EL BENEFICIO CREADOR

Pienso que muchas veces pecamos de omisión y de mediocridad en nuestra actividad económica, de falta de ambición por lo positivo y por lo mejor conformándonos con “ir tirando”. Desde luego que no hay que codiciar lo negativo y lo prosaico pero conviene sin embargo ambicionar la excelencia y la perfección aunque al final no la consigamos. El esfuerzo en intentarlo ya vale la pena por sí mismo. Por eso nunca he entendido muy bien las diatribas dialécticas y caricaturescas contra la búsqueda del máximo beneficio bien entendido.

Ya en el siglo XIX Francis Walker separaba el beneficio, en tanto que retribución por la capacidad y actividad típicamente empresarial, de la renta de la tierra y de los intereses. A su vez afirmaba que esta actividad empresarial era la fuerza motriz de la moderna economía. Más tarde tuvo una importancia decisiva el análisis de Schumpeter del beneficio como recompensa por la innovación en los métodos de producción, en la organización, o en la calidad y diferenciación de los productos. Por su parte Knight dió un impulso definitivo al estudio del beneficio relacionándolo con la incertidumbre que definía como “la diferencia entre las condiciones que la teoría se ve obligada a suponer y las que existen en realidad. Cualquier intento para explicar las acciones humanas implica inevitablemente alguna referencia, implícita o explícita, respecto a las expectativas sobre futuras situaciones o contingencias por las que han de pasar las acciones o que han de acompañarlas.”

La tarea empresarial consiste en último término en dotar de serviciabilidad sus bienes para hacerlos más productivos y conseguir así el máximo beneficio. Una empresa se asentará más firme y sólidamente en el mercado cuanto más y mejor sirva lo que produce. Si lo que se da al resto de la sociedad no sirve para nada ni para nadie, la empresa tiende a empobrecerse y a extinguirse. Podemos con ello concluir que si su actividad no sirve para nadie, tampoco sirve para ella misma. Desde esta perspectiva, y teniendo en cuenta el desplazamiento enriquecedor de las necesidades -empezando por las más básicas y llegando a las superiores o menos materiales- se comprende que la riqueza no esté tan relacionada con las realidades físicas existentes como con las futuras, y con el estímulo, calidad y capacidad de trabajo humano venidero.

La enorme diversidad, acrecentada por la especialización, de actividades humanas productivas, junto con la gran variedad de bienes finales, requiere una medida común que permita el cálculo económico de la idoneidad subjetiva de nuestros productos a las preferencias de los distintos clientes potenciales. Los precios y el dinero, que convierten a los diferentes productos en bienes más extensibles y simples, son instrumentos decisivos para la posibilidad del cálculo económico con el que toma las decisiones el empresario. Esta actividad emprendedora, libre de trabas y en competencia, produce efectos numerosos y beneficiosos sobre los usuarios finales, que se expanden por toda la red de intercambios económicos. Para conservar su riqueza, el empresario tiene que, continuamente, perseverar en el servicio a sus clientes potenciales que, a diario, confirman o revocan su confianza. El beneficio se convierte en acicate y en juez que juzga de la correcta orientación del sistema de producción, permitiendo rectificar errores y mejorar aciertos en un proceso de continua reconversión hacia lo más idóneo y del mejor modo posible.

Esta mentalidad emprendedora, que pivota sobre el beneficio y que busca realizar innovaciones en el servicio ajeno para mejorar el propio, puede y debe ser asumida, si se quiere actuar económicamente de forma óptima, por todo agente. Todo trabajador también, todo individuo, en cuanto propietario de bienes físicos con libre poder de asignación sobre ellos; y propietario, por su libertad, de su propia persona, puede y debe actuar económicamente en la sociedad en orden al fin legítimo de incrementar su patrimonio material y humano. Hay que romper la esquizofrenia de actuar con criterios distintos como empresario, como trabajador y como consumidor. Hay un único criterio que es el de la excelencia, el de la maximización del valor.

Nos volvemos a encontrar con la afirmación clave que los escolásticos ayudan a desarrollar a partir del pensamiento griego antiguo, de que la riqueza, el valor económico, no es condenable sino que es lícito tratar de incrementarlo justamente. Esta referencia común en los inicios del pensamiento económico, que transformó el sistema económico medieval aislacionista en un sistema de enorme pujanza comercial, necesita ser reconsiderado en nuestro actual panorama económico mas bien mediocre.

Aplicado a lo positivo y a lo conveniente, el criterio económico fundamental de la eficacia consiste en sacar el máximo partido a cualquier cosa, en maximizar. No podemos quedarnos en la mediocridad ni en la indiferencia, sino que hay que tratar de alcanzar lo máximo con lo mínimo, producir más de lo mejor y lo antes posible. Crear lo máximo destruyendo lo mínimo. No en vano, el acto económico nunca jamás superado consistió en crear todo, de la nada. Biblia dixit.

JJ Franch

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