1.- Breves rasgos descriptivos del contexto histórico de la España del siglo XVI. – CAPÍTULO 1 – TESIS DOCTORAL EN DERECHO – José Juan Franch Meneu

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1.-     Breves rasgos descriptivos del contexto histórico de la España del siglo XVI.

 

Pueden ser oportunas a la hora de enmarcar este capítulo introductorio aquellas breves, profundas  y sintéticas palabras de Eugen Bhöm-Bawerk:

 La economía clásica ha hecho teoría sin historia; la economía histórica pretende hacer historia sin teoría. Brentano no dice, naturalmente, ‘historia sin teoría’, sino, de forma más prudente, ‘adelante con la historia, atrás con la teoría’; pero el futuro debe pertenecer y de hecho pertenecerá a un tercer lema: ‘Historia y teoría’.[1]

 Centrándonos en primer lugar en la Historia y con la perspectiva y la experiencia actual de estos 500 años, la España del siglo XVI -en la que reinaron Carlos V  y Felipe II- se nos presenta como una encrucijada histórica sin parangón en el que convergen todos los descubrimientos físicos e intelectuales de épocas anteriores y -transformados éstos- se abren horizontes nuevos de cara al futuro cuya grandeza quizás empiece a ser atisbada hoy -cinco siglos más tarde- en toda su plenitud.   Aquel cruce singular de caminos históricos es magistralmente descrito por Antonio Domínguez Ortiz, de la Real Academia Española de la Historia, cuando al iniciar el capítulo titulado El gran siglo nos dice:

Aunque más dinámica que la Alta, la Baja Edad Media española medía su ritmo por siglos: se necesitaron dos, el XI y el XII, para decidir si España sería europea o africana, y en los siglos XIV y XV España se abrió a otros horizontes, los mares del vasto mundo. A la vez que esto ocurría en Occidente, la Europa nuclear, desde los Pirineos hasta el Elba, heredera del Imperio Romano de Occidente, quedaba libre de la amenaza de las estepas de Asia. No así el antiguo imperio de Oriente, luego llamado Bizantino, engullido lentamente por los otomanos, substraído a la cristiandad y a las formas de vida y cultura ligadas a ella. En el otro extremo de Asia, una China milenaria, inalterable, continuaba desplegando sus ciclos, mientras en el occidente de Eurasia se incubaba el Gran Viraje. En aquel milenario desplazamiento del centro de gravedad de la cultura humana desde Egipto a Grecia y luego a Roma, tras el intermedio de los Siglos Oscuros le llegó el turno al extremo de Occidente, a los pueblos de la Península Ibérica. Ellos protagonizaron la más grande aventura jamás realizada, la circunnavegación del Planeta, en unos sitios plantando jalones, en otros implantándose de modo definitivo, trasplantando personas, creencias y modos de vida incubados en el extremo euroasiático a escenarios más vastos. El viraje de Magallanes-Elcano materializó esta revolución sin precedentes y el Tratado de Tordesillas dio marco legal al más ambicioso, al más increíble de los proyectos: el reparto del Globo entre dos pueblos ibéricos.[2]

Sólo unos años antes del comienzo del siglo, en 1492, tiene lugar aquel acontecimiento colosal –la sorpresa americana– que iba a trastocar radicalmente toda la actividad humana intelectual y material, cotidiana y global, personal y colectiva, de pueblos enteros en aquella época, constituyéndose la España de los Reyes Católicos -y a renglón seguido la de Carlos V y Felipe II- en el epicentro expansivo -y de atracción a la vez- desde el que se transforman engrandeciéndose todas las ciencias y las artes espirituales y prácticas, acelerándose el acontecer histórico de todo el orbe. Si a todos los lugares llegó aquella onda expansiva que parte de aquella epopeya de Colón, esa aceleración en la actividad proyectiva humana fue especialmente frenética en aquella España y Nueva España, así como en todo lo que bien se puede llamar desde entonces Euroamérica. 

De sorpresa providencial se puede catalogar aquel suceso sin par si tenemos en cuenta lo que con un estudio minucioso y magistralmente trabado nos dice el académico de la Real Academia Española de la Historia Juan Pérez de Tudela en Mirabilis in altis[3].

Aquel acontecimiento sorprendente que llenó de asombro a medio mundo convirtió a Sevilla en la encrucijada vital y comercial[4] así como en centro de encuentro de los cuatro puntos cardinales pudiéndose establecer un cierto parangón con lo que representan de alguna forma las grandes urbes portuarias y comerciales  en la época actual.  Así, Tomás de Mercado nos dirá que Sevilla

como es puerto de mar Océano por el río de Guadalquivir, tan celebrado entre todos los autores antiguos, aun extranjeros, que llega desde Sanlucar, hasta ella: por donde se entra y sale a tantos reinos cercanos y remotísimos, es la puerta y puerto principal de toda España. A do se descarga todo lo  que viene de Flandes, Francia, Inglaterra, Italia y Venecia: y por el consiguiente, de donde se provee todo el reino destas cosas que de fuera se traen. A esta causa siempre hubo en ellas grandes, ricos y gruesos mercaderes, y fue tenido por lugar de negociantes.[5]

 Y más adelante –corroborando ese liderazgo en el inicio de aquella espectacular apertura al mundo entero en el que se dio, ya entonces, el pistoletazo de salida hacia la globalización en las ideas y el comercio que tanto se nombra y se acelera en nuestro siglo XXI- escribirá:

Que  la casa de la Contratación de Sevilla y el trato della, es uno de los mas célebres y ricos que hay el día de hoy, o se sabe en todo el orbe universal. Es como centro de todos los mercaderes del mundo.[6]

 El siglo XVI es también la época en la que vive aquel Fernando, Hernando o Hernán Cortés que nació en el año 1485 de la era cristiana o 6-Casas de la Octava Gavilla de la era del pueblo que estaba destinado a conquistar[7] y que arduos esfuerzos de mente y corazón le habían alzado a la estatura de héroe de la humanidad siendo grande por sus hechos y más grande todavía por su trágica vida.[8]  Hallándose en Castilleja de la Cuesta, cerca de Sevilla, el 2 de diciembre de 1547 Cortés dejó esta tierra en que había luchado con fuerte corazón. [9] Atrás quedaba una de las más grandes y sorprendentes epopeyas de la historia conseguida gracias a la inteligencia y al conocimiento de la naturaleza humana de las gentes indígenas que él y sus hombres supieron desplegar en tierras mejicanas.

 El descubrimiento, expansión y encuentro físico, intelectual, cultural y religioso de América fue posible por aquel espíritu emprendedor de tantos en el que las excitaciones e incitaciones del bienhacer aventurero -tal y como lo entendían en conciencia los protagonistas- recuerdan aquellas ganas de desfacer entuertos y hacer realidad las utopías –también las religiosas- que aletea continuamente en Don Quijote de la Mancha.Como cuando nos cuenta Cervantes que la del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. (…) Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo. Hasta el reino animal quedaba contagiado de aquel alborozo y alegría. 

 El afán de servir en aquellas nuevas tierras descubiertas  -y mejorar también así personalmente en honor y riquezas- recuerda que ese servicio al desarrollo de amplias poblaciones es un acicate al trabajo empresarial que hace intrépidos y arriesgados a los pioneros que se sienten capacitados para afrontar todo tipo de obstáculos y dificultades que pudiesen surgir. Toda aquella novedad inesperada era

una ocasión tan oportuna, para adquirir grandes riquezas, que convidó y atrajo a algunos de los principales a ser mercaderes, viendo en ello cuantísima ganancia. Porque se habían de proveer de aquí muchas provincias. La isla Española, Cuba, Honduras, Campeche, Nueva España, Guatemala, Cartagena, Tierra firme, con toda la grandeza del Perú, casi de todo género de ropa, y de muchos mantenimientos. Y parte aun hasta el trigo y harina, que se ha de comer. Lo cual todo puesto ally, a causa de la gran penuria y falta que hay dello, y de la mucha plata y oro, valia y vale (como dicen un Perú).[10]

Es la época donde tiene también lugar aquel otro acontecimiento sin igual al que abrió la puerta de su posible realización esa sorpresa americana descubierta por Colón citada anteriormente. Aquel narrador privilegiado que fue protagonista superviviente de aquella gesta –Pigafetta- termina el relato de la primera vuelta completa al mundo con una simplicidad estremecedora.

Escribe respecto a lo ocurrido el 6 septiembre de 1522:

El sábado entramos en la bahía de San Lúcar con sólo dieciocho hombres, la mayor parte de ellos enfermos. De los sesenta que habíamos salido del Maluco algunos habían muerto de hambre, otros habían huido a la isla de Timor, otros habían sido condenados a muerte por sus delitos.

 Desde que habíamos zarpado de aquella bahía hasta el día de nuestro regreso, habíamos recorrido catorce mil cuatrocientas sesenta leguas, habiendo dado la vuelta completa al mundo, de levante a poniente.[11]

  A continuación, narra con sencillez lo ocurrido el lunes 8 de septiembre: Echamos el ancla en el muelle de Sevilla y disparamos toda la artillería. Y por último: El martes, en camisa y descalzos, fuimos todos con una antorcha en la mano a Santa María de la Victoria y a Santa María de la Antigua.

Atrás quedaban peripecias, dificultades -algunas enormes-, asombros, muertes, encuentros, descubrimientos insospechados, confirmación de intuiciones científicas, luchas y acuerdos con pueblos indígenas solventados muchas veces con la sagacidad propia de quienes demostraban el conocimiento comercial y de la naturaleza humana universal, así como conversiones y riesgos de ataques portugueses entre otros muchos aconteceres, afortunados unos y desafortunados también otros muchos.

Tal y como señala Isabel de Riquer en la Introducción:

  Los resultados científicos del viaje fueron importantísimos: el descubrimiento del estrecho de Magallanes, del océano Pacífico y del archipiélago de las Filipinas, y que el nuevo mundo era un gran continente, estaban, quizá, entre los más importantes. A partir de entonces fue incuestionable que la tierra era redonda y que las zonas tropicales y las antípodas estaban habitadas. También cambiaron los conocimientos acerca de la proporción entre agua y tierra, pues, en contra de lo que se creía, la superficie del mar era muchísimo mayor que la de las tierras que emergían.[12]

No se puede dejar de reseñar tampoco que en todos aquellos grandes acontecimientos hilvanados de casi infinitos pequeños sucesos aparentemente insignificantes -junto a la audacia meramente humana- estaba casi omnipresente la intrepidez católica sobrenatural que sustentaba y estimulaba la de tejas abajo. Esa confianza, abandono y seguridad en la providencia divina y en la intercesión de Santa María y de los santos no sólo se manifiesta en el ámbito colectivo de los grandes acontecimientos históricos que se producen, sino que también se  presenta y es vivida en los sucesos cotidianos e importantes de la vida personal de muchos de los ciudadanos y aventureros de aquellos tiempos. Así, por ejemplo,  Pigafetta narra también aquel suceso personal en que está a punto de ahogarse  de la siguiente forma:

Lunes santo, 25 de marzo

 Día de Nuestra Señora. Pasado el mediodía, cuando íbamos a levar el ancla, subí a bordo de una de las naves para pescar y me enredé los pies con una cuerda que servía para bajar a la bodega; como había llovido resbalé y me caí al mar sin que nadie me viera. Estaba a punto de ahogarme cuando vi a mi izquierda la cuerda de una vela que estaba medio escondida en el agua; me agarré con fuerza y empecé a gritar hasta que me socorrieron con una chalupa. Ciertamente que no fui salvado por mis méritos, sino por la misericordia de aquella fuente de piedad.[13]

Aunque impulsadas, orientadas, mantenidas  y coordinadas por españoles, es preciso reconocer –para ser fieles a la verdad histórica y al sentido común- que la consecución del éxito en aquellos increíbles proyectos –también comerciales y empresariales- no fue sólo tarea de ciudadanos de la España de aquel tiempo dirigidos y controlados por el poder imperial sino que a todo ello contribuyeron ciudadanos e instituciones muy diversas de distintas latitudes y también de tiempos anteriores con los que a través del estudio de sus escritos y sus aportaciones pudieron recrear el presente que se abría a sus ojos. Como muy bien señala Kramen

 “poder” no significa única y exclusivamente la capacidad para imponer la fuerza. De un modo más exacto, el término puede aplicarse a las estructuras subyacentes que hicieron posible el imperio, a factores como la posibilidad de proporcionar financiación y servicios. En otras palabras, ¿quién aportó los hombres?, ¿quién concedió el crédito?, ¿quién facilitó las transacciones?, ¿quién construyó los barcos?, ¿quién fundió los cañones?”[14]

 Considero a los españoles no como los únicos “impulsores y animadores” que “labraron la gloria de un imperio” (según las palabras del poeta), sino como copartícipes en una vasta empresa que fue posible únicamente gracias a la colaboración de muchas gentes de diversas naciones. Los creadores del imperio, según sostenemos aquí, no fueron sólo los conquistadores de España. Fueron también las propias poblaciones conquistadas, los inmigrantes, las mujeres, los deportados, los marginados. Ni fueron sólo españoles: sino también italianos, belgas, alemanes y chinos.[15]

Pero el siglo XVI es también la época en la que -con el protagonismo indiscutible de aquel fraile agustino agitado por sus crisis interiores, Martín Lutero, al que ayudaron una concatenación de circunstancias particularmente oportunas como el resquemor y las ambiciones políticas y religiosas de unos y otros- se resquebrajó la unidad cristiana occidental con la Reforma Protestante que se extendió por los Estados del centro y norte de Europa, a la vez que el cisma anglicano separaba a Inglaterra de la unidad católica y el Protestantismo Calvinista -poco después- se expandió con más fuerza que el Luteranismo en Hungría,  Bohemia, Polonia, en los Países Bajos con Guillermo de Orange el Taciturno y en Escocia, con influencia también en Inglaterra, así como, significativamente, en la patria del propio Calvino: Francia. La división religiosa de Europa se consumó en el siglo XVII con los tratados de Westfalia. El liderazgo de Martín Lutero aprovechó aquel proceso de descomposición larvada de los principios y actitudes  que se venían gestando por la presión tributaria de la Hacienda papal aviñonesa, el democratismo eclesial, las doctrinas conciliaristas, los nacionalismos eclesiales, la filosofía nominalista o los conflictos entre papas y emperadores. A todo ello hay que añadir la peculiar situación alemana con el poder señorial casi pleno de la nobleza debilitando completamente el poder soberano, un sinfín de principados y ciudades, un agrio resentimiento contra Roma y su Curia, así como la decadencia moral del clero y quizás más aún del episcopado.

 La Reforma católica, como movimiento renovador de la Iglesia universal y promovido por el Papado, es posterior en el tiempo a la Reforma protestante. Pero el anhelo de reforma venía ya de atrás y se había plasmado en algunas realizaciones de importancia, pese a ser éstas de carácter parcial. Un país occidental aparece como el adelantado de la Reforma Católica: la España de los Reyes Católicos. Estos monarcas consideraron la reforma eclesiástica como una parcela esencial de la obra general de restauración del Estado, que fue el norte de su política. (…) El cardenal Cisneros reformó los conventos franciscanos y la vida monástica; la Universidad de Alcalá, fundada por él, fue un gran centro de estudios teológicos, que publicó la célebre <<Biblia Políglota Complutense>>, y un activo foco de humanismo cristiano. La Iglesia española en el primer tercio del siglo XVI era sin duda la de mayor nivel espiritual y científico de Europa, y ello explica el papel preponderante  que los teólogos españoles tuvieron en Trento.[16]

El siglo XVI es la época también en la que San Juan de Ávila impulsa en España la renovación espiritual del clero regular y el pueblo, y en la que San Ignacio de Loyola (1492-1556) funda la Compañía de Jesús que es aprobada por Paulo III en 1540 como una orden de clérigos regulares cuya finalidad primordial era la propagación de la fe católica y la enseñanza de la doctrina y en la que acuerdan ponerse –en virtud de un cuarto voto- a la plena disposición del Papa. Su rápido desarrollo queda patente si tenemos en cuenta que cuenta ya con un millar de miembros a la muerte de su fundador y alcanza los 13.000 medio siglo más tarde. Es la época en la que San Francisco Javier lleva el Evangelio hasta los lejanos Japón y China y es cuando el inmenso Imperio español de América y Extremo Oriente y las posesiones portuguesas de Asia y África junto con Brasil se convierten en campo privilegiado para el desarrollo de una formidable expansión de los ideales cristianos. En la Península, Santa Teresa de Jesús (1515-1582) acomete con gran entereza la Reforma del Carmelo que San Juan de la Cruz extiende a la orden de varones. Se reforman a su vez los Franciscanos con San Pedro de Alcántara a la cabeza y la de los Benedictinos con el abad García de Cisneros. En Italia nacen los Capuchinos como nueva rama del tronco franciscano y caracterizados por su austeridad de vida y su dedicación al ministerio y -también en Italia- el espíritu tridentino -con el arzobispo de Milán San Carlos Borromeo a la cabeza- se extiende con el buen hacer de obispos ejemplares. A su vez San Felipe Neri, desde Roma, contribuye a la renovación de la vida cristiana en los ambientes de la Curia; San José de Calasanz (1557-1648), nacido en Peralta de la Sal, desarrolla también en Roma una gran labor de educación cristiana de la juventud entre las clases populares fundando las Escuelas Pías y San Francisco de Sales (1567-1622) difundió el trato  personal con Dios  entre seglares que vivían en medio del mundo.

Es la época también en que empieza a expandirse y hacerse notar la eficacia de las máquinas en las tareas rutinarias, y –en concreto- en su aportación singular a la difusión de las ideas y –con ellas- a la formación y conformación de valores positivos o negativos entre círculos de poblaciones cada vez más amplios y generalizados. No se puede entender el siglo XVI si no tenemos en cuenta el factor crucial de la aparición de la imprenta unos años antes. Téngase en cuenta que Gutenberg nació en 1394 y murió en 1468.

Se conseguía con ello la expansión de la cultura y con ello –por decirlo con algunas palabras tópicas actuales- individualizarla, democratizarla y socializarla entre las clases también populares. Intuyendo que –además de la moral- la economía es algo también popular, en la que  todas las gentes acaban siendo y  son protagonistas,Tomás de Mercado nos decía al principio de la Suma de Tratos y Contratos sus razones para escribirla en lengua vulgar:

Do con toda la brevedad posible, trataré del estado y condición de los mercaderes, mayormente de los desta republica, y de sus negocios y tratos: porque para su utilidad y comodo especial y particularmente lo escribí y publiqué en su lengua materna y vulgar. Do sin intérprete lean y entiendan cómo han de vender y comprar: celebrar sus compañías, llevar sus encomiendas, enviar y surtir cargazones, partir costas, intereses y ganancias.[17]

 Respecto al desenvolvimiento económico de carácter general  en aquella época basta por ahora un breve bosquejo al hilo de las consideraciones de Murray Newton Rothbard en su magistral Historia del Pensamiento Económico en donde dedicó un amplio apartado a los autores escolásticos de entonces:

 La gran depresión secular del siglo XIV y primera mitad del XV dio paso, en la segunda mitad de XV, al comienzo de la recuperación económica. El comercio por tierra desde el Mediterráneo hacia el norte de Europa, interrumpido por la depredadora actitud que mantuvo el rey francés ante las ferias de la Champaña, fue siendo sustituido por el comercio marítimo por la costa atlántica. Los navíos atravesaban ahora el Estrecho de Gibraltar y remontaban la costa, acercándose cada vez más a Amberes, hasta acabar por convertir esa ciudad, ya en el siglo XVI, en el gran centro comercial del norte de Europa. El comercio huyó de las restricciones y elevados impuestos de la Brujas flamenca, desplazándose hacia el mercado libre de Amberes, donde florecieron y se expandieron los negocios y el comercio, a salvo de legislaciones plagadas de estorbos y privilegios, y de impuestos elevados. Los barcos atlánticos también ponían proa al sur y al oeste. Las famosas exploraciones y descubrimientos de finales del siglo XV cambiaron de este modo el curso de la historia del mundo, convirtiendo a los países europeos en potencias mundiales y comenzando a integrar  África y el Nuevo Mundo en la economía europea. España y Portugal, naciones-estado pioneras en la exploración de nuevos continentes, se convirtieron de este modo en los grandes imperios que dominaron el siglo XVI. Las ciudades-estado italianas, hasta no hacía mucho punteras en el progreso económico y la irradiación de la cultura renacentista, comenzaron lenta pero inexorablemente a rezagarse en la carrera por el poder político-económico.

 Por otra parte, en cuanto a la actividad cotidiana en el interior de la Península y en la Corte valga lo que  Menéndez Pelayo nos describe en su Historia de los heterodoxos españoles respecto a la Valladolid de 1527 -antes por lo tanto del terrible incendio del 21 de septiembre de 1561- con un retrato costumbrista descriptivo muy ilustrativo:

Valladolid era, en tiempo del emperador Carlos V, no sólo la residencia habitual de la corte y la más importante de las villas castellanas, sino una de las más ricas, industriosas y alegres ciudades de España. El discreto embajador y humanista veneciano Andrea Navagiero, que la visitó en 1527, califícala de “la mejor tierra que hay en Castilla la Vieja, abundante de pan, vino, de carne y de toda cosa necesaria a la vida humana; es quizá, añade, la única tierra de España en que la residencia de la corte no basta para encarecer cosa alguna….Hay en Valladolid artífices de toda especie, y se trabaja muy bien en todas las artes, sobre todo en platería. Suele estar allí la corte y habitan de continuo muchas personas y señores, entre otros el conde de Benavente. Residen en ella muchos mercaderes, no sólo naturales del país, sino forasteros, por la comodidad de la vida y por estar cercanos a las famosas ferias de Medina del Campo, Villalón y Medina de Rioseco…Hay hermosas mujeres, y se vive con menos severidad que en el resto de Castilla”.[18]

[1]    Von Böhm-Bawerk, Eugen. Ensayos de Teoría Económica, Volumen I, La Teoría Económica. Madrid, Unión Editorial, 1999, p. 157.

 [2]    Antonio Domínguez Ortiz,  España. Tres milenios de Historia,  Madrid, Ediciones de Historia, 2001,

p 131.

 [3]   Salvo que el tiempo ha traído también el agrandamiento de las distancias entre Cristóferens y el mundo circundante. Pocos querrán ver en él a un portador de milagros, en vez del artífice de una negociación que pro­metió algo distinto de lo que muestra ser: la del esclavismo sobre tierras que en nada anuncian corresponder al Asia histórica. Es así, entonces, que si el Descubridor llega al final de sus días con una fe íntegra en los postulados de su construcción nadie deberá agradecérselo tanto como el historiador. Por­que le brinda con ello la última y mejor demostración acerca de la auten­ticidad de las creencias que fundó su ideación profético-cosmográfica. Y buena prueba, para mí, de que en la “maravilla” que dio origen a aquel edificio, hay que buscar las claves fundamentales de él.(…) Que la carrera de Colón haya tenido comienzo al modo paulino, en una llamada del Cielo para él evidente, constituye, como hemos ido viendo, una premisa capital para nuestro estudio. Y que debe quedar, por lo tanto, su­ficientemente consolidada. Pérez de Tudela y Bueso, Juan, Mirabilis in altis, Estudio Crítico sobre el origen y significado del  proyecto descubridor de Cristóbal  Colón, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones  Científicas, 1983, p. 93.

[4]   A finales del siglo XV el reino de Castilla era pobre, acababa de salir de la larga lucha de la Reconquista y se había unido recientemente con el reino vecino de Aragón, que era más próspero. Su economía dependía de la agricultura de subsistencia, del comercio de la lana y del tráfico marítimo que utilizaba los puertos cántabros y mediterráneos. Sus súbditos eran agricultores, ganaderos, soldados, marineros y sacerdotes.

 A este hosco reino la suerte signó las riquezas de El dorado. En las Indias los españoles encontraron oro y plata en cantidades no soñadas algunos años antes. El tesoro americano empezó a llegar a España a principios del siglo XV, y en cantidades mayores a partir del año 1535. Las minas más ricas se abrieron entre 1545 y 1558, y la llegada de las riquezas continuó, sin que disminuyera el ritmo, durante el resto del siglo XVI. Marjorie Grice-Hutchison, El pensamiento económico en España (1117-1740), Barcelona, Editorial Crítica, 1982, pp. 124-125.

 [5]   Tomás de Mercado, Suma de tratos y contratos, Madrid, Editora Nacional, 1975, [82] p. 124.

 [6]   Sigue diciendo Tomás de Mercado:

Porque a la verdad soliendo antes el Andalucía y Lusitania, ser el extremo y fin de toda la tierra, descubiertas las Indias es ya como medio. Por lo cual todo lo mejor y más estimado, que hay en las otras partes antiguas, aún de  Turquía viene a ella: para que por aquí se lleve a las nuevas, donde todo tiene tan excesivo precio. De aquí es que arde toda la ciudad en todo género de negocios. Hay grandes y reales cambios para todas las ferias, así dentro del reino, como fuera: ventas y compras fiado y de contado de gran suma; muy grandes cargazones): baratas de muchos millares y cuentos, que ni Tiro ni Alejandria en sus tiempos se le igualaron. Tomás de Mercado, Ibid. p. 125, (85).

 [7]   Madariaga, Hernán Cortés, Madrid, Espasa-Calpe, 1977. p. 31.

 [8]   Madariaga,  Ibid, p. 562.

 [9]   Madariaga,  Ibid., p. 559.

[10]   Tomás de Mercado, Op. Cit. [83], p. 124.

 [11]   Pigafeta Antonio, El primer viaje alrededor del mundo. Relato de la expedición de Magallanes y Elkano, (T.O. II primo viaggo interno al mondo) ed. Isabel de Riquer, Barcelona,, Ediciones B, S.A., 1999,  p. 252.

 [12]   Pigafetta, Ibid., p 24.

[13]   Pigafetta, Op. Cit., p 123.

[14]   Henry .Kramen, Imperio, La forja de España como potencia mundial, traducción de Amado Diéguez, Madrid,  Santillana Ediciones Generales, S.L., p. 12.

 [15]   Kramen, Ibid. p. 12.

[16]   Orlandis. Historia de la Iglesia. Madrid, Ediciones Rialp, 2002. p. 119-120.

[17]    Tomás de Mercado, Suma de Tratos y Contratos, Madrid, Editora Nacional, 1975, pp. 86-87.

[18]  Menéndez Pelayo, Marcelino, Historia de los Heterodoxos Españoles, Erasmistas y protestantes Sectas Místicas, Judaizantes y Moriscos, Artes Mágicas. nº 370, México, Editorial Porrúa, S.A., 1995. p. 183.

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