DEMOCRACIA Y ACCESO AL PODER

¿Qué es la democracia? John Dunn, en un libro por él editado, la presenta como la idea “de que en las comunidades políticas huma-nas, el gobierno debería recaer en manos de personas corrientes (los ciudadano adultos) y no de personalidades extraordinarias”[1]. Como descripción general puede valer. Ahora bien, en 1956, unos investigadores encontraron trescientas once definiciones de la democracia. Hoy son muchas más. El concepto se ha vuelto una noción cabalística, enigmática. Tanto, que para recuperar el sentido de la democracia, Hayek propuso sin éxito hace años sustituir la palabra democracia por demarchía.[2] Una causa muy principal de las confusiones en torno a la democracia consiste en confundir la democracia política con la política democrática. Pues, aunque el gobierno sea despótico o tiránico puede hacer una política democrá tica según el uso corriente de esta palabra. ¿Qué hay más demo-crático que la aclamación directa al Führer? Así pues, para hablar de las forma de acceder al poder, ¿de que democracia se habla?

En la democracia europea de esta primera década del siglo XXI, teóricamente se accede al poder mediante la representación. Pero la realidad es que esta no funciona. Está gravemente falsificada. Por otra parte, la idea de democracia ha devenido dogmática, se ha convertido en una religión de la política, lo que disimula sus dificultades, y se aplica a cualquier cosa.

1.- En Europa, la política se ha disuelto en propaganda y publicidad para los votantes, que ni siquiera son ya electores libres. Únicamen te pueden elegir lo que les ofrecen las oligarquías partidistas unidas por el consenso dominante. La votación es una especie de aclama-ción ritual expresada burocráticamente por escrito. Se ha llegado al punto en que es prácticamente imposible que pueden surgir auténticas alternativas frente a los partidos “establecidos”, cuyas diferencias son mínimas entre sí en lo que respecta a lo que puede interesar de verdad a los votantes. Las campañas electorales son ejercicios de demagogia. Encubren la farsa política de la oligocracia partidocrática[3], a cuya demagogia inverecunda se han acostumbra-do los súbditos del consenso. Guy Hermet escribía desilusionado hace unos veinte años, que la democracia “no es otra cosa que el poder de intensidad variable que los gobernantes y sus adláteres se han esforzado en ejercer ininterrumpidamente.”[4]

Es así como el Estado, en vez de limitarse a lo que es común, a la cosa pública, a la res publica, que incluye ciertamente la atención a los más desfavorecidos, interviene en todo, desde en la moral y las costumbres hasta en los deportes pasando por la cultura. Su preocupación por todos descansa en la utopía de la democracia providencial, una igualitarista democracia moral[5] lograda mediante la justicia social.

El consenso es una versión bastante siniestra de lo que decía Sócrates de la democracia ateniense: “Algunos la llaman democra-cia, otros de la manera que les gusta; pero, en realidad es una aristocracia con aprobación de la masa.” En Europa, impone la “política correcta” un falso izquierdismo totalitario de origen puritano norteamericano teñido de infantilismo y estolidez, para introducir la democracia en todas partes, desde la familia hasta las Iglesias, pasando por el lenguaje, según los cánones del consenso oligárqui-co. Anatematiza como antidemocrático y de extrema derecha todo lo que se desvía, se opone o critica al consenso establecido.

Sin embargo, la versión políticamente correcta de la democracia sólo se puede defender ya con improperios.  Anatematiza, excluye, por antidemocrático, reaccionario, “ultra” o “extrema derecha” todo intento político de competir con el sistema. Prodiga la palabra “facha” o “fascista” como un insulto que desprestigia o condena a quien no sigue el juego o le disgusta. Para Claude Barthes, hasta el lenguaje era “simplemente fascista,” por lo que es mejor callar y conformarse, servir al poder establecido. Marx, con su continua crítica al establishment y sus elogios al papel histórico de la burguesía, sería hoy un peligrosísimo fascista, desde luego un “ultra” o de “extrema” derecha.[6] La crítica de Lenin al infantilismo izquierdista sería fascista. Las palabras fascista, ultraderecha y extrema derecha simbolizan lo políticamente incorrecto. Es posible que bajo la influencia del islam y el multiculturalismo sean sustituidas por la palabra racismo y sus variantes.[7] Es increíble el aumento de la necedad política debido a la “política de la fe”, como la llama Michael Oakeshott. Europa se encuentra inmersa en una de esas fases de estupidez colectiva que no son infrecuentes en la historia. Y hoy es democrático todo lo que el consenso de los partidos y los intelectuales orgánicos o despistados dicen que es democrático.

2.- Ahora bien, la democracia política se circunscribe a la idea liberal de que la naturaleza humana es vulnerable al deseo de poder y a la corrupción por lo que gobierno debe ser limitado; con la diferencia de que pueden acceder al poder todos, no unos pocos privilegiados. Carl Schmitt describió con bastante exactitud la democracia como la forma de gobierno que entraña “la identidad entre gobernantes y gobernados”. Esto es así porque el presupuesto de la democracia es la libertad política. Pues la libertad política constituye el principio de la democracia, como advirtió Platón. Por eso, el más grave de los equívocos sobre  la democracia consiste, según mostró Tocqueville, en no ver su esencia y su principio en la libertad, sino en la igualdad comunitarista de los ciudadanos. Así, la vigente democracia igualitarista ha devenido un mero régimen de legalidad positivista, coactiva, que al hacer a la ley sinónima de Derecho carece de legitimidad, otra palabra que se invoca para cualquier cosa. Pero como es evidente que la identidad de que habla Schmitt sólo es posible en la democracia directa, la clave de gobierno democrático es representación como el modo de acceder al poder. Sin embargo, está gravemente falsificada, funciona como un mito.

El hallazgo del sistema electoral perfecto constituye una de las cuadraturas del círculo de la política. Por eso, instintivamente, en la democracia retórica, la voluntad de poder de la demagogia no admite otra “democracia legítima” que la suya y no tolera que se discuta. [Un ejemplo es la respuesta de Giscard al no de los franceses al proyecto de Constitución europea: ¡repetir los referenda hasta que se vote sí!. Giscard no se atreve a proponer que se sustituya el voto por el decreto, más rápido y económico. Pero los decretos no se prodigan en las cuestiones a las que se les atribuye cierta importancia porque todavía se considera necesario guardar algunas apariencias formales, y la oligarquía, sintiéndose segura, no quiere despertar sospechas. Se prefiere cambiar las leyes, aprobadas por los Parlamentos, todas las veces que haga falta hasta dejar satisfechos a los gobernantes en una serie permanente de pequeños golpes de Estado.]

Guy Hermet se preguntaba en 1989,  si el pueblo es apto para la democracia, si no será su mayor enemigo. Lo que pasa es que la democracia, lo mismo que la aristocracia, puede ser falsificada o pervertirse; puede ser una democracia despótica y tiránica, radical, en lugar de una democracia de hombres libres que promueva las aristarquías naturales, morales, elevando a los hombres en vez de rebajarlos, que tienda a hacer de todos aristócratas, como sugería Tocqueville.[8]

3.- ¿Ha fracasado la democracia en Europa? Sí y no. Simplificando, a juzgar por las ilusiones que se hacen de ella los europeos, sí; juzgando por sus desilusiones, no: está secuestrada por el burocratismo, los impuestos crecientes y, sobre todo, por la falta de libertad política. Europa y la democracia están secuestradas por la clase dirigente, por el consenso. Hoppe, que  no se hace ilusiones, no se recata en afirmar  que “hay que deslegitimar la democracia y la regla de la mayoría” si se quiere contener el declive de esta civilización; “abocada, en su opinión, a una catástrofe económica y social.”[9] Quizá porque en las sociedades democráticas los hombres son tentados a olvidar que ante todo son seres libres, contentándo-se con que se les llame ciudadanos, lo que les causa la impresión de que son iguales.

La demagogia democrática actual movida por el humanitarismo y el espíritu de bienestar, es una democracia del dinero que, para pare-cer bienhechora, ejercita toda clase de intromisiones, invocando los mitos del igualitarismo, la justicia social y la igualdad de oportunida-des para justificar el derroche de los fondos públicos. Sin embargo, como los mitos son irrealizables, en la democracia vigente ha llegado a ser más importante el dominio de la propaganda y la publicidad, en los que se sustenta para mantener las apariencias.

Uno de los más graves problemas de la política consiste en que un hombre u unos pocos hombres que forman el gobierno han que relacionarse con una masa de hombres a los que no conocen. Y en la democracia tiende a la demagogia, al depender el gobierno del consentimiento popular.

Por eso, en un régimen de opinión de masas, inseparable de la voluntad general, el soberano ficticio, son indispensables el ágora (el Parlamento) y los medios de comunicación, pues de otra mane-ra la opinión no sería más que un rumor y el rumor es incontrolable y peligroso. Las estadísticas, las encuestas y la propaganda son insuficientes para controlar la opinión. Y de ahí que la clase dirigente, siguiendo la máxima leninista la mentira es un arma revolucionaria, haya hecho de la mentira un hábito normal.

Para la izquierda reaccionaria heredera del leninismo y el hitlerismo cuyo fuerte es la propaganda, la mentira es un hábito necesario, una virtud, habiéndose especializado en tergiversar las palabras. La izquierda moderada y la derecha, gratamente sumergidas en el negocio del consenso, han adoptado al mismo hábito, cuya justifi-cación subliminal es el relativismo ético al que es proclive de suyo la democracia, precisamente por ser un régimen de opinión. Todos mienten. Todos afirman que la futura Europa ha de ser democráti-ca; pero es imposible si la libertad política está secuestrada.

Por ejemplo, en España, los partidos de la derecha y la izquierda pidieron a los imaginarios ciudadanos en nombre de la democracia que aprobasen a ciegas la pretendida Constitución europea, una mentira pues, a lo sumo se trata de una Carta otorgada por las oligarquías. El mismo gobierno – nada menos que ¡el Ministro de Justicia!- les sugirió a los supuestos ciudadanos que no les hacía falta que se molestasen en leerla ni entenderla; probablemente para acostumbrarles, previendo que dentro de poco la educación y la cultura monopolizadas por los poderes públicos conseguirán que nadie sepa leer ni entender nada. Triunfó como era de esperar el voto afirmativo. Y aunque fue muy elevada la abstención, la única arma eficaz contra el consenso si es masiva, y sumada a los votos negativos, sólo uno de cada tres españoles aprobó la Constitución, derechas e izquierdas presentaron descaradamente el aprobado jurídico formal como un triunfo político y moral.

En política, representar es mandar, y la democracia es un sistema de mayorías articulado mediante el sufragio universal y el sistema representativo para acceder al poder. Sin embargo, la democracia no se reduce al derecho a votar. Su esencia, afirmaba el teólogo Karl Rahner evocando sin decirlo a Montesquieu, no depende de que cada ciudadano “tenga en su mano la papeleta de voto (cúmulo de papeles que puede ser muy tiránico) sino de que en una sociedad determinada no haya una instancia única que acapare en sí todo el poder, que haya una pluralidad de poderes distintos entre sí, de modo que el particular se sienta protegido en cierto modo por uno contra la prepotencia de los otros.”[10] Y en lo que respecta a la representación, diseñada generalmente mediante el sistema de mayorías proporcionales, en la democracia alienta la selección a la inversa, al facilitar en palabras de Hoppe, que “sólo los hombres indecentes y peligrosos puedan llegar arriba”.

4.- La democracia no es una exclusiva de Grecia, como se cree. Históricamente han existido muchos regímenes políticos democráti-cos. Se asentaban en la participación.[11] La participación era posible en las pequeñas ciudades griegas que han servido de inspiración a la democracia política europea. Pero la participación es una ficción en grandes territorios y con muchos habitantes. Montesquieu se dio perfecta cuenta de ello: sin la existencia de poderes intermediarios es imposible. Sin embargo, la visión que se divulgó en Europa de la democracia política fue la de Rousseau, añorante de las pequeñas ciudades.

Montesquieu vio con claridad, que la democracia como forma de gobierno del orden o régimen político natural sólo es posible en las repúblicas.[12] Así, Norteamérica se constituyó como una República o cosa común, la cosa del pueblo, res publica res populi decían los romanos. Luego optó, no sin discusiones, por gobernarse democrá-ticamente, lo que no obsta a que el poder ejecutivo sea presidencialista, es decir, monárquico  Pero el Gobierno no es idéntico al Estado y donde hay un Estado, un orden político artificial, aunque sea republicano, el asunto se embrolla. Pues, como decía antes, la representación consiste en elegir a los que han de mandar, es decir, a los que ejercen el poder. Como el Estado concentra todo el poder, dígase lo que se diga la soberanía sigue residiendo en el Estado. O sea, en quiénes lo controlan.

En fin, por el temor de que se pongan al descubierto las lacras de la democracia vigente, está mal visto, casi prohibido, el plantearse si puede haber varias formas de democracia. Para lo que nos interesa aquí, desde el punto de vista empírico cabe distinguir dos formas principales: la estatista, que prevalece en Europa, y la natural o política.

De ahí la existencia de dos formas fundamentales de democracia: la democracia natural o política y la democracia estatista. Para entender la distinción hay que partir de otra en cierto modo más fundamental: que el suelo de la democracia política es hoy el estado democrático de la sociedad, del orden social, no el orden aristocrático. El orden social es un orden englobante inconfundible con el orden o régimen político en sentido estricto, que es sólo un  aspecto del social. Como señaló Tocqueville, el gran hecho nuevo es el carácter democrático del orden social como un todo, no la democracia como régimen u orden político particular.

5.- La democracia natural[13] o política es aquella en la que la activi-dad política es libre al no existir el Estado, puesto que todo Estado es Estado de Poder y al monopolizar el poder monopoliza la política e impone la suya. Bajo el Estado, la libertad política no es una libertad natural. En la Edad Media, cuando coexistía el Estado, libertas equivalía a natura (la naturaleza humana) y a derecho. Para Jean Baechler la democracia natural es “la verdad de la política”; Ludwig von Mises, al rechazar la idea de la democracia como el gobierno de las mayorías, afirmaba que equivale a “autodetermina-ción, autogobierno y autonomía”; Pierre Manent afirma sencilla-mente que democracia es selfgovernment, autogobierno, el gobier-no del pueblo por el pueblo. La democracia como autogobierno depende de la existencia de  instituciones sociales o populares vivas y autónomas asentadas en las costumbres, que como pensaba Montesquieu, son un ingrediente muy importante de la libertad. En territorios amplios o con poblaciones numerosas, está descentralizada según el principio del autogobierno en regiones o unidades parecidas, en municipios y en asociaciones libres y subórdenes concretos; en torno a ellos se autoorganizan y autodeterminan los miembros de las familias, al ser la familia la unidad social elemental.

El orden político es sólo el aspecto externo del orden social, su piel, decía Ortega. Del orden político se encarga el gobierno, frente a cuyos posibles excesos constituye una garantía de la libertad política la independencia entre sí del poder legislativo y el ejecutivo y la libertad de la autoridad judicial. El constitucionalismo moderno tiene ese origen. El Instrument of Government de Cromwell (1653) intentó independizar el poder político de los poderes sociales para paliar los efectos de la ley de hierro de la oligarquía y la Constitución norteamericana siguió su ejemplo. La independencia de los poderes, que equivale exactamente a su separación y distinción, constituye una de las garantías frente a la tendencia inherente del verdadero poder político, que es el ejecutivo, a imperar el sólo, de hecho o de derecho. Y aún así, la separación sólo puede tener éxito si es coherente con el êthos, fuente de toda clase de responsabilidad, incluyendo, por supuesto, la responsabili-dad política.[14] La democracia política o natural descansa en la igualdad de condiciones garantizada por la igualdad jurídica siguiendo la pauta de la igualdad religiosa, y en la libertad política como un prius. Sin libertad política, una libertad natural, no hay igualdad política, igualdad de capacidad política, aunque existan desigualdades sociales. En suma, en la democracia natural o política, en principio, cualquiera puede acceder al mando.

6.- En la democracia estatista o social la actividad política, es decir la libertad política, está monopolizada por el Estado y por ende, el acceso al poder está condicionado por él y por sus normas. En el estado aristocrático de la sociedad, el acceso al poder, al mando político, estaba restringido a una minoría cuyos miembros eran los únicos que tenían libertad política. Ahora bien, el Estado sustituyó a la aristocracia en su papel de mando. Y el Estado,  homogeneiza-dor por definición, produce una democracia centralizada, inevitable-mente formal. Y si, debido a la ley de hierro de la oligarquía, “una democracia no es más que una aristocracia de varios interrumpida a veces por la monarquía temporal de un orador”, como decía irónicamente Tomás Hobbes,[15] el Estado, una máquina centraliza-dora e igualadora, tiende inercialmente a configurar materialmente la democracia como total o totalitaria.[16]

Se dice que la democracia ha resuelto por mediación de la técnica su oposición con el totalitarismo.[17] La técnica estatal, uno de cuyos instrumentos es la representación proporcional por parecer la más justa y neutral, ayuda a dar la impresión de que son legítimas la neutralidad y la ideología del consenso de la democracia totalitaria. En esta forma de la democracia es el Estado el director y  agente principal del movimiento o cambio, en la forma de un gigantesco Yo político trascendental, cuya alma es el consenso. La democracia estatista, una democracia social, descansa en la falacia del consenso, voluntaria  cuando se acepta de grado -la servidumbre voluntaria- o impuesta. Quiéralo o no acaba siendo radical, una enfermedad del pensamiento, pues es la instalación de la política estatal cuyo espíritu influye en el alma, “en el centro de los afanes humanos”, decía Ortega. Su principal víctima son las clases medias, que como ya viera Aristóteles son indispensables para que exista la democracia política. Atacar a las clases medias, inercial-mente republicanas, quitándoles su independencia como hacen sistemáticamente los Estados europeos de diferentes maneras, es destruir la posibilidad de la democracia real. Aunque se proclamen democráticos, su idea de la democracia es la democracia igualitarista radical, la demagogia, el ejercicio oligárquico de la voluntad de poder encubierto por el principio de la igualdad de oportunidades según los criterios de justicia social que determinan los políticos y la administración, articulándolo artificialmente mediante la Legislación según pautas que fija el Estado. Así, la antidiscriminatoria Legislación de moda contra la “exclusión” crea sin parar nuevas discriminaciones, desigualdades, barreras y conflictos. Se dice que “la aspiración a la democracia social, ha sido el gran obstáculo igualitario y estratégico que levantó la izquierda europea contra la posibilidad de la democracia política.”[18]  Históri-camente es cierto; pero también pertenece a la inercia del poder, concentrado en el Estado, la tendencia a crecer y someter todo. Y en esto son iguales las oligarquías de derechas y las de izquierdas que controlan el Estado.

Una clave de la diferencia entre la democracia natural o política y la democracia estatista es la mentada distinción entre igualdad de condiciones e igualdad de oportunidades. Para Tocqueville, en su comparación entre la democracia en Estados Unidos y en Europa era fundamental que el orden o estado social democrático se hubiese asentado en Norteamérica en la igualdad de condiciones. En este caso, el punto de partida inicial es la libertad, de modo que aunque se originen desigualdades no se sienten como tales. Se las ve como una consecuencia natural de la libertad, es decir, del estado social democrático. En cambio, en Europa, no existiendo igualdad de condiciones previa debido a la pervivencia de estruc-turas, creencias, costumbres y hábitos de desigualdad a causa de su largo pasado aristocrático, ha prevalecido la tendencia a confundir la democracia con la igualdad en detrimento de la libertad política: el meollo de la política democrática europea consiste en igualar a todos artificiosamente mediante la revolución o la justicia social; mediante la manipulación continua, que destruye las costumbres y engendra los hábitos de sumisión, con la consecuen-cia de la servidumbre voluntaria. Esto daría origen con el tiempo al vagoroso principio de la igualdad de oportunidades como criterio de la acción política. La idea de justicia se transformó así en la de justicia social, una justicia politizada, como medio de alcanzar asintóticamente la igualdad de condiciones. Mientras no se consiga, prosperarán y se eternizarán las oligarquías estatales que prometen buscarla. La adopción del principio de la igualdad de oportunidades como condición para alcanzar el estado u orden social democrático, condena a perpetuidad a la democracia a ser manipulada por el poder político, es decir, por la oligarquía, pues, al estar monopolizada por el Estado la actividad política, la libertad política natural ha de someterse a las condiciones que imponga el Estado, es decir, los que mandan.

7.- En Europa, al advenir la democracia procedente de Nortea-mérica hacia 1820 y mezclarse con las ideas democráticas estatis-tas de la revolución francesa, en unos casos las oligarquías instru-mentalizaron, pues, el Estado para realizar la democracia mediante la revolución; a ello responden las ideologías revolucionarias; en otros casos se prefirió la vía de la justicia social. En ambos, la revolución permanente en pos de la igualdad que legitima a los oligarcas. Y el Estado, que monopoliza todo el poder y toda la actividad política, persiguiendo ese ideal igualitario fomenta la democracia tiránica impuesta por las oligarquías. Es democrático lo que dictaminan las oligarquías. La democracia igualitarista que produce el Estado –el poder democrático no contenido por otros poderes sociales o intermediarios, puesto que la distinción de poderes es insuficiente-  es una forma de tiranía: é demokratia é teleutaía, decía ya Aristóteles, tyrannis estín. Tiranía encubierta en la que se hace creer al pueblo que gobierna y es dueño de su des-tino, aunque se articulen ingeniosos sistemas de representación.

En un primer momento, apenas Lorenz von Stein en Alemania, los liberales doctrinarios en Francia, Donoso Cortés en España o Rosmini en Italia, comprendieron que las nuevas constituciones del constitucionalismo postrrevolucionario no son las naturales, prescriptivas decía Burke, de la nación histórica, sino constituciones reguladoras de la acción del Estado. Esas constituciones son fruto de una decisión sobre el orden estatal. Y el Estado legitimado por la representación nacional se las impone al pueblo, con el peligro de que “con el pretexto de cualquier Constitución se pueda realizar una concentración del poder que acabe con la libertad,” decía Rahner.[19]

En la democracia estatista, una forma de orden normativista, el poder público organiza­ la democracia. Para eso necesita de los partidos, por lo menos de un partido único. Ellos son los managers de la ratio status, mejor dicho del orden público por el que sustituyó Napoleón a la razón de Estado. Por eso todos pueden decir como un himno juvenil del partido comunista de la antigua Alemania oriental, “el partido, el partido tiene siempre razón (Recht).”

La democracia estatista es una democracia tan artificiosa como el Estado, en la que el tópico del gobierno del pueblo por el pueblo es una imposibilidad. Lo disimula el mito del sufragio universal con el que se hace creer al pueblo que porque vota gobierna, que existe autogobierno. En esa democracia, la igualdad no es más que uniformidad y la libertad política se reduce como mucho a lo que se llama la libertad de o libertad negativa, libertad de ser constreñido, en la medida en que la reconozca la Legislación. No es la mayoría la que hace la ley; de hecho, se legisla a pesar de la mayoría o contra ella. Y sólo se puede hablar de libertad para, la libertad de acción consecuencia de la libertad política natural o espontánea como libertad colectiva, en el sentido de que la política mediada por el Estado busca el interés público, el interés del Estado o definido por el Estado, que no coincide con el bien común, el bien de la sociedad como un todo, sino con los intereses de las oligarquías que se benefician del Estado.

La democracia estatista es una ilusión apoyada en la ley del mayor número que tiende a consagrar la primacía de lo inferior sobre lo superior y, en definitiva, la de la materia, la masa, sobre el espíritu. Borges decía agudamente que es “un abuso de la estadística.” De hecho, mandan  supuestas élites que tienden a degradarse y a envilecer la vida política manipulando la opinión mediante la Legis-lación, que no es lo mismo que el Derecho.

8.- La organización del Estado masifica al tener que adaptarse a ella el pueblo; la ordenación de regímenes en que sólo hay Gobierno, respeta más a las personas, adaptándose el Gobierno a la realidad social y no al revés, como hace el Estado, que adapta la realidad social a sus necesidades, las de la oligarquía. En contraste con la democracia estatista, en la democracia natural o política el gobierno se limita a ordenar las concretas realidades sociales conflictivas en función de la libertad de o negativa y la libertad para o libertad política, a fin de garantizar el bien común. No constituye entonces su objetivo la búsqueda de la libertad, como pensaba Sartre, ni la considera un bien como postulan equivocadamente muchos liberales. Las libertades son previas. La libertad se tiene o no se tiene, se es libre y se tiene libertad o no se es libre: se es libre en la sociedad, no en el Estado, otro mito del estatismo ligado al del ciudadano. Una libertad que depende del Estado en lugar de limitarse este último a reconocerla y protegerla, no es libertad, sino un “derecho estatal” aunque lo garantice la Constitución.[20]

En fin, detrás de la democracia morbosa, la democracia como enfermedad, opera la confusión entre el estado social democrático y la democracia como forma del gobierno. En la forma aristocrática del orden social, el gobierno puede ser aristocrático o democrático, como ocurrió en Grecia y en otros lugares, donde la democracia era para unos pocos considerados iguales entre sí, que podían ejercer su libertad política. En su forma democrática, la democracia política es  la forma en que el pueblo natural instituye el gobierno haciendo uso de su libertad política, pues “las instituciones políticas son las formas y nada más que las formas de las sociedades”. En ella el acceso al gobierno está abierto a todos lo adultos[21]. En la democracia estatista, está controlado o limitado de hecho[22] por las oligarquías, igual que en el estado social aristocrático se reservaba para una minoría establecida. En la primera, el orden social se estructura en clases medias, lo que ya Aristóteles había observado que es inseparable de la democracia. En la segunda, las clases medias son las víctimas de las oligarquías, aunque estas se recluten en buena parte entre sus filas. La formación de clases medias destinadas a romper los rígidos moldes del estado u orden social aristocrático es connatural, según­ los hechos, a la historia europea.[23] Como mostró Tocqueville, el predominio de las clases medias es inseparable del orden social democrático. Y cuando Hegel saludó la Revolución Francesa como la reconciliación del cielo y la tierra,­ expresaba lo esencial de esa trayectoria. Sin embargo, la misma revolución dio auge al estatismo, lo que ha desviado la democracia hacia la situación actual en la que, al no existir auténtica libertad política no se puede hablar de una verdadera democracia política. Será económica, social, moral o avanzada, pero no política. Y, lo que es más grave, al degenerar el Estado en estatismo, también resulta difícil hablar de la existencia de un orden social democrático.

9.- La degradación de la democracia no depende sólo de que se imponga la tiranía de la mayoría, idea muy antigua, propia del estado social aristocrático. En los tiempos democráticos puede presentarse también como tiranía de la opinión pública, posibilidad descubierta por Tocqueville divulgada por Stuart Mill. Tocqueville pronosticó que “la fe en la opinión pública se convertirá en una especie de religión, en la que la mayoría será el profeta.” Y su amigo y admirador Mill le respondió desde su contexto inglés con el famoso párrafo de On Liberty: “Si toda la especie humana no tuviera más que una opinión, y solamente una persona tuviera la opinión contraria, no sería más justo el imponer silencio a esta sola persona, que si esta persona tratara de imponérselo a toda la humanidad, suponiendo que esto fuera posible.” A pesar de la advertencia de Mill, Tocqueville acertó. Precisamente su admirador Stuart Mill contribuyó a ello con su creencia en que la democracia política es un concepto moral, no político y jurídico, y la libertad es un bien, no un presupuesto.

La tiranía de la opinión pública es la forma más refinada de lo que se ha llamado el totalitarismo, de la democracia totalitaria de la que la «democracia morbosa» de Ortega es el antecedente. La democracia social o igualitaria, guiada por el espíritu de bienestar, se ha convertido en una religión moralizante. Conforme a la idea de la democracia social o moral, palabras que hoy se emplean como sinónimas, el verdadero soberano ya no es siquiera la Nación sino la “opinión pública,” publicada, de los grupos de presión y de los mismos gobiernos que, tomando la parte por el todo detrás de ella, se especializan en lanzar “globos-sonda” para tantearla, prepararla y orientarla. Dice Alain Minc, que ahora la opinión pública es una ilusión que interpreta para sí misma la comedia de la realidad: “sondeos y medios de comunicación cultivan la ‘opinión’, porque ésta se ha convertido en su portavoz.”

La democracia nunca ha funcionado bien en Europa. Democracia y democrático son palabras sagradas que indican asentimiento o complicidad, aceptación conformista del consenso oligárquico. “Profundizar” en la democracia significa más poder para los gobernantes. Lo demás son ficciones.

[1] Democracia. El viaje inacabado (508 a. C.-1993 d. C.). Barcelona, Tusquets, 1955.

[2] Cfr. P. de la Nuez, La política de la libertad. Estudio del pensamiento político de F. A. Hayek, IV, IV, 5.

[3] Véase G. Fernández de la Mora, La partitocracia.

[4] El pueblo contra la democracia, p. 321.

[5] La concepción moral de la democracia es el origen de los llamados “derechos morales”, un oxímoron, que mezclando moral y política constituyen una de las apoyaturas de los derechos humanos. La visión moralizante de la democracia debe mucho a Stuart Mill, a quien suelen recurrir los propagandístas de los absurdos derechos morales, aunque el mismo declaró que su concepción del Derecho se ajustaba a la de Bentham y Austin.

[6] Véase la curiosa revisión “A favor y en contra de Marx” del teólogo radical ortodoxo J. Milbank en Teología y teoría social, 7. Sobre el “antifascimo” de la izquierda decadente y sus afines, que domina la política correcta que comparte con la derecha, el interesante opúsculo de A. de Benoist, Comunismo y nazismo. Benoist critica la demonización del nacionalsocialismo en contraste con la indulgencia hacia el comunismo.. Véase también el artículo “El comunismo olvidado” de Alain de Besançon. Según la versión publicada  en www.neoliberalismo.com., Besançon señala como una causa principal de la confusión moral existente, el injusto privilegio de que sigue gozando el comunismo frente al trato de disfavor al nacionalsocialismo y del fascismo. No hay que decir que la derecha comparte los tópicos de la izquierda. Para no parecer “derecha” o conservadora, los utiliza llegado el caso más radicalmente. En muchas cosas, la izquierda es hoy más tolerante que la izquierda.

[7] Una organización musulmana ha acusado a Finkielkraut ante los tribunales de justicia en noviembre de 2005 por escribir que “el antirracismo será en el siglo XXI lo que ha sido el comunismo en el siglo XX.”

[8] Una defensa reciente de la aristocracia, entendida como el gobierno de los mejores, frente a la democracia, aunque muy discutible, es la de A. Jacob, Nobilitas. ¿Aristocracia o democracia? Un estudio de la filosofía aristocrática europea desde la antigua Grecia hasta principios del siglo XX.

[9] Monarquía,…  2, p. 117. Hoppe propone sustituir la democracia por un orden natural. Pero orden natural y democracia no son cosas distintas. Como forma de gobierno es la más natural.

[10]  Lo dinámico en la Iglesia, II, 5, b), p. 78..

[11] Véase Démocraties.

[12] K. A. Schachtscheider pone la reúplica como supesto de la democracia en su voluminoso estudio Res publica, res populi. Grundlegung einer Allgemeinen Republiklehre.

[13] H.-H. Hoppe hace una sugerente reivindicación de lo natural siguiendo a su maestro Rothbard, en Monarquía, democracia y orden natural. Hoppe ha sido gravemente amonestado recientemente por la Universidad de Nevada, Las Vegas, en la que es profesor, porque al explicar la “preferencia temporal”, un concepto económico de la Escuela austriaca de economía para interpretar las expectativas de consumo, ahorro e inversión, menciona a los homosexuales como un grupo cuyas expectativas son a largo plazo. Al parecer hay que respetar su orientación como un misterio sagrado, que se puede mencionar pero no se debe intentar comprender científicamente. En este caso, la reacción de muchos colegas y estudiantes ha sido tan fuerte que la Universidad ha tenido que rectificar.  

[14] Cfr. para todo esto A. García-Trevijano, Frente a la Gran Mentira, VIII.

[15] Elementos de Derecho Natural y Político, II, II, 5.

[16] Sobre los orígenes intelectuales de la derivación de la democracia estatista a la democracia totalitaria, J. L. Talmon, La democracia totalitaria.

[17] Cfr. E. Severino, El parricidio fallido, 2, nota p. 84.

[18] A. García-Trevijano, Frente a la Gran Mentira, V, p. 141.

[19] Lo dinámico en la Iglesia, II, 5, b), p. 79.

[20] Véanse las obras citadas de P. Grossi, especialmente  Prima lezione di diritto.

[21] La tendencia a rebajar la edad en que se reconoce a los hombres como ciudadanos es puramente demagógica. Se empieza a habar de rebajarla a los dieciséis años.

[22] E incluso de derecho mediante “incompatibilidades” y otros subterfugios que utiliza la oligarquía para dificultar el acceso a los cargos públicos y poder seleccionar más fácilmente a los candidatos a la política, como si esta fuese una profesión. De hecho, lo es ya.

[23] Entre la numerosa literatura, son libros clásicos la Historia de la civilización en Europa de Guizot y, por supuesto, La democracia en América de Tocqueville.

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