ATENCIÓN A SUECIA

Cuando en 1992, tras quince años de gobierno socialista en democracia, los ciudadanos suecos votaron mayoritariamente a una coalición de partidos liberales, conservadores y democristianos, la situación con la que se encontraron los nuevos gobernantes tenía un gran paralelismo económico y social con la actual situación española después de once años de socialismo. Los impuestos absorbían cerca de las dos terceras partes del PIB y un empleado medio o un obrero industrial cualificado entregaban más del 50 por ciento de su sueldo al fisco. El enorme acaparamiento por parte del Estado de la vida ciudadana era tal que ese ente de razón estatal intentaba organizar y velar por todos desde su nacimiento hasta su muerte tratando de construir, planificadamente, un nuevo paraíso terrenal artificial. Aunque los servicios sociales se habían universalizado, ello no se traducía en su mejora y eficacia. Las listas de espera semestrales en hospitales, por ejemplo, también empezaban a generalizarse. Como explicaba después la comisión Lindbeck, el Estado había asumido en la etapa anterior numerosas tareas que era incapaz de realizar convenientemente y había descuidado aquellas que deben ser el núcleo central de su actuación. Los grupos de interés ejercían un control sobre los mecanismos de decisión que se traducía en un crecimiento del Gasto Público en su favor, a costa de los intereses generales a los que dicen servir.

Tantas décadas intentando implantar el Estado Protector y el Estado del Bienestar habían desembocado en un hartazgo estatista en la ciudadanía y en la extensión de un “Estado de Malestar” generalizado. La pasividad subvencionada había llevado a importantes incrementos en la Deuda Nacional y sólo producía tipos de interés más altos, inflación y paro. Suecia se había situado, pese a su tradición de excelencia tecnológica, en la vía oscura y farragosa del declive económico.

La tarea que tenía ante sí la nueva coalición respaldada democráticamente por las urnas era, y es, imponente. Pero se pusieron manos a la obra. El plan de ahorro que se puso en marcha no tenía precedentes en Suecia. Los recortes totales del gasto público ascendían a 85.000 millones de coronas que representaban un 6% del PIB. Se ponía en marcha a su vez un plan para eliminar paulatinamente el déficit estructural para 1998. El Parlamento decidirá primero sobre el montante total de los ingresos y gastos antes de entrar en la discusión parcial de cada partida, por lo que las proposiciones de aumento de gasto en unos capítulos sólo podrá hacerse recortando en otros. Unidas a estas medidas restrictivas de política fiscal se establecieron importantes medidas por el lado de la oferta para que aquéllas fuesen más efectivas y convencidos de que las finanzas públicas preparan el camino hacia la recuperación económica. Se hace hincapié también en la independencia del Banco de Suecia en la coordinación de la política monetaria y se obliga a los Ayuntamientos a someter a referendum las nuevas alzas impositivas.

El nuevo primer ministro de Suecia Carl Bildt afirmaba que estaban firmemente decididos a liberar fuerzas creadoras de riqueza en su economía y que para ello tenían que mejorar su entorno empresarial para asegurar que se fomentaran y compensaran debidamente virtudes productivas como el trabajo, el ahorro y el espíritu emprendedor. Los impuestos por rentas del trabajo se recortaron y casi se han eliminado los impuestos sobre el patrimonio. El mercado de trabajo se liberaliza y las adquisiciones del sector público se exponen cada vez más a la competencia del sector privado. A su vez, muchas industrias estatales se privatizarán a fin de conseguir un accionariado más amplio y mejorar así su eficacia. Gracias a las reformas en el campo presupuestario y en el de la Seguridad Social, a los aumentos de la productividad y a la caída de la corona sueca, la competitividad ha mejorado notablemente en 1993 y la producción industrial y las exportaciones también aumentarán sustancialmente en 1993 y 1994.

Si de Suecia importaron nuestros socialistas el utópico Estado del Bienestar, no sería nada extraño que, ante la dramática situación de las finanzas públicas y de la economía real española, tengamos que importar el nuevo modelo sueco de renacimiento económico. Por todo ello, independientemente de quién o quienes gobiernen en España, pero especialmente si son elegidos los populares: ¡Atención a Suecia!.

JJ Franch

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