ESTADO DEL BIEN-ESTAR Y ESTADO DEL BIEN-HACER

La expansión acelerada de la terminología económica a través de los distintos estratos sociales, tanto elitistas como populares, condiciona y orienta la escala de valores y el talante de sus actuaciones y omisiones individuales. En ese plano microcósmico personal ha sido coronada la palabra bienestar como finalidad última motora de una trepidante actividad. El bienestar se ha convertido en una palabra indiferenciada, generalmente aceptada y sin conciencia de sí. Pero toda palabra acaba por germinar positiva o negativamente en el medio ambiente humano en que se inserta dando frutos dulces o amargos según el carácter de la semilla inicial. Para el clasicismo griego la palabra significaba no solamente el vocablo, la frase o el discurso, sino también la idea, la inteligencia y el sentido profundo de un ser.

A través de la mediación moderna de Bentham, Jevons y una pléyade de autores secundarios, la vieja concepción epicúrea ha teñido de hedonismo las construcciones teóricas de la actividad económica basadas en la utilidad. La versión simplista de la doctrina de Epicuro se sintetiza en el materialismo por lo que respecta a la cosmología y en la búsqueda continua del placer sensible, en lo que se refiere a la ética o ciencia de la conducta humana.

Debido a esa intromisión sibilina y muchas veces inconsciente, en vez de considerar la utilidad y la valía de las cosas como su relación a los auténticos fines humanos, se ha llegado a identificar utilidad y valor con placer, satisfacción estéril, bienestar hedonista. El consumo efímero, capaz de proporcionar placer inmediato, se convierte en lo positivo, y el trabajo, que lleva aparejado el esfuerzo y la fatiga, aparece como lo negativo en el fiel de la balanza del actuar económico.

Pero si al acto de consumo le despojamos de ese componente placentero se queda en simple destrucción de algo. Si, al trabajo, le quitamos el aditamento del malestar y la fatiga, se convierte en producción, en creación humana a partir de otras realidades materiales. Visto así el trabajo es lo positivo y el consumo lo negativo desde el punto de vista del valor.

El perjuicio del estado generalizado del bien-estar se acentúa cuando se convierte en objetivo básico de política económica estimulando desde las instancias públicas su consecución. El estado de pasividad reflejado en el simple estar, extendido y asumido a nivel individual e institucional, se transforma en el “Estado del bienestar”. Si seguimos fomentando esta terminología estatista y pasiva vamos a terminar convirtiendo todo el ingente potencial humano productivo de nuestra economía en una masa de millones de pasmarotes estáticos diferenciados sólo en el número de identificación fiscal.

Pero si únicamente reemplazamos estar por hacer, y no insistimos en la necesidad de reflexionar sobre los fines hacia los que se dirige ese actuar, aparecerá otro peligro también negativo. Podemos convertir entonces el dormido paisaje anterior en una grillería de avestruces irresponsables e inquietos que corren muy deprisa hacia ninguna parte.

El objetivo económico no consiste en incrementar el PIB a precios de mercado o el PIB real produciendo frenéticamente todo tipo de archiperres que pronto se arrinconan, sino en mejorar la humanización de las condiciones de vida, especialmente las materiales; en transformar toda escasez en abundancia mediante el concurso manual, intelectual, ético y reflexivo de la hoz y el martillo cotidianos. Ese trabajo, habitualmente puesto en práctica, flexibiliza la estructura ósea pruductiva y desentumece los músculos mentales de la memoria, inteligencia e imaginación. Cuando ese estado del bien hacer sea asumido e incentivado ejemplarmente por la Administración en su gestión diaria, se hará realidad ese “Estado del bien-hacer”.

Conviene a la economía, en definitiva, que la población sustituya la vagancia sensual por la diligencia, la aparente seguridad estatista por la aventura creativa personal, la actividad inconsciente por el trabajo orientado a los mejores fines, el estado del bien-estar por el estado del bien-vivir y del bien-hacer. Muy posiblemente consigamos entonces, de rondón, un verdadero y activo bienestar.

JJ Franch

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