EL SECUESTRO DE LA DEMOCRACIA Y EL LAZO AZUL

Desde hace más de un mes, erre que erre, un día y otro, con pacífica y silenciosa tozudez, muchas gentes vascas usan el lazo azul que grita libertad y que nos recuerda el secuestro de un ciudadano de bien. Admiro la valentía, cercana a lo heroico, de la mayoría de las personas que habitan el País Vasco. Las personas de bien se enfrentan a la violencia descerebrada con la inocencia y aparente impotencia de un lazo azul. La sociedad civil ha tomado la iniciativa y su presencia callada y civilizada en las calles encoleriza a los secuestradores y a sus secuaces. Las organizaciones pacifistas movilizan aquí y allá miles de personas de ideologías diversas que se manifiestan y concentran para pedir libertad y democracia.

Ese lazo azul que apareció en la portada de muchos periódicos en su momento me ha recordado estos días, con tristeza mayúscula, que nuestra democracia, nuestra libertad y nuestra Monarquía Parlamentaria, lleva muchos años sigilosamente secuestrada. La incontable sucesión de macrocorrupciones encadenadas ha sido desbordada y explicada en parte por las escuchas del Cesid que mantienen atenazadas directamente a miles de personas de variada condición e, indirecta y potencialmente, a toda la sociedad española. Un reducidísimo manojo de personas que ostentan y ostentaban cargos en Presidencia y Vicepresidencia de Gobierno, en el Ministerio de Defensa, y quizás de Interior, eran y son los responsables jerárquicos y, por lo tanto, podían y pueden orientar y tener acceso directo a esas informaciones que violaban la Constitución y los màs elementales principios éticos. El mismo Rey, Jefe del Estado y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, ha sido espiado y quizás atenazado en su intimidad. Quien, a pesar de las posibles miserias personales de todo ser humano, forzó el harakiri de las cortes franquistas, quien se limitó a sí mismo el poder con la Constitución del 78, quien permitió los partidos políticos y legalizó el Partido Comunista de España, quien el 23 de Febrero de 1981 fue capaz de desmantelar el primer secuestro violento de nuestra democracia y hacer posible el triunfo electoral de Felipe González y el PSOE en 1982, está hoy tambièn en cierta medida acorralado. Tenso debió ser el encuentro cara a cara del pasado martes 13 de junio en La Zarzuela.

Quizás ha llegado el momento de extender el lazo azul a toda la geografía española pidiendo la liberación democrática de todos. Todavía recuerdo la actuación de los medios de comunicación y la multitudinaria manifestación ciudadana de apoyo a D. Juan Carlos tras aquél primer fallido Golpe de Estado. Allí estábamos todos. Tengo la impresión que de nuevo el Rey, los parlamentarios democráticos y de bien de todos los partidos, los jueces, fiscales, juristas y las altas jerarquías del Estado, necesitan sentir el calor popular silencioso y civilizado. Soluciones democráticas hay muchas posibles y ràpidas. Todos necesitamos recuperar la seguridad y la confianza en el presente y en el futuro. Tambièn los socialistas. Sólo falta un empujoncito del pueblo soberano.

No puedo escapar a mi deformación profesional de economista. La confianza está en la base del crecimiento económico. El ridículo exterior e interior ya está repercutiendo sobre las alarmas, termómetros y barómetros de nuestra actividad econòmica y financiera. El diferencial de los tipos de interés y la prima de riesgo país empiezan a resentirse. En la vida cotidiana y real la confianza y la seguridad están íntima e inseparablemente unida a la economía, al mundo financiero y al bienestar. Cada uno de los seres humanos integrantes de ese “vulgo” muchas veces ninguneado tiene un sexto sentido común capaz de percibir, con màs o menos precisión, pero con un olfato inequívoco, lo justo de lo injusto, lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso. Todos tenemos una cierta semilla de sentido ético general. La desconfianza generalizada produce efectos perniciosos en todos los àmbitos. Tambièn en el económico: en la inversión creadora y en el empleo. Como siempre los màs desfavorecidos son los que más pueden sufrir las consecuencias. Cada minuto que pasa agrava la situación.

Sugiero por todo ello a Jesús Montesinos y a la redacción de este periódico que ponga desde hoy mismo otro lazo azul en la primera pàgina hasta que consideren que este macrosecuestro de la democracia ha terminado. Todos nos los podemos poner. Pero quizás bastaría que se lo pusieran los parlamentarios actuales de todos los partidos. Sería suficiente con que se lo pusieran los que lideran José María Aznar, Julio Anguita y, sobre todo, Pujol y, o, Duràn y Lleida. Hasta Felipe González puede todavía pasarse al azul y convocar, ya, elecciones generales democráticas. Esta vez el Rey no necesita ponerse el uniforme militar. Basta con que, otra vez, se coloque el lazo azul.

JJ FRANCH

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