LAS REGLAS DEL JUEGO ECONÓMICO

Geoffrey Brennan y James Buchanan terminan su libro La razón de las normas con estas palabras: “Los buenos juegos dependen de las buenas reglas más que de los buenos jugadores. Por fortuna para todos nosotros, y teniendo en cuenta ante todo la razón de las reglas, es siempre fácil lograr un acuerdo sobre un conjunto de reglas que sobre quién es, o no, nuestro jugador favorito.”

Ya hemos visto otras veces que el éxito de la libertad económica corre parejo con la necesidad de controlarse por la ética. A mayor libertad mayor necesidad de autodominio ético personal que libera aún más y que genera un proceso acumulativo de mayor libertad en un entorno cada vez más justo y enriquecedor. La libertad es, por definición, condición “sine qua non” para que se pueda hablar de comportamientos éticos. Dicho al revés: a mayor coacción menos responsabilidad personal y menos ética. La coacción es negativa en tanto en cuanto elimina el valor intrínseco de la responsabilidad personal haciendo del coaccionado un mero instrumento en la consecución de los fines de otro. En cualquier tratado básico sobre ética se puede leer que lo moral es, en el hombre, un valor o una realidad que resulta del ejercicio de su libertad, atributo que le es esencial y específico, como propio suyo, por comparación con los seres inferiores. En donde el hombre no actúa libremente allí no puede darse lo moral o la moralidad. Por el contrario, la moralidad no puede estar ausente de la actividad libre o humana en sentido propio.

Por eso conviene insistir en la conveniencia del libre mercado que es tan antiguo en la historia de la humanidad como el comercio griego o fenicio. Basado en un “estilo de vida en libertad”, como diría Tocqueville, y en el respeto y defensa de la propiedad privada de los bienes, pone en marcha un fluido intercambio voluntario que enriquece a todos y cada uno de los participantes activos en ese organismo económico. La cooperación espontánea se realiza mediante la flexibilidad de los precios como instrumento para la asignación de recursos. Las personas, familias y empresas toman libremente sus decisiones económicas asumiendo los resultados, positivos o negativos, de las opciones elegidas.

Pero la libertad humana es limitada. No es un valor absoluto. Está ordenada y potenciada por el bien y la verdad. Su penuria y falibilidad necesita reglas generales que la orienten en el buen sentido. Queda limitada por la ley, la moral y el perjuicio de terceros. El mercado necesita reglas e instituciones que lo regulen. No se harán aportaciones sustanciosas si, en vez de prestar atención a las leyes e instituciones básicas dentro de las cuales se desarrolla la conducta individual en los mercados, se trabaja únicamente en complejos ejercicios analíticos neutrales sobre su funcionamiento. Un liberal como Hayek escribió: “Es probable que nunca haya existido una creencia genuina en la libertad y que, por lo tanto, no haya habido ningún intento de hacer funcionar una sociedad libre con éxito sin una genuina reverencia por las instituciones que se desarrollan, por las costumbres y los hábitos y por “todas esas seguridades de la libertad que surgen de la regulación de antiguos preceptos y costumbres”. Aunque parezca paradójico, es probable que una próspera sociedad libre sea en gran medida una sociedad de ligaduras tradicionales.”

La mayor parte de las decisiones en el ámbito económico y financiero se toman siguiendo una regularidad fruto de patrones de conducta inconscientes producto todos ellos de hábitos, reglas y principios firmemente asentados. Muchas veces el actor desconoce su significado pero actúa de forma automática siguiendo sus recomendaciones porque se es consciente que aumentan la capacidad de acierto. Esas cualidades estables casi inconscientes son hábitos operativos que pueden ser buenos (virtudes) o malos (vicios). Cuando decimos que un hombre es leal queremos significar que en ese hombre hay una cualidad estable que le permite realizar con prontitud, sin gran esfuerzo y sin apenas deliberación, actos de lealtad. La coacción se puede reducir a la mínima expresión sólo cuando los individuos se conforman voluntariamente a esos principios naturales. La libertad nunca fructifica sin la existencia de profundos principios morales que se despliegan en multitud de hábitos prácticos en el quehacer cotidiano.

Además de las actitudes prácticas interiorizadas que derivan de los principios y leyes éticas, se necesitan las reglas institucionalizadas que, por su promulgación o por la costumbre, definen los espacios privados dentro de los cuales cada uno puede llevar a cabo sus propias actividades, y que encuentran su razón de ser en la aspiración de las gentes a vivir civilizadamente en armonía sin el recurso continuo a la guerra “hobbesiana” de todos contra todos o a la ley del más fuerte. Esos espacios delimitados por la ley y la moral permiten ejercer la autonomía privada como fuerza creadora de derechos que se manifiesta en actos, también jurídicos, entre los cuales tiene especial significación el contrato. La armonización entre la libertad y las leyes que la regulan permite desarrollar ese poder de autonormarse personalmente expresando el dominio de su propio ser y el dominio de su entorno. Esa capacidad se plasma en la posibilidad de regular sus ámbitos de libertad y en el poder de actuación sobre las situaciones jurídicas que caen bajo su esfera de dominio.

Para el funcionamiento de los mercados, más que las ecuaciones, modelos y operaciones inteligentes, se precisan las reglas comúnmente aceptadas y las instituciones. Ese marco jurídico debe ser sencillo y estable en tanto en cuanto si las reglas están sometidas a cambios continuos, la información que proporcionan llega a convertirse en estéril por superflua. El consentimiento voluntario de las reglas genera una promesa de conducta que no podemos defraudar, pues perjudica claramente a los que legítimamente esperan de nosotros conformidad con la palabra dada.

Un principio elemental tanto en economía como de justicia en ética es la generalidad, claridad y permanencia de la aplicación de las mismas reglas a todos los participantes en los mercados sin privilegios ni discriminaciones. Otro problema son las elecciones entre reglas alternativas pero, dadas unas determinadas reglas, la estabilidad y éxito de su funcionamiento depende de su aplicabilidad con carácter general. Si un operador se salta las reglas en su propio beneficio nadie podrá asegurar que otros lo hagan a su vez en otras ocasiones en perjuicio del primero. Las discriminaciones, privilegios y el pasar por alto de forma consciente la vulneración de las reglas, crea incentivos para dedicarse exclusivamente a la consecución de rentabilidades vía privilegios y dejar a un lado la competencia creadora. La búsqueda justa del beneficio queda viciada por la competencia desleal discriminatoria y los mercados se van degradando. Pueden llegar a desaparecer como tales convirtiéndose en mecanismos aparentes donde la asignación es en realidad de carácter intervencionista por quien ostenta el poder discriminatorio. El egoísmo inconsciente de los agentes les lleva a fijarse más en los resultados coyunturales que en el beneficio secundario general y real del respeto a las reglas. Sólo se fijan en los resultados sin reflexionar sobre las reglas que los generan. No se dan cuenta que la reforma de los resultados además se consigue mejor mediante la reforma de las reglas que mediante la manipulación directa de los resultados.

JJ Franch

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: