VALOR ECONÓMICO HUMANO

Cuando uno consigue con esfuerzo estoico aislarse del mundanal ruido ensordecedor para viajar con la lectura y la imaginación a través de los escritos y las biografías de grandes economistas de hace más de ciento cincuenta años, observa fácilmente que muchos de ellos, por no decir todos, no eran economistas. Desde Domingo de Soto, Tomás de Mercado, Quesnay o Locke, hasta Bentham, Cantillon, Adam Smith, Malthus, John Stuart Mill y otros muchos, ninguno de ellos era doctor en ciencias económicas. Entre otras cosas porque no existía la disciplina económica como tal ni tampoco las facultades con tal nombre. Las importantes aportaciones realizadas por estos autores se enmarcaban en la interdependencia inabarcable de las ciencias del hombre: de la historia, de la ética, de la política, de la psicología, de la organización humana, de la medicina, del Derecho… etc. Muchos de ellos, eran a su vez filósofos. Hoy en día pocos o ninguno lo somos. De hecho, es mucho más fácil encontrar filósofos que se inmiscuyen en el campo económico (a veces con notable ingenuidad, desconocimiento y simpleza ideológica) que economistas que estudien los problemas básicos de su materia con cierta perspectiva filosófica. Como mucho, se reconoce ese vacío en nuestra formación y se trata de llenarlo con no poco esfuerzo que después es gratamente recompensado intelectualmente. Como hizo Hayek: “Aun cuando continúo pensando que principalmente soy economista, he llegado a la conclusión, para mí cada vez más evidente, de que las respuestas a muchos de los acuciantes problemas sociales de nuestro tiempo encuentran, sin duda, su base de sustentación en principios que caen fuera del campo de la técnica económica o de cualquier otra disciplina aislada”.

Puesto que la valoración económica hace siempre referencia al hombre y a su inmenso mundo interior: a sus proyectos e ilusiones, a sus esperanzas e intuiciones, a sus sentimientos y a sus finalidades próximas, mediatas y últimas, la economía necesita conocer esos fines y esas grandes leyes del comportamiento. Necesita reflexionar sobre la antropología y la conducta humana. Todo ello nos conduce a la conveniencia, o mejor, necesidad imperiosa de información y profundización en las ciencias del hombre. No podemos ni debemos despreciar de antemano las aportaciones que las ciencias humanas pueden hacer para una mejor comprensión de la ciencia económica.

Aunque la economía necesita tratar con las realidades materiales por su origen y, por lo tanto, necesita conocimientos de las ciencias de la naturaleza, lo verdaderamente importante no son esas realidades consideradas en sí mismas, sino en cuanto pueden servir al hombre, es decir, en cuanto valen. El punto de vista desde el que la economía estudia esas realidades es el punto de vista de su valor. El valor está en el centro de todo análisis económico. La economía ejerce una función de mediación entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias humanas. No pretende conocer las cosas tal como son en sí, sino su capacidad de relación humana. La economía, al estudiar el valor económico, lo que intenta es entresacar la “vocación” humana que tiene esa realidad material. Los problemas del valor son el eje central de los problemas económicos, porque indican los “para qués” de la investigación económica, nos muestran cuáles son los objetivos que pretendemos alcanzar.

De antigua anomalía califica Böhm-Bawerk el que “los autores no se preocupasen de investigar las maravillosamente sutiles complicaciones de la formación del valor, que debiera ser misión y orgullo de nuestra ciencia desembrollar, lejos de lo cual se adoptaba ante ellas una necia presunción o una actitud negativa todavía más necia, en aquello en que las cosas no se ajustaban a la presunción establecida”. Y David Ricardo, al referirse al contenido de su teoría del valor, afirmaba: “Es una doctrina de la mayor importancia en economía política y de ninguna otra fuente proceden tantos errores y tantas diferencias de opinión como de las ideas vagas que se conectan con la palabra valor”.

La problemática del valor tiene repercusiones prácticas importantes en todo el ámbito del actuar económico. No es una cuestión meramente nominalista; no es algo puramente especulativo. El problema del valor, afecta necesariamente a la conducta humana e implica incluso el problema de la felicidad del hombre y, por consiguiente, la de la sociedad. Porque, para descubrir los incentivos adecuados necesitamos conocer la naturaleza del valor económico, es decir, la variable que hay que incrementar para lograr un crecimiento más fecundo y sustancial de la economía.

En mi opinión, la ciencia económica, para salir de su crisis, tiene que volver a reflexionar sobre sus principios fundamentales, sobre sus fines. El valor económico tiene que incorporarse de nuevo al puesto que le corresponde. La economía tiene que hacerse más humana, incluir al hombre como objeto de estudio. Es altamente significativo el título del momumental tratado de economía política de Ludwig von Mises: La acción humana. La economía se dirige a la práctica, es una ciencia de la actuación consciente. Como tal, es más ciencia del espíritu que ciencia de la naturaleza. La consideración del sujeto humano en la economía se acentúa más debido a la evolución desde la sociedad industrializada hacia una sociedad de servicios. Se intuye la necesidad de un proceso de rehumanización del conocimiento científico.

Peter F. Drucker, en un artículo que analiza la dirección futura de la ciencia económica recogido en el libro The Crisis in Economic Theory, indica que la próxima economía intenta ser de nuevo “humana” y ” ciencia”. Será humana si es auténtica ciencia y será ciencia si es auténticamente humana.

JJ FRANCH

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