SOBRE LA LEY Y LA ECONOMÍA NATURAL

Cuando nos reconocemos buceando cada vez más por las azarosas aguas del orden inaprensible del caos; cuando somos más conscientes de la sinrazón de esa razón que se cree todopoderosa resistiéndose por ello a esperar y confiar en la trascendencia que la justifica desde fuera; cuando esa razón monolítica trasnochada se destruye a sí misma en innumerables racionalidades que forman nimbos multicolores de pensamientos que se realimentan entre sí generando turbulencias pacíficas interconectadas; cuando la disyuntiva estática y radical entre el ser y el no ser queda matizada porque todo es algo pero a la vez ese algo tiene capacidad de ser otra cosa distinta; cuando el reconocimiento personal y social descansa sobre la infinita variedad del consumo autogenerante que también es muchas veces inversión; cuando la intensidad de un tenue rayo de luz es mayor que un sofocante sol de mediodía; cuando todo parece ficticio y cierto a la vez mezclándose el sueño real con la realidad fantástica; cuando se palpa más que nunca que la realidad tiene en la metáfora y en la paradoja su fundamento más inalcanzable; cuando el fruto de la especialización, de la división social del trabajo y de los conocimientos es la armonía de los distintos puntos de vista coordinados por los amplios mercados de las interacciones personales, y cuando la anarquía ordenada se hace presente en nuestra realidad cotidiana, puede ser esclarecedor dar un salto de al menos tres siglos y retomar la reflexión sobre la ley natural, el derecho natural y lo que por analogía podemos llamar “economía natural”.

La aproximación a la trascendencia e inaccesibilidad plena de la “ley de leyes” la realiza todo hombre a través de la ley natural que es la participación de aquélla en éste, por lo que se convierte en la norma básica y permanente, regla flexible y medida original de la actividad vital, racional y libre de cada cual, también de la actividad económica en tanto en cuanto toda actividad económica es actividad humana y en tanto en cuanto toda actividad humana tiene un aspecto o modo económico en cuanto relación de medios a fines. Esa ley natural, que sobrevuela desde el interior de la conciencia de cada quien todas las leyes positivas y todos los códigos petrificados, actualiza, en cada circunstancia intransferible siempre cambiante, todo el haz de principios básicos generales y universales. Los principios generales de la justicia, del orden, de la belleza, de la eficacia, del valor, de la solidaridad, del bien hacer,… se van concretando dinámicamente en diferentes ámbitos concretos por cada persona a su buen entender siguiendo su recta razón peculiar que siempre está en proceso de formación. Van surgiendo así espontáneamente, sin creación constructivista deliberada desde las cúspides del poder humano organizado, proyectos empresariales y personales nuevos que materializan, en cascada multiforme y complementaria, el abanico de ideas abstractas y generales que están como inscritas a fuego en el interior de los ciudadanos de la gran “polis” universal.

Cada persona se convierte entonces en sujeto indiscutido y necesario de valoración ya que por él tienen que pasar todas las estimaciones. Con la referencia de la ley natural a la trascendencia, junto a su concreción libre singular en cada quien, se intuye la explicación del principio jurídico y moral de la igualdad ante la ley y la igual dignidad de todos que cancela toda discriminación por razón de la distinta riqueza o la diferente raza, religión, sexo, posición, edad o profesión. Se atisba entonces también la explicación de las metáforas y paradojas tales como la armonía de los contrarios, la dicotomía entre lo local y lo universal, lo particular y lo general, lo mío en lo tuyo, lo pasado que se vierte en el presente, el futuro empaquetado ya en el hoy, la disyuntiva aparente entre solidaridad y libertad, entre lo emocional y lo racional, o entre los instintos innatos y las normas que se van aprendiendo poco a poco.

Se entiende entonces que Hayek indique en La fatal arrogancia que la civilización y la cultura, más que forjarse genéticamente, tienen que ser aprendidas por cada persona a través de la tradición luchando por ajustar su conducta a un orden de convivencia cuya normativa choca en numerosas ocasiones con instintos arraigados fuertemente. O que nos diga también que la competencia puede producir sus efectos positivos solamente si quienes participan ajustan su comportamiento al sistema normativo general renunciando a la fuerza física coactiva; ya que, en los órdenes espontáneos nadie conoce -ni precisa conocer- todos cuantos detalles afectan a los medios disponibles o a las intenciones y fines perseguidos.

Y se comprende también que Buchanan, como consecuencia de su constitucionalismo contractualista en donde el individuo aparece como la fuente vital de toda valoración, insista en la necesidad de autonormarse y en la conveniencia de la libre autorestricción personal y colectiva al objeto de poder mejor alcanzar las metas preferidas en tanto en cuanto las acciones de hoy tendrán efectos en cadena sobre las opciones disponibles más adelante. Cada persona puede cotidianamente elegir en sus circunstancias peculiares un plan de vida que contenga una secuencia de acciones que espera que aseguren o faciliten la consecución de sus preferencias, metas y objetivos vitales, también, como no, los económicos. El concepto clásico de ley natural es especialmente aplicable a nuestro universo global basado en el orden personal aparentemente caótico que fundamenta los sistemas multivariables y autogenerantes.

JJ FRANCH

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