MENTALIDAD EMPRESARIAL

Es triste ver las campañas de descalificación generalizada que, desde el Gobierno y los partidos de izquierda, se hace, en numerosas ocasiones, de la actividad empresarial confundiendo especulación con verdadero espíritu empresarial, confundiendo economía monetaria y financiera con economía real. Sin mentalidad empresarial desplegada en todos los ámbitos de la actividad social no hay quien se ponga a trabajar para poner en marcha proyectos de futuro de los que tan necesitados estamos para salir del grave aturdimiento económico actual.

Los distintos bienes que forman parte de las materias primas son intrínsecamente complementarios entre sí. Existe a su vez una complementariedad entre los bienes materiales, los instrumentos de producción y, sobre todo, el trabajo humano. Se necesita, a su vez, la complementariedad vertical a los fines libremente manifestados en el mercado por los agentes económicos. Estos fines, no solamente los propios sino, especialmente, los ajenos, se convierten en motores y directores de toda la actividad productiva. Pues bien, a la actividad empresarial, que como tal es trabajo y al mismo tiempo fuerza directriz, es a la que se le asigna la tarea decisiva de conjugar horizontal y verticalmente las distintas fuerzas del valor económico. El empresario inventa el modelo de producto o servicio que debe guiar al trabajo subordinado en la realización de su obra. Proyecta determinando la especie y características del futuro efecto. El resto de la organización tiende a plasmar en una materia concreta, y ayudada de instrumentos adecuados, el modelo antes concebido. El trabajo empresarial se convierte así en fuerza ejemplar en la creación e incremento del valor económico. En el empresario se gestan los paradigmas de las diversas producciones empresariales. El trabajo del empresario no es únicamente el de concebir esos paradigmas, sino también el de transmitir adecuadamente esos paradigmas a quienes los tienen que realizar, e implica un juego de libertades que han de coordinarse. Tratará de hacer productivo el trabajo subordinado buscando su serviciabilidad a los futuros usuarios finales y aumentar así el valor de las mercancías o servicios producidos.

Esta tarea directiva complementaria, que asume los riesgos de su propia libertad y, a la vez, su responsabili¬dad, tanto en los éxitos como en los fracasos, se encuentra ya en los inicios de la teoría empresarial del siglo XIX. Fue Say quien mayor impulso dio a la teoría empresarial, en los inicios de la teoría económica. Señaló que “Es el empresario quien estima las necesidades y, sobre todo, los medios para satisfacerlas; él es quien compara el fin con estos medios. De aquí que su cualidad principal deba ser la posesión de un recto juicio. Puede carecer de un conoci¬miento personal de la ciencia, utilizando juiciosamente el conocimiento de otros, puede evitar ensuciarse las manos, utilizando las manos de otros; pero de lo que no puede carecer es de juicio, ya que entonces corre el riesgo de producir con unos gastos elevados algo que carece de valor.”

Pero, esa mentalidad y actividad empresarial se la ha apropiado la empresa con carácter exclusivo y privativo cuando en realidad es el rasgo vital de todo sujeto económico. La misma mentalidad empresarial es aplicable al traba¬jador en cuanto que trata de hacer rendir al máximo sus recursos humanos, o al terrateniente sus tierras o al capitalista su capital. El mundo económico está integrado fundamentalmente por multitud de unidades económi¬cas de decisión, de economías domésticas – algunas de ellas formadas por un solo individuo-, propietarias, cada una de ellas, de una combinación completamente original de recursos físicos y humanos sobre los que puede y debe actuar con libre y responsable poder de disposi¬ción y asignación en orden al incremento de su valor.

El sistema económico surge de la interrelación constructiva y servicial entre estas unidades básicas del univer¬so económico. Los intercambios entre ellas conforman la red de valores de cambio, monetarios, tan exhaustivamente tratada en la literatura económica. En muchos casos se ha reducido el ámbito económico a la consideración exclusiva de los fenómenos monetarios y de cambio. Pero los intercambios, como vimos, obedecen al impulso rector de incrementar los valores de uso, de incrementar la idoneidad humana de todos los recursos materiales y humanos. La red de valores de cambio es signo de otro entramado superior formado por los valores de uso. La disparidad de criterios de actuación y de funciones ha ensombrecido esta unidad esencial, humana, del mundo económico. La actividad empresarial, extendida a todo agente económico, se configura como fuerza creadora que brota del dinamismo básico de la interconexión entre la libertad humana y su serviciabilidad.

Nos volvemos a encontrar con la afirmación clave que los escolásticos ayudan a desarrollar a partir del pensamiento griego antiguo, de que la riqueza, el valor económico, no es condenable, sino que es lícito tratar de incrementarlo justamente. Esta referencia común en los inicios del pensamiento económico, que transformó el sistema económico medieval aislacionista en un sistema de enorme pujanza comercial, necesita ser reconsiderado en nuestro actual panorama económico.

Entendido el valor económico y el beneficio al hilo de estas consideraciones, el principio de la consecución del máximo beneficio no sólo no es condenable y lícito, sino que se constituye en deber indeclinable, si de actuación económica hablamos. Lo condenable es no tratar de conseguir elevar el valor económico de nuestro patrimonio físico y humano, ador¬mecerse en la tarea de sacar el máximo rendimiento a lo que está puesto a nuestra disposición y de nosotros depende.

JJ Franch

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