, falsamente, paz social. Podemos seguir acrecentando, pero, en este caso, no sabemos a ciencia cierta dónde está el óptimo y es fácil que nos pasemos porque la inercia nos arrastra una vez iniciado el proceso. Es más, seguro que en Europa y en España nos hemos pasado y por eso es fácil que perdamos en el juego internacional global. Si nos pasamos de la raya, aumentan los parados, los inválidos, los desfavorecidos, los pobres, los marginados, los analfabetos, los agricultores desvalidos, los jornaleros del PER antiguo y nuevo; los pensionistas piden cada vez más; los subvencionados también exigen más porque sus razones, sean las que fuesen, siempre son las más importantes y urgentes; todos piden más sanidad y educación gratuitas, más parques públicos, más infraestructuras sin pagar aparentemente un duro… etc. Las fuentes de financiación se estremecen; la deuda aumenta y hay que pagarla compitiendo en los mercados de capitales con tipos de interés más atractivos para los rentistas de aquí, de acullá y de allende los mares; la iniciativa personal y empresarial se marchita y se pasa al otro bando, a los que cobran de los demás. Nadie arrima el hombro. Nos hemos pasado de las siete y media. En la revancha, que quizás se nos dé, hay que tener la lección bien aprendida y quedarnos un poco alejados del abismo para triunfar.

La utilidad que nos reporta el uso y consumo de bienes y servicios tiene un comportamiento parecido: un poco de vino en las comidas es muy saludable, un vaso también, un poco más empieza a ser peligroso; si nos pasamos, la borrachera trastorna toda nuestra actividad y perdemos con seguridad meridiana. Comprar un paraguas por si llueve, bien; dos, también, tal vez tres; pero si no somos coleccionistas ¿para qué más?; la utilidad marginal puede llegar a ser negativa; podemos pasarnos. Un poco de sal en las comidas o un rato de descanso en la televisión, bien, un poco más, quizás también, pero conviene moderar y diversificar. Invertir en tal o cual valor en la Bolsa o en este o aquel plan de pensiones, bien; invertir más ahí porque confiamos, mejor; pero, ¡cuidado!, no pasarse. Conviene apostar sólo con lo prescindible y, además, mas bien poco a varios posibles ganadores que obsesionarnos con uno. Conducir atortugados con nuestro coche, malo, hay que avivar la marcha, también para no molestar; incluso, si el asunto lo requiere podemos acelerar, pero, ¡atención!, no pasarse, los excesos se pagan y la teoría de las siete y media nos lo vuelve a recordar. Un poco de orden, vale; un poco más puede valer; pero la enfermedad monomaniática y perfeccionista nos amenaza. Escribir en Word, usar una base de datos, una hoja electrónica sofisticada, conectarse a internet vía infovía, conviene. Pasarse nos puede convertir en mecanos de silicio que hablan en bits, engullen kbytes, ven chiribitas electrónicas y, en el fondo, no saben de la vida ni hacer la “o” con un canuto.

“In medio virtus” decía el clásico. Tengo entendido que Aristóteles escribió la Ética a Nicómaco jugando a las siete y media en el Aerópago griego. Aprendamos.

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La economía personal e interpersonal y, por lo tanto, también los mercados, tienen una gran similitud con los juegos de mesa o al aire libre y con los juegos deportivos. Jesús de Garay ha escrito incluso un libro sobre El juego del mercado publicado por Díaz de Santos donde hace reflexiones altamente interesantes: el mercado es un sistema en el cual todos los participantes lo son porque les da la gana y en donde si no hay beneficio para los jugadores y el público, no se juega; promueve también de manera especial que todos se enriquezcan; es fundamental que las reglas estén claras para todos los jugadores y que todos se comprometan a aceptarlas; si la publicidad de las reglas falta, o si falla la igualdad en su aplicación, entonces no hay libertad para realizar los intercambios, sino violencia por parte de algunas personas que monopolizan el juego… etc. Del entramado de reglas de cada juego distinto se pueden sacar enseñanzas de hondo calado. Veamos el caso del juego de las siete y media.

Como bien saben ustedes, en ese juego de cartas gana quien más se aproxime a esa cifra mágica teniendo en cuenta que la sota, el caballo y el rey tienen el valor de medio punto. Repartida una primera carta a todos los participantes, cada uno va pidiendo más cartas hasta que se queda o se pasa, de tal forma que con un as se puede incluso ganar, puesto que los demás, aun estando en mejor posición de partida, no es difícil que se pasen. La ambición excesiva puede perdernos queriendo alcanzar el óptimo de las siete y media. Las posibilidades de triunfar son ascendentes a medida que nos acercamos a la cima, pero con un traspiés imprudente nos precipitamos en el abismo del fracaso.

No pocos procesos económicos y decisiones de la conducta humana tienen un parecido altamente llamativo. Pensemos, por ejemplo, en el grado de implantación del Estado del Bienestar. Un pequeño colchón para amortiguar las desgracias de la vida, nadie, ni siquiera el mas ultraliberal de los liberales, lo pone en duda. Un poco más puede ser también conveniente y se puede exigir una contribución tributaria coactiva razonable y proporcionada en base a lo que viene llamándose, falsamente, paz social. Podemos seguir acrecentando, pero, en este caso, no sabemos a ciencia cierta dónde está el óptimo y es fácil que nos pasemos porque la inercia nos arrastra una vez iniciado el proceso. Es más, seguro que en Europa y en España nos hemos pasado y por eso es fácil que perdamos en el juego internacional global. Si nos pasamos de la raya, aumentan los parados, los inválidos, los desfavorecidos, los pobres, los marginados, los analfabetos, los agricultores desvalidos, los jornaleros del PER antiguo y nuevo; los pensionistas piden cada vez más; los subvencionados también exigen más porque sus razones, sean las que fuesen, siempre son las más importantes y urgentes; todos piden más sanidad y educación gratuitas, más parques públicos, más infraestructuras sin pagar aparentemente un duro… etc. Las fuentes de financiación se estremecen; la deuda aumenta y hay que pagarla compitiendo en los mercados de capitales con tipos de interés más atractivos para los rentistas de aquí, de acullá y de allende los mares; la iniciativa personal y empresarial se marchita y se pasa al otro bando, a los que cobran de los demás. Nadie arrima el hombro. Nos hemos pasado de las siete y media. En la revancha, que quizás se nos dé, hay que tener la lección bien aprendida y quedarnos un poco alejados del abismo para triunfar.

La utilidad que nos reporta el uso y consumo de bienes y servicios tiene un comportamiento parecido: un poco de vino en las comidas es muy saludable, un vaso también, un poco más empieza a ser peligroso; si nos pasamos, la borrachera trastorna toda nuestra actividad y perdemos con seguridad meridiana. Comprar un paraguas por si llueve, bien; dos, también, tal vez tres; pero si no somos coleccionistas ¿para qué más?; la utilidad marginal puede llegar a ser negativa; podemos pasarnos. Un poco de sal en las comidas o un rato de descanso en la televisión, bien, un poco más, quizás también, pero conviene moderar y diversificar. Invertir en tal o cual valor en la Bolsa o en este o aquel plan de pensiones, bien; invertir más ahí porque confiamos, mejor; pero, ¡cuidado!, no pasarse. Conviene apostar sólo con lo prescindible y, además, mas bien poco a varios posibles ganadores que obsesionarnos con uno. Conducir atortugados con nuestro coche, malo, hay que avivar la marcha, también para no molestar; incluso, si el asunto lo requiere podemos acelerar, pero, ¡atención!, no pasarse, los excesos se pagan y la teoría de las siete y media nos lo vuelve a recordar. Un poco de orden, vale; un poco más puede valer; pero la enfermedad monomaniática y perfeccionista nos amenaza. Escribir en Word, usar una base de datos, una hoja electrónica sofisticada, conectarse a internet vía infovía, conviene. Pasarse nos puede convertir en mecanos de silicio que hablan en bits, engullen kbytes, ven chiribitas electrónicas y, en el fondo, no saben de la vida ni hacer la “o” con un canuto.

“In medio virtus” decía el clásico. Tengo entendido que Aristóteles escribió la Ética a Nicómaco jugando a las siete y media en el Aerópago griego. Aprendamos.

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[:]

ZAPATERO A TUS ZAPATOS

[:es]

ZAPATERO A TUS ZAPATOS

AUDIO DEL AUTOR

Dejando sentado de antemano mi profundo respeto por los sacerdotes, debo reconocer que cuando, alguna vez, asistiendo a una ceremonia religiosa, empiezo a oír hablar de Economía desde el atril del templo, me pongo a mirar inquieto a todas partes, me rechinan los dientes y aparecen síntomas de sudores fríos. La situación embarazosa se complica si la alocución monotemática se alarga con pasión sentimental y mojigata. Supongo que a cualquier sacerdote sensato le ocurriría lo mismo si me oyera oír hablar a mí como economista de la Transubstanciación, la Virginidad de la Madre de Dios o la naturaleza de Angeles, Potestades o Querubines. Los ecos de algunas carcajadas y de la zapatiesta que se podría organizar, podían llegar hasta Sebastopol.

Creo que es mucho mejor que cada uno atienda sus cosas con competencia y que no caigamos en la tentación de querer abarcarlo todo. Algunos eclesiásticos pueden incurrir en el mismo defecto pernicioso que le ocurre al señor Estado: que se mete donde no le llaman, y lo suyo, que es la Seguridad cotidiana interior y exterior, la Justicia y legislar lo mejor posible mirando al interés general y no partidista, lo deja abandonado y manga por hombro.

Deberían dejar de hablar de curas de derechas y curas de izquierdas, de Obispos del Norte y Obispos del Sur. Personalmente reconozco que me cansan las moralinas ético místicas dirigidas a la actividad económica. Adam Smith ya puso de manifiesto la importancia de la especialización y la división del trabajo en toda tarea económica. Por eso creo que lo que necesita la Economía de todos, también de ustedes, es que cada uno se dedique a lo suyo porque, de lo contrario, se pueden despilfarrar los recursos humanos que deberían dedicarse al estudio riguroso y serio de su Ciencia y, en su caso, de su ministerio sacerdotal.

Basta echar una ojeada rápida a la historia económica para resaltar al menos tres meteduras de pata en lo económico protagonizadas por determinado clero bien intencionado pero ignorante. En primer lugar la condena durante siglos de todo tipo de interés sin más y sin conocimiento de sus implicaciones negativas. Menos mal que Tomás de Aquino y la Escuela de Salamanca pusieron un poco de orden en esas drásticas condenas. Pero tuvo que ser un economista, Böhm Barek, quien pusiera en claro tal desbarajuste en su libro Capital e interés.

En segundo lugar cabe citar también el resbalón espectacular del presbítero Malthus, esta vez no católico, con las secuelas seculares y actuales de su Teoría de la Población y con su buena intención puritana. Ha tenido que venir otro economista como Hayek para, desde una postura personal agnóstica, pero desde su indudable solvencia en el conocimiento económico, poner en claro la simpleza pesimista del miedo al crecimiento civilizado de la población por un hipotético y falso agotamiento de los recursos alimenticios.

Sin extenderme más, citar por último el ridículo de la “Ateología de la liberación”, con sus resabios marxistas, que estaba dejando a Iberoamérica a la altura económica del betún del subdesarrollo. Ha tenido que caer el muro de Berlín para que, puestas al descubierto las entretelas del socialismo real, haya desbandada generalizada y comiencen estos países hispanos a liberarse de la “liberación” y repuntar así en su actividad económica. Se perfilan ya como una importante región para el desarrollo mundial futuro.

Deberían hacer caso: “zapatero a tus zapatos”. No quieran saberlo todo. Para ustedes hablar de Economía puede ser una conducta antieconómica. Mi consejo es que no se metan en esos berenjenales. Dejen que seamos nosotros los que nos tiremos los trastos a la cabeza. Llevo más de 20 años dedicado de una u otra forma a esto y les puedo asegurar que todavía no sé muy bien de qué va. No pierdan el tiempo. Con la que está cayendo, únicamente tratando de limpiar eso que todos llaman corrupción y que ustedes los sacerdotes siempre han llamado pecado, tienen de sobra para ganarse la vida (y el Cielo) sin entretenerse en menudencias coyunturales. Reconozco que cuando les oigo hablar tratando de solucionar desde el púlpito los problemas económicos pienso en ocasiones que quieren monopolizar a Dios como si fuera sólo suyo. Me pasa entonces por la cabeza la idea según la cual creerían algunos de ustedes que ese Dios, de todos, es tonto porque no sabe solucionar los problemas económicos. Grave equivocación.

JJ Franch

[:en]

AUDIO DEL AUTOR

Dejando sentado de antemano mi profundo respeto por los sacerdotes, debo reconocer que cuando, alguna vez, asistiendo a una ceremonia religiosa, empiezo a oír hablar de Economía desde el atril del templo, me pongo a mirar inquieto a todas partes, me rechinan los dientes y aparecen síntomas de sudores fríos. La situación embarazosa se complica si la alocución monotemática se alarga con pasión sentimental y mojigata. Supongo que a cualquier sacerdote sensato le ocurriría lo mismo si me oyera oír hablar a mí como economista de la Transubstanciación, la Virginidad de la Madre de Dios o la naturaleza de Angeles, Potestades o Querubines. Los ecos de algunas carcajadas y de la zapatiesta que se podría organizar, podían llegar hasta Sebastopol.

Creo que es mucho mejor que cada uno atienda sus cosas con competencia y que no caigamos en la tentación de querer abarcarlo todo. Algunos eclesiásticos pueden incurrir en el mismo defecto pernicioso que le ocurre al señor Estado: que se mete donde no le llaman, y lo suyo, que es la Seguridad cotidiana interior y exterior, la Justicia y legislar lo mejor posible mirando al interés general y no partidista, lo deja abandonado y manga por hombro.

Deberían dejar de hablar de curas de derechas y curas de izquierdas, de Obispos del Norte y Obispos del Sur. Personalmente reconozco que me cansan las moralinas ético místicas dirigidas a la actividad económica. Adam Smith ya puso de manifiesto la importancia de la especialización y la división del trabajo en toda tarea económica. Por eso creo que lo que necesita la Economía de todos, también de ustedes, es que cada uno se dedique a lo suyo porque, de lo contrario, se pueden despilfarrar los recursos humanos que deberían dedicarse al estudio riguroso y serio de su Ciencia y, en su caso, de su ministerio sacerdotal.

Basta echar una ojeada rápida a la historia económica para resaltar al menos tres meteduras de pata en lo económico protagonizadas por determinado clero bien intencionado pero ignorante. En primer lugar la condena durante siglos de todo tipo de interés sin más y sin conocimiento de sus implicaciones negativas. Menos mal que Tomás de Aquino y la Escuela de Salamanca pusieron un poco de orden en esas drásticas condenas. Pero tuvo que ser un economista, Böhm Barek, quien pusiera en claro tal desbarajuste en su libro Capital e interés.

En segundo lugar cabe citar también el resbalón espectacular del presbítero Malthus, esta vez no católico, con las secuelas seculares y actuales de su Teoría de la Población y con su buena intención puritana. Ha tenido que venir otro economista como Hayek para, desde una postura personal agnóstica, pero desde su indudable solvencia en el conocimiento económico, poner en claro la simpleza pesimista del miedo al crecimiento civilizado de la población por un hipotético y falso agotamiento de los recursos alimenticios.

Sin extenderme más, citar por último el ridículo de la “Ateología de la liberación”, con sus resabios marxistas, que estaba dejando a Iberoamérica a la altura económica del betún del subdesarrollo. Ha tenido que caer el muro de Berlín para que, puestas al descubierto las entretelas del socialismo real, haya desbandada generalizada y comiencen estos países hispanos a liberarse de la “liberación” y repuntar así en su actividad económica. Se perfilan ya como una importante región para el desarrollo mundial futuro.

Deberían hacer caso: “zapatero a tus zapatos”. No quieran saberlo todo. Para ustedes hablar de Economía puede ser una conducta antieconómica. Mi consejo es que no se metan en esos berenjenales. Dejen que seamos nosotros los que nos tiremos los trastos a la cabeza. Llevo más de 20 años dedicado de una u otra forma a esto y les puedo asegurar que todavía no sé muy bien de qué va. No pierdan el tiempo. Con la que está cayendo, únicamente tratando de limpiar eso que todos llaman corrupción y que ustedes los sacerdotes siempre han llamado pecado, tienen de sobra para ganarse la vida (y el Cielo) sin entretenerse en menudencias coyunturales. Reconozco que cuando les oigo hablar tratando de solucionar desde el púlpito los problemas económicos pienso en ocasiones que quieren monopolizar a Dios como si fuera sólo suyo. Me pasa entonces por la cabeza la idea según la cual creerían algunos de ustedes que ese Dios, de todos, es tonto porque no sabe solucionar los problemas económicos. Grave equivocación.

JJ Franch

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Dejando sentado de antemano mi profundo respeto por los sacerdotes, debo reconocer que cuando, alguna vez, asistiendo a una ceremonia religiosa, empiezo a oír hablar de Economía desde el atril del templo, me pongo a mirar inquieto a todas partes, me rechinan los dientes y aparecen síntomas de sudores fríos. La situación embarazosa se complica si la alocución monotemática se alarga con pasión sentimental y mojigata. Supongo que a cualquier sacerdote sensato le ocurriría lo mismo si me oyera oír hablar a mí como economista de la Transubstanciación, la Virginidad de la Madre de Dios o la naturaleza de Angeles, Potestades o Querubines. Los ecos de algunas carcajadas y de la zapatiesta que se podría organizar, podían llegar hasta Sebastopol.

Creo que es mucho mejor que cada uno atienda sus cosas con competencia y que no caigamos en la tentación de querer abarcarlo todo. Algunos eclesiásticos pueden incurrir en el mismo defecto pernicioso que le ocurre al señor Estado: que se mete donde no le llaman, y lo suyo, que es la Seguridad cotidiana interior y exterior, la Justicia y legislar lo mejor posible mirando al interés general y no partidista, lo deja abandonado y manga por hombro.

Deberían dejar de hablar de curas de derechas y curas de izquierdas, de Obispos del Norte y Obispos del Sur. Personalmente reconozco que me cansan las moralinas ético místicas dirigidas a la actividad económica. Adam Smith ya puso de manifiesto la importancia de la especialización y la división del trabajo en toda tarea económica. Por eso creo que lo que necesita la Economía de todos, también de ustedes, es que cada uno se dedique a lo suyo porque, de lo contrario, se pueden despilfarrar los recursos humanos que deberían dedicarse al estudio riguroso y serio de su Ciencia y, en su caso, de su ministerio sacerdotal.

Basta echar una ojeada rápida a la historia económica para resaltar al menos tres meteduras de pata en lo económico protagonizadas por determinado clero bien intencionado pero ignorante. En primer lugar la condena durante siglos de todo tipo de interés sin más y sin conocimiento de sus implicaciones negativas. Menos mal que Tomás de Aquino y la Escuela de Salamanca pusieron un poco de orden en esas drásticas condenas. Pero tuvo que ser un economista, Böhm Barek, quien pusiera en claro tal desbarajuste en su libro Capital e interés.

En segundo lugar cabe citar también el resbalón espectacular del presbítero Malthus, esta vez no católico, con las secuelas seculares y actuales de su Teoría de la Población y con su buena intención puritana. Ha tenido que venir otro economista como Hayek para, desde una postura personal agnóstica, pero desde su indudable solvencia en el conocimiento económico, poner en claro la simpleza pesimista del miedo al crecimiento civilizado de la población por un hipotético y falso agotamiento de los recursos alimenticios.

Sin extenderme más, citar por último el ridículo de la “Ateología de la liberación”, con sus resabios marxistas, que estaba dejando a Iberoamérica a la altura económica del betún del subdesarrollo. Ha tenido que caer el muro de Berlín para que, puestas al descubierto las entretelas del socialismo real, haya desbandada generalizada y comiencen estos países hispanos a liberarse de la “liberación” y repuntar así en su actividad económica. Se perfilan ya como una importante región para el desarrollo mundial futuro.

Deberían hacer caso: “zapatero a tus zapatos”. No quieran saberlo todo. Para ustedes hablar de Economía puede ser una conducta antieconómica. Mi consejo es que no se metan en esos berenjenales. Dejen que seamos nosotros los que nos tiremos los trastos a la cabeza. Llevo más de 20 años dedicado de una u otra forma a esto y les puedo asegurar que todavía no sé muy bien de qué va. No pierdan el tiempo. Con la que está cayendo, únicamente tratando de limpiar eso que todos llaman corrupción y que ustedes los sacerdotes siempre han llamado pecado, tienen de sobra para ganarse la vida (y el Cielo) sin entretenerse en menudencias coyunturales. Reconozco que cuando les oigo hablar tratando de solucionar desde el púlpito los problemas económicos pienso en ocasiones que quieren monopolizar a Dios como si fuera sólo suyo. Me pasa entonces por la cabeza la idea según la cual creerían algunos de ustedes que ese Dios, de todos, es tonto porque no sabe solucionar los problemas económicos. Grave equivocación.

JJ Franch

[:zh]

AUDIO DEL AUTOR

Dejando sentado de antemano mi profundo respeto por los sacerdotes, debo reconocer que cuando, alguna vez, asistiendo a una ceremonia religiosa, empiezo a oír hablar de Economía desde el atril del templo, me pongo a mirar inquieto a todas partes, me rechinan los dientes y aparecen síntomas de sudores fríos. La situación embarazosa se complica si la alocución monotemática se alarga con pasión sentimental y mojigata. Supongo que a cualquier sacerdote sensato le ocurriría lo mismo si me oyera oír hablar a mí como economista de la Transubstanciación, la Virginidad de la Madre de Dios o la naturaleza de Angeles, Potestades o Querubines. Los ecos de algunas carcajadas y de la zapatiesta que se podría organizar, podían llegar hasta Sebastopol.

Creo que es mucho mejor que cada uno atienda sus cosas con competencia y que no caigamos en la tentación de querer abarcarlo todo. Algunos eclesiásticos pueden incurrir en el mismo defecto pernicioso que le ocurre al señor Estado: que se mete donde no le llaman, y lo suyo, que es la Seguridad cotidiana interior y exterior, la Justicia y legislar lo mejor posible mirando al interés general y no partidista, lo deja abandonado y manga por hombro.

Deberían dejar de hablar de curas de derechas y curas de izquierdas, de Obispos del Norte y Obispos del Sur. Personalmente reconozco que me cansan las moralinas ético místicas dirigidas a la actividad económica. Adam Smith ya puso de manifiesto la importancia de la especialización y la división del trabajo en toda tarea económica. Por eso creo que lo que necesita la Economía de todos, también de ustedes, es que cada uno se dedique a lo suyo porque, de lo contrario, se pueden despilfarrar los recursos humanos que deberían dedicarse al estudio riguroso y serio de su Ciencia y, en su caso, de su ministerio sacerdotal.

Basta echar una ojeada rápida a la historia económica para resaltar al menos tres meteduras de pata en lo económico protagonizadas por determinado clero bien intencionado pero ignorante. En primer lugar la condena durante siglos de todo tipo de interés sin más y sin conocimiento de sus implicaciones negativas. Menos mal que Tomás de Aquino y la Escuela de Salamanca pusieron un poco de orden en esas drásticas condenas. Pero tuvo que ser un economista, Böhm Barek, quien pusiera en claro tal desbarajuste en su libro Capital e interés.

En segundo lugar cabe citar también el resbalón espectacular del presbítero Malthus, esta vez no católico, con las secuelas seculares y actuales de su Teoría de la Población y con su buena intención puritana. Ha tenido que venir otro economista como Hayek para, desde una postura personal agnóstica, pero desde su indudable solvencia en el conocimiento económico, poner en claro la simpleza pesimista del miedo al crecimiento civilizado de la población por un hipotético y falso agotamiento de los recursos alimenticios.

Sin extenderme más, citar por último el ridículo de la “Ateología de la liberación”, con sus resabios marxistas, que estaba dejando a Iberoamérica a la altura económica del betún del subdesarrollo. Ha tenido que caer el muro de Berlín para que, puestas al descubierto las entretelas del socialismo real, haya desbandada generalizada y comiencen estos países hispanos a liberarse de la “liberación” y repuntar así en su actividad económica. Se perfilan ya como una importante región para el desarrollo mundial futuro.

Deberían hacer caso: “zapatero a tus zapatos”. No quieran saberlo todo. Para ustedes hablar de Economía puede ser una conducta antieconómica. Mi consejo es que no se metan en esos berenjenales. Dejen que seamos nosotros los que nos tiremos los trastos a la cabeza. Llevo más de 20 años dedicado de una u otra forma a esto y les puedo asegurar que todavía no sé muy bien de qué va. No pierdan el tiempo. Con la que está cayendo, únicamente tratando de limpiar eso que todos llaman corrupción y que ustedes los sacerdotes siempre han llamado pecado, tienen de sobra para ganarse la vida (y el Cielo) sin entretenerse en menudencias coyunturales. Reconozco que cuando les oigo hablar tratando de solucionar desde el púlpito los problemas económicos pienso en ocasiones que quieren monopolizar a Dios como si fuera sólo suyo. Me pasa entonces por la cabeza la idea según la cual creerían algunos de ustedes que ese Dios, de todos, es tonto porque no sabe solucionar los problemas económicos. Grave equivocación.

JJ Franch

[:ar]

AUDIO DEL AUTOR

Dejando sentado de antemano mi profundo respeto por los sacerdotes, debo reconocer que cuando, alguna vez, asistiendo a una ceremonia religiosa, empiezo a oír hablar de Economía desde el atril del templo, me pongo a mirar inquieto a todas partes, me rechinan los dientes y aparecen síntomas de sudores fríos. La situación embarazosa se complica si la alocución monotemática se alarga con pasión sentimental y mojigata. Supongo que a cualquier sacerdote sensato le ocurriría lo mismo si me oyera oír hablar a mí como economista de la Transubstanciación, la Virginidad de la Madre de Dios o la naturaleza de Angeles, Potestades o Querubines. Los ecos de algunas carcajadas y de la zapatiesta que se podría organizar, podían llegar hasta Sebastopol.

Creo que es mucho mejor que cada uno atienda sus cosas con competencia y que no caigamos en la tentación de querer abarcarlo todo. Algunos eclesiásticos pueden incurrir en el mismo defecto pernicioso que le ocurre al señor Estado: que se mete donde no le llaman, y lo suyo, que es la Seguridad cotidiana interior y exterior, la Justicia y legislar lo mejor posible mirando al interés general y no partidista, lo deja abandonado y manga por hombro.

Deberían dejar de hablar de curas de derechas y curas de izquierdas, de Obispos del Norte y Obispos del Sur. Personalmente reconozco que me cansan las moralinas ético místicas dirigidas a la actividad económica. Adam Smith ya puso de manifiesto la importancia de la especialización y la división del trabajo en toda tarea económica. Por eso creo que lo que necesita la Economía de todos, también de ustedes, es que cada uno se dedique a lo suyo porque, de lo contrario, se pueden despilfarrar los recursos humanos que deberían dedicarse al estudio riguroso y serio de su Ciencia y, en su caso, de su ministerio sacerdotal.

Basta echar una ojeada rápida a la historia económica para resaltar al menos tres meteduras de pata en lo económico protagonizadas por determinado clero bien intencionado pero ignorante. En primer lugar la condena durante siglos de todo tipo de interés sin más y sin conocimiento de sus implicaciones negativas. Menos mal que Tomás de Aquino y la Escuela de Salamanca pusieron un poco de orden en esas drásticas condenas. Pero tuvo que ser un economista, Böhm Barek, quien pusiera en claro tal desbarajuste en su libro Capital e interés.

En segundo lugar cabe citar también el resbalón espectacular del presbítero Malthus, esta vez no católico, con las secuelas seculares y actuales de su Teoría de la Población y con su buena intención puritana. Ha tenido que venir otro economista como Hayek para, desde una postura personal agnóstica, pero desde su indudable solvencia en el conocimiento económico, poner en claro la simpleza pesimista del miedo al crecimiento civilizado de la población por un hipotético y falso agotamiento de los recursos alimenticios.

Sin extenderme más, citar por último el ridículo de la “Ateología de la liberación”, con sus resabios marxistas, que estaba dejando a Iberoamérica a la altura económica del betún del subdesarrollo. Ha tenido que caer el muro de Berlín para que, puestas al descubierto las entretelas del socialismo real, haya desbandada generalizada y comiencen estos países hispanos a liberarse de la “liberación” y repuntar así en su actividad económica. Se perfilan ya como una importante región para el desarrollo mundial futuro.

Deberían hacer caso: “zapatero a tus zapatos”. No quieran saberlo todo. Para ustedes hablar de Economía puede ser una conducta antieconómica. Mi consejo es que no se metan en esos berenjenales. Dejen que seamos nosotros los que nos tiremos los trastos a la cabeza. Llevo más de 20 años dedicado de una u otra forma a esto y les puedo asegurar que todavía no sé muy bien de qué va. No pierdan el tiempo. Con la que está cayendo, únicamente tratando de limpiar eso que todos llaman corrupción y que ustedes los sacerdotes siempre han llamado pecado, tienen de sobra para ganarse la vida (y el Cielo) sin entretenerse en menudencias coyunturales. Reconozco que cuando les oigo hablar tratando de solucionar desde el púlpito los problemas económicos pienso en ocasiones que quieren monopolizar a Dios como si fuera sólo suyo. Me pasa entonces por la cabeza la idea según la cual creerían algunos de ustedes que ese Dios, de todos, es tonto porque no sabe solucionar los problemas económicos. Grave equivocación.

JJ Franch

[:pt]

AUDIO DEL AUTOR

Dejando sentado de antemano mi profundo respeto por los sacerdotes, debo reconocer que cuando, alguna vez, asistiendo a una ceremonia religiosa, empiezo a oír hablar de Economía desde el atril del templo, me pongo a mirar inquieto a todas partes, me rechinan los dientes y aparecen síntomas de sudores fríos. La situación embarazosa se complica si la alocución monotemática se alarga con pasión sentimental y mojigata. Supongo que a cualquier sacerdote sensato le ocurriría lo mismo si me oyera oír hablar a mí como economista de la Transubstanciación, la Virginidad de la Madre de Dios o la naturaleza de Angeles, Potestades o Querubines. Los ecos de algunas carcajadas y de la zapatiesta que se podría organizar, podían llegar hasta Sebastopol.

Creo que es mucho mejor que cada uno atienda sus cosas con competencia y que no caigamos en la tentación de querer abarcarlo todo. Algunos eclesiásticos pueden incurrir en el mismo defecto pernicioso que le ocurre al señor Estado: que se mete donde no le llaman, y lo suyo, que es la Seguridad cotidiana interior y exterior, la Justicia y legislar lo mejor posible mirando al interés general y no partidista, lo deja abandonado y manga por hombro.

Deberían dejar de hablar de curas de derechas y curas de izquierdas, de Obispos del Norte y Obispos del Sur. Personalmente reconozco que me cansan las moralinas ético místicas dirigidas a la actividad económica. Adam Smith ya puso de manifiesto la importancia de la especialización y la división del trabajo en toda tarea económica. Por eso creo que lo que necesita la Economía de todos, también de ustedes, es que cada uno se dedique a lo suyo porque, de lo contrario, se pueden despilfarrar los recursos humanos que deberían dedicarse al estudio riguroso y serio de su Ciencia y, en su caso, de su ministerio sacerdotal.

Basta echar una ojeada rápida a la historia económica para resaltar al menos tres meteduras de pata en lo económico protagonizadas por determinado clero bien intencionado pero ignorante. En primer lugar la condena durante siglos de todo tipo de interés sin más y sin conocimiento de sus implicaciones negativas. Menos mal que Tomás de Aquino y la Escuela de Salamanca pusieron un poco de orden en esas drásticas condenas. Pero tuvo que ser un economista, Böhm Barek, quien pusiera en claro tal desbarajuste en su libro Capital e interés.

En segundo lugar cabe citar también el resbalón espectacular del presbítero Malthus, esta vez no católico, con las secuelas seculares y actuales de su Teoría de la Población y con su buena intención puritana. Ha tenido que venir otro economista como Hayek para, desde una postura personal agnóstica, pero desde su indudable solvencia en el conocimiento económico, poner en claro la simpleza pesimista del miedo al crecimiento civilizado de la población por un hipotético y falso agotamiento de los recursos alimenticios.

Sin extenderme más, citar por último el ridículo de la “Ateología de la liberación”, con sus resabios marxistas, que estaba dejando a Iberoamérica a la altura económica del betún del subdesarrollo. Ha tenido que caer el muro de Berlín para que, puestas al descubierto las entretelas del socialismo real, haya desbandada generalizada y comiencen estos países hispanos a liberarse de la “liberación” y repuntar así en su actividad económica. Se perfilan ya como una importante región para el desarrollo mundial futuro.

Deberían hacer caso: “zapatero a tus zapatos”. No quieran saberlo todo. Para ustedes hablar de Economía puede ser una conducta antieconómica. Mi consejo es que no se metan en esos berenjenales. Dejen que seamos nosotros los que nos tiremos los trastos a la cabeza. Llevo más de 20 años dedicado de una u otra forma a esto y les puedo asegurar que todavía no sé muy bien de qué va. No pierdan el tiempo. Con la que está cayendo, únicamente tratando de limpiar eso que todos llaman corrupción y que ustedes los sacerdotes siempre han llamado pecado, tienen de sobra para ganarse la vida (y el Cielo) sin entretenerse en menudencias coyunturales. Reconozco que cuando les oigo hablar tratando de solucionar desde el púlpito los problemas económicos pienso en ocasiones que quieren monopolizar a Dios como si fuera sólo suyo. Me pasa entonces por la cabeza la idea según la cual creerían algunos de ustedes que ese Dios, de todos, es tonto porque no sabe solucionar los problemas económicos. Grave equivocación.

JJ Franch

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