LA NECESARIA DIVISIÓN DE PODERES

Las ideas de los grandes autores en las diversas ciencias trascienden su tiempo y las geografías y sobrevuelan sobre las distintas razas e ideologías insertándose en la realidad de las conductas. Es claro y notorio que un núcleo fundamental de esas ideas clave se está degradando y conculcando en toda la España que Zapatero parece que cree que es suya. Así por ejemplo, Hayek era consciente de que en la órbita occidental la ruptura de esa veneración generalizada hacia los principios de recta conducta había traído y seguiría trayendo consecuencias muy desoladoras para el orden social en la que llamaba la Gran sociedad debido a la falta de limitación del poder estatal y de sus gobernantes. Se daba cuenta de las consecuencias de negar la existencia de aquellas normas de justa conducta que no habían sido diseñadas por ninguna autoridad humana. Porque si negaba aquellas, la justicia era una justicia meramente humana que se eclipsaba en sí misma y por tanto podía ser mudada según intereses partidistas Porque entonces unos pocos tenderían a dictaminar sobre todo: Representa la transición de un sistema de gobierno en el que por procedimientos preestablecidos se acuerda la mecánica según la cual deben quedar resueltas determinadas cuestiones que a todos afectan a otro procedimiento en el cual, por la vía de declararlos de interés general, determinado grupo de personas está en situación de imponer sobre sus semejantes sus particulares criterios sobre el modo de resolver cuantas materias puedan juzgar oportunas . Lo que se plantea Hayek –atisbando con perspicacia hacia dónde derivaban los acontecimientos- es retomar –actualizándola- la doctrina de la división de poderes que en sus inicios era ya una forma de limitar las actuaciones de unos u otros. En Derecho, legislación y libertad dice: La separación de poderes apunta a asegurar que todo coactivo acto del gobierno se halle siempre respaldado por alguna norma de justicia, a su vez refrendada por alguna institución que ninguna concomitancia tenga con los específicos fines cuyo logro circunstancialmente pretenda el gobierno. Si, en la actualidad, las gentes prefieren denominar también “ley” a aquellas decisiones que, adoptadas por la Cámara de Representantes, afectan únicamente a cuestiones de gobierno, conviene no olvidar que en modo alguno cabe equiparar tal tipo de “legislación” con aquella otra cuya existencia presupone el ideal de la división de poderes. Ceder a tal pretensión significaría meramente otorgar a la asamblea ciertos poderes ejecutivos, sin al propio tiempo imponerle la obligación de someterse a norma alguna de tipo general que ella misma sea incapaz de alterar. Muchos otros autores –principalmente liberales- se dieron cuenta de la necesidad de limitar de una u otra forma el crecimiento desmesurado del Estado y de sus gobernantes al ser conscientes también de que las leyes de la economía –que no son distintas de las leyes de la actuación humana- acaban imponiéndose y desbaratando aquellos intentos tiránicos de conculcarlas. Y así Rothbard en La ética de la libertad nos dirá: Como los seres humanos no son ni omnipotentes ni omniscientes, descubren una y otra vez que sólo cuentan con un poder limitado para llevar a cabo todas las cosas que les gustaría hacer. Resumiendo: su poder está necesariamente limitado por las leyes naturales, pero no lo está su libre albedrío. O dicho de otro modo: es abiertamente absurdo definir la “libertad” de un ser como su poder de llevar a cabo un acto que es imposible por su propia naturaleza.

Y también Domingo de Soto, cuatro siglos antes, en su Tratado de la justicia y el derecho afirma con rotundidad y apelando de nuevo a los clásicos romanos: Las leyes inicuas, en cuanto se apartan de la razón (como dice Cicerón, 2 de legib.), no solamente no se han de tomar por leyes, sino que ni siquiera se han de llamar tales. Es muy importante cuando se tienen altas responsabilidades políticas pararse a reflexionar un poco o un mucho sobre la trascendencia social de nuestros actos y de las legislaciones que se ponen en marcha.

JJ FRANCH

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