LA FUERZA ECONÓMICA DE LA LIBERTAD

La economía es la ciencia que estudia el valor de los bienes. Ese valor es una relación complementaria de tales realidades a los objetivos humanos. Como esos bienes son originales, interdependientes y complementarios en orden a generar utilidad humana y relación conveniente a los fines subjetivos que van apareciendo, la capacidad de objetivar del intelecto humano permite descubrir e interpretar esas relaciones complementarias. No sólo cada realidad material es original sino que también cada individuo lo es en sus aptitudes y en sus capacidades de objetivar. Por eso la libertad responsable genera un proceso de incremento prácticamente ilimitado del valor económico a partir del “dominio” de esas realidades. Tal dominio es ya una apropiación de tales objetos. La libertad conduce a, y conlleva, la propiedad. Va unida a ella.

Y si no hay auténtica propiedad tampoco puede haber intercambio real de bienes. Una vez que nos percatamos de la relación entre libertad y propiedad no es difícil observar la conveniencia del intercambio entre patrimonios y sus efectos positivos para el incremento del valor económico. Se descubre también entonces la virtualidad del dinero para facilitar los intercambios, para poder separar en el tiempo las compras de las ventas y los pagos de los cobros. En una economía sin intercambios la utilidad humana de los objetos crece muy lentamente. En una economía con intercambio crece más esa utilidad pero menos que si existe un medio de cambio generalizado y estable que facilita notablemente tales procesos comerciales. Si el dinero lubrica el entramado de las ofertas y demandas, el fenómeno temporal de las rebajas también acelera los intercambios de bienes y servicios. Las épocas de rebajas, tan habituales en todo el mundo, atraen a las gentes que se aglomeran ante los mostradores para comprar esta o aquella mercancía, este o aquel bien que soluciona una u otra necesidad que estaba aletargada cuando los precios eran altos.

Por otra parte, un mundo con intercambios generalizados hace posible la especialización y la división del trabajo. Tal especialización permite agudizar más el ingenio sobre parcelas de realidad más pequeñas, y la libertad responsable puede generar nuevos descubrimientos en todos los ámbitos científicos tanto teóricos como prácticos. Los intercambios producen más especialización y la especialización mayor necesidad de intercambios. En un escenario material con alto grado de originalidad en todos sus componentes y con altas cotas de interdependencia complementaria, la investigación y el trabajo especializados permiten alumbrar cada vez mejores horizontes. Si en este universo material con elevada originalidad introducimos la numerosa muchedumbre de individuos, ninguno de ellos igual a otro en sus capacidades, tenemos dispuesto el panorama que nos señala la importancia que la libertad tiene vía el intercambio y la especialización.

Pero en una sociedad donde se encuentren firmemente asentadas la propiedad responsable, el intercambio y la división del trabajo, la producción propia tiene que estar orientada el servicio ajeno, a las necesidades ajenas. El valor del propio trabajo y del propio patrimonio aumentará en la medida que esté dotado de mayor capacidad de servicio a los patrimonios ajenos. El interés propio, bien entendido, mejora el interés general. O mejor, la búsqueda del interés general genera un efecto “boomerang” positivo sobre el propio interés. La mano invisible del mercado existe y no es tan misteriosa. La libertad ajena se convierte en objetivo de nuestra propia libertad responsable. La interdependencia complementaria de las realidades económicas se hace más efectiva a través de las múltiples interconexiones de la libertad de los diferentes individuos con peso específico propio. La capacidad de servicio hace más solidaria y efectiva la libertad de cada uno.

Entendida así la realidad económica, es lógico que la lucha y competencia por mejorar la utilidad se convierta en motor de auténtico progreso. La mentalidad empresarial que trata de maximizar y optimizar sus actuaciones se convierte en la piedra filosofal que sustenta todo el edificio económico. Todo agente empresarial o individual, si quiere actuar económicamente, tratará de maximizar el beneficio en términos de valor, es decir en términos de humanización de las condiciones de vida, también de las materiales. El empresario trata de complementar los recursos bajo su dominio en orden a la mejora del servicio a sus clientes potenciales. Toda persona, si quiere actuar económicamente, tiene que actuar con mentalidad de empresario, tiene que optimizar su actuación en orden a las necesidades ajenas y, de rebote, en orden a las propias.

Si todo el razonamiento anterior es correcto, es fácil deducir las líneas maestras convenientes de actuación estatal. El Estado, lejos de frenar el desarrollo de este proceso natural tratando de suplantarlo, deberá potenciarlo y encauzarlo creando el marco adecuado para que todas estas instituciones básicas ejerzan toda su beneficiosa influencia. El Estado, en definitiva, no puede suplantar la libertad individual responsable, no es omnipotente ni omnicomprensivo. Sólo puede abrir las vías necesarias para que circule más fácilmente y sin riesgos innecesarios la fuerza económica de la libertad.

JJ Franch

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