HACER HACER SIN ASPAVIENTOS

El incremento prácticamente irrefrenable de los presupuestos generales de ingresos y gastos del Estado en la práctica totalidad de los países, y de modo particular en la España que nos ocupa, es un motivo para reflexionar brevemente sobre su actuación e influencia en la acumulación de riqueza en la sociedad. No se trata de disertar sobre la disyuntiva intervencionismo o no intervencionismo, ampliamente tratada en la literatura económica de los últimos tiempos, sino de centrarnos sobre el modo de intervención, sobre la dirección de su esfuerzo y actuación en orden a la consecución de un mayor valor económico por parte del conjunto de ciudadanos.

La cuestión primordial no es la de no intervenir, como se puede invocar desde corrientes ideológicas con matices anárquicos, sino de intervenir sin aspavientos y cada vez con mayor eficacia en determinados aspectos considerados muchas veces fuera del entorno económico, pero que en realidad tienen una fuerte influencia sobre la creación de valores económicos. Léase por ejemplo la ética, la ejemplaridad, la lealtad, la laboriosidad, la diligencia, el generar confianza, la justicia. Hay un importante campo de actuación en la dirección de la defensa e implantación del marco jurídico adecuado para conseguir el máximo despliegue de las fuentes del valor en todo el entorno socioeconómico.

En la contribución del Estado a la generación de riqueza social, humana y económica hay dos estilos y talantes muy diferentes. Uno es aquél en que los poderes públicos se autoatribuyen todos los éxitos y logros de la ciudadanía multiplicando su presencia en todos los corrillos del ecosistema cultural, económico y social. No hay nada que se haga en algún barrio urbano y en algún escondrijo rural que no sea debido a la decisión de un alcalde, la perspectiva política de un consejero autonómico o la omnipresente mirada promotora del Gobierno Central. Hasta las más nimias acciones o los más intrascendentes trabajos y descansos hay que incorporarlos al balance positivo de los mandatarios de turno.

Un talante completamente distinto es el que consiste en dar protagonismo a la riqueza potencial de la sociedad civil abriendo cauces a su actividad y quedando el Estado en un segundo plano más callado y escondido pero posiblemente más eficaz. Este segundo estilo volcaría sus recursos y esfuerzos no en hacer por sí mismo, sino en hacer hacer, en ayudar y facilitar el trabajo y la actividad de las personas y empresas particulares a las que debe servir.

La finalidad y dignidad de la acción estatal no está en un incremento cuantitativo de su propio poderío económico representado por la parte del PIB que controla, o por los abultados presupuestos, o por el creciente número de funcionarios, sino que radica fundamentalmente en saber potenciar y canalizar -nunca suplantar- con sus acciones, las actuaciones libres y responsables de los agentes económicos de todo el sistema social. Es de esta forma más anónima y escondida, con eficacia pero sin protagonismo vanidoso, como conseguirá incrementar sustancialmente el valor económico a disposición de todos los individuos de la sociedad a los que debe representar.

La grandeza de un Estado está en saber estimular a sus ciudadanos hacia la consecución, por ellos mismos, de mayores índices de humanidad en el aprovechamiento de sus recursos materiales y no en el obsesivo control y crecimiento cuantitativo, de puertas adentro, de sus propiedades, privilegios y poderes. Su razón de ser es el servicio a los fines de los ciudadanos. No se puede confundir, como ocurre habitualmente, incremento de magnitud estatal con eficacia y con incremento de bienestar social. Su potestad es una potestad delegada y el protagonismo debe corresponder a la vitalidad y libertad de los ciudadanos de a pie. Mejoraremos así todos y los poderes públicos tendrán su adecuada e íntima satisfacción personal de hacer lo que debía hacerse sin delirios de grandeza ya trasnochados.

JJ Franch

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