CUIDADO CON LAS LEYES DE POBRES

No sé si González fue o no pedigüeño en Edimburgo pero lo que sí parece claro es la generalización del espíritu pedigüeño de empresas y particulares en el interior de nuestro cortijo nacional. La búsqueda continuada del Estado Protector y del Estado de Bienestar para todos por decreto y por el mero hecho de estar, y el afán socialista interesado para convertirse en la mayor organización de caridad nacional con el dinero público recaudado coactivamente, son quizás las causas más profundas de la postración y desconsuelo de la actual situación económica. Esta viva polémica que se extiende por toda la geografía española de manera creciente tras las elecciones, y que enfrenta moderadamente a los sectores activos con los pasivos, representa el mayor problema socioeconómico que tiene planteado nuestro futuro e incierto gobierno.

Recuerda todo ello las discusiones de finales del siglo XVIII y principios del XIX en Inglaterra sobre las Leyes de Pobres. Las consecuencias sobre la buena marcha de las finanzas públicas y de la salud económica del conjunto de la sociedad debieron ser importantes porque los grandes economistas clásicos de la época, nada menos que Adam Smith, David Ricardo o Malthus entre otros, trataron con profundidad de ellas.

El problema iba unido también a lo que pomposamente llaman hoy los expertos flexibilidad laboral y movilidad funcional y espacial del factor trabajo. Los privilegios exclusivos de las corporaciones y gremios dificultaban los movimientos de un lugar a otro, incluso dentro del mismo sector y empleo. El Estatuto de Aprendizaje restringía la libre circulación de trabajadores aunque en la mayor parte de las manufacturas, aun siendo de ramas diferentes, las operaciones que debían realizarse presentaban una analogía tal que los obreros no tendrían especiales problemas en cambiar de oficio si esas leyes absurdas no se lo impidieran. Cuenta Adam Smith en La Riqueza de las naciones que, donde se hallaba en vigor el Estatuto, a muchos obreros no les quedaba otro recurso que solicitar asistencia benéfica de la parroquia y la Reina Isabel decretó que toda parroquia estuviese obligada a socorrer a sus pobres. Los Estatutos 13 y 14 de Carlos II dispusieron que quien residiese cuarenta días seguidos en una parroquia, podía ganar vecindad en ella. La picaresca se extendió como la pólvora por todo el reino puesto que la cuestión de los certificados equivalía a poner en manos de determinadas personas la facultad de mantener a muchos enganchados a la menguante pero necesaria caridad estatal.

Mal debían ir las cosas cuando Smith recoge una cita de la Historia de las Leyes de Pobres donde dice que después de una experiencia de cuatrocientos años, había llegado el momento de abandonar la idea de sujetar a una regulación estricta lo que no se presta a una limitación prolija; porque si todas las personas del mismo oficio fueran a recibir iguales salarios, se acabaría la emulación y no habría margen alguno para la laboriosidad y el ingenio.

Más claro y contundente fue un premarxista en la teoría del valor-trabajo como David Ricardo que nos dejaba dicho en sus Principios de Economía Política y Tributación (1817) que a pesar de la buena intención de estas leyes para mejorar la condición de los desvalidos, la consecuencia directa y concreta era que empeoraban tanto al rico como al pobre. “Esas leyes están calculadas para empobrecer al rico y no para enriquecer al pobre y los fondos destinados al sostenimiento de los pobres irá aumentando progresivamente hasta que hayan absorbido todas las rentas netas del país, o al menos la parte de ellas que el Estado nos deje, después de satisfechas sus constantes demandas de contribuciones para los gastos públicos.”

Las soluciones también las apuntaba Ricardo cuando recomienda hacer ver a todos el valor de la independencia, enseñándoles que no deben buscar una ayuda en la caridad sistemática o casual, sino en sus propias fuerzas.

La tarea es ardua porque estamos mal acostumbrados, pero hay que pedir al victorioso pero no por ello menos angustiado Felipe González que se deje de ideologías trasnochadas, que rectifique de una vez y de verdad, coja el toro por los cuernos, actúe en conciencia mirando el interés general y sea valiente. Va en ello la mejora de muchos de sus votantes y a medio plazo todos lo agradecerán. A muy corto plazo el primero en agradecerlo será el Gobernador del Banco de España.

JJ Franch

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