ECONOMÍA DE LA OFERTA

El profesor Robert Lucas, destacado representante y fundador de la Teoría de las Expectativas Racionales, escribía en 1987: “El desarrollo reciente de mayor interés en la teoría macroeconómica parece ser la reincorporación de problemas agregados tales como la inflación y los ciclos económicos dentro del marco general de la teoría “microeconómica”. Si este desarrollo se corona con el éxito, el término “macroeconomía” caerá en desuso y el prefijo “micro” resultará superfluo. Hablaremos entonces, tal y como hicieron Smith, Ricardo, Marshall y Walras, de teoría económica.”

Las cosas más simples suelen ser las más importantes y por eso considero conveniente profundizar en un ejemplo sencillo de este planteamiento unificador de “macro” y “microeconomía” que tenemos en la explicación simple de la Economía de la Oferta. Cualquier estudiante de primer curso sabe perfectamente que el sentido común cotidiano, la ley de la utilidad marginal decreciente, la competencia y la legítima búsqueda del máximo beneficio por parte de los empresarios, lleva a una representación de la función de demanda con pendiente negativa y de la función de oferta con pendiente positiva. A menores precios se demandarán mayores cantidades de un bien y los mayores precios atraen a los empresarios para producir más de esos bienes que se revalorizan en los mercados.

Dado un nivel de precios concreto y estable que iguala y equilibra cantidades demandadas y ofrecidas, se puede producir un incremento de esas cantidades compradas y vendidas, bien por desplazamiento de la Oferta hacia la derecha, o bien por desplazamiento de la Demanda. En ambos casos se conseguirá incrementar la producción de esos bienes y servicios. Pero con una diferencia fundamental: el desplazamiento de la demanda genera incrementos de precios mientras que los desplazamientos de la oferta producen descensos de precios de equilibrio estables.

Si consideramos a nivel macroeconómico la oferta agregada y la demanda agregada, el incentivo de la actividad económica y de los niveles de empleo a ella ligados se puede producir, también, mediante aceleraciones forzadas de la Demanda o mediante desplazamientos de la Oferta. La diferencia vuelve a ser, entre otras cosas, que los acelerones de Demanda generan inflación, mientras que los de oferta la reducen y hacen a esa sociedad más competitiva.

La época del Estado Keynesiano ha sido la época de la activación de la demanda agregada a corto plazo, del bienestar social, del sistema de planificación cuyos expertos proponían políticas en las que el vocabulario macroeconómico invadía (e invade) las discusiones de política pública. Se trataba (y se trata) de manipular esas macrovariables para estabilizar la economía y lograr que exista demanda suficiente para absorber la gran cantidad de productos que necesitan vender las empresas dotadas de tecnologías de producción en masa.

Pero los esfuerzos conjuntos de las técnicas econométricas y del propio análisis económico fracasaron a la hora de aclarar el caos de la inestabilidad monetaria y el drama de la recesión y el desempleo. El incremento simultáneo de los precios, los salarios y los demás costes de producción no resulta explicable mediante el modelo keynesiano. Las políticas keynesianas convencionales se traducen ahora en aumentos de costes y precios en lugar de incrementos en el nivel de actividad y empleo. Aparecen con fuerza el estancamiento y la inflación, el declive industrial, los problemas financieros internacionales, los desequilibrios del presupuesto público y de las balanzas de pagos.

Frente a este marasmo entrelazado surgió la Economía de la Oferta tratando de desplazar su curva agregada hacia la derecha. Se trata de abaratar los costes de producción (también los financieros) al objeto de contribuir a incentivar la producción, la capacidad productiva y la productividad del sistema. Se argumenta de nuevo en clave microeconómica sobre la importancia del comportamiento individual y de sus incentivos como fuerzas conductoras de la economía que la puesta en práctica con obsesión de las políticas del lado de la demanda estaban agostando. Por el lado de la oferta la preocupación se centra en establecer las condiciones para que el sistema económico sea flexible de forma que los agentes puedan adaptarse con rapidez y eficacia a los cambios, cada vez más vivos, que se vayan produciendo. Se renuncia también a fijar orientaciones rígidas que se impongan a la voluntad de los individuos y se recomienda un mínimo de intervención al Sector Público limitada a mantener un marco estable donde fructifique la riqueza del despliegue de la libre y responsable iniciativa personal.

Ante la grave crisis de la Economía Española, producida en gran medida por esa constante obsesión por las fáciles y electorales políticas de Demanda, y ante la decisiva consulta electoral, creo muy necesario reflexionar sobre estas cuestiones. Mi percepción particular es que ni Izquierda “desUnida”, anclada en un fundamentalismo económico trasnochado, ni el PSOE con su mensaje entre dos aguas de lenguas afuera, pero sustentando inequívocas políticas de Demanda de lenguas adentro a la hora de los hechos, serán capaces de implementar las necesarias políticas de demanda. Sólo el PP, sin radicalismos, puede poner en marcha un proceso de recuperación en la línea de la Economía de la Oferta. No le faltará el apoyo europeo internacional claramente dominado hoy por el centro derecha. En época de crisis económica europea generalizada nos darían más fácilmente la espalda los gobiernos europeos si quedamos como un islote socialista en el mar europeo. Los electores tenemos la palabra,… y el voto.

JJ Franch

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