COMPETIR Y “SER COMPETENTE”

Pocas palabras están tan asentadas en la primera línea de nuestro vocabulario económico-empresarial como la de “competencia”. El Mercado Único Europeo y la aspiración a la Unión Monetaria han puesto en boca de todos la competitividad y la competencia como motor del futuro progreso económico. Es una de las pocas doctrinas generalmente aceptadas por la práctica totalidad de los expertos, pero creo que conviene separar la imagen de la competencia como una abstracción puramente formal, jurídica e institucional, de la competencia real necesaria para convertirse en auténtica fuente de valor y progreso económico. Este segundo sentido de la palabra competencia tiene mucho que ver con la necesidad de “ser competente”.

Frente a esa competencia formal y abstracta con la que hacemos complejos juegos malabares gráficos e intelectuales que intentan reflejar una hipotética y continua tendencia al equilibrio, conviene resaltar la necesidad de una imagen de la competencia más humanizada, solidaria y responsable que deriva del despliegue de una verdadera libertad como instrumento de constante mejora.

La lógica y saludable búsqueda de beneficio en toda actuación personal y empresarial viene atemperada en el acontecer cotidiano por la libre competencia. Esos continuos intentos de acrecentar la propia riqueza, estimula la mejor aplicación del trabajo humano a las realidades materiales mediante la especialización, el intercambio voluntario mutuamente beneficioso y la búsqueda de un mejor servicio a los demás propietarios de riqueza. La capacidad inventiva en toda su gama de aplicaciones, desde la meramente técnica y manual hasta la intelectual, organizativa y reflexiva, se incentiva por esa competencia humana y dinámica que permite que otros, por la comunicación y la transmisión de información, se acaben aprovechando también de esas innovaciones y vayan reduciendo los beneficios de los primeros innovadores. Según estos continuos ciclos schumpeterianos, al reducirse los beneficios iniciales aparecen nuevos estímulos innovadores para la aventura de mejora personal, empresarial y social.

Aunque conveniente, lo importante en ese contexto no es que exista el marco jurídico adecuado para el despliegue de la competencia; no es lo principal actuar en un entorno competitivo con reglas de juego iguales para todos, sino que lo importante es que seamos competentes en ese entorno competitivo. Lo sustancial y definitivo es que habitualmente mejoremos personal y empresarialmente nuestra capacidad original de invención en toda la amplia gama de acepciones de la palabra innovación.

No se trata de luchar contra los demás sino de luchar contra uno mismo, de exigirnos a nosotros mismos. No se trata de crecer hacia fuera sino que primero hay que crecer hacia dentro. Es importante participar, pero para ganar hay que estar primero bien preparado porque, de lo contrario, el ridículo está asegurado. No se trata sólo de crecer en ventas, mercados y beneficios empresariales sino de crecer por dentro de la organización empresarial, crecer en valor. Leyendo el libro de Villacís sobre la obra del alicantino Germán Bernácer me resaltó una idea especialmente atrayente: “Del valor nace el dinero necesario para hacerlo posible.” El éxito externo será consecuencia del éxito interno, de la valía de los proyectos. No se trata simplemente de competir, sino que lo verdaderamente importante es el ser competentes.

JJ Franch

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