POBLACIÓN Y ECONOMÍA CRECIENTES

Leo en una agencia de prensa que, hace unos meses, un europeo ilustrado visitaba una aldea africana y explicaba a un lugareño keniata que la tasa de natalidad europea estaba por los suelos, y que la más baja era la española situada en concreto en 1,3 hijos por mujer. El sorprendido y extrañado aldeano respondió con su lógica multisecular:”Pues esos países deben ser muy pobres.”

El blanco europeo era desde luego un ilustrado, porque efectivamente, según una reciente publicación de Eurostat (la oficina estadística de la CE) la fecundidad está en Europa por debajo del umbral de reemplazo generacional (2,1 hijos por mujer) desde 1975. En España se encontraba, ya en 1989, en los últimos lugares con 1,3 hijos por mujer. Tal índice continúa bajando. Los inmigrantes serán imprescindibles.

Pero la lógica económica multisecular del aldeano también era muy ilustrada porque coincide al cien por cien con la Teoría de la Población explicada por el premio Nobel de Economía Hayek en su último libro La fatal arrogancia antes de fallecer el pasado año. En él daba un giro de 180 grados a la antigualla de la Teoría de la Población de Malthus a la que tantas veces se recurre en estas últimas décadas. Malthus tiene aportaciones muy interesantes pero ese matusalén de la teoría de la Población según el cual los alimentos crecerían en progresión aritmética mientras que la población, en situación económica desahogada, lo haría en progresión geométrica, se ha revelado como una gran tontería pesimista.

Hayek sin embargo observa que se han podido subvenir las necesidades de poblaciones cada vez más numerosas y observa que la Naturaleza es generosa si sabemos dominarla y trabajarla respetando sus reglas. Nuestras dificultades provienen de nuestra ignorancia y de fallos en la organización humana. Este economista contemporáneo, que ha sido uno de los pioneros más relevantes en la predicción del empobrecimiento y fracaso de los sistemas económicos comunistas y socialistas, explica que el aumento demográfico favorece una más elaborada diferenciación y especialización dando lugar a una ulterior potenciación económica debido a la natural tendencia de las gentes a aprender y practicar esas nuevas habilidades. Esas sociedades pueden aprovechar recursos económicos humanos antes inexistentes y elevar así notablemente la productividad del sistema. La simple pacífica convivencia propicia por sí sola una mejor utilización de los recursos disponibles de una mayor y más dinámica población.

Podemos aportar dos datos significativos: 1) En el amanecer de este siglo XX que agoniza Europa representaba una cuarta parte de la población total del planeta. Hoy en día es el 6% y en el año 2025 rondará el 3%. En esa fecha se calcula que más de la mitad de la población vivirá en Asia.

2) Si España tuviese la misma densidad que Bélgica podrían vivir en su patria unos 160 millones de españoles.

No parece que la densidad de Bélgica sea óbice para encontrarse entre los países donde se vive más confortablemente. Pero muchos dirán ¡qué barbaridad!; con tanto paro y pobreza lo que nos faltaba. Pues sinceramente creo como Hayek que ocurriría exactamente al revés. El aumento de la población aumenta las necesidades objetivas de bienes y sobre todo servicios. Crece consecuentemente su demanda y eso supone un incentivo a tratar de satisfacerlas. Toda demanda es en definitiva demanda de trabajo y el trabajo se orienta y estimula mejor si sus frutos van destinados a promocionar física e intelectualmente a quienes conocemos y vemos crecer. No sé si las estadísticas oficiales del paro llegarían a disminuir pero sí estoy seguro que los parados teóricos trabajarían como locos en la economía sumergida limpiando mocos, enseñando a jugar al guá y al escondite inglés o cambiando dodotis cagosos último modelo en perfección y suavidad absorbente.

Las trastadas infantiles y la pureza del ingenuo vigor y alboroto juvenil producirían entonces, como por arte de encantamiento, la sacudida necesaria para la transformación del triste aburrimiento pasivo, comodón y rutinario en esperanzada alegría de vivir. No todo en economía son cifras frías y tediosas. La negación voluntaria de amor al clásico estilo multisecular de entrega tan olvidado y despreciado, y el aborrecimiento y taponamiento consciente de la descendencia, ayuda a que pasemos por el mundo sin más horizontes que mirar fijamente ensimismados al propio ombligo personal. Nuestro amigo keniata probablemente pensaría que estamos capitidisminuidos; que ni tenemos, ni somos, ni sabemos, ni podemos.

Bromas aparte y resumiendo: que el envejecimiento generalizado provoca depresión económica y la juventud continuada augura un nuevo y mejor renacimiento económico.

JJ Franch

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