AVANCE DE RESULTADOS ECONÓMICOS

Concluido el ejercicio económico de 1992, los distintos núcleos informáticos confidenciales del Banco de España, del INE, del Ministerio de Economía, del INEM y del CIS, comienzan a balbucear por sus gargantas de láser las estimaciones de resultados anuales. Ninguno de los funcionarios encargados en un primer momento de visualizar esas tablas y gráficos pitagóricos, y mucho menos los responsables de la política económica, se han extrañado de las estimaciones que se avanzan. Tampoco la opinión pública se ha sobresaltado al conocer lo más significativo mediante algunas filtraciones a los medios de comunicación. Todos lo esperábamos. Era un secreto a voces.

El crecimiento del PIB se estima en un 12,39 % con lo que la economía española se perfila como la nueva locomotora de los años 90. El único suspense consiste en confirmar si el resultado final se aproxima más al 12,59% previsto por el Banco de España o si coincide a la centésima con el 12,29% previsto en los Presupuestos por el Ministerio de Economía. En cualquier caso ya se ha indicado que no están dispuestos a discutir por 3 décimas de crecimiento. Resultan normales esos índices de crecimiento si tenemos en cuenta que las exportaciones han superado a las importaciones y que tanto el índice de precios al consumo como la inflación subyacente se mantienen en unas cifras que seguramente servirán de referencia al resto de países que deseen cumplir los requisitos nominales de convergencia. La tasa de desempleo, por último, (este es el índice más alentador) se sitúa en un 3% de la población activa que es perfectamente explicable por el paro friccional.

Nadie se ha extrañado. De hecho, estas cifras filtradas apenas son noticias reseñables. Sólo la prensa económica especializada las menciona. Políticos y economistas sabemos lo dicho por Carl Menger, en sus Principios de Economía Política, de que todas las cosas se hayan sujetas a la ley de causa y efecto. Los resultados actuales son únicamente la cosecha lógica de lo sembrado en años anteriores. Se sabía ya entonces que no es la economía la que mueve las ideas sino que, muy al contrario, son las ideas las que mueven la economía. Por eso se había potenciado y estimulado el debate de ideas (no el ideológico) en la sociedad. De hecho, en el Parlamento no se daba un encasillamiento en las propias posturas de partido sino que se votaba en función de la conveniencia de las ideas en sí, independientemente de quien las propusiera. También se subrayaba la pluralidad y seriedad en la enseñanza, la investigación y especialmente la cultura. Se había primado el conocimiento universal de las ciencias humanas, en las que España tiene ventaja comparativa, sobre la formación meramente técnica y pragmática. Por poner un reciente ejemplo, la Capitalidad Cultural Europea había sido prioritaria en el 92 sobre otros eventos importantes.

La cultura del consumo improductivo había sido sustituida tiempo atrás por la cultura del trabajo creativo y enriquecedor; el enfrentamiento entre las anteriormente denominadas clases sociales y entre las regiones, por la cooperación y colaboración dinámicas de los distintos agentes que participan en la trama económica; el cumplimiento de los deberes se adelantaba siempre a la exigencia de derechos; las instituciones sociales intermedias habían sustituido y mejorado gran parte de las funciones estatales; se había impuesto un sano complejo de superioridad frente a las corrientes anglosajonas y al frío perfeccionismo alemán; la clásica Economía Política reemplazaba a la Economía puramente neutral e instrumental; el Estado del bienhacer había reemplazado al Estado del bienestar.

No hay preocupación. Todo se ha hecho bien. Íbamos en la dirección correcta. No hay necesidad de cambio. De la misma manera que habíamos sabido crear el presente sabemos cómo crear el futuro. Personalmente, sólo me intranquiliza la incertidumbre de si conseguiré esbozar una sonrisa cuando, esta noche, tenga que soportar estoicamente las múltiples barrabasadas e inocentadas de mis hijos. Para ellos el 28-D, día de los santos inocentes, no termina hasta Reyes.

JJ Franch

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