SOBRE EL CONTROL Y EL CAOS

Ante los nuevos tiempos que se avecinan, mejor dicho, en los que estamos plenamente ya inmersos, se escuchan tambores de quienes intentan trasplantar, al día de hoy, viejas recetas keynesianas que algunos creíamos ya agostadas. Se reproduce la polémica y el debate científico económico de los años treinta que tuvo como protagonistas estelares a Keynes y Hayek. No cabe duda que en el terreno de la opinión pública y de la aplicación práctica de sus ideas triunfó entonces Keynes. Prácticamente todos los políticos desde entonces han sido keynesianos. Pero qué decir del triunfo de la verdad científica en el campo de la economía. Muertos ambos, ¿quién será consagrado al final, por la historia, con el título de mayor acercamiento a la verdad siempre innovadora y sorprendente?

Detrás del enfrentamiento entre Keynes y Hayek se encuentra la disyuntiva entre el control a través de la maquinaria estatal y la coordinación del caos a través del mercado. Dominaba en aquella época la concepción científica que idolatraba la capacidad de predicción y la concreción de tales profecías matemáticamente demostrables. La razón científica ilustrada de expertos y políticos se creía capaz de dominar los acontecimientos, también los económicos. La soberbia, que quiere conocer y controlar todo, era alimentada por la macroeconomía, la estadística y la econometría. Con su insistencia en los agregados de la demanda, del consumo, del ingreso, de la inversión, del ahorro…etc., Keynes impulsó, sin quererlo muchas veces, el nacionalismo económico y el racionalismo constructivista criticado por Hayek. Los complejos macrofenómenos económicos, con sus ciclos incluídos, era posible dirigirlos por las sendas deseadas al ser capaces de determinar causas y efectos a partir de magnitudes agregadas y valores estadísticos.

En un mundo más cerrado que el actual, más industrial, más rígido, con menos formación e información económica, menos flexible, con una medida del tiempo mayor entre la idea y su materialización, con menos competencia, sin la innovación tecnológica actual ni la informática ni la de las telecomunicaciones, con un mundo en alta presión de ideas colectivas y colectivistas, es posible que las derivaciones keynesianas tuviesen su cierto sentido. Pero, hoy en día, son un voluntarismo inútil y anquilosado. Hoy en día todas las ciencias, y no digamos las ciencias que estudian la conducta humana donde la libertad innovadora está en el núcleo central de sus campos de acción, tratan con eventos que tienen un comportamiento altamente complejo e interdependiente donde su posibilidad de modelación, si fuera posible, estaría lejos de estar basada en relaciones lineales. Difícilmente se puede describir matemáticamente el comportamiento de cualquier entidad cuando el sistema que nos envuelve es el macrosistema del caos donde continuamente se hace realidad la paradoja de que “el todo está en las partes” y “lo eterno en el instante”. Las lógicas causales simples difícilmente entienden lo que Morin (1988) indicaba comentando la epistemología del “yin yang” donde dentro del “yin” hay un “yang” y dentro del “yang” un “yin” y a su vez dentro de cada uno de ellos está siempre el otro como un reflejo infinito de espejos. En la conducta humana, no informatizable, la paradoja y la ironía se convierten en arte que se recrea en mil direcciones no abarcables.

Hay que retirarse entonces, humildemente, hacia los prados de nuestra ignorancia y de nuestros conocimientos limitadísimos para confiar en la fuerza coordinadora de las interrelaciones sociales y económicas. En este nuevo mundo, Hayek nos dice que es una idea ridícula hablar, como hacemos muchas veces los economistas, de “datos dados” donde fingimos conocer todos los datos. “De hecho, nadie conoce todos los datos o el proceso total, y eso es lo que me condujo en los años treinta a la idea de que todo el problema estaba en la utilización de una información dispersa entre miles de personas y que nadie en particular posee. Una vez que se contempla de este modo, está claro que el concepto de equilibrio en modo alguno ayuda a planificar, porque sólo cabría planificar si se conocieran todos los hechos conocidos por todos. Pero como esto no es posible, todo es en vano y una equivocación en parte inspirada por la idea de que existen datos definidos que todos conocen”. Ampliando la división de tareas y la especialización de Adam Smith a la división del conocimiento entre los millones de ciudadanos del orbe, Hayek sugiere la evolución espontánea innovadora donde la recta razón vital se va aplicando diariamente a cada circunstancia particular y, tras apelar a una eliminación progresiva de todas las interferencias directas en los sistemas de los mercados, todos los servicios gubernamentales deben ser realizados fuera del mercado, incluyendo toda provisión de un mínimo vital para quienes no pudieran obtener ingresos básicos en el mercado. Sin los mercados justos en competencia no existen precios, las valoraciones subjetivas de miles de millones de personas no se pueden manifestar, el sistema de orientación en el caos falla y resulta imposible, no sólo el cálculo económico en expresión de Mises, sino lo que la gente puede producir, cuánto y cómo, hoy y en el futuro, o en qué, cuando y cómo trabajar diariamente.

Quizás Hayek se adelantó más de medio siglo a nuestra época económica, o quizás esta época, nuestra, se hubiese podido adelantar si entonces los políticos le hubiesen hecho caso. Confiemos en que los nuevos gurús keynesianos que reaparecen aquí y allá no nos agüen la fiesta a nivel mundial durante otros 60 años.

JJ FRANCH

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