HACIA EL PRÉSTAMO SOCIAL

Nos acercamos a los 3 millones y medio de parados y a unos gastos por desempleo que estarán en 1993 cerca de los 2 billones de ptas. De los 31 millones de personas mayores de 16 años menos de 12 millones cuentan con un puesto de trabajo y unos 15 millones es población pasiva que no está en condiciones de trabajar: jubilados, amas de casa y estudiantes entre otros grupos. Hay ya menos de dos trabajadores por cada pensionista. A su vez la Deuda Pública que hay que financiar supera el 50 % del PIB y los intereses anuales pagados por esa Deuda en 1993 rondarán los 2 billones y medio de ptas. La recaudación sólo puede aumentar haciendo caso a Laffer y bajando los impuestos a la clase media como en Francia. Si aumentamos por el contrario los impuestos se recaudará menos porque aumentará el fraude y el autoexilio de capitales. Esta es “grosso modo” la triste situación heredada y fracasada. Algo habrá que hacer porque no hay que esperar mucho del exterior ni de la inexistente billetera mágica de Felipe González. A grandes males grandes remedios y no parches mezquinos.

Los problemas nacionales no son muy diferentes a los regionales ni a los empresariales. Estos a su vez no difieren mucho de los habituales problemas y cuestiones económicas que se plantean cotidianamente a las familias o economías domésticas. La diferencia se subsana sencillamente añadiendo sucesivos ceros a las cifras de la situación económico-financiera familiar.

Mi hijo de 10 años no es consciente, gracias a Dios, del endeudamiento y la crisis económica que atravesamos. Al principio del verano planteó al consejo familiar la perentoria necesidad de comprar una bicicleta de montaña !y con marchas¡. Había sacado unas buenas calificaciones, empezaban las vacaciones y su razonamiento parecía lógico. Pero no estaba la situación para esos dispendios. Tras arduas deliberaciones llegamos a un “pacto social” familiar. Compraríamos la bicicleta pero la diferencia de precio entre la que quería y una normalita de las de siempre, la pagaría él con su trabajo veraniego. Se le prestaba el dinero pero tenía que devolverlo aunque fuese sin intereses. No sólo consiguió lo que él pensaba que necesitaba sino que, además, ha trabajado como un burro estos meses y la nueva bicicleta le ha servido para incrementar la productividad de sus tareas veraniegas al servicio de vecinos y familiares.

Apliquemos la anécdota a la gran familia del Estado añadiendo otra burrada de ceros a las cifras y utilizando todas las técnicas económico-financieras públicas y privadas que tantos expertos cualificados podrían poner en marcha si existiese voluntad política para llevarla a cabo.

Nadie puede negar que el Estado organizado tiene que suplir la insolidaridad de la sociedad civil ayudando a personas o familias que no tienen recursos para sus necesidades básicas. Pero quizás esa ayuda no deba extralimitarse ni ligarse al hecho de haber estado trabajando más o menos tiempo y hacerlo necesariamente a fondo perdido. Se debe ayudar inteligentemente por la efectiva necesidad y no por otros derechos o por otras cuestiones políticas menos confesables. Para cualquier otro tipo de gastos y necesidades subjetivas quizás fuese mejor implementar un sistema de préstamo social que, confiando en la capacidad de trabajo futuro de los perceptores, pudiera atender generosamente esas situaciones temporales, pero condicionadas a su devolución posterior para evitar el riesgo de colapso financiero futuro. En la devolución se aplicarían flexiblemente todo tipo de facilidades en plazos de vencimiento y descuentos o anulación de intereses. Esas devoluciones posteriores en épocas de actividad permitirían reducir la Deuda Pública y social acumulada y posibilitar la atención de nuevas situaciones de escaseces básicas en el futuro. Moderaría los ciclos y daría mayores márgenes de maniobra a las distintas políticas nacionales, regionales, locales o empresariales.

El préstamo social incentivaría la autorresponsabilidad económica y solidaria en los perceptores; reduciría la apelación fácil a practicar el reparto de subvenciones semipolíticas y con la fachada de altruismo benefactor gubernamental; estimularía el interés por la formación y cualificación profesional de quienes se encuentran sin trabajo; sería una fuente de capital para quienes estuviesen dispuestos a asumir riesgos en sus proyectos personales o empresariales; eliminaría una quizás extensa bolsa de fraude y no pocos recursos a las triquiñuelas legales; se haría patente para todos que las cargas sociales las soportan toda la sociedad, especialmente quienes tienen trabajo por cuenta ajena; actuaría de estabilizador automático de la economía tanto en empleos fijos como temporales; permitiría evitar que se tengan que reducir las pensiones de nuestros mayores que bien se las merecen; y quizás sea una forma más de sacar a España de esta siesta continuada y pasividad subvencionada tanto a particulares como a empresas públicas o privadas más o menos privilegiadas.

A lo mejor todo esto es una tontería pero quizás sea una idea. No todo tiene que ser copiar al pie de la letra las sensatas propuestas del centro derecha francés, sueco y alemán para salir del marasmo del pasivo Estado del Bienestar socialdemócrata. Tratemos de exportar al menos algunas ideas originales.

JJ Franch

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