Juan, Apóstol y evangelista (s. I) –  ST. JOHN, APOSTLE AND EVANGELIST – SAINT JEAN, APÔTRE ET ÉVANGÉLISTE – 27 décembre

Quizá no llegaba a los veinte años cuando lo llamó Jesús al apostolado. Es el más joven del grupo de los doce; y también el que –longevo, casi centenario– más duró, habiendo pasado destierro en Patmos.

Es ese que tienen manía los pintores de presentarlo como un jovencito blandengue, jovencísimo e imberbe, con cara enfermiza y casi femenil. Y resulta que el perfil sugerido por los datos presenta un semblante diferente y opuesto: discípulo de Juan el Bautista, junto con su hermano Santiago el Mayor eran llamados nada menos que los boanerges, que quiere decir «los hijos del trueno», o sea, que los dos eran de armas tomar; de hecho, en una ocasión, a los dos angelitos no se les ocurrió menor idea –para escarmentar a los samaritanos que no quisieron recibirles– que pedirle a Jesús, con una impetuosidad irrefrenable, que les dejara hacer bajar fuego del cielo para que los consumiera. Robusto pescador, vigoroso como piden las faenas del barco, mozo equilibrado que sabe respetar el primer puesto de Pedro el día de la Resurrección, cediéndole el turno en el sepulcro; tan varonil que merece la confianza de Jesús para entregarle a su Madre; teólogo profundo, oteador de las cumbres como ninguno; intrépido con los herejes gnósticos que comienzan a despuntar ya en el primer siglo de la fe; por último, fuerte en la confesión cristiana hasta el destierro y quizá martirio. Estos señores del pincel parecen olvidar los datos neotestamentarios por los que se le conoce justamente como un señor al que no le pega nada el rostro acaramelado de tantos lienzos, ¿o es que quisieron resaltar su apasionado amor a Jesucristo, la condición de no-casado, la doctrina preeminente en sus escritos del amor o caridad, el hecho de recostar su cabeza sobre el pecho del Maestro o la predilección de Jesús? Si es por ello, mal servicio han hecho a la piedad; porque identificar la entrega, el amor, la pureza y decisión de seguir al ideal Cristo sin condiciones ni temporalidades con lo somático y visceral es no entender nada de humanidad, que se define por la racionalidad y por el ejercicio de la voluntad, en este caso, ambas potenciadas por la fe.

Salvedad hecha, es ahora ocasión de recordar que Juan es natural de Betsaida, a orillas del lago, del mismo terruño de Pedro. Zebedeo y Salomé, sus padres; pescadores de profesión, acomodados, con barca propia y jornaleros.

Llegó a formar parte del trío predilecto. Fue testigo privilegiado de la resurrección de la hija de Jairo, de la transfiguración en el Tabor y de la agonía de Getsemaní. El único que no abandonó a Jesús, cuando la desbandada de la Pasión, permaneciendo en compañía de María al pie de la cruz, en el Calvario.

Se le ve muy unido a Pedro. La Pascua última la prepara con él, los dos vieron juntos el sepulcro vacío el día de la resurrección, hacen pareja en sus visitas al templo y así curó Pedro a aquel paralítico, y ambos fueron detenidos juntos por el Sanedrín a consecuencia de predicar a Jesús. También a Samaría irá con Pedro en los comienzos de la fe. El propio Pablo, ya convertido, les llamará «columnas de la Iglesia».

Parece que el centro de su actividad apostólica pospascual estuvo en Éfeso y de allí irradia su mensaje a Turquía. En el Apocalipsis, libro sagrado que cierra el ciclo de la revelación pública, dirá que estuvo desterrado en la isla de Patmos, cosa que debió de ser por los años 81 la 96, durante la persecución de Domiciano, debiendo de regresar a Éfeso con la amnistía de Nerva.

Tuvo una extremada autoridad moral en Asia, cuando ya no quedaban Apóstoles; los cristianos sintieron por aquel anciano que había tocado, vivido, visto al Señor mortal y resucitado, auténtica, especial y temblorosa veneración. Su testimonio y enseñanza tenían un peso excepcional, único. Conoció las primeras persecuciones y se enfrentó a las primeras herejías o desviaciones, defendiendo la pureza de la fe.

Algunos Santos Padres lo conocieron o se formaron con los que le conocieron personalmente: Papías de Hierápolis, Policarpo de Esmirna, Ignacio de Antioquía, Ireneo de Lyon.

Murió sin fecha, a finales del siglo I o comienzos del siglo II .

Escritor, místico, águila –elemento iconográfico casi siempre presente–. Autor del cuarto Evangelio, tres cartas apostólicas llevan su nombre y el Apocalipsis. En sus escritos –hechos con estilo más bien pobre en palabras y recursos literarios– aparece como nota persistente la búsqueda del anonimato. El tema central dominante: Un Señor. Juan transmite –con su persona y pluma– a Jesús que es Dios y hombre, luz y vida, verdad y amor.

¿Es histórico el hecho de que sufriera martirio? Alguna tradición antigua, amplia y extendida lo afirma, viéndolo arrojado a una caldera de aceite hirviendo de la que salió ileso por la intervención de Dios; pero no es demostrable la historicidad del hecho. Parece que esa leyenda parte de Tertuliano o, en todo caso, de la iglesia africana que Juan nunca pisó, como tampoco la de Roma.

Mucha más fuerza tiene resaltar su vivir diario en intimidad con la Virgen María; la Madre de Jesús aparece en el cuarto Evangelio tanto al comienzo de la vida pública del Señor (Caná) como al final de su paso terreno (Calvario). Como conjetura, no se descarta la posibilidad de confidencias entrañables entre Ella y él referentes a algunos aspectos de la intimidad de María y otros de la infancia de Jesús que bien pudieran posteriormente haberse transmitido a san Lucas, que es quien los narra.

[:ar]

SAINT JEAN, APÔTRE ET ÉVANGÉLISTE

 

«Le disciple que Jésus aimait», c’est ainsi que simplement Jean s’auto-définit dans son Evangile et il a raison de le penser de cette manière, parce qu’il a eu des rôles très importants dans l’histoire du salut, en plus, bien sûr, du fait que Jésus lui confie expressément avant sa mort, Marie par ces paroles: «voici ton fils» et «voici ta mère». Depuis ce jour Jean prend Marie avec lui, comme un trésor; et le point d’union entre les deux est justement la pureté, la vie virginale que tous les deux conduisent.

Informations historiques sur la vie de Jean

Les sources historiques d’où on tire des détails sur la vie de l’apôtre évangéliste sont diverses; certaines apocryphes comme un autre Evangile, selon certains auteurs doit être attribué justement à sa plume. On sait qu’il est le plus jeune et celui qui, parmi les Douze disciples, a vécu le plus longtemps. Il est originaire de la Galilée, au bord du lac Tibériade et appartient justement à une famille de pêcheurs. Son père est Zébédée et sa mère Salomé; son frère Jacques, dit le Majeur, sera lui aussi apôtre.Jean est toujours nommé par Jésus et appartient au cercle des très proches qui l’accompagnent dans les occasions les plus importantes, comme lors de la résurrection de la fille de Jaîre, de la Transfiguration sur le Mont Thabor et durant l’agonie à Gethsémani. Egalement, lors de la Dernière Cène, Jean occupe une place d’honneur, à droite de Jésus, avec sa tête appuyée sur son épaule comme geste d’affection: et c’est justement en ce moment que l’Esprit Saint lui communique la sagesse du récit évangélique qu’il écrira dans sa vieillesse. Il est le seul, avec Marie, au pied de la Croix et à demeurer dans l’attente les trois jours précédant la Résurrection; il est aussi le premier à arriver au tombeau vide après l’annonce de Marie Madeleine, mais il laissera entrer Pierre, par respect de son ancienneté. Ensuite il s’installe à Ephèse, d’où il s’occupera de l’évangélisation de l’Asie mineure. Il semble aussi avoir subi la persécution de Domitien et exilé dans l’île de Patmos qu’il quittera, à l’avènement de Nerva, pour faire retour à Ephèse où il finira sa vie plus que centenaire, à l’âge de 104 ans environ.

La fleur des Evangiles.

C’est ainsi qu’on définit l’Evangile écrit par Jean, connu aussi comme Evangile spirituel ou Evangile du logos, en raison de son langage théologique raffiné et à la marque caractéristique du terme polysémique «Logos» pour nommer Jésus avec les sens de «parole», «dialogue», «projet», «verbe». Dans son Evangile, on retrouve par ailleurs 98 fois le mot «croire», car c’est ainsi qu’on rejoint le cœur de Jésus, en croyant dans la liberté et en accueillant la grâce comme le disciple bien-aimé du Christ en est la preuve. Son Evangile est également très marial, non pas à cause des nombreuses références à la Vierge, mais pour la grâce spéciale de Celle qui plus que tous connaît le Fils et révèle le Mystère du Christ. Pourtant Marie dans le récit de Jean n’est nommé que deux fois: aux noces de Cana et au pied de la Croix. Le récit des Noces de Cana revêt une importance particulière et constitue aussi la première rencontre de Jésus avec Jean. Mais l’appel de Jean qui, ensemble avec André était déjà disciple de Jean Baptiste, a lieu probablement à Béthanie, près du fleuve Jourdain. Quand arrive Jésus, le Baptiste le désigne comme «l’Agneau de Dieu». Jean reste tellement frappé par cette rencontre qu’il s’en souvient jusqu’à l’heure où cela s’est passé, la dixième (environ 16 heures), et pourtant il ne pourra pas, après cela, ne pas suivre Jésus. En dehors de sa haute valeur théologique, l’Evangile de Jean est différent des Synoptiques; il souligne notamment l’humanité du Christ et donne des détails dans certains récits, comme s’asseoir fatigué, les larmes versées pour Lazare ou la soif sur la Croix.

L’Apocalypse et les Lettres

Jean écrit aussi trois lettres et l’Apocalypse, l’unique libre prophétique du Nouveau Testament. Il conclut les Ecritures et déjà le sens de son nom – «révélation» – indique le message concret d’espérance qu’il porte en lui, en mettant d’une certaine manière un point final au dialogue de Dieu avec l’homme; à partir de maintenant, c’est l’Eglise qui parle, qui lit l’action de Dieu à l’intérieur de l’Histoire, jusqu’à son retour sur la Terre à la fin des temps. C’est dans ce sens que l’Apocalypse est aussi une prophétie.
Quant au trois Lettres, ou Epitres, de Jean, écrites probablement à Ephese, elles sons des lettres sur l’amour et la foi et visent à réaffirmer certaines Vérités spirituelles fondamentales contre l’attaque des doctrines gnostiques.

Voici l’inimitable début de l’Evangile de Jean:

«Au commencement était le Verbe, et le Verbe était auprès de Dieu, et le Verbe était Dieu.
Il était au commencement auprès de Dieu.
C’est par lui que tout est venu à l’existence, et rien de ce qui s’est fait ne s’est fait sans lui.
En lui était la vie, et la vie était la lumière des hommes;
la lumière brille dans les ténèbres, et les ténèbres ne l’ont pas arrêtée.
Il y eut un homme envoyé par Dieu; son nom était Jean.
Il est venu comme témoin, pour rendre témoignage à la Lumière, afin que tous croient par lui.
Cet homme n’était pas la Lumière, mais il était là pour rendre témoignage à la Lumière.
Le Verbe était la vraie Lumière, qui éclaire tout homme en venant dans le monde.
Il était dans le monde, et le monde était venu par lui à l’existence, mais le monde ne l’a pas reconnu.
Il est venu chez lui, et les siens ne l’ont pas reçu.
Mais à tous ceux qui l’ont reçu, il a donné de pouvoir devenir enfants de Dieu, eux qui croient en son nom.
Ils ne sont pas nés du sang, ni d’une volonté charnelle, ni d’une volonté d’homme: ils sont nés de Dieu.
Et le Verbe s’est fait chair, il a habité parmi nous, et nous avons vu sa gloire, la gloire qu’il tient de son Père comme Fils unique, plein de grâce et de vérité.
Jean le Baptiste lui rend témoignage en proclamant: «C’est de lui que j’ai dit: Celui qui vient derrière moi est passé devant moi, car avant moi il était.»
Tous nous avons eu part à sa plénitude, nous avons reçu grâce après grâce;
car la Loi fut donnée par Moïse, la grâce et la vérité sont venues par Jésus Christ.
Dieu, personne ne l’a jamais vu; le Fils unique, lui qui est Dieu, lui qui est dans le sein du Père, c’est lui qui l’a fait connaître».

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SAINT JEAN, APÔTRE ET ÉVANGÉLISTE

 

«Le disciple que Jésus aimait», c’est ainsi que simplement Jean s’auto-définit dans son Evangile et il a raison de le penser de cette manière, parce qu’il a eu des rôles très importants dans l’histoire du salut, en plus, bien sûr, du fait que Jésus lui confie expressément avant sa mort, Marie par ces paroles: «voici ton fils» et «voici ta mère». Depuis ce jour Jean prend Marie avec lui, comme un trésor; et le point d’union entre les deux est justement la pureté, la vie virginale que tous les deux conduisent.

Informations historiques sur la vie de Jean

Les sources historiques d’où on tire des détails sur la vie de l’apôtre évangéliste sont diverses; certaines apocryphes comme un autre Evangile, selon certains auteurs doit être attribué justement à sa plume. On sait qu’il est le plus jeune et celui qui, parmi les Douze disciples, a vécu le plus longtemps. Il est originaire de la Galilée, au bord du lac Tibériade et appartient justement à une famille de pêcheurs. Son père est Zébédée et sa mère Salomé; son frère Jacques, dit le Majeur, sera lui aussi apôtre.Jean est toujours nommé par Jésus et appartient au cercle des très proches qui l’accompagnent dans les occasions les plus importantes, comme lors de la résurrection de la fille de Jaîre, de la Transfiguration sur le Mont Thabor et durant l’agonie à Gethsémani. Egalement, lors de la Dernière Cène, Jean occupe une place d’honneur, à droite de Jésus, avec sa tête appuyée sur son épaule comme geste d’affection: et c’est justement en ce moment que l’Esprit Saint lui communique la sagesse du récit évangélique qu’il écrira dans sa vieillesse. Il est le seul, avec Marie, au pied de la Croix et à demeurer dans l’attente les trois jours précédant la Résurrection; il est aussi le premier à arriver au tombeau vide après l’annonce de Marie Madeleine, mais il laissera entrer Pierre, par respect de son ancienneté. Ensuite il s’installe à Ephèse, d’où il s’occupera de l’évangélisation de l’Asie mineure. Il semble aussi avoir subi la persécution de Domitien et exilé dans l’île de Patmos qu’il quittera, à l’avènement de Nerva, pour faire retour à Ephèse où il finira sa vie plus que centenaire, à l’âge de 104 ans environ.

La fleur des Evangiles.

C’est ainsi qu’on définit l’Evangile écrit par Jean, connu aussi comme Evangile spirituel ou Evangile du logos, en raison de son langage théologique raffiné et à la marque caractéristique du terme polysémique «Logos» pour nommer Jésus avec les sens de «parole», «dialogue», «projet», «verbe». Dans son Evangile, on retrouve par ailleurs 98 fois le mot «croire», car c’est ainsi qu’on rejoint le cœur de Jésus, en croyant dans la liberté et en accueillant la grâce comme le disciple bien-aimé du Christ en est la preuve. Son Evangile est également très marial, non pas à cause des nombreuses références à la Vierge, mais pour la grâce spéciale de Celle qui plus que tous connaît le Fils et révèle le Mystère du Christ. Pourtant Marie dans le récit de Jean n’est nommé que deux fois: aux noces de Cana et au pied de la Croix. Le récit des Noces de Cana revêt une importance particulière et constitue aussi la première rencontre de Jésus avec Jean. Mais l’appel de Jean qui, ensemble avec André était déjà disciple de Jean Baptiste, a lieu probablement à Béthanie, près du fleuve Jourdain. Quand arrive Jésus, le Baptiste le désigne comme «l’Agneau de Dieu». Jean reste tellement frappé par cette rencontre qu’il s’en souvient jusqu’à l’heure où cela s’est passé, la dixième (environ 16 heures), et pourtant il ne pourra pas, après cela, ne pas suivre Jésus. En dehors de sa haute valeur théologique, l’Evangile de Jean est différent des Synoptiques; il souligne notamment l’humanité du Christ et donne des détails dans certains récits, comme s’asseoir fatigué, les larmes versées pour Lazare ou la soif sur la Croix.

L’Apocalypse et les Lettres

Jean écrit aussi trois lettres et l’Apocalypse, l’unique libre prophétique du Nouveau Testament. Il conclut les Ecritures et déjà le sens de son nom – «révélation» – indique le message concret d’espérance qu’il porte en lui, en mettant d’une certaine manière un point final au dialogue de Dieu avec l’homme; à partir de maintenant, c’est l’Eglise qui parle, qui lit l’action de Dieu à l’intérieur de l’Histoire, jusqu’à son retour sur la Terre à la fin des temps. C’est dans ce sens que l’Apocalypse est aussi une prophétie.
Quant au trois Lettres, ou Epitres, de Jean, écrites probablement à Ephese, elles sons des lettres sur l’amour et la foi et visent à réaffirmer certaines Vérités spirituelles fondamentales contre l’attaque des doctrines gnostiques.

Voici l’inimitable début de l’Evangile de Jean:

«Au commencement était le Verbe, et le Verbe était auprès de Dieu, et le Verbe était Dieu.
Il était au commencement auprès de Dieu.
C’est par lui que tout est venu à l’existence, et rien de ce qui s’est fait ne s’est fait sans lui.
En lui était la vie, et la vie était la lumière des hommes;
la lumière brille dans les ténèbres, et les ténèbres ne l’ont pas arrêtée.
Il y eut un homme envoyé par Dieu; son nom était Jean.
Il est venu comme témoin, pour rendre témoignage à la Lumière, afin que tous croient par lui.
Cet homme n’était pas la Lumière, mais il était là pour rendre témoignage à la Lumière.
Le Verbe était la vraie Lumière, qui éclaire tout homme en venant dans le monde.
Il était dans le monde, et le monde était venu par lui à l’existence, mais le monde ne l’a pas reconnu.
Il est venu chez lui, et les siens ne l’ont pas reçu.
Mais à tous ceux qui l’ont reçu, il a donné de pouvoir devenir enfants de Dieu, eux qui croient en son nom.
Ils ne sont pas nés du sang, ni d’une volonté charnelle, ni d’une volonté d’homme: ils sont nés de Dieu.
Et le Verbe s’est fait chair, il a habité parmi nous, et nous avons vu sa gloire, la gloire qu’il tient de son Père comme Fils unique, plein de grâce et de vérité.
Jean le Baptiste lui rend témoignage en proclamant: «C’est de lui que j’ai dit: Celui qui vient derrière moi est passé devant moi, car avant moi il était.»
Tous nous avons eu part à sa plénitude, nous avons reçu grâce après grâce;
car la Loi fut donnée par Moïse, la grâce et la vérité sont venues par Jésus Christ.
Dieu, personne ne l’a jamais vu; le Fils unique, lui qui est Dieu, lui qui est dans le sein du Père, c’est lui qui l’a fait connaître».

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SAN GIOVANNI, APOSTOLO ED EVANGELISTA

 

“Il discepolo che Gesù amava”: semplicemente così, nel suo Vangelo, si autodefinisce Giovanni e ha ragione a vederla in questo modo, perché è lui a rivestire uno dei ruoli più importanti nella storia della salvezza, oltre, ovviamente, a Maria, che Gesù gli affida espressamente in punto di morte con quell’“ecco tuo figlio” ed “ecco tua madre”. Da allora in poi Giovanni prende Maria con sé come “la cosa più cara” e il punto di unione tra i due è proprio la purezza, la vita verginale che entrambi conducono.

Notizie storiche sulla vita di Giovanni

Le fonti storiche dalle quali attingere i dettagli della vita dell’apostolo evangelista, sono diverse, alcune apocrife come un altro Vangelo, secondo alcuni da attribuire proprio alla sua penna. Di lui sappiamo che è il più giovane e che sarà il più longevo dei Dodici. È originario della Galilea, in una zona sul lago di Tiberiade e infatti viene da una famiglia di pescatori. Suo padre è Zebedeo e sua madre Salomè; il fratello Giacomo, detto il Maggiore, sarà anche lui un apostolo. È sempre nominato da Gesù ed è nella cerchia dei ristrettissimi che lo accompagnano nelle occasioni più importanti, come quando viene resuscitata la figlia di Giairo, nella Trasfigurazione sul Monte Tabor e durante l’agonia nel Getsemani. Anche nel corso dell’Ultima Cena siede in un posto d’onore, alla sua destra, e gli poggia il capo sulla spalla con un gesto d’affetto: è proprio in quel momento che lo Spirito Santo gli infonde la sapienza del racconto evangelico che scriverà in vecchiaia. È l’unico a stare ai piedi della Croce assieme a Maria e con lei trascorre in attesa i tre giorni precedenti alla Resurrezione; è ancora il primo ad arrivare al sepolcro vuoto dopo l’annuncio di Maria Maddalena, ma lascerà entrare Pietro perché ha rispetto dell’anzianità. Poi si trasferirà con Maria a Efeso, da dove si occuperà dell’evangelizzazione dell’Asia Minore. Sembra anche che dovrà subire la persecuzione di Domiziano ed essere esiliato nell’isola di Patmos, dalla quale, con l’avvento di Nerva, tornerà a Efeso per finire qui i suoi giorni da ultracentenario, intorno al 104.

“Il fiore dei Vangeli”

Così viene chiamato il Vangelo scritto da Giovanni, noto anche come “Vangelo spirituale” o Vangelo del Logos, grazie alla raffinatezza del linguaggio teologico e al conio del termine polisemico “logos” per indicare Gesù con i significati di “parola”, “dialogo”, “progetto”, “verbo”. Nel suo Vangelo, inoltre, ricorre 98 volte la parola “credere”, perché è così che si raggiunge il cuore di Gesù, credendo nella libertà e accogliendo la grazia come il discepolo prediletto di Cristo ci mostra. Il suo è anche un Vangelo altamente mariano, non tanto per la quantità dei riferimenti alla Vergine, quanto per la speciale grazia di Colei che più di tutti conosce il Figlio e che rende il Mistero di Cristo. Eppure Maria nel racconto di Giovanni appare solo due volte: alle nozze di Cana e sul Calvario. Di particolare importanza proprio il racconto delle nozze di Cana, che costituisce anche il primo incontro di Gesù con Giovanni. Ma la chiamata di Giovanni – che assieme ad Andrea era già seguace di Giovanni il Battista – avviene probabilmente a Betania, presso il fiume Giordano. Quando arriva Gesù, il Battista lo saluta come “l’Agnello di Dio”. Giovanni resta talmente colpito da questo incontro da ricordare perfino l’ora in cui è avvenuto (la decima, circa le 16) e pertanto non potrà, dopo allora, non seguire Gesù. Ma oltre all’alto valore teologico, il Vangelo di Giovanni differisce dai sinottici anche per le sottolineature sull’umanità di Cristo che emerge dai dettagli di alcuni racconti, come il sedersi stanco, le lacrime versate per Lazzaro o la sete manifestata sulla Croce.

L’Apocalisse e le Lettere

Giovanni scrive anche tre lettere e l’Apocalisse, l’unico libro profetico del Nuovo Testamento. Esso conclude le Scritture e già dal suo nome – che significa “rivelazione” – indica il concreto messaggio di speranza che porta in sé, mettendo in un certo qual modo un punto fermo al dialogo di Dio con l’uomo: d’ora in poi sarà la Chiesa a parlare, a leggere l’azione di Dio all’interno della Storia, fino al suo ritorno sulla Terra alla fine dei tempi. In questo senso l’Apocalisse è anche una “profezia”. Quanto alle tre Lettere, o Epistole, di Giovanni, scritte probabilmente a Efeso, sono lettere sull’amore e sulla fede che mirano a difendere alcune fondamentali Verità spirituali contro l’attacco delle dottrine gnostiche.

Questo è l’inimitabile incipit del Vangelo di Giovanni:

In principio era il Verbo,
il Verbo era presso Dio
e il Verbo era Dio.
Egli era in principio presso Dio:
tutto è stato fatto per mezzo di lui,
e senza di lui niente è stato fatto di tutto ciò che
esiste.
In lui era la vita
e la vita era la luce degli uomini;
la luce splende nelle tenebre,
ma le tenebre non l’hanno accolta.
Venne un uomo mandato da Dio
e il suo nome era Giovanni.
Egli venne come testimone
per rendere testimonianza alla luce,
perché tutti credessero per mezzo di lui.
Egli non era la luce,
ma doveva render testimonianza alla luce.
Veniva nel mondo
la luce vera,
quella che illumina ogni uomo.
Egli era nel mondo,
e il mondo fu fatto per mezzo di lui,
eppure il mondo non lo riconobbe.
Venne fra la sua gente,
ma i suoi non l’hanno accolto.
A quanti però l’hanno accolto,
ha dato potere di diventare figli di Dio:
a quelli che credono nel suo nome,
i quali non da sangue,
né da volere di carne,
né da volere di uomo,
ma da Dio sono stati generati.
E il Verbo si fece carne
e venne ad abitare in mezzo a noi;
e noi vedemmo la sua gloria,
gloria come di unigenito dal Padre,
pieno di grazia e di verità.
Giovanni gli rende testimonianza
e grida: «Ecco l’uomo di cui io dissi:
Colui che viene dopo di me
mi è passato avanti,
perché era prima di me».
Dalla sua pienezza
noi tutti abbiamo ricevuto
e grazia su grazia.
Perché la legge fu data per mezzo di Mosè,
la grazia e la verità vennero per mezzo di Gesù Cristo.
Dio nessuno l’ha mai visto:
proprio il Figlio unigenito,
che è nel seno del Padre,
lui lo ha rivelato.

[:pt]

S. JOÃO, APÓSTOLO E EVANGELISTA

“O discípulo que Jesus amava”: assim João se autodefine, simplesmente, em seu Evangelho. Ele tinha razão em definir-se desta maneira, porque assumiu uma das funções mais importantes na história da salvação, além, naturalmente, de Maria, que Jesus lhe confiou, pessoalmente, quando estava agonizante na cruz: “eis o teu filho” e “eis a tua mãe”. Desde então, João levou Maria consigo e cuidou dela como “a pessoa mais querida”; o elo de união entre os dois era, precisamente, a pureza e a vida virginal, que ambos viveram.

Dados históricos

São várias as fontes históricas, que dão detalhes sobre a vida do evangelista e apóstolo. Algumas são apócrifas, como outro Evangelho, que, segundo alguém, devem ser atribuídas precisamente à sua pena. Sabemos que João era o mais novo entre os Doze e o que viveu mais que todos.
João era natural da Galileia, de uma região às margens do Lago de Tiberíades. Por isso, era de uma família de pescadores. Seu pai se chamava Zebedeu e sua mãe Salomé. Seu irmão, Tiago, chamado Maior, também foi apóstolo. Jesus sempre se referia a ele e estava no meio dos poucos, que O acompanham, nas ocasiões mais importantes: por exemplo, quando ressuscitou a filha de Jairo, na sua Transfiguração sobre o Monte Tabor e durante a sua agonia no Getsêmani. Durante a Última Ceia, João ocupou um lugar de honra, à direita do Senhor, em cujo ombro encostou a cabeça, como gesto de carinho.
Naquele momento, o Espírito Santo infundiu-lhe a sabedoria, com a qual pôde escrever o seu Evangelho na velhice. João foi o único que esteve aos pés da Cruz, além de Maria, com a qual passou os três dias antes da ressurreição; foi também o primeiro a chegar ao túmulo vazio, após o anúncio de Maria Madalena. Porém, deixou Pedro entrar por primeiro, por respeito e por ser mais velho. Desde então, transferiu-se com Maria para Éfeso, onde começou a sua pregação do Evangelho na Ásia Menor.
Parece que João sofreu pela perseguição de Domiciano e foi exilado para a ilha de Patmos. Depois, com a chegada de Nerva, retornou para Éfeso, onde terminou seus dias, com mais de cem anos, por volta do ano 104.

“A flor dos Evangelhos”

Assim foi chamado o Evangelho escrito por João, também denominado “Evangelho espiritual” ou “Evangelho do Logos”, graças à perfeição da sua linguagem teológica e à invenção do termo polissêmico “Logos”, para indicar Jesus, com diversos significados: “Palavra”, “diálogo” , “projeto”, “Verbo”.
Além disso, em seu Evangelho, a palavra “crer” é citada 98 vezes, porque somente assim se podia atingir o Coração de Jesus: acreditar na liberdade e aceitar a graça, como demonstra o discípulo amado de Jesus.
O Evangelho de São João é altamente mariano, não tanto pela enorme quantidade de referências à Virgem Maria, mas pela graça especial de ter conhecido seu Filho, mais do que qualquer outra pessoa, e por desvendar o mistério de Cristo. No entanto, Maria aparece apenas duas vezes na narração de João: nas Bodas de Caná e no Calvário.
A narrativa das Bodas de Caná é de particular importância: naquela ocasião, deu-se o primeiro encontro de Jesus com João. No entanto, a vocação de João – que, com André, já era discípulo de João Batista – ocorreu, provavelmente, em Betânia, às margens do rio Jordão. Ao ver Jesus chegar, Batista o saudou como “Cordeiro de Deus”. O evangelista João ficou tão impressionado com aquele encontro, a ponto de recordar até a hora em que ocorreu: a décima hora, ou seja, às 16 horas. Doravante, não pôde não seguir a Jesus.
Todavia, além do alto valor teológico, o Evangelho de João se diferenciou dos Sinópticos pela sua ênfase à humanidade de Cristo, que emerge pelos detalhes de algumas narrativas, como: “sentar-se cansado”, “derramar lágrimas por Lázaro” ou “sentir sede na Cruz”.

Apocalipse e Cartas de João

São João escreveu também três Cartas e o Apocalipse, o único Livro profético do Novo Testamento. As Escrituras se concluem com este Livro e, conforme o significado do seu próprio nome – “revelação” – indica a mensagem concreta de esperança, que traz consigo. Assim, de qualquer maneira, coloca um ponto final no diálogo entre Deus e o homem. Desde então, coube à Igreja falar e interpretar a ação de Deus no âmbito da História, até ao seu retorno definitivo à Terra, no fim dos tempos. Nesse sentido, o Apocalipse é também uma “profecia”.
Quanto às três Cartas ou Epístolas de São João, escritas, provavelmente, em Éfeso, são Cartas sobre o amor e a fé, que visam defender algumas Verdades espirituais fundamentais, contra o ataque das doutrinas gnósticas.

Eis o “prólogo” inimitável do Evangelho de João:
«No princípio era o Verbo, e o Verbo estava com Deus, e o Verbo era Deus. Ele estava no princípio com Deus. Todas as coisas foram feitas por ele, e sem ele nada do que foi feito se fez. Nele estava a vida, e a vida era a luz dos homens. E a luz resplandece nas trevas, e as trevas não a compreenderam.
Houve um homem enviado de Deus, cujo nome era João. Este veio para testemunho, para que testificasse da luz, para que todos cressem por ele. Não era ele a luz, mas para que testificasse da luz. Ali estava a luz verdadeira, que ilumina a todo o homem que vem ao mundo. Estava no mundo, e o mundo foi feito por ele, e o mundo não o conheceu. Veio para o que era seu, e os seus não o receberam. Mas, a todos quantos o receberam, deu-lhes o poder de serem feitos filhos de Deus, aos que creem no seu nome; os quais não nasceram do sangue, nem da vontade da carne, nem da vontade do homem, mas de Deus.
E o Verbo se fez carne, e habitou entre nós, e vimos a sua glória, como a glória do unigênito do Pai, cheio de graça e de verdade.
João testificou dele, e clamou, dizendo: Este era aquele de quem eu dizia: O que vem após mim é antes de mim, porque foi primeiro do que eu. E todos nós recebemos também da sua plenitude, e graça por graça. Porque a lei foi dada por Moisés; a graça e a verdade vieram por Jesus Cristo. Deus nunca foi visto por alguém. O Filho unigênito, que está no seio do Pai, esse o revelou» (João 1:1-18).

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ST. JOHN, APOSTLE AND EVANGELIST

 

Mending nets

When two young Jewish fishermen sat by the Sea of Galilee, mending their nets with their father, a man walked by and said, “Follow me.” Their response reveals the startled glimmer of recognition they must have had in that moment: “Immediately they left their boat and their father and followed him” (Mt 4:22). In this rabbi who was calling them, James and John, the sons of Zebedee – tradition holds that John was the younger of the two – caught a glimpse of something for which, as faithful Israelites, they had been waiting all their lives.
John must have often gone back in his mind to that moment when he left his nets to follow the Messiah. Yet during his three years at Jesus’ side, watching him pray, teach, raise a dead child, and calm the wind and the waves, the fisherman could not have imagined that one day he would watch his Master die on a cross. He could not have known that, as he saw his friend’s body placed in the tomb, the words he had learned as a Jewish child would take on an infinitely greater meaning: “Your face, O Lord, I seek; hide not your face from me” (Ps 27:8-9).

“Son of thunder”

The apostle John must have been an impetuous young man. We glimpse what Jesus meant when he called Zebedee’s sons, “sons of thunder,” when they ask if they might call down fire from heaven on those who did not welcome their Lord (Lk 9:51-55). The brothers also ask – oblivious as to what they are asking – to sit at the Lord’s right hand in his “glory,” a glory they likely conceived in earthly terms (Mt 20:20-28). Both times, they are reprimanded. But in all this, John, whom tradition identifies as the “beloved disciple” in John’s gospel, was learning love.
Love was near enough to touch in those three years as a disciple, and above all in those three days that began with his Master washing the disciples’ feet like a slave. John is the only apostle the gospels record as present when Jesus died, watching with Jesus’ mother and other women as the Son of God cried out to his Father. John heard another word there, to Mary, about him: “Behold your son.” And to him, “Behold your mother,” entrusting her to his care (Jn 19:26-27). Finally, he watched as a soldier thrust a lance into Jesus’ side and the blood of the Covenant flowed over the earth. “An eyewitness has testified,” John’s gospel insists at this point, “and his testimony is true” (Jn 19:35).
The love John received would make him run faster than Peter, when Mary Magdalene came to tell them that she had found the tomb empty. But it would also make him wait until Peter preceded him in: “Then the other disciple also went in … and he saw and believed” (Jn 20:8). He believed, though he could not yet comprehend until his eyes took in the reality of the Risen One wishing them peace, or standing by a fire, beckoning the apostles to shore. The others could not make out who it was, but love had given this disciple eyes to see: “It is the Lord!” (Jn 21:7)

The one who sees far

The First Letter of John begins, “What was from the beginning … what we have seen with our eyes … and touched with our hands….” (1 Jn 1:1). The disciple who has seen and touched the Word made flesh cannot forget it. That experience taught him: “God is love, and whoever remains in love remains in God, and God in him” (1 Jn 4:16).
Tradition holds that John, the only one of the apostles not to be martyred, lived at Ephesus with the Mother of God after the apostles had been scattered. During the reign of the Emperor Domitian, he was exiled as an old man to the island of Patmos. There, the one to whom love had given clear sight to see as far as “the beginning” – iconography presents St. John with an eagle to symbolize this – is given to see also the end.
“I, John, your brother” the Book of Revelation begins (Rev 1:9). The visions in that book, given to strengthen the Church during a time of persecution, are also the full revelation of Christ’s Lordship. Yet it was a familiar voice that John heard in the cry, “I am the Alpha and the Omega, the beginning and the End!” (Rev 21:6). He had seen, heard, and touched the Lord of time and history, who bore the face of his Master and friend.
 

SAINT JEAN, APÔTRE ET ÉVANGÉLISTE

 

«Le disciple que Jésus aimait», c’est ainsi que simplement Jean s’auto-définit dans son Evangile et il a raison de le penser de cette manière, parce qu’il a eu des rôles très importants dans l’histoire du salut, en plus, bien sûr, du fait que Jésus lui confie expressément avant sa mort, Marie par ces paroles: «voici ton fils» et «voici ta mère». Depuis ce jour Jean prend Marie avec lui, comme un trésor; et le point d’union entre les deux est justement la pureté, la vie virginale que tous les deux conduisent.

Informations historiques sur la vie de Jean

Les sources historiques d’où on tire des détails sur la vie de l’apôtre évangéliste sont diverses; certaines apocryphes comme un autre Evangile, selon certains auteurs doit être attribué justement à sa plume. On sait qu’il est le plus jeune et celui qui, parmi les Douze disciples, a vécu le plus longtemps. Il est originaire de la Galilée, au bord du lac Tibériade et appartient justement à une famille de pêcheurs. Son père est Zébédée et sa mère Salomé; son frère Jacques, dit le Majeur, sera lui aussi apôtre.Jean est toujours nommé par Jésus et appartient au cercle des très proches qui l’accompagnent dans les occasions les plus importantes, comme lors de la résurrection de la fille de Jaîre, de la Transfiguration sur le Mont Thabor et durant l’agonie à Gethsémani. Egalement, lors de la Dernière Cène, Jean occupe une place d’honneur, à droite de Jésus, avec sa tête appuyée sur son épaule comme geste d’affection: et c’est justement en ce moment que l’Esprit Saint lui communique la sagesse du récit évangélique qu’il écrira dans sa vieillesse. Il est le seul, avec Marie, au pied de la Croix et à demeurer dans l’attente les trois jours précédant la Résurrection; il est aussi le premier à arriver au tombeau vide après l’annonce de Marie Madeleine, mais il laissera entrer Pierre, par respect de son ancienneté. Ensuite il s’installe à Ephèse, d’où il s’occupera de l’évangélisation de l’Asie mineure. Il semble aussi avoir subi la persécution de Domitien et exilé dans l’île de Patmos qu’il quittera, à l’avènement de Nerva, pour faire retour à Ephèse où il finira sa vie plus que centenaire, à l’âge de 104 ans environ.

La fleur des Evangiles.

C’est ainsi qu’on définit l’Evangile écrit par Jean, connu aussi comme Evangile spirituel ou Evangile du logos, en raison de son langage théologique raffiné et à la marque caractéristique du terme polysémique «Logos» pour nommer Jésus avec les sens de «parole», «dialogue», «projet», «verbe». Dans son Evangile, on retrouve par ailleurs 98 fois le mot «croire», car c’est ainsi qu’on rejoint le cœur de Jésus, en croyant dans la liberté et en accueillant la grâce comme le disciple bien-aimé du Christ en est la preuve. Son Evangile est également très marial, non pas à cause des nombreuses références à la Vierge, mais pour la grâce spéciale de Celle qui plus que tous connaît le Fils et révèle le Mystère du Christ. Pourtant Marie dans le récit de Jean n’est nommé que deux fois: aux noces de Cana et au pied de la Croix. Le récit des Noces de Cana revêt une importance particulière et constitue aussi la première rencontre de Jésus avec Jean. Mais l’appel de Jean qui, ensemble avec André était déjà disciple de Jean Baptiste, a lieu probablement à Béthanie, près du fleuve Jourdain. Quand arrive Jésus, le Baptiste le désigne comme «l’Agneau de Dieu». Jean reste tellement frappé par cette rencontre qu’il s’en souvient jusqu’à l’heure où cela s’est passé, la dixième (environ 16 heures), et pourtant il ne pourra pas, après cela, ne pas suivre Jésus. En dehors de sa haute valeur théologique, l’Evangile de Jean est différent des Synoptiques; il souligne notamment l’humanité du Christ et donne des détails dans certains récits, comme s’asseoir fatigué, les larmes versées pour Lazare ou la soif sur la Croix.

L’Apocalypse et les Lettres

Jean écrit aussi trois lettres et l’Apocalypse, l’unique libre prophétique du Nouveau Testament. Il conclut les Ecritures et déjà le sens de son nom – «révélation» – indique le message concret d’espérance qu’il porte en lui, en mettant d’une certaine manière un point final au dialogue de Dieu avec l’homme; à partir de maintenant, c’est l’Eglise qui parle, qui lit l’action de Dieu à l’intérieur de l’Histoire, jusqu’à son retour sur la Terre à la fin des temps. C’est dans ce sens que l’Apocalypse est aussi une prophétie.
Quant au trois Lettres, ou Epitres, de Jean, écrites probablement à Ephese, elles sons des lettres sur l’amour et la foi et visent à réaffirmer certaines Vérités spirituelles fondamentales contre l’attaque des doctrines gnostiques.

Voici l’inimitable début de l’Evangile de Jean:

«Au commencement était le Verbe, et le Verbe était auprès de Dieu, et le Verbe était Dieu.
Il était au commencement auprès de Dieu.
C’est par lui que tout est venu à l’existence, et rien de ce qui s’est fait ne s’est fait sans lui.
En lui était la vie, et la vie était la lumière des hommes;
la lumière brille dans les ténèbres, et les ténèbres ne l’ont pas arrêtée.
Il y eut un homme envoyé par Dieu; son nom était Jean.
Il est venu comme témoin, pour rendre témoignage à la Lumière, afin que tous croient par lui.
Cet homme n’était pas la Lumière, mais il était là pour rendre témoignage à la Lumière.
Le Verbe était la vraie Lumière, qui éclaire tout homme en venant dans le monde.
Il était dans le monde, et le monde était venu par lui à l’existence, mais le monde ne l’a pas reconnu.
Il est venu chez lui, et les siens ne l’ont pas reçu.
Mais à tous ceux qui l’ont reçu, il a donné de pouvoir devenir enfants de Dieu, eux qui croient en son nom.
Ils ne sont pas nés du sang, ni d’une volonté charnelle, ni d’une volonté d’homme: ils sont nés de Dieu.
Et le Verbe s’est fait chair, il a habité parmi nous, et nous avons vu sa gloire, la gloire qu’il tient de son Père comme Fils unique, plein de grâce et de vérité.
Jean le Baptiste lui rend témoignage en proclamant: «C’est de lui que j’ai dit: Celui qui vient derrière moi est passé devant moi, car avant moi il était.»
Tous nous avons eu part à sa plénitude, nous avons reçu grâce après grâce;
car la Loi fut donnée par Moïse, la grâce et la vérité sont venues par Jésus Christ.
Dieu, personne ne l’a jamais vu; le Fils unique, lui qui est Dieu, lui qui est dans le sein du Père, c’est lui qui l’a fait connaître».