EL PODER EN LAS RELACIONES FINANCIERAS

Si valoramos en algo la ética y la justeza en las relaciones mercantiles debería evitarse, aunque de utopía se tratase, que los ingresos que se originan en el intercambio sean consecuencia del aprovechamiento de situaciones de poder de vendedor, comprador o intermediario.

Las posiciones preeminentes en poder financiero y, simultaneamente, en información relevante y privilegiada pueden utilizarse injustamente para distorsionar el precio justo en los mercados. Se pueden realizar ventas masivas de las acciones de una empresa por quien tiene esa posición de poder especial para que los demàs poseedores vendan tambièn. La baja significativa del precio de las acciones puede crear la situación ideal para la recompra de acciones a un precio menor, o para una oferta pública de adquisición (OPA), que transfiera la propiedad de la empresa a un tercero con quien se ha pactado anteriormente. Si no existe una autorregulación de caràcter ético en los agentes con poderes especiales, los mercados se convierten en el campo de batalla de luchas oligopolistas entre unos cuantos con estrategias lícitas e ilícitas que nada tienen que ver con la economía real, que dañan la justicia en los precios de los diferentes valores, que expulsan a quienes se encuentran en situaciones màs débiles o que fomentan en estos las actitudes a convertirse en “free riders”. De nuevo los efectos secundarios negativos de las conductas antiéticas pueden ser significativos para el conjunto.

Este tipo de comportamientos distorsionantes es especialmente tentador para los intermediarios que gestionan volúmenes importantes de fondos y valores. Los fondos de inversión y los fondos de pensiones han incrementado notablemente su protagonismo en España en los últimos años. Pero para resaltar este hecho basta con tener en cuenta que los fondos mutuos de inversión en el mercado estadounidense gestionan ya unos 280 billones de pesetas, cuatro veces el PNB español, con lo que se aproximan al nivel de los depósitos bancarios del país. A comienzos de la década de los 80 sólo representaban el 10% de ese total de depósitos. No sólo los mercados de capitales sino tambièn los mercados monetarios son objeto de operaciones de este tipo que incluso los Bancos Centrales de la mayoría de los países difícilmente pueden contrarrestar. Mucho menos cuando sus actuaciones en la defensa de los tipos de cambio estaba limitada por bandas estrechas de fluctuación como era el caso del Sistema Monetario Europeo cuando se produjo la crisis perturbadora en septiembre de 1992.

JJ Franch

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