AUTORREGULACIÓN ECONÓMICA CONSTITUCIONAL

La cifra de 2,3 billones de pesetas que se tendrán que pagar en 1993 en concepto de intereses de la Deuda a sectores no precisamente menos favorecidos, hace que los Presupuestos para 1993 no se puedan analizar sin tener en cuenta las inercias y los hechos económicos ocurridos en años anteriores con incrementos continuos y exagerados del Gasto Público, especialmente, y, también, del Déficit Público.

Con motivo de las pasadas discusiones en torno a la Ley de Huelga, la original palabra rescatada para incorporarla al caballo desbocado de la moda intelectual, fue la autorregulación. El diccionario de uso del español indica que regular es hacer que algo se produzca con sujeción a una regla u orden. Pone, además, el ejemplo de “llevar una vida regular” como hábito adquirido de orden y dominio. Autorregulación significa en definitiva tener la capacidad de ordenarse y dominarse por sí mismo.

Pero el deber de la autorregulación no compete sólo a los sindicatos sino también a los empresarios y, especialmente, al Gobierno que regula y controla la mayor parte de los mecanismos económicos.

La pertinencia de la exigencia del derecho de autorregulación es proporcional al grado de responsabilidad demostrada por la persona o institución que lo ostenta. La verdadera libertad siempre será una libertad responsable. Esa responsabilidad exige la autorregulación no como un derecho, sino como un deber de autodominio de la inercia de los propios instintos momentáneos e interesados para habituarlos y encaminarlos hacia lo que el sentido común socioeconómico marca como conveniente. A mayor autodominio, mayor responsabilidad, mayor libertad y menor necesidad de regulación externa.

Llegados a este punto, la pregunta importante y significativa sería: ¿Si se comprueba que falta ese autodominio en materia presupuestaria, quién regula a un Gobierno mayoritario cuando se destruye la sabia división de poderes? Hay que exigir e incluso imponer, especialmente en estos casos, el deber de autorregulación y autodominio gubernamental en el campo de los gastos públicos y, correlativamente, en el esfuerzo fiscal exigido a los ciudadanos, entre los que por cierto la gran mayoría son funcionarios y trabajadores por cuenta ajena.

Considero, por ello, que resulta oportuno empezar a plantearse en España, debido a la proclividad al gasto de burócratas y políticos, apoyados por los grupos de presión favorecidos, la única solución eficaz para controlar estas tendencias y que consiste en establecer limitaciones expresas al máximo nivel legal posible en una democracia: el constitucional. No sería el primer caso. Se han propuesto en numerosas ocasiones límites constitucionales al crecimiento de los gastos, e incluso de ingresos públicos como factor condicionante de aquellos. Baste citar a Wildausky (1980) y especialmente a Brenan y Buchanan en uno de sus libros, por ejemplo: “La razón de las Normas. Economía Política Constitucional”. En esa dirección parece que se plantean las restricciones presupuestarias de Maastrich.

La autorregulación de los políticos a través de la limitación constitucional flexible al crecimiento del Gasto Público total, constituye una buena alternativa para que el crecimiento en las asignaciones presupuestarias dependa de la demostración de la eficacia en la gestión y para promover estímulos en orden a un mayor grado de responsabilidad y autodominio gubernamental en la política económica.

Para evitar los vaivenes políticos, electoralistas y burocráticos, que repercuten en continuos tirones a los presupuestos y para dominar la inercia expansiva del agravio comparativo entre las distintas autonomías, la Teoría de la Elección Pública trata de incorporar un conjunto de restricciones constitucionales de carácter económico sobre el funcionamiento de las instituciones de la democracia representativa. El funcionamiento real de las instituciones puede llegar a ser tan deficiente que se imponga una reforma amplia y global del marco institucional que permita a todos los afectados ver mejorada su situación relativa.

JJ Franch

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