CAMBIOS EN LOS ÚLTIMOS CINCUENTA AÑOS

Entre 1956 y el año 2006 se han producido cambios inmensos en el mundo económico, político y tecnológico cuyo punto álgido se puede concretar en la mítica fecha del 9 de noviembre de 1989, fiesta de la Almudena en Madrid, cuando cayó el muro de Berlín y, con él, la guerra fría y el fabuloso imperio soviético. La importancia de los cambios es tan relevante que Dalmacio Negro, Académico en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, indica que, real e históricamente, debería señalarse tal fecha como el auténtico comienzo del siglo XXI y del nuevo milenio. Se hizo patente desde entonces la necesidad de reconstruir tanto y cuanto, no sólo en lo material, sino también -y especialmente- en el ámbito intelectual del mundo de las ideas que por otra parte siempre acaba repercutiendo en las construcciones meramente materiales.

Aquél día terminaba aquel siglo XX marcado todo él por el intento de llevar a la práctica aquel materialismo ateo dialéctico comunista de Marx y Engels y que entronizó la lucha de clases del proletariado como medio de destrucción y aniquilación del sistema capitalista. En esos 50 años ocurrieron acontecimientos importantes de los que cabe destacar a vuelapluma los siguientes: estuvo presente durante décadas -como se ha dicho- la Guerra Fría que permaneció ejerciendo su influencia hasta el citado 1989; el episodio de la crisis de los misiles soviéticos en Cuba; la guerra del Vietnam; el mayo del 68 francés; la hiperinflación del llamado Estado del Bienestar; el gran salto adelante en la conquista y descubrimiento renovado del universo exterior; el cada vez más acelerado proceso hacia la Unión Europea; las guerras tribales horrorosas especialmente africanas; la China de Mao y la Revolución cultural; el comienzo de la expansión tecnológica de las telecomunicaciones y de la informática personal transformando todas las actividades humanas; las fuertes migraciones multidireccionales pero siempre teniendo como punto de destino lógico alguno de los países de la órbita occidental, …etc. Y hemos vivido a lo largo de todo el siglo XX -y se sigue viviendo- un mundo en el que las identidades nacionales –y ahora el fundamentalismo islámico con mayor vigor y agresividad contra occidente- importaban más que las pautas de conducta y en el que éstas se consideraban moldeables mediante control gubernamental. Pero a pesar de las grandes tragedias mundiales fruto de los totalitarismos y de los racismos, es la era de la gran revolución científica y la era de la luz que acaba transformándose en la era de la imagen y la comunicación universal en tiempo real.
Si los cambios en las realidades históricas han sido enormes en estos 50 años, más importantes han sido los cambios producidos en el mundo de las ideas. Las ideas son en último término y en principio las que hacen fracasar o triunfar la economía personal, familiar, empresarial o nacional. Son las concepciones del mundo, de la persona y de la sociedad las que nos mueven a la actuación práctica en una u otra dirección condicionando así los resultados económicos. Las ideas orientan la conducta humana y ésta se materializa en la economía. Son las ideas las que acaban transformando las realidades materiales e históricas, y no al revés. Son las nuevas ideas las que cambian la economía y no la economía a las ideas. Son las buenas ideas las que transforman el mundo del Derecho y no al revés. En 1956, todavía estaban vigentes los ecos del neohistoricismo alemán, del nacionalismo económico, del institucionalismo norteamericano o las ideas de los socialistas utópicos, el fascismo, el nacional socialismo y las influencias krausistas. Estaba boyante entonces el comunismo pilotado por el experimento soviético de economía planificada de dirección central (con la imposibilidad del cálculo económico que siempre lleva aparejado) así como las actitudes corporativistas y el afán, aún vigente, de un amplio Estado del Bienestar. Pero, sobre todo en Occidente, ante el temor político y social resultante de la Gran Depresión con sus consecuencias, se idolatró el keynesianismo en las políticas económicas. Se popularizó y convirtió en ortodoxia incontestable para los políticos de todas las tendencias tras la segunda guerra mundial. Ello también llevó al intervencionismo público, la planificación, el corporativismo y el protagonismo estatal frente a la sociedad dinámica. Tales tendencias en el mundo de las ideas acabaron llevando a situaciones de inflación con desempleo masivo y a incrementos muy peligrosos de la Deuda Pública en la mayoría de los países. La crisis del petróleo de los años setenta agravó la situación.
Lógico parece entonces –ante cambios tan profundos- que las políticas de Defensa de la Competencia se adapten a las nuevas realidades. En los años cincuenta y sesenta las leyes y los órganos de defensa de la competencia estaban en Europa arrinconados, olvidados, desconocidos, prácticamente inexistentes, piezas de museo. Lo público era el protagonista.
Frente a ese protagonismo de lo público es hoy algo ya reconocido por todos que es clave para el crecimiento económico continuado la necesidad de la competencia responsable que deriva del despliegue de una verdadera libertad como instrumento de constante mejora.

JJ FRANCH

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