Teoría del conocimiento. El motor humilde de la economía libre que desde el reconocimiento de la ignorancia busca la verdad siempre nueva. – Apartado 3 – Capítulo VIII – Justicia y Economía

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPITULO  VIII

 SOBRE LA EFICACIA COORDINADORA UNIVERSAL DE LA LEY NATURAL

Apartado 3

Teoría del conocimiento. El motor humilde de la economía libre que desde el reconocimiento de la ignorancia busca la verdad siempre nueva.

 Como ya se ha explicado en los capítulos II y III, para los maestros del siglo de Oro español el pecado original también había afectado especialmente al orden intelectual espiritual. Así, como se ha recordado, dicen: Porque no tenían ya los hombres en sí aquella disposición, ingenio y virtud que era menester para una comunidad tan excelente y divina. Requerianse ciertas condiciones y calidades que tenía antes que pecase, y que perdió, luego que pecó.[1]Señalaban y defendían los mismo que confirmó definitivamente Trento: (…) pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia,…

 Ello significaba -y estaban convencidos de ello actuando en consecuencia- que no sólo la propiedad de los bienes materiales, sino también el orden intelectual que afecta a la verdad y al error quedaba troceado y disperso, de tal forma que la verdad era ya una verdad troceada, borrosa y dispersa entre las gentes heridas en su proyección intelectual, aunque -si bien- también con capacidad de acceder -superándose y con esfuerzo- a captar o vislumbrar aquella visión especial primigenia perdida entonces. La ignorancia se convertía en una compañera de viaje de la que difícilmente nos podíamos separar. Y en  la ignorancia, curiosamente, se fundamenta toda la teoría hayekiana del conocimiento y la información dispersa: La sentencia socrática de que el reconocimiento de la ignorancia es el comienzo de la sabiduría, tiene profunda significación para nuestra comprensión de la sociedad. El primer requisito en relación con esto último es que nos percatemos de lo mucho que la necesaria ignorancia del hombre le ayuda en la consecución de sus fines[2]. Cuanto más civilizados somos, más ignorancia acusamos de las realidades en que se basa el funcionamiento de la civilización. La misma división del conocimiento aumenta la necesaria ignorancia del individuo sobre la mayor parte de tal conocimiento.[3] Y Peter Klein, en la introducción al volumen IV de las obras completas de Hayek señala magistralmente, y expresando su sorpresa ante aquel genial descubrimiento paradójico, que Hayek basa su defensa del mercado no sobre la racionalidad humana, sino ¡sobre la ignorancia humana! Cita en este sentido unas significativas palabras de Hayek en una conferencia organizada por el Congreso para la Libertad Cultural.[4] y publicada con el título: “El argumento que justifica la libertad, o al menos su principal componente, reside en el hecho de nuestra ignorancia y no en el de nuestro conocimiento.” [5]

 Para comprender bien lo que los maestros de la Escuela de Salamanca pensaban  respecto a la ignorancia y a la sabiduría o al error y a la verdad de la ciencia y al conocimiento, nada mejor –creo yo- que remitirnos de nuevo a los originales de las doctrinas de quien ellos comentaban y enseñaban en sus clases. Así, Tomás de Aquino, trata de la ciencia, de la ciencia de Dios, extensamente en la cuestión 14, diciendo allí  en su proemio:

Después de haber tratado de lo concerniente a la sustancia divina, réstanos examinar lo que se refiere a su operación. Y, como hay dos clases de operación, una que permanece (llamada, inmanente) en el que opera, y la otra que procede a efectos exteriores (llamada transeúnte); trataremos desde luego de la ciencia y de la voluntad (puesto que el entender está en el que entiende, y el querer en el que quiere); y después  del poder de Dios, que se considera como el principio de la operación divina, procediendo a efectos exteriores. Mas, siendo el entender una especie de vida, después que hayamos tratado de la ciencia divina, hablaremos de la vida divina. Y, puesto que la ciencia tiene por objeto las cosas verdaderas, habremos de tratar también de la verdad y la falsedad. Además, como todo lo conocido está en quien lo conoce, y las razones de las cosas, según que están en Dios, que las conoce, se llaman ideas; deberemos todavía añadir a lo que se diga de la ciencia algunas consideraciones sobre las ideas.[6].

Y Aristóteles en las primeras palabras de la Ética a Nicómaco:

Todas las artes, todas las indagaciones metódicas del espíritu, lo mismo que todos nuestros actos y todas nuestras determinaciones morales tienen, al parecer, siempre por mira algún bien que deseamos conseguir; por esta razón ha sido exactamente definido el bien cuando se ha dicho que es el objeto de todas nuestras aspiraciones.[7]

 Para nuestros autores, alcanzar la excelencia  en el orden de la naturaleza humana  era un bien de la naturaleza intelectual donde la razón atisba y participa de aquella grandiosidad inabarcable e inalcanzable en plenitud de la perfección divina. Y la ley[8] radica en la razón primeramente, como ya vimos.  Es un asunto de la razón y del entendimiento. Vicente Rodríguez Casado sintoniza también en esto con nuestros autores del XVI al ligar inteligencia y moralidad en el proceso civilizador:

 Sin inteligencia no hay civilización ni, por consiguiente, progreso humano. “Falta el manantial del bien.” (…) Si la inteligencia está ordenada a la moralidad, es también punto de apoyo del bienestar. La abundancia de medios materiales está en relación directa con la organización imaginativa de la explotación de la naturaleza. (…) La inteligencia “con su inquietud característica… su actividad… su variedad, representa el movimiento indefinido” que necesita del peso específico de la moralidad para mantenerse en una actitud constructiva. Por ello, la extensión cultural hay que realizarla de acuerdo con los principios religiosos.”[9]

Y, así, los autores de nuestro  siglo de oro estaban convencidos plenamente de que Dios[10] conocía todo lo pasado, presente y futuro con visión y con inteligencia plena y perfecta unidad armónica en un solo y simple acto. Santo Tomás lo explicaba así:

Responderemos, que Dios conoce todas las cosas, cualesquiera y de cualquier modo que sean. Nada impide que las cosas que no son absolutamente, sean de alguna manera; porque son absolutamente las que son en acto; y las que no son en acto, son en potencia, ya del mismo Dios, ya de la criatura; sea en potencia activa, sea en potencia pasiva; bien en potencia de opinar, o de imaginar, o de significar de cualquier modo. Conociendo Dios todo lo que él mismo puede hacer, aun lo que no es en acto; bien se puede decir que tiene ciencia aun de las cosas que no son, o de los no entes. Pero en las cosas, que no son en acto, debe notarse cierta diversidad. Unas, aunque no son actualmente ahora, han sido o serán: estas se dice que Dios las conoce con ciencia de visión; porque, como su inteligencia, que es su propio ser, tiene por medida la eternidad, que, existiendo sin sucesión, comprende todo el tiempo; la mirada presente de Dios abarca el tiempo todo, y todas las cosas existentes en cualquier tiempo, como sometidas a ella presencialmente. Otras cosas existen en potencia de Dios o de la criatura; las cuales sin embargo ni existen, ni han existido, ni existirán: y respecto de estas no se dice que Dios tiene ciencia de visión, sino de pura inteligencia. Nos servimos de esta locución; porque las cosas, que se ven, tienen en nosotros distinto ser del que tienen fuera del que las ve.[11]

Todas las perfecciones y matizaciones y circunstancias de todas las criaturas son conocidas por Dios. Pero no las conoce el hombre, ningún hombre (salvo el Hijo de Dios hecho hombre dirían nuestros escolásticos salmantinos). Consecuencia de ello es que la humildad –que es la verdad-, fruto del conocimiento de uno mismo con respecto a esa grandeza infinita de Dios que se atisba lúcidamente por parte de los pensadores de todos los tiempos, se encuentra constantemente en los escritos del siglo XVI que estamos considerando. Esa paradoja del hombre que por una parte ha sido creado a imagen y semejanza de Dios pero que, por otra parte, en su caída original y en su miseria personal está cercano al abismo de la nada, se observa en muchos de los textos analizados.

Ya en Séneca se realza ese hecho con aquel sólo sé que no sé nada. También en Hayek –y con una intensidad y claridad meridianas- queda patente en toda su obra esa ignorancia personal sobre nosotros, los otros y sobre todo lo demás, así como  esa confianza en el orden espontáneo de la sociedad abierta y del mercado que no es otra cosa que un desarrollo –en cuanto a las relaciones económicas y contractuales- de la ley natural en tanto en cuanto que de los mercados sólo fluye su eficacia enriquecedora cuando se respetan por todos los actores las reglas del juego limpio que no son otras que las reglas morales –especialmente en cuanto a la justicia- que los autores del XVI español como hemos visto desarrollaron tan profundamente. Así Hayek dirá por ejemplo que

 la función que a las normas de comportamiento corresponde   –ser medios que facilitan la superación de nuestra inexorable ignorancia- queda mejor esclarecida a través del examen de la relación existente entre las dos expresiones que simultánea y regularmente hemos venido utilizando para describir las condiciones que a  la libertad resultan esenciales, condiciones que, como queda dicho, implican una realidad social en la que cualquier individuo puede hacer uso del conjunto de sus personales conocimientos en la propiciación de sus también personales fines.[12]

  De hecho en los libros de Hayek la palabra ignorancia aparece innumerables veces. Ahora, por ejemplo, en nuestro siglo XXI, somos conscientes de la ignorancia en tantos y tantos aspectos que existía hace cuatro siglos, incluso en los países que como España eran los más avanzados en su época, y, sin embargo, esa coordinación espontánea que tanto desarrolló Hayek[13]

ya se producía entonces. Porque la verdad es que -por lo general y a pesar de esa ignorancia- todo funcionaba razonablemente bien incluso en aquella época tan alejada. Y en las demás.  Incluso en algunos ámbitos mejor que ahora.

Somos tan poco capaces de concebir lo que la civilización será o podrá ser de aquí a cien años, o incluso de aquí a veinticinco años, como nuestros antepasados medievales o incluso nuestros abuelos lo fueron para prever nuestra forma de vivir hoy. [14]

Ser conscientes de todo el abismo de ignorancia omnipresente en el que nos movemos y en el que se ha desarrollado la vida humana durante tantos miles y miles de años, lleva a la humildad intelectual y práctica que está continuamente presente en su obra: Con objetivos menos ambiciosos, armándonos de mayores dosis de paciencia y humildad, avanzaremos más rápidamente que a impulsos “de confianza, saturada de soberbia y alta presunción, en la trascendente sabiduría y clarividencia de esta época”. [15] Y ese reconocimiento de la ignorancia humana y de la necesidad de practicar esa humildad y paciencia ha sido el toque definitivo de excelencia en los grandes hombres de toda la historia. Así, por sólo citar tres ahora, Cervantes, Unamuno y Ortega:

Miguel de Cervantes, en la carta al Duque de Béjar habla del  juicio de algunos que no conteniéndose en los límites de su ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos justicia los trabajos ajenos.

 Y Unamuno:

¡Cosa honda y difícil esta de conocer el hecho vivo! Cosa la única importante de la ciencia humana, que se reduce a conocer hechos en su contenido total. Porque toda cosa conocible es hecho (factum), algo que se ha hecho. El universo todo es un tejido de hechos en el mar de lo indistinto e indeterminado, mar etéreo y eterno e infinito, un mar que se refleja en el cielo inmenso de nuestra mente, cuyo fondo es la ignorancia. Un mar sin orillas, pero con su abismo insondable, las entrañas desconocidas de lo conocido, abismo cuyo reflejo se pierde en el abismo de la mente[16].

Y Ortega:

Pero esto crea una casta de hombres sobremanera extraños. El investigador que ha descubierto un nuevo hecho de la Naturaleza tiene por fuerza que sentir una impresión de dominio y de seguridad en su persona. Con cierta aparente justicia se considerará como “un hombre que sabe”. Y, en efecto, en él se da un pedazo de algo que, junto con otros pedazos no existentes en él, constituyen verdaderamente el saber. Esta es la situación íntima del especialista, que en los primeros años de este siglo ha llegado a su más frenética exageración. El especialista “sabe” muy bien su mínimo rincón de universo; pero ignora de raíz todo el resto[17].

 Podemos decir al hilo de nuestros autores que una muchedumbre de ignorancias -desconocidas unas y haciendo sentir su presencia otras- viven en nuestro interior con matices distintos interpelándonos para intentar superarlas. Y Hayek también daba a entender –en sintonía con el reconocimiento de esa ignorancia que estimula la humildad- que para ir superando esa ignorancia y no caer en el intelectualismo soberbio era muy aconsejable practicar diariamente un diálogo humilde con lo material en lo cotidiano:

El proceso intelectual es, efectivamente, sólo un proceso de elaboración, solución y eliminación de ideas ya formadas. En gran medida, el afluir proviene de la esfera en donde la acción, a menudo acción no racional, y los sucesos materiales chocan la una con los otros. Tal proceso se agotaría si la libertad se limitara a la esfera intelectual. La importancia de la libertad, por lo tanto, no depende del elevado carácter de las actividades que hace posible. Incluso la libertad de acción para las cosas humildes es tan importante como la libertad de pensamiento.[18]

     Hayek huye constantemente de un intelectualismo omniabarcante que quiere conocerlo todo y actuar siempre de acuerdo con los razonamientos conscientes.

Tenemos nuevas ideas para discutir, diferentes puntos de vista que revisar, porque tales ideas y puntos de vista surgen de los esfuerzos de individuos en circunstancias siempre nuevas, que se aprovechan, en sus tareas concretas, de los nuevos instrumentos y formas de acción que han aprendido.

  La parte no intelectual de este proceso, la formación del cambiante entorno material de donde lo nuevo surge, requiere para su comprensión y apreciación un esfuerzo de imaginación más grande que el de los factores que subraya el punto de vista intelectualista.[19]

Todo trabajo, hasta la más nimia acción humana, es intelectual porque tiene en cuenta los fines más o menos generales o últimos, pero a la vez lleva aparejado un sin fin de aspectos no meramente intelectuales  -afectivos y sensitivos por ejemplo- que son imposibles de controlar desde el puro intelectualismo. Incluso lo material con toda su variedad multicolor está presente en cada acción humana. Para Hayek lo material resulta también esclarecedor y fuente de novedades. Valora de forma especialmente relevante lo material, sencillo y cotidiano: lo familiar.

La forma en que hemos aprendido a distribuir nuestra vida diaria, a vestirnos, a comer y a arreglar nuestras cosas, a hablar y a escribir, a usar los innumerables instrumentos y herramientas de la civilización, no menos que la forma de producir o comerciar, nos suministran constantemente las bases sobre las que deben sustentarse nuestras contribuciones al proceso de la civilización.[20]

El proceso de la civilización se constituye en un diálogo con lo material y con los demás a través de aquella materialidad. Las ideas, surgiendo de la aparente simpleza materializada, lo renuevan, proyectan y transforman idealmente para volverlo a materializar ya renovado e idealizado.

Debo advertir al lector que no espere que la discusión se mantenga siempre en el plano de los ideales elevados o de los valores espirituales. La libertad, en la práctica, depende de muchas realidades prosaicas, y todos los que deseen preservarla deben probar su devoción prestando la debida atención a los problemas cotidianos de la vida pública y difundiendo aquellas soluciones que los idealistas a menudo se inclinan a considerar vulgares cuando no sórdidas.[21]

Ese diálogo e interacción con el mundo sensible enriquece la libertad de pensamiento sin depauperarla rebajándola hacia lo material. Al contrario, la aplicación perseverante de la inteligencia sobre lo material trasciende éste y lo eleva espiritualizándolo. La potencia de captación universal de esencias y su capacidad de relación hacen posible el descubrimiento y redescubrimiento imaginativo de nuevos mundos capaces de hacerse realidad con el quehacer renovado.

 Aunque la manipulación consciente del pensamiento abstracto, una vez que se ha puesto en marcha, tiene en cierta medida vida propia, no continuaría ni se desarrollaría sin la constante competición derivada de la habilidad de las gentes para actuar de una forma nueva, para intentar nuevas maneras de hacer las cosas y alterar la total estructura de la civilización mediante adaptaciones a los cambios.

 La importancia de la libertad, por lo tanto, no depende del elevado carácter de las actividades que hace posible. Incluso la libertad de acción para las cosas humildes es tan importante como la libertad de pensamiento.[22]

 Para la reorganización, asentamiento y transformación del pensamiento abstracto, que se desarrolla continuamente y aparentemente dotado de vida propia cuando se ha puesto en marcha, se necesita la constante interacción con lo habitual materializado con anterioridad que se hace presente a los sentidos y que estimula la competición armónica derivada de los hábitos adquiridos de las gentes para realizar formas nuevas y emprender originales modos de hacer alterando el desarrollo futuro del organismo de la civilización mediante adaptaciones a los nuevos cambios.

 La mayoría de los científicos se dan cuenta de que los progresos del conocimiento no se pueden planificar; de que en el viaje hacia lo desconocido, que no otra cosa es la investigación, dependemos en gran medida de las circunstancias y de los antojos del genio individual, y de que el progreso científico, como idea nueva que surge en una mente única, es el resultado de una combinación de conceptos, hábitos y circunstancias brindados a una persona por la sociedad. En síntesis: el resultado tanto de esfuerzos sistemáticos como de afortunados accidentes.[23]

El pensamiento humano no puede desligarse totalmente del mundo sensible encastillándose en un universo de fantasmas puramente abstractos sino que, por el contrario, le es imprescindible recurrir con renovada asiduidad a los continuos y ricos mensajes cotidianos que se le transmiten a través del color, de la palabra viva, de la música, de la ubicación de este o aquel objeto, de la parsimonia o la velocidad de los seres vivos, de la fuerza o la debilidad, del quehacer laboral, de los instrumentos con los que tras arduos esfuerzos continuados se ha familiarizado con anterioridad, etc.

La actividad de Hayek, por lo tanto, no se quedaba petrificada y estéril ante la constatación y reconocimiento de aquel abismo de ignorancia y cortedad humana personal ni su humildad intelectual se retraía desesperanzada como si fuese un problema sin solución. Todos sus esfuerzos teóricos se dirigieron a  tratar de solventar aquella cortedad ignorante personal. Y descubrió la piedra folosofal en la libre sincronía del conocimiento diseminado entre las gentes:

A través de los esfuerzos mutuamente ajustados de muchos individuos se utiliza más conocimiento del que cualquier persona posee o es posible que sintetice intelectualmente. A través de la unificación del conocimiento disperso se obtienen logros más elevados que los que cualquier inteligencia única pudiera prever y disponer.[24] Ese conocimiento disperso y los diferentes conocimientos prácticos, las variadas costumbres y oportunidades de los individuos miembros de la sociedad contribuyen a lograr el ajuste de sus actividades a las circunstancias siempre cambiantes.[25]

La primera condición para el uso inteligente de la razón en la ordenación de los negocios humanos es que aprendamos a comprender el papel que de hecho desempeña y puede desempeñar en el funcionamiento de cualquier sociedad basada en la cooperación de muchas opiniones aisladas. Esto significa que antes de tratar de remoldear inteligentemente la sociedad, debemos adquirir conciencia de su funcionamiento.[26] Se trata, en cierto modo, de un “marchar separadamente y vencer conjuntamente”.[27]

Y la libertad personal jugaba un papel preponderante para alcanzar los objetivos: Debido a que la liberad significa la renuncia al control directo de los esfuerzos individuales, la sociedad libre puede hacer uso de mucho más conocimiento del que la mente del más sabio de los legisladores pudiera abarcar.[28]Porque la mente de un solo hombre era incapaz de saber y controlar[29] todo aquel mare mágnum. Afirmar lo contrario era propio de un estado de soberbia grandilocuente que linda con la locura:

La idea de que el hombre está dotado de una mente capaz de concebir y crear civilización es fundamentalmente falsa. El hombre no impone simplemente sobre el mundo que le rodea un patrón creado por su mente. La mente humana es en sí misma un sistema que cambia constantemente como resultado de sus esfuerzos por adaptarse al ambiente que la rodea. Sería erróneo creer que para conseguir una civilización mejor no hay más que poner en marcha las ideas que ahora nos guían. Para progresar tenemos que permitir una continua revisión de nuestros ideales y concepciones presentes, precisos para experiencias posteriores. [30]

 Y estos novedosos planteamientos del conocimiento disperso -que es protegido y alentado con normas adecuadas- dan un giro copernicano a la teoría económica vigente. Así,  de nuevo Peter Klein a este respecto:

Los agentes económicos, según Hayek, son seguidores de normas que responden a estímulos de precios, dentro de un sistema seleccionado por un proceso de evolución, un orden espontáneo más que un sistema elegido deliberadamente; sin embargo, las acciones de estos agentes provocan efectos que además no habrían podido ser pronosticados racionalmente. Esta teoría no es seguida en modo alguno por los economistas modernos, para quienes la evolución y la espontaneidad desempeñan un escaso o nulo papel[31].

La teoría hayekiana del conocimiento[32] es un continuo tratar de moderar el racionalismo excesivo sin negar las virtualidades y posibilidades inmensas de la inteligencia humana:

           Personalmente, creo que este racionalismo excesivo[33], que adquirió influencia en la Revolución Francesa y que durante los cien últimos años ha ejercido principalmente su influencia a través de los movimientos gemelos del positivismo y del hegelianismo, es la expresión de una soberbia intelectual que es lo contrario de la humildad intelectual que constituye la esencia del verdadero liberalismo, que considera con respeto aquellas fuerzas sociales espontáneas a través de las cuales los individuos crean cosas más importantes que las que podrían crear intencionadamente.[34] La concepción del hombre que construye deliberadamente su civilización brota de un erróneo intelectualismo para el que la razón humana es independiente de la naturaleza y posee conocimientos y capacidad de razonar independientes de la experiencia. El desarrollo de la mente humana es parte del desarrollo de la civilización. El estado de la civilización en un momento dado determina el alcance y las posibilidades de los fines y valores humanos. La mente humana no puede nunca prever sus propios progresos. Aunque debamos esforzarnos siempre en el logro de nuestros objetivos presentes, también hay que tener en cuenta las nuevas experiencias y los futuros sucesos a fin de decidir cual de tales objetivos se conseguirá.[35]Y también: Es un llamamiento a los hombres para que comprendan el deber de utilizar la razón inteligentemente, de forma que se preserve esa indispensable matriz de lo incontrolado y lo no racional, único entorno en que la razón puede crecer y operar efectivamente. [36]

 Detecta también Hayek como vemos el gran peligro del abuso de la razón que tiende a convertirse en medida y legisladora de todo llegando a convertirse en monstruo desbocado. Ese monstruo de la soberbia que puede desbocarse       había que dominarlo con ese constante tener presente la nimiedad de la inteligencia humana. Los teólogos de Salamanca lo que recomendaban en un asunto tan importante también entonces –el de las relaciones entre razón y fe- era que ante la tentación del sobredimensionamiento de la razón humana se la debería embridar mediante las recomendaciones de la ley de Dios y por los conocimientos que derivan de la revelación divina, es decir, de la fe que busca entender. La revelación divina orienta, modera y templa los excesos de la razón humana que pretende y cree saberlo todo y abarcarlo todo. Porque de lo contrario, la voluntad, espoleada a su vez por esa razón monstruosa y aparentemente omnicomprensiva, cree poderlo todo y actúa en consecuencia.

    Ambición, impaciencia y prisa son con frecuencia admirables en los individuos pero perniciosas cuando guían e impulsan a quienes ejercen el poder coactivo y también cuando el logro de las mejoras depende de quienes, investidos de autoridad, llegan a presumir que el ejercicio de su misión les confiere superior sabiduría y, en su consecuencia, el derecho a imponer sus creencias a los demás. Tengo la esperanza de que nuestra generación haya aprendido que el afán de perfección de esta clase o aquella ha provocado reiteradamente la destrucción del nivel de decencia alcanzado por nuestras sociedades. Con objetivos menos ambiciosos, armándonos de mayores dosis de paciencia y humildad, avanzaremos más rápidamente que a impulsos “de confianza, saturada de soberbia y alta presunción, en la trascendente sabiduría y clarividencia de esta época”.  [37]

En esa actitud de tratar de no caer en ese racionalismo excesivo fruto de la soberbia humana y confiando en que -pese a la ignorancia recíproca- se puede aprender de lo bueno del resto cultivando la  convivencia en la diversidad, además de coincidir con los escolásticos tardíos españoles, coincide también en muchos aspectos con Popper, como cuando éste señala:

(…)  la ciencia crece y nosotros tenemos el deber de hacer que muchas cosas en esta vida sean cada vez más racionales; pero no podemos intentar racionalizar la totalidad de nuestras vidas, ni deberíamos hacerlo, pues eso sería altamente irracional: es parte del racionalismo el reconocer sus propios límites. Una persona que, por ejemplo, intenta racionalizar sus amores, no amará[38].

Señalar por último que la riqueza de la variedad -también especialmente la del mundo virtual o la  del intelectual buscando la verdad muchas veces perdida, y también la de la creación artística-, entretejida con la fuerza de la libertad, se manifiesta con especial fortaleza en estas reflexiones profundas expresadas con la agilidad y sencillez de quien, con su protagonismo relevante en el universo de la teoría económica, es capaz de colorear y ensalzar todo con las exigencias de unos principios y una teoría del conocimiento muy  atractiva, y que tiene en la humildad personal uno de sus criterios orientadores más fructíferos. Consigue Hayek redescubrir así la bondad que se encuentra encerrada en lo más nimio y en lo que tópicamente muchos denigran de antemano.

Cuando se conoce con un mínimo de profundidad y se tiene un somero conocimiento de la enorme extensión de su trabajo intelectual desarrollado en sus escritos, resultan  estremecedoras las breves  palabras que pronunció en la Academia Sueca cuando le fue entregado el Premio Nóbel de Economía[39]. Tal y como señala Paloma de la Nuez:

El breve discurso que Hayek pronunció con motivo de la recepción del premio, The Pretence of Knowledge[40], es un brillante ejercicio de modestia y humildad intelectual. Hayek había declarado que si le hubieran consultado sobre la conveniencia de establecer un Premio Nóbel para reconocer la labor de los economistas, él se hubiera mostrado radicalmente en contra. Le parecía sumamente peligroso que el premio confiriese al premiado una autoridad que, a su juicio, nadie debería tener, puesto que la concesión podría hacer pensar al economista en cuestión que su sabiduría habría de permitirle opinar sobre cuestiones que exceden el límite de su competencia. De forma insólita, Hayek llegó incluso a sugerir la necesidad de exigir de los premiados algo parecido a un juramento de humildad (an oath of humility).[41]

[1]   Mercado, Suma de Tratos y Contratos, Madrid, Editora Nacional, 1975, [88], p. 127.

[2]   F.A. Hayek. Los Fundamentos de la Libertad, Madrid, Unión Editorial, S.A., 1998,  p. 47.

[3]    F.A. Hayek, Ibid., p. 52.

[4]    Publicada con el título de Science and Freedom, Londres: Martín Secker & Warburg, 1955, p 53.

[5]   Hayek, Las vicisitudes del liberalismo, Ensayos sobre Economía Austriaca y el ideal de la libertad, Obras completas, V. IV, Madrid, Unión   Editorial, S.A., 1996,  p. 8.

[6]   Tomás de  Aquino, Ibid., I, q. 14 pr.

[7]   Aristóteles, “Moral, a Nicómaco”,  Madrid, Espasa Calpe, 1992, p. 61.

[8]  Era una participación y desarrollo de aquella ley eterna promulgada por Dios en tanto que legislador universal.

[9]   Vicente Rodríguez Casado, Orígenes del Capitalismo y del Socialismo contemporáneo, Madrid,  Espasa –Calpe, S.A., 1981, pp.494 – 496.

[10]    También estaban convencidos con fe cierta de la divinidad de Jesucristo y actuaban y razonaban en consecuencia. Así estaban convencidos que Cristo –Hijo de Dios- tenía y tiene todos los atributos de Dios y conocía y conoce también todo lo pasado, presente y futuro con todos y cada uno de sus matices más nimios.

[11]   Tomás de Aquino, Ibid. I, q. 14 a. 9 co.

[12]   Hayek, Derecho, Legislación y Libertad. El espejismo de la justicia social, V.II, Madrid, Unión Editorial, 1982. pp. 30-31.

[13]   Se había planteado seriamente la posibilidad de dedicarse a la psicología y, aunque acabó por desechar la idea, ha quedado en su obra una amplia muestra del interés que siempre ha sentido por esa materia, interés común a otros muchos intelectuales vieneses; buena prueba de esta predilección científica será su libro The Sensory Order, publicado en 1952, que constituye un amplio tratado, de calidad reconocida, sobre la naturaleza de la percepción humana. Paloma de la Nuez, Op. Cit. p. 23

[14]    F.A. Hayek. Los Fundamentos de la Libertad. Unión Editorial, S.A., 1998,   p. 49.

[15]    F.A. Hayek. Ibid., pp. 26-27.

[16]   Unamuno. En torno al casticismo. p. 84.

[17]    Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Madrid, Vergara, S.A., 1962, p. 159.

[18]    Hayek, Los fundamentos de la libertad.  Madrid, Unión Editorial, S.A., 1998, pp. 61-62.

[19]    Hayek, Ibid. pp. 61-62.

[20]    F. A. Hayek, Los fundamentos de la libertad.  Madrid, Unión Editorial, S.A., 1998, pp. 61-62..

[21]    F. A. Hayek. Ibid.,, p. 25.

[22]    F.A. Hayek, Los fundamentos de la libertad.  Madrid, Unión Editorial, S.A., 1998, p. 62.

[23]    F.A. Hayek, Ibid., p. 60.

[24]    F.A. Hayek, Los fundamentos de la libertad.  Madrid, Unión Editorial, S.A., 1998,  p. 57

[25]    F.A. Hayek, Ibid.,   p. 53

[26]   F.A. Hayek, Ibid.,   p. 103

[27]  Von Böhm-Bawerk, Eugen. Ensayos de Teoría Económica, V. I, La Teoría Económica. Madrid, Unión Editorial, S.A., 1999, p. 150.

[28]    F. A. Hayek, Los fundamentos de la libertad.  Madrid, Unión Editorial, S.A., 1998,   p. 57.

[29]   La visión del mercado personalizado en agentes identificables es un error: ninguna persona es el mercado. En las sociedades modernas, los mercados son redes complejas necesariamente impersonales, que fomentan y aprovechan la especialización, y consiguen así la cooperación eficiente de un número de personas que jamás habrían unido sus esfuerzos si ello hubiese requerido el conocimiento y la identificación individual de cada uno.

 A los socialistas (de todos los partidos, que diría Hayek) les repugna la idea de algo no controlado, y por eso gustan de fantasear con teorías conspirativas sobre unos malos que mandan. Es la gran excusa para intervenir, porque, después de todo, si los mercados están manejados por las multinacionales o por los especuladores, entonces será mejor que los controlen “democráticamente” las benéficas autoridades. Carlos Rodríguez Braun, A pesar del gobierno. 100 críticas al intervencionismo con nombres y apellidos, Madrid, Unión Editorial, S.A. 1999, pp.  222-223

[30]   F. A. Hayek. Los fundamentos de la libertad.  Madrid, Unión Editorial, S.A., 1998,  p. 49.

[31]   Hayek,  Las vicisitudes del liberalismo. Ensayos sobre economía Austriaca y el ideal de la libertad,  Obras Completas,  V. IV, Madrid, Unión Editorial, S.A., 1996, p. 8.

[32] Junto a los fines perseguidos individual y conscientemente, la acción de los sujetos obtiene inintencionadamente otro objetivo: cumple las condiciones (empleo el término “condiciones” no en sentido jurídico, sino con el significado derivado de la teoría evolucionista, como “condiciones” a las que la acción del sujeto debe “adaptarse” para  poder seguir su curso) establecidas por el Otro, generando de este modo las normas que regulan las relaciones sociales. Son, pues, los propios individuos que actúan los que fraguan el orden social, sin que sean conscientes de ello y sin que intervenga un “cerebro social” que coordine sus movimientos. . Lorenzo Infantino,  El orden sin plan. Las razones del individualismo metodológico. Madrid. Unión Editorial, S.A. 2000, pp. 23-24

[33]   La tesis que Hayek sostiene en “La fatal arrogancia” se resume en la afirmación de que el socialismo se apoya en bases científicas y lógicas equivocadas. Es decir, el socialismo se basa en el error intelectual que consiste en creer que es posible la centralización del conocimiento social disperso en las autoridades planificadoras, porque cree que, mediante la Razón (con mayúsculas), se puede diseñar un sistema de organización social más perfecto que el que puede producirse espontáneamente sin que intervenga la intención humana. En eso precisamente se manifiesta el error constructivista. Aunque se ha dicho que Fatal Conceit no es más que una síntesis (sin duda, brillante) de sus ideas fundamentales, es claro que hay en esta obra, como prueba de su extraordinaria fecundidad intelectual, un tratamiento más desarrollado de ciertas cuestiones, en especial de carácter moral, así como de la teoría de la evolución cultural. Paloma de la Nuez, La Política de la Libertad.  Estudios del pensamiento político de F.A. Hayek. Nueva Biblioteca de la Libertad  7, Madrid, Unión Editorial, S.A. 1994. pp 77-78.

[34]    Hayek,  Las vicisitudes del liberalismo. Ensayos sobre economía Austriaca y el ideal de la libertad,  Obras Completas,  V. IV, Madrid, Unión Editorial, S.A., 1996,  pp. 264-265.

[35]    F.A. Hayek. Los fundamentos de la libertad.  Madrid, Unión Editorial, S.A., 1998,   p. 49.

[36]    F.A. Hayek, Ibid.,   p. 103.

[37]   F.A. Hayek, Los fundamentos de la libertad.  Madrid, Unión Editorial, S.A., pp. 26-27. También comenta allí que David Hume, que será nuestro constante compañero y sapiente guía a lo largo de las siguientes páginas, pudo hablar en 1742 (Essays, II, p. 371) de “ese gran esfuerzo filosófico tras la perfección que, bajo el pretexto de reformar prejuicios y errores, choca contra los más queridos sentimientos del corazón y los más útiles instintos y tendencias que pueden gobernar a la criatura humana”. Hume nos advirtió (ibis., p.373) que “no nos apartásemos demasiado de las máximas de comportamiento y conducta recibidas por causa de una refinada búsqueda de la felicidad o de la perfección” W. Wordsworth, The Excursión (Londres 1814), parte II.

[38]   Pedro Schwartz, Carlos Rodríguez  Braun, Fernando Méndez (Eds.) Encuentro con Karl Popper. Madrid, Alianza  Editorial, 1994, p 28.

[39]    La conferencia que Hayek pronunció al recibir el Premio Nóbel, el 11 de diciembre del mismo año, se tituló The Pretence of Knowledge, en donde se expande sobre el tema que fue una de las bases para el otorgamiento de dicho premio, pero, ante todo, en donde nos previene acerca de los resultados no previstos o no anticipados de la acción individual, al decirnos: “Para que el hombre, en su empeño por mejorar el orden social, no haga más daño que bien, habrá de convencerse de que, en este campo, como en todos aquellos en que prevalece un tipo de organización esencialmente compleja, no puede adquirir el conocimiento completo que le permita dominar todos los acontecimientos posibles”.Jorge Corrales Quezada. A cien años del nacimiento de Hayek http://www.uaca.ac.cr/acta/1999may/corrales.htm

[40]  En el sentimiento de excitación generado por el poderío siempre creciente engendrado por el adelanto de las ciencias físicas, y que tienta al hombre, existe el peligro de que éste, “embriagado de éxito”, para usar una frase característica del comunismo inicial, trate de someter al control de una voluntad humana no sólo nuestro ambiente natural sino también el ambiente humano. En realidad, el reconocimiento de los límites insuperables de su conocimiento debiera enseñar al estudioso de la sociedad una lección de humildad que lo protegiera en contra de la posibilidad de convertirse en cómplice de la tendencia fatal de los hombres a controlar la sociedad, una tendencia que no sólo los convierte en tiranos de sus semejantes sino que puede llevarlos a destruir una civilización no diseñada por ningún cerebro, alimentada de los esfuerzos libres de millones de individuos. Hayek La pretensión del conocimiento. www

 [41]   Paloma de la Nuez. La Política de la Libertad.  Estudios del pensamiento político de F.A. Hayek. Nueva Biblioteca de la Libertad  7, Madrid, Unión Editorial, S.A. 1994. p. 76

JUSTICIA Y ECONOMÍA

ÍNDICE GENERAL

CAPITULO  VIII

 SOBRE LA EFICACIA COORDINADORA UNIVERSAL DE LA LEY NATURAL

 1.- La ley natural se despliega desde la conciencia presente en el mundo interior de la persona humana.

2.- La teoría hayekiana de la  información diseminada. Especial relevancia en nuestra era de la informática y las telecomunicaciones.

3.- Teoría del conocimiento. El motor humilde de la economía libre que desde el reconocimiento de la ignorancia busca la  verdad  siempre   nueva.

4.- La verdad de la ciencia.

5.- La Ley Natural transmite unidad en la diversidad coordinando el sistema y haciéndolo estable y predecible. Mestizaje. La coordinación          espontánea de las subjetividades personales actuantes. La Ley Natural como base de esa coordinación unificadora.

6.- ECONOMÍA NATURAL.  A modo de conclusión del capítulo VIII

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