LA RADICAL VITALIDAD DEL TRABAJO

Para convencernos de la importancia vital que el bregar constante y cotidiano de toda la ciudadanía tiene para el progreso económico de una sociedad, no hace falta que sea el Presidente de la Comisión Europea Jacques Delors o el “lucero del alba” los que digan que sin trabajo no hay nada que hacer. Tampoco hace falta recurrir a la puesta en entredicho por parte de Carlos Solchaga de tales afirmaciones para corrobar aún más su evidencia. Basta simplemente con realizar una encuesta entre unos cuantos miles de cualquieras con los pies en el suelo para certificar la cuestión con silenciosa y abrumadora mayoría. Si tales argumentos no son suficientes podemos acudir a los recursos académicos y espigar a voleo en la historia del pensamiento económico moderno.

No hay mas que remontarse, a modo de ejemplo y para ser breves, a la época del matusalén económico mercantilista para escuchar a Jhon Hales escribir que el Estado debería adoptar las medidas oportunas para asegurar una gran abundancia de bienes, y que esto exigía el empleo en el campo y las ciudades de todo aquél que estuviese capacitado para trabajar. También William Petty (1662) se adelantó más de trescientos años a nuestro contemporáneo e incomprendido Von Hayek al afirmar que, a medida que aumenta la población de la nación aumenta su riqueza en mayor proporción. Otras figuras de la época como Josiah Child (1690), Sir Dudley North (1691), John Law (1720), John Cary (1745) o Josiah Tucker (1750) resaltaron con rotundas afirmaciones que el trabajo humano era causa prioritaria de la riqueza de un país; que la mejora en el empleo y en la laboriosidad del trabajador favorecía el crecimiento económico; que el tamaño de la población era factor decisivo en la capacidad económica de una nación o región; que la mayor parte de las medidas de política económica se explicaban dando por supuesto que el pleno empleo era el objetivo fundamental para alcanzar mayores cotas de poder económico. Resumiendo: que era imprescindible remover Roma con Santiago para conseguir el importante efecto de aumentar el empleo y, por lo tanto, la riqueza real y monetaria.

Todo el inmenso potencial de abundancia económica encerrado en los multiformes recursos naturales se quedará estéril, inhóspito y desaprovechado si no es fecundado por el trabajo humano. Desde que el mundo es mundo, la tarea económica consiste en administrar los recursos eficazmente para satisfacer las variopintas necesidades y objetivos. Se trata de extraer la vocación humana que todas esas incalculables realidades naturales tienen. Eso únicamente se puede realizar mediante el concurso imprescindible del trabajo. Todos esos entes corpóreos cambian de forma y se transforman, orientándose hacia la satisfacción de aquellos apremios económicos, sólo en virtud de un principio extrínseco que actúa sobre ellos. Por sí mismos son una causa pasiva en la consecución del valor. Se necesita un principio humano activo intelectual y manual. Es radicalmente vital que la materia sea conducida hacia la adquisición de una nueva forma más humanizada mediante el trabajo. La escasez de la Naturaleza es un mito. Lo verdaderamente escaso es el trabajo humano, el buen trabajo. Sin trabajo no hay nada que hacer.

Como para que nuestros magnates obreros gubernamentales se consuelen diciendo que las tasas de paro no son un requisito para la Convergencia Europea. ¡Claro que el trabajo no es un requisito!. El trabajo es ¡el! requisito. El trabajo humano ¡es! la Convergencia. El lucero del alba, como siempre, tenía razón.

JJ Franch

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