EGOÍSMO EMPRESARIAL

Cuando, en las lecciones introductorias de la asignatura de Economía Política, me corresponde explicar una versión simplificada del flujo circular de la renta, aparecen situados en extremos opuestos, y con funciones distintas, las economías domesticas por una parte y las empresas por otro. Las familias adquieren bienes y servicios en los mercados de productos terminados y proporcionan los factores de producción clásicos (Tierra, Trabajo y Capital) a las empresas. Estas, a su vez, demandan los servicios de estos factores para producir los bienes que posteriormente acaban vendiendo como productos terminados. Se completan así los circuitos monetario y real que circulan en sentidos inversos.

Salvo en esta explicación del programa, el papel teórico de la familia se reduce a la dimensión de unidad básica de consumo, prestándose cada vez menos atención a su autentica función económica en nuestra realidad social como generadora de los factores productivos, especialmente del factor humano. El protagonismo en el resto de la asignatura se centra en la empresa. Únicamente la aparición cada vez más preponderante de las funciones económicas del Estado ensombrece dicho protagonismo. Los entresijos del mundo de la empresa no sólo acapara los contenidos de la mayoría de los análisis sino que en torno a la empresa gira toda una licenciatura de empresariales y proliferan los master y escuelas de negocios en todo el mundo. No cabe la menor duda que vivimos en una civilización empresarial.

Las pautas de comportamiento predominantes y más extendidas en esa cultura “empresarial” que nos invade se enraízan en una mala interpretación de la “mano invisible” según la cual la búsqueda del interés egoísta particular acaba contribuyendo a la mejora del interés general. La búsqueda del máximo beneficio a cualquier precio y lo más rápidamente posible, la competencia entendida como lucha de unos contra otros, la agresividad, el activismo, la velocidad, el estrés, el éxito en ganar y en vencer al competidor, la justificación de los medios por el fin, las continuas decisiones sobre la marcha sin apenas reflexión,… son sólo algunos de esos erróneos rasgos paradigmáticos ambientales de ese mundo “empresarial” que por arte de birlibirloque se convierten en virtudes sociales atractivas y convenientes.

En el cada vez más sofocado y arrinconado ambiente familiar por el contrario, las conductas clásicas tienen otros caracteres bien distintos: decisiones con miras a un periodo de tiempo más amplio, más colaboración entre los agentes, más espíritu altruista, mayor atención a lo importante frente a lo urgente, ritmo pausado, más solidaridad, más reflexión, mayor humanidad, más producción de “bienes relacionales”,… Menos competitividad y más cooperación y colaboración en la empresa común orientada al muy largo plazo.

Mucho tenemos que aprender del mundo familiar los protagonistas de ese ambiente del ajetreo continuo y efímero. Pero lo más grave del caso es la conquista por parte del “homo economicus” de nuevas posiciones en el ámbito de mayor intimidad personal. En las múltiples conexiones e interdependencias cotidianas entre esos dos ámbitos de actuación personal hay un creciente fenómeno sociológico que acentúa ese predominio de la competencia radical sobre la colaboración: la muchas veces superficial y agresiva programación televisiva comercial tanto adulta como infantil, que transmite esas pautas de comportamiento “empresariales” a las economías domésticas.

Conviene reaccionar. Se hace cada vez más necesario invertir esas tendencias inerciales dando prioridad en el mundo empresarial a la cooperación sobre la competencia, a la persona sobre el producto, al objetivo estabilidad a largo plazo sobre el beneficio a corto, a la mejora en la formación humana continua sobre el aprendizaje de las técnicas de la picaresca, al beneficio social y humano sobre el estrictamente monetario, a la inversión real y duradera sobre la especulación. Se trata en definitiva de hacer realidad cotidiana la verdadera “mano invisible” que consiste en el hecho, tantas veces comprobado, de que a medio y largo plazo, la búsqueda del interés ajeno, la mejora del servicio al cliente potencial, la consecución del interés general, acaba incrementando el propio beneficio, el propio patrimonio físico y humano, empresarial o personal.

JJ Franch

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