La prioridad del trabajo humano sobre los bienes materiales – FUNDAMENTOS DEL VALOR ECONÓMICO – Capítulo – Apartado 4

[:es]

La prioridad del trabajo humano sobre los bienes materiales

El trabajo (causa eficiente) es prioritario al producto (causa mate­rial), puesto que éste no podría ejercer su influjo causal sin el previo ejercicio del trabajo. El ser humano es el principio del que fluye primariamente cualquier acción que hace que algo sea más valioso en términos económicos.

Incluso la misma metodología general del trabajo resulta influen­ciada por esa intelectualidad humana, que es capaz de captar los fines y descubrir los medios idóneos para esos fines. No se puede aplicar la misma metodología a un país escaso en población y con recursos materiales abundantes que a un país superpoblado y pobre en riquezas naturales.  Es  absurdo  aplicar a  este  último,  como  en  repetidas  ocasiones  se  hace,

sistemas tecnológicos y de desarrollo económico que buscan la economización del trabajo y que, sin em­bargo, son indiferentes al gasto de recursos materiales. Esa metodología, que es apropiada en el país escaso en población y rico en recursos, no se puede trasladar sin más al otro como si fuese la más eficiente. Las políticas de desarrollo

tienen que contar, para sus li­neamientos esenciales, especialmente con el factor trabajo humano, con el capital humano concreto y determinado de la región a desa­rrollar, con su idiosincrasia particular, con sus virtudes y sus limita­ciones. El capital físico de un país no es el decisivo; el decisivo es el capital humano. Hay ejemplos patentes en la economía mundial de países pobres en recursos naturales que, por impulso de su capital humano, han conseguido alcanzar altas cotas de desarrollo. Existen también, a la inversa, países y regiones geográficas con gran riqueza de recursos naturales físicos que se encuentran en etapas de subdesa­rrollo económico.

El trabajo humano está por encima de la infraestructura material en todos los órdenes económicos que consideremos: economía do­méstica, empresa, región, país. Entre las causas de la pobreza, los factores materiales son secundarios; las causas más importantes son inmateriales y radican en deficiencias en la educación, cultura y organización.

En el ámbito empresarial se observa también un cambio positivo hacia una consideración mayor del capital humano. El director de empresa no es ya la persona que es capaz, simplemente, de combinar factores de producción en unas circunstancias tecnológica y econó­micamente óptimas, presuponiendo unos datos fijos y necesariamen­te establecidos. El considerar el trabajo como un factor fijo y conven­cional, semipasivo también como la materia, es algo que ya no resulta apropiado en el contexto de la función empresarial actual, que preci­sa imaginación creativa en la búsqueda de los fines de su actividad y capacidad de idear y de realizar en todos los individuos que compo­nen dicha organización. El «software humano» es el que en definitiva alimenta y vivifica el «hardware» puramente material de la empresa. El balance de cualquier organización económica no es posible hacer­lo con referencia a la producción física simplemente, sino que la característica más importante a resaltar para hacer ese balance es la capacidad humana de trabajo actual y especialmente de trabajo futu­ro que permita la continuidad creciente de su actividad. La valora­ción más importante en toda organización económica es aquella que se fundamenta en las capacidades operativas de las personas que forman parte de esa organización. Las políticas de desarrollo regio­nal deberían ajustarse a esta realidad de la causación del valor y, teniendo en cuenta la virtualidad de la causa eficiente, cambiar cons­cientemente la estrategia general haciendo un mayor hincapié en las personas que en las mercancías.

 Generalmente sucede lo contrario: el prejuicio economicista hace su aparición y se construyen modelos altamente complejos que incor­poran abstracciones tales como el PNB, el ahorro, la inversión en capital fijo, las importaciones, el ritmo de exportaciones, etc., que representan a los productos materiales, dejando arrinconado en un parámetro genérico y cuantitativo de «población» el capital humano. No sólo se le arrincona, sino

que, cayendo en una contradicción inadmisible, se le culpa del posible fracaso del modelo de desarrollo. El modelo que incorporaba las variables antes enunciadas era perfec­to, pero la población, considerada simplemente como divisor, al cre­cer desmesuradamente, lo ha hecho fracasar. Los modelos de desa­rrollo necesitan considerar variables y causas del crecimiento más humanas, más acordes con el reconocimiento del trabajo humano como causa eficiente del valor económico.

Parafraseando afirmaciones que se aplican generalmente a la im­portancia de la acumulación de capital físico, considero que se pue­den referir, e incluso con mayor propiedad, al capital humano:

«El capital es el futuro. Es la provisión para los riesgos, las incer­tidumbres, los cambios y los trabajos de mañana. No es un coste presente, pero es ciertamente un coste. Una economía que no acu­mule suficiente capital para cubrir sus futuros costes es una econo­mía que se condena a sí misma a la recesión y a una crisis continua­da, la crisis de la stagflation». 17

 Por su parte, Hayek señalaba que «la circunstancia de que los pueblos occidentales dispongan de más riqueza que los demás países tan sólo en parte es debida a una mayor acumulación de capital (físico). La primacía se la ha dado principalmente la utilización más efectiva del conocimiento». 18

Esa prioridad del hombre sobre la naturaleza no le da carta blan­ca de explotación abusiva. Como ya veíamos en el capítulo anterior, ambos están interesados en la misma tarea. Si la preponderancia del hombre se hace agresiva, el hombre mismo es el que sale perdiendo. Su relación es de dominio amable y fecundo. De hecho, el sentimien­to de respeto y consideración hacia la naturaleza es un componente natural e implícito en toda actitud habitual de respeto hacia los de­más.

Para que el trabajador logre su efecto de acrecentar el valor, se requiere que domine el producto y no que éste le domine a él. El «ambiente» de trabajo en el que de modo práctico quede patente una adecuada filosofía del trabajo, según la cual el dominado sea la mercancía y no el trabajador, se presenta cada vez como más impor­tante para la eficacia de la producción. La automatización puede humanizar ese ambiente liberando al hombre de tareas puramente físicas o mecánicas, rutinarias, pero la tecnología moderna, en oca­siones, ha privado al hombre de un trabajo creativo, útil, hecho con sus manos y su cerebro, al exigirle un tipo de tarea fragmentada, especializada, más rutinaria si cabe. 19

El desplazamiento del trabajo desde el sector primario al secun­dario, y especialmente del secundario y primario al terciario, está posibilitando otra tendencia que se observa en las economías más desarrolladas y que se relaciona directamente con esta necesidad de ambiente humano en el trabajo: se potencia cada día más el trabajo autónomo (por cuenta propia), e incluso el trabajo en el hogar. En lugar de ser las personas quienes tienen que desplazarse allí donde se encuentre el trabajo, es éste el que tiende a volver allí donde están las personas. La informática y las comunicaciones hacen factible esta tendencia. 20

El trabajo aumenta su valor si nos permite expresarnos, si es un medio para materializar nuestras energías creativas, si está bajo nues­tro control y no es el trabajo, la mercancía o la máquina quien nos controla a nosotros mismos. Los beneficios en términos de produc­ción física de la industrialización quedaron mermados notablemente por la tendencia a convertir a la gente en autómatas humanos. Schu­macher distinguía entre herramientas, que son los sirvientes de la humanidad -amplían su campo de acción y su capacidad-, y las máquinas, que son nuestros amos, obligándonos a trabajar a su ritmo, a adaptarnos a sus exigencias, a acudir allí donde estén. Lo importante es convertir los útiles de trabajo en herramientas, pero no maquinizarnos.

El trabajo es la causa motriz en la creación del valor, transmite al producto algo suyo, algo humano por tanto, que se encuentra ya incorporado en el producto final. El trabajador transmite al produc­to a través de la acción del trabajo algo semejante a sí, aunque distin­to e inferior. El trabajador es causa análoga del producto final. El hombre puede producir bajo la dirección de su entendimiento y de su voluntad efectos humanizadores diversísimos.

La actividad del trabajo humano, por ser éste libre, produce su efecto con dominio sobre la operación, pudiendo producirlo o no en virtud de una decisión. El trabajador, por ser causa libre, tiene domi­nio sobre el fin que se propone, ya que lo tiene que conocer y tendera él con su voluntad. La acción del trabajo no está determinada necesariamente, puede actuar o no, actuar de un modo o de otro. Siempre hay un riesgo en la delegación de facultades, porque el tra­bajador es causa libre y no es posible prever con certeza cuál será su actuación.

La riqueza interior del trabajador se despliega en el conjunto de acciones que constituyen su trabajo. Mediante el trabajo humaniza­mos aquello sobre lo que actuamos. El grado de humanidad del que trabaja es transmitido al producto de su acción. Cuanto mejor es el trabajador más posibilidad tiene de crear valor mediante su activi­dad. Desplegarán una mayor y más honda actividad en la medida en que sean hombres de modo más pleno. Cuanto mejor sea el actor en el mundo del trabajo mejor será su labor. De ahí la importancia cada vez mayor que se descubre tras el concepto de capital humano.

 La naturaleza humana se manifiesta principalmente a través de su obrar. El ejercicio de las operaciones racionales y voluntarias ne­cesarias en todo trabajo humano ponen de manifiesto su espirituali­dad. Aunque el producto del trabajo siempre es atribuible al sujeto que actúa, éste lo hace a través de sus distintas facultades, de sus distintas capacidades. Esta diversidad de facultades está complemen­tada; unas se influyen a otras en el actuar. El mejoramiento de estas facultades, tanto individualmente como en sus complementarias, es el fin de las inversiones en capital humano: la capacitación profesio­nal.

La economía es también normativa, porque es una actividad hu­mana en la que el capital humano, cada vez más notoriamente, es el principal recurso, el esencial. Por tanto la economía necesita orde­nar, organizar ese capital humano, ordenarlo con idoneidad, es decir normativamente. Esa norma, ese deber ser del trabajo deriva de la realidad positiva de cómo es la naturaleza. La economía positiva nos lleva a la economía normativa. Si las cosas y el hombre son de tal o cual forma, y queremos conseguir tales fines, debemos actuar así o asá.

El peligro del economicismo, que consiste en mirar la eficacia de la acción humana exclusivamente en cuanto ésta es capaz de producir más y mejores mercancías prescindiendo de cualquier otro valor personal de esa acción, nos lleva a olvidar la conveniencia de incre­mentar, a través de la misma acción, la humanidad del sujeto trabaja­dor que permitirá una mayor eficacia cualitativa en trabajos posterio­res.

Es un reduccionismo economicista juzgar un trabajo exclusiva­mente por los productos; hay que valorar también el mejoramiento o empeoramiento del propio sujeto trabajador. No basta con mirar las consecuencias del proceso productivo en cuanto a los productos terminados. Cada vez, la empresa precisa observar las consecuencias de ese mismo proceso sobre los agentes que intervienen en él. La riqueza material de una empresa es secundaria con respecto a la riqueza en capital humano. El componente de organización humana se está descubriendo como el recurso decisivo para los buenos resul­tados empresariales y para su continuidad a lo largo del tiempo.

La diversidad cada vez mayor de actuaciones especializadas im­plica la imposibilidad de gestionar los intereses del grupo empresa­rial sin una mayor valoración del componente humano. Las activida­des técnicas de la empresa están sustentadas por relaciones humanas, y sobre éstas, cada vez más, hay que incidir.

Se está produciendo un desplazamiento del capital material al capital humano y, dentro de éste, del componente puramente físico al más intelectual y creativo, al más libre.

La dirección no consiste ya en una pura función de ordeno y mando que requiere una actitud totalmente neutra y funcionarial del subordinado. Las relaciones empresariales requieren  ya  diálogo  e in­tercambio  de información  en orden a  la consecución de los mismos fines comunes. Cada vez más, en el ejercicio directivo, hay que con­tar más con el intelecto y la libertad creativa de quien obedece, pero que obedece inteligentemente. El cumplimiento de los grandes obje­tivos se concreta a través de órdenes, pero órdenes que han de enco­mendarse a otros sujetos, también libres, y, por lo tanto, la gerencia implica un juego de libertades que han de coordinarse. El que dirige tiene que hacerse entender, no basta con dar la orden. Tiene que ser entendida para llegar a realizarse.

El subordinado no se limita a una actuación maquinal, semipasi­va; se requiere que se incorpore al sistema de decisiones y pueda tomar sus libres y creativas decisiones en su ámbito particular para mejor cumplir los objetivos del ámbito general. Mejorar la organiza­ción del trabajo no consiste exclusivamente en pagar más al trabaja­dor por su simple eficacia productiva en términos economicistas, sino aproximarse a un modelo funcional, más humano, y por lo tanto libre e inteligente, en el que los distintos individuos manden y obe­dezcan alternativamente mejorando los productos y ellos mismos en su trabajo.

Si a esta dualidad de objetivos y funciones del trabajo añadimos el hecho, que estudiaremos en capítulos posteriores, de que la em­presa se dirige a conseguir un mejor servicio para sus clientes poten­ciales, podemos adelantar ya la triple función que el trabajo consigue en cuanto causa eficiente: humanizar la materia, humanizarse a sí mismo en esa tarea y humanizar a las personas hacia las que se dirige dicha actividad. Mejorar el valor de la materia, tratando de mejorar el valor de los patrimonios ajenos y mejorando así el valor del propio patrimonio humano.

_____________________________________________

17   DRUCKER, op. cit., p. 11.                                                                                .

18   HAYEK, Los fundamentos de la libertad, Unión Editorial, Madrid 1975, p. 73.

19   SCHUMACHER, Lo pequeño es hermoso, Hermann Blume, Madrid 1978, p. 133.

20   HANDY, El futuro del trabajo humano, Ariel, Barcelona 1986, p. 106.

 [:]