2.4      Contexto intelectual del Siglo de Oro español.

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2.4      Contexto intelectual del Siglo de Oro español.

Si en el siglo XIII algunos tratadistas –entre los que destaca sobremanera Tomás de Aquino- se inspiran en las obras de Aristóteles que circulan en latín  -y que también se traducen a las lenguas romances y son objeto de refundiciones y comentarios-, en el siglo XVI,  aquel prestigio de las obras aristotélicas[1] empieza a ser compartido con las nuevas tendencias que dan lugar a un protagonismo cada vez más significativo de las obras de Platón inspirando aquel nuevo género de literatura idealista que se centra en las utopías. Los ejemplos más importantes son la Utopía de Tomás Moro (1479-1535) y La ciudad del Sol del dominico napolitano Tomás de Campanella (1568-1639). Si inspirándose en  la Política de Aristóteles trataron de adaptar a los Reinos que existen en cada época lo que allí se decía sobre la Polis o Ciudad perfecta, con la inspiración platónica utópica se imaginan un tipo ideal de sociedad política que se describe como existente en un país desconocido y en abierta desconexión con la realidad.

 A raíz especialmente de Santo Tomás -y teniendo en cuenta la inexistencia de contradicción lógica entre razón y fe- sin perjuicio de que las doctrinas teológicas se fundan con las aristotélicas, nace ya en el siglo XIII una ciencia secularizada independiente de la Teología.  El medievalismo suponía que el hombre se encontraba mediatizado por el criterio de autoridad, incluso en el logro de su cultura, y que se le negara siquiera un relativo acercamiento a la posibilidad de captar la verdad por sí mismo o por su propio conocimiento.

Dos hechos resultan ser decisivos en el cambio de mentalidad que favorece más adelante la aparición del humanismo. Dos hechos aparentemente fortuitos: la toma de Bizancio y la famosa Escuela de Traductores de Toledo. La toma de Bizancio saca los libros de los herméticos griegos celosamente guardados por los monjes y la Escuela de Traductores de Toledo, con un moderno concepto de la imbricación e interrelación de culturas, equipara en la balanza la obra de árabes y judíos que, o bien estaban impregnadas de neoplatonismo o bien habían traducido determinadas obras del acerbo neoplatónico. Una situación que produce un cambio de mentalidad a través de diversos elementos: las traducciones árabes de los sofistas y herméticos griegos, el amor cortés que seculariza las costumbres (si bien llega a producir vertientes de amor a lo divino como en el franciscanismo), la sustitución del sistema ptolemaico por el heliocéntrico, por el cual el hombre y la naturaleza adquieren una enorme relevancia, etc.

Ya Ficino a mediados del siglo XV sitúa al hombre en el centro de todo lo creado, por ser intermediario y participante de lo celeste y lo terrestre, lo que le otorga el derecho a conocer toda la verdad y lograr toda la bonda[2]. De este modo la verdad se convierte, así, en catalizador de las nuevas ideas y de su evolución a lo largo del XVI y del XVII[3] 

Al mismo tiempo desde finales del XV se viven tiempos de cambio y de inseguridad que se manifiestan en “Profecías astrológicas”,  “espera de la conversión de los infieles (mahometanos y judíos), del papa angélico”[4], triunfo del cristianismo para 1480, abundantes milagros en 1492, la profecía astrológica de 1524, etc. Savonarola incluso llegará a afirmar que el profeta y la profecía son fundamentales para llevar a los hombres a la verdad y al bien. La tendencia a la predicación profética terminará hacia 1530.  De hecho la profecía era una forma de expresar su temor y sus deseos. Alterna el sentido de libertad procedente de las teorías humanistas, con el sentido de predestinación, en muchas ocasiones avalado por sucesos tan decisivos como el Descubrimiento. Un claro ejemplo lo tenemos –al que ya nos hemos referido- en el sentido providencialista de Colón, como indicó Pérez de Tudela, al firmarse Christopherens[5].  Una opinión contradictoria que oscila entre la defensa de la libertad y la individualidad humanas frente a un futuro predeterminado para el hombre.

La depravación a la que había llegado el cristianismo promueve una creciente interiorización religiosa, pero también la crítica a los estamentos por no responder al mandato de Cristo. Como he señalado,  se había producido por el descubrimiento y la valoración del mundo y del hombre, que supone la reivindicación de la dignidad e infinitud espiritual humana y de su dominio intelectual de la naturaleza[6].

El siglo XVI fue además –como ya se ha dicho- el siglo de la renovación romana, culminante con la Contrarreforma, frente a las prédicas de Lutero, el humanismo de Erasmo de Rotterdam y el principio de la disidencia en el seno del Catolicismo. También se produjo el avance imparable de los turcos, la gran fuerza islámica que no puede menos que ser tenida en cuenta al tratar de explicar el arte, la ciencia y el estado del conocimiento en la época.

El Renacimiento en el arte, iniciado durante el Quatrocento, se desarrolló en un siglo de madurez inigualable, el siglo XVI o Cinquecento. Dentro de este largo período convivieron dos tendencias fundamentales: la clasicista y la manierista. Al mismo tiempo, Venecia reaprovechó los logros quattrocentistas y los mezcló con su particular tradición e influencias, con lo cual constituía una Escuela, si no aparte del resto de Italia, sí claramente diferenciada en su estilo. El Cinquecento italiano continuó en paralelo a la expansión de la pintura flamenca. El arte, a pesar de la inestabilidad, alcanzó unas cotas geniales, especialmente en Roma y durante el gobierno del Papa Julio II. Éste actuó como mecenas de los grandes: los mejores arquitectos trabajaron para levantar San Pedro del Vaticano y remodelar los Apartamentos Vaticanos. Miguel Ángel pintó para él la Capilla Sixtina, trazó edificios y diseñó innumerables proyectos escultóricos que no siempre pudo rematar. Rafael también trabajó para el Papa, siendo su obra más famosa pintada para éste la decoración al fresco de las Estancias de la Signatura en los Apartamentos Vaticanos. Fuera de Roma, la gran figura fue Leonardo: hombre de ciencia, humanista, inventor, diseñador de fortalezas y maquinarias de guerra… y excelente pintor. Trabajó para diversas cortes y mecenas hasta establecerse en Milán.

En lo que respecta a las ciencias prácticas cabe señalar que

los inventos técnicos de la Edad Media generalmente dieron usos prácticos a las triviales creaciones de los ingenieros de la escuela de Alejandría. No fueron el resultado de la ciencia teórica sino del empirismo. [7]

 La ciencia retomó su vuelo ascendente, pero con una motivación adicional desconocida para los antiguos: de que sea útil, de que esté orientada a las necesidades prácticas de los hombres, y de que reduzca el dolor y los afanes de la vida. De este modo, dejó de ser una actividad puramente especulativa. Se tornó activa y funcional, y adquirió un significado social. Casi de la noche a la mañana, las artes mecánicas, tan despreciadas por los antiguos, fueron rehabilitadas y glorificadas. [8]

El dominio de la naturaleza se relaciona en cierta medida con la valoración de la cultura entendida como compendio de creencias y hallazgos del hombre, al que se considera creador de todo un mundo, el mundo de la historia, motivo por el cual los estudios históricos cobrarán una enorme importancia debido también a la reafirmación de lo experimental en el hombre, unido a la libertad de espíritu. La libertad incide directamente en el conocimiento -histórico- de la herencia del pasado -con el fin de hacerla progresar-,  la independencia de juicio, la necesidad de indagación, el derecho a regir su propia vida y convicciones, al tiempo que reivindica todos los valores de la Antigüedad, etc.

En este momento la verdad se encuentra íntimamente relacionada con el conocimiento, desechando los aspectos dogmáticos y fideísticos, hasta llegar al punto de prescindir de la acepción de verdad como verdad religiosa, lo que supondrá, a su vez, la vulgarización del concepto. Como señala Leonardo, el conocimiento humano debe partir de la experiencia y la suma de conocimientos, como cultura es la historia. Frente a la importancia que se concede a la historia se valora el conocimiento personal de la realidad. Dicho conocimiento supone una experiencia y la suma de todas las experiencias producen como resultado el mundo de la cultura y de la historia.

El conjunto de la obra de Erasmo incide en estos aspectos que valoran la experiencia. En sus Apotegmas, la vida de los antiguos griegos y romanos, se nos ofrece como un paradigma de actuación y al tiempo de sabiduría, como ocurre con las frecuentes citas de Diógenes y Sócrates. Por otra parte sus Adagia inciden nuevamente en el tema recordando dos aspectos: la importancia de la cultura popular basada en el hombre y el valor concedido a la experiencia, que es fundamental en el humanismo.  Precedentes del valor concedido al pensamiento popular lo tenemos en el franciscanismo en dos aspectos: la predicación en romance y el valor de la experiencia como sabiduría. De este modo el hombre crea sus propias acciones, o como dice G. Vico al hablar del Renacimiento: conocemos sólo lo que hacemos.

El erasmismo, por otra parte, opone a la costumbre y a la autoridad de la mayoría el juicio propio del que se conoce a sí mismo y tiene capacidad intelectual para juzgar por sí de las situaciones, exaltando de este modo la libertad del cristiano que imita a Cristo[9] . Según Abellán tres son los aspectos que marcan el comienzo del humanismo en España: autoridad, observación y fuentes originales, que inciden en la evolución del criterio de verdad y conforma una conciencia disidente

Otros aspectos que se pueden considerar es la importancia que se concede a la lengua, puesto que estamos en un comienzo de la literatura con categoría y conciencia artística, pero también en el despegue y la fijación de las lenguas romances. Especialmente porque la lengua tiene una singular relevancia en el lenguaje jurídico. Como indica Garin se le exigía al legislador  no sólo una gran pericia lingüística, anticuaria e histórica, sino también una amplia y sólida cultura literaria[10].

Durante el Renacimiento el hombre es consciente de que la ley depende de la voluntad y conciencia de aquellos que la dictan. Por tanto, la fuerza del derecho no está tanto en la ley cuanto en la probidad y equidad de los jueces. De este modo Luis Vives afirma en De Disciplinis que la ley es variable según la época y el lugar, puesto que la justicia es variable según el lugar y la época.

Coincidiendo con los tratadistas medievales de Política en su preocupación por cómo debe organizarse un Reino, pero abandonando el carácter teórico de las especulaciones de aquellos, a principios del siglo XVI el florentino Nicolás Maquiavelo (1469-1527), en una breve obra titulada El Príncipe (escrita en 1513, pero no publicada hasta 1541) y en unos Discursos sobre las Décadas (o historia romana) de Tito Livio, analiza cómo se forman los Reinos en la realidad, y de ello deduce una serie de consejos prácticos, haciendo caso omiso de la rectitud o moralidad de los procedimientos, que tanto preocupaba a los teólogos.[11]

  Es en aquella época donde se produce aquella revolución…….

La obra de Maquiavelo, por su realismo despierta el más vivo interés, y por su amoralidad una no menos viva oposición. Prohibida por la Iglesia, se divulga sin embargo en España en su original o en traducciones manuscritas que circulan clandestinamente. Antonio Pérez (1540-1592), ex secretario de Felipe II, se inspira abiertamente en Maquiavelo[12]; pero el resto de los autores españoles, aun recogiendo parte de sus observaciones –y en este sentido la influencia de Maquiavelo es clara, adopta una posición de manifiesto antimaquiavelismo exaltando la estricta observancia por el príncipe de los principios de la Moral católica[13].

Al igual que adquiere importancia la profecía, el Renacimiento auspicia todo un pensamiento basado en el futuro, es decir, se proyecta en la utopía, tanto en La utopía de Tomás Moro, donde se establece una tipología de gobierno ideal,   como en la famosa Ciudad de Dios erasmiana o en otros “manuales” orientados a la praxis del gobierno como hemos visto en  El príncipe de Maquiavelo, El Cortesano de Castiglione, y el más cercano de Relox de príncipes y el Aviso de privados de Fray Antonio de Guevara, sin olvidar el famoso Enchiridion o manual del príncipe cristiano de Erasmo.

Antecedentes de este comportamiento ideal se encuentra en la vertiente del neoplatonismo en el activo devenir de la Florencia del XV.  La obra de Giovanni Pico della Mirandola, en su obra De Dignitate, inicia  el pensamiento utópico, y la creencia en las posibilidades del ser humano,  al repetir la famosa frase de Hermes Trimegistro, El mayor milagro es el hombre.

Y, por último, dado que estamos tratando del paralelismo y proyección actuales de tres autores españoles del siglo XVI con un representante destacado de la Escuela Austriaca -nacido además en Viena- y teniendo en cuenta que en aquella época aquellos territorios y lo que en ellos vibraba formaba parte de los dominios del Reino de la España de entonces, no me resisto a citar aquel apunte de esperanza en la España del futuro con el que coincido y que planteaba Julián Marías en 1996:

El repertorio de nuestras posibilidades es inmenso, y a él hay que añadir una larga historia coherente e inteligible, inspirada por la continuidad cambiante de un proyecto. Si todavía se agrega la dilatación de la lengua y la cultura en todo el ámbito hispánico, que nos pertenece a todos por igual y constituye nuestro patrimonio, asombra el horizonte de nuestras posibilidades.

La cuestión es conocer los pasos y los personajes de la historia y tomar posesión de todo ello. Si en lugar de ello preferimos los espacios angostos o las banderías, nos condenamos a la pobreza y la cerrazón del horizonte. No se ve por qué se ha de renunciar a lo que somos, a dimitir de nuestra propia condición. La elección está en nuestras manos; y lo que elegimos es precisamente lo que va a ser nuestra vida[14].

 

[1]  Antonio Prieto, La prosa del siglo XVI. Madrid. Cátedra.1986  pp. 14-15

En el estilo de la persona renacentista está su consideración aristotélica del hombre como “animal ridens”, como poseedor de ese músculo risorio que los demás animales no tienen, y se trata, en medio de saberes y admoniciones y polémicas, de que ese músculo peculiar del hombre no se atrofie. La superioridad del “animal ridens” no está sólo en la manifestación de la “iocunditas”, utilizada como contraste o descanso de severidades, sino en la superioridad del autor sobre la materia que trata. Si prevalece en el tiempo renacentista una trayectoria antropocéntrica en la que el hombre es eje o centro del universo, el autor también es el eje se su producción escrita, que conduce libremente y a la que domina como proyección del microcosmos. Por este valor encontramos también que formas literarias como el diálogo y la epístola están regidos por un yo que frecuentemente se inviste como personaje que libremente puede circular por estas formas ajenas a ataduras preceptivas. Así, frente al género como producto literario reglamentado que el preceptista, el gramático o el neoclásico dieciochesco examina, el renacentista se apega al género en su étimo de estilo, de expresión personal que se fecunda con la libre mezcla de elementos que le permite avanzar con su mirada en la imitación clásica

[2]   P.O. Kristaller, El pensamiento renacentista y sus fuentes. México, Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 235.

[3]   Rocío Oviedo, “Renacimiento y veracidad, reflejo y evolución del concepto en tres cronistas de lndias” Atti del Convegno di Milano a cura di Giuseppe Bellini, Roma, Bulzoni editore, 1989, p.100.

[4]    Cantimori, Humanismo y religiones en el Renacimiento, Barcelona, Península, 1984, p. 205

[5]    Pérez de Tudela y Bueso. Mirabilis in altis. Madrid,  C.S.I. C. 1983

[6]    R. Mondolfo, Figuras e ideas de la filosofía del Renacimiento. Barcelona, Icaria, 1980. p. 229

[7]    Louis Rougier, El genio de Occidente, Madrid, Unión editorial, p 97.

[8]    Louis Rougier, op cit., p. 98.

[9]    J. L. Abellán, El erasmismo español, Madrid, Espasa Calpe, 1976, p.102

[10]    Garin, Eugenio, La revolución cultural del Renacimiento. Barcelona, Editorial Crítica, 1984, p 219.

[11]    Alfonso García Gallo, El origen y la evolución del Derecho, pp. 645-646

[13]    Alfonso García Gallo, El origen y la evolución del Derecho, pp. 645-646

[14]   Julián Marías. España ante la historia y ante sí misma (1898-1936). Madrid, Espasa Calpe, 996, p.139

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