El retorno del Leviatán

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El retorno del Leviatán

Se está extendiendo aceleradamente en la España de Pedro Sanchez, de  Pablo Iglesias (que  quizás pronto -gracias a ellos- deje de serlo); y en la España del Coronavirus (como ya se empezó a extender en la de Zapatero sin Covid 19) una sectaria y voluntarista falta de confianza en la capacidad intrínseca de coordinación que tienen los mercados y las interacciones humanas que respetan los principios generales del sentido común. Esa urticaria desconfiada -que se intenta  propagar en contra del reducto más íntimo de la conciencia de las gentes- acaba en inflación burocrática de quienes tratan de controlar cuanto pueden según sus propios intereses de gobernantes partidarios. Ese incremento de los aparatos de control burocrático con ampliación y tergiversación de lo legislado en casi todos los ámbitos de la vida cotidiana no es otra cosa que falta de confianza en la libertad personal y, por lo tanto, desconfianza también en la responsabilidad de las gentes. Porque la mayor libertad siempre lleva aparejada una mayor responsabilidad.

La expansión burocrática no es otra cosa que falta de convicción en la existencia de esos criterios generales de comportamiento no diseñados por la razón humana. No es otra cosa, en definitiva, que falta de convicción en la potencia y en la fuerza económica de la libertad personal siempre creativa e innovadora. Es un intento de hacer realidad un imposible. El imposible de controlar el destino humano. En las sociedades complejas de nuestros días la enorme potencia creadora y de invención práctica -que la libre interacción humana mundial genera- transmite  información continuamente y en todas las direcciones. Ello permite hacer el mejor uso posible de la infinita variedad de capacidades individuales –prácticas e intelectuales-  dispersa entre los innumerables sujetos que se hallan distribuidos a lo largo y ancho del planeta.

Afortunadamente para todos nosotros, esa concatenación y simbiosis armónica de las capacidades individuales de millones de personas que autogeneran, reordenan y transmiten nueva información desde los distintos ámbitos de libertad es absolutamente imposible que pueda ser controlada desde las distintas instancias de poder. Y menos aún en nuestras sociedades complejas y abiertas del siglo XXI. Pero, desgraciadamente,  si se trata de controlar todo de forma agobiante desde los oligopolios gobernantes, el sistema se degrada respecto a lo que podía haber sido y puede llegar a destruirse.

Estamos empezando a comprobar –y quizás pronto a sufrir- que ese proceso enriquecedor generalizado espontáneo se puede truncar y degradar en la España de hoy por el afán intervensionista desmedido -que puede llegar a ser tiránico incluso en democracia- y que está rememorando aquel gobierno injusto con leyes injustas que no mira al clásico (es decir que trasciende el tiempo) bien común e interés general. El gobierno tiránico, déspota o Leviatán, coartando la libertad de elección de tantos y tantos ciudadanos en sus actividades económicas y no económicas, da lugar a un retroceso imponente sobre lo que podría haber sido si las reglas del buen hacer espontáneo en sus contratos y en sus relaciones sociales y económicas no estuviese gravemente constreñido por el agobio estatalista.

Lo que se nos viene a decir con estas reflexiones es que  el Estado puede estar compuesto también por personas interesadas, que se equivocan y que pueden ser ignorantes. Y  que ello da lugar a que las repercusiones sean mayores porque mayores son las responsabilidades. Se nos viene a decir que muchas veces las notas disonantes y más estridentes provienen de la intervención desmesurada, homogénea y monopolizante del Gobierno que no deja que se despliegue aquel sentido universal y personal de la justicia que sigue latiendo en las conciencias de las gentes.

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