ÉTICA, ECONOMÍA Y PRECIOS

La Economía no es una ciencia mecánica y determinista, sino una ciencia humana en la que interviene decisivamente toda la compleja riqueza unitaria y original de la inteligencia, creatividad, moralidad y libertad humana.

Está, sin embargo, muy extendida la imagen de la economía “científica” que tiende a colocarse fuera del alcance del “vulgo” creando un ámbito sólo reservado para expertos que se refugian entre una compleja terminología especializada, donde los modelos econométricos, las matrices, las múltiples abstracciones o las ecuaciones lineales y los gráficos tridimensionales se convierten en seres vivientes. Este tipo de pensamiento y racionamiento económico intenta revestirse con el positivismo del paradigma científico de la naturaleza inanimada, alejando cualquier atisbo de consideración ético-filosófica para mostrar la posibilidad de un tratamiento meramente neutral y descriptivo.

Pero en la vida cotidiana y real, la ética está íntima e inseparablemente unida a la economía. Cada uno de los seres humanos integrantes de ese “vulgo”, despreciado y manipulado, tiene un sexto sentido común capaz de percibir, con más o menos precisión, pero con un olfato inequívoco, lo justo de lo injusto; lo bueno de lo malo; lo verdadero de lo falso. Una determinada actuación podrá decirse que es neutral o incluso plenamente legal atendiendo a la mera norma positiva, pero si, independientemente del dictado de la mayoría o del dictamen jurídico experto, aquella actuación es injusta, el “vulgo” lo percibirá como tal, y, como reacción, empezará a dudar de la bondad de la mayoría o del acierto del experto dictamen o, lo que es más grave, de la justicia de la justicia.

Un ejemplo ampliamente extendido lo constituye la fijación de los precios de los distintos bienes y servicios públicos o privados. El reparto de ventajas e inconvenientes entre compradores y vendedores, a través del precio, es una cuestión abierta entre dos partes contratantes y, por lo tanto, un asunto relevante desde una perspectiva ético-económica donde aparece como factor importante el juego limpio. El establecimiento de los precios, incluso en mercados de competencia, se muestra como un fenómeno socioeconómico y no solamente material y neutral. El intercambio pacífico y socialmente convenido es, en definitiva, un acto de solidaridad, de unidad social.

Para que esos contratos sean justos, y sean percibidos así por el “vulgo”, se requiere, siguiendo a Peter Koslowski (1987): 1) que el bien objeto de intercambio sea auténtico y no aparente, en el que no se saque provecho de esas falsas ilusiones creadas a través de la manipulación por parte del vendedor y sin haber creado un valor económico real; 2) que los ingresos que se originan en el intercambio no sean consecuencia del aprovechamiento de situaciones de poder de vendedor o comprador. 3) Son rechazables también éticamente aquellas formas de ingreso que surgen porque se crea para el comprador o para el vendedor una situación de emergencia. “El aprovechamiento de monopolios sin contraprestaciones no relacionadas con el precio o el hecho de causar y aprovechar situaciones forzosas a través de huelgas injustificadas, … etc. crean ingresos no justificados.” 4) Otro tipo de bienes aparentes son la resultante de ilusiones falsas favoreciendo el autoengaño de terceros y la explotación de su inexperiencia. Fomentar excesivamente la vanidad, el autoengaño o el afán de prestigio de la otra parte pueden también constituir ingresos injustificados. 5) Un distinto grupo de operaciones éticamente condenables surgen de la simulación de circunstancias engañosas. Falsificación en definitiva.

Aunque algunas de las situaciones mencionadas son en parte prohibidas y perseguidas por la ley, no hay que olvidar la importancia de la ética económica que es generalmente captada por la mayoría y que se dirige al orden del deber y del querer; al actuar libre y consciente del ser humano aconsejando no acometer actos que se sitúan en la zona intermedia entre lo aún permitido y lo ya prohibido por la ley.

JJ FRANCH

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