TRISTE ENGAÑO O AUTOENGAÑO

El diccionario de uso del castellano de María Moliner explica que engañar es hacer creer a alguien, con palabras o de cualquier manera, una cosa que no es verdad. Más adelante también se puede leer que engañarse es desfigurarse una persona a sí misma la verdad cuando no es agradable o satisfactoria.

La campaña electoral pasada, centrada en los personalismos de González y Aznar, creo que ha llevado a un cierto fraude publicitario al convertir nuestras elecciones en unas presidenciales, cuando en realidad se estaban eligiendo diputados al Congreso: equipos, listas cerradas, partidos. Tan importante o más que el personalismo del líder es el banquillo y la unidad de criterios en cada grupo parlamentario. A su vez se ha centrado el discurso socialista en un recurso fácil al miedo político a una derecha llamada draconiana que no creo que González se creyera en su fuero interno.

Dejando a un lado el posible engaño o autoengaño político, y ciñéndonos exclusivamente al terreno económico, tampoco creo que Felipe González, con su experiencia internacional y de gobierno, desconozca lo que podemos extractar de algunas importantes ideas de Von Mises que son doctrina común en torno a la capacidad del capital para generar empleo y riqueza futura. Para explicar esa capacidad nos dice que la singularidad y originalidad de toda persona humana estriba simplemente en que el hombre se esfuerza por mantener y vigorizar la propia vitalidad y la de sus descendientes y adyacentes de modo consciente y deliberado.

Si denominamos capital a aquella cifra dineraria dedicada en un momento determinado a una actividad emprendedora específica, la distinción entre medios y fines nos lleva a diferenciar entre invertir y consumir, entre el negocio y el gasto familiar. La suma resultante de valorar el conjunto de bienes destinados a inversiones -el capital- constituye el punto de donde arranca todo el cálculo económico y la primordial herramienta mental a manejar en una economía. Hay que indicar también que cada paso que el hombre da hacia un mejor nivel de vida se halla invariablemente protegido por un ahorro previo. Es por ello por lo que cabe afirmar que el ahorro y la consiguiente acumulación de bienes de capital constituyen la base de todo progreso material y el fundamento, en definitiva, de la civilización humana. Sin ahorro y sin acumulación de capital resulta imposible según Mises apuntar incluso hacia objetivos de tipo espiritual.

Debido a la interdependencia mundial cada vez más estrecha, a la irreversible apertura de la economía española y a la libertad de capitales cada vez más flexible y sensible por los avances en las comunicaciones, en la informática y en los sistemas financieros, lo que debería preocupar a Felipe y a su “gonzalato” no es el autoexilio demagógico de determinadas personas por si viene el lobo feroz de la derecha, sino el libre autoexilio de capitales que pueden vislumbrar oscuros nubarrones en la realidad económica española si no se corrige el clima político-social, la alta presión fiscal, la situación de las finanzas públicas, la muy alta presión burocrática, laboral, picaresca y limosneramente interesada políticamente. Nuestros futuros mandatarios deberán tener muy presente el riesgo de autoexilio silencioso del capital hasta esperar tiempos mejores. Basta una serena y callada reflexión, llegar a una clara conclusión y estampar sin ruido una sencilla firma para que millones de pesetas dejen de poner en marcha el mecanismo de generar empleo y riqueza real en España para ponerse a trabajar en otros lugares. Millones de decisiones de este tipo se toman diariamente sin estrépito y con libertad a lo largo y ancho del mundo y en todas las direcciones posibles. No es ningún secreto que en los centros financieros mundiales y en los departamentos directores de las distintas empresas, hay un cierto repelús espontáneo y automático en los tiempos que corren, hacia las zonas manchadas con tintes rojillos o socialistoides en el mapamundi sociopolítico y económico.

Un cierto grado de dignidad exige reconocer que hay veces en las que más vale perder responsablemente diciendo la verdad que ganar ocultando interesadamente la exigente realidad política y especialmente económica y financiera. Más grave cuando ese posible engaño se consuma infundiendo miedo político y económico a los sectores más débiles, impotentes y necesitados. Ese engaño, aunque quizás sea democrático, no deja de ser un triste engaño. Quizás mejor un triste autoengaño que pueden acabar pagando los más desvalidos a quienes, de boquilla y electoralmente, se pretendía socorrer y ayudar.

JJ Franch

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