GOBIERNO Y TIRANÍA SOCIAL

La mayoría de los grandes pensadores católicos del siglo XVI español tenían una muy alta valoración del acicate que significaba actuar para el bien común de la república. El oficio de gobernar era muy saludable por el gran bien que podían realizar en la sociedad y en el bien común del conjunto de la nación si actuaban con sabiduría y prudencia respetando los principios generales de la ley natural. También eran conscientes del mal tan enorme que también podían transmitir a la sociedad con sus errores queridos y también con los que, aun siendo no queridos eran también nefastos en cuanto no dejaban de ser errores.
Uno de los aspectos más significativos y de mayor repercusión de la obra de la Escuela de Salamanca es la preponderancia de la ley natural -que tiende siempre al bien común- sobre las leyes humanas y sobre los gobernantes –incluido el Rey- y los legisladores. Así Vitoria afirmará taxativamente: Toda ley debe ordenarse al bien común.
Y, como consecuencia de ello, plantea con firmeza esa majestad universal de la ley natural sobre todas las demás, justificando incluso la rebelión ante su transgresión: No es lícito al príncipe dar una ley que no atienda al bien común; de otro modo sería una ley tiránica, no una ley justa, puesto que se trata de una persona pública, que está ordenada al bien común y es un ministro de la república.
Y aún con más claridad concluye que las leyes injustas que vulneran principios generales de ley natural no son ni siquiera leyes aunque así se las quiera llamar: “No sólo no le es lícito, sino que es imposible que dé una ley que no atienda al bien común, porque tal ley no sería ley, y si constara que de ninguna manera mira al bien común, no habría que obedecerle”.
¿Qué se nos viene a decir? Que si el poder estatal no tiene freno se abre la puerta a la tiranía. Porque si la sociedad colectivamente, y sobre los individuos aislados que la componen, puede ejecutar, y ejecuta de hecho, cualquier tipo de decreto; y si ella dicta decretos imperfectos, o si los dicta a propósito de cosas en que no se debería mezclar, puede ejercer entonces una tiranía social que puede llegar a ser de gran envergadura. Los gobernantes y legisladores, en definitiva, no pueden hacer lo que les venga en gana. Y si lo hacen, su irresponsabilidad acaba degradando y empobreciendo el sistema y las relaciones económicas y sociales. La naturaleza acaba vengándose y se revuelve contra los irresponsables y sus seguidores.

JJ FRANCH

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