LA FUERZA ECONÓMICA DE LA PROPIEDAD

La reciente concesión del Premio Nobel de Economía a Douglas C. North es, entre otras consideraciones también importantes, un espaldarazo a la fuerza económica vital que los derechos de propiedad tienen en el inicio y explosión del desarrollo físico e intelectual de cualquier región o país en distintas y variopintas épocas históricas. Conviene por ello reflexionar brevemente en voz alta sobre esta crucial institución de la propiedad privada.

Por poner sólo un ejemplo North explicaba así la eficacia de la propiedad al referirse a Holanda e Inglaterra: “… en ambas naciones se produjo un crecimiento económico constante, consecuencia de un contexto favorable para la evolución de un sistema de derechos de propiedad que fomentaba los acuerdos institucionales, desem¬bocando en una posesión absoluta y libre de servidumbres de la tierra, mano de obra libre, protección de los bienes privados, derechos de patente y otros estímulos a la propiedad intelectual, así como multitud de acuerdos institucionales destinados a reducir las imperfecciones del mercado en los mercados de bienes y capitales.”

La raíz más profunda de esa patente eficacia se encuentra en la relación mutuamente expansiva entre libertad y propiedad: la libertad posibilita la propiedad pero al mismo tiempo ésta última se define necesariamente por la primera puesto que tan sólo puedo poseer lo que tengo si realmente puedo (libremente) disponer de ello.

No se puede estimar el valor de algo si no estimamos a la vez su relación con otras cosas con las que conjugar la primera. Para valorar algo necesitamos incorporarlo a un conjunto de bienes con las que lo podamos armonizar. A ese conjunto de bienes materiales lo llamamos patrimonio. Su idoneidad, es decir, la capacidad de generar riqueza futura, tiene un fuerte componente de unidad, de compenetración. Cada subconjunto del conjunto de una riqueza tiene mayor o menor valor en la medida que esté más o menos complementado y compenetrado con el conjunto restante. La unidad de esa riqueza se la da siempre el propietario, que es quien dispone y decide sobre ella, sobre su finalidad. La riqueza es una en cuanto pertenece a una sola unidad de decisión y vale más o menos en la medida que esa unidad de decisión (propietaria, con libre disposición sobre ella) sea capaz de compenetrarla y complementarla más o menos en orden a sus fines. Al fecundar unas y otras con nuestro trabajo, o con el trabajo que se encuentra a nuestro servicio, vamos consiguiendo nuestros objetivos.

Quizás por ello Leonardo Polo afirme que el hombre es un ser que, a diferencia de los demás, guarda una relación de tenencia con sus propias características, y también con el resto del mundo: con todo (ser animal racional es ser capaz de poseerlo todo en la forma de conocerlo). Lo rigurosamente caracte¬rístico del hombre es el tener. La capacidad de tener es justamente lo diferencial del hombre. Poniendo un ejemplo familiar a los economistas explica que Robinson Crusoe, tras naufragar y llegar a “su” isla, se la apropió, la habitó. Desde el primer momento que la habita y se la apropia, surgen relaciones de copertenencia inherentes a todas y cada una de las cosas existentes en la isla. Mediante la tenencia se produce una correlación entre todas las cosas sobre las que se ejerce. Unas cosas remiten a otras y éstas a otras, estableciéndose una estructura de remitencias cuya unidad y sentido se la da el propietario.

Cabe introducir en este punto la doctrina que, a través de Locke, será introducida en el derecho y en la economía liberal: “Aun cuando la tierra y todas las criaturas inferiores pertene¬cen en común a todos los hombres, cada uno mantiene la propiedad de su persona. Sobre ella, sólo él tiene derecho. El trabajo de su cuerpo y la obra de sus manos, se puede decir que son verdaderamente suyas. Cada vez que consigue sacar un objeto del estado en que la naturaleza le había situado y en el que le había dejado, mezcla en ello su trabajo, une a ello algo que le pertenece, y de esta forma se lo apropia.”

Hablamos de trabajo en sentido amplio, no sólo como fuerza bruta sino como acto que descubre algo nuevo y lo lleva a la práctica. Como señala el profesor Israel Kirzner lo que hace la propiedad no es, como podría sugerir una lectura demasiado rápida de Locke, el trabajo corriente, el trabajo físico del hombre, su esfuerzo, sino la idea, el acto creador que les acompaña y del que son indisociables. La posibilidad de crear, la idea, se fundamenta, a su vez en la libertad más intransferible del hombre: la libertad de pensamiento.

La economía crece cuando las nuevas innovaciones son plasmadas en derechos de propiedad clarificados que animan a otros a asumir el riesgo de su compraventa. La protección (seguridad y justicia) de esos nuevos derechos, así como el conocimiento de sus reglas de juego hace que se extiendan y fecunden el cuerpo social anclándose en lo que Balmes llamaba el “fondo social”. El llamado “milagro japonés” tal vez venga a demostrar que si bien la propiedad tierra es importante, es aún más decisivo el factor hombre en un sistema de libertad dado que es el “creador” de propiedades intelectuales.

A pesar de la eficacia manifiesta del sistema de derechos de propiedad individual derivados de la plena y entera libertad y responsabilidad, es decir, de la plena y entera posesión de sí mismo, estos derechos están siendo gravemente amenazados por una parte a través del crecimiento desorbitado y desproporcionado del Estado y de otra, ligada a la anterior, por las tendencias macroeconómicas a diseccionar los compo¬nentes de las propiedades individuales para agregarlas a continuación por separado al objeto de crear modelos de análisis económico de crecimiento y desarrollo controlables por el aparato estatal.

Cuando los derechos de propiedad no se amplían tanto en precisión como en extensión se pasa a una situación de abandono e irresponsabilidad generalizada. Veamos como lo explica magistralmente Hayek: “La responsa¬bi¬lidad de muchos sin que al mismo tiempo se imponga un deber de acción conjunta concorde, tiene como resultado usual que nadie acepte realmente la responsabilidad. Si a fin de cuentas la propiedad de todos es la propiedad de ninguno, la responsabilidad de todos es la responsabilidad de nadie.”

La propiedad es requisito para la innovación, para descubrir un mejor uso de las cosas materiales o de la propia capacidad profesional, contribuyendo así de manera decisiva al progreso económico de la sociedad. La propiedad facilita de este modo el aprovechamiento máximo de las oportunidades de crecimiento. Al permitir desarrollar nuestras capacidades emprendedoras, facilitando el descubrimiento de nuestras habilidades y de las de los bienes que están a nuestra disposición exclusiva, contribuye al desarrollo económico de toda la comunidad. Hay que reconocer que la concesión del Nobel a North es un acierto.

JJ Franch

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