SOBRE EL CONCEPTO DE DESARROLLO ECONOMICO

Quisiera fijarme en el concepto de desarrollo para intentar explicar y describir, lo más claramente posible, un rasgo fundamental de la variable que se debe intentar incrementar y mejorar en economía para conseguir un auténtico crecimiento. Caracterizada tal variable, puede servir como marco de referencia imprescindible para la validez y acierto en la orientación de las distintas tácticas y estrategias de política económica individual, familiar, empresarial, nacional o internacional.

Aunque el concepto de desarrollo integral abarca tanto el económico como el cultural, político y simplemente humano, me refiero preferentemente al económico, y, dentro de éste, al que tiene que ver con los bienes materiales. La variable que indicaba anteriormente que se debe incrementar se refiere a la valía, utilidad, para “todo el hombre y para todos los hombres”, de los bienes materiales. En cualquier caso hay que ser conscientes de la interdependencia intrínseca de los distintos tipos de desarrollo.

Para realizar tal labor descriptiva me aprovecho de la riqueza que contiene el concepto de relación tomado de la filosofía realista clásica puesto que entiendo que la valía de los bienes es una relación de conveniencia a los fines humanos de quien valora. Muchos economistas, especialmente los pioneros del marginalismo, entendieron la valía y utilidad de los bienes como una relación, aunque quizás no sacaron todas las consecuencias implicadas en tal afirmación.

Cal Menger, fundador de la cada vez más influyente Escuela Austríaca, se expresaba así en sus “Principios de Economía Política”:

“A aquellas cosas que tienen la virtud de poder entrar en relación causal con la satisfacción de las necesidades humanas, las llamamos utilidades, cosas útiles.(…) Para que una cosa se convierta en bien, o, dicho con otras palabras, para que alcance la cualidad de bien, deben confluir las cuatro condiciones siguientes:

1 – Una necesidad humana.

2 – Que la cosa tenga cualidades que la capaciten para mantener una relación o conexión causal con la satisfacción de dicha necesidad.

3 – Conocimiento, por parte del hombre, de esta relación causal.

4 – Poder de disposición sobre la cosa, de tal modo que pueda ser utilizada de hecho para la satisfacción de la mencionada necesidad.”

Tanto Jevons y Walras como un antecesor español, Balmes, coinciden todos en señalar que la utilidad y valía de los bienes consiste en una relación del bien a las necesidades humanas. Por lo tanto la variable a incrementar para conseguir un mayor desarrollo económico, es esa relación de conveniencia. Dicha relación de conveniencia deriva de la relación inversa de dependencia que el hombre tiene respecto a los bienes materiales, incluso para alcanzar bienes inmateriales (lo que es una consecuencia de su naturaleza mixta material y espiritual).

Podemos volver a decir que el valor económico, en cuanto relación, es una ordenación de una cosa a otra. Una ordenación, en último término, de una cosa al hombre, a sus necesidades, a sus objetivos. No tiene otro ser que el de dirigirse a su término; es la mera orientación hacia el hombre, es un “hacia el hombre”, una tensión. Se puede decir que el valor de algo es su grado de humanidad. El valor no es ni el sujeto de la relación ni su término, sino algo por lo que aquél se orienta a éste.

Una confusión generalizada a efectos prácticos, y también teóricos, en nuestra economía cotidiana, es la de identificar la relación con el objeto origen que valoramos. Tal confusión lleva a identificar crecimiento y desarrollo económicos con incremento cuantitativo e indiscriminado de productos. Cuanto mayor es la producción de bienes, mayor es la utilidad que nos reportarán. Cuanto mayor sea la cantidad de bienes a nuestra disposición, mayor bienestar, mejor situación.

El acontecer económico se presenta así como una irrefrenable carrera hacia la producción de cada vez mayor cantidad de bienes físicos sin tener demasiado en cuenta su grado de ordenación a las auténticas finalidades humanas, a su grado de humanidad en definitiva. Priman en la producción los factores cuantitativos sobre los cualitativos. El ciclo vital de los bienes producidos cada vez es más corto. Nos encontramos en la civilización de lo efímero, como indicara Bertrand de Jouvenel, donde no se produce con carácter de permanencia ni con sentido de futuro sino con el único objetivo de satisfacer deseos coyunturales de consumo, improductivo muchas veces, que destruye rápidamente la producción anterior, exigiendo un renovado impulso de producción efímera.

Esta actitud tan extendida en nuestras sociedades y que confunde la relación con el producto es denunciada por Rubio de Urquía De los valores sustantivos característicos del sistema uno destaca de modo sobresaliente: la posesión y consumo en cuantía creciente de bienes cualesquiera.(..) Otro valor que destaca es la libertad de producir y consumir, y la valoración positiva del éxito en general y en especial del éxito en el logro de los objetivos en cada momento considerados por “la opinión” como “más deseables”, destacando en todo momento los éxitos relacionados con las actividades de producción y consumo “materiales”.

El mismo nombre que se asigna al índice normalmente utilizado como medida de bienestar “Producto Interior Bruto” induce a error. En lugar de hablar de “valor del producto” se habla simplemente de “producto”. Parece entonces que el PIB es una medida de la producción física de bienes, cuando, en realidad, hablamos del valor, expresado en valores de cambio de los bienes y servicios producidos en un año. En las sociedades menos desarrolladas, donde las necesidades más urgentes, materiales, no son cubiertas suficientemente, sí que se da un mayor paralelismo entre producción física y valor económico.

Esas necesidades materiales más perentorias son presupuesto para las necesidades superiores, menos materiales, más sofisticadas. En estas economías menos desarrolladas el crecimiento cuantitativo de la producción de mercancías es un indicador más aproximado del nivel de vida aunque no está exento de múltiples matizaciones. Cuando se ha llegado a una situación en que las necesidades primarias están cubiertas, lo importante ya no es crecer en términos de mercancías físicas. Lo importante empieza a ser el qué, cómo y para qué se utilizan esas mercancías, la calidad, la adaptación mayor o menor a los auténticos fines. No se trata de producir más, sino de producir mejor, y de usar idóneamente lo que se produce. Lo importante no es el cuánto sino el “para qué”. Lo verdaderamente importante es el modo como utilizamos lo que tenemos.

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