HABLEMOS DE ALEMANIA

No es necesario calentarse la cabeza con intensidad para llegar a la evidente conclusión que cuanto ocurre sobre la superficie de una región, de un país o de la totalidad del planeta Tierra se refleja en el número, estructura y calidad diversa de su población. Si, además, miramos hacia el futuro, todo ese galimatías real de complejas circunstancias que concurren en los diversos grupos humanos que componen ese país se despliega en el porvenir, repercutiendo de mil modos en la historia y las características de las generaciones sucesivas. No es nada sorprendente entonces que grandes pensadores afirmen que de todas las ciencias sociales la más importante es la Demografía.

Una de las características más acusadas de la demografía de los últimos años en Alemania, y en general en los países “desarrollados” occidentales es el progresivo envejecimiento de su población. El crecimiento de la proporción de personas de 65 y más años dentro del total de los habitantes del país es cada vez mayor. Al ser un envejecimiento por la base la gravedad aumenta puesto que la proporción de ancianos crece porque disminuye el número de niños como consecuencia del creciente descenso de la natalidad. Las causas hay que situarlas en el terreno sociocultural: consumismo, permisivismo, secularización (especialmente femenina), crisis de la familia y el matrimonio, incremento de las uniones irregulares, temor obsesivo a la nueva vida, manipulación genética, egoísta miedo a un futuro que se presenta sin sentido,…etc.

En un país sin crecimiento y con demografía en caída libre la capacidad de exportación para dar salida a su creciente capacidad productiva se presentaba como una necesidad imperiosa. La productividad alemana unida al envejecimiento de la población dió lugar a una creciente saturación de la demanda por parte de una población saciada de bienes materiales y artilugios de todo tipo puesto que había consumido todo lo consumible en materia de automóviles, electrodomésticos, sibaritismos alimenticios, aparatos de música,… etc. Esa colectividad que iba envejeciendo paulatinamente acumulaba para sus años de vejez acrecentando el ahorro a expensas del consumo puesto que, con razón y con gran sentido común, no se fía de los sistemas de jubilación estatal por repartición. Una demografía en pleno retroceso vió cómo su mercado interior empezaba a flaquear alarmantemente. Con el desfase inherente a los ciclos demográficos, lentos pero inexorables, el declive hizo su aparición. Ya sabían los estudiosos hace años que la población de Alemania Federal disminuiría pero nadie se lo quería creer entonces. La realidad es que ese momento llegó implacable puesto que su fecundidad de 1,3 era la más baja de Europa entonces. (Conviene recordar que es preciso alcanzar la cifra crítica de 2,1 hijos por mujer para que la población no decrezca.)

Alain Minc en La gran ilusión explicaba esto mismo perfectamente: Si se mantienen las cosas tal como están ahora, es decir, si no se produce ninguna inmigración masiva o una súbita y no probable recuperación en cuanto a los nacimientos, la población descenderá a 38 millones de habitantes en el año 2030. Eso significa que Alemania habrá perdido en no nacimientos tantos habitantes como muertos tuvo a lo largo de toda la segunda guerra mundial. La onda de choque imparable de este fenómeno que convierte al país en un continuo encogimiento general mortecino, prevalece sobre los demás factores económicos, políticos, culturales, psicológicos y sociales, transformando y trastocando todas las previsiones y ecuaciones macroeconómicas.

Para la República Federal, tan necesitada de revitalizar sus exportaciones para compensar su exigua demanda interior, la tabla de salvación vino de la mano de la caída del muro de Berlín, Con la Europa de los doce condenada voluntariamente al mismo declive demográfico puso en marcha una carrera acelerada en busca de los mercados del Este. Las importaciones por parte de esos países de Europa oriental sólo eran impedidas por su indigencia financiera pero por eso se empeñaron en canalizar recursos de capital hacia la Europa Central y del Este aumentando su poder adquisitivo. La convertibilidad de 1 marco oriental por 1 marco occidental ha permitido que una moneda de muy bajo fuste tenga el mismo poder adquisitivo que una de las monedas más solventes del mundo. El peligro y la realidad de la inflación eran claros pero para eso está el poderosísimo sentido común y monetario del Bundesbank captando recursos del exterior y controlando el despegue de los precios. Junto a esto se facilitó poder de demanda al asumir financieramente a los jubilados del Este de Alemania; al facilitar préstamos a la RDA, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Ucrania o la misma Rusia; al incrementar las ayudas a la exportación de las empresas que venden en esos países; al captar los bancos alemanes recursos financieros del Oeste de Europa para prestar a clientes solventes del Este a cambio de compras de productos alemanes… etc.

Alemania tiene ahora mano de obra barata y medianamente cualificada en los países de la Europa Oriental donde tiene una mayor proximidad cultural. No necesita acudir a las orillas del pacífico para hacer dumping social. Si Alemania y las economías del Oeste son imprescindibles a la Europa Oriental, el envejecimiento del Oeste hará imprescindible también el trabajo humano del Este.

Conviene recordar en este punto final que la tasa de natalidad de España era de 1,3 hace ya unos años y que continua bajando. Se hace perentorio exportar competitivamente e incrementar el sector activo de la población reconvirtiendo pasivos, aumentando las tasas de natalidad o acudiendo a la inmigración que se hará imprescindible. En muchos aspectos el contenido de los párrafos anteriores hubiese sido el mismo si el título del artículo fuese: Hablemos de España.

JJ Franch

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