EMERGENCIA Y AUTOENGAÑO EN LAS RELACIONES FINANCIERAS

 

Son rechazables éticamente aquellas formas de ingreso que surgen porque se crea para el comprador o para el vendedor una situación de emergencia.

La euforia financiera de los años 80, unida a las ilimitadas facilidades crediticias de que gozaron las sociedades dinámicas allanaron las tomas de propiedad por empresas ajenas y con fines especulativos. Pero en la actual època de recesión las posibilidades de especulación con las empresas en dificultades son enormes. Sólo en Europa se cerraron casi 200.000 sociedades en 1992. Las debilidades de las empresas son una baza tentadora para la especulación empresarial que cuenta con la infravaloración de algunos activos que se esperan revender a buen precio en el desmantelamiento posterior de la empresa. De la misma forma que no es ético pagar un salario ridículo a un trabajador aprovechándose de su necesidad e independientemente de su aportación marginal real al proceso productivo de una empresa, tampoco es ético aprovecharse injustamente de las situaciones de emergencia, quizàs coyunturales, de toda una organización.

Otro tipo de bienes aparentes, y por lo tanto éticamente injustos, son la resultante de ilusiones falsas favoreciendo el autoengaño de terceros y la explotación de su inexperiencia. Fomentar excesivamente la vanidad, el autoengaño o el afán de prestigio de la otra parte pueden también constituir ingresos injustificados.

Se puede incluir en este apartado el importante problema que surge en el engaño o fraude en la mercancía que se da por la inflación o la poca solvencia de la institución financiera que lo garantiza. Especialmente en los mercados monetarios, donde la solvencia es especialmente supuesta y significativa, la aceleración de los procesos inflacionistas genera una ilusión óptica perjudicial que puede considerarse como fraude generalizado pero especialmente relevante respecto a las personas menos cultas y menos informadas.

Respecto al exceso de protagonismo profesional cabe indicar que los rendimientos de los valores de renta variable dependen de la política de distribución de dividendos, de las variaciones experimentadas por los beneficios de dicha entidad y de las posibles plusvalías originadas por el incremento de valor de dichos títulos. La vanidad y el afàn de prestigio de los directivos de una entidad pueden distorsionar los rendimientos de los valores de su empresa restringiendo sin razón el reparto de dividendos al objeto de disponer de mayor poder económico para gestionar directamente.

JJ Franch

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