LA ECONOMIA Y LA ETICA DE LO MEJOR

 

Cada vez con más intensidad y claridad se vuelve a ser consciente que la economía, en cuanto ciencia del valor o, por tomar una de las definiciones más profunda y extendida, en cuanto “ciencia que estudia el comportamiento humano como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos”, está directamente entroncada con la ética. Me atrevería a decir aún más: la economía es ética o no es economía.
Quizás baste con citar y comentar las primeras palabras de la Etica a Nicómaco de Aristóteles: “Todas las artes, todas las indagaciones metódicas del espíritu, lo mismo que todos nuestros actos y todas nuestras determinaciones morales tienen, al parecer, siempre por mira algún bien que deseamos conseguir; por esta razón ha sido exactamente definido el bien cuando se ha dicho que es el objeto de todas nuestras aspiraciones. ” La Ciencia Económica es también una indagación metódica del espíritu que busca incrementar al máximo la relación complementaria entre una cantidad inmensa de cosas diversas y las finalidades inmediatas, mediatas y últimas de cada persona humana; de todos y cada uno de los miembros de una comunidad humana familiar, empresarial, regional o mundial. Indagación que busca el bien en definitiva porque los fines últimos transmiten su valía a cada uno de los medios que en cada caso se consideran y utilizan.
Aunque en los primeros estadios del análisis económico se hizo hincapié en los medios, y especialmente en los medios materiales, con la aparición de las teorías subjetivas del valor empezó a orientarse la investigación hacia las preferencias libres del sujeto término de la relación, hacia el hombre, sus necesidades, sus características, sus objetivos, sus fines. “Cuando los organizadores de la producción tienen que aliviar una situación de hambre, la eficiencia es la única virtud. Pero cuando esta virtud ha sido ampliamente ejercitada y se aplica a objetivos cada vez menos vitales, surgirá, seguramente, la cuestión de la elección correcta de objetivos.”
La idoneidad última de los bienes y servicios, que se va entresacando a lo largo y ancho de todo el fluir del proceso productivo, es medida y calculada intuitivamente por el cliente potencial que marca con un sello especial y original el para qué definitivo al producto terminado que consume o utiliza. La demanda de bienes y servicios por parte de consumidores y usuarios para poder cumplir sus objetivos finales constituye la causa y razón de la producción y el intercambio mercantil. Los fines y preferencias de todos y cada uno de los individuos, más que las finalidades de quienes ostentan la dirección empresarial, son el factor económico decisivo. Las decisiones y actuaciones de éstos son causadas por las preferencias de aquéllos. Al menos deben serlo si no quieren que su empresa se agoste, empequeñezca e incluso quiebre.
Esos fines, esperanzas y preferencias, difieren de persona a persona, e incluso en el mismo individuo varían según los momentos y épocas históricas. Se manifiestan en el àmbito económico real de una forma totalmente subjetiva y el aparato productivo y los mercados se interesan por proporcionar los medios idóneos para alcanzar lo que elijan en cada circunstancia, para conseguir los objetivos que el hombre personalmente expresa que desea alcanzar.
La ponderación de los fines últimos se realiza de forma personal y dichos fines son la causa final subjetiva del valor económico que estimula la dirección del proceso productivo de bienes a través de los mercados. Las distintas mercancías y servicios resultan valorados de modo derivativo según la utilidad o idoneidad de los mismos para alcanzarlos. Su estimación dependerá del valor asignado en la escala de fines al objeto apetecido.
La gradación de la idoneidad de los fines y objetivos subjetivos, igual que la de los medios que deriva de aquella, no es un proceso cardinal, con operaciones aritméticas de sumas y restas sino que es un proceso ordinal y de reflexión personal inexpresable en el que se prefieren unas opciones concretas a otras. En la escala de preferencias de fines y medios la variable cualitativa predomina sobre la cuantitativa. Las elecciones personales de cada cual, rechazando unas cosas y aceptando otras, va estructurando los precios de mercado en el cambio interpersonal. Los fines condicionan las elecciones y éstas el complejo sistema de producción a través de los precios.
Sin embargo no todo es subjetivismo. “Un paso decisivo fue ver el valor como lo que merece ser deseado. No es que el sujeto atribuya o dé valor a algo, sino que lo reconoce, lo percibe como tal y por eso lo estima. En la interpretación madura, el valor es algo plenamente objetivo: las cosas tienen valor, independientemente de que yo lo perciba y reconozca o no. Los valores son cualidades que tienen las cosas, que por ello son “bienes”…” Habría que distinguir los fines que el hombre se marca libremente, subjetivamente, y los auténticos fines exigidos por la naturaleza humana. El organigrama personal requiere un esfuerzo continuado de readaptación al organigrama ideal inserto en esa naturaleza humana. Aunque la voluntad humana individual busca siempre lo que la razón le propone como conveniente, muchas veces se equivoca persiguiendo como conveniente algo que no lo es realmente. Queriendo beneficiarse se perjudica.
Las valoraciones objetivas son las que hacen referencia a los verdaderos fines del hombre y que incrementan su humanidad. Son valoraciones ideales pero posibles de una determinada persona o una determinada comunidad de seres humanos a las que se podría llegar con unos determinados actos de consumo, trabajo y producción. Las valoraciones subjetivas son las que hacen referencia a las interpretaciones concretas y reales de esos fines objetivos hecha por un hombre o comunidad según sus preferencias y modelos de vida determinados y que son el punto de mira real de todos sus hábitos y actos de consumo, trabajo y producción. Si nos engañamos, buscando como fin último lo que no lo es realmente, malogramos nuestras fuerzas y hacemos fracasar nuestra inclinación más profunda. El error es constitutivo de la actuación humana y, además, podemos reconocer ese error, con lo que admitimos, también subjetivamente, que en la actuación errada anterior existía la posibilidad de otra mejor.
Un corolario de estas conclusiones es que el hombre se acerca al alcance de esa realidad objetiva, más correcta y conveniente, precisamente a través de la corrección del error y de la rectificación el estilo popperiano. Aprendemos de las equivocaciones al reconocerlas, e intentamos evitarlas en próximas actuaciones que procurarán ser más objetivas, más adecuadas a los auténticos fines. La ética, los códigos de actuación, no podemos idearlos de forma racionalista como si estuvieran enteramente determinados en sus principios y deductivamente aplicables en todos los casos. La ética humana no es mero racionalismo; cuenta con el error y, aprendiendo con él, puede rectificar en el futuro.
Pero hay más. La Economía por su propio nombre economiza, trata de conseguir lo mejor utilizando lo mínimo; rentabiliza al máximo, trata de extraer todo lo bueno que puede, y siempre en orden al fin, de cada recurso, de cada acción que avizoramos subjetivamente. Por lo tanto la economía, en su propia sustancia metodológica no se conforma con el bien sino que quiere conseguir lo mejor. No economiza quien llega a la meta tardíamente y haciendo eses. Economiza realmente quien consigue lo mejor por el camino más corto y lo antes posible. Eso también tiene un tinte de esfuerzo ético. Se puede pecar de omisión y de mediocridad en nuestra actividad económica; de falta de ambición por lo positivo y por lo mejor, conformándonos con ir tirando. Desde luego que no hay que codiciar lo negativo, lo malo, sucio y feo, pero sí conviene en cambio ambicionar la excelencia y la perfección, incluso aunque al final no la consigamos. El esfuerzo en intentarlo ya vale la pena por sí mismo.

JJ FRANCH

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