MÁS COMPETENCIA Y MENOS SUBVENCIÓN

Está archidemostrado por la teoría económica que los mercados en competencia, y con agentes humanos competentes, asignan los recursos mucho más eficientemente que en momopolio u oligopolio y que favorecen a los consumidores y usuarios finales de los distintos bienes y servicios, tanto en cuanto al precio, como en cuanto a su disponibilidad y variedad. Por eso, no me cansaré de repetir que la visión darwiniana y cainita de la competencia, donde la continuidad y supervivencia de unos conlleva la destrucción y desaparición de otros, es una visión intencionalmente deformada de la realidad por motivos ideológicamente constatables. Si, desdeñando la competencia en libertad, lo que se pretende es controlar y organizar mejor determinados sectores y producciones mediante privilegios subvencionados y monopolios, aunque sea con toda la buena intención del mundo, se acaba perjudicando a todos los usuarios finales que tendrán menos oferta y a mayor precio.

Algo así ocurre con cualquier tipo de precios subvencionados cuando se pretenden imponer precios máximos por debajo de los precios de equilibrio que se establecerían en los mercados con libertad para competir. Los precios máximos forzados en esas circunstancias, siempre dan lugar a búsqueda de preferencias, amiguismos y privilegios y, sobre todo, acaba creando un mercado negro donde los más perjudicados son las personas más ignorantes o con menos medios para presionar. Con los precios inferiores al mercado, se crean tensiones porque la demanda, a esos precios establecidos, siempre es mayor que la oferta. La demanda insatisfecha busca y presiona para no quedar discriminada y las empresas normales, que respetan las reglas del juego, no pueden actuar con la pureza y eficacia que requieren los mercados saneados.

Otro efecto pernicioso se añade al anterior cuando la presión fiscal, la presión burocrática y la presión estadística que acompañan a todo sistema basado en la subvención, aumentan de forma abusiva y significativa. Siempre llega un momento en que los individuos y empresas comienzan a trabajar menos y desvían sus actividades hacia el ocio y la economía sumergida. Consecuencia de ello es que, a su vez, ahorran menos, desciende la inversión creadora y se hace imposible la creación de empleo. Podemos hablar de una situación en la que “la avaricia rompe el saco”. La extralimitación en el afán recaudatorio ha llevado, de hecho, a que se paralice el sistema productivo humano y que, a la postre, el total recaudado fuese menor.

Este fomento del fraude por vía de la sobresaturación fiscal ha sido especialmente visible por ejemplo en los mercados de la vivienda. Sobre la vivienda recae un amplísimo elenco de tributos: Impuesto sobre la Renta, Impuesto de Sociedades e IVA entre los Estatales; Impuesto Extraordinario sobre el Patrimonio, Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones, Impuesto sobre Transmisiones Patrimoniales e Impuesto sobre Actos Jurídicos Documentados entre los Autonómicos; e Impuesto sobre Bienes Inmuebles, Licencia Fiscal o Impuesto de Actividades Económicas, Impuesto sobre Construcciones, Instalaciones y Obras e Impuesto sobre Incremento de Valor de los Terrenos de Naturaleza Urbana entre los Municipales.

Ante esta cascada de impuestos que recaen sobre la vivienda, y que repercuten directamente sobre la renta y el bienestar familiar, no es de extrañar que el fenómeno de la ocultación, primero de las propiedades y, más tarde, de los rendimientos o del valor, sea la nota dominante en nuestra historia inmobiliaria en opinión de muchos. Podemos añadir en conexión con estos hechos que la situación se agrava por las situaciones de injusticia tributaria que vienen agudizadas por el aumento del peso impositivo sobre los propietarios que cumplen sus obligaciones con el fisco, mientras se mantienen bolsas de fraude que no tributan. Prueba de la capacidad fiscal y de la infravaloración urbana es, por ejemplo, que el valor catastral de la riqueza inmobiliaria en España es muy inferior a la real. Si tuviésemos en cuenta las valoraciones catastrales, incluso ya revisadas, quedaría claro que las transmisiones se han utilizado como medio de ocultar dinero negro.

Podemos concluir diciendo que la competencia serena y sin estridencias en cualesquiera de los mercados que analicemos se armoniza pacíficamente en un sistema de colaboración dinámica donde todos los participantes salen beneficiados, y donde se fomenta, además, la creatividad y la innovación en los distintos sectores y procesos productivos que compiten entre sí. La distorsión de esa sana competencia a través de subvenciones locales, autonómicas, estatales o bruselianas, acaba deteriorando el auténtico desarrollo económico.

JJ Franch

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