LA POBLACION Y LOS RECURSOS

Nuestras más íntimas convicciones o sentimientos constituyen muchas veces un tremendo perjuicio cuando se trata de construir ciencia que busque objetiva y desapasionadamente la verdad. En ese terreno de los sentimientos no cabe duda que, hoy en día, una ola de tristeza y pesimismo absurdo invade la mayoría de los debates, también científicos, sobre la población y los recursos.

Ese ambiente decadente a la hora de enfrentarse con el problema, desde el punto de vista vulgar y también científico, recuerda las previsiones de L’Abbé Raynal, autor a quien gustaba citar Malthus, quien escribió en 1781: “No se podría decir sin temeridad cuàl será un día la población de los Estados Unidos. Pero si diez millones de personas encuentran alguna vez su existencia asegurada en estas tierras, ya será mucho. De pocas cosas podrá el país abastecerse a sí mismo, y sus habitantes deberán contentarse con una vida llena de estrechez y mediocridad.” Doscientos cuarenta y cuatro millones de personas que habitan aquel país, y con un nivel de vida envidiable, resaltan la gratuidad y la falta de realismo de tales afirmaciones “científicas”. También podemos recordar que si la población inglesa en tiempos de Malthus era de 17 millones y hoy es de 56 millones, y si una mujer de condición modesta puede usar hoy medias de seda, cosa que era un lujo para la reina Isabel, como observa Schumpeter, es fácil concluir el grave error de tales razonamientos pseudomalthusianos.

A pesar de muchos pesares, la realidad es generalmente más sorprendente, interesante, atractiva y positiva que muchas novelas escritas o soñadas en la ficción. Por eso la ciencia más auténticamente científica, si quiere aproximarse a la verdad, será más optimista que deprimente. Por eso creo que Adam Smith, el “primer economista” según muchos, tenía más asentados los pies en el suelo de la realidad económica cuando afirmaba en “La Riqueza de las Naciones”: “La señal más decisiva de la prosperidad de un país es el del aumento del número de habitantes.”

Para Smith, el progreso más importante en las facultades productivas del trabajo, y gran parte de la aptitud, destreza y sensatez con que éste se aplica o dirige por doquier, son consecuencia de la división del trabajo. Cada uno de los individuos, libre y civilizadamente compenetrados en sus trabajos, se hace más experto en su ramo, y, como consecuencia, se produce más en total y se acrecienta considerablemente la “cantidad” de ciencia, tanto teórica, como práctica y reflexiva.

JJ Franch

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