LA SOLUCIÓN AL PARO

¡Ya está bien!. Esto no puede seguir así y hasta aquí hemos llegado. Si esto ya se afirmaba con los datos de la Encuesta de Población Activa de Diciembre los nuevos datos del primer trimestre obligan a una drástica rebelión pacífica generalizada. Hay que darles por imposible. Junto al paro laboral hay que tener en cuenta, ligado a él, el paro empresarial y la huida de capitales desde proyectos empresariales reales hacia las actividades especulativas o hacia los refugios de simple aseguramiento de rentabilidades financieras sin apenas riesgo. Las cuantías de las suspensiones de pago empresariales crecieron más del 1500% en 1992 y las quiebras más del 1200%. En 1993 siguen aumentando. Ante tal situación empírica hay que olvidarse definitivamente de las martingalas gubernamentales continuadas del Plan de Convergencia, del fragor leguleyo socialista que complica más el problema, de los fines matices ideológicos de los programas electorales, de los resabios marxistas de los sindicatos de clase, de las soluciones teóricas y temerosas del poder constituido de las organizaciones empresariales, de los malabarismos de las variables monetarias, de la verborrea terminológica laboral que quiere reglamentar casi todo, de la retórica ampulosa que busca en la abstracción de un Pacto Social o en la convocatoria electoral el retraso indefinido de auténticas soluciones, de las disquisiciones sobre si el paro es friccional, estructural, cíclico o coyuntural. Hay que enviar al baúl de los recuerdos todo eso y mucho más, despertar de una vez, desperezarse, sacudirse el racaneo nacional subsidiado y ponerse a trabajar. Dejando de medrar como correpasillos hay que decididamente coger el toro por los cuernos personalmente y dejar de estar parado. No basta con un importante cambio político. Además hace falta un irrenunciable cambio ético personal de actitudes y esfuerzos.

Después de cavilar en sesudas sesiones de abundantes lecturas de Economía, y de consultar estadísticas varias y complejos modelos macroeconómicos, he llegado a una simple y feliz conclusión: La única solución al grave problema del paro consiste en dejar de mirar a las musarañas y ponerse, cuanto antes a trabajar. Aunque los economistas solemos decir y escribir perogrulladas como la anterior creo que conviene insistir y profundizar en tal verdad de Perogrullo.

Von Mises, en su importante tratado de Economía, significativamente titulado La acción humana, escribía: “La acción humana (el trabajo) es conducta consciente; movilizada voluntad transformada en actuación, que pretende alcanzar precisos fines y objetivos; es consciente reacción del ego ante los estímulos y las circunstancias del ambiente.” Y más adelante: “Cada acción es un eslabón más en una cadena de actuaciones, las cuales ensambladas, integran una acción de orden superior, tendente a un fin más remoto. Toda acción supone una actuación parcial, enmarcada en otra acción de mayor alcance; es decir, se tiende mediante aquélla a alcanzar el objetivo que una actuación de más alto vuelo tiene previsto.” El trabajo genera trabajo y la pasividad subvencionada genera pobreza. La actividad económica es una actividad dinámica, inmersa en el tiempo que se entrelaza continuamente.

El premio Nobel Gary Becker por su parte escribe: “Muchos trabajadores incrementan su productividad adquiriendo nuevas cualificaciones y perfeccionando, mientras trabajan, otras que ya poseían”. El trabajo no es sólo un medio, un factor productivo, imprescindible para la mejora humana del mundo material, sino que es también un medio en el que el propio trabajador se perfecciona. Hay que estudiar, más allá del empleo, como lo hace Charles Handy en su libro El futuro del trabajo humano, “las opciones que existen cuando ampliamos el significado del trabajo, para incluir en él el trabajo marginal, informal y el trabajo donado voluntariamente junto con el empleo clásico. El empleo, y lo que con él se gana, es una parte del trabajo. La economía del empleo es sólo una parte de la economía entera, y el dinero es sólo una de las recompensas que puede proporcionar el trabajar.” Urge reconocer socialmente aquellas actividades que sin estar enmarcadas en el empleo formal oficial no dejan de ser trabajo. Incluso en ocasiones precisamente el tipo de trabajo que escasea, porque es el que más se necesita.

Conviene trabajar, no estar parado, hacer algo provechoso, incluso sin cobrar. No creamos que es algo raro e irracional. No sólo estoy pensando en los parados oficialmente registrados que extraoficialmente realizan labores socialmente convenientes, sino también en los jubilados oficiales que también aportan su experiencia, su actividad serena y su sentido común; o los millones de estudiantes que no sólo no cobran sino que pagan, en ocasiones cantidades importantes, por estudiar. También tantos voluntarios que en distintas asociaciones y organizaciones, a pesar de la oposición de los sindicatos, despliegan con esfuerzo sus capacidades manuales e intelectuales.

Pero no sólo eso. Si tenemos en cuenta que más del 40% del PIB se va en todo tipo de impuestos cabe pensar también que los que oficialmente trabajan, sean personas o empresas, lo hacen gratuitamente en casi la mitad de su tiempo de trabajo. No hay que engañarse. Tendremos que seguir trabajando mucho tiempo sin cobrar para pagar tanto Gasto Público. Los diferenciales negativos continuados de ingresos y gastos públicos del periodo socialista nos han llevado a una Deuda Pública Nacional de tal calibre que, no sólo la nuestra, sino también la generación venidera está ya hipotecada. No valen lamentaciones. Hay que mirar hacia el futuro. Quedarse parado es peor para todos. El psiquiatra austriaco Victor Frankl afirmaba que tener sentido de la vida, es decir, conciencia de para qué se vive, es una necesidad humana. Es comprensible entonces que se pueda hablar de quien no trabaje, o subjetivamente considere que no trabaja, que pierde su sentido de la vida cayendo en un vacío existencial degradado. Es preciso recuperar la vitalidad de ese vínculo fundamental que une a los hombres en sociedad y que nos lleva a la conveniencia de considerar el ser humano como un stock inquieto de actividad creativa potencial que se puede incrementar al infinito y del que fluyen posteriormente los servicios de trabajo medido no sólo en tiempo sino especialmente en calidad.

Al dar por terminado este artículo tengo una cierta sensación de ridículo. Al fin y al cabo esta piedra filosofal que soluciona el problema del paro apareció y se descubrió hace ya unas cuantas centenas de siglos. Justo en el instante en que el hombre empezó a labrar con sus huellas vivas la faz del planeta Tierra.
JJ Franch

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