DOS GRANDES SISTEMAS ALTERNATIVOS DE REGLAS ECONÓMICAS Y JURÍDICAS

Ante esta situación dispar en el mundo de las ideas respecto al pensamiento económico, conviene citar de nuevo a James Buchanan cuando afirma: “Al menos desde el siglo XVIII, y especialmente desde Adam Smith, se ha comprendido la influencia de las reglas (“leyes e instituciones” en la terminología de Smith) sobre los resultados sociales, y esta relación ha proporcionado la base para uno de los temas centrales del análisis económico o de la economía política tal como se deriva especialmente de sus fundamentos clásicos. Si las reglas influyen en los resultados y si algunos resultados son “mejores” que otros, se sigue que en la medida en que las reglas pueden ser elegidas, el estudio y análisis de reglas e instituciones comparativas se convierte en el objeto propio de nuestra reflexión.” Nuestro propósito es analizar los mejores sistemas de reglas alternativos.
Dejando a un lado por obsoleto, negativo y empobrecedor el socialismo real con su irresponsable intervencionismo cuasitotal en economías coactivas, tenemos, en las economías libres y responsables de mercado (donde la competencia es requisito imprescindible para su buen funcionamiento) dos grandes métodos o sistemas de reglas para conseguir determinados resultados:
Las políticas jurídicas y económicas de demanda y las políticas jurídicas y económicas de oferta; las que dan preponderancia a las exigencias de los derechos y las que saben que los derechos sólo será posible cumplirlos cuando se insista con prioridad en los deberes; las que insisten en el gasto, incluso en el gasto sin trabajo, y las que dan preponderancia al trabajo y al ahorro.

Las políticas de demanda, en contraste con las de oferta, han pivotado sobre la bondad económica de la ruptura drástica y voluntarista del equilibrio presupuestario estatal que era una norma y principio económico, moral y ético intocable para los economistas clásicos. José Luis Pérez de Ayala, (Catedrático de Economía y Hacienda Pública y Ex Rector de la Universidad San Pablo CEU y a quien tanto debo y admiro) señalaba en una de sus obras que, tradicionalmente, toda la política presupuestaria ha venido manifestándose en torno a dos principios contrarios: o equilibrio, o desequilibrio del presupuesto. Si ojeamos los escritos clásicos en torno al problema se observa que el principio del equilibrio presupuestario se mantiene y defiende por entender que la política de Deuda Pública, aneja al déficit, restaría ahorro a la producción privada, y de aquí se deduce que el olvidado principio del equilibrio se apoya en la necesidad de respetar y no frenar la expansión de la oferta global.
Teniendo en cuenta que el sentido común cotidiano, la ley de la utilidad marginal decreciente, la competencia y la legítima búsqueda del máximo beneficio por parte de los empresarios lleva a una representación de las funciones de demanda (en la mayoría de los bienes y servicios) como una función más o menos elástica pero con pendiente negativa, y que se llega a la conclusión de que, al contrario, el grafismo de las funciones de oferta se representa, normalmente, con pendiente positiva, a menores precios se demandarán mayores cantidades de un bien, y los mayores precios atraen a los empresarios para producir más de esos bienes que se revalorizan en los mercados al ser más preferidos por los consumidores. Dado un nivel de precios concreto y estable que tiende a igualar y equilibrar cantidades demandadas y ofrecidas se puede producir un incremento de esas cantidades compradas y vendidas: bien por un desplazamiento de la oferta hacia la derecha, o bien por un desplazamiento de la demanda en el mismo sentido. En ambos casos se conseguirá incrementar la producción, la actividad y la creación de empleo a ella aparejada. Pero con una diferencia fundamental: el desplazamiento de la demanda genera incrementos de precios, mientras que los desplazamientos de la oferta producen descensos en los precios de equilibrio estables. De igual manera, y con una cierta similitud no exenta de errores, si consideramos a nivel macroeconómico la llamada oferta agregada y la demanda agregada, el incentivo de la actividad económica y de los niveles de empleo a ella ligados se puede estimular también mediante aceleraciones forzadas de la demanda, o mediante desplazamientos de la oferta. La diferencia fundamental vuelve a ser, entre otras cosas, que los acelerones de demanda generan inflación mientras que los de oferta la reducen y hacen a esa sociedad más competitiva, variada y justa.

En esas políticas de oferta la lógica y saludable búsqueda de beneficio en toda actuación personal y empresarial viene atemperada en el acontecer cotidiano por la libre competencia. Esos continuos intentos de acrecentar la propia riqueza, estimula la mejor aplicación del trabajo humano a las realidades materiales mediante la especialización, el intercambio voluntario mutuamente beneficioso y la búsqueda de un mejor servicio a los demás propietarios de riqueza. La capacidad inventiva en toda su gama de aplicaciones, desde la meramente técnica y manual hasta la intelectual, organizativa y reflexiva, se incentiva por esa competencia humana y dinámica que permite que otros, por la comunicación y la transmisión de información, se acaben aprovechando también de esas innovaciones y vayan reduciendo los beneficios de los primeros innovadores. Según estos continuos ciclos schumpeterianos, al reducirse los beneficios iniciales aparecen nuevos estímulos innovadores para la aventura de mejora personal, empresarial y social.

JJ FRANCH

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