Artículo de Ernesto Ladrón de Guevara

Cuando Alfonso Guerra anunció a principios de los años 80 que España iba a experimentar un cambio a manos de los socialistas, que no la iba a reconocer ni la madre de sus entrañas, nadie iba a imaginar que ello significaba el actual resultado.

Sin duda a España ya nadie la reconoce, pues han esquilmado hasta su nombre. La Constitución es ya un recuerdo del pasado, pues cualquier observador avezado puede comprobar que ni se le cita, y su articulado es mero adorno. La Carta magna es pura vacuidad actualmente –muy a pesar de quienes necesitamos como el oxígeno que respiramos un repertorio de normas jurídicas que protejan nuestra entidad como ciudadanos-. Eso se nota sobre todo en la parte sustantiva que son sus tres pilares: modelo y organización del Estado, derechos fundamentales de las personas y participación política.

El modelo, basado en un entendimiento básico entre los principales partidos que vertebraban los principales elementos de una Nación, se fundamentaba en los ciudadanos y sus derechos; en la igualdad y la libertad de los mismos y en la solidaridad interterritorial, que se ha quebrado, se ha agotado, como se han consumido las actitudes y lealtades entre los principales partidos para articular las principales actuaciones que guíen las políticas de Estado, basadas en un consenso básico de partida para llegar a acuerdos en lo fundamental. Como también se ha agotado la esencia de la Constitución, que es considerar a las personas y sus derechos individuales básicos los elementos fundamentales de la acción de gobierno; bajo dos principios que debieran haber sido inalterados e inalterables: la esencial igualdad de todos los españoles y el ejercicio de esa igualdad en todo el territorio español. Al contrario, se han sustituido esos derechos fundamentales por una mística política basada en el mito y en la segregación por castas en ese conjunto de expresiones nacionalistas de carácter etnicista y excluyente en el que actualmente consiste la política autonómica y el modelo territorial de la izquierda, bajo el paradigma de la asimetría, que no puede ser más antitético al tradicional fundamento doctrinal del legado histórico de la izquierda. Y el tercer elemento de ruptura del modelo es haber adulterado la soberanía nacional, basada en que son los ciudadanos los que adoptan las decisiones en la orientación de las líneas generales del devenir colectivo. Habiéndose sustituido esa soberanía por una oligocracia, u oligopolio de los partidos, donde de forma característicamente antidemocrática unos elegidos por una forma inconfundiblemente despótica deciden al margen de los programas electorales sobre los principales núcleos alrededor de los cuales se va conformando el contexto donde se organiza la vida de los particulares, de los individuos concretos que conforman las sociedades. Eso no es democracia. Es aristocracia, oligopolio o despotismo. No confundamos.

Pues bien. La aparición en escena de un partido que ahora está en estadio embrionario, pero que irá cubriendo las fases para su maduración e irrupción en el escenario político español, INNOVACIÓN DEMOCRÁTICA (INNDE), puede ser un hálito de esperanza. Este partido pone, sin complejos, el acento en el principal problema que afecta a la sociedad española: la deformación y degradación de la democracia. Hoy, reivindicar democracia y desenmascarar a los sofistas que hablan en nombre de los valores democráticos, degradándolos, es un gesto revolucionario. Lo conservador al día de hoy es adaptarse al esquema de vasallaje que oportunistas de todo pelo hacen a los nuevos poderes fácticos que secuestran la soberanía nacional basada en la decisión surgida del axioma “un hombre, un voto”, para disfrutar de las prebendas de un poder que degenera los principios democráticos. Hoy lo conservador, lo “carca”, es rendir pleitesía a los profesionales de la política que dan muestra palpable de la decadencia y mediocridad en la que está sumida la política española por una serie de defectos estructurales que hacen que no triunfe el más capaz o el que más méritos tiene sino el más sumiso a los clanes de poder que dirigen los partidos al uso.

Aunque sólo sea por eso, y no es poco, tiene sentido el apoyar y ayudar a INNDE a aflorar en la política española. Y mi modesta colaboración la va a tener, pese al nerviosismo de algunos que ven peligrar con iniciativas como esta su continuidad en esa sangría del tesoro público que constituye la pléyade de políticos que se agarran como sanguijuelas a los beneficios del cargo.

Ernesto Ladrón de Guevara

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