EL PELIGRO DE LA ESPECULACIÓN

 

Conviene volver a resaltar la especial dificultad, abstracción y complejidad que se concentran en el campo financiero. Pueden ser ilustrativas algunos comentarios de Hayek cuando afirma que “los perjuicios derivados de la desconfianza hacia lo misterioso alcanzan sus más altas cotas cuando se abordan las más abstractas instituciones de una civilización desarrollada en las que hoy se basa la actividad comercial. (…) Nos referimos al mundo del dinero y restantes instituciones financieras.(…) El mundo del dinero y del crédito (junto con el lenguaje y la moral) es uno de los órdenes espontáneos que más se resisten al análisis investigador.”

Esa ignorancia financiera en amplias capas de la sociedad hacen más fácil incurrir en aprovechamientos si no existe el correspondiente autodominio ètico en los expertos. El decir, como hemos hecho otras veces, que las ganancias son un fin inmediato legítimo para aquellos que se dedican a negociar, no contradice la condena ética para los que persiguen las ganancias como fin último. Surge en este punto la eterna discusión entre medios y fines, y la conversión de lo que, por definición es puro medio (el más universal y abstracto, el dinero) en fin. Ese grave error práctico y ético, especialmente cuando se generaliza en la mayor parte del entramado socioeconómico, arrastra tras de sí una incontable cadena de decisiones humanamente perniciosas. Si denominamos valor a la apreciación subjetiva más o menos intensa que un agente da a su fin, medio a todo aquello que el actor subjetivamente cree que es adecuado para lograr ese fin y utilidad a la apreciación subjetiva que el actor da al medio en función del valor del fin; cuando ese medio de intercambio universal lo transformamos en objetivo y fin último, estamos viciando todas las fuentes humanas de creación y generación de auténtica riqueza. Ese valor subjetivo de última medida que muchos dan al dinero que persiguen, se proyecta a los medios que creen útiles para lograrlo precisamente a través del concepto de utilidad. En resumen que en busca del becerro de oro especulativo se acaba idolatrando el principio del “vale todo”.

Una vez convertido el dinero en fin se puede caer en un error más grave aún si aceptamos en la práctica cotidiana el principio antiético según el cual “el fin justifica los medios”. Si el dinero es el fin, y el fin justifica los medios, se pueden cometer graves atentados contra la ética y el derecho más esencial. Aunque se triunfe así en lo meramente economicista estamos fracasando desde el punto de vista más decisivo que es el desarrollo humano personal.

JJ Franch

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